Ojos de muñeca
Capítulo 4
—¡Dios mío!
El grito ha roto el silencio. Un grito vehemente, un grito de horror. La mujer se ha llevado las manos a la boca, como para impedir el vómito. Abre los ojos como platos, cree que un perturbado ha entrado en la comisaría y de golpe ya no tiene ninguna prisa para poner una denuncia contra su ruidoso vecino. Se va rápidamente, choca contra las paredes, abre la puerta con brusquedad y se diluye en la noche fresca con un gran sofoco. Nadie ha intentado tranquilizarla, pararla. Nadie ha dicho nada desde que Percolès ha empezado a exhibirse. Las bocas están cerradas, pero al final los ojos se han atrevido a posarse en la piel quemada y pegarse como el aceite caliente, como para lamerlo y chamuscarlo una segunda vez. Con cada mirada, Marc se estremece. Ofrecido como pasto al voyeurismo y a la compasión, es observado minuciosamente, diseccionado, cortado. A pesar de la humillación que él mismo se inflige, no abandona, no baja la mirada, expone su carne mortificada, su miembro amputado y la prótesis que detesta necesitar.
—Bueno ¿qué? ¿Ya no es tan divertido el «monopata»? —pregunta mirando fijamente a Matel.
Matel no dice nada y mantiene obstinadamente la cabeza gacha. Su frente empieza a mostrar tintes violáceos que no se atreve a frotarse, por miedo a hacerlos más evidentes.
—¿Qué? ¿No dices nada? ¿Te doy miedo? Sin embargo, no soy un psicópata. Ni un sociópata. ¡No, soy un «monopata»! ¡Ja ja ja!
—Ya basta —grita el comandante Gardeni
—¡No seas cafre, Ange! ¿No ves que estoy intentando relajar el ambiente?
—Solo consigues que todo el mundo se sienta mal. Anda, ve a vestirte.
Marc parece dudar un instante. Sus hombros se relajan, su sonrisa forzada se borra. Va a entregar las armas. Quizá. Pero no antes de enviar un último mensaje.
—¿No me presentas a la señorita? —pregunta señalando con la barbilla a una joven.
—Es la teniente Margaux.
—¡No te jode! Venga, toca, bonita.
El capitán se acerca a ella, le coge la mano y la pone sobre su torso. La chica hace una mueca, intenta retirarla, pero él la sujeta firmemente.
—¡Suélteme!
—Si no ¿qué? ¿Me vas a pegar? Adelante, ¿a qué esperas?
La chica se revuelve, se defiende. Tiene que liberarse de ese apretón, aunque él sea más fuerte, porque ella es mujer y su credibilidad puede quedar en entredicho en la comisaría. Pero Percolès tiene el puño de acero. Cuando más tira ella de su muñeca, más aprieta él.
—¡Me hace daño!
—¡Oh, pobrecita! Le hago daño. ¿Habéis oído, tíos? ¿Tal vez quieres metérmela doblada, Ange? ¿Una mequetrefe que chilla si le agarras la mano un poco fuerte? ¿Qué es, una poli o una niñera?
—Es tu nueva compañera, Marc. Sabías que tendrías un compañero cuando volvieras.
—Y tú sabes perfectamente que no quiero. Está claro que es una perra que no puede mirarme sin sentir asco.
Marc suelta la mano de la chica, que se desequilibra y a punto está de caerse.
—¡Cabrón!
—¡Sí, bonita! Estamos de acuerdo. ¿No tienes ganas de currar conmigo?
—¡Váyase a la mierda!
La chica coge su abrigo y se marcha furiosa de la central.
Satisfecho, Percolès saluda a sus colegas con un guiño y regresa a su despacho como si nada hubiera pasado. Gardeni va tras él.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Quieres que te empuren con una denuncia por acoso?
—¡Oye, vale, ha sido ella la que me ha buscado! ¿No has visto como la putita me acariciaba el torso?
—No estoy de broma, Marc. Necesitas un compañero.
—Necesito trabajo. Necesito sumergirme en el trabajo, Ange. No importa cuál, incluso un puto perro atropellado. Pero necesito ocupar mi cabeza, eso es todo. No creo que vaya a sentirme mejor si me pegas al culo una compañera para que me vigile. Quiero currar.
—Y yo quiero que te olvides de todo y le pidas disculpas a Margaux.
—Jamás.
—Joder, pero ¿qué te ha hecho ella?
—Es una mujer.
—¿Y?
—Pues eso.
Ange Gardeni no sabe qué contestar. Está confundido. Sin duda, todo esto tiene que ver con el accidente, aunque Marc ya antes era un tipo de armas tomar.
—Oye, sé que es duro.
—No, tú no lo sabes.
—Me lo imagino. Me imagino que es horrible perder a la mujer que se ama. Pero no es una razón para vengarse de las demás.
—¿La mujer que se ama? Es más complicado que eso, Ange. Mucho más complicado.