Ojos de muñeca
Capítulo 4
Puede que el desorden que impera en el apartamento sea lo primero que llama la atención de Ange. La ropa esparcida por el sofá y los sillones o tirada por el suelo, arrugada. Los envases de refrescos vacíos amontonados por aquí y por allá, las cajas de pizza vacías, pelusas sobre el parqué. Un dedo de polvo sobre los muebles.
También podría ser el olor a cerrado, este ambiente algo repugnante y un poco denso, que huele a una mezcla de secreciones nocturnas y mal aliento matutino, de un aire que no circula.
También podrían ser las bolsas de basura que cubren las losetas de la cocina americana, que atraen a las moscas y parece que estén reptando con sus panzas repletas para huir de los glotones bichos.
O quizás sea por los libros de Nietzsche y Schopenhauer, marcados en muchas páginas o aplastados sobre su lomo despegado.
O por el álbum de fotos de su boda, de cuando Marc todavía sabía sonreír.
Acaso por la alianza enterrada en un cenicero repleto de colillas y ceniza de hace tres semanas.
Pues no.
Eso no es lo que ve Ange, lo que llama toda su atención y que lo paraliza como si le cayera la casa encima.
No.
Lo que le alucina y le aterroriza es la impresión ineludible del espectáculo que tiene ante sus ojos. Tiene la sensación de estar ante una obra de Racine o en la proyección de una película de Lars von Trier. Un melodrama en toda regla, una especie de terrorismo afectivo en el que uno sólo se puede hundir o asfixiar por la propia impotencia, ahogarse en sus lágrimas, su sangre y su mierda. Un espectáculo en el que el fin, buscado con antelación, forzosamente ha de ser trágico.
¿Qué tiene que hacer? ¿Debe intervenir?
Sí.
Hace falta.
Debe hacerlo.
Avanza despacio, sin decir nada, y levanta la mano al ralentí como para llamar, para consolar y para disculparse por interrumpir.
Nota que su garganta se tensa, sus dedos tiemblan. ¡Maldita sea, que miedo tiene! ¡Por Dios, qué insignificante se siente! ¿Qué daría para detener el tiempo y quedarse con esa incertidumbre sobre el futuro inmediato, esa que alberga un poco de esperanza?
—Vete, Ange.
Marc no se ha movido ni un ápice. Está sentado en una silla con una postura a la vez rígida e indolente, los codos apoyados en los muslos, la pistola entre las dos manos, el cañón entre los ojos, el dedo en el gatillo. Él es la Muerte, él es el Destino. La Fatalidad. Su voz es muy sosegada, demasiado neutra, vacía. La angustia de Ange aumenta.
—No. Suelta ese revólver. No hagas tonterías.
—No puedo. Lárgate, no tienes derecho a estar aquí.
No le mira. Tiene los ojos cerrados. Sus manos se contraen y se aferran a su presa.
—Es mi deber, Marc.
Gardeni habla con la voz entrecortada. No sabe cómo reaccionar. ¿Qué hace, habitualmente, un poli en esta situación? En teoría negocia, gana tiempo, trabaja el afecto, hace razonar. Pero en teoría, no es un amigo el que tenemos delante, dispuesto a suicidarse. No es un tipo experimentado en métodos anti suicidio. Se trata de alguien a quien queremos mucho, que nos dejaría un vacío inmenso si desapareciese. ¿Qué debe hacer? ¿Avanzar hasta él? ¿Quedarse donde está suponiendo que su sola presencia será suficiente para disuadirle? ¿Y si no consigue impedirle que haga semejante locura? ¿Y si al final Marc se vuela de verdad los sesos?
El cerco de miedo se cierra un poco más en torno al comandante. Un miedo que lo paraliza porque está lleno de tristeza. Un miedo que desampara, que da ganas de llorar, de gritar ¡BASTA! ¡Se acabó! Como cuando se es niño y todos los problemas se esfuman como por arte de magia. Un miedo que dice «No tengo a nadie más que a ti, eres mi único amigo, la mejor alma de mi alrededor, por eso no tienes derecho a dejarme solo».
—Eres tú quien no tiene derecho a hacerlo. ¿Me entiendes?
La voz de Gardeni acaba quebrándose por el dolor. Toda la soledad del mundo cae sobre él. Será un miserable si no consigue salvar a su amigo.
—Sí, Ange. Es mi vida. En fin, lo que me queda. Por favor, déjame. No deberías haber venido. Y, por lo que llevo jugando a este jueguecito, tienes muchas posibilidades de verme mañana.
—¿Posibilidades? Tú… ¿juegas a la ruleta rusa?
La esperanza. No solo hace vivir, también te da alas. Razonas más rápido. Ilumina la noche más oscura. Una posibilidad entre seis de morir. Las ganas de vivir en un ochenta por ciento.
—¿Por qué lo dejas al azar si realmente quieres quitarte de en medio?
—Siempre me han gustado las sorpresas —ironiza Marc—. No intentes ganar tiempo, Ange. No funcionará. Si realmente quieres, quédate; no correré el riesgo de echarte y que de paso me quites mi arma, pero no te quejes si te salpico. Si sobrevivo, siempre podrás ponerme un whisky para brindar por las vacaciones de la Parca.
—¡Me avergüenzo de ti, hijo de puta!
Gardeni ha gritado. La tristeza ha sido vencida por la ira y no está mal. Al menos no está paralizado.
—¡Me avergüenzo de ti por querer tirarlo todo por la borda! —contesta él con ímpetu—. Sería renegar de todo lo que me has enseñado, de todo lo que me dijiste cuando te necesité.
—Es una vieja historia… mejor para ti si te ayudé, pero ahora tú no puedes.
—¿Por qué? ¿Crees que tu desgracia es peor que la mía?
—Mataste a un camello y no era razón para suicidarse. ¿Has visto en qué estado me encuentro?
—¿Y qué? Estás vivo, ¿no?
—No.
—¿Te acuerdas del texto que me recitaste cuando para mí ya nada tenía sentido?
—…
Claro que Marc se acordaba. Nunca olvida nada. Se acordaba de la desesperación de su amigo, del modo en que miraba su pistola de servicio, como una mujer a la que se desea.
—Pues yo me acuerdo perfectamente —continúa el comandante—. Era un texto de Charlie Chaplin. Una de esas cosas que eres capaz de repetir palabra por palabra tras haberlas leído una sola vez. No tengo tu memoria, colega, pero encontré ese texto y me lo aprendí de memoria. Porque me salvó la vida. Decía: «He perdonado errores casi imperdonables, he tratado de sustituir a personas insustituibles, de olvidar a personas inolvidables. Me he movido por impulsos, algunas personas me han decepcionado, también yo he decepcionado a alguien. Abracé a alguien para protegerle. Me reí cuando no debía. Hice amigos para siempre. He amado y he sido amado, pero también he sido rechazado. Me han amado y no supe amar. He gritado y he saltado de felicidad. He vivido de amor y he hecho promesas eternas, ¡pero me he roto el corazón tantas veces! He llorado escuchando música y mirando fotos. He llamado solo para escuchar una voz. Me he enamorado de una sonrisa. He creído morir de tanta nostalgia y he tenido miedo de perder a alguien especial… a quien finalmente he perdido. ¡Pero he sobrevivido! ¡Y todavía estoy vivo! No estoy de paso por la vida. Y tú tampoco deberías perdértela. ¡Vive! Lo mejor es luchar con determinación, abrazar la vida y vivir con pasión, perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la Vida es demasiado hermosa para considerarla insignificante». Y yo hoy tengo ganas de decírtelo. No tienes derecho a lanzarme este discurso y luego renegar de él. Porque eso significaría que me mentiste. Y que mi vida tampoco merece ser vivida.
—Esto es chantaje sentimental —protesta Marc.
Algo ha cambiado en su voz. Incluso Marc es consciente de ello. Siempre ha sido receptivo a los razonamientos lógicos, y este lo es. Su determinación parece debilitarse un poco. Una cita llama a otra, las palabras del Principito de Saint-Exupéry hacen eco a las de Chaplin. «Somos responsables de lo que domesticamos.» Y esto ¿qué quiere decir? ¿Que está unido ad vitam aeternam a Gardeni con la excusa de haberle salvado la vida? Sus manos se relajan un poco, la pregunta le da vueltas en la cabeza: no encuentra la respuesta.
—¡Jodido Principito!
—¡Qué?
—Nada, cosas mías. Quizá tengas razón.
Percolès se levanta y deja el arma como si tal cosa.
Ange se indigna.
—¿Eso es todo?
—Sí. De momento.
—Demasiado fácil.
—¿Quieres que vuelva a cogerla?
—¡No!
Gardeni se lanza sobre el revólver.
—De hecho, te lo confisco. Pero no entiendo este giro. No es muy de ti ceder así. ¿Esperas a que me vaya para empezar otra vez?
—No.
—Entonces ¿qué?
—Entonces yo qué sé, ¡vete a tomar por el culo, joder! ¿Quieres esa copa o no?
Gardeni no sabe si llorar o reír de alegría, darle un puñetazo a este hijo de puta o abrazarlo. Todavía está muy tenso y se da cuenta de que tiene el dedo en el gatillo.
¡BAMMM!
Una deflagración que revienta los tímpanos. Eco que retumba. Silencio incrédulo.
Los dos hombres se miran sin mediar palabra.
En el suelo, un agujero humeante con la bala destrozada, incrustada entre los listones.
Marc se queda paralizado.
¿Qué probabilidad había de que Ange le salvara la vida esta noche?