Ojos de muñeca
Capítulo 3
¡Su bello hombre roto! ¡Marc es su bello hombre roto!
Al abandonar la cafetería, ella piensa en él. Durante el trayecto de metro, piensa en él. En el ascensor, está en su corazón. Está aquí, por todas partes, todo el tiempo. Ella ve su sonrisa y la sumerge en el vacío, oye su voz y desearía que nunca se callara, se acuerda de la suavidad de su piel y le gustaría dormirse en sus brazos. Todas las canciones que ha oído durante el trayecto parecían que hablaban de ella, de ellos, de un futuro posible y feliz. Barbara quiere besar al mundo entero. Por primera vez en su vida, vislumbra una verdadera esperanza y la belleza.
Es tan feliz que se ha olvidado lo que le esperaba en su casa.
El olor que la envuelve cuando entra la devuelve inmediatamente a la realidad.
Dejar el bolso en la cómoda, asegurarse de que el bebé está bien, que no se ha movido, que ha sido bueno. Después alimentarlo, bañarlo antes de cualquier otra cosa. Antes de ocuparse de sí misma o de arreglar el problema, en el salón. El pequeño no parece alterado por la falta de atención de su abuela. Se deja poner la colonia y la crema en el cuerpo sin rechistar. Sus pequeños dedos se agarran a los cabellos de su mamá, que se ríe y lo besa.
—Verás, mi amor, las cosas se van a arreglar. No hay motivos para que te separen de tu mamá. Voy a regularizar tu situación y nos vamos a ir los dos de aquí. ¡Quizá los tres!
El niño parece entender las palabras y le sonríe a modo de respuesta, como si le diera su bendición. Reconfortada, Barbara lo sienta en la cama, empotrado entre algunas muñecas, las más maternales, y se pone a peinar y asear a las otras. Sweet Doriane no está muy dispuesta a hablar. Mejor.
La joven sabe que no puede demorar mucho más el momento de ir al salón. Sabe lo que va a pasar, pero se promete que no va a entrar al trapo.
Con la cabeza apoyada en un cojín en una postura algo rígida, Marthe Bilessi está sentada frente al televisor. La película ha terminado hace mucho rato y sus ojos vacíos miran fijamente una pantalla también vacía. No hace el más mínimo movimiento cuando su hija entra en la sala. Barbara adivina que la está esperando, que ha comprendido, porque ni ella hubiera pensado jamás que las cosas podían llegar a tales extremos. Pero la situación no podía seguir así. Y eso su madre tiene que comprenderlo.
El olor es nauseabundo. Barbara se estremece al acercarse.
Marthe Bilessi se lo ha hecho todo encima.
—¿Es una represalia? ¿No podías esperar a que yo volviese?
La mujer no dice nada. Es normal, no puede.
—Te mereces que te deje con tu mierda… pero no soy un monstruo —suspira.
Los ojos de su madre, a pesar de no ver nada, saben mostrar las cosas. Para utilizar un símil, si fueran revólveres, Barbara estaría muerta desde hace mucho tiempo. La joven está decepcionada, le hubiese gustado encontrarla con una mejor disposición. Quizá se calme una vez la haya lavado. Vuelve del baño con una palangana con agua jabonosa.
—Te voy a desatar, pero no aproveches la ocasión para huir, ¿vale? —la amenaza.
Sus dedos intentan deshacer los nudos realizados con los medios de que disponía: algunos cinturones de albornoz y pañuelos, los mismos que la ayudaron a retener la subida de la leche. Como los ha apretado mucho, Barbara debe tirar muy fuerte para desanudarlos. La vieja menea la cabeza.
—No. La mordaza, de momento no te la quito.
Le rompe el corazón tratar a su madre de ese modo. Y dejar al bebé sin vigilancia durante el día. Pero está decidida a llegar hasta el final de su plan. Ahora hay que limpiar la grasienta mierda que embadurna las bragas de la vieja y el sofá. Barbara reprime las arcadas. Está por todas partes, es asqueroso. Hasta el vientre, donde la materia se ha vuelto verdosa. ¡Está claro que su madre no es una reina de la belleza interior! Bien mirado, de la exterior tampoco. ¡Qué decadencia! Pensar que cuando era niña Barbara soñaba parecerse a ella. Hay que desconfiar siempre de lo que se desea. Qué triste, este cuerpo cansado y deforme, vencido por el tiempo igual que por sí mismo.
El aseo ha terminado. Bragas limpias y vestido bien planchado.
Cuando se apresura a vaciar el agua sucia en el baño, Barbara oye un ruido de tripas que emana de las entrañas de la vieja. Con el tiempo que hace que no ha comido, es comprensible. La joven se siente fatal, no está segura de que tenga derecho a hacer esto. ¿Es una lágrima lo que ve en el rabillo del ojo de su madre?
Deja la palangana, va a buscar un vaso de agua y le desata la mordaza. El agua fluye por la garganta de la mujer, pero Barbara la echa demasiado rápido, la vieja está a punto de ahogarse y escupe un poco.
—Dime que me quieres, mamá. Y te daré de comer.
—…
—Mamá, por favor, esta pelea es ridícula y me duele mucho hacerte sufrir. ¡Pero tienes que ayudarme! Te necesito tanto, tengo tantas cosas que contarte… ¡Quiero ser una buena persona, quiero construir algo!
—Me has hecho daño. Me has pegado.
La voz, todavía un poco ronca, parece venir de muy lejos.
—¡Lo siento, te lo juro! No quería hacerte daño. Dime que me quieres, te lo suplico.
—Estás loca —espeta la vieja—. ¡Loca perdida, querida hija!
Es intolerable. Lo que más le fastidia no son las palabras, pues ya las ha oído muchas veces y no le sorprenden; es la voz, el tono, su manera de pronunciar su nombre como si escupiera lapos. Es gutural, pedregoso, brutal y violento. En las antípodas de las palabras de él, de su bello hombre roto, de la miel que se derrama en sus labios y de la dulzura de los sonidos que él susurra… Ese hombre la ha tocado más y la ha acariciado más que su madre desde que ella naciera. ¡Esta vieja zorra que se refugia detrás de la excusa de su enfermedad para justificar su acritud! Desde ahora, Barbara sabe que un cuerpo inválido no puede perjudicar un alma bella ni perder la capacidad de amar. Jamás se atreverá a preguntarle qué es lo que le ha pasado, presiente que Marc ha sufrido miles de martirios, suplicios, es un superviviente. Un hombre que ha sabido renacer de sus cenizas y ha aprendido a mirar a la gente en el fondo de ella misma para descubrir toda la belleza. Con él, no necesita artificios, no tiene necesidad de recurrir a Barbie o de vengarse de lo que sea. En los ojos de él se siente más bella. Mucho más que en los ojos de Sweet Doriane. Cuando la toca, llega a creerse que es una persona de bien y que, incluso, puede ser mejor. Por lo tanto, no dejará que su madre diga cosas horribles que le hacen daño.
—Como quieras, mamá.
La joven vuelve a colocar la mordaza sobre la inmunda boca y aprieta.
—Volveremos a hablar en el desayuno. Buenas noches.
Apaga la luz del salón y se va a vaciar la palangana. Suena el teléfono. Se apresura, con el corazón a cien por hora. El nombre que aparece no es el que esperaba. Duda un momento, porque no quiere que la línea comunique si Marc desea hablar con ella, pero entonces se acuerda de la función de llamada simultánea y descuelga.
—Sí, hola.
—Hola, Bébé.
—Raoul…
—¡El mismo! Mira, mañana puedo trasladarme definitivamente.
No pudo venir el sábado por alguna razón que ella creyó que no tenía interés y no se la preguntó, y había aplazado el traslado, por lo menos así lo creyó ella, hasta el día del juicio final.
—Ah, pero ¿aún sigues queriendo venir?
—Claro, Bébé. ¿Estás contenta?
—Sí.
—¿Y a la mamuchi, le va a parecer bien o se va a cabrear?
—No te preocupes por eso. No está en disposición de opinar en este momento.
—¡Bravo, Bébé! Así me gusta, que te hagas respetar.
—Sí, es exactamente eso. Está fuera de lugar que nadie me machaque, sea quien sea.
Raoul capta la amenaza apenas disimulada.
—Tienes razón, solo tu chico tiene derecho a dominarte —bromea él para ponerla a prueba.
—No, no veo por qué. Las mujeres merecen que se las traten bien, como a las princesas. Estaría bien que lo entendieses.
—Uf —resopla él—, ¿tienes la regla o qué? No, porque no quiero desmoralizarte, vale, pero no eres exactamente de primera mano. Porque a tu edad y con los kilómetros que marca tu contador, no puedes permitirte jugar a las dulzuras, entiendes lo quiero decirte.
—No, francamente no —dice ella con una voz átona.
—Pues voy a ser más claro —esgrime él con una voz dura—. Hacer de puta, eso estropea y se ve, se huele. No sé lo que tienes en la cabeza y si te crees que a alguno de tus clientes ricos podría interesarle otra cosa de ti que no sea tu culo, pero te equivocas. Los hombres con clase se casan con mujeres como ellos, no con putones como tú. Tienes que asimilarlo, Bébé, y debes seguir haciéndolo y traernos pasta. Y créeme, no tengo nada en contra, más bien al contrario. Pero a largo plazo no puedes aspirar a alguien mejor que yo. Si quieres, mañana cuando llegue me quedaré contigo y no abriré la boca: te interesa rebajar tus pretensiones y quedarte pegada a mi bragueta. ¿Lo has pillado?
—…
Barbara lloraba. De hecho, ella llora silenciosamente. Él lo sabe. Pero no es lo peor. Le deja entender que realmente Marc no puede interesarse por ella. Eso le rompe el corazón.
—¿Lo has pillado? —insiste él.
—Sí. —contesta.
A Barbara le gustaría morirse en ese instante.