Ojos de muñeca
Capítulo 8
Es aún más elegante que la primera vez. El hombre deja su maletín junto a la silla. Ha colocado el tobillo derecho sobre su muslo izquierdo y tranquilamente consulta su Smartphone. Es el clásico hombre que siempre está tranquilo, pase lo que pase. Debe tener muchas responsabilidades para transmitir esa mezcla de aplomo y serenidad que da tanta seguridad a las mujeres y les provoca el deseo de refugiarse en sus brazos. Barbara lo observa a hurtadillas desde la cabina que acaba de limpiar. Ha llegado un poco pronto. La esteticista no sabe muy bien si está contenta de volver a verlo o si, al contrario, eso le provoca una gran desazón. Desde que ha reanudado sus actividades tiene la sensación de que no es suficiente, que siempre tendrá necesidad de más. Sabe que además del placer que le produce desnudar a esos cerdos inmundos, también tiene la obligación de satisfacer las necesidades de su madre y de su hijo. Y las de Raoul.
¡Pensar que su chico va a instalarse mañana en su casa! Hace unos meses, hubiese saltado de alegría. Hoy, lloraría hasta la desesperación. Sin embargo, él no ha cambiado, la mercancía es la misma. Pero aquel que durante mucho tiempo representó la posibilidad de emanciparse, ahora se había convertido en uno de los actores de su servidumbre. Sabe que no espera mucho de ella, solo la comodidad que le ofrece. ¡Los hombres son unos cabrones! Si no temiera que sospecha algo que podría hacerla caer, con mucho gusto se lo sacaría de encima. Del mismo modo que hizo con el desgraciado que ayer se cruzó con ella. Pero está atrapada.
—Buenos días, señor, haga el favor de seguirme.
—Será un placer, señorita.
El hombre la sigue. Sea como sea el masaje, las cartas están echadas: si él tiene una idea metida en la cabeza, ella no podrá impedir que la plantee, ni podrá negarse a su propuesta. Peor todavía, le excita la idea de que la provoque y empieza a mover las caderas y a dulcificar la voz.
—Desnúdese y túmbese de espaldas.
La esteticista se gira y aprovecha para suavizar la luz. Eso tranquiliza al cliente, que al parecer no está demasiado acostumbrado a estas cosas.
—Ya está —contesta él amablemente.
Ella se acerca, duda un instante y le pone una toalla doblada en dos sobre las nalgas. El silencio es tenso. Solo se oyen sus respiraciones entrecortadas. El ambiente parece echar chispas.
—¿Está cómodo?
—Sí, estoy bien.
—¿Seguro?
—¡Sí, ya se lo he dicho!
El hombre está tan tenso que parece agresivo. Ella ya está acostumbrada. No es tan fácil ponerse en manos de una desconocida, entregarse con una vulnerabilidad tan enternecedora. Algunos hombres también tienen pudor.
—Muy bien, voy a extender un poco de aceite templado sobre la piel. Si le masajeo demasiado fuerte, no dude en decírmelo.
—Ningún problema —suelta él.
Un hilito de aceite recubre lentamente la ancha espalda. El hombre es musculoso. Se sobresalta violentamente al notar el roce en su piel.
—¡Perdón! —dice ella, disculpándose.
—No, soy yo. No estoy acostumbrado. Además, no estoy muy seguro de que me guste.
—Entonces ¿por qué ha reservado un masaje?
—Para volverla a ver.
—Ah.
—Parece defraudada.
—No, no es eso.
¿Cómo va a explicarle que ha estado rezando para que no fuera un hombre como los demás? ¿Cómo decirle que está firmando su sentencia de muerte y que no debe pedirle una atención particular, bajo ningún concepto?
—¿Qué pasa?
—Nada. ¿Quería volver a verme?
La voz de la joven ha cambiado. Es más áspera, más de hembra, acentúa algunas sílabas. Es una voz de azafata, una voz que mosquea. Él parece desconcertado.
—Sí, me parece usted muy guapa… Y muy dulce.
—¿Y?
—Eso es todo. No está mal, ¿verdad?
—Supongo.
—En fin. Seguramente tiene usted novio, pero si algún día le apetece tomar un café conmigo, para mí será un placer.
Barbara se queda paralizada. Ninguna proposición deshonesta ni una exigencia obstinada. Ningún billete disimulado en la mano o que aparece como por arte de magia en su blusa. Solo un hombre que se desnuda, con lo difícil que deber ser esta situación.
Raoul nunca le ha dicho que es guapa o dulce. Solo buena. «Eres buena, Bébé.» Bébé… Ella está segura de que llama así a todas sus amiguitas, a las de antes y a las que debe seguir viendo. Bébé: es una manera estupenda de no equivocarse con los nombres. La joven cree que sería mejor que su cliente fuese un cerdo como los demás. La amabilidad y la cortesía son mucho peores. No se puede ignorar o pasar por alto. Toca directamente el corazón y no se puede hacer nada, gusta inmediatamente porque apaga la sed de amor, porque es vital, pero solo se siente cuando se está expuesto. Ilumina la vida con una luz nueva, cálida y agradable que deja al desnudo la fealdad insoportable a la que uno se ha resignado, convencido de no merecer más.
—¿Me está diciendo que le gusto?
Lo ha preguntado con tanta ingenuidad que parece desconcertada.
—¡Parece que la sorprende!
—Sí.
Ella se ha sonrojado al decir eso. Él parece dudar, parece sopesar los pros y los contras.
—No sé. Quizá me he equivocado. Creí… En fin, puede que sea usted más joven de lo que yo pensaba. He sido un poco torpe. Me he precipitado.
No está nada seguro de sí mismo. Incluso se podría decir que está dando marcha atrás, que se arrepiente de su propuesta.
—¡No, para nada! Es que es usted tan guapo —dice ella.
El hombre suelta una carcajada tensa.
—¿Está de broma?
—No.
—¿Se ha mirado?
—No veo nada que pueda interesarle de mí. No soy nadie.
—¿Quién le ha hecho tanto daño, hasta el punto de que se juzgue usted de manera tan dura, Barbara?
—Yo… Nadie. Es que…
—De verdad, me gustaría conocerla mejor, ¿acepta?
—Sí.
La chica ha susurrado para que él no se dé cuenta de su emoción. ¿Es posible que en medio de este caos haya un poco de luz y de ternura para ella? ¿Puede aspirar a algo más que una vida al servicio de una madre ingrata y de un novio que no la quiere? ¿Cabe la posibilidad de que no abandone a su bebé y que le encuentre un padre adoptivo?
—Tengo un hijo —suelta ella muy deprisa, como para deshacerse de un secreto muy pesado de llevar.
Se había jurado a sí misma que nunca hablaría con nadie de su hijo. Pero este cliente ya es «alguien». En cualquier caso, no es el primero que llega.
—¿De verdad? ¿Cuántos años tiene?
—Cuatro meses
—¿Y el papá?
—No hay papá.
—Lo siento.
—Las cosas pueden cambiar.
—Así es. Dejaré mi número de teléfono en recepción. Llámeme.
Nunca había dado masajes así. Con tanta ternura y sensualidad, a ese cuerpo único, singular, ese cuerpo que ya ama. Su mente se llena de nuevas meditaciones, pensamientos amorosos que se proyectan en el futuro, sueña con piel con piel, con baladas en la playa y arrumacos matutinos. Es una locura pensar que podría tener todo eso, que un hombre podría amarla tal como es. Tan distinta a esa mantis religiosa que se obliga a ser, porque es desgraciada, porque las únicas personas con las que cuenta solo se interesan por lo que les da.
La ha llamado Barbara. No se acordaba de habérselo dicho, pero por primera vez su nombre le ha parecido bonito. Barbara es nombre de mujer y puede ser muy dulce cuando está bien pronunciado. Si tiene una oportunidad con este hombre, sí, la aprovechará. Peor para Raoul, peor para su madre. Enterrará definitivamente a Barbie y se olvidará de los malos capítulos de su vida.
El cliente se ha marchado. Recibe al siguiente con una sonrisa radiante.
Vaqueros usados, cazadora de cuero, deportivas. Su desagradable aspecto le da mala espina.
Su sonrisa se congela, y Barbie ya sabe que con este va a poder entrar en acción.