Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 36 de 42

Páginas del PDF

Ojos de muñeca

Capítulo 2

Raoul Moncet. Treinta y cuatro años. Pequeños golpes de poca monta. Algunas broncas, dos o tres días en la celda de los borrachos, amiguitas que han sido detenidas más veces que la media. Aquí hay poco que rascar. El capitán Percolès está frustrado. En la pantalla aparece en tamaño grande la foto del chico. Es más bien guaperas. De esa clase de tipos un poco gamberros que tanto gustan a las chicas. Le decepciona que Barbara haya caído en sus brazos, pero debe saber muy bien cómo embaucar a las chicas un tanto inocentes. En cualquier caso, no es el sentido de la moral lo que le caracteriza y no sería de extrañar que un tío como él acabase siendo proxeneta. Para Marc no hay ninguna duda de que Moncet tira de los hilos y que Barbara es su víctima.

—Que la empuje a prostituirse, vale. Pero es ella quien ha vaciado los ojos de esos hombres. Que se sepa, no es él quien coge las tijeras.

Marc le ha pedido a Ange que venga. Para corroborar sus teorías, no para contradecirlas sistemáticamente. El capitán suspira, irritado.

—Seguramente le obliga a hacerlo para que sus víctimas no puedan reconocerla.

—¿Y ella acepta, así como quien no quiere la cosa? ¡Por favor, Marc, esto no se sostiene!

—Ella está bajo su influencia. Tiene miedo de él. Es posible que la amenace con su madre, o peor, con su bebé.

—No, creo que te engañas. Tu primera teoría era buena. Esta muchacha está completamente loca y es peligrosa. ¡Si es nuestra clienta, tienes que detenerla!

—Ahí está el problema. No estoy del todo seguro. No se comporta como una «profesional».

Ange va a pedirle que se explique mejor cuando de repente parece que ha comprendido el meollo del asunto. Casi se atraganta con el café.

—¡No me digas que te has acostado con ella!

—…

—¿Marc?

—Sí.

—Pero ¿estás enfermo o qué?

—Escucha, está todo bien, ella no me ha matado, que yo sepa. Ella tenía ganas y yo también, eso es todo.

—¿Eso es todo?

—¡Ya vale, no estábamos en ese tema! Nada prueba que sea ella.

—¿Y qué es lo que te hace dudar ahora?

—No me ha herido. Además, tengo la sensación de que era la primera vez que estaba con un hombre. Se sentía incómoda, apenas se atrevía a tocarme. ¡Incluso se puso a llorar!

—¡Puede que sea una excelente actriz!

—No, no lo creo. Tiene algo puro, algo de verdad. Incluso conmovedor.

—¡Joder, Marc! ¡Hablas como si estuvieras enamorado!

—No digas sandeces —responde molesto el capitán—. Es ella la que está enamorada de mí. Me lo he trabajado mucho, como un verdadero hijo de puta.

Marc se siente culpable. Y si Barbara es inocente, hace ya muchas semanas que está jugando con una pobre chica que parece haber sufrido lo indecible para que la haga sufrir aún más. No está orgulloso y se arrepiente de haber urdido esta ridícula trampa. Sobre todo porque ahora cree que está todo muy mal calculado. La culpable ataca a hombres de los que se venga y que mantiene a distancia, pero no de sus amiguitos de los que medio se enamora. La idea que antes le parecía brillante ahora le parece digna de tirarla al retrete. Patética y malvada. Barbara no se merece esto, más bien todo lo contrario. Necesita un buen hombre que la proteja y que la sepa amar.

—Te conozco desde hace mucho para que ahora me mientas. Haz el favor de sacarte este asunto de encima antes de que sea demasiado tarde. ¡Acabarás haciendo una tontería!

—¡Al contrario! Si es tan peligrosa como dices, el único que puede impedir que mate a alguien soy yo. ¡Puedo salvar a su próxima presa!

—¡Sobre todo quieres salvarla a ella!

—¿Y qué? De momento, no hay homicidio. Sigo afirmando que está influenciada.

—Y yo que estás enamorado.

Ange se va, Marc continúa rechazando esa idea. Es inconcebible, lo sabe. ¡Él, que hasta ahora ha sido incapaz de amar! ¡No, no hay ninguna esperanza de que sea inocente para proponerle que caminen juntos! ¡No, no está dispuesto a evitarle la perpetua si ella es culpable, a decirle que la esperará hasta que salga de la cárcel! ¡No, no le conmueve cuando llora y le habla con la candidez de una niña o cuando se inflama con sus caricias! No. No y no.

Por otra parte, esa teoría es tan aberrante, tan insoportable, que va a hacerse el favor de desmontarla inmediatamente. Nada de corazones rotos, nada de atosigar a una loca apretándole las tuercas. Le va a demostrar a Ange, al mismo tiempo que a sí mismo, que no ha caído rendido a los encantos de una joven y que, si es necesario, todavía puede ser un auténtico cabrón. Sabe muy bien cómo se hace. Por supuesto, no hay nada de lo que sentirse orgulloso, pero es por el bien de la investigación. Hay que darle el golpe de gracia si quiere ver como ella pierde los papeles. Tanto si Barbara es la autora de las agresiones como si no, y tanto si Marc está realmente enamorado de ella como si solo se lo ha hecho creer, llegará hasta el final.

El capitán no ha tenido que esperar ni una hora para que la chica llegue a su casa.

—Hola, guapo, ¿eres tú quien quiere pasar una buen rato?

—Sí. Adelante.

Las putas son como una buena hamburguesa de McDonald’s. Sabemos que siempre tiene el mismo sabor y que no es muy refinado, pero no es eso lo que esperamos de ella. Es fácil, caliente y esponjosa, lo que te satisface, y no hace preguntas.

—Me gustan las chicas expresivas en la cama.

—De acuerdo, guapo.

—Desnúdate y ponte a cuatro patas. Quiero sentirme el dios del culo. ¿Vale?

—Tranquilo. Lo he cogido.

La chica se coloca en posición. Está bien hecha y parece limpia. Hoy no se ha rasurado. Eso lo decepciona un poco, pero, después de todo, no está aquí solo para su placer. Marc coge el teléfono y marca el número de Barbara. Deja el aparato descolgado y penetra a la prostituta sin preliminares.

Cuando aparece el nombre de Marc en la pantalla, a Barbara le parece adivinar una señal. Seguro que Marc ha notado su desazón a kilómetros de su casa, que su bebé se va a poner bien, que todo se va a arreglar. Contesta con voz temblorosa.

—¿Hola, cariño?

—¡Así, así, guapo, sigue!

A otro lado de la línea, una voz femenina áspera, entrecortada por gemidos.

Barbara se aparta un poco del teléfono, incrédula, para comprobar que ha leído bien el nombre del que llama. Efectivamente, se trata de Marc. En el teléfono se oye la voz de una mujer a quien están follando. A la joven se le cierra el estómago. ¿Es posible que la engañe? No. ¡Él, no! No su bello hombre roto. ¡Será que le ha prestado el teléfono a un amigo, o que se lo han robado, sí, seguro que hay una explicación! La joven pega el aparato al oído y se concentra.

—¡Ah, qué bien! ¡Ah, sí! ¡Cómo la noto! ¡Fóllame fuerte! ¡Ah, sí! ¡Eres una bestia!

—¿Te gusta esto, verdad, guarra?

—¡Ah, sííí!

—¡Pues toma esa!

Es la voz de Marc.

Barbara la reconocería entre mil. Tiene la sensación de que el cielo se le cae encima y quiere hundirla en las profundidades, enterrarla viva. Un peso le estrangula el estómago, su garganta se cierra, sus ojos se mueven frenéticamente buscando un punto estable al que agarrarse, pero todo da vueltas a su alrededor. Nota cómo le brotan las lágrimas, cómo los mocos resbalan sobre sus labios, cómo el calor deserta de su corazón, de su vida. Marc la engaña con otra. Ella no es la única de sus ojos. No lo ha sido nunca. Le ha violado lo que le quedaba de corazón. Es lo peor de todo, peor que en el parque, peor que su padre, peor que Raoul.

Incapaz de colgar, sigue escuchando, consternada, los gemidos de placer de la chica que ya le ha cogido el sitio, y cae de rodillas. Oye como algo se desgarra en su cabeza, como una hoja de papel antes de tirarla a la papelera. Está en el mundo sin estar realmente aquí, su cuerpo es de piedra y nada se mueve en ella. Solo los gritos de la chica llegan del mundo exterior, en bucle, como un viejo disco de vinilo rayado que impide la progresión de la aguja. No se da cuenta, pero su cabeza se despega con pequeños golpes secos y regulares.

—¡Ya te lo dije! —se burla Sweet Doriane.

—…

—Todos los hombres son unos cabrones. ¿Ahora me crees?

—Sí.

—Solo se merecen tu odio…

—Marc no.

—Él es igual que los otros. ¡Siempre te dije que sería tu perdición!

—Tal vez haya una explicación.

—Sabes muy bien que no. Debes liberarte de una manera o de otra…

—¡Nunca le haré daño, le quiero demasiado!

—¿Tú crees que él te quiere?

—No.

Mientras Barbara lucha para poder controlar ese desconcierto que amenaza con romperse para que inmediatamente se sumerja en su propia locura, Marc ha terminado con la chica. Vuelve a coger el teléfono para asegurarse de que Barbara ha colgado, pero cuando se lo pone al oído lo que oye es mucho peor de lo que esperaba.

Barbara está todavía ahí. Barbara solloza, llora con toda su alma.

—¡Nooooo! ¡No, mi bello hombre roto! ¡Tú no! ¡Nooooo! —gime ella.