Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 24 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 7

Tirabuzones perfectos sobre caras pálidas, ojos perfilados de negro que contrastan con los vestidos almidonados de unas o el aspecto gótico de las otras. Y esos iris de ágata o de plástico que la observan con la misma mirada perversa. Sus pupilas son abismos siempre vacíos que amenazan con engullirla si no tiene cuidado.

Cuando Barbara mira a sus muñecas, a veces tiene la sensación de que la oprimen. ¡Son tantas, y tan exigentes! Siempre quieren más, más mimos, más atención.

¡Como si no tuviera bastante con su madre y con Raoul! ¿Está condenada a estar rodeada de insatisfechos crónicos, de ingratos que solo quieren chuparle la sangre?

¡Incluso su hijo la exprime! Desde hace unos días apenas come y llora constantemente. Está segura de que ha perdido peso y su delicada piel se pela por todas partes.

—¿Cómo has podido coger un virus, si nunca sales?

El niño no responde y se limita a gruñir un poco. Barbara está preocupada. Seguramente habrá que llevarlo al pediatra, y teme que se lo quiten porque no está registrado. La joven madre se siente culpable. Estos últimos días no se ha ocupado mucho de él, entre su trabajo, sus «actividades» y el tiempo que dedica a su madre o a Sweet Doriane. Además, tiene que admitir que ese ejecutivo con los ojos chispeados de oro ocupa todos sus pensamientos. No está disponible para su bebé. Como diría su madre.

—Ven aquí, muñeco mío.

La joven, con complejo de culpabilidad, unta sus manos de aceite templado y nutritivo y refriega el pequeño cuerpo para calentarlo. Lo acaricia, lo seca, lo perfuma con una colonia especial que le ha comprado en una tienda de lujo, le pone un pijama cómodo antes de estrechar entre sus brazos su ligero cuerpecito.

—Mi niño chiquito… —canta mientras lo mece.

Sweet Doriane no ha dejado de observar el espectáculo. Ella también espera su turno y le clava una mirada malvada.

—Lo siento —se justifica Barbara—, pero debía…

El llanto la interrumpe antes de pueda terminar la frase. ¿No podrá estar alguna vez un poco tranquila?

—¡No! ¡No es que pongas mucho tu parte, pequeñín! ¡Por favor, duérmete!

Barbara está agotada, no puede más. Sin embargo, resignada, se gira hacia el pequeño.

—¡Te prohíbo que lo cojas en brazos! ¡Ahora me toca a mí!

—¡Puedes esperar sentada! ¡Solo eres una muñeca!

—Soy más que eso, y tú lo sabes.

El bebé llora a pleno pulmón. Las otras muñecas empiezan a ponerse nerviosas, suspiran, gruñen, gimen cada vez más alto y también se ponen a llorar.

Barbara se tapa las orejas, da vueltas incapaz de tomar una decisión. Sus llantos cacofónicos le revientan los tímpanos. ¿De quién se tiene que ocupar primero? ¿Por qué le hacen esto? Si no se callan, va a volverse loca.

—¡No estás a la altura! Nunca conseguirás ocuparte de todo el mundo. De nosotras, de tu madre y del bebé. Tienes que deshacerte de él…

—¡Jamás! ¡Eres igual que mi madre: me quieres para ti sola, pero nunca abandonaré a mi hijo! Si sigues portándote mal, es de ti de quien voy a desprenderme.

La muñeca parece haber encajado el golpe. Se calma y le susurra con voz de niña buena:

—Cógeme en brazos. Por favor. Y escucha bien lo que voy a decirte.

Como por arte de magia, el bebé deja de llorar de repente, y cesan también los gritos de las demás muñecas. Barbara obedece, hipnotizada.

—¿A ti te parece normal no declarar el nacimiento de un hijo y tenerlo secuestrarlo en este apartamento que apesta a vieja y a muerte? ¿No crees que es una señal de que eres una mala madre?

—¡No digas tonterías!

—En el fondo sabes muy bien que solo digo lo que tú piensas.

—¡Es mentira, eres la encarnación de la maldad!

—Mírate antes de hablar, Barbara.

Muy a pesar suyo, Barbara obedece y echa una mirada al espejo de su armario. Sweet Doriane siempre se le ha parecido, con sus ojos verdes y su pelo rubio. Sobre todo antes de la transformación a la que la sometió. Hoy la muñeca es una pequeña cosa fea, agria y sucia, estropeada por todas partes, una quimera terrorífica que ostenta los estigmas de sus propios pecados. Su reflejo le transmite siempre la misma imagen ingenua. La joven se tranquiliza.

—No hablo de tu aspecto…

—¡Estoy harta de que siempre me des lecciones! Ten mucho cuidado: podría deshacerme de ti.

—Me necesitas demasiado, y lo sabes. Más que a tu tirana madre o que a un bebé que poco a poco vas destruyendo. Ríndete a la evidencia, ellos frenan tu liberación. ¡Olvídales, déjalos atrás y afronta tu destino!

—¿Mi destino?

—Sí. Eres una vengadora, una amazona que no necesita a nadie, y menos un hombre, para prosperar.

—¡No todos los hombres son unos cabrones!

—¡Claro que sí! Incluso los ejecutivos seductores que quieren masajes aparentemente inocentes, ya verás.

—¡Eso es mentira! Estoy segura de que él es diferente.

—Apuesto lo que quieras que te traicionará como los otros. Soy la única en la que puedes confiar.

—Pero ¿qué es lo que quieres?

—Solo quiero ayudarte a convertirte en esa mujer de blanco que has visto en sueños.

—Los sueños no siempre se cumplen.

—Créeme, este se cumplirá. Pero tienes que sacarte de encima estos pesos muertos para conseguirlo.

¿Y si Sweet Doriane tuviese razón? Si este bebé, que ha llegado demasiado pronto, no fuese más que una carga que le impide progresar. ¿Sería más razonable, tanto para ella como para él, darlo en adopción? No. Es imposible. Ella no cumplió con los requisitos legales al dar a luz. Eso podría hacer que la metieran en la cárcel. Pero ¿qué puede hacer?

—Solo tienes que tirarlo, como harías con una muñeca. ¡Nadie va a saberlo nunca!

—¡Mamá lo sabría!

—¿Quién iba a creer a una loca?

Es verdad. Barbara se gira hacia su hijo. El pequeño se ha dormido, sin tener la menor idea de que su futuro puede cambiar en un instante. Efectivamente, sería muy fácil deshacerse de él. Sin necesidad de bajar al contenedor. Bastaría con meterlo en una bolsa de plástico y tirarlo al triturador de basuras.

El timbre del móvil la devuelve a la realidad. Un momento de confusión, es consciente de la horrorosa idea que acaba de considerar por culpa de Sweet Doriane. Esta muñeca es el diablo. ¿Cuánto tiempo necesitará para rechazar sus planteamientos asesinos? Tiene que proteger a su hijo. Por eso tendrá que deshacerse de la muñeca… o tendrá que abandonar a su hijo.

—Sí, ¿diga?

—Hola, Bébé, ¿va todo bien?

—¡Raoul! Pues… Sí, todo va bien.

—Me he quedado en la calle. No he pagado los últimos alquileres y el casero me ha echado. ¿Puedo ir a tu casa?

—No… No es una buena idea. Ya sabes, a mamá no le gustan las visitas.

—Vamos a ver, Bébé, ¿soy tu chico, sí o no?

—Sí, pero…

—¿Pero qué? ¡Tú pagas el alquiler igual que tu madre!

—Sí, pero no es tan sencillo.

—Escucha, si quieres que algún día vivamos juntos, deberías ser más amable, ¿no crees?

—No sé…

—Yo sí sé, no te preocupes. El sábado me instalo, solo necesito unos días para embalar mis cosas, ¿de acuerdo?

—El sábado trabajo.

—Vale, estaré ahí hacia las nueve de la noche. A no ser que tengas que hacer horas extras con algunos clientes, lo que no sería muy legal.

Barbara casi se atraganta. Otra vez le ha soltado una de sus indirectas que no sabe muy bien cómo interpretar.

—¿Qué quieres decir?

—Solo digo, Bébé, que tu jefa no puede obligarte a trabajar más horas de las estipuladas. ¿Qué habías entendido?

—No… Nada.

—Estupendo. ¡Nos vemos el sábado!

Raoul cuelga. ¡No! Es imposible. ¡No puede venir aquí! Aún no le ha hablado del bebé. Además, ¿cómo va a reaccionar Sweet Doriane?

—No me mires así. Creo que Raoul es un imbécil que todavía nos puede ser útil.

—¿De verdad?

—Sí. No soy yo a la que más debes temer.

Para confirmar las palabras de Sweet Doriane, la voz de su madre se alza desde el salón.

—¿Con quién hablabas por teléfono?

Barbara sale disparada de su habitación. ¿Cómo va a explicarle la nueva situación?

—Era… mi… mi…

—¿Tu quién?

—Mi chico.

—¿Tu qué?

—Bueno, salimos desde hace algunos meses…

—¡Te tengo prohibido que salgas con chicos! —grita la vieja.

—… y le gustaría mucho conocerte. Me ha dicho que vendrá el sábado.

Hay que hacerlo por etapas. Una vez esté aquí, ya tendrá tiempo de explicarle a su madre la situación. La presencia de Raoul ayudará a que se tranquilice.

—¡Ni hablar! ¡No quiero que un hombre ponga los pies en mi casa!

—¡También es la mía! ¡Y puedo invitar a quien me plazca!

—¡Eres una insolente!

Marthe Bilessi, siempre dispuesta a corregir a su hija, levanta la mano para darle un guantazo. También esta vez, Barbara es más rápida y le agarra el brazo al vuelo.

—¡Suéltame, me haces daño! —chilla la vieja, aterrorizada.

Todo lo que siempre temió estaba pasando. Ha perdido todo ascendiente sobre su hija. Es el principio del fin, lo sabe.

—¡Te lo has buscado!

—¡Soy tu madre! —grita la vieja levantando la otra mano para pegar a su hija.

Esta vez Barbara no va a someterse. Sweet Doriane tiene razón. Los tiempos de la tiranía han terminado. Coge impulso y le da una bofetada tan fuerte que el impacto lanza a su madre contra el suelo. Su cabeza choca contra la mesita.

—¡Nunca más vuelvas a levantarme la mano! —espeta la joven—. Porque te la devolveré con creces.

—¡Por favor, cariño, ayúdame a levantarme!

—No soy tu cariño y no lo he sido nunca. Arréglatelas como puedas.

—Estás loca —grita la vieja, atragantándose—. ¡Loca perdida, mi pobre hija!

Los insultos de la madre le desgarran el corazón hasta hacerla llorar, pero no claudicará. Ya es hora de que entienda que esta relación no puede seguir así, basada en el odio. Por lo tanto, ahora es ella la que va a instaurar un régimen de terror, no vacilará.

Barbara necesita sentirse querida. Por su hijo, por su madre, por un hombre. Y ese amor lo conseguirá aunque sea a la fuerza.