Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 34 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 8

Cuando el sentimiento de injusticia choca contra la constatación de la propia impotencia, cuando el sufrimiento resultante es intolerable, entonces nace la ira.

Ira contra sí mismo, cuando uno se cree que es tonto o culpable por no saber pelear mejor. Ira contra los demás, que no pueden hacer nada y están a años luz de nuestras ridículas desgracias.

Ira contra todo el mundo, contra el mundo entero, nadie. Contra nadie en particular, entonces ella anida en nuestro interior y da vueltas, vueltas y más vueltas. Vueltas en el vacío, eso creemos, pero nada más lejos de la verdad.

La ira, una vez instalada, se nutre de lo que tenemos dentro. Se nutre de todo, lo agria todo, nos hace cínicos, agresivos y violentos. Es capaz de empujarnos a buscar los embrollos por el placer de descolocar al primer recién llegado, porque sabemos que sin eso, la ira nos matará.

La ira es como un cáncer que nos consume, como un grito que no somos capaces de liberar con toda nuestra rabia, una rabia más grande que nosotros, hasta quebrarnos la voz, hasta arrancarnos la garganta y hacernos vomitar las entrañas, hasta reventar los vasos sanguíneos en un accidente vascular cerebral que tal vez nos dejará fritos, pero en paz, al fin.

Injusticia e impotencia es lo que siente Barbara. Se ha conformado toda su vida con lo que se esperaba de ella. La niña pequeña que se guardaba los secretos de su padre. La mujer joven devota que se consagra a su madre. Está hecha de carne, su corazón no le sirve para nada. No tiene más importancia que una muñeca ni más libre albedrío que una marioneta. Hace todo lo que puede para que la quieran y cree con toda su alma que no es más que un objeto en manos de los suyos. Un simple instrumento que se manipula en beneficio propio sin preocuparse de lo que ella quiere de verdad. Ha creído, durante un instante, poder dominar el curso de su vida tomando la revancha a los hombres, sus eternos verdugos. Pero hasta eso le quitan, le dan la vuelta y lo pervierten. Lejos de tener ganas de parar, la ira que destila multiplica su violencia y esas ganas de hacer sufrir a otros, no importa quién, para sentir que existe a su vez. Para volver a poseer su cuerpo y su vida. La sangre la llama, su cabeza se llena de gritos de hombres torturados y de imágenes atroces que la fascinan y la obsesionan. Siente que Barbie quiere salir, que no está lejos, que emerge. Y tiene miedo. Miedo a esa otra que se someterá a las exigencias de Raoul y de su madre. De esa zorra que escucha complaciente los consejos de una muñeca farsante. De esa cabrona detrás de la que ella se refugia, cuando, en el fondo, Barbara sabe muy bien que solo está ella.

Barbara tiene miedo. Miedo porque va a ceder. Miedo porque no consigue sacarse a Marc de la cabeza y es una presa fácil. Miedo porque no sabe cómo romper este círculo vicioso.

Sale a su encuentro.

Desafía sus ansias de muerte y se esfuerza bajando los ojos en el metro, cuando no sueña más que con cruzarse una mirada impertinente para aplastar al individuo en cuestión. Va disparada hacia aquel a quien ama, el único que le da esperanzas, que la abraza, la acurruca y la protege. Para oír a su hombre decir: «No te preocupes, yo me encargo de todo». Quiere entregar su cuerpo y su alma en su inmenso amor, y que él la salve. Se volverá respetable, la llamarán señora, él le dirá «mi corazón». Él tiene ese poder, lo sabe. El de decir que no es demasiado tarde, que todavía se la puede querer y tener ganas de dormir con ella, solo dormir sin acostarse, que es hermosa y se merece ser mimada. ¡Marc puede hacer esto posible y mucho más! Si la quiere de verdad, Barbara podrá dejar tras de sí a todos aquellos que la condenan antes de hora obligándola a vivir la vida de una zombi. No puede acabar como ellos, que se creen de los suyos cuando no hacen más que alejarlo de ella, no quiere parecerse a ellos. La tentación de ceder es muy grande, como la de dejar que la asesina se suelte la melena, pero no es por eso por lo que ha llamado a Marc. Lo ha hecho para pedirle ayuda.

Sin embargo, no le ha parecido muy contento por su llamada.

—¿Sí? Diga.

—Hola, Marc. Sé que te dije que no quería volver a cruzarme en tu camino, pero estaba equivocada. Necesito verte, y de verdad es urgente.

—¿Qué te ha pasado?

—No puedo decírtelo por teléfono. ¿Podemos vernos?

—Claro. Dime dónde estás y voy.

—No. Preferiría ir a tu casa

—Yo… No sé si es una buena idea, Barbara.

—¿Por qué? ¿Ya no me quieres?

—Claro que sí, pero preferiría quedar en un sitio más neutro.

—¿Neutro? ¿Por qué neutro? ¿Tienes miedo de que te viole?

La voz de la joven ha subido de tono.

—No, no es eso.

—Marc, por favor, no me rechaces. Ahora no. Solo te tengo a ti. ¡Solo a ti, tú que nunca me has pedido nada, y no sabes lo excepcional que es eso! Es muy raro. ¡No sabes cuánto te quiero por eso! Pero estoy a punto de reventar. Te lo pido por favor, sácame de aquí, no quiero obedecerles más, te lo ruego.

—De acuerdo.

Es así como le ha dado su dirección.

Él sabe que ha vuelto a hacer una tontería. Porque ella está a punto de que se le suelte un tornillo, porque es muy guapa y está loca de amor. Porque a él le gusta estar en la cuerda floja de los sentimientos y porque la desea demasiado para resistirse si ella vuelve a echarse en sus brazos.

No debería confiarse. No obstante, ya está bajo la ducha y ha hecho desaparecer todo lo importante de su pocilga antes de que llegue. Cuando suena el timbre, el tipo y el apartamento están todo lo presentables que pueden estar.

—Pasa.

La joven entra en el salón tímidamente. No parece prestar atención a la decoración, no muy acorde con el supuesto nivel de vida de su ocupante. Ha llorado y su rímel se ha corrido, parece un gato mojado.

—¿Qué te pasa, Barbara?

—No. No puedo decirlo. Abrázame fuerte, por favor.

Solloza como una niña que tiene un gran disgusto. Él hace todo lo que sea frente a una mujer temblorosa y que suplica. La abraza.

—¡Más fuerte!

La rodea y la aprieta. Ella se pega a él con todas sus fuerzas, como si fuera su salvador. Pero no lo es. Es un poli que tiene que hacer que confiese. No debe olvidarlo, porque si no, está jodido

—¡Dime que me quieres y que no hay nada más que nosotros, que no nos puede pasar nada, amor mío!

—Te quiero, Barbara, no nos puede pasar nada.

—Dime que me protegerás.

—Sí.

—¡Prométemelo!

—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.

Barbara no entiende el matiz y se relaja completamente en los brazos de su hombre. «Su hombre.» Su bello hombre roto que la recompone. Su hombre que la defenderá contra aquellos que le quieren mal. Raoul, su madre, Sweet Doriane. Contra ella misma, si es necesario. Sí, ella puede bajar la guardia en su casa. Lo siente. Es eso, el amor.

La joven se acurruca un poco más contra el cálido torso. Espira su perfume, su olor de hombre. Su respiración se acorta, nota cómo el calor de su piel la impregna. Oye cómo se acelera la música de los dos corazones, que laten acompasados. Las manos de Marc no la han soltado, se vuelven más mimosas y palpitan contra ella. Él ha posado los labios en la parte superior de la cabeza de ella y los aprieta suavemente. Barbara levanta despacio la cabeza. Él la besa en la frente, en la nariz, en las mejillas…

Le gustaría no verla. No mirarla. Pero nota su ira, su desazón, y eso resuena en él como un eco, mucho más de lo que hubiese deseado. Marc cree que la entiende, que la comprende. Tiene que sosegarse.

—¿Qué es lo que te obligan a hacer, cariño?

—No puedo decirlo, es demasiado horroroso.

—Al menos dime el nombre de ese hijo de puta que te obliga y yo te protegeré.

—¿De verdad?

—Claro.

—Raoul Moncet —murmura ella, como si lo tuviera detrás.

—Me ocuparé de él.

Es él, ese cabrón que la obliga a prostituirse. Y quizá también a torturar a sus víctimas. Marc está dispuesto a creérselo todo, incluso esta segunda teoría que hubiera juzgado absurda, si no fuera un asunto de Barbara. Le parece evidente que está bajo su influencia. Una chica capaz de amar de ese modo tan incondicional no puede ser un monstruo al que apodamos la puta del bigote. Sí, ese Raoul Moncet la manipula. Ella no es realmente culpable. Por eso puede ceder al deseo. Ya puede poseerla.

Marc se desentiende de sus reflexiones y se deja llevar. La besa con fogosidad, con ternura, y empieza a desnudarla despacio, con la mirada sumergida en los ojos claros de la joven.

Pero no se la folla. No.

Le hace el amor.