Ojos de muñeca
Capítulo 4
—Capitán Percolès, supongo que no tiene nada más que añadir.
—No.
Marc está de un humor insoportable. Para sus colegas no es ninguna novedad. Todos han decidido mantenerse a una determinada distancia. Por eso hay en la sala una especie de cordón de seguridad a su alrededor. Ninguna de las sillas contiguas a él está ocupada. Eso está muy bien, pues de todos modos no soporta a nadie de aquí. Ha sido una solemne tontería trasladarlo a Antivicio.
La reunión del día se centra en el asunto de la puta con bigote. La investigación está estancada: la mujer no ha vuelto a ensañarse con ninguna víctima. Si Marc, hasta ahora, estaba satisfecho por ser él la causa, en este momento teme las consecuencias de su traición y espera, con un gran peso en el estómago, una llamada que le informará de un nuevo crimen de Barbara.
Después de lo que le hizo, si realmente ella es la culpable, es muy posible que eso la empuje inmediatamente hacia una locura asesina.
Es por eso que ha intentado seguirle el rastro, en vano. No solo no ha vuelto a su casa desde que ella le oyó follando por teléfono, sino que además ha apagado su móvil. Por lo tanto, no tiene ningún medio para volver a seguirle el rastro. Y no tiene nada lo suficientemente concreto como para ir a su casa y hablar con su madre. Además, eso podría ponerle la mosca detrás de la oreja a Raoul e irse de rositas. Marc se daría de bofetadas. Lo ha fastidiado todo con su orgullo y sus teorías poco precisas.
De repente suena su teléfono y… ¡el número de Barbara aparece en la pantalla!
—¿Diga?
—Marc… Soy yo. Él me ha dicho que te llame. Que tú podrías ayudarme.
—¿Quién es «él»? ¿Ayudarte a qué?
—A que no haga una tontería muy grande. Pero creo que no voy a poder aguantarme.
—¿De qué me hablas, cariño?
—No soy tu cariño, no digas eso.
—¡Claro que lo eres! Barbara, dime qué pasa.
La joven se calla un largo rato. Después farfulla algunas palabras incomprensibles y vuelve a la conversación.
—Voy a hacerle daño, lo sé —se lamenta.
—¿Daño a quién, corazón?
—Más daño que de costumbre, tú no lo sabes todo sobre mí.
—Claro que sí, lo sé, mi amor. ¡Escúchame, puedes luchar! Dime dónde estás y me presento en un santiamén. ¡Voy a buscarte!
—¿A buscarme? ¿Como un caballero a su princesa?
—Sí, mi princesa, como un caballero.
—No puedo volverme atrás. No puedo elegir. Tengo que hacerlo.
Es confuso. Todo esto es muy confuso. Parece que está perdiendo la cabeza, que está tan loca como suponía al principio. Eso le provoca un nudo en el estómago. Entretenerla todo lo posible, mantener su atención, crear una complicidad. Marc tiene que impedirle que pase a la acción. Como ha vuelto a encender su móvil, puede localizarla. Solo tiene que mantener la conversación el tiempo necesario para llegar. El capitán se arroja sobre su ordenador y lanza la búsqueda. Barbara está a quince minutos de aquí. Puede llegar a tiempo para impedirle cometer lo irremediable. Sale disparado hacia el aparcamiento, donde la cobertura de la red es tan débil que la llamada se corta.
Barbara mira al hombre atado a los barrotes de la cama. Ya no llora ni suplica. Ya no intenta salvar el pellejo. Ve como mueve los labios, pero lo que oye son la voces de su madre y de Raoul que se mezclan con los gritos del bebé y la risa de Sweet Doriane.
—¡Callaos, callaos ya!
—¡Estás loca! ¡Loca de atar! ¡Ocúpate más de tu madre, hija ingrata! —le increpa Marthe Bilessi.
—¡Ven a chupármela Bébé! ¿Dónde está mi dinero? ¿Quieres que te denuncie a la pasma o qué? —amenaza su chico.
—Sería mejor que los mataras a todos y tiraras a tu bebé por el retrete —sugiere la muñeca.
¡Callaos! ¡A la mierda! —grita sujetándose la cabeza con las manos—. ¡Solo quiero que me dejéis tranquila! ¡Tendréis vuestro dinero, por eso estoy aquí!
—Y para vengarte de todos estos cerdos —añade Sweet Doriane.
—¡Y para vengarme de todos vosotros! —apostilla la joven.
Barbara da cortes de tijera en el vacío, luchando con sus demonios que solo ella puede oír. Grita, llora, estalla.
Por su parte, Marc ha cruzado el aparcamiento de la comisaría lo más rápido posible, para que la interrupción de línea no se eternice. En cuanto sale la vuelve a llamar y trata de mantener una presencia oral tranquilizadora.
—¡Estoy aquí, Barbara, estoy aquí, quédate conmigo, corazón!
—¡Tengo que hacerlo! —contesta ella, sollozando—. ¡Siempre quieren más! Es Sweet Doriane quien tiene razón, ¿entiendes?
Su discurso es cada vez más incoherente. La joven está en plena crisis, delira. Pensar que él tenía razón le contrae el corazón. Barbara es una psicótica peligrosa. Para los demás y para ella misma. Marc pisa el acelerador e intenta racionalizar. ¿Tal vez esta sacudida podría ser beneficiosa para la joven? Si necesitaba descargarse de algo, reventar un absceso, entonces se liberará. Lo importante es impedir que pase a la acción.
—No hagas nada hasta que yo llegue. ¿De acuerdo?
—No puedo.
—Claro que sí, mi amor. Quédate conmigo, no cuelgues. ¿Vale?
Hay que impedírselo, tiene que ayudarla. En diez minutos estará con ella. Aún es posible, aún puede ser.
—De acuerdo.
La esperanza. Es terrible la esperanza. Nos aferramos a ella con todas nuestras fuerzas porque al final es todo lo que tenemos, y no obstante, sin este sentimiento, tan frágil que un simple silencio puede romperlo, estamos muertos. Marc espera que su voz sea suficiente para mantenerla de este lado, de transmitirle las ganas de quedarse en el mismo mundo que él, de convencerla de que acepte cogerle la mano. Las manos de ella son tan suaves, su mirada tan tierna… ¿Cómo ha podido llegar hasta este punto? ¿Por qué?
Con el pie a fondo, sueña con poder conducir por encima de los tejados, con sobrevolar los atascos que van a acabar con su cordura. El GPS le dice que en siete minutos habrá llegado a su destino. Siete minutos no son nada. Es muchísimo. Un coche en doble fila entorpece la circulación de la exigua calle por la que acaba de meterse. Se atasca, toca el claxon, se impacienta. Intenta dar marcha atrás. Una mirada al retrovisor le disuade. Por lo menos hay cuatro coches detrás de él. Descarta sacar el dispositivo policial, el faro giratorio no serviría de nada. Acaba de perder cinco minutos.
Un conductor con los nervios a flor de piel sale de su vehículo. Con paso decidido se dirige al estanco donde se ha metido el del coche en doble fila. Grita y gesticula. Un tío sale del establecimiento, se enfada a su vez, le hace una peineta con el dedo corazón al hombre que le increpa. El tipo le salta encima y le mete un derechazo, algunos peatones se paran para mirar, otros intentan separarlos, otros sacan sus teléfonos para grabar o para llamar a la policía. Si viene la policía, Marc no llegará a tiempo. Marc se pondría a llorar. Porque sí, quiere salvar a Barbara. Porque ella le ha llamado para pedirle ayuda. Porque no puede abandonarla. Porque… Por mucho que desde la conoció ha intentado rechazar la idea aberrante, ahora debe rendirse a la evidencia: ella es importante para él. Y si tiene los medios para ayudarla, lo hará. Cueste lo que cueste. Qué se le va hacer si ella se siente traicionada. Aunque tenga que dimitir de sus funciones. Ojalá tengan la oportunidad de amarse cuando todo se haya acabado, aunque tenga que esperar algunos años. Siempre que no haya cometido lo irremediable. Puede atisbar un futuro para ellos. Ella se curará, él probará que estaba bajo la influencia de ese impresentable de Raoul Moncet, y cuando esta sórdida historia pertenezca ya al pasado, tendrán el amor y el calor de los que, tanto el uno como la otra, tienen tanta necesidad. «Joder, te quiero, Barbara, no te descontroles, amor mío.»
Marc Percolès decide colgar.
—¡Te quiero, aguanta!
Marca el número de los colegas y explica brevemente los hechos, les da la dirección donde se encuentra Barbara y reza para que los refuerzos lleguen a tiempo.
Cuando llega a su destino, ve que los compañeros ya han llegado. No hay nadie en la planta baja. Sube las escaleras del inmueble tan rápido como le permite su discapacidad. Nadie en el primer piso. Nadie en el segundo. El jaleo es más arriba. Tercero, cuarto. A medio camino hacia el quinto empieza a ver uniformes. Los chicos han identificado el apartamento. Acaban de echar la puerta abajo. Los ve entrar en el piso y caminar despacio enseñando su identificación policial. La media docena de policías que han pasado antes que él le impiden ver lo que pasa. Todo lo que oye es el grito de uno de los policías.
—¡Dios mío!