Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 18 de 42

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Ojos de muñeca

Tercera Parte

 

Hay dos cosas que me horrorizan:

el verdugo que hay en mí y el

hacha encima de mi cabeza.

STIG DAGERMAN

1

Barbara no se encuentra bien. Tiene miedo. Además la embarga esa sensación difusa de culpabilidad que se le pega a la piel como un perfume de pachuli.

—No está bien lo que he hecho.

—¡Claro que sí, ha sido estupendo!

—¡No soy yo! No soy de esa clase de personas.

—¿Estás segura?

—¡Sí! No sé de dónde sale todo esto.

—Pues de ti. Solo de ti.

—No. Eso es imposible. ¡Es culpa tuya, lo sé!

La joven abraza a su bebé. El pequeño duerme, ella procura estar en silencio con respecto a su muñeca, que cada vez parece más perversa. Lo mece despacio, con la mirada clavada en una Sweet Doriane desmelenada.

—¿Culpa mía? No lo creo. Nunca has necesitado a nadie para ser mala.

—¡Jamás hice nada malo a nadie antes de conocerte!

—¿Estás segura, Barbara? Yo no estaba contigo el día que estuviste a punto de matar a la pequeña Caroline. ¡No me digas que lo has olvidado!

—¿Cómo sabes eso? Pasó hace quince años.

—Yo lo sé todo. ¿Has olvidado que soy parte de ti?

—¡No! ¡Tú eres un monstruo!

La muñeca la mira fijamente con su mirada ausente. Durante un instante, Barbara se siente confundida. ¡Por dios, está hablando con una muñeca sin otro poder que el de decorar una habitación!

Sin embargo, ver vida donde no la hay es el síntoma de la locura, y Barbara se da cuenta de que siempre ha estado loca. Contempla el objeto. Solo es porcelana y tela, un simple juguete con una pátina realista. Pero detrás de las mejillas lisas, la joven percibe los pensamientos que se agitan y el pulso del alma. Bajo su mirada, la piel dura se flexibiliza, las pupilas se aclaran burlonamente, pestañea y guiña un ojo que provoca una carcajada a la muñeca. Una risa sarcástica, aguda, una risa de loca. Una risa acorde a su mirada de demente, con los iris claros rodeados de negro, una risa que retumba en su cráneo vacío y que hace vibrar cada uno de sus cabellos supervivientes al fuego, una risa que la estremece, da la sensación de que la hace avanzar hacia Barbara, la engorda, la agranda, hasta sobrepasarla o devorarla. La joven se queda petrificada. Sweet Doriane es la medusa, Sweet Doriane es su maestro, la única marionetista de su sórdida vida. Barbara es solo un juguete de carne paralizado por el terror.

—¡Puede que sea un monstruo, pero a tu imagen, querida!

—¡Nada de nada! ¡Eres muy fea con tu calva y tu bigote!

—Fea por fuera… ¡como tú lo eres por dentro!

—¡Mentirosa! ¡Eres una gran mentirosa! ¡Y una loca peligrosa!

—Ya, no crees que de las dos, la loca es la que intentó sacarle los ojos a una pobre niña.

—Fue… un error de juventud. ¡No lo he vuelto a hacer! —balbucea Barbara.

¡Qué disparate! Barbara se había olvidado de esa historia. Estaba agazapada en el fondo de ella, escondida como un secreto vergonzoso, una pequeña serpiente agresiva a la que no hay que molestar y que esa puta de Sweet Doriane acababa de despertar. Su mordedura venenosa le provoca una especie de descarga eléctrica. Nota un sabor a metal en la boca, sus venas se hinchan, sus puños se crispan. ¿Cuántos años tenía entonces? ¿Ocho? ¿Quizá diez? Ya no se acuerda de lo que hizo la otra para ponerla en ese estado: solo se acuerda de la rabia. La tensión. Como si la hubiese embargado una furia tan grande que, si no llega a descargarla sobre alguien, se arriesgaba a que la consumiera en un plis plas. Su padre acababa de irse. Su madre estaba muy distante. Y aquella niñita lo tenía todo. Todo lo que ella no volvería a tener nunca más. Una familia cariñosa, un montón de juguetes, horquillas en el pelo. Entonces la pegó. Primero dos bofetadas, pero, al ver que la niña no se defendía, cerró los puños, lanzó sus pies para tirarse encima de la otra y, tras hacerla caer, le puso los pulgares en los párpados.

Después nada, un agujero negro. Su mamá que va a buscarla a la enfermería del colegio y le habla cariñosamente, es muy amable. Demasiado. Cuando hacemos daño a alguien, merecemos que nos riñan, que nos castiguen. No obstante, aquella noche la mimaron como nunca lo habían hecho antes. Pastel de queso y chocolate. Fue la primera vez que oyó la palabra «traumatizada».

Los días siguientes también fueron muy agradables. Al final, cada vez menos, hasta volver a la normalidad en una especie de degradado hacia la distancia y la culpabilidad. De vez en cuando, su madre se interesaba por su estado, le consultaba sobre las decisiones que había que tomar, como si su opinión contase para algo. Seguramente para comprobar que todo iba bien. Está claro que su madre la tenía por una loca. Empezó ese día, el de la bronca, pero tal vez la incubara desde mucho antes, antes de que papá se fuera y de que… Barbara menea violentamente la cabeza. Y que… ¡nada! ¡Ya no se acuerda de nada más! ¡Ya está!

—¡Has vuelto a hacer daño por tu propia voluntad y lo sabes muy bien!

—Vale, pero no volveré a hacerlo. No quiero ser esa clase de persona.

—Entonces ¿vas a dejar de ser puta? ¿Cómo le vas a explicar a tu madre que debe renunciar a sus dulces?

—En cualquier caso, son malos para ella, es diabética.

—Y ya sabemos por qué se los compras… ¡a ver si estira la pata más deprisa!

—¡Solo dices tonterías! La quiero demasiado como para hacerle daño. Y punto, no le volveré a comprar nada dulce.

—Pero no solo son las golosinas. También están los vestidos, las cintas de vídeo, los masajes que le pagas. No renunciará fácilmente a esas cosas, ahora que se ha acostumbrado a ellas. ¡Solo hay que ver cómo las exige!

—Se conformará.

En el fondo, la joven sabe muy bien que se engaña a sí misma. Sabe que su madre no está dispuesta a renunciar a sus privilegios y a sus regalitos que le ayudan a tragarse el marrón del bebé. Sin ellos seguramente no querría ocuparse de él cuando Barbara no está. Vivir con ella es un sacrificio, una carga, un calvario. Algunas veces la joven se desespera y se sorprende deseándole la muerte con el fin de ser libre, pero nunca se lo confesará al pequeño monstruo. Eso la agota. La vieja nunca tiene suficiente y siempre exige más atención, más sumisión. ¡Sus muñecas nunca le piden tanto! Si su madre fuese una de ellas, le facilitaría la vida. Se ocuparía de Sweet Doriane —cuando es buena— al mismo tiempo que de su muñequito.

—Solo tendrías que ponerle una almohada en la cara cuando esté dormida.

—Jamás. ¿Me entiendes? Es mamá y la quiero. ¡La necesito!

—Si tú lo dices… Pero…

—¡No hay peros que valgan! ¡Cállate! ¡No me obligarás a hacerlo!

—¿Obligarte? ¡Qué cosas dices!

—Lo haces con lo demás, con los hombres.

—Yo no te obligo a nada. Solo te guío, porque solo librándote de su influencia podrás conseguir la felicidad. Acuérdate de tu visión… Estabas tan guapa con aquel vestido blanco… Acuérdate de tu maravillosa sonrisa, tan dulce…

Como por arte de magia, la aparición se materializa de nuevo en su cabeza y la perturba más de lo que podía imaginarse. Es una mujer tan hermosa… ¡Parece inmensamente feliz! Si algún día pudiera ser como ella…

—Es verdad.

—Todavía es posible. Solo tienes que deshacerte de lo que te lastra…

Instintivamente, Barbara abraza a su bebé. Sabe que la muñeca está celosa y le gustaría que no lo criara.

—¡No renunciaré a mi hijo! —grita, olvidándose de que el bebé estaba dormido.

—Claro que no. No es el más molesto, de momento.

La muñeca se carcajea. Horrorizada, Barbara se pregunta si Sweet Doriane podría obligarla a hacerle daño. La idea la aterroriza. ¿Será capaz de abandonarlo para protegerse a sí misma? ¡No! ¡Jamás! Prefiere morir, o incluso matarlo, antes que dejar a su bebé. Sabrá desentenderse de los planes de Sweet Doriane. Sabrá parar de hacer daño a esos hombres. Es necesario. Por su salud mental, por el bien de su hijo. Para no hacer lo peor.

Barbara es totalmente consciente de que lo más importante es eso.

Desde hace días, Barbara vive con el temor a ser descubierta. Efectivamente, si hasta ahora ningún hombre se había atrevido a poner una denuncia contra ella, hay alguien que podría estropearle sus planes de emancipación: Raoul.

Raoul, su supuesto salvador. Aquel que estaba destinado a salvarla de las garras de su madre.

El otro día, saliendo del hotel, le pareció reconocer la silueta de su amiguito en la acera de enfrente. El hombre giró la cabeza, así que no podría jurarlo. No obstante, desde esa noche Raoul es mucho más exigente y se muestra más caprichoso. Quiere más accesorios para su moto, se inventa gastos imprevistos para pedirle dinero a ella, aun sabiendo que nunca se lo devolverá. Cuando ella pone reparos, él hace alusiones. Por supuesto, nada concreto, nada explícito… algunas indirectas, aquí y allá, apostilladas con buen tino y que a ella le hacen temblar.

«Sí, cariño, el negocio de la belleza es mucho más lucrativo que el trabajo de un honesto mecánico.» También: «Podrías compartir un poco. ¡Yo lo hago contigo!».

Lo justo para hacerla dudar. ¿Y si había descubierto su pequeño tinglado? ¿Y si había decidido ir a la policía? Desde ese momento, ella tendría que olvidarse de sus sueños. Adiós al lujo y a la libertad. Adiós a la princesa vestida de blanco.

¡No! ¡Ahora no puede renunciar! Pese a todo, seguirá siendo Barbie, y soportará las dudas sobre si Raoul la ha visto o no.

El tiempo que dure mientras él se olvida. Que él acepte que ella ya ha parado.

¿Querrá Raoul eso?