Ojos de muñeca
Quinta Parte
La locura es la muerte con las venas calientes.
XAVIER FORNERET
1
—¡Ya era hora de que aparecieras! ¿Has traído pasta, al menos?
Barbara no se toma la molestia de contestar a Raoul. No quiere estropear el estado de gracia en el que se encuentra desde la noche anterior. Solo desea seguir sintiendo esta euforia, este sentimiento de plenitud que no la ha abandonado desde el momento en que Marc ha puesto la mano encima de su cuerpo, cuando ha paseado la mirada por sus senos o cuando se han hecho uno. ¡Es un sentimiento tan intenso, tan conciliador! Barbara no sabía que eso pudiera existir, no se veía capaz de sentirse tan cerca de un hombre. El amor es mágico, sublime, transcendental. Te da la sensación de ser única e interesante, capaz de hacer sentir bien a alguien con solo tu presencia, con el contacto de tu piel. No, no quiere dirigirle ni una palabra a este otro, este infame que con solo mirarlo le dan arcadas, que le repugna y la devuelve a una realidad que ya no puede aceptar. Marc. Marc. Marc. Tan bello. Tan dulce. Tan tierno. Marc. Luchar para no llamarlo, enviarle decenas de corazoncitos por SMS como una adolescente de catorce años. Mirar su teléfono cada treinta segundos. Sonreír tontamente en el vacío. Tener ganas de besar a todos los viandantes y dar media vuelta para volver a verlo y volver a sentirlo en ella, en lo más profundo de su intimidad, de su corazón, de su alma. Jurarle en silencio un amor eterno e incondicional. Preguntarle si piensa en ella. Volverse loca cada segundo que está lejos de él.
Que Raoul la deje en paz y que se vaya a la mierda. Este momento no le pertenece.
Pero él insiste.
—¡Oye! ¡Podrías contestar! —grita.
—¡Baja la voz! ¡Vas a despertar a mamá! —protesta ella.
—La vieja no duerme, todavía está viendo esa porquería de película en la tele. ¿Verdad, Marthe?
Barbara mira de reojo a la tele. El vídeo de la película Los ojos sin rostro ya ha sido escupido por el magnetoscopio.
—No dices más que tonterías.
—Y tú no me has contestado. ¿Tienes dinero?
—No.
—¡Joder, Barbara! ¿A qué esperas?
—Tengo que hacer maniobras de acercamiento. No es tan fácil.
—Vale. Pero date prisa, que si no…
Si no, él la denunciará a la pasma, sí, ya lo sabe. Lo que no sabe es cómo salir de esta situación. A veces desea una solución radical, pero no se siente capaz. Después de lo de ayer noche, ella espera qué Marc venga a rescatarla.
Marc. Marc. Marc. Cree que es incapaz de pronunciar su nombre sin sonreír. El recuerdo de su bello hombre roto la devuelve otra vez a esa noche maravillosa donde Barbara ha conocido lo que es la ternura y el placer. Desde ahora sabe lo que son las caricias de las miradas que se cruzan, se buscan, se abrazan la una con la otra y se funden, comprende el lenguaje de los cuerpos y la magia de las palabras del amor, la comunión de las almas y de los corazones, su fusión incandescente y deliciosa. La joven no sabía nada de esas cosas, las ha descubierto en los brazos de su amado, así como el dulce sopor que sigue a la danza voraz de quienes han estado esperándose desde hace tiempo.
Raoul ya puede amenazarla todo lo quiera y ordenarle que le abra la bragueta como todas las noches, no le importa. Porque realmente no está aquí, pues la parte más importante, su corazón, se ha quedado en la cama de los perfumes almizclados de amor y sexo, en el calor de las sábanas que han rozado a su cuerpo querido, el cuerpo de su amante, de su hombre, de su mitad rota.
—No soy idiota, ¿vale?, ya sé lo que estás tramando —chilla Raoul.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—¿Te crees que no sé qué estás con otro tío?
—¡No digas más tonterías!
—Creo que no. Pero no te atrevas a echarme, Bébé. Si yo fuera tú, no mezclaría en este asunto a tu pavo.
—¡No es un pavo!
Raoul se carcajea con una risa perversa. Barbara cae en la cuenta de su metedura de pata y se lleva las manos a la boca. Demasiado tarde.
—Francamente, eres muy tonta, querida. Pavo o no, te interesa que no se mezcle en nuestros pequeños asuntos, no sé si me explico.
¿Raoul ha adivinado que Marc va a sacarla de aquí? ¿Cómo?
—¿Ves esto? —dice el mecánico, furioso.
Barbara se queda mirando fijamente, alucinada, el cuchillo de cocina que le enseña su chico. Tiene miedo de entender, se conforma con menear la cabeza y cerrar los ojos, esperando que no verbalice sus amenazas.
—Pues escucha, si ese cabrón pone los pies aquí, se lo clavo en el corazón. ¿Lo has entendido, Bébé?
—Sí, sí —balbucea ella.
—Repítelo.
—No puedo.
—¡Te he dicho que lo repitas! —grita él.
—Si… él…
—¿Qué es ese él?
—Si ese… cabrón pone los pies aquí, le clavarás ese cuchillo en el corazón — repite ella con la voz entrecortada por el llanto.
—Así está mejor —dice riéndose sarcásticamente—. Venga, Bébé, aplícate un poco, me has puesto nervioso.
Barbara abre la bragueta y saca el miembro del calzoncillo grisáceo. Reprime una mueca de asco, pero le invaden las náuseas. Mientras que el sexo de Marc es bello, duro y erecto, limpio y suave, el de Raoul es feo, arrugado y esponjoso. No apetece arrimarse a él. Además del olor a sucio y de las secreciones agrias más o menos secas. No obstante, la joven saliva su boca y la abre dócilmente, se mete en ella la picha asquerosa y se la traga. Lo hace lo mejor que puede, se lanza al vaivén sin mucha convicción, agita un poco la lengua, por costumbre. Las lágrimas afloran en sus ojos.
Esta noche también ha llorado, cuando hacía el amor. A Marc le ha parecido curioso. Creyó que le hacía daño y parecía molesto. Es la primera vez que un hombre se preocupa por ello. Sin embargo, si ha llorado ha sido de alegría, de felicidad, de miedo de que se acabase. Desde ese momento ella solo quiere sus manos y su sonrisa, solo eso.
—Bien, así está muy bien, no pares, Bébé. ¿Ves como no es tan complicado? Tu boca vale muchos billetes. ¿Todavía no lo ha entendido tu pavo?
La joven se para en seco.
—Será la última vez, ¿te acuerdas?
—Sí, sí —suspira él.
—¿Me lo prometes?
—Sí, te lo prometo.
Ella se afana un poco más y después escupe el miembro pegajoso como un viejo chicle que ya no tiene sabor. Se marcha a ocuparse de su hijo.
Barbara no ha dormido mucho esta noche. Está agotada, invadida de emociones y de pensamientos contradictorios. Sin mirar a Sweet Doriane, que la observa desde la cuna del niño, coge al pequeño en brazos y lo acuesta junto a ella en su cama, lo mece suavemente y le canturrea una nana de la que se ha olvidado de la letra.
—Sabes perfectamente que Raoul no piensa cumplir ni una palabra de lo que te ha dicho.
—Cállate, no quiero pensar ahora.
—Debes deshacerte de él: si cumple sus amenazas, no serás nunca esa bella mujer de blanco…
—Ah, sí. La princesa vestida de blanco… Ya no me acuerdo de dónde viene esta idea —murmura la joven medio dormida.
—Déjame que te refresque la memoria.
Barbara no entiende muy bien dónde está. Todo lo que siente es una sensación de velocidad y angustia por no tener ningún control sobre los acontecimientos. Los párpados crispados sobre sus ojos, los ruidos de las ruedas y de los motores que rugen al cruzarse. Decide mirar a su alrededor y lanza un grito de horror. Sentada en el asiento del acompañante en un coche que va a toda velocidad, Barbara se da cuenta de que circula en sentido contrario. Los automóviles le tocan el claxon y lo esquivan, pero el coche no se para, el accidente es inevitable.
Lo ineludible de las cosas, esa es la única certeza que tiene en este preciso momento. Es la palabra que definitivamente adjetiva lo que es su vida. Desde su infancia, está en ese coche que va directo hacia el accidente, pero que no conduce ella y que cada vez acelera más en su loca carrera.
¿Quién está al volante?
Barbara gira despacio la cabeza hacia el conductor. No se sorprende demasiado.
Es Sweet Doriane.
La muñeca le guiña un ojo y rompe a reír de un modo insano que le produce escalofríos en la columna. Ha vuelto a tener su aspecto de niñita inocente y con la barbilla la invita a mirar por el retrovisor.
—¡Oh, no!
Su propio reflejo le arranca gritos de horror. Su pelo está quemado aquí, rapado allá. Su piel gris se descompone y se cae a jirones, su boca desdentada escupe parásitos purulentos y sus ojos opacos intentan escapar de sus órbitas con los párpados chorreando. ¡Se ha vuelto tan fea por fuera como podrida está por dentro! Eso también era inevitable. Extrañamente, este pensamiento la calma, como si por fin fuera coherente consigo misma.
Un movimiento detrás de ella vuelve a llamar su atención en el espejo. Marc está en el asiento de atrás con la cara ensangrentada y el torso ardiendo. ¡Su hombre bello roto, no! Tiene que salvarlo, tiene que evitarlo. Se desabrocha el cinturón de seguridad muy deprisa para liberarlo, pero él grita y señala con su dedo el horizonte. Se gira como a cámara lenta. Delante de ella, un enorme camión que Sweet Doriane no tiene intención de esquivar. El coche choca frontalmente y su bello hombre roto sale disparado por el parabrisas, mientras la risa de Sweet Doriane parece no terminar nunca.
Ilesa, Barbara sale del coche, pero no se baja en la carretera. Bajo sus pies hay tierra y gravilla. El olor fresco de una noche de invierno le acaricia la nariz. Cuando levanta la cabeza, está delante de un hombre de casi dos metros. Ella conoce ese bigote y esa mirada obscena. Ese hombre es… es su violador, están otra vez en el parque. Le vuelve a la memoria como un cubo de agua fría, en un paquete compacto con sus gritos, su dolor, su impotencia y su terror. Todo se difumina a su alrededor, salvo la mirada de su muñeca, la única cosa a la que pudo aferrarse y que le salvó. Se mete de nuevo como si se adentrase en un túnel, como cuando nos morimos, antes de salir a un mundo cálido y luminoso. Un mundo acogedor en el que los ruidos son muy suaves, donde se espera a una joven mujer rubia que también contempla a Sweet Doriane. ¡Esa joven mujer vestida de blanco, como una joven novia, es ella, Barbara! Efectivamente, lo recuerda todo, tal como le había prometido Sweet Doriane.
—Espero que cuides bien de mi hijo.
Esa voz de cerdo inmundo la aparta de su visión.
La joven, incrédula, se da cuenta de que tiene a su bebé en brazos.
Este niño, este retoño que apareció de no se sabe dónde y que ella nunca ha sabido explicar su concepción. ¿Será el hijo de ese tío? ¿El hijo de la violación y de la vergüenza? ¿Un parásito infecto que un cabrón le ha metido a la fuerza en el vientre?
Ahora lo sabe, ahora se acuerda.
Asqueada, lanza con violencia al niño contra el suelo y grita como un animal rabioso.
Cuando se despierta, Barbara sigue gritando y necesita cinco minutos para darse cuenta de que ha tenido una pesadilla. Pasan otros cinco minutos para que pueda asimilar todos los recuerdos que se agolpan.
Está de pie en su habitación, con aspecto enloquecido y los brazos colgando. En su cabeza, la voz de Sweet Doriane le repite que tiene que deshacerse de los pesos muertos de su vida para conseguir su ideal. Una voz que parece que no se va a callar nunca.
La joven tiene ganas de vomitar. Da un paso para ir al cuarto de baño, pero su pie tropieza con algo. Baja la cabeza lentamente, como si presintiera hasta qué punto los sueños se parecen a la realidad. Y descubre el cuerpo yacente de su bebé en el suelo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!
Barbara vuelve a verse lanzando al bebé contra el suelo en su sueño. ¿Es posible que…?
—¡Oh, no! ¡Mi bebé! ¡No me digas que te he lastimado!
Se lanza sobre el pequeño y lo coge en brazos, pega una oreja contra su pecho para cerciorarse de que su corazón sigue latiendo.
—Oh, mi amor, mi amor —murmura ella mientras lo mece.