Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 21 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 4

—¡Joder, qué mierda!

Marc está fuera de sí. ¿Qué coño se les ha escapado? El timbre del teléfono le impide seguir soltando tacos y maldiciones.

—¡Diga!

—¡Oh! ¡Ya veo que estás de muy buen humor!

—¡Ange! No, estoy furioso.

—¿La puta del bigote?

—Sí. Ya tenemos una sexta víctima y de ninguna pista.

En su cuarto golpe, la chica había cambiado de horario y había hecho estragos dos horas antes. El equipo que vigilaba el hotel estaba tomando posiciones mientras ella actuaba y ninguno de los policías se había dado cuenta. En las dos agresiones siguientes, simplemente había cambiado de hotel. Al parecer, se sentía vigilada.

—Los periodistas se han mantenido en su lugar, ¿verdad?

—Sí, pero una palabra de más es suficiente para desencadenar la paranoia. De todos modos, hay que terminar con esto. O lo hacemos, o se nos escapa de las manos.

—¿Crees que hay un soplón?

—Vete tú a saber. Es posible que se acueste con alguno de nosotros. Y las confidencias de almohada son algo real.

—Me cuesta creerlo.

—Sí, a mí también. Pero no veo otra explicación. A menos que esté perdiendo el control y se vuelva completamente imprevisible. Y esto ya apesta.

—Las víctimas deben estar fatal.

—Les ha arruinado la vida. Quisieron divertirse un poco y ahora están mutilados. Es una putada interrogarles.

—¿Puedes delegar en otra persona?

—No puedo arriesgarme a que se me escape alguna cosa. Pero es verdad que me envenena.

—¿Qué?

—Si lo prefieres, me da escalofríos.

Todo esto, claro está, hace que Marc reviva su propia historia, demasiado fresca para distanciarse lo necesario. Sin embargo, eso es lo que hay, y Ange lo sabe muy bien.

—También es mala suerte que con la cantidad de psiquiatras que hay en París te tocara precisamente una futura víctima de tu puta.

—Uno cree que escoge a su psiquiatra por azar.

—Bueno, pero tú no podías saberlo.

—No, claro que no, pero quizá me di cuenta de que él también era «cliente». El inconsciente tiene su modo de comunicarse, y puede que me sintiera más cómodo con alguien que entendiese mis gustos.

—Por qué no —contesta escéptico Ange—. Fue agredido el mismo día de tu consulta, ¿no es cierto?

—Sí, pero no te preocupes, una promesa es una promesa. Encontraré a otro para desahogarse.

—No me refería a esto. ¿Observaste algo en él o en su casa que te permitiera afinar más tu perfil?

—Qué te crees, no hago más que darle vueltas a la sesión… pero todo es más o menos igual que los otros. ¡Es insoportable, joder! ¡Si lo hubiera sabido!

—No podías saberlo.

—¡Podría haberlo intuido! A partir del momento en que le hablé de las putas y de mi curro en Antivicio, su comportamiento cambió radicalmente. Casi me echa a patadas. Debería haber insistido.

—Salvo que en ese momento no eras un poli, sino el paciente.

—Ange, si yo no hubiese silenciado mi instinto, quizás ahora aún tendría los ojos. Incluso me alegré de que me liberase. Si de verdad hubiera respetado mi promesa, hubiese insistido y él habría llegado tarde a su cita.

—Se habría citado otro día. No eres Dios, Marc; deja de creerte todopoderoso.

Sí. Puede que sea un perfecto megalómano, pues Marc se siente responsable de lo que le ha pasado a Yves Céreux. Que le pase precisamente a su psiquiatra es indudablemente una señal. Es irracional, seguramente estúpido, pero no puede dejar de creérselo. ¿Cómo no va a culpabilizarse pensando en ese hombre al que le han jodido la vida? ¿Cómo no va a rememorar en su cabeza mil veces la sesión, para encontrar el más mínimo detalle que pueda orientar la investigación? ¿Cómo no va preguntarse una y otra vez qué se le ha podido pasar por alto para poder coger a esa zorra? No se le ocurre nada. Nada. Lo que hace que la coincidencia sea aún más absurda y amenace con hacerle perder la razón.

Ange conoce muy bien a su amigo como para saber que este asunto le ha sumido en un mar de angustia. Ya que no tiene la receta milagrosa para ayudarle, al menos puede intentar hacerle cambiar un poco las ideas. El comandante reúne todas sus fuerzas de convicción y cambia radicalmente de tema.

—Bueno… ya sé que eres un cardo, pero estoy preparando una comilona en casa, con algunos colegas, este sábado no, el otro. Ven.

—No lo sé, Ange, las multitudes no me van.

—¡No digas tonterías! Invito a gente estupenda. Nada de comerse el coco. ¡Buen vino, buena música y buena pasta! Me hace ilusión. Además, ya sabes que ver gente, a veces, ayuda a tener distintos puntos de vista. ¡Puede que sea bueno para la investigación!

—Ya veremos. Oye, te llamo, ¿vale? Ahora tengo que seguir.

Marc cuelga y se mete de lleno en la investigación.

Visiona los vídeos una y otra vez, no ve lo que han pasado por alto. Nadie que se adapte al perfil parece haber cruzado el umbral de los hoteles donde ha estado la chica. ¿Han mirado mal? ¿Han estado buscando los objetivos equivocados? ¡Joder!

¿Y si el perfil criminológico que ha elaborado no era correcto? No obstante, está seguro de su edad, de su talla… Esto debería ser suficiente para pillarla. ¿Por qué los chicos no lo han conseguido?

—Porque siguen fundamentalmente una actitud, un comportamiento —se contesta a sí mismo en voz alta.

Todo el mundo busca una chica con aspecto vulnerable, que se roza con las paredes y que incluso parecería tener un aire de culpabilidad. ¿Y si no era la infeliz que él ha creído que era?

—¿Y si ya no es así? —añade.

¿Es posible que Barbie, su segunda personalidad, embriagada por su exceso de poder, haya transmitido su confianza a su anfitriona? ¿Que sus torturas hayan taponado algunas brechas?

—¿Por qué no?

Marc ha visto tantas cosas en su profesión que nada puede ya sorprenderle. Entonces, si ha encontrado un medio para curarse sola, ¿hay alguna esperanza de que tenga necesidad que acabar con sus actos? ¿Que ya no traspasará la raya de castrar y asesinar? A Marc le da vértigo.

—¡Joder, tengo que cogerla ya!

Rehacer su perfil. Imaginar no a una criatura temblorosa, ni a una amazona guerrera, sino buscar a una chica normal, banal. Que no destaca. Femenina y con la cabeza erguida. Con una bonita sonrisa pero que no enseña demasiado los dientes.

Por enésima vez vuelve a repasar los vídeos y los mira como si fuera la primera vez. Escudriña, analiza, observa. Y ve. Sí, de repente la ve. Aquí. Después allí. ¡En este vídeo también! Siempre la misma. Se dirige a los servicios y sale al cabo de un buen rato. Una chica sencilla de pelo claro, aspecto cuidado sin nada ostentoso. Doña Mujer Común, la vecina, la chica con la que nos cruzamos en la calle todos los días. ¿Cómo han podido no darse cuenta? Sin embargo, evidentemente, han controlado las idas y venidas de las mujeres a los servicios. Pero se les ha escapado. Porque cuando ella se cambia y se maquilla, en su transformación final ya sabemos cómo le queda esa impresionante peluca: logra escapar del objetivo de las cámaras, busca los ángulos muertos. Sin su cabellera hasta las nalgas, todavía no es del todo Barbie.

—¡La maligna! —exclama.

Detiene la imagen. Casi no se le ve la cara. Aumenta el fotograma despacio, aísla cada micromovimiento. Al fin obtiene un resultado viable. Es de tres cuartos. La cara está un poco pixelada pero consigue el contorno. Su corazón se estremece de excitación.

—¡Te tengo!

En ese momento siente una especie de golpe en el torso. Una sensación psíquica, casi exterior a él. Su cuerpo reacciona al verla, se acuerda. Incrédulo, frunce el ceño, acerca su cara a la pantalla. No obstante, no la conoce. Otra vez tiene la sensación de que le va a estallar el pecho. ¿Por qué tiene la impresión de que le es familiar? ¿Se la ha cruzado por la calle? Es posible, nada le sorprende, con su memoria de elefante. Es como buscar una aguja en un pajar.

¿De dónde viene esto que parece un recuerdo? ¿Ha tenido contacto físico con esa chica? ¿Se ha acostado con ella? No. Está convencido de que no es una verdadera prostituta.

—Entonces ¿qué? —gruñe.

Cierra los ojos y se concentra en sus sentimientos. Choque. Golpe. Dolor. Rabia. ¿Quién es esta chica? ¿Una quinesioterapeuta que le ayudó en su rehabilitación? No, el recuerdo sería más nítido. ¿Quizás estaba semiinconsciente cuando se cruzó con ella? ¿Será la mujer que le reanimó y que le practicó un masaje cardiaco? Eso explicaría el dolor asociado a esa cara. Además, para trabajar en el ámbito sanitario hace falta una pequeña dosis de sadismo, oculta la mayor parte del tiempo. ¿Por qué no?

—Exacto, por qué no —se dice para motivarse—. Créeme, seas quien seas, acabaré acordándome. Siempre acabo acordándome. Y sabré encontrarte.