Olvidarte !Jamas! (Spanish Edit

Vanny Ferrufino · Capítulo 4 de 42

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Cap�tulo 1

Capítulo 1

Diez años atrás

La esperanza estaba resultando ser su peor enemiga.

Melody llevaba cuatro años creyendo que su vida junto a los Allen mejoraría de alguna u otra manera, nadie adoptaba a una huérfana de ocho años con la única intención de hacerle la vida imposible. Eso era absurdo, pero era lo que estaba sucediendo desde que Isabela, su madre adoptiva, murió seis años después de llevarla a su casa. Quedarse bajo el cuidado de su padre y hermano adoptivos, Jarvis y Lucky, dos hombres mezquinos y despreciables que consideraban que la única función de una mujer era asistirlos, fue lo peor que pudo pasarle, pero no quiso aceptar esa verdad hasta hace apenas unos meses.

Melody aún sentía que sus ojos amenazaban con llenarse de lágrimas al recordar que le había faltado muy poco para terminar la preparatoria y aceptar la beca que la universidad de Nueva York le ofrecía, algo que ni en sus más locos sueños pensó que sucedería, pero todo se vino abajo cuando Jarvis no pudo tolerar el hecho de que ella sí fuera a la universidad, cosa que su inepto hijo nunca logró y se convirtió en la última desilusión que Isabela se llevó a la tumba, y no sólo rechazó la beca, sino que la obligó a dejar la preparatoria para que lo atendiera en casa y empezara a trabajar en su asqueroso bar sin importar que todavía fuera menor de edad.

Era horrible, subir a un escenario con escasa ropa y bailar para todos esos hombres era simplemente asqueroso, pero por más que lo intentara, no podía ponerle un fin a la situación, era la sensación de la noche y Jarvis nunca le permitía faltar.

Melody ya no tenía ni la menor idea de cómo debía separar los momentos más infelices de su vida. Nunca se imaginó que el nuevo trabajo de su padre en Nueva York terminaría quitándole la vida a él y a su madre, ni mucho menos que a la semana sería separada de su hermano mayor al ser adoptada por los Allen. Pronto se cumplirían diez años desde el día que su hermosa familia se rompió, desde aquella horrible tarde donde le arrebataron lo único que tenía.

¿Algún día podría reunirse nuevamente con Alex?

En pocas horas cumpliría dieciocho años y aunque no contaba con muchos recursos, pensaba extender sus alas y huir de aquel horrible agujero en busca de su hermano, haría hasta lo imposible para encontrarlo, hoy en día había muchos medios para lograrlo.

¿Cómo estaría?, ¿él también habría sido adoptado?

De ser así, esperaba que le hubiera tocado una mejor familia que los Allen.

No había día que Melody no se preguntara con qué tipo de suerte había corrido su hermano, en aquel entonces él sólo tenía diez años, era tan inocente como ella. Juntó los ojos con fuerza, imaginando que su hermano llegaba por ella para ofrecerle una mejor vida; no obstante, la realidad le obligó a aceptar que eso era imposible porque ahora mismo su hermano sólo era un joven de veinte años que apenas y debía contar con el dinero suficiente para mantenerse.

¿Estaría en Nueva York?

Ellos habían dejado Madrid por una oferta de trabajo que su padre recibió en Nueva York, ¿qué tal si su nueva familia tuvo que mudarse por razones similares?

Se mordió el labio inferior con ansiedad.

¿Alex la extrañaría tanto como ella lo extrañaba a él?, ¿se preguntaría por su bienestar?

No quería creer que su hermano la hubiera olvidado.

Los ojos empezaron a arderle y aleteó sus largas pestañas para calmar el ardor. No iba a llorar, no valía la pena derrumbarse a tan sólo horas de su cumpleaños, su vida estaba a punto de cambiar y ella empezaría su día con positivismo.

Se observó en el espejo de la habitación que utilizaba para arreglarse, expresando su desprecio hacia el traje de dos piezas con una mueca de disgusto, y empezó a desvestirse con rapidez. A veces se preguntaba si tener un techo junto a los Allen y un miserable plato de comida, era el precio suficiente para aguantar todas esas vejaciones.

«En unas cuantas horas seré mayor de edad y no hay nada que me retenga aquí».

No era estúpida, en ese lugar su integridad física corría un terrible peligro. Sabía que era hermosa, mucha gente se lo había dicho a lo largo de su juventud, y en aquel bar muchos hombres no paraban de ofertar fuertes sumas de dinero para tenerla a su merced por un par de horas.

Jamás entendería por qué la vida la llevó a terminar con una familia como los Allen, ¿qué karma estaba pagando que tenía que afrontar todo eso con tan sólo diecisiete años?

Cuando el sujetador cayó al piso y sus generosos pechos quedaron expuestos, Melody prosiguió a quitarse la falda y un carraspeo la obligó a moverse con prisa y utilizar la prenda para tratar de cubrir su desnudez.

¿Qué demonios estaba haciendo Lucky ahí?

—No sé si mi padre te lo dijo, pero tienes un gran admirador entre la audiencia —comentó de brazos cruzados, estudiándola de pies a cabeza, y

sonrió con sorna al detectar su nerviosismo—. No sé qué ven en ti, eres una mujer tan básica y sin gracia.

Nada le daría más gusto a Melody que ser una mujer «básica y sin gracia», pero lastimosamente no era así. Era más alta que cualquier otra mujer de su edad, sus ojos verdes eran grandes y estaban rodeados por tupidas pestañas de color castaño; su rostro era tan perfecto que incluso odiaba mirarse al espejo: labios llenos, nariz respingada y pómulos saludables; pero eso no era lo que más llamaba la atención, sino su cabello, una maza de rizos color chocolate que, combinado con el pálido color de su piel, la condenaban a ser el juguete favorito de exhibición de Jarvis y Lucky.

Le parecía un milagro que ninguno de los dos le hubiera puesto una mano encima, al parecer Jarvis respetaba el amor que su esposa profesó hacia ella desde un principio. Aunque Lucky… de él no podía decir lo mismo, en más de una ocasión lo había visto fisgoneando. Al darse cuenta que estaba prácticamente desnuda, se movió con prisa para colocarse su jersey y pantalón, ambos holgados para esconder su figura.

—¿Qué haces aquí? —gruñó con disgusto.

Claro que sabía de aquel admirador que Lucky mencionaba, Jarvis nunca dejaba de decirle que compraba las botellas más caras del local, que apenas y tocaba, y que siempre dejaba propinas muy generosas para ella.

De más estaba decir que jamás había visto ni un solo centavo de dichas propinas, según su padre adoptivo: eran fondos que iban a sus futuros platos de comida.

Si era sincera, ni siquiera las quería.

—¿No dirás nada? —inquirió con indiferencia y se volvió para sujetar su mochila y largarse, pero ahogó un gritillo cuando Lucky atenazó su brazo con firmeza y tiró de ella en su dirección.

Se sintió amenazada, Lucky no sólo era mucho más alto que ella, sino que su contextura era gruesa y un solo golpe suyo podría dejarla muy herida. No entendía por qué estaba actuando de una manera tan violenta, pero fue lo suficientemente sensata como para no forcejear y guardar silencio.

—Deberías ser más agradecida —escupió, rojo de la cólera, y sus ojos oscuros le perforaron hasta el alma—. Mi padre lleva manteniéndote diez años, ¿no deberías ser mejor hija si está en tus manos la posibilidad de salvar el negocio familiar?

Si en sus manos estuviera, ella misma haría que ese bar cerrara. Era la decadencia en su totalidad, en los últimos meses se convirtió más en un burdel que en un lugar de música y entretenimiento. No obstante, no tenía que hacer nada para que eso ocurriera, el negocio estaba en la quiebra y sólo era cuestión de tiempo para que Jarvis y Lucky terminaran cerrándolo.

—No tengo dinero —respondió con sinceridad y sin sonar grosera—.

¿Cómo…?

—Sabes muy bien cómo puedes conseguir mucho dinero para nosotros

—espetó con voz gruesa, presionando su agarre, y los ojos femeninos se llenaron de lágrimas.

—No.

—Pienso negociar con ese hombre de una vez por todas, he visto cómo te mira y estoy casi seguro que pagará todo lo que le pida por tu primera vez.

No podía decir que las palabras de Lucky la estuvieran tomando por sorpresa, se había preparado para esa terrible noticia desde el primer día que pisó ese desagradable lugar, pero en el fondo tuvo la fe de que ellos no llegarían tan lejos, de que ellos no serían capaces de venderla sin el más mínimo de los remordimientos.

—No, no lo hagas —susurró con un hilo de voz—. Trabajaré más duro.

—Lucky chasqueó la lengua con diversión—. Por favor, no puedes obligarme, no quiero hacerlo.

—Él no está mal —comentó entretenido y ahogó una maldición cuando intentó zafarse de su agarre—. Yo te ayudaré a que lo hagas gustosa —

gruñó y Melody intentó gritar al ver que pretendía meter algo en su boca.

Fue algo estúpido porque eso sólo le facilitó todo a Lucky, quien le tapó la boca hasta estar seguro de que la droga hiciera su efecto. Esto era una pesadilla, él no podía hacerle esto justo esta noche, cuando se suponía que el día de mañana su vida cambiaría para mejor.

—Nuestro padre se sentirá muy orgulloso cuando le entregue el dinero que salvará nuestro negocio. —Jarvis no era su padre—. Y tú, pequeña zorra, ya verás que la pasarás muy bien. Le agarrarás el gusto y hasta querrás repetirlo.

¿Era una forma de decirle que esto sólo era el principio del infierno que le esperaba si decidía quedarse?

—Ahora camina, saldremos por atrás y lo mejor será que colabores. No me hagas poner más pastillas en tu boquita porque podrías terminar en el hospital por una sobredosis.

El miedo hizo que avanzara, pero no duró mucho tiempo siendo dueña de sus movimientos. Empezaba a sentir un peso muerto sobre su cuerpo y la amargura no estaba colaborando en lo absoluto.

—¡Muévete! —bramó él cuando salieron a un oscuro pasaje y ella intentó hablar, pero sólo llegó a balbucear un par de incoherencias—.

Siempre fuiste una carga —soltó en tono mordaz y la lanzó con violencia contra la camioneta de Jarvis.

Terminó de rodillas en el piso y con lágrimas en los ojos. Si la noche estaba iniciando de esa manera, no quería ni imaginarse como terminaría.

—No dije que pudieras sentarte. —Enredó su gruesa mano en sus cabellos y la obligó a enderezar la espalda—. Oh, estás sangrando, ¿te golpeaste muy fuerte? —preguntó con fingida preocupación y ni siquiera pudo reaccionar al ver como levantaba su mano para golpearla de nuevo.

Cerró los ojos a la espera de un nuevo golpe, pero este nunca llegó.

—No, no arruinaré tu linda cara esta noche, tienes que gustarle a tu admirador. —La soltó con violencia y se dispuso a buscar las llaves del auto en su bolsillo—. Y ni se te ocurra escapar, no creas que no sé de tus planes.

—Esa era la razón por la que Lucky estaba haciendo todo esto, él quería castigarla.

Sollozó con amargura, deseando perder todo el conocimiento de una vez por todas, pero nada de eso fue posible porque pronto escuchó un gruñido, seguido de unos golpes, y con esfuerzo giró el rostro. Alguien estaba golpeando a Lucky en el rostro y no estaba solo, porque el último golpe que derrumbó al pelinegro fue una patada en la espalda.

Si bien su hermano adoptivo no era alguien con quien pudiera sentirse segura, tampoco le aliviaba la perspectiva de quedar a manos de dos completos desconocidos en ese estado tan lamentable. Nadie que frecuentara ese lugar podría considerarse una persona decente.

—Yo llamaré a la policía —dijo una voz ronca y profunda que la hizo estremecerse y tragó con fuerza cuando la segunda persona se acuclilló frente a ella. Todo estaba muy oscuro como para distinguir sus rasgos—.

¿Crees que necesite una ambulancia? —La voz era ruda e indiferente, él no estaba ahí porque ella le preocupara, sólo estuvo presente en el momento adecuado.

—¿Te encuentras bien? —La segunda voz era igual de varonil, pero sonaba más generosa. Negó con la cabeza, tiritando sin control alguno al

sentir como retiraba los mechones castaños de su rostro, y lo sintió tensarse

—. Creo que es la bailarina.

De nada le sirvió utilizar antifaz durante todo este tiempo, él le había reconocido. El miedo la llevó a encogerse cuando el otro hombre empujó a su amigo para arrodillarse frente a ella. Todo indicaba que ahora le parecía muy interesante.

—Llama a la policía.

Le lanzó su celular y se sacó la chaqueta para cubrirla, algo que agradeció porque se sentía demasiado vulnerable, sin su antifaz protegiendo su identidad era como si estuviera desnuda.

El calor de sus brazos rodeó su cuerpo y pronto él posó un paño en su nariz para controlar el sangrado, un gesto que le pareció extraño, porque en los últimos años ningún hombre la había tratado de esa manera. Todo le resultó tan íntimo y confuso que lo empujó suavemente por el pecho para implementar distancia.

Llevaba años sin sentir un solo abrazo.

—No voy a lastimarte, tranquila —susurró con voz ronca, no muy dispuesto a alejarse de ella, y Melody sollozó con amargura al no poder emitir palabra alguna debido a la droga que Lucky le dio. Cerró su mano en la camisa masculina y rogó en silencio porque él no la entregara a Jarvis en ese estado.

—¿Puedes meterlo en la camioneta?

La tomó en brazos y su amigo se encargó de encerrar a Lucky en el auto de su padre.

—Está dopada —dijo y escuchó el tintineo de unas pastillas dentro de un frasco—. No quiero ni imaginar lo que pensaba hacer con ella.

Su agarre se hizo más fuerte en la camisa del hombre y no quiso soltarlo cuando la acomodó sobre una blanda superficie.

—¿La entregaremos a su padre?

¿Ellos conocían a Jarvis?

Melody no tenía la menor idea de cómo lo hizo, pero sujetó la mano del hombre que la estuvo cargando y a pesar de no poder enfocar nada, abrió los ojos para conectar sus miradas. No quería volver, ella sólo quería escapar.

—Lo entiendo —susurró, su voz sonaba muy diferente a la que había escuchado en un principio, era como si estuviera junto a otro hombre más amable y cuidadoso—. Ellos le hicieron esto, el hombre que la drogó es su hermano, no puedo confiar en ellos.

¿Cómo sabían tanto de su familia?

—Pero…

—Confía en mí, Daniel —exigió con firmeza, lanzando un gruñido—.

En ningún lugar estará más segura que conmigo.

Era un completo extraño, pero le creía. En ese auto sentía calor, seguridad y algo más… algo que perdió cuando las sirenas empezaron a sonar por el lugar y el hombre apartó su mano de la suya.

Melody apenas y pudo ver destellos de cómo los policías entraban al bar de Jarvis, mientras otros seguían al otro hombre para cargar a Lucky en la patrulla. A su padre no le gustaría, él se enojaría mucho, dado que la mayoría de sus empleadas eran menores de edad por no mencionar que varias de las jóvenes accedían a acostarse con los clientes por dinero.

Era el fin, el bar de Jarvis no volvería a funcionar más y muy posiblemente él terminaría arrestado por proxenetismo. No era tonta, sabía que Lucky drogaba a la mayoría de las niñas para que la situación fuera más llevadera; y si bien ellas lo hacían por voluntad propia, seguía siendo ilegal.

Empezó a temblar sin control alguno, segura de que Jarvis la mataría con sus propias manos si llegaba a encontrarla, y entonces pudo verlo

mejor. Un hombre rubio, de cálidos ojos azules, se acuclilló delante de ella y acunó su rostro.

—¿Qué sucede?, ¿te sientes mal?

Quería irse, era su oportunidad para huir, pero… ¿cómo lo haría cuando ni siquiera era dueña de su propio cuerpo?

—Nadie te hará nada, nadie va a molestarte, yo me encargaré de todo.

¿Le estaba garantizando que la ley no caería sobre ella por complicidad?; no estaba segura, pero al menos él la metió correctamente en su auto y cerró la puerta para alejarla de toda la escena.

¿Cuánto tiempo tardó en regresar al auto?; no estaba segura, pero cuando abrió los ojos con mucho esfuerzo, se encontró sobre una espaciosa y cómoda cama, lejos del alboroto y los Allen. No podía decir que se sintiera bien, todavía estaba algo aturdida por todo lo ocurrido y su visión aún era borrosa. Se frotó los ojos y cuando trató de estudiar la estancia, vio la sombra de alguien sentado junto a un escritorio.

Los escasos rayos del amanecer le permitían ver que estaba despierto y la observaba con fijeza. Parpadeó varias veces, tratando de captar su rostro, pero sólo pudo apreciar su rubia y espesa cabellera.

Al parecer su cuerpo aún estaba sometido a la droga que Lucky le dio.

Tocó su jersey y agradeció que estuviera en el mismo lugar. Un lamento brotó de su garganta por las punzadas de dolor que sintió en el rostro y en el hombro. No pasaron ni dos segundos cuando el colchón se hundió junto a ella y las amplias manos sujetaron su mentón, la tensión se apoderó de su cuerpo, pero no objetó cuando él posó el vaso de cristal contra sus labios.

—Bebe un poco, te hará bien. —Vagos recuerdos llegaron a su cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas, todo había terminado por el momento, pero comprendía que, al salir de esa guarida, Lucky y Jarvis buscarían venganza—. Tranquila, ya pasó, ellos no volverán a molestarte.

—¿Qué les pasó? —arrastró sus palabras, fue complicado vocalizar correctamente.

—Están arrestados, encontraron muchas cosas en el bar y sin una fianza dudo que puedan salir en libertad pronto.

Melody no tenía la menor idea de cómo debía sentirse ante aquella noticia. Por una parte, estaba feliz, pero por otra… Se dio cuenta de que estaba llorando cuando el rubio apartó las lágrimas de su rostro y no le molestó que la abrazara.

—No tengo a dónde ir, ni a quién acudir —fue sincera, quizá él podría ayudarla.

Se veía joven, pero se oía tan seguro de sí mismo que quizá podría hacer algo por ella.

—Quédate aquí. —La piel se le erizó y juntó los ojos con fuerza—. Te he estado observando por tanto tiempo, anhelando saber más de ti, creyendo conocer todos tus secretos mediante tus gestos. Sólo iba a ese lugar para verte, no me creas igual a esos hombres que tu padre venera.

Él era el admirador al que Lucky pensaba venderla esa noche.

Jamás se imaginó que podría ser tan amable con ella.

—Me duele el hombro —musitó de pronto, no muy segura de qué decirle, y él asintió en la oscuridad de la habitación.

Lejos de la ventana, ya ni sus cabellos rubios podía apreciar.

—El doctor me dio una crema para el dolor, pero sólo te la puse en el rostro, no quería que te sintieras ultrajada —comentó con voz suave y ronca, algo que la desconcertó porque se oía apenado.

—Oh —susurró y cuando quiso quitarse el jersey para aplicarse el ungüento, se percató de que no traía nada abajo.

—¿Qué sucede?, ¿te duele algo? —preguntó con preocupación al ver como se quedaba inmóvil.

—¿Me puedes ayudar a quitarme el jersey?

Si iba a quedarse con él, si pensaba aceptar su ayuda, suponía que no había forma de privarlo de ella.

—De acuerdo. —Abandonó su lugar y se acercó a ella para cernirse sobre su cuerpo y sujetar el dobladillo de la prenda—. Quiero que dobles un poco tu brazo —pidió con suavidad y la piel se le erizó cuando empezó a subir su jersey— y lo quitaré… —Su voz murió y soltó la prenda antes de apartarse de ella.

—¿Qué sucede? —preguntó con el brazo elevado y doblado, y no pudo ver su semblante.

—No llevas sujetador.

Se ruborizó, ¿de verdad se había apartado por eso? Por un momento pensó que a él iba a fascinarle ese hecho.

—¿No me ayudarás?

Lo escuchó gruñir y se sorprendió al ver como trabajaba escuetamente en la manga de su jersey y liberaba su brazo con cuidado, para después sujetar las sábanas y subirlas bajo la prenda.

—Sujétalas. —Melody presionó las suaves telas contra sus pechos y su corazón empezó a bombear con fuerza al sentir como la despojaba de la prenda, para después darle la espalda—. Puedes ponerte el ungüento tú misma.

Melody sujetó el frasco, pero no pudo abrirlo. Él se lo arrebató, lo abrió y lo regresó a sus manos.

—Siento que no te agrado —susurró con voz suave y esparció el líquido espeso en su hombro—. ¿Por qué me ayudaste si no soportas mi cercanía?

—Estoy respetando tu espacio. —Aquellas palabras la tomaron por sorpresa—. No quiero incomodarte.

Melody dejó el envase sobre la cama y armándose de valor, extendió el brazo y sujetó la mano masculina. Se sorprendió por lo suave que era, ni siquiera ella las tenía así.

—¿Me ayudas? —Él la miró por encima del hombro y se sentó en la cama, tratando de mantener la vista en cualquier otro lado que no fuera sus hombros desnudos—. Tranquilo, he estado bastante expuesta todo este tiempo en el bar de mi padre.

—Contra tu voluntad —puntualizó con enojo y sonrió con amargura—.

¿En qué quieres que te ayude?

—Ponme la crema, tus manos son muy suaves.

Silencio.

—Puedes hacerlo tú misma.

Se sintió consternada, algo le decía que Lucky nunca habría conseguido lo que quería a la fuerza, ese hombre…

—¿Te gusto? —Su voz apenas y fue un susurro, no tenía la menor idea de dónde estaba sacando el valor para hacerle esa pregunta. Su respingo delató la tensión que se cernió sobre sus hombros y Melody sujetó su mano antes de que se levantara—. No quise incomodarte —dijo atropelladamente y él giró el rostro para mirarla—, pero quiero saber qué razones te llevan a ser tan bueno conmigo.

Melody se inclinó hacia adelante, agradeciendo que no estuviera tan lejos, y su mano se cerró en un puño contra las sábanas al notar sus descarriados latidos. Era la primera vez que se encontraba en una situación tan íntima con un hombre, por lo que suponía que era normal sentirse tan nerviosa.

—¿Dejarás de hacer preguntas extrañas si te ayudo? —preguntó con voz ronca y ella asintió, pero era mentira, no descansaría hasta tener una respuesta.

Le parecía un hombre bastante extraño. No era que supiera mucho del tema, pero otro joven no se habría negado a tocar su hombro desnudo. Juntó los ojos cuando la empujó suavemente hacia atrás, invocando nuevamente la distancia, y contuvo el aliento cuando sus suaves manos esparcieron la crema por su hombro y clavícula.

Esto no estaba bien y lo sabía, en otra ocasión jamás se habría dejado tocar por un completo extraño con tanta soltura, pero ahora las cosas eran diferentes. Estaba junto a un hombre que parecía dispuesto a protegerla, un hombre que no necesitaba conocerla para tratarla con respeto.

El aire se atoró en sus pulmones cuando el aliento masculino acarició su cuello y abrió los ojos con inmediatez, quedando como piedra al ver que estaba tan concentrado en su labor que no se había percatado de lo cerca que estaba de ella, tan cerca que podía oler su fragancia.

—Otro hombre se habría aprovechado —susurró y él no detuvo sus caricias.

—Jamás habría permitido que termines bajo el cuidado de otro hombre

—contestó con severidad y Melody no pudo contenerse más y lo abrazó por el cuello con un brazo, apoyando su mejilla en el hombro masculino—.

Oye…

—Contigo me siento segura —confesó y levantó el rostro para conectar sus miradas—. Y llevo muchos años sin sentirme de esta manera.

En la oscuridad de la habitación, ambos se sintieron más seguros, por lo que él rodeó su cintura y ella liberó la sábana que cubría su desnudez mientras impulsaba el cuerpo para unir sus labios.

Estaba dando su primer beso y no estaba segura si se podía considerar como uno robado o reclamado. Aguardó que él hiciera más contra sus labios, que tuviera la iniciativa, pero grande fue su sorpresa cuando se apartó, mostrándose repentinamente abatido.

—Perdón, no pude contenerme.

Se disculpaba por un beso que ella había anhelado, que ella había tomado sin su permiso. Gracias a ese hombre estaba segura y bajo un techo, por lo que se aferraría a ese eslabón tanto como fuera posible. Armándose de valor acunó su delgado rostro y unió sus labios una vez más, odiando no tener experiencia en la materia. En un principio, le dio la sensación de que ninguno de los dos sabía lo que debía hacer, pero luego él la besó de verdad, rodeó firmemente su cintura con un brazo y con la mano libre acunó su nunca y poseyó su boca con vehemencia, robándole un suave suspiro.

El agarre se hizo más suave, más delicado, pero en ningún momento liberó sus labios, cosa que agradeció porque lejos de sentirse culpable por estar ahí, en una cama con un extraño, sólo deseaba tener más luz para detallarlo mejor. La imagen que tenía de él era demasiado borrosa y la necesidad que sentía se acrecentaba en escalas inimaginables.

—Espera —pidió él con voz ronca, rompiendo el beso, y Melody lamentó la separación tanto que lo abrazó por el cuello y se restregó contra él—. No estás bien, tú…

—Estoy lo suficientemente bien como para saber que quiero esto —

confesó y volvió a besarlo, agradeciendo que él le respondiera positivamente. Se arrodilló, buscando una mejor cercanía para sus cuerpos, y dejó que él la sentara a horcajadas sobre su regazo.

Era su primer beso, su primer acercamiento íntimo con un hombre, pero algo le decía que la inexperiencia era mutua. Los besos eran torpes, ninguno sabía cómo moverse, pero incluso así lo estaban disfrutando.

—¿Puedo? —inquirió él entre besos, acariciando la piel de su vientre, y Melody tiritó en su lugar—. No, mejor no.

—Sí, sí puedes —soltó desesperada, ¿era normal que los hombres pidieran permiso para todo? Rompió el beso y sujetó sus manos para

guiarlas hacia sus pechos, tratando de darle la confianza, y un gemido brotó de su garganta cuando los amasó con cuidado, acariciando las firmes cúspides.

El sonrojo trepó por sus mejillas y se sintió abrumada al darse cuenta que había quedado prendado por su cuerpo. Sabía que era hermosa, pero en su vida pensó que podría sentirse tan deseada por alguien.

—Ah… —tiró la cabeza hacia atrás, sorprendida por la agradable sensación de la lengua masculina contra su delicado pezón, y clavó las uñas en los hombros masculinos cuando se ensañó con sus pechos y los torturó por largos minutos hasta dejarla tumbada en la cama.

Muy lentamente retrocedió para acomodarse sobre las almohadas al ver que se quitaba su camisa y se mordió el labio inferior con nerviosismo cuando él le abrió los pantalones y muy cuidadosamente se los quitó, dejándola únicamente en sus bragas. Sus miradas se encontraron en la penumbra de la habitación y Melody esbozó una sonrisa antes de estirar el cuello y besarlo de nuevo.

Lucky estuvo a punto de venderla, estuvo a punto de cumplir el más grande de sus temores, pero gracias a ese hombre se había liberado de él y su padre, dos hombres que amenazaban con ser un gran peligro para su bienestar físico. Sus caricias la hicieron tiritar, al igual que sus húmedos besos, y todo su cuerpo se estremeció cuando su boca besó aquel punto que se encontraba entre sus piernas.

Debería de sentir vergüenza, pero lejos de eso se sentía a gusto e incapaz de pensar en todo lo que podría suceder a partir de ese día si se quedaba con ese hombre. Era como si su mente estuviera en blanco, algo que era gratamente agradable, considerando que la mayor parte del tiempo se la pasaba sufriendo por la familia que perdió hace diez años.

—¿Cómo te llamas? —inquirió el rubio con voz ronca, besando su cuello mientras se protegía como correspondía, y Melody recordó que ninguno de los dos se había presentado.

—Mel… —La voz le tembló al sentir como ingresaba en su cuerpo.

—Relájate, dolerá un poco —pidió con esfuerzo, aferrándose a las almohadas para controlar su propio cuerpo, y Melody inhaló profundamente y siguió su petición, relajando el cuerpo y pensando en lo bien que se sentía entre los brazos de ese hombre.

—¡Ah! —arqueó la espalda y una lágrima se deslizó por su mejilla por la penetración. Sonrió entre dientes cuando él empezó a besarla con nerviosismo—. Melody —respondió con esfuerzo, pasando su mano por la espesa cabellera masculina, y él se rio contra sus labios.

—Es hermoso, tú eres hermosa, Melody —musitó, empujando firmemente contra su cuerpo, y a partir de ese momento no pudo pensar con claridad y se olvidó preguntarle su nombre, puesto que ambos se perdieron en las sensaciones del momento y ninguno pudo evitar caer dormido después de que sus cuerpos hubieran alcanzado su liberación.

Cuando a la mañana siguiente despertó, esperando encontrarse con el misterioso hombre al que había decidido entregarse, nada la preparó para encontrar una cama totalmente vacía y una mesa de noche con varios billetes encima. La tristeza que sintió no tuvo comparación con la de la noche anterior cuando Lucky pretendió venderla, porque por un momento pensó que había encontrado a alguien que sí quería cuidarla.

Tomó una ducha lo más rápido que pudo y abandonó la habitación con un nudo en la garganta. No estaba en un departamento, sino en un hotel, uno demasiado lujoso para su gusto. Con pasos temblorosos se dirigió al ascensor, donde rezó en silencio que el rubio haya pagado la noche, y muy silenciosamente se fue a un rincón del mismo para sumergirse en su tristeza.

Ni siquiera le había dejado una nota y lo peor de todo era que ella no podía rechazar el dinero que le dejó, porque era lo único que llenaba sus bolsillos.

—No, no, tú no lo entiendes, tío —escuchó como un hombre que hablaba alemán ingresaba al ascensor y rápidamente apartó las lágrimas de sus mejillas.

Su padre siempre le había pedido que aprendiera varios idiomas, esa era una de las razones por las que Melody tomó muchas clases de alemán y francés mientras su madre adoptiva vivía, en el fondo aún quería ser el orgullo de su difunto padre. No obstante, ahora mismo no se sentía muy cómoda escuchando una conversación que no la incluía.

—Sé que ella está aquí y no me iré hasta encontrarla. La última vez que la vi fue justamente aquí y estoy seguro que, si insisto un poco más, me darán la información que necesito. —Silencio—. No, yo sé qué Melody está en Nueva York.

En el mundo posiblemente existían millones de Melody, ese hombre podría estar hablando de una de ellas, pero incluso así, levantó el rostro, encontrándose con la espalda de un hombre de cabellera castaña y altura envidiable. Su cuerpo demostraba horas de ejercicio y su piel era un poco más morena que la suya.

El corazón empezó a bombearle sin control alguno y las puertas del ascensor se abrieron en el segundo piso del hotel. Podía dejarlo ir, hacer de cuenta que no entendió nada, pero por alguna extraña razón, estiró la mano y sujetó el costado de su playera, obligándolo a frenar su marcha.

No perdía nada.

Ella debía asegurarse que ese hombre no era…

Cuando los ojos azules se encontraron con los suyos, Melody comprendió que el extraño hombre no sólo la había salvado, sino que le

había ayudado a encontrar a la única familia que tenía el mismo día de su cumpleaños.

—Alex —sollozó con amargura y el alivio que sintió cuando la abrazó, no se comparó en nada al que vivió una vez que estuvo en un avión junto a él de camino a Berlín, donde vivía el medio hermano de su difunto padre que llegó a rescatarlo poco después de que ella hubiera sido dada en adopción.

Ese día cumplió dieciocho años, consiguió su libertad y sufrió su primera desilusión amorosa. Sin embargo, de camino a Berlín, Melody nunca se imaginó que cierto rubio volvería al hotel, después de ir a sus clases de la universidad, desesperado por verla de nuevo, y se encontraría con una habitación totalmente vacía y una grabación de las cámaras de seguridad que le anunciaría que había preferido irse con otro hombre antes de esperar su regreso.

El cual, según Andrés Rivers, no tomó más de cinco horas.

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