Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 11 de 38

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Stalingrado

La política, de cerca

soldados.[145]

 

LA POLÍTICA, DE CERCA

 

La manera como hoy se entiende la actividad política dentro del Ejército Rojo se basa principalmente en las órdenes y directivas de la Administración Política Central. Gracias a las transcripciones de Stalingrado ahora contamos con una descripción vívida de los continuos esfuerzos de los responsables políticos y los jefes militares por promover el compromiso de los soldados con sus misiones de combate y convertirles en héroes valientes y abnegados conforme al voluntarista modelo bolchevique. Las entrevistas describen también las medidas coercitivas que iban asociadas a estos esfuerzos movilizadores y el impacto que tenían las exhortaciones de los responsables políticos en la batalla.

La persistencia y la improvisación caracterizaron por igual el modus operandi de la administración política en el Frente de Stalingrado. Piotr Molchanov, comisario del batallón de la 38.ª División de Fusileros, explicaba que durante las luchas defensivas del verano de 1942 en los protegidos barrancos de las estepas del Don, las asambleas políticas, los cantantes y los acordeonistas servían para levantar la moral. En Stalingrado, este tipo de cosas no fueron posibles. La lucha incesante obligó a cancelar las habituales

reuniones y conferencias que estipulaba el manual comunista.[146] El coronel Glamazda, representante político de la 45.ª División, describía así la situación de sus hombres en la orilla oeste del Volga:

Es difícil imaginar aquel bombardeo: aviones que pasaban sobrevolándonos a baja altura, que

pasaban a intervalos exactos de treinta minutos, desde septiembre hasta noviembre. Era un

verdadero infierno. Todo estaba cubierto de humo. Por la noche los aviones no volaban y podías

moverte. Hacía frío y mucha humedad, pero eso no te afectaba tanto como los aviones, las bombas

y las minas.

 

A continuación explicaba cómo desempeñaban su trabajo los responsables políticos:

Lo que hacíamos era hablar con los hombres en persona y darles ejemplo, enseñándoles cómo

luchar. Y en absolutamente todas las batallas los miembros del partido eran los primeros en

lanzarse a la lucha. Podría darle docenas de ejemplos de comunistas y miembros del Komsomol

que demostraron cómo se lucha y luego murieron en el combate.[147]

 

En zonas de combate especialmente críticas, los comandantes se aseguraban de distribuir comunistas, komsomoles y soldados con experiencia en el combate por las distintas compañías. Según el teniente coronel Yakov Dubrovski, director del departamento político de la 39.ª División de Fusileros de la Guardia, eran los comunistas, concretamente los komsomoles, los que constituían la columna moral del ejército:

Instauramos la práctica generalizada de que en un grupo de asalto hubiera siempre miembros del

Komsomol. ¿Cómo se hacía? El secretario de una oficina del Komsomol, cuando se sabía que se

estaba formando un grupo de asalto, iba a hablar con el jefe del batallón y le pedía que incluyera a

dos o tres miembros del Komsomol. Luego él mismo les instruía personalmente, así como a los

jefes del escuadrón. La idea era hacer que los miembros del Komsomol, además de llevar a cabo la

misión de combate en sí, tomaran todas las medidas necesarias para garantizar que dicha misión

era transmitida al personal.[148]

 

El comisario de brigada Vasiliev secundaba las opiniones de Dubrovski sobre los jóvenes comunistas: «En cuanto al papel de líderes que ejercían los comunistas […] Se consideraba ignominioso si un comunista no era el

primero en ponerse al frente de sus soldados».[149]

Dado que en el frente el fuego no cesaba durante las horas del día, el trabajo político en las trincheras se trasladó a la noche. Alexander Levikin, comisario de la 284.ª División de Fusileros, explicaba así cómo preparaba a su personal:

Esto es lo que yo solía hacer en el cuartel general de la división: escuchaba las últimas noticias de

todos los frentes, y luego salía a la una o las dos de la madrugada y ordenaba conectar los

altavoces. A continuación informaba a los de comunicaciones, que a su vez informaban a los

politruks de la compañía, que iban a los batallones e informaban a la gente de las últimas noticias

del frente. […] Estos distribuían hojas informativas entre los hombres. […] El trabajo político

individual con cada soldado solo podía realizarse de noche. El departamento político impartía

instrucciones a su personal instructor y a continuación los enviaban a las unidades. Un responsable

de asuntos políticos podría informar a dos o tres trincheras en una noche, pero no más. [150]

 

El capitán Oljovkin informaba de que su jefe de regimiento reunió a los responsables para asuntos políticos y ordenó a los agitadores inspeccionar cada compañía:

Yo fui enviado al 2.º Batallón. Por la noche habíamos llegado hasta la 4.º Compañía. Había cuatro

personas en el refugio. Hablé con la gente por la noche, cuando se estaba más tranquilo. Reunimos

a los agitadores de menor rango en el puesto de mando de la compañía, que estaba en el sótano de

una escuela. Eran las tres de la madrugada. El enemigo se encontraba a unos cuarenta metros de la

escuela. Acababa de aparecer un artículo en la primera página del Pravda sobre la lucha en

Stalingrado. [151] Les informé de lo que trataba. Les expliqué lo importante que era Stalingrado,

por qué Hitler estaba tan empecinado en conseguirlo. Lo relacioné con la orden de presentar una

defensa inquebrantable.

 

La noche tenía otra ventaja, según señaló el teniente coronel Dubrovski, con palabras que revelaban la total penetración a la que aspiraba llegar la administración política. «Por la noche es cuando un soldado está más dispuesto a abrirse, cuando puedes hacer que te diga lo que piensa de verdad.» Dubrovski y sus colegas redoblaban sus esfuerzos cada vez que sus unidades estaban a punto de organizar un asalto o se preveía un ataque enemigo.

Los responsables para asuntos políticos hacían repetidamente hincapié en la frecuencia de sus charlas individuales con los soldados. Había que convencer a cada soldado del Ejército Rojo de la necesidad de la guerra, cada uno tenía que ser políticamente consciente, capaz de actuar por su propia iniciativa. «Considero las charlas individuales el mejor método de trabajo político durante la defensa», apuntaba el comisario de batallón Molchanov. «Porque cuando un soldado se pasa en su pequeña trinchera un mes entero, sin ver nada más que a su vecino al lado, y de repente un comisario u otra persona se acerca a él y le dice algo o simplemente le saluda o le dedica una palabra amistosa, eso adquiere una gran importancia. Llevarle una hoja de papel para que pueda escribir a sus seres queridos o escribir la carta por él, anima mucho a un soldado.» Los comisarios se veían como responsables no solo de la salud mental de los soldados sino de su bienestar físico, y tomaban nota cuando las raciones de comida o la ropa de abrigo escaseaban. En los momentos de crisis, les daban alguna golosina —chocolatinas, mandarinas— que las organizaciones de trabajadores enviaban al frente. En palabras del comisario de brigada Vasiliev, «No es tanto la comida en sí como la gratificación moral que supone para el soldado, que de este modo siente que hay personas que se preocupan por él». El arsenal del responsable de asuntos políticos también incluía el asesoramiento militar, incluyendo, por ejemplo, instrucciones de cómo llevar a cabo una defensa erizo o construir refugios sólidos. «Aclarábamos a los soldados cada detalle, cada situación, cada movimiento táctico, haciendo todo lo posible por ayudarles a ellos y a sus jefes a conseguir mejores resultados en el combate», explicaba Vasiliev. El

agitador[152] Izer Ayzenberg de la 38.ª División de Fusileros empleaba un curioso instrumento de educación política conocido como la «maleta del agitador». Facilitado por su comisario de regimiento, este artilugio portátil parecido a la maleta de un mago estaba especialmente diseñado para su uso en las trincheras. Cuando se abría, a la izquierda podía leerse el texto del juramento militar soviético, sobre terciopelo rojo; a la derecha se veía una orden de Stalin y los retratos de Lenin y de Stalin. En el medio había folletos, libros «sobre nuestros jefes proletarios», un mapa topográfico y un mapa político mundial, además de un juego de damas y un dominó. Ayzenberg explicaba cómo los soldados utilizaban los contenidos de la maleta:

Funciona así: un grupo coge un mapa, lo cuelga y rodea con el dedo las ciudades que nuestros

bombarderos y los bombarderos alemanes están atacando. Los soldados muestran interés por otros

escenarios militares. Preguntan por lo que está pasando en Túnez,[153] etcétera. Otro grupo juega

a las damas, otro lee los folletos, acertijos y canciones —los soldados se ríen alegres. En un rincón,

leen otros folletos más serios. En la maleta hay también sobres y papel, así que cogen papel y

escriben un boletín. Hay además un espejo grande. A veces, cuando lo sacas, se forma una cola:

uno pide mirarse un momento, otro dice «creo que me hace falta afeitarme, déjame ver». En medio

de toda esta actividad, el agitador pide atención y pronuncia una charla de diez o quince minutos o

lee un artículo interesante. Teníamos una de esas maletas en cada regimiento. Así es como la

usábamos: yo iba al cuartel general del 1.º Batallón, les dejaba el maletín durante un día, luego lo

llevaba al 2.º Batallón, y así sucesivamente.[154]

 

Los responsables políticos enseñaban a los soldados qué era por lo que estaban luchando y cuáles eran las motivaciones del enemigo. Aprovechaban el valor simbólico de Stalingrado, elevando la batalla a un acontecimiento histórico con la ayuda de algunas voces de la prensa internacional. Cualquier «persona, por mínimos que fueran sus conocimientos, sabía que el enemigo quería rodear nuestra capital desde el este, tomar el Volga, hacerse con nuestros recursos petrolíferos, con Bakú. Todo eso lo sabíamos gracias al trabajo de los responsables políticos», remarcaba el sargento mayor Mitrofan Karpushin de la 39.ª División de Fusileros de la Guardia. Karpushin explicaba a continuación cómo le llegaba la información a él y a otros soldados: «Todavía podíamos leer periódicos, si bien a trompicones. Había bastantes periódicos para cada soldado. Leíamos el periódico de la división y el ejército, el periódico central Pravda y el Estrella Roja. De estos dos últimos había numerosos ejemplares. Cuando había combates, los periódicos llegaban con un retraso de siete u ocho días. Yo siempre me las arreglaba para echar un vistazo a la primera página. Había bastante luz, porque teníamos aceite de

transformador de sobra».[155]