Stalingrado
El instructor de historia: El capitán Nikolái Aksionov
A lo largo de todo el combate Panichkin siembre estuvo a mi lado. Era un comandante valiente. Si le pedías que eligiera a unos cuantos hombres y los pusiera en posición, lo hacía cuando se lo decías, y después se presentaba a informar. Especialmente valiente. Murió en aquella batalla, y fue nominado para una condecoración. A Guliutkin también le recomendaron para una medalla.
Durante el periodo de las operaciones de combate en Stalingrado, el regimiento eliminó aproximadamente a 3000 soldados enemigos, unos sesenta carros de combate, tres aviones y unos veintiocho vehículos blindados. Destruimos aproximadamente 150 camiones, y también dos baterías de mortero y unas doce piezas de artillería ligera.
No hicimos prisioneros porque nuestros soldados y oficiales son paracaidistas profesionales. Cuando uno está detrás de las líneas enemigas no hace prisioneros, solo puede matar. Esa fue la formación que recibieron nuestros hombres. Y por eso nuestros oficiales y soldados no hacían prisioneros, por eso mataban. Una vez el capitán Teltsov dijo que había capturado a dieciocho hombres. Informé de ello al comandante de la división, que me dijo que se los enviáramos. Le pregunté a Teltsov dónde estaban los prisioneros. Se quedó mirándome, sonriendo, y me dijo: «Había un error en el informe, los hemos fusilado a todos».
Resulta que Teltsov en persona había dado la orden de que los fusilaran. Durante todo aquel periodo tuvimos ocho prisioneros, incluidos dos oficiales: un piloto y un rumano. El Ejército Rojo no hace prisioneros. Dubianski, el comandante de la división, me echó un rapapolvo: «¿Por qué no ha hecho usted prisioneros?».
Todo el mundo tenía la misma excusa: «Intentaron escapar, de modo que los fusilamos».
EL INSTRUCTOR DE HISTORIA:
EL CAPITÁN NIKOLÁI AKSIONOV
Los dos entrevistados siguientes, el capitán Nikolái Aksionov y el francotirador Vasili Zaitsev, pertenecían a la 284.ª División Siberiana de Fusileros. (Después de demostrar un valor ejemplar en la batalla de Stalingrado, la unidad pasó a llamarse 79.ª División de la Guardia de la Bandera Roja.) La división se formó en diciembre de 1941 con soldados de
las regiones militares de Tomsk, Novosibirsk y Kémerovo.[104] Tras sufrir cuantiosas bajas en Ucrania oriental y a las afueras de Voronezh, la división se retiró a los Urales a principios de agosto de 1942, donde reabasteció sus filas con nuevos reclutas locales y varios miles de marineros de la Flota del Pacífico. El 6 de septiembre, mientras la división todavía estaba realizando ejercicios de instrucción, su comandante, el coronel Nikolái Batiuk, recibió la
orden de acudir de inmediato al Frente de Stalingrado.[105] La división llegó a Stalingrado el 18 de septiembre; los alemanes ya habían tomado Mamáyev
Kurgán.[106] Además, la batalla se había extendido al muelle central para transbordadores de la orilla occidental del Volga, lo que obligó a la división a cruzar el río en un punto más al norte, cerca de la fábrica Octubre Rojo. El 20 de septiembre, los soldados de Batiuk cruzaron el río a bordo de barcazas. «Nada más salir de la orilla», recordaba Batiuk en su entrevista, «nos dieron nuestro objetivo de combate y empezamos a luchar, sin saber siquiera dónde estábamos.»
Algunos hombres de Batiuk tenían la misión de reconquistar Mamáyev Kurgán; otros tenían que ir en ayuda de la 13.ª División de la Guardia, que había sido obligada a retroceder hacia el norte cuando los alemanes tomaron el muelle central para transbordadores el 22 de septiembre. Los soviéticos reconquistaron Mamáyev Kurgán, pero el 28 de septiembre volvió a manos de los alemanes. A pesar de todo, los soldados de Batiuk se aferraron a las laderas del sur y el este de la colina, cortando el paso al distrito industrial y al
Volga.[107] El Ejército Rojo no recuperó el control total de la colina hasta el
16 de enero de 1943.[108]
El comandante de división Nikolái Batiuk.
El capitán Aksionov, subcomandante de regimiento en la 284.ª División de Fusileros, condujo una unidad de reabastecimiento al interior de la ciudad envuelta en llamas el 30 de septiembre. Describe con minucioso detalle las batallas que tuvo que librar su regimiento: la defensa de Mamáyev Kurgán, la ofensiva de enero, y la derrota de los alemanes. Antes de la guerra, Aksionov daba clases de historia en el Instituto Pedagógico de Tomsk, y utilizaba sus conocimientos en la materia para movilizar a sus soldados. En medio de la batalla, Aksionov recordaba sus clases sobre la guerra civil y la batalla de Tsaritsin. Le contaba a sus tropas cómo Joseph Stalin dirigió la defensa de la ciudad desde Mamáyev Kurgán. Aquella charla, que Aksionov pronunció en el refugio del regimiento al pie de la colina, fue tan enardecedora que algunos soldados se pusieron de pie de un salto, ansiosos por visitar las trincheras del año 1918. A partir de entonces, los soldados hablaban de Mamáyev Kurgán
como un «lugar sagrado, el lugar donde había estado Stalin».[109]
Esta anécdota demuestra que, para cuando comenzó la guerra, el culto a Stalin se había convertido en un culto a su genio militar. Stalin ya no era únicamente el mejor y más leal discípulo de Lenin; sin la ayuda de nadie,
había dirigido la defensa de Rusia contra los invasores extranjeros.[110] Aksionov fue uno de los muchos testigos presenciales que fomentaron la leyenda militar de Stalin. En su entrevista, Aksionov manifiesta su satisfacción por el hecho de que Stalin hubiera sido ascendido a mariscal de la Unión Soviética en marzo de 1943. Entre las fotografías que entregó a la Comisión Histórica (algunas de las cuales las había hecho él mismo) había varias imágenes del edificio que albergó al 10.º Ejército Soviético durante la batalla de Tsaritsin. Una de las fotos es un primer plano de una placa conmemorativa acribillada a balazos que informaba a los visitantes de que los camaradas Stalin y Voroshílov trabajaron allí en 1918.
El testimonio de Aksionov es gráfico y detallado y su relato del asalto a Mamáyev Kurgán tiene tintes cinematográficos. No menos dramáticos son sus recuerdos del 30 de septiembre de 1942, el día que entró por primera vez en la ciudad en llamas, y del 25 de febrero de 1943, cuando, tras 149 días de combates ininterrumpidos, cruzó el Volga y se quedó asombrado al ver una casa de madera intacta.
COMISIÓN SOBRE LA HISTORIA DE LA GRAN GUERRA PATRIÓTICA 5 de mayo de 1943
Entrevista realizada por el camarada Belkin
Estenografía: camarada Laputina
Nikolái Nikitich AKSIONOV
Capitán de la Guardia, 1047.º Regimiento, 79.ª División de la Guardia de la
Bandera Roja
Subjefe de operaciones de Estado Mayor[111]
Nací en 1908 en el pueblo de Podoinikova, en el distrito de Pankrushijinski de la región de Altái. Me incorporé al ejército el 8 de septiembre de 1941. Me concedieron la Orden de la Bandera Roja por mi participación en la defensa de Stalingrado. Antes de la guerra era maestro en el Instituto Pedagógico de Tomsk.
Llegamos a Stalingrado el 30 de septiembre de 1942. Ya desde una distancia de aproximadamente diez kilómetros pude ver un gigantesco muro de humo, y el resplandor de la ciudad se iba haciendo más intenso a medida que nos aproximábamos. Daba la impresión de que toda la ciudad estaba en llamas. Los incendios parecían especialmente intensos en la fábrica Octubre Rojo y en la refinería de petróleo, que era justamente donde se ubicó nuestra división. Llegué a la orilla del río justo al anochecer. En aquel momento Stalingrado tenía un aspecto particularmente aterrador. Todo estaba ardiendo. El petróleo fluía de los depósitos rotos de la refinería y llegaba hasta las orillas y aquel muro de fuego se reflejaba en el agua, lo que provocaba que las llamas parecieran todavía más altas de lo que eran en realidad. Era una situación muy difícil.
Cruzamos el río por la noche. La barcaza en la que cruzábamos fue bombardeada por los alemanes. Se dio la circunstancia de que se rompió la amarra que nos unía al remolcador, y mientras el remolcador volvía a la orilla a por otra amarra, nosotros permanecimos anclados en medio del río mientras la artillería alemana seguía disparándonos. Toda la maniobra de cruzar el río nos llevó aproximadamente dos horas. Teníamos hombres heridos a bordo de la barcaza. Los proyectiles de mortero explotaban muy cerca de nosotros. Los alemanes lanzaban bengalas que iluminaban completamente el río, pero nosotros no podíamos hacer nada —eso resultaba particularmente desagradable.
El 1 de octubre llegamos a nuestro regimiento. A la mañana siguiente acudí a la línea del frente para conocer todas las unidades de combate de nuestro sector. Allí vi todo tipo de cosas terribles. Justo a finales de septiembre los alemanes bombardearon las posiciones de nuestra división, sobre todo la refinería, que nosotros estábamos defendiendo. Murieron muchos de los nuestros: había cuerpos tirados por todas partes, montones de cadáveres en los cráteres, y había gran cantidad de civiles muertos —mujeres y niños junto a los botes, junto a los edificios, por doquier.
Me dirigí directamente a la fábrica Metiz.[112] Estaba en llamas. Olía a quemado y a cadáver; hacía calor, había polvo, humo —así estaban las cosas allí. Se producían combates en el sector del 1.º Batallón.
Yo estaba con Peterski, el jefe de Estado Mayor, y con Benesh, el comandante del 1.º Batallón, y pasamos revista a todo el sector del regimiento, reubicamos los emplazamientos de nuestras ametralladoras de una forma más coherente, y al anochecer regresamos a nuestro puesto de mando. El puesto de mando estaba situado en la orilla occidental, a unos trescientos o cuatrocientos metros de la línea del frente.
Contando desde el 30 de septiembre, estuve en Stalingrado durante 152 días seguidos, sin marcharme nunca. Muy poca gente volvía a la orilla occidental, por la razón que fuera. Puede decirse que aquellos cinco meses que pasé en Stalingrado fueron el equivalente de cinco años de vida normal.
Me enteré de que el primer día de combates sufrimos aproximadamente quinientas bajas, y que el 5 de octubre perdimos 1300 hombres. Había compañías a las que solo les quedaban entre veinte y veinticinco soldados.
A principios de octubre tuvimos que estar constantemente repeliendo contraataques en dos áreas de nuestro sector: la fábrica Metiz y la infame Mamáyev Kurgán, la colina 102.
Nuestra línea más avanzada estaba a unos cincuenta o sesenta metros de los alemanes, en algunos puntos hasta a cien metros. Ese tipo de distancia tan corta era muy poco habitual. Se daba sobre todo cuando combatíamos en las calles, lo que rápidamente dio lugar al auge de las granadas de mano. Habitualmente los ataques se repelían con granadas de mano, junto con otro tipo de armamento. En nuestro sector los alemanes nos superaban en número cinco o seis veces. Para ese cálculo nos basábamos en nuestro reconocimiento, en las observaciones y en la información de otras fuentes y además los alemanes enviaban una oleada tras otra de grupos de asalto. No era raro que nos atacaran cuatro o cinco veces al día.
[…] Los combates más duros estallaron a mediados de octubre. Como historiador, yo intentaba establecer comparaciones con otras batallas que
conozco por la historia: Borodinó, Verdún durante la Guerra Imperialista,[113] pero ninguna de ellas servía debido a que la magnitud del conflicto en Stalingrado hace muy difícil compararlo con nada. Durante varios días seguidos daba la impresión de que Stalingrado respiraba fuego. Nuestros
Iliushins[114] aparecían de vez en cuando pero sufrían muchas bajas. Los Messerschmitts los abatían rápidamente. Los alemanes sufrían cuantiosas bajas a manos de nuestros U-2 por la noche, pero eso no fue hasta noviembre. Los llamábamos los «jardineros», y nos hacían mucho bien. Cruzaban el Volga de este a oeste, y antes de llegar a las líneas enemigas apagaban sus motores. Después lanzaban sus bombas. Cuando regresaban a nuestro territorio volvían a encender los motores. Por eso el U-2 era tan difícil de abatir. Pero también los alemanes nos bombardeaban por la noche.
Recuerdo que una vez tuve que ir desde la planta de envasado de
carne[115] hasta nuestro puesto de mando. Acabábamos de salir cuando los alemanes lanzaron bengalas y empezaron a bombardearnos tanto que los edificios temblaron. Los bombardeos nocturnos te meten verdaderamente el miedo en el cuerpo. Durante el día se puede ver de dónde vienen, y se puede deducir dónde van a caer las bombas, de modo que no te obsesionas demasiado con ello. Al final acabas acostumbrándote.
Por cierto, allí fue donde vi por primera vez a nuestros bombarderos atacando con Katiushas, aunque no aparecían muy a menudo, ni mucho menos. En conjunto, en Stalingrado tuvimos una presencia aérea muy modesta, y los medios que teníamos eran insuficientes. No sabría decir por qué.
No sé por qué, pero en la división casi todo el mundo tenía diarrea. Bebíamos agua sin cocerla, y el Volga estaba contaminado con petróleo, cadáveres, trozos de madera, etcétera. La diarrea debilitaba a todo el mundo. Yo mismo la sufría. El general Chuikov, comandante del ejército, tenía un cocinero llamado Boris que decía en broma que podía curarnos con las galletas secas de su general. El general Chuikov había montado su puesto de mando en el mismo lugar que nosotros, y su cocina y la nuestra se habían fusionado, y por eso el cocinero siempre decía aquello.
A mediados de octubre reforzamos nuestra línea del frente. Los alemanes no nos estaban presionando en Mamáyev Kurgán. De hecho, éramos nosotros quienes les presionábamos a ellos. Mamáyev Kurgán estaba dividido en dos zonas. La [ladera] oriental era nuestra, y ellos se aferraban a las laderas occidentales, y encima los alemanes tenían en su poder los depósitos de agua, o «cúpulas del diablo», como las llamábamos. Tenían sus principales puestos de observación en aquellos depósitos, y todos sus observadores de artillería estaban seguros dentro de ellos, aunque estaban justo en medio de nuestra línea del frente. De modo que los alemanes controlaban la posición dominante en lo alto de la colina. Y por esa razón, la posterior batalla por Mamáyev Kurgán en realidad fue una batalla por aquellos depósitos. Quien controlara los depósitos de agua controlaba Mamáyev Kurgán.
[…]
Nunca anduvimos escasos de munición. El suministro de munición tan solo se debilitó cuando el Volga empezó a helarse, pero hasta entonces siempre tuvimos la sensación de que teníamos suficiente. Nuestro abastecimiento de munición nos llegaba desde la orilla oriental en pequeños botes desvencijados. El punto de entrega de nuestra división estaba en la orilla oriental. Cada regimiento tenía que transportar sus propios víveres y suministros de un lado a otro del río. El ejército tenía una unidad avanzada de intendencia en la orilla occidental, pero no contribuía demasiado a abastecernos de munición.
Teníamos órdenes de Chuikov y del comandante de la división en el sentido de que necesitábamos tener nuestros propios medios para cruzar el río. Todas las barcazas estaban rotas, quemadas y hundidas. Incluso se veía asomar la proa de las grandes lanchas semihundidas junto a la orilla. El único medio de transporte que teníamos eran aquellos pequeños botes. Al principio nuestro regimiento tenía siete botes, pero después aumentaron a diez, y más tarde conseguimos dos pontones —en realidad una parte de un pontón. Los llamábamos en broma la flotilla de Korobkov. Korobkov era el subjefe de Estado Mayor de logística, el que creó aquella «flotilla». Es un antiguo maestro y director de colegio, un excelente organizador y administrador. Está vivo y coleando, y le concedieron la Medalla al Mérito en la Batalla. Aquellos botes destartalados eran la mejor manera que teníamos de cruzar el Volga.
Yo me acordaba de que, en 1918, el camarada Stalin emitió una orden para que se retiraran todas las embarcaciones del río en las inmediaciones de Stalingrado y se enviaran al norte. Fue en el momento más crítico, cuando los alemanes se aproximaban a la ciudad, y nosotros no podíamos batirnos en
retirada.[116] Cuando yo estuve en Stalingrado no teníamos ninguna forma de cruzar el río, y nunca recibimos una orden como aquella. A veces, por la noche, llegaba alguna lancha para evacuar a los heridos. Eso fue solo hasta que llegaron los hielos. A partir de entonces, toda nuestra ropa, nuestra munición, el equipo, los heridos —todo se llevaba a bordo de aquellos pequeños botes. No podíamos utilizar ningún otro medio de transporte para abastecer al regimiento porque incluso aquellos botes destartalados eran el blanco de los morteros y las ametralladoras, y sin duda el enemigo no habría tenido problemas para alcanzar una barcaza. Y así resultó que el medio de transporte más duradero eran aquellos pequeños botes.
El Volga empezó a helarse el 9 de noviembre, y el 17 de diciembre el hielo ya había formado una superficie compacta. Estábamos completamente hartos de aquello. Fue la época más difícil para nuestro ejército. A los botes les resultaba verdaderamente difícil abrirse paso de un lado a otro a través de los témpanos de hielo. Se quedaban atascados, la gente tenía que pasar de un pequeño bloque de hielo a otro. Había veces que la corriente arrastraba los botes aguas abajo, hacia la orilla alemana, y entonces tenían que abandonar el bote o deshacerse de la carga, e intentar maniobrar con el bote para ponerse a salvo. Uno de nuestros botes fue arrastrado hasta unos tres kilómetros más allá de Stalingrado, y estuvimos cinco días buscando a nuestros hombres. En conjunto, el «hermoso Volga» puso a prueba nuestra paciencia y acabó sacándonos de quicio. En aquella época no nos gustaba el Volga. Por la mañana la gente preguntaba: «¿Ha terminado de congelarse ya?». Y los alemanes, según nos contaban los prisioneros, también esperaban ansiosamente que el Volga se helara lo antes posible. Sabían que teníamos problemas, y su plan era utilizar el hielo para una ofensiva.
El 11 de noviembre los alemanes lanzaron un ataque contra el sector de la fábrica Metiz, pero no sacaron nada en limpio.
[…] Capturamos a un segundo prisionero alemán y lo llevamos al cuartel general del regimiento. Fue el primero con el que hablamos en Stalingrado. Era un soldado raso. Estaba herido, así que los soldados lo trajeron en una camilla, pero como era el mes de noviembre y los camilleros todavía no tenían guantes, a menudo dejaban la camilla en el suelo para calentarse las manos. El prisionero tenía heridas internas, pero como era el primer alemán que capturábamos, empezaron a reanimarle. El médico, Krasnov, intentaba recuperarle por todos los medios, para que pudieran interrogarle. Y efectivamente su estado mejoró, e incluso logró decir que era un soldado de 1.ª clase, del 216.º Regimiento, pero no conseguimos sacarle nada más. Se murió. El segundo prisionero tenía más cosas que decir. Nos enteramos de que nuestra división se enfrentaba a la 295.ª División alemana. Aquel prisionero tenía una actitud muy irrespetuosa y desafiante. Empezó diciendo que era miembro del partido nazi. Le enviamos al cuartel general de nuestro ejército, y de ahí le enviaron al cuartel general del frente. El alemán seguía considerándose un triunfador, y solo decía lo contento que estaba. Aunque sí nos contó las grandes dificultades que tenían con la ropa en aquellos momentos. A finales de noviembre a nosotros ya nos habían llegado nuestros uniformes de invierno, pero los alemanes ni siquiera habían recibido los suyos al final de la batalla, aunque seguían esperando que llegarían […].
Los francotiradores de nuestro regimiento desempeñaron un importante papel en nuestra defensa activa de Stalingrado. Los francotiradores aparecieron en el regimiento del coronel Meteliov durante los combates más encarnizados por Stalingrado, en octubre. Los pioneros del movimiento de los francotiradores en el regimiento fueron Alexander Kalentiev —un siberiano de los Urales— y el marinero Vasili Zaitsev, que ahora es un Héroe de la Unión Soviética. En total, en el regimiento había 48 francotiradores. Durante los combates en Stalingrado, en las calles y en Mamáyev Kurgán, liquidaron a 1278 alemanes. El papel de líder de aquellos cuarenta y pico mejores francotiradores del regimiento recaía, por supuesto, en Vasili Zaitsev. Era un tirador excelente, y rápidamente perfeccionó el arte del tiro de precisión y el de ser un guerrero solitario. De hecho, desempeñaba la función de instructor del regimiento, y recorría todas las unidades. Muy pronto tuvo muchos alumnos. El movimiento de francotiradores con más éxito surgió en el 2.º Batallón del capitán Kotov. Aquel batallón defendía la fábrica Metiz, en la ladera sur de Mamáyev Kurgán. Todos sentíamos el prurito de que cada soldado y cada oficial en Stalingrado tenían que matar al mayor número posible de alemanes. En Stalingrado la gente sentía un odio particularmente intenso por los alemanes. Esa fue una de las razones del movimiento de los francotiradores en nuestro regimiento. Había muchos soldados que querían ser francotiradores, y por eso teníamos francotiradores que utilizaban fusiles normales en vez de fusiles de francotirador. Zaitsev escogía a los mejores, y sus principales criterios de selección eran la valentía, la inventiva y el aplomo. Zaitsev recorría las unidades del regimiento y preguntaba a sus comandantes, observaba a los hombres en la línea del frente y elegía a sus francotiradores. Después los formaba. Tras mostrarles los conceptos básicos y después de algunas prácticas de tiro, Zaitsev llevaba a sus francotiradores a las posiciones de fuego. Zaitsev desarrolló el método más seguro y fiable de formar francotiradores: demostró todo lo que puede hacer un francotirador justo en la línea del frente.
Mucha gente iba a la línea del frente por iniciativa propia. Krasnov, el médico, se acercaba de vez en cuando —tenía en su haber ocho alemanes muertos.
Izvekov, un enfermero, tan pronto estaba vendando a los heridos en un búnker del frente como se acercaba corriendo a las posiciones de fuego y disparaba contra los alemanes con su fusil. Tenía en su haber veintiún alemanes muertos.
Zekov, un enfermero del 2.º Batallón, se hizo francotirador, de modo que tenía dos cualificaciones: era enfermero y francotirador. Tenía en su haber 45 alemanes muertos. Le concedieron la Orden de la Estrella Roja. Tuvo un desafortunado incidente: mató a uno de nuestros pilotos. Uno de nuestros cazas embistió a un bombardero alemán. Dos hombres se lanzaron en paracaídas. El primero iba cayendo en nuestro lado. Estaba ardiendo, y salía un rastro de humo de su paracaídas. No sabíamos si era uno de los nuestros o un enemigo, y a medida que se acercaba al suelo se le podía oír gritar. Zekov tenía un odio mortal a los alemanes, y decidió que se trataba del piloto alemán. Le disparó y mató al paracaidista, que resultó ser nuestro piloto, condecorado dos veces. Zekov estaba absolutamente hundido, y aquello afectó profundamente a todo el regimiento. Enterramos al piloto muerto. Procesaron a Zekov y le condenaron a diez años, que tenía que cumplir en la línea del frente. Zekov era valiente y estaba lleno de energía, era un verdadero luchador. Realmente, ser enfermero no iba con él. Mientras cumplía su condena en la línea del frente, empezó a eliminar alemanes junto con Zaitsev, y al final de la batalla había matado a 45 alemanes. Se borraron sus antecedentes penales y se le concedió la Orden de la Estrella Roja.
Incluso los ayudantes del comandante se escapaban para hacer sus pinitos como francotiradores.
En cuanto el jefe de Estado Mayor llegaba al frente, disparaba con todas y cada una de las ametralladoras. Era algo que hacía yo también. A menudo teníamos que inspeccionar los nidos de ametralladores. Íbamos a la línea del frente para alguna inspección, para comprobar la preparación para el combate del batallón y, sobre todo, las armas automáticas. A mí me encantaba disparar con las ametralladoras.
Zaitsev instruía a sus hombres de forma individual, o en grupos, y también en las reuniones del destacamento de francotiradores. El destacamento de francotiradores elevaba aún más el nivel de nuestras defensas, y fortalecía nuestra resistencia. En un plazo muy breve, nuestros francotiradores causaron cuantiosas bajas al enemigo, les obligaban a parapetarse, e impedían que se movieran en campo abierto. Otra razón de que a los francotiradores les fuera tan bien es que dedicaban largos periodos a cubrir literalmente todos los accesos, cada búnker y cada trinchera. En cuanto un alemán intentaba echar un vistazo a su alrededor, se llevaba un tiro de uno de nuestros hombres. El regimiento del coronel Meteliov era famoso en Stalingrado, y en todo el Frente de Stalingrado, por ser un regimiento de francotiradores. Los periódicos hablaban constantemente de las hazañas de los francotiradores de nuestro regimiento. Eso animaba e inspiraba a los francotiradores, y también trasladaba sus experiencias a los soldados de las demás unidades. Zaitsev era un agitador consumado: era un orador enérgico y convincente. Como era miembro del buró del Komsomol, recorría las subunidades por asuntos del Komsomol, y al mismo tiempo fomentaba el movimiento de los francotiradores.
El refuerzo diario de nuestra línea defensiva adelantada desempeñaba un importante papel en la defensa activa de Stalingrado. Por ejemplo, a mí me trasladaron desde el cuartel general y me asignaron especialmente al 1.º Batallón, en Mamáyev Kurgán. El comandante del batallón era el teniente Georgi Benesh. Yo iba a Mamáyev Kurgán cada dos o tres días, y ambos estábamos siempre muy ocupados reforzando la línea del frente. […]
El comandante Benesh era un hombre verdaderamente valiente: explorador, francotirador y un excelente táctico. Nunca pensaba en la muerte, se reía de la muerte. Cuando le preguntaban si tenía miedo de morir, decía que había estado llevando la muerte consigo a todas partes hasta los combates de Kiev, y que desde Kiev la había desterrado de su corazón. En una ocasión íbamos los dos hacia la línea del frente. Subimos a Mamáyev Kurgán y recibimos el fuego de las ametralladoras alemanas. Tuvimos que tirarnos al suelo. Yo le grité: «¡Al suelo!». Él siempre estaba contando chistes, y me dijo sonriendo: «Si Benesh va a morir combatiendo por Stalingrado, morirá de pie». Le gustaba meterse con la gente. Cuando por fin llegamos a la línea del frente, yo no podía ver a nadie por allí, pero Benesh ya estaba preparado para disparar con su fusil de francotirador. Levanté el periscopio y empecé a observar. Empezaron a disparar de inmediato contra mi periscopio, así de vigilados nos tenían los alemanes. Me trasladé a otro lugar. Pero Benesh asomó la cabeza y empezó a disparar. Vi que se había quitado la gorra y que estaba observando por encima del periscopio. Un alemán apareció de un salto desde detrás de un carro de combate y empezó a correr hacia el depósito de agua. Benesh lo mató. Dijo que con aquel ya había matado a once alemanes.
Salí con él varias veces, tanto de día como de noche, y él nunca se preocupó lo más mínimo por su seguridad. Casi se podría decir que era un delito que tuviera tan poco cuidado. Y murió por nada, murió de una forma estúpida. Estaba trasladándose de un edificio a otro, y le alcanzó un proyectil de mortero fortuito. Había estado con la enfermera Rada Zavadskaya. Le dijo: «Tú y yo, Rada, defendiendo Stalingrado». Benesh era un poeta. Era medio sobrino de Vasili Grossman. Recientemente me había pedido que buscara a Grossman, pero nunca lo conseguí. Benesh fue recomendado para una medalla, y la orden para su ascenso y su condecoración llegó tres días después
de su muerte. Fue condecorado por los combates en Kastornaya.[117] Y a propósito de Grossman, yo diría que cuando habló con el comandante de nuestro regimiento ni siquiera preguntó por Benesh, ni manifestó el mínimo
interés por su diario.[118] Su diario se quemó. Contenía muchas quejas sobre comandantes cobardes, y un montón de poesías y de palabras sinceras. Benesh fue enterrado en un cementerio a la orilla del río. Desde entonces ese cementerio se conoce como el lugar donde están enterrados los comandantes
del 1047.º Regimiento.[119]
[La entrevista prosigue el 8 de mayo de 1943.]
Nadie deseaba tomar Mamáyev Kurgán tanto como Benesh, y nadie hablaba tan a menudo sobre ello. Recuerdo que uno podía ir a verle por la noche y decirle: «Vamos a ver el frente», y él contestaba: «Vamos». Él iba constantemente.
Los hombres de la división de Batiuk fueron los únicos que estuvieron en Mamáyev Kurgán entre el 21 de septiembre y el 12 de enero. Sufrimos muchas bajas allí. Los alemanes querían echarnos de la colina del todo. Nosotros queríamos tomar aquellos depósitos de agua costara lo que costara, porque Mamáyev Kurgán era el cerro que dominaba la ciudad. En un día despejado se podía ver hasta una distancia de aproximadamente diez kilómetros. Se eleva aproximadamente ochenta metros por encima de Stalingrado. Al principio teníamos que disparar hacia arriba. Esa es la situación de combate más peligrosa e incómoda: la defensa cuesta arriba. Es imposible plantear un plan de fuego acertado. Estábamos constantemente intentando remontar aquella cresta, y si conseguíamos hacer retroceder a los alemanes para ganar entre cinco y siete metros por la noche, lo considerábamos una victoria. […]
Ocurrió una cosa interesante el 18 de octubre. Yo estaba de buen humor. Mientras contemplaba la ciudad podía sentir Stalingrado en su conjunto, y empecé a pensar en Tsaritsin, en la defensa de Tsaritsin, sobre la que recientemente había pronunciado una conferencia en el Instituto Pedagógico. Y ahora yo estaba allí, defendiendo Stalingrado en persona. Le hablé a mis camaradas de aquellos recuerdos, y les conté que en 1918 Mamáyev Kurgán fue el puesto de mando y de observación del camarada Stalin. Había muchos que no lo sabían. Sabían que Stalin había estado en Tsaritsin, que defendió Tsaritsin, pero no conocían ningún detalle. Benesh quería saber más. Me arrastró al búnker del teniente Litvenenko, donde se habían congregado unas quince personas, y empecé a hablarles de la defensa de Tsaritsin. Pronuncié una conferencia ad hoc de una hora. Yo tenía la historia todavía fresca en la memoria, y resultó muy adecuada para la ocasión. Cuando la gente salía del búnker, todos querían ver las trincheras de 1918. Benesh utilizó aquella historia y me pidió que hablara en otras compañías sobre la defensa de Tsaritsin. A partir de entonces los hombres comprendieron mejor el significado simbólico de la defensa de Stalingrado. El hecho de que Stalin hubiera estado allí caló en lo más hondo de los corazones de aquellos hombres, y les motivó. Benesh sintió aún más ganas de tomar Mamáyev Kurgán después de oír aquella historia. Nos referíamos en broma a Mamáyev Kurgán como «el lugar sagrado» el lugar donde había estado Stalin.
El 20 de noviembre nuestra división y la totalidad del 62.º Ejército recibieron la orden de atacar. Los soldados y los oficiales acogieron aquella orden con gran entusiasmo. […] Nuestro regimiento fue la unidad de la división a la que se le encomendó la misión de atacar Mamáyev Kurgán y los depósitos de agua. Para entonces Benesh ya no estaba. El comandante del 1.º Batallón era Zhidkij. El 2.º Batallón estaba en la fábrica Metiz, y el 3.º Batallón avanzaba con nosotros por la ladera sur de la colina. Pero la tarea más importante corría a cargo del 1.º Batallón del 1047.º Regimiento. Para entonces ya habíamos desarrollado algunas tácticas ofensivas nuevas. Comprendíamos que los pequeños grupos de asalto eran mucho más eficaces. Todos los batallones y todos los regimientos atacaban en pequeños grupos de asalto, y esa era la única forma en que podíamos atacar, aunque Mamáyev Kurgán se parecía más a estar en campo abierto que en una ciudad, o incluso en un pueblo.
Los primeros ataques fueron infructuosos, y sufríamos muchas bajas. Los hombres se lanzaban al asalto. Los oficiales incumplían todas las normas y corrían en cabeza, pero seguían sin cosechar ningún éxito. Al final, de veinte hombres del batallón solo quedaban cuatro o cinco. El resto estaban muertos o heridos. Aquel día atacamos tres o cuatro veces, a distintas horas: de madrugada y al anochecer, durante el día y por la noche. Lo intentamos todo y no conseguimos absolutamente nada. En aquellos primeros días atacábamos con carros de combate. Dos carros de combate se pusieron detrás de los depósitos de agua —uno fue destruido, el otro desapareció en combate. Nuestros otros tres carros de combate quedaron inmovilizados. Uno sufrió una avería, y los otros dos se incendiaron.
Dicho sea de paso, tampoco logramos gran cosa durante nuestra fase más intensa de preparación de artillería. Nuestro apoyo de artillería a menudo carecía de precisión, y sufrimos algún que otro episodio de fuego amigo. Los días 20, 21, 22, 23, 24 y 25, hubo combates incesantes por los depósitos de agua. Yo me pasé los primeros días en nuestro cuartel general. El comandante y el jefe de Estado Mayor estuvieron allí todo el tiempo. Los días 26, 27 y 28 estuve en la línea del frente, en un puesto de observación con el comandante del batallón, el teniente Ustiuzhanin. Tres batallones atacaron los depósitos de agua a lo largo de cinco o seis días. Les atacábamos por los flancos. Al sexto día logramos avanzar aproximadamente doscientos metros al norte de los depósitos de agua, y creamos una amenaza real. Eso debilitó la posición de los alemanes. Ahora podíamos atacarles por los flancos. El 3.º Batallón se trasladó al sur, donde podía atacarles desde ese flanco y el 2.º Batallón estaba al oeste de los depósitos de agua, desde donde podía atacarles de frente. De esa forma podíamos atacarles desde tres lados, pero aun así no conseguíamos tomar los depósitos de agua. Entonces, el 10 de enero de 1943, los tomamos, y Mamáyev Kurgán cayó en nuestras manos. Queríamos averiguar cómo estaban desplegados. Yo también subí por el interior de aquellos depósitos. Los muros estaban hechos de hormigón armado, de aproximadamente un metro de espesor, y estaban enterrados en arena por el exterior, de modo que más que depósitos parecían colinas. Eran dos, con particiones en su interior, donde anteriormente se almacenaba el agua. Habían abierto muchas troneras en los depósitos, y resultaba difícil llegar a ellas. Todo el complejo era como un fortín que los alemanes habían montado para su artillería. Allí tenían por lo menos veinte ametralladoras. Era una posición magnífica para los francotiradores alemanes, que mataron a muchos de nuestros oficiales. […]
Las primeras nieves llegaron a Stalingrado el día 28. La víspera hubo viento y lluvia. Nuestros abrigos se congelaban. Todo el mundo tenía frío y se sentía abatido. Enviaron a la línea del frente al teniente Salnikov, subcomandante de operaciones del 1.º Batallón, para que se asegurara de que todo estaba en orden. Acabó gateando de una trinchera a otra intentando animar a los hombres. Les enviaron diez soldados de refuerzo. Les llevaban el desayuno al amanecer. Salnikov les prometió que ese día les iban a dar su equipo de invierno, y le ordenó al comandante de la compañía, Sheveliov, que se preparara para el ataque. Se suponía que debían atacar conjuntamente con el batallón de instrucción de la división, que se había agregado a nosotros, y con el 1.º Batallón del 1043.º Regimiento. Cuando todo estaba casi preparado, Salnikov fue a ver la línea del frente. Quería echar otro vistazo para comprobar que todos los hombres estaban donde tenían que estar. Ya estaba todo a oscuras. Un francotirador apuntó y le pegó un tiro en la cabeza a Salnikov. Y así fue como murió Salnikov, uno de nuestros viejos y más leales bolcheviques.
Volvimos a atacar a las diez en punto del día 28, pero en aquella ocasión tampoco logramos tomar los depósitos. El batallón de instrucción quedó casi totalmente aniquilado —tan solo sobrevivió un puñado de hombres. Podría decirse que después de aquel ataque el batallón de instrucción de nuestra división dejó de existir. Algunos de sus comandantes fueron destinados a nuestro regimiento, otros al cuartel general de la división. […]
Las ofensivas de diciembre también fueron bastante duras. Conseguimos muy pocos avances, pero nuestras operaciones en la ciudad finalmente lograron contener al enemigo, y eso era importante para las unidades que atacaban desde el oeste: para evitar que el enemigo maniobrara ahora que estaba rodeado.
Enviaron a nuestro regimiento a la ladera norte de Mamáyev Kurgán. Estábamos defendiendo la zona situada entre la vía férrea, que estaba en el lado oriental de la colina, y los depósitos de agua. En noviembre, nuestro camino a Mamáyev Kurgán se había visto obstruido por aquellos depósitos de agua que no éramos capaces de tomar. Ahora lo que se interponía en nuestro camino era el Cerro sin Nombre, que era uno de los altos de la cara norte de Mamáyev Kurgán. Teníamos que tomar aquel alto, y de todas formas nos estaba impidiendo tomar los depósitos de agua. Era un poco más alto que los demás cerros, y allí los alemanes estaban muy sólidamente atrincherados, con no menos de treinta ametralladoras y todo un sistema de trincheras de comunicación y de búnkeres. Es más, tenían un buen acceso a la colina, donde tenían líneas de visión despejadas desde sus muchos búnkeres. Por la noche salían a hurtadillas y mejoraban sus defensas, y, cuando era necesario, enviaban refuerzos.
Entre el 12 y el 13 de enero, los regimientos 1043.º y 1045.º lograron finalmente tomar los depósitos de agua y empezaron a avanzar hacia la ladera occidental de Mamáyev Kurgán. Los alemanes dominaban Mamáyev Kurgán desde aquel Cerro sin Nombre, de modo que tuvimos que tomar aquel alto.
En aquel momento el comandante del 1.º Batallón era el capitán Zhidkij, y su segundo era el teniente Bolvachiov.
Estuvimos un día entero preparándonos para tomar al asalto la colina. Se formaron pequeños grupos de asalto. A la una de la tarde del 14 de enero, aquellos equipos de asalto atacaron los fortines y los búnkeres en oleadas, desde el frente y algunos también desde el flanco derecho.
Yo estaba en el puesto de mando del 2.º Batallón, a una distancia aproximada de setenta metros desde el borde frontal, junto a la vía férrea. Varios grupos pequeños se lanzaron al ataque, cuarenta hombres en total. Obviamente los alemanes nos superaban en número, tanto en soldados como en ametralladoras. Nosotros teníamos más morteros. Hasta la 1:00 de la tarde el combate consistió simplemente en los tiroteos habituales desde ambos lados. Era un día frío, había helado. No realizamos ninguna preparación de artillería. Todo estaba tranquilo en la zona. Adivinábamos que los alemanes estaban refugiados en sus búnkeres, y que no se esperaban un ataque, dado que era un momento poco habitual para un ataque. Montamos cinco cañones en campo abierto. Empezaron a disparar contra los búnkeres donde se veía humo. El ataque se retrasó media hora. Un grupo de subfusileros con ropa blanca de camuflaje recorrió a la carrera los cien metros y llegó a las trincheras alemanas; allí los soldados se dividieron y atacaron los búnkeres desde ambos extremos. Los alemanes salieron precipitadamente de los búnkeres y nuestros hombres se encontraron cara a cara con ellos. Uno de los grupos de asalto estaba encabezado por el soldado Antonov, otro grupo lo encabezaba el sargento Kudriavtsev, el tercero estaba comandado por el teniente Babayev, y el cuarto grupo por el teniente Maksimov. Todos ellos se distinguieron aquel día y en las batallas que estaban por llegar.
Yo tenía la sensación de que aquello no era un combate real, que era solo un ejercicio. Al cabo de cuatro meses en Stalingrado, nos habíamos acostumbrado tanto al peligro, estábamos tan insensibilizados por él, que a menudo parecía que aquello eran simplemente unas maniobras, y no un combate. En aquella ocasión fue así: daba la impresión de que era una misión de entrenamiento. Nuestros soldados llevaban ropa blanca de camuflaje, pero los alemanes no llevaban nada, de modo que se distinguían fácilmente sus figuras oscuras. Se podía ver el aliento de los hombres en el aire gélido.
Antonov irrumpió en la trinchera, agarró un fusil por el cañón y empezó a golpear a los alemanes en la cabeza a izquierda y derecha. Por cierto, en Stalingrado no utilizábamos bayonetas, las dejamos a un lado. Ordené que nuestros cañones de mayor calibre dispararan justo por encima de las cabezas de los alemanes para cortarle el paso a cualquier grupo que se acercara. Entonces los soldados interpretaron el balanceo del rifle de Antonov como una señal de alto el fuego. Un francotirador me gritó para indicarme que había que dejar de disparar.
A través de mis prismáticos pude ver a Antonov golpeando a los alemanes, y al grupo de Kudriavtsev acercándose desde la dirección contraria y lanzando granadas a los alemanes en sus trincheras. Ahí fue cuando comenzó el intenso fuego de granadas. Entonces el grupo de Maksimov se lanzó a la refriega. La cosa duró entre quince y veinte minutos en total. Los alemanes todavía no habían tenido tiempo de recuperarse, y realmente no habían empezado a disparar. Resultaba extraño ver todo aquel combate cuerpo a cuerpo, que los alemanes no estuvieran disparando. Tampoco había fuego por nuestra parte, ni de las ametralladoras ni de los morteros. Pero eso era porque no queríamos matar a nuestros propios soldados. Todos los combates tuvieron lugar en las trincheras alemanas.
Cuando nuestros hombres subieron a la colina con su ropa de camuflaje, los alemanes les atacaron con refuerzos desde más arriba. Entonces nuestras ametralladoras, nuestros morteros y nuestra artillería abrieron fuego, y eso impidió que los alemanes pudieran contener el ataque de los nuestros. Aquel día tomamos la mayor parte del cerro, pero no todo.
[…] Tomamos posesión de toda la colina el 16 de enero. Echamos a los alemanes de la ladera occidental. Los combates duraron dos días. Después izamos una Bandera Roja con las palabras «¡Por la Patria, por Stalin!». El eslogan lo escribió el capitán Rakitianski, responsable de propaganda del regimiento.
«La Bandera Roja ondea en lo alto de Mamáyev Kurgán», 1943. Fotografía de Georgi Zelma.
Decíamos que fue un día histórico: el 26 de enero, el día que unimos fuerzas con el Frente del Don. Un día inolvidable, un encuentro inolvidable. Yo estaba en el cuartel general del regimiento. No me resultó fácil quedarme en el cuartel general sabiendo que tanto el comandante como el jefe de Estado Mayor habían acudido a la línea del frente. Yo no podía marcharme porque estaba al teléfono con el puesto de observación.
A las diez de la mañana me enteré a través del puesto de observación del 1.º Batallón que Shavrin, un explorador, había visto nueve carros de combate aproximándose a Mamáyev Kurgán desde el noroeste. Teníamos la idea de que debían ser de los nuestros, pero nos preocupaba la posibilidad de que los alemanes estuvieran intentando probar suerte por el procedimiento de disfrazarse con nuestro uniforme. Era imposible saber a ciencia cierta de quién eran aquellos carros de combate. A cabo de unos minutos, el explorador dijo que ya eran catorce tanques. Entonces vio una Bandera Roja en el vehículo que encabezaba la marcha, y así supimos de inmediato que aquellos carros de combate eran rusos, no alemanes. «Habíamos puesto Banderas Rojas en el Cerro sin Nombre, en lo alto de los depósitos de agua, y en los vagones de carga. De esa forma las unidades que se aproximaran podían identificarnos.» En aquel momento todo el mundo estaba en guardia. Nos estábamos acercando al momento histórico en que se juntaran los dos frentes.
A las once de la mañana el capitán Kotov, comandante del 2.º Batallón, informaba de que sus hombres habían ido al encuentro del vehículo de cabeza. Los soldados se saludaron e intercambiaron besos, y durante un momento se olvidaron de la guerra. Parecía que no estábamos en guerra. Pregunté de quién era aquella unidad. El capitán Kotov me dijo que era el vehículo de cabeza de un tal coronel Nezhinski. Entonces el coronel envió a un comandante para que se reuniera con los jefes de nuestro regimiento. El encuentro tuvo lugar en el mástil de la bandera del Cerro sin Nombre. También hubo un encuentro en la ladera occidental de Mamáyev Kurgán. Se organizó una breve concentración, y fueron recibidos oficialmente por el jefe político de nuestra división, el coronel Tkachenko. El Pravda habló de ello.
Cuando tuvo lugar aquel encuentro entre los dos frentes —el 62.º Ejército y el Frente del Don— las fuerzas enemigas quedaron rodeadas y partidas en dos. A partir de entonces hubo dos grupos cercados: un grupo al sur, en el centro de la ciudad, y un grupo al norte, centrado en la fábrica Barricadas. Aparentemente, el comandante del Frente del Don había decidido destruir aquellos grupos uno detrás de otro. Primero había que acabar con el grupo meridional del centro de la ciudad, que era mucho más fuerte, y en el que se rumoreaba que estaba Paulus, como al final resultó ser […].
El 28 de enero concluimos la operación, y por orden del comandante de la división nuestro regimiento fue enviado a las laderas septentrionales del Barranco Largo, junto a las calles Riazhskaya y Artillería. Nuestra misión era romper las defensas enemigas del Barranco Largo y avanzar hacia el centro de la ciudad por la vía férrea.
Estuvimos combatiendo todo el día 28 y sufrimos muchas bajas, pero no conseguimos arrebatarle ni un solo metro a los alemanes. Nos habíamos topado con sus posiciones defensivas más antiguas. El Barranco Largo estaba fortificado con muchas posiciones de fuego y emplazamientos, las laderas estaban minadas y cubiertas de alambre de espino, y no éramos capaces de tomarlo. […] El comandante de la división nos ordenó hacer lo que fuera necesario para cumplir nuestra misión, pero tan solo contábamos con unos
pocos efectivos.[120] […] Los soldados estaban agotados. Algunos dormían mientras otros se ocupaban de las ametralladoras y de otras armas. Los comandantes del batallón también dormían. Yo cuidaba de mis hombres, me aseguraba de que comieran bien y tuvieran suficiente bebida. Estuvimos toda la noche preparándonos. Ustiuzhanin y yo teníamos una clara idea de lo sólidas que eran las defensas de los alemanes. No podíamos vencerles con la fuerza bruta, pero estábamos seguros de que su moral pendía de un hilo. Necesitábamos organizarlo todo y preparar un ataque coordinado para poder realizar un ataque fulminante contra los alemanes, desmoralizarles y hacerles prisioneros. Otros regimientos también apostaban por lo mismo.
El comandante del regimiento me envió a nuestro puesto de mando, donde actué en su nombre, y expliqué con detalle nuestra siguiente misión, no como una orden sino como una decisión que debía tomar por sí mismo cada uno de los comandantes de batallón. […] Algunos de nuestros exploradores lograron infiltrarse hasta muy por detrás de las líneas enemigas, y por casualidad dieron con el puesto de mando del comandante del batallón alemán, que se encontraba allí con su ayudante. El resto de alemanes estaban en los búnkeres o en la línea del frente. En cuanto el ayudante salió de un salto y empezó a disparar, nuestros hombres empezaron a lanzar granadas. Entonces el comandante del batallón salió con las manos en alto. Era un oficial pulcro y robusto, con un abrigo que le quedaba pequeño. Y tengo que decir que era el único alemán que llevaba abrigo.
Fue entonces cuando los grupos de asalto cruzaron las líneas defensivas, flanqueando a los alemanes y lanzando granadas. Les pillaron desprevenidos. Echaron a correr uno tras otro. Cuando nos enteramos de que teníamos al comandante alemán, le llevamos a un alto, le dimos una sábana y le ordenamos que hiciera la señal a sus soldados de que debían rendirse. Estaba oscureciendo. El comandante agitó la sábana, diciéndole a sus hombres que se rindieran. Los soldados alemanes empezaron a poner las manos en alto y a rendirse por docenas. Los exploradores y los oficiales iban desarmándolos y amontonando sus armas. Al principio había sesenta hombres, pero al cabo de un rato se habían rendido más de cien.
Los regimientos 1043.º y 1045.º llegaron justo a tiempo para compartir los prisioneros. Aquella mañana nuestro regimiento hizo 172 prisioneros. En aquel momento era el máximo número de prisioneros que había capturado un regimiento. Sin embargo después hubo muchos más. Yo hice prisioneros, les quité sus armas. Los nuestros se divertían un poco con ellos. Los alemanes iban envueltos con todo tipo de cosas. Uno de ellos llevaba una manta en cada pie. Otros llevaban sábanas encima y parecían espantapájaros. Les pusimos en formación y les llevamos al puesto de mando de nuestro regimiento. Envié un informe al comandante de nuestra división y él nos felicitó por nuestros éxitos. También informé de todo ello a Chuikov, el comandante del ejército, cuando pasé por su puesto de mando.
Entonces llegó un operador de cine y nos pidió que subiéramos por aquella escarpada ladera. Eligió el mejor lugar para filmarlo, con Stalingrado al fondo, y en primer plano se veía a los prisioneros en la ladera, junto con su comandante y su abrigo que le quedaba pequeño. Yo iba caminando detrás manejando un látigo. Aquel fue uno de los días más interesantes en la historia de nuestro regimiento.
Cruzamos el Barranco Largo, y como no había defensas del enemigo de consideración, pudimos avanzar hasta el centro de la ciudad.
Nuestros éxitos prosiguieron el 30 de enero, cuando nuestra división avanzó hasta la plaza Nueve de Enero. Allí los alemanes seguían resistiendo. No había habido ningún caso de rendición de todo un regimiento alemán. Estaban maltrechos, pero a pesar de todo las unidades no se rendían. El Grupo Norte incluso obligó a retroceder a una parte de nuestro cerco, y hubo cierto peligro. […]
Los alemanes establecieron una defensa perimetral alrededor del hotel Central. Había oficiales alemanes de pie junto a todas las entradas. Había incidentes cuando alguien sacaba una bandera de rendición desde el segundo piso, y cuando ibas a hacerte cargo de tus prisioneros te disparaban desde las otras plantas. Después de aquello capturamos a un prisionero polaco al que pudimos utilizar como enviado de paz. Fue unas doce veces y cada vez salía con un grupo de entre quince y veinte alemanes. Era un buen propagandista, y estaba deseando señalar a los oficiales y los francotiradores alemanes que había que fusilar.
El día 30, al final de la jornada, el comandante de la división preguntó qué había que hacer con aquella casa de oficiales: destruirla o dejarla. El mensaje de radio decía algo así: «Pregúntele al comandante qué hay que hacer con la guarnición del hotel Central: dejarla o destruirla». El comandante del ejército nos ordenó destruir la guarnición. Al final lo que hicimos fue dejar a algunos de los nuestros, y el resto de la división avanzó para ocupar las zonas centrales de la ciudad y la estación del ferrocarril. A las dos de la tarde del día 31, la división llegó a la estación de tren de Stalingrado. Tomamos la estación y nos reunimos con el 64.º Ejército, que estaba llegando al centro desde el sur. Podría decirse que a las dos de la tarde del día 31, el grupo sur de alemanes cercados había sido eliminado, pero los oficiales del hotel Central seguían resistiendo.
Prisioneros de guerra en Stalingrado, 1943. Fotografía de Natalia Bode.
El comandante volvió a recibir informes sobre las dificultades de tomar al asalto el hotel Central. Sus órdenes decían que había que tomarlo de inmediato, y nos dio cinco carros de combate para la misión. Nosotros teníamos cuatro o cinco grupos de asalto en nuestro regimiento. Maksimov, Babayev y Kudriavtsev volvieron a demostrar su valía una vez más, y más tarde les condecoraron por ello. Cuando llegaron los carros de combate y empezaron a disparar a bocajarro contra el edificio, nuestros grupos de asalto irrumpieron en el hotel, pero incluso entonces los alemanes siguieron resistiendo. Mataron aproximadamente a cien, y otros sesenta se rindieron. Capturamos su hospital. Yo no podía creer que aquello fuera un hospital. Los ordenanzas llevaban abrigos nuevos, absolutamente inmaculados. Yo me imaginaba que eran oficiales disfrazados, aunque ellos hacían todo lo posible por demostrar que no eran oficiales y que no tenían nada que ver con la defensa del edificio.
El último baluarte alemán del centro de la ciudad cayó a las cuatro de la tarde del día 31. Nuestro dibujante hizo un boceto del edificio.
La mayor pérdida individual de nuestro regimiento se produjo el día 31.
Una mina mató al capitán Vasili Ivanovich Rakitianski,[121] responsable de propaganda del regimiento, un soldado valiente, que había resultado herido dos veces en la línea del frente. También era siberiano. Había sido segundo secretario del Comité del Partido de la ciudad de Narimsk. Era escritor y trabajaba en la política. Lo que más deseaba aquel día era ir con los hombres hasta la línea del frente, y tenía una Bandera Roja preparada para cuando hubieran tomado el bastión. Ya lo había hablado con el cámara: Rakitianski iba a llevar la Bandera Roja para colocarla en el hotel. El cámara ya estaba preparándose para filmar cuando Rakitianski pisó aquella mina. Una forma
absurda de morir.[122] […]
El 1 de febrero toda la división salió del centro de la ciudad para ir a luchar contra el Grupo Norte. […] El día 2 por la noche recibimos órdenes de avanzar hacia el aeropuerto y la torre de paracaidismo, y después girar a la derecha hacia la fábrica Barricadas. Es interesante señalar que los soldados empezaron a atacar incluso antes de recibir la orden. Veían que las cosas iban bastante bien, que los alemanes no disparaban demasiado, que se estaban rindiendo, de forma que empezaron a atacar aproximadamente media hora antes de recibir la orden. Para cuando llegó el comandante del regimiento, ya habían empezado los combates. Los alemanes presentaron una buena batalla, sobre todo en la fábrica Barricadas, pero nosotros atacamos rápidamente y con todas nuestras fuerzas. Aquel día hicimos más de ochocientos prisioneros. A lo largo de los combates en Stalingrado hicimos 1554 prisioneros. En aquel momento intentábamos acabar con los centros aislados de resistencia alemana. La fábrica Barricadas estaba bien defendida. Capturamos a los comandantes de regimiento, a los jefes de Estado Mayor. Al final interrogábamos a los oficiales. Recuerdo que yo me encontraba en un búnker cuando me trajeron a un subjefe de Estado Mayor de la 113.ª División alemana, un comandante. Habíamos capturado a su subjefe de Estado Mayor de logística y al comandante. Aquellos prisioneros respondían arteramente, intentando ser leales. Durante los interrogatorios no se acordaban de todo de inmediato, se equivocaban. Pero otros metían baza para corregirles, y parecían sinceros, como si estuvieran intentando demostrar su sinceridad. Un comandante llevaba puesta una gorra del Ejército Rojo con una esvástica. Un soldado del pelotón de nuestro cuartel general le quitó la gorra de la cabeza, arrancó la esvástica, se la lanzó, y arrojó la gorra a un lado.
También tomamos la fábrica Barricadas. Era el último bastión del Grupo Norte. La fábrica Barricadas cayó a la 1.30 de la tarde del 2 de febrero. Poco después de las tres de la tarde todas nuestras operaciones habían concluido, y nuestra división se trasladó a la orilla del Volga.
Podemos considerar las 2.30 de la tarde como un momento histórico, la hora en que los cañones dejaron de disparar en la batalla de Stalingrado. Cuando me lo dijeron por teléfono, escribí lo siguiente en mi diario: «¡Gloria a los vencedores! Hoy, a las 2.30 de la tarde del 2 de febrero de 1943, en la fábrica Barricadas, concluyeron los últimos combates en Stalingrado. El último cañonazo de esta gran batalla sonó en ese momento histórico. Hoy los cañones callan. Stalingrado ha sido defendida satisfactoriamente, y miles de alemanes caminan pesadamente hacia la otra orilla del Volga. Han sido testigos de primera mano de nuestra capacidad de luchar y vencer. Sé que nuestros descendientes recordarán esta victoria hasta un futuro muy lejano. Tan solo ahora, cuando la presión empieza a disminuir, puedo empezar a pensar en lo mucho que hemos hecho en Stalingrado».
Unas palabras sobre los prisioneros. Estaban desmoralizados. Al principio los escrutábamos uno por uno, pero después perdimos todo el interés. Ya estaban diciendo: «Hitler kaput», a lo que uno de nuestros soldados comentó: «Para vosotros ya no es noviembre [de 1942], ahora todos vosotros estáis kaput».
Soldados del Ejército Rojo en las ruinas de Stalingrado, febrero de 1943.
En una ocasión sí registramos a algunos prisioneros. Eran aproximadamente setenta. Empecé a hablar con ellos a través de un intérprete. El comandante del regimiento vino y me preguntó sobre qué les estaba hablando. Contesté que les estaba preguntando si habían visto el Volga. Resultaba que la mayoría no lo había visto. Entonces el comandante del regimiento se dirigió a ellos y les dijo, por medio del intérprete, que por fin aquel día iban a cruzar el río. Y al cabo de media hora había una hilera de prisioneros que se extendía de una orilla a otra del Volga. […]
Estuvimos en Stalingrado hasta el 6 de marzo. Tras los combates nos tomamos un breve descanso, y después empezamos a estudiar. Nuestra tarea consistía en examinar el sistema alemán de defensa. Recopilamos información de inteligencia del campo de batalla. Los comandantes se subían a todos los búnkeres enemigos, recorrían las trincheras y los puntos de fuego para identificar nuestros fallos y llegar a alguna conclusión basada en nuestras experiencias en el combate y para conseguir algo que pudiera resultarnos útil más adelante.
Toda aquella información fue recogida y resumida por el Estado Mayor del cuartel general. Los oficiales de Estado Mayor trabajaron muy duramente. Yo transmitía mi información al comandante del regimiento, los comandantes de regimiento se la entregaban al comandante de la división, y el comandante de la división invitaba a todo el personal de mando de la división —hasta el grado de comandante de batallón— a que fuera a escuchar su análisis detallado de la información. Las paredes del club estaban cubiertas de mapas y de los diagramas organizativos de los regimientos y las divisiones. El propio comandante de la división ofreció un informe muy interesante sobre la capacidad de combate de su propia división. […]
El 25 de febrero crucé el Volga por primera vez en 156 días. Yo iba delante, con los oficiales. Cuando llegamos a la aldea de Krasnaya Sloboda, lo primero que nos llamó la atención fue una casa que estaba completamente intacta. Salía humo de la chimenea. Estábamos tan acostumbrados a los edificios bombardeados que ver una casa entera era algo insólito, realmente nos llamaba la atención. Incluso nos detuvimos para echar un vistazo. […]
Muchos de nosotros recibimos distinciones y medallas por Stalingrado. Algunos fueron condecorados a título póstumo. Tres comandantes de batallón de nuestro regimiento fueron los primeros oficiales de la división que recibieron la Orden de Alexander Nevski por su lucha contra fuerzas enemigas superiores, por su experiencia y su inventiva en asuntos tácticos. La Orden de Alexander Nevski fue concedida al capitán Kotov, al capitán Nikiteyev, y al capitán Ponomariov.
El 10 de febrero fue un día trascendental para la división. Fue el día en que el Gobierno promulgó un decreto que concedía a la 284.ª División la Orden de la Bandera Roja. Lo celebramos para conmemorar la ocasión.
El 2 de marzo también fue un día destacado. Fue cuando nos enteramos de que el coronel Batiuk había sido ascendido a general de división.
Pero la fecha más importante en la historia de nuestra división fue el 5 de marzo, el día que supimos por la radio que nuestro nombre había cambiado: a partir de aquel momento éramos la 79.ª División de la Guardia […].
El 24 de febrero, el día que me concedieron la Orden de la Estrella Roja, conseguí un coche para ir a hacer fotos de Stalingrado, de todo lo que me parecía digno de ser fotografiado. En aquel momento estaban recogiendo los cuerpos de los alemanes muertos. En el centro de la ciudad me encontré con un civil y le pregunté quién era. Dijo que dirigía el departamento militar del Comité Municipal de Stalingrado y que era el encargado de recoger los cadáveres. Le pregunté cuántos habían recogido. Aquel día habían recogido en la ciudad 8700 cadáveres de soldados alemanes. Empecé a hacer fotos. Había montones de cadáveres de alemanes, doscientos o trescientos, hasta seiscientos apilados unos encima de otros. En Stalingrado nada llamaba más la atención que aquellas montañas de cuerpos, que aquellos miles de camiones cargados de cadáveres. También fotografié los edificios bombardeados, los hospitales de campaña donde todavía estaban ingresados los alemanes heridos. Entré en el hospital alemán instalado en el Teatro Municipal. Estaban todos revueltos: los enfermos, los heridos y los muertos. Había un hedor insoportable. Me costó reprimirme y no rematar a los heridos.
Cuando salimos de Stalingrado el 6 de marzo, pasamos a través de lo que habían sido las líneas del cerco. Había coches, carros de combate, cañones de todos los calibres, morteros y cientos y cientos de cadáveres esparcidos a lo largo de docenas de kilómetros. El campo de batalla era un gigantesco cementerio sin tumbas. Volvimos a constatar una vez más lo grande que había sido aquella batalla de Stalingrado.
Después de la batalla. Fotografía de Serguéi Strunnikov.
A veces veíamos una aldea en campo abierto, y pensábamos que podíamos ir a echar un vistazo. Pero cuando nos acercábamos resultaba ser tan solo un montón de vehículos que parecía una aldea. De modo que también había cementerios de material militar.