Stalingrado
El ejército y el partido durante la guerra
Pese —o tal vez debido— a su enorme expansión entre 1938 y 1941, el Ejército Rojo estaba pobremente equipado frente al ataque alemán de junio de 1941. El extraordinario número de soldados del Ejército Rojo que se alistaron en aquel momento —cinco millones frente a los 1,6 millones de enero de
1938—[108] ocultaba el hecho de que la mayoría de los reclutas, reunidos en las proximidades de la frontera polaca, eran inexpertos y su preparación militar era muy escasa. Cuando el pacto Hitler-Stalin situó a Polonia dentro de la esfera de influencia soviética, el Ejército Rojo posicionó a sus soldados cerca de la nueva frontera, donde podían repeler un ataque enemigo de forma rápida y contundente. Dichos soldados levantaron un muro inmediatamente detrás de la frontera, en su mayor parte con materiales tomados de la antigua línea de defensa, conocida por los alemanes como la línea de Stalin. Cuando estalló la guerra, el nuevo muro todavía estaba incompleto y el viejo, a medio derruir; ninguno de los dos servía de mucha protección.
La primera fase de la producción de la Unión Soviética durante la guerra favoreció la cantidad sobre la calidad, especialmente en lo tocante a las fuerzas aéreas. Cuando los alemanes comenzaron la invasión, los aviones soviéticos carecían de equipos de radio, lo que hacía imposible la
comunicación con las tropas de tierra o con otros aviones,[109] y los pilotos y los mecánicos no estaban bien entrenados. A consecuencia de ello, en el primer año de la guerra, los alemanes consiguieron inmovilizar a prácticamente toda la fuerza aérea soviética, una gran parte de ella en tierra durante los bombardeos aéreos de junio de 1941. Para finales de 1941, la Unión Soviética había perdido más de 10 000 aviones. Otros 10 000 estaban inutilizados debido a averías y defectos mecánicos. Alemania incurrió en un
número de pérdidas quince veces menor durante el mismo periodo.[110] Muchos de los soldados del Ejército Rojo entrevistados en Stalingrado hicieron mención a la pobre actuación de la fuerza aérea soviética y la absoluta superioridad alemana durante el verano y el otoño de 1942. Los soldados criticaron la mala coordinación dentro de las fuerzas armadas y la falta de experiencia bélica en cuestiones de movilidad y mecánica. En 1942 el Ejército Rojo mejoró tanto su coordinación como su equipamiento militar, especialmente con la introducción del carro T-34 y el bombardero Pe-2, que
los alemanes llegaron a mirar con respeto y temor.[111]
Los soviéticos competían contra un ejército de cuatro millones de hombres que poseían superioridad tecnológica, maniobras tácticas bien ensayadas, y casi dos años de experiencia ininterrumpida en combate. El arsenal de la Wehrmacht contaba con técnicas de reconocimiento de primer nivel, una coordinación puesta a prueba entre las tropas acorazadas, la fuerza aérea y la infantería, y una artillería de eficacia probada capaz de efectuar descargas devastadoras. Hitler y sus generales creían que podían asestar un golpe mortal al Ejército Rojo con profundos movimientos de pinza. Esta estrategia dio como resultado miles de prisioneros, pero no logró quebrar la voluntad del Ejército Rojo. La Wehrmacht perdió 185 000 hombres en el Frente del Este durante los primeros tres meses de la batalla, casi el doble de
bajas que había sufrido desde junio de 1941.[112]
La jefatura alemana no era consciente del fuerte respaldo que el régimen soviético recibía de su pueblo y de su capacidad para movilizar a un aparentemente inagotable número de tropas. Así como la Alemania nazi era militarmente muy hábil, el sistema soviético por su parte estaba muy versado políticamente: con solo pulsar un botón, podía lanzar una campaña política que exhortara a los ciudadanos a ir todavía más allá. Un ejemplo de ello fue la evacuación de la industria a raíz de la invasión alemana del 22 de junio de 1941. En solo seis meses, los soviéticos desmantelaron por completo fábricas enormes y reubicaron su maquinaria y sus trabajadores en el este. Como los líderes soviéticos no habían contado con que los alemanes lograrían introducirse tanto en el país, no habían hecho planes de evacuación previamente. La gigantesca campaña funcionó porque se llevó a cabo siguiendo el estilo de economía planificada que los soviéticos llevaban
muchos años empleando con gran éxito.[113] El régimen se dispuso a alimentar el espíritu de lucha de civiles y soldados contra los «agresores fascistas» de la misma forma que el Imperio Ruso lo había hecho en la Guerra Patriótica de 1812. Stalin apeló al amor de su pueblo por el país, llamando a sus «hermanos y hermanas» a librar «una guerra justa» cuyo resultado solo podía ser una Unión Soviética liberada o esclava de los alemanes. Los muchos miles de ciudadanos soviéticos, tanto hombres como mujeres, que se alistaron voluntarios para ir al frente en las primeras semanas de la guerra confirmaron la eficacia de su llamamiento.
Debido a las enormes pérdidas soportadas por el Ejército Rojo en los primeros meses —para diciembre de 1941, tres millones de soldados habían
muerto o habían sido hechos prisioneros—[114] la jefatura militar siguió aumentando la reserva de potenciales reclutas. Desde finales de 1941 en adelante, comenzó a enviar soldados no eslavos al frente, pese a que su lealtad política o su habilidad militar fuera considerada sospechosa. Para 1945, ocho millones de personas no eslavas —uzbekos, kazajos, tártaros, letones y otros — se habían sumado al Ejército Rojo, casi una cuarta parte de los 34 millones
que se alistaron durante la guerra.[115] El alto número de bajas obligó a Stalin a llamar a filas a mujeres para el Ejército Rojo, en concreto las jóvenes del Komsomol que se habían alistado voluntarias en el verano de 1941 pero todavía no habían sido autorizadas para participar en la lucha armada. A lo largo de las varias tandas de reclutamiento iniciadas en 1942, un total de un millón de mujeres entraron a formar parte de las fuerzas armadas.
La inexperiencia de los reclutas conducía a retiradas a consecuencia del pánico, especialmente durante los primeros meses de la guerra, lo que llevó a los comandantes soviéticos a tomar medidas drásticas. Siguiendo un método
aplicado durante la guerra civil y de nuevo en la Guerra de Invierno,[116] desplegaron escuadrones de bloqueo con la orden de disparar a los soldados renuentes al combate a los que no se podía convencer de otra manera. La orden n.º 270, emitida por Stalin en agosto de 1941, declaraba a cada soldado
rojo que fuera capturado vivo traidor a su país.[117] Los miembros de la familia de los soldados prisioneros veían recortadas sus prestaciones; las esposas de los oficiales cautivos a menudo eran enviadas a campos de trabajo. Al mismo tiempo, el régimen apelaba al sentido del honor de los soldados y se esforzaba por elevar la moral de los jefes. Como en el ejército zarista, a las unidades que se distinguían por su valor y perseverancia se les concedía el estatus de Guardias. En septiembre de 1941 iban a la cabeza cuatro divisiones, «divisiones de héroes», como les calificaba el periódico Estrella
Roja [118] , con sus filas «prietas como el acero, firmes e impasibles».
El general Chuikov (primero por la izquierda) entrega al comandante y al comisario de la 39.ª División de Fusileros (ambos arrodillados) el título de Guardias en Stalingrado, 3 de enero de 1943. La ceremonia tuvo lugar en las escarpadas orillas del Volga. Los soldados de la división (fuera de la foto) se arrodillan ante sus comandantes. Fotografía de Georgi Samsonov.
Los líderes soviéticos tenían una gran fe en la movilización política de los soldados del Ejército Rojo. Apostaban por la influencia del Partido Comunista y se esforzaban por aumentarla en toda ocasión. A medida que fue transcurriendo la guerra, el número de miembros del partido que había en el Ejército Rojo aumentó drásticamente, y para julio de 1945 había 2 984 750, cuatro veces más, en comparación con los 654 000 que había al principio de la guerra. Entre 1941 y 1945 el número de miembros de la Liga de Juventudes Comunistas se triplicó, alcanzándose la cifra de 2 393 345 soldados miembros del Komsomol. En conjunto, estas cifras se traducen en que el ejército llegó a
tener un carácter marcadamente comunista hacia el final de la guerra.[119] Esta evolución era coherente con expansiones anteriores del partido —durante la guerra civil, la afiliación al partido se incrementó un 600 %, y de nuevo durante el primer plan quinquenal. En cambio, la afiliación al partido se redujo a raíz de las purgas políticas (en 1921, 1933-1939, y de nuevo en 1944).
Para sumar el mayor número de miembros posible en un breve espacio de tiempo, el partido simplificó sus criterios de admisión. En diciembre de 1941 el Comité Central acortó el periodo de prueba para los nuevos candidatos, que pasó de un año a tres meses. Además, los solicitantes ya no tenían que presentar recomendaciones de miembros veteranos del partido. Algunos de estos cambios vinieron dictados por consideraciones pragmáticas. El sistema anterior consumía demasiado tiempo y no resultaba práctico en tiempo de guerra, especialmente cuando el objetivo era aumentar el número de
miembros. Otro factor evidente fue el carácter cambiante del partido.[120] Los soldados que antes de la guerra no habían tenido a su alcance la oportunidad de ser miembros estaban consiguiendo ahora gloria y honores como camaradas del partido. El capitán Alexander Oljovkin, el instructor de propaganda de la 39.ª División de Guardias, se refirió a uno de estos soldados en su entrevista. El 19 de noviembre de 1942, algunos hombres de su división se reunieron para comentar la orden de ataque general. Oljovkin se unió a la reunión mientras un francotirador estaba hablando. El francotirador, señaló Oljovkin, «era un completo analfabeto. Hablaba así: “Nosotros pensábamos de empezar a atacar”, o “Yo ya he sabío de siempre que hoy era tirador”. Antes de eso había servido como ordenanza para el jefe de batallón. Este hombre —se llamaba Afonkin— empezó a trabajar como francotirador. En dieciocho días se había cargado a 39 hitlerianos. Ahora ha sido admitido en el
partido y condecorado».[121]
Durante los años de la guerra, la idea de un buen camarada de partido era bastante simple: para que el candidato fuera admitido tenía que demostrar que había matado a un soldado alemán, derribado un avión enemigo o destruido un pánzer. Los soldados recibían unos impresos conocidos como «cuentas de la venganza» para apuntar el número de enemigos que mataban y el número de armas que destruían. Un soldado que no tuviera nada escrito en estas
cuentas no tenía posibilidad de ser admitido en el partido.[122] En cambio, alguien como el francotirador Vasili Zaitsev alcanzó de inmediato el estatus comunista —el número de alemanes que había matado bastaba como recomendación. Como Zaitsev explicaba: «Yo pensé: ¿cómo puedo entrar en el partido si no conozco el programa? Leí el programa y escribí mi solicitud allí mismo, en la trinchera. Dos días después fui convocado a una comisión del partido. Para entonces había matado ya a sesenta alemanes. Me habían
condecorado».[123]
El ideal comunista en tiempo de guerra en ocasiones era descrito como sanguinario. Tomemos por ejemplo el relato del coronel Nikolái Glamazda sobre la última batalla de un comisario llamado Yudayev, que dirigía una unidad de asalto en el 253.º Regimiento de la 45.ª División. Durante el ataque a un búnker alemán:
Un fragmento de granada le arrancó el rifle de las manos. El camarada Yudayev se lanzó sobre uno
de los alemanes desarmados, lo agarró por el cuello, y lo estranguló. Los alemanes enviaron
algunos refuerzos y volvieron a arremeter sobre aquel puñado de héroes. A Yudayev le clavaron
varias bayonetas alemanas, pero él no dejó ir a su víctima. Atravesado y levantado del suelo por
las bayonetas, siguió sin soltar a su alemán estrangulado. Así que le estranguló y él mismo murió
con las bayonetas clavadas. Los alemanes arrasaron aquella trinchera, pero pasado algún tiempo
aquella compañía les sacó del refugio, tomó el cuerpo del héroe Yudayev y lo enterró junto al
tercer taller de la fábrica Octubre Rojo.[124]
El coronel Dobriakov, subdirector del departamento político del 64.º Ejército, describió otra escena de una violencia similar:
El jefe de batallón de la 154.ª Brigada de Infantería de Marina era el encargado de la defensa.
Tenía trece hombres a su cargo, incluido él mismo. Le ordenaron no enfrentarse a los alemanes
bajo ninguna circunstancia porque eran muy pocos y los alemanes ya estaban avanzando. Pero él
fue incapaz de quedarse sin hacer nada, y al grito de «¡hurra!» emprendió el ataque sobre una
compañía apoyada por ametralladoras. Logró eliminarles, matando él mismo a varios alemanes.
Durante aquel asalto, le arrancaron un trozo de carne del costado. Se levantó y acercándose al
comandante de brigada, el coronel Smirnov, le dijo: «Comandante, ¿puede darme algo de beber?».
«Por supuesto», respondió el coronel.
Y a continuación el jefe de batallón herido, agarrando el trozo de carne desprendida, preguntó:
«¿cree usted que esto vale siete alemanes?».[125]
Huelga decir que la carne arrancada del cuerpo del comandante le garantizó su entrada en el partido.
A medida que la guerra avanzaba, el partido fue extendiendo su influencia adaptando sus esfuerzos políticos a las circunstancias en el campo de batalla. Las represalias por el sufrimiento causado por el enemigo y la voluntad de alcanzar la victoria constituyeron un denominador común entre los soldados. «Somos comunistas; vengaremos a nuestros soldados, jefes y responsables políticos asesinados.» En opinión de Ivan Vasiliev, comisario del 62.º Ejército, esto reflejaba el arrollador estado de ánimo reinante en la batalla por
Stalingrado.[126] El general Chuikov expresó así a Vasili Grossman el carácter práctico de la educación política: «Trabajo político: todo tiene un único propósito, y todo se hace junto con los soldados. Los “ismos” —comunismo, nacionalismo— no eran cosa nuestra». Sin embargo, como Chuikov recalcó cuando fue entrevistado por los historiadores, los soldados soviéticos
presentes en Stalingrado demostraron un alto nivel de conciencia política.[127] Con ello quería decir que los soldados del Ejército Rojo habían interiorizado el «deber patriótico» promovido por el partido para defender Stalingrado a toda costa. Para Chuikov, esta fue la razón principal de la victoria soviética.
Durante la batalla de Stalingrado el partido comunista hizo un esfuerzo extra intensificar su influencia. Entre agosto y octubre de 1942, la afiliación al partido en el frente de Stalingrado se incrementó en 25 000 miembros,
alcanzando un total de 53 500[128]. Para noviembre, el número de miembros
superaba los 60 000.[129] Estas cifras no tienen en consideración las bajas en el campo de batalla, y requieren una corrección al alza para que el total sea exacto. El comandante Yakov Serov, director del departamento político de la 45.ª División, aportó algunos detalles a este respecto a nivel de unidad. Durante los primeros meses de la batalla de Stalingrado, la 45.ª División tenía 840 miembros del partido, de los cuales 163 murieron en combate y 405 fueron heridos y apartados temporalmente del servicio. Durante el mismo periodo, se unieron al partido 659 soldados más. «La gente se tomaba muy en serio lo de unirse al partido y lo solicitaban solo cuando podían apuntar a su
cuenta la muerte de seis, siete, diez [130] fritzes . Llegaba uno y decía: he matado diez fritzes. Aquí está mi certificado. Ningún comando presentaba la solicitud si su cuenta [de la venganza] estaba en blanco.» Para expresar lo que pertenecer al partido significaba para los soldados, Serov citaba textualmente fragmentos de las solicitudes que le habían llegado a él:
El sargento Ivan Sleptsov del 178.º Regimiento de Artillería expresó el siguiente deseo: «En la
lucha contra el fascismo salvaje yo quiero ser un comunista. Lucharé contra el enemigo mientras
que mis ojos puedan ver y mis manos puedan hacer girar las ruedas de elevación y torsión de mi
cañón. No mancillaré el elevado prestigio del combatiente bolchevique en la lucha por la patria.
Solicito ser admitido en las filas del Partido Comunista, ruego me concedan esta solicitud. En estos
difíciles momentos en los que el destino de la humanidad está en juego, nuestro partido es el que
nos dirige a la victoria. Quiero pertenecer a él y bajo su estandarte mi fuerza y mi odio hacia los
invasores crecerán aún más. La fuerza del partido es mi propia fuerza, y si caigo en la batalla, el
partido vengará mi muerte. Juro ser su fiel miembro, su fiel defensor, hasta mi última gota de
sangre».
Y esta es la solicitud de Novitski, un veterano suboficial de nuestra unidad de reconocimiento:
«En estos difíciles momentos en los que está en juego el destino de la humanidad, nuestro partido
nos dirige a la victoria. Yo quiero pertenecer a él, y, bajo su estandarte, mi fuerza y mi odio hacia
los invasores crecerán aún más. La fuerza del partido es mi propia fuerza, y si caigo en batalla, el
partido vengará mi muerte. Juro ser su fiel miembro, su fiel defensor, hasta mi última gota de
sangre».[131]
El elevado número de muertes en la batalla de Stalingrado sirvió de impulso adicional para ingresar en el partido. Los funcionarios del partido trataban de convencer a los soldados para que presentaran sus solicitudes antes de entrar en combate. De esta forma podían estar seguros de tener un lugar en el panteón comunista si les mataban. «No quieren unirse al Komsomol antes de entrar en combate», informaba el alférez Nikolái Karpov, secretario del Komsomol en la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros. «Empiezan a buscar excusas: “esperemos a que termine este combate”. Yo se lo digo sin rodeos: “¿Cómo puedes ir a luchar? Si te matan, morirás sin ser políticamente consciente. Pero si mueres como miembro del Komsomol,