Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 28 de 38

Páginas del PDF

Stalingrado

La enfermera Vera Gurova

Y otra vez fue cuando hicimos un alto en Oljovatka[79] y empezamos a contar carros de combate. Cuando llegamos a sesenta, nos cansamos y renunciamos. Eran todo carros de combate alemanes, que venían hacia nosotros. Rodímtsev simplemente no podía creérselo, se montó en un caballo y vino a vernos.

«¿Dónde están los carros de combate, hijos de perra?»

Estaban aproximadamente a trescientos metros.

Rodímtsev dijo: «No os preocupéis, están muy lejos».

No había puesto de mando, tan solo un pelotón en medio del campo, el comandante a lomos de su caballo, únicamente nosotros y él. Pero seguimos luchando desde dentro del cerco. Teníamos órdenes específicas de seguir luchando. Recuerdo que se cambió de uniforme y se puso sus medallas y sus condecoraciones: «Que esos bastardos vean a quién van a matar». […]

 

LA ENFERMERA VERA GUROVA

 

El general Rodímtsev cifraba el número de bajas en su división durante las primeras semanas posteriores a su llegada a Stalingrado en más de 4000. El relato de la enfermera Vera Gurova confiere a esa cifra una realidad concreta. Gurova, de veintidós años, ya había vivido muchas cosas —la Guerra de Invierno contra Finlandia y los intensos combates durante la retirada de las tropas soviéticas ante el avance de los alemanes durante el verano y el otoño de 1941. Pero en ningún lugar había visto tantos heridos como en Stalingrado. (No menciona a los muertos.) Cada día, su batallón médico atendía a entre seiscientos y setecientos nuevos soldados heridos en el puesto de socorro avanzado. Por culpa del Volga, resultaba imposible trasladar rápidamente a los heridos al hospital de campaña al otro lado del río. Tan solo se les podía trasladar por la noche, y en un número limitado, debido al riesgo constante del fuego enemigo. Muchos de los heridos debían ser tratados y alojados en el campo de batalla, con los medios disponibles. El general Chuikov cuenta en sus memorias que la unidad de cirugía de la 13.ª División de la Guardia trabajaba en el interior de una gigantesca conducción de drenaje en la escarpada orilla occidental del Volga. Un informe secreto del NKVD confirma la dramática situación de los heridos en septiembre: «Durante el transcurso de los combates del 15 de septiembre, la 13.ª División de la Guardia sufrió cuatrocientas bajas y agotó toda la munición de sus armas automáticas. El transporte de los heridos a la orilla oriental del Volga es extremadamente difícil. El comandante de la 13.ª División de la Guardia no tiene medios para transportar a los heridos. Los heridos leves construyen balsas y cargan en ellas a los heridos graves. Para cruzar hasta la orilla oriental se dejan llevar por la corriente del Volga. Una vez en la otra orilla, vagan por las aldeas en

busca de ayuda».[80]

Casi un millón de mujeres soviéticas, muchas más que cualquiera de las demás naciones beligerantes, prestó servicio en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, la mitad como soldados corrientes y las demás como enfermeras, telefonistas, lavanderas o ayudantes de artillería antiaérea. Las enfermeras tenían que asumir que iban a ser enviadas a la línea del frente y que tenían que atender a los heridos bajo el fuego enemigo. Al igual que el resto del personal médico que entrevistaron los historiadores de Moscú, las enfermeras participaron sin la mínima queja.

Aparentemente, a Gurova le parecía bien la eliminación de los papeles diferenciados por género en la guerra: «Creo que en el Ejército una mujer resulta igual de útil que un hombre», explicaba con confianza. Debido a sus logros, Gurova exigió ser miembro del partido aunque no hubiera militado en el Komsomol.

El general Chuikov y otros comandantes y oficiales políticos entrevistados en Stalingrado elogiaban a las mujeres que prestaban servicio en el ejército, y reconocían que algunas demostraban tener más aguante que los hombres. De lo que no hablaban, y a lo que Gurova tan solo hace alusión, era de la difícil situación de las mujeres en el Ejército Rojo. No solo tenían que «echarle valor»; además tenían que afrontar con estoicismo las agresiones sexuales de sus superiores. Y ahí de nuevo Gurova interioriza el punto de vista masculino y critica a algunas enfermeras de su unidad por seducir a los hombres. En la mayoría de los casos, la realidad era al contrario. Gurova menciona con orgullo que le concedieran la Medalla al Mérito en la Batalla por la campaña de Finlandia, aunque los soldados varones tenían otro nombre para esa distinción cuando se le concedía a una mujer: «Al Mérito en la Cama». Al final de la guerra, las acusaciones indiscriminadas contra las mujeres del Ejército Rojo se hicieron más fuertes. Las mujeres que entablaban una relación de pareja con los oficiales recibían el apodo de «mujeres de

campaña», cuya abreviatura en ruso era «PPSh»,[81] que también era el nombre del subfusil del ejército soviético. Las dudas sobre su integridad moral dificultaron la reinserción de muchas mujeres a la vida civil después de la guerra. En muchos casos, las veteranas de guerra no le contaban a sus

familiares sus experiencias en el conflicto.[82] No se sabe nada de la vida de Vera Gurova después de la contienda.

 

TRANSCRIPCIÓN DE LAS ENTREVISTAS REALIZADAS EN EL FRENTE DE STALINGRADO DURANTE LA DEFENSA DE STALINGRADO Stalingrado, 7 de enero de 1943

Entrevista realizada por el secretario científico A. A. Belkin Estenografía por A. I. Shamshina

62.º Ejército

13.ª División de Fusileros de la Guardia

Enfermera Vera Leontievna [83] GUROVA

 

Nací en 1920 en Krivoi Rog, en la región de Dnetropetrovsk. Soy ucraniana. Terminé mi formación médica en Krivoi Rog, y después me presenté voluntaria para el Frente Finlandés. Me especialicé como enfermera quirúrgica y trabajé allí como enfermera jefe de cirugía. Por la campaña de Finlandia me concedieron la Medalla al Mérito en la Batalla, y por Kiev recibí la Orden de la Estrella Roja. He recibido otra Orden de la Estrella Roja en esta división. Me la impuso el coronel Vavilov. Fui condecorada por los combates en Tim en virtud de un decreto del Frente del Don.

En Kiev las cosas estaban mal, pero no tan mal como en Stalingrado. Los proyectiles de mortero y de artillería explotaban a nuestro alrededor mientras trabajábamos, todo se venía abajo, y todo ello mientras nosotros intentábamos realizar operaciones complicadas. Trabajo en un batallón médico. En Kiev nuestras condiciones de trabajo no eran tan malas. Estábamos en un hospital grande, y aunque nos encontrábamos al alcance de la artillería, no nos perturbaba tanto como aquí. Aquí ingresaban entre seiscientos y setecientos heridos cada día. Hemos tenido que trabajar día y noche. Nuestro edificio estaba constantemente viniéndose abajo. El batallón médico se ubicó en la

otra orilla del Volga, con un segundo escalón en Burkova,[84] mientras que este lugar era simplemente un puesto de socorro de la línea del frente. Yo antes estaba allí, pero he venido aquí como refuerzo porque ahora allí no hay tanto trabajo como aquí.

Todas las operaciones complicadas se realizan a nivel de batallón en unas condiciones más pacíficas. No habría manera de operar a alguien aquí y tenerle hospitalizado entre cuatro y seis días. Ahora mismo la cosa está más tranquila y no hay muchos heridos, pero antes teníamos muchísimos.

La mayoría eran heridas de metralla de mortero, de artillería o de bombas. En Stalingrado la mayoría de nuestros casos son heridas de metralla. Antes, cuando estábamos en Járkov, nuestros puestos de socorro avanzados no eran tan importantes porque podíamos llevar a los heridos al puesto de socorro del batallón. Pero en Stalingrado los puestos avanzados desempeñan un papel mucho más importante. Operamos a personas con heridas abdominales y les tenemos un tiempo hospitalizados. Si los trasladáramos al batallón podrían haber muerto cuando llegaran. Les trasladamos en camillas.

El mando del ejército estableció este puesto de socorro avanzado durante la batalla debido a la escasez de transporte. El puesto tenía dos cirujanos, una enfermera jefe y una enfermera. A los heridos les ponían una transfusión de sangre y les operaban, y después de unos días de recuperación en un refugio subterráneo, los enviaban al otro lado del río. Yo estaba allí, porque el grueso de la carga de trabajo recaía en esa sección del batallón médico del segundo escalón. Nunca hemos experimentado una situación tan terrible como la que hemos vivido aquí. Yo nunca había visto tantos heridos.

Aquí he llegado a la conclusión de que las enfermeras también tienen que ser cariñosas y alegres. Los heridos están pendientes de ti. Observan cómo te comportas durante los bombardeos aéreos, y reaccionan en consonancia con lo que ven. Recuerdo una vez que nos estaban bombardeando nada más terminar de operar, y los hombres seguían todavía en las mesas. Eso fue en Kiev. Había veces que tenía que quedarme con ellos. En el puesto de socorro de la división nuestra sala de operaciones estaba en una tienda. Había muchos aviones en el aire. El cirujano terminó y se fue, pero todavía quedaban seis pacientes en las mesas pendientes de que los sacaran de allí. Entonces fue cuando empezó el bombardeo. Nos quedamos con ellos, yo y otra chica, y ellos nos miraban y nos decían: «Marchaos, poneos a salvo —nosotros ya estamos heridos».

Una enfermera en Stalingrado, 1942.

 

No teníamos ningún sitio adonde ir. Y además, ¿cómo podíamos marcharnos con aquellos hombres mirándonos así? Eso me ocurrió dos veces. Yo sé que el soldado está herido y con dolor, y él sabe que incluso un trozo de metralla puede causar mucho daño. Pero la idea de abandonar a un hombre herido ni se me pasa por la cabeza. Eso es lo que pienso cuando vuelvo a entrar en la tienda para atenderle. Estoy aquí para salvarle. No estoy casada.

[85]

Yo puedo hablar de lo que sentía por mi trabajo exactamente igual que cualquier soldado puede contar historias sobre los ataques contra el enemigo. Había veces en las que te pasabas de pie dos días seguidos sin darte cuenta, sin hacer otra cosa que atender a los heridos. Como enfermera jefe, me daba cuenta de que tenía que ser al mismo tiempo una enfermera militar cualificada y una excelente organizadora. De modo que, cuando nos trasladamos a una nueva ubicación, el cirujano me encarga, por ser la enfermera jefe, que me asegure de que nuestras instalaciones estén preparadas. La otra enfermera jefe y yo debemos organizar las cosas para que todo esté listo y que todo el mundo esté en su puesto. Allí yo solo ayudaba en las operaciones simples, de modo que acabé dedicando todo mi tiempo a las tareas organizativas. Tenía que asegurarme de que tuviéramos todo lo necesario para que el trabajo pudiera proseguir. Si nos quedábamos sin algo, los cirujanos y las enfermeras no iban a tener más remedio que parar.