Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 17 de 38

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Stalingrado

La comisión en Stalingrado

10. No restar importancia a las dificultades y deficiencias. La realidad no debe maquillarse.

Recuerden la instrucción del camarada Stalin de que «solo en la lucha contra las dificultades se forjan los verdaderos cuadros».

11. Mostrar la rutina diaria de las unidades (su vida, sus actividades de ocio, el contacto con la

retaguardia, la correspondencia, sus alegrías y sus penas).

12. Mantener la rigurosa verdad histórica en todo momento. Comprobar con cuidado todos los

acontecimientos, fechas, nombres y hechos cotejando testimonios y documentos.[264]

 

LA COMISIÓN EN STALINGRADO

 

Pertrechados con estas directrices generales, cuatro miembros de la comisión —los historiadores Esfira Genkina, Piotr Beletski y Abram Belkin, así como la estenógrafa Alexandra Shamshina— salieron hacia Stalingrado a finales de diciembre. Permanecieron en la ciudad asediada algo menos de dos semanas. A juzgar por la variedad y el alcance de las transcripciones, las entrevistas fueron llevadas a cabo casi sin interrupción. Partieron hacia allí un día antes de que los soviéticos lanzaran su ofensiva definitiva, pero regresaron en febrero con más personal. Para marzo habían realizado 130 entrevistas a soldados de trece divisiones de fusileros, una división de la fuerza aérea, una brigada motorizada y un cuerpo de infantería mecanizada. Hablaron con oficiales de Estado Mayor de diferentes ejércitos, con representantes de oficinas locales del partido y con trabajadores e ingenieros de dos fábricas. Entre las primeras personas a las que entrevistaron se encontraban los generales Chuikov y Shumilov. Muchos de los entrevistados ocupaban altos puestos en la cadena de mando (doce oficiales de Estado Mayor, doce comandantes de división, veinticinco oficiales de Estado Mayor de nivel de división o brigada y 33 oficiales de nivel de regimiento, batallón y batería);

solo doce eran sargentos o soldados de infantería.[265] Los historiadores no estaban interesados en encontrar el mayor número de testigos presenciales posibles sino en obtener testimonios en profundidad. Para ello se centraron en los soldados del 62.º, 64.º y 57.º Regimientos, que habían luchado en estrecha proximidad entre sí desde la retirada de las estepas del Don en el verano de 1942. Los historiadores entrevistaron a múltiples miembros de la misma unidad (divisiones, regimientos y en un número menor de casos, compañías) para fundir los relatos individuales en una historia más extensa (el curso de la batalla en general, pero también choques o sucesos más locales) contada

desde diversas perspectivas.[266]

Las primeras transcripciones realizadas por la comisión contenían las preguntas e incisos de los historiadores junto con las respuestas. Aquellas fueron omitidas en transcripciones posteriores para dotarlas del carácter de un

relato cerrado.[267] Pero en muchas de las entrevistas las preguntas pueden reconstruirse a partir de los patrones narrativos recurrentes. A veces los entrevistados empiezan con una pregunta, repitiendo las palabras del entrevistador. Las entrevistas con comandantes de renombre o soldados condecorados normalmente comenzaban con la petición de que contaran algo de su biografía personal: infancia, educación, profesión y cómo habían llegado a ingresar en el ejército y en el Partido Comunista. (La mayoría de los comandantes habían sido miembros durante años; los soldados, mucho más jóvenes por lo general, no habían ingresado hasta que estalló la guerra.) A esto seguía una descripción detallada de las tareas y responsabilidades militares.

Los historiadores les preguntaban por el «periodo más memorable» de su vida (como en el caso del coronel Nikolái Batiuk y el teniente coronel Kolesnik). A veces las respuestas les decepcionaban. El jefe del regimiento Guénrij Fugenfirov dijo: «¿Cómo puedo seleccionar un detalle característico o los rasgos distintivos de un combate si las bombas no paraban de llover sobre nosotros y el regimiento estaba bajo bombardeo aéreo días enteros?». Los historiadores querían saber cuándo la batalla por la ciudad se había recrudecido con más intensidad, y en qué se diferenciaba de las operaciones de combate en otros lugares (como con el coronel Smirnov y el jefe del regimiento Fugenfirov). Muchas preguntas trataban de lo que había pasado antes, durante y después de la batalla: «¿Cómo entrenábamos a los soldados para el combate?» (comisario de batallón Stepanov); «¿Cómo nos enfrentábamos al miedo a los tanques?» (teniente coronel Svirin); «¿Cómo trabajábamos con los francotiradores?» (capitán Oljovkin); «¿Qué significado tenía cruzar el río?» (capitán Semion Rivkin); «¿Qué hizo el batallón de zapadores durante el combate?» (teniente Kolesnik); «¿Qué hicimos a continuación del ataque?» (coronel Smolianov); «¿Qué estamos haciendo ahora?» (subteniente Ayzenberg). Prácticamente en todas las entrevistas se preguntaba por soldados cuyos actos les hubieran distinguido entre los demás. Por ejemplo: «No recuerdo exactamente quiénes se distinguieron especialmente en aquel combate. Algunos resultaron muertos, otros heridos» (sargento Karpushin). A los responsables políticos les preguntaban por la eficacia de su tarea: «¿Cómo llevábamos a cabo la labor política y de partido?» (comisario de división Levikin); «¿Qué opinaban los soldados de nuestras actividades?» «¿Qué tipo de personas venían a unirse a nuestro partido?» (coronel Smolianov), «¿Cómo se comportaban los comunistas [en la batalla]? (secretario de división Alexander Koshkarev). También les interesaba oírles hablar de las deficiencias del Ejército Rojo y preguntaban a los comandantes por «sus propios fallos» (general Chuikov). Hacia el final de las conversaciones solían preguntar por los ascensos o medallas recibidas por los soldados. El soldado de infantería Alexéi Pavlov resumía así su historial:

«En total he matado a once alemanes y destruido una ametralladora».[268]

Algunos soldados eran muy comunicativos, otros más reservados. En parte se debía a las dificultades lingüísticas. Como explicó un soldado letón, «Tal vez podría contar más, pero no domino bien el ruso. Además, no está

bien hablar de uno mismo».[269] Los dialectos rurales coloreaban el lenguaje de algunos testigos, en concreto de los comandantes, que hablaban más abiertamente que sus subordinados. Los soldados, en su mayoría, solían ir deprisa y al grano. La entrevista más corta ocupaba dos o tres páginas mecanografiadas en letra grande, pero la mayoría tenía una extensión de entre ocho y quince páginas, llegando en algunos casos a las veinte o treinta. Algunos de los soldados entrevistados se ceñían a la lucha en Stalingrado; otros se explayaban más sobre sus antecedentes familiares y cómo habían llegado al Ejército Rojo. Este segundo tipo era del agrado de los historiadores, que querían mostrar «personas reales», no solo amontonar un conjunto de relatos.

El personal de Stalingrado trabajó diligentemente, llegando a realizar muchas más entrevistas que otras delegaciones de historiadores del frente. El rendimiento global de la comisión durante la guerra fue no obstante considerable: más de 5000 transcripciones de entrevistas con soldados, partisanos y civiles que cubrían zonas de guerra muy amplias, desde el frente

y el campo a los territorios ocupados.[270]

Esta masiva recopilación de documentos constituye un hecho único en la investigación histórica de carácter militar y social. Así queda patente cuando se compara con un proyecto ostensiblemente similar emprendido por las

fuerzas armadas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.[271] El principal historiador bélico del ejército de Estados Unidos, el teniente coronel Samuel Marshall, y un equipo de colaboradores entrevistaron a grupos de soldados en las horas posteriores al combate en el Pacífico y en algunos

escenarios de operaciones europeos.[272] Marshall declaró haber entrevistado a un total de cuatrocientas compañías, cada una de ellas formada por 125 hombres. No obstante, Marshall no se consideraba un historiador documental. El propósito del proyecto era reforzar la eficacia de combate del ejército. A partir de las entrevistas concluyó que la mayoría de los soldados —él situaba la cifra entre el 75 y el 85 %— se sentían tan superados por el miedo durante