Stalingrado
La estrategia del héroe
Soldados de la 284.ª División de Fusileros reciben cartas y periódicos en Stalingrado, 1942.
Además de resaltar la importancia histórica de la batalla de Stalingrado, los responsables políticos proporcionaban información sobre las operaciones de combate en los alrededores para dar a los soldados una sensación de participación activa. «Tengo que decir», comentó el comandante Serov, «que incluso cuando se informaba de que, por ejemplo, la estación de tren de Gorshechnaya o el enlace ferroviario había sido tomado, incluso esas pequeñas victorias hacían feliz a la gente. […] Cuando se enteraban o leían en un boletín que nuestros chicos habían avanzado aunque solo fuera un poco, se generaba una sensación de “estamos ganando terreno”. Y cuando se iniciaban avances rápidos como los del norte del Cáucaso era cuando los chicos se alegraban de verdad. El entusiasmo era patente: “parece que ahí les están sacudiendo pero bien… ¿y nosotros, no somos igual de buenos que ellos? ¡Vamos a darles nosotros también!”.»
LA ESTRATEGIA DEL HÉROE
En la ideología marxista soviética, los seres humanos son inherentemente maleables, conformados por su entorno; a través del condicionamiento social, cualquiera podía convertirse en un héroe. Los asesores políticos eran los encargados de esta tarea. El comisario de brigada Vasiliev contó la historia de un soldado de la 45.ª División que combatía bien pero mostraba tan poca disciplina que su politruk escribió una carta a sus padres quejándose. Antes de enviarla, leyó al soldado infractor su contenido: «Él se sintió realmente mal por ello, y para entonces había ganado una medalla, pero sus padres le enviaron un tremendo rapapolvo desde casa. Así que tuvimos que escribir otra carta explicándoles cómo el chico había rectificado y se había distinguido en combate, llegando a recibir una condecoración del Gobierno. Se había convertido en un hombre completamente nuevo. Serov, el jefe del departamento político, le había tomado bajo su protección. El soldado fue mejorando de forma constante y nunca más dio un problema. Era como si hubiera sido así toda la vida». El comandante Serov describió el incidente con más detalle desde su posición de observador privilegiado:
Había un tal Kiselyov en nuestra 1.ª Compañía del 157.º Regimiento, un verdadero tarambana.
Hablábamos con él, le arrestábamos, le metíamos en el calabozo, pero no servía para nada. Era un
infractor de la disciplina fuera de lo normal. No hacía caso a nada. Entonces Narovishnik, que era
el responsable político adjunto de la compañía, decidió escribir a sus padres: «Este es el
escandaloso comportamiento de su hijo; quizá ustedes puedan ayudar». Aquella carta se leyó en
voz alta ante la compañía. La compañía supo así que la carta se había enviado a sus padres y él
también. Ya solo el hecho de que enviáramos la carta a sus padres le hizo reflexionar. La respuesta
llegó cuando él se fue al frente: «¿Por qué traes la vergüenza a tus ancianos padres? No podemos
mirar a nuestros vecinos a la cara. ¿Te has olvidado de que cuando te fuimos a despedir te dijimos
que te comportaras?». Luego su hermana añadía lo embarazoso que había sido recibir esos
informes de él: «Si quieres considerarme tu hermana, lucha como nuestro hermano mayor, que en
paz descanse». Esto fue lo que hizo abrir los ojos al chico. Mató a nueve fritzes e hirió a siete más,
o al revés. Él mismo resultó herido y fue enviado al hospital.
Las hazañas heroicas, definidas por lo general como acciones en las que los soldados tenían que vérselas contra una fuerza superior en número y en armamento, a menudo eran difundidas mediante folletos que se distribuían en los sectores donde habían ocurrido, con la idea de que los que las leyeran conocieran a los «héroes del día» personalmente y eso les estimularía a
emularles.[156] La 13.ª División de Fusileros de la Guardia recibió panfletos con fotos de los soldados condecorados y breves descripciones de sus hazañas. «Esto causa una impresión extraordinaria», comentó el comisario de brigada Vasiliev. Como explicó el responsable para asuntos políticos de la división, los panfletos se leían en voz alta a las unidades y luego se enviaban
a los miembros de la familia.[157] De esta forma la administración política aprovechaba la influencia de las familias y los lugares de procedencia de los soldados para sacar más partido tanto a los castigos como a las distinciones.
Soldados del Ejército Rojo leen un periódico mural en Stalingrado, 1942. Fotografía de Natalia Bode.
El comisario de brigada Vasiliev veía en un komsomol de su unidad la encarnación del ideal bolchevique del héroe de guerra. El soldado emulaba conscientemente las hazañas de célebres predecesores suyos y quería que su ejemplo de sacrificio inspirara a otros a seguir la heroica tradición:
Voronov, por ejemplo, un miembro del Komsomol, había leído Así se templó el acero, de
Ostrovsky, y vivía con la obsesión del artillero de Ostrovsky. Recibió veinticinco heridas en
combate y solo abandonó el campo de batalla cuando sus brazos, alcanzados por las balas en
varios lugares, ya no le obedecían. Estaba al mando de un puesto de ametralladora. Estaba
literalmente desangrándose y le propusieron llevarle a la unidad médica. Él dijo: «No, seguid
luchando. Iré yo solo». Fue andando a gatas unos trescientos metros mientras se desangraba.
Cuando le llevaron hasta el batallón médico, estaba completamente hecho trizas y dijo: «Ahora soy
como el artillero de Ostrovsky». Eso es un hombre que vive por un ideal y te hace pensar que
nosotros hacíamos nuestro trabajo sin llegar a darnos verdaderamente cuenta de lo que habíamos
conseguido.
Lo que Vasiliev quería decir es que el trabajo de los responsables políticos era lo que había puesto la novela Así se templó el acero en manos de Voronov.
Mientras que algunos soldados se comportaban conforme al modelo de unas nociones idealizadas de lo que era un héroe, otros extraían su motivación de recursos más básicos. «A la gente se le informaba de la trascendencia de estos éxitos», explicaba el comisario de regimiento Dmitri Petrakov, de la 308.ª División de Fusileros. «Se les prometía una recompensa: por un soldado alemán capturado, la Orden de la Estrella Roja; por un oficial, la Orden de la
Bandera Roja, y el máximo honor era la Orden de Lenin».[158] Muchos de los entrevistados corroboraron las incontables hazañas heroicas que en efecto se produjeron en el Frente de Stalingrado. «Sin exagerar», informaba el comandante Piotr Zayonchkovski, del 66.º Ejército, «cabe afirmar que durante la lucha en Stalingrado, todos salvo un puñado de comandantes y soldados
mostraron un enorme heroísmo.»[159] El general Chuikov refería que «tenemos constancia de tantos héroes en la batalla de Stalingrado que se asombraría usted de las capacidades de nuestro pueblo ruso, nuestro pueblo soviético. Y a saber de cuántos héroes más no se ha llegado a saber nada», se preguntaba. «Deben de haber sido diez veces más.» Según un memorándum interno, en junio de 1943 los militares habían otorgado 9601 medallas a los
soldados del 62.º Ejército por haberse distinguido en la batalla.»[160] Los periódicos del ejército rendían con regularidad tributo a los soldados condecorados, y muchas ediciones del Estrella Roja estaban en su mayor parte ocupadas por los nombres y graduaciones de los que habían sido recientemente condecorados y las medallas que se les habían concedido. Esto recordaba a la práctica utilizada con los trabajadores de choque en la década de 1930, cuyos logros eran citados uno por uno en los periódicos soviéticos.
Para promover el heroísmo en la batalla, los mandos militares y responsables políticos condicionaban a sus soldados para no tener miedo. El capitán Andréi Afanassiev, de la 36.ª División de Fusileros, resumía la tarea en pocas palabras: «Tras el primer bautismo [de fuego] decidí alimentar una
especie de desprecio por la muerte entre el personal».[161] Dos terrores eran los que se mencionaban más a menudo: el temor a los pánzer enemigos y el temor a los ataques aéreos. Los jefes enseñaban a los soldados a protegerse de los tanques cavando agujeros en el suelo y les hacían demostraciones de cómo
utilizar los bazucas y otro tipo de armamento anticarro.[162] Les enseñaban que el miedo era un instinto animal que podía vencerse mediante una reflexión y acción conscientes. Alexander Sikorski, un hidrógrafo militar del 62.º Ejército, explicaba cómo el soldado soviético «ha demostrado que su miedo ya no forma parte de él, que no teme nada. Todos los hombres nacen con miedo, el miedo es una característica que todo ser humano posee, pero el
miedo abandonará a los héroes y se quedará con los cobardes».[163] Este énfasis en la fuerza de la voluntad humana fue constantemente mencionado en
las entrevistas de Stalingrado.[164] Cuando los soldados hablaban del miedo, normalmente era como algo condicionado, algo que habían sentido inicial o intermitentemente y que podían desconectar y vencer voluntariamente. El capitán Afanassiev, a pesar de su decisión de enseñar a sus hombres a no temer nada, confesaba el pánico que sintió durante un fuerte ataque alemán el 20 de agosto de 1942: