Stalingrado
El francotirador Vasili Zaitsev
Celebramos un mitin en el campo el 7 de marzo, cuando nos enteramos de que al camarada Stalin se le había concedido el rango de Mariscal de la Unión Soviética. Eso nos hizo muy felices a todos. Ya lo habíamos dicho antes, habría sido muy bonito verle de uniforme.
Todos los documentos y las distinciones del camarada Stalin nos causaban una gran impresión. Cuando las cosas estaban peor que nunca, sabíamos que no estábamos solos. Recuerdo que en octubre —el peor mes para nosotros— yo iba paseando por la noche con mi ordenanza, Korostiliov, y tuvimos que esperar dentro de un cráter a que terminara el tiroteo. Le pregunté, en broma, si pensaba que Stalingrado iba a poder resistir. Él me contestó: «No creo que Stalin se haya equivocado». Lo dijo con sencillez, pero con una fuerte convicción de que Stalin estaba pensando mucho en los que estábamos allí, en Stalingrado.
Y lo sentimos con especial fuerza cuando nos enteramos de que se iba a crear la nueva Medalla por la Defensa de Stalingrado y se iba a conceder a
tres ciudades el título honorífico de Ciudad Heroica.[123]
Un administrativo de nuestro regimiento reaccionó ante uno de los decretos de Stalin (de noviembre, si mal no recuerdo) de esta forma: «Nada aporta más orden a mis pensamientos que este decreto». De esa forma, los decretos de Stalin aportaron orden tanto a las actividades como a los pensamientos de nuestros soldados. Siempre sentimos que se preocupaba por nosotros, y siempre fuimos capaces de apreciar su sabiduría.
En Stalingrado me convertí en miembro del partido. En Stalingrado me ascendieron a capitán y recibí la Orden de la Bandera Roja.
[Firma:] N. Aksionov, 20 de mayo de 1943
[A mano] He leído esta transcripción. Comandante Aksionov, 5 de marzo de 1946
EL FRANCOTIRADOR VASILI ZAITSEV
El nombre de Vasili Zaitsev le resultará familiar a muchos lectores gracias a la película Enemigo a las puertas (2001). Sin embargo, muchas partes de la historia que relata son ficticias, al margen de que el actor Jude Law es alto y delgado, y no se parece nada al hombre que encarna. (El verdadero Zaitsev era un hombre bajo y fornido.) Según la película, Zaitsev aprendió a disparar cazando lobos con su abuelo. Pero tal y como le contaba a los historiadores, Zaitsev adquirió su habilidad cazando ardillas con su padre, su madre, su hermano y su hermana. El objetivo era cazar las ardillas necesarias para que su madre pudiera hacerle un abrigo de piel a la hermana. En la película, Zaitsev es «descubierto» por un comisario que le cuenta al periódico del ejército algunas anécdotas sobre las hazañas del francotirador. Pero el verdadero Zaitsev no fue descubierto por un comisario; siguió el ejemplo de otros francotiradores de Stalingrado cuyas cifras de enemigos abatidos se publicitaban ampliamente en el seno del Ejército Rojo. Por último, la película nos induce a creer que los alemanes, tras fracasar en sus reiterados intentos de matar a Zaitsev, enviaron a su francotirador más experimentado, el comandante Erwin König, para enfrentarse cara a cara con el tirador ruso entre los escombros de la fábrica de tractores. Aunque Zaitsev contaba que libró un duelo de tres días con un excelente francotirador alemán al que llamaba «comandante Koning», no hay ninguna prueba de que alguna vez
existiera un francotirador con ese nombre.[124]
Conforme a los comentarios anteriormente mencionados del comandante Aksionov, el movimiento de los francotiradores en Stalingrado comenzó en octubre de 1942, durante los combates más encarnizados. El empleo de los francotiradores, al igual que el de las tropas de choque, era una de las tácticas preferidas por el mando del 62.º Ejército para el combate callejero. Los francotiradores del regimiento del teniente coronel de la Guardia Meteliov, de la 284.ª División de Fusileros, provocaron una gran sensación. Según Aksionov, los 48 francotiradores del régimen mataron a 1278 alemanes.
El primer francotirador que se hizo famoso en el regimiento fue Alexander Kalentiev. Había recibido formación como francotirador, pero trabajaba como oficial de enlace en el Estado Mayor del regimiento. En una entrevista con un periódico militar a principios de octubre, Kalentiev explicaba que la gran publicidad que se daba a las hazañas de otros francotiradores soviéticos le incitó a seguir su ejemplo. Se acercó hasta la principal línea de batalla y «maté a diez fritzes, mi primer manada de diez». Kalentiev anunciaba que iba a multiplicar esa cifra cuando se conmemorara el
25.º aniversario de la Revolución de Octubre, el 7 de noviembre.[125] Logró matar veinticuatro soldados enemigos antes de que la bala de un francotirador
alemán le alcanzara y le matara.[126] Kalentiev y otros soldados del Ejército Rojo desplegados en el Frente de Stalingrado recibían de manos de la Administración Política Principal unas pequeñas libretas para anotar el número de soldados que habían matado y la cantidad de material militar que habían destruido. En la cubierta de cada libreta figuraban las siguientes palabras de Iliá Ehrenburg: «A menos que hayas matado por lo menos un
alemán un día concreto, has malgastado ese día».[127]
La propaganda sobre los francotiradores se extendió durante el mes de octubre. Los francotiradores más destacados se comprometían públicamente a incrementar su cifra de víctimas en honor del aniversario de la revolución. Los mandos del ejército les animaban a formar a otros soldados y a crear un
movimiento de francotiradores.[128] Los periódicos publicaban regularmente las cifras totales de enemigos abatidos por los francotiradores. Un artículo del 21 de octubre llevaba como titular nada más que «66» en negrita; convocaba una «competición socialista» con motivo del inminente aniversario. Uno de los titulares preguntaba directamente: «El francotirador Sitnikov ha matado a 88 alemanes. ¿Y tú?». Era una forma de avergonzar públicamente a los
soldados que todavía no habían inaugurado su cuenta.[129] La campaña utilizaba un tono parecido al del trabajo de choque de la década de 1930. Sitnikov mencionaba que antes de la guerra había participado en el movimiento estajanovista como minero. Cuando se enteró de la competición con motivo del aniversario, pensó que podía seguir el ejemplo de los estajanovistas y superar sus anteriores objetivos de soldados enemigos
abatidos.[130] Durante los años treinta, los estajanovistas fueron elogiados como «personas excelentes» (znatnye liudi) de la nueva era socialista. En Stalingrado se impuso una variante: todo francotirador con más de cuarenta
víctimas era considerado un «tirador excelente».[131]
El aparato político no solo espoleaba a los soldados a distinguirse en las «competiciones socialistas», sino que además avivaba las llamas del odio contra los alemanes. El odio que cultivaba daba sus buenos frutos. En su entrevista, Aksionov comentaba que en Stalingrado todos los soldados y comandantes «ardían en deseos» de matar el máximo número posible de alemanes. Estaba convencido de que aquel odio fue el origen del movimiento de francotiradores en la 284.ª División de Fusileros. Anatoli Chekov, un francotirador de la 13.ª División de la Guardia, dejaba claro en su entrevista de octubre de 1942 con Vasili Grossman que a él lo que le movía era el odio. Chekov recordaba lo que sintió después de matar a su primer alemán: «Me sentía fatal: ¡había matado a un hombre! Pero entonces me acordé de nuestros propios muertos y empecé a masacrarlos sin piedad. […] Me he convertido en un hombre bestial: los mato, los odio como si mi vida entera fuera a ser así. He matado a cuarenta hombres —a tres les disparé en el pecho, al resto en la
cabeza».[132] También Zaitsev afirmaba que lo que le movía era sobre todo el odio.
El nombre de Zaitsev apareció por primera vez en el periódico militar el 2 de noviembre. Se le describía como un recién llegado al Frente de Stalingrado que rápidamente se convirtió en uno de los francotiradores de mayor precisión de todo el ejército, un hombre que sale «cada mañana al amanecer a “cazar fritzes”». El artículo citaba elogiosamente su saldo —116 alemanes abatidos
— y el hecho de que se hubiera hecho cargo de otros soldados.[133] Cuatro días después, ante el inminente aniversario de la revolución, el periódico informaba de que Zaitsev ya tenía 135 muertos en su haber. También informaba de los totales de los discípulos de Zaitsev, que cumplían «honrosamente con sus obligaciones»: uno de ellos había matado a veinte
alemanes; otro, veinticinco, y un tercero, 33.[134] Después del aniversario, el periódico instaba a los francotiradores a seguir adelante con su «feroz
competición» sin que les flaquearan las fuerzas.[135]
Al final de la batalla de Stalingrado, Zaitsev había matado a 242
alemanes, más que cualquier otro francotirador del 62.º Ejército.[136] El 15 de enero de 1943 sufrió una lesión en un ojo y estuvo tres semanas ingresado en un hospital militar. El 22 de febrero, cuando acudió a la consulta de un oftalmólogo en Moscú, Zaitsev se enteró de que iban a honrarle como Héroe de la Unión Soviética. Antes de la ceremonia de condecoración —estaba previsto que el presidente Mijaíl Kalinin le otorgara el título en el Kremlin el 26 de febrero— Zaitsev recibió una carta del profesor Mints donde le invitaba al instituto para el Estudio de la Gran Guerra Patriótica. Zaitsev pensó que iba a tener que dar una charla sobre el movimiento de los francotiradores en Stalingrado, y estaba nervioso cuando llegó, no muy bien preparado, sobre todo porque el redactor jefe del Pravda, Piotr Popielov, estaba presente. Como escribía en sus memorias: «Me pongo a responder a las preguntas, hablo sobre mis camaradas, sin mirar en mi bloc de notas, donde tan solo figuran las tesis de la primera parte del informe. Pasa una hora, luego otra. Empiezo a preguntarme por qué nadie me pide que inicie mi charla. Finalmente, llegan a la conclusión de que mi informe tiene valor científico. Me quedo atónito: pero ¿qué valor, si no he leído ni una sola tesis de mi bloc
de notas?».[137]
Como en aquel momento no disponían de estenógrafas para registrar la entrevista con Mints, Zaitsev fue invitado de nuevo al instituto en abril de
1943, cuando se elaboró la siguiente transcripción.[138] En agosto de 1943 tuvo lugar una entrevista complementaria. Ese mismo año se publicó un texto
revisado de la entrevista en forma de folleto.[139] El testimonio de Zaitsev es el único relato de un testigo ocular de la batalla que publicó la Comisión Histórica. Hay diferencias considerables entre la versión publicada y la versión inédita de la entrevista. Los editores del folleto abreviaron o reformaron muchos pasajes sin advertir de los cambios. Adornaron o eliminaron secciones en las que Zaitsev resulta ser una figura un poco menos heroica. Por ejemplo, en la entrevista original, Zaitsev afirmaba que mató a su primer soldado alemán a una distancia de 250 pies [75 m]. En el folleto pasaban a ser 2500 pies [750 m]. Y lo mismo puede decirse del enfrentamiento final de Zaitsev con el francotirador alemán (la escena del desenlace de Enemigo a las puertas). En el relato de Zaitsev, él mató a su oponente después de que este depusiera su arma. El folleto describe el episodio de una forma distinta: el alemán, armado, «pierde la cabeza» cuando Zaitsev sale de un salto de la cuneta y le abate con sus «santas balas rusas».
[140]
Zaitsev siguió combatiendo en el frente durante todo el transcurso de la guerra. Cuando llegó a las puertas de Berlín, había ascendido hasta el grado de capitán. Después de la guerra, dirigió una fábrica de máquinas de coser en Kiev. Falleció en esa ciudad en 1991. En 2006, conforme a sus deseos, su cuerpo fue trasladado desde Kiev a una tumba situada en Mamáyev Kurgán.
La gran veneración que tenía el Ejército Rojo por sus francotiradores no se extendía a los francotiradores enemigos, a los que consideraba asesinos de masas; a los francotiradores que caían prisioneros los separaban del resto y
los ejecutaban.[141] Véase por ejemplo lo que ocurrió cuando el coronel Ivan Burmakov, que supervisaba el arresto del Estado Mayor de la 71.ª División de Infantería el 31 de enero de 1943, accedió a la petición de Fritz Roske, que quería despedirse de sus oficiales.
Sus comandantes se le acercaron, él les dio un beso y les estrechó la mano a todos. De repente se le
acertó un fritz de rostro desagradable y lloriqueante. Ahí realmente el gesto vino de parte de
Roske. Ilchenko estaba de pie a mi lado. [El teniente Fiódor Ilchenko hablaba alemán y actuaba
como intérprete.] Así que se le acerca aquel alemán. Roske le da la mano, le besa. Yo pregunto
quién es ese. Roske responde que es el mejor ametrallador de su ejército, que ha matado a 375
rusos. En cuanto oí «375 rusos», disimuladamente le pisé un pie a Ilchenko, que estaba de pie a mi
lado. Y así, aquel fritz lloriqueante fue liquidado nada más salir del sótano, antes de que pudiera
apuntar al número 376.
COMISIÓN SOBRE LA HISTORIA DE LA GRAN GUERRA PATRIÓTICA Transcripción de la entrevista con el camarada V. G. ZAITSEV 12 de abril de 1943
Entrevista realizada por el camarada Krol,[142] ayudante de investigación de la
comisión
Estenografía por la camarada Rosliakova
Vasili Grigorievich ZAITSEV: Héroe de la Unión Soviética, experto
francotirador[143]
Nací en una familia campesina el 23 de abril de 1915, en la aldea de Yeleninski, que está en el distrito de Agapov, en la región de Cheliabinsk. Mi padre era guardia forestal. Hasta 1929 me crié en el bosque. Pasé toda mi infancia en el bosque. Allí aprendí a disparar, y cazaba conejos, ardillas, zorros, lobos y cabras montesas. Probablemente me gusta tanto el bosque porque pasé toda mi infancia en él. Lo que significa que yo nunca me he perdido en un bosque, aunque fuera un bosque en el que no había estado nunca. Jamás me he perdido. El 1929 mi padre se incorporó a una granja colectiva. Fui allí con mis padres a nuestro pueblo, Yeleninski. […] Durante el verano cuidaba del ganado, era pastor. La Escuela Técnica de Construcción estaba en Magnitogorsk. Al mismo tiempo yo me estaba preparando para matricularme allí. Todavía no había decidido dónde quería estudiar. Tan solo había decidido que tenía que estudiar algo. La construcción no me interesaba demasiado, pero yo quería aprender. Me daba vergüenza estar cuidando del ganado. Pero yo seguía haciéndolo, y al mismo tiempo iba al colegio. Dejaba entrar a las vacas y ataba mi caballo con una cuerda larga. Después me sentaba a la sombra de un arbusto para estudiar. Me pasé el verano de 1929 cuidando del ganado, y aquel invierno inicié mis estudios en la Escuela Técnica de Construcción. Si alguien me hubiera preguntado dónde quería ir, le habría dicho de inmediato que quería ir al instituto de aviación. Quería ser piloto, pero en aquella época tanto mi salud como mi vista estaban muy maltrechas. De modo que en 1930 ingresé en la Escuela Técnica de Construcción. Era un estudiante excelente. En segundo y tercer curso me dieron premios. Mi nota media cuando salí era «excelente». Me licencié en 1932. Cuando era joven era muy pequeño, muy flaco y muy débil. Mientras estaba en aquella escuela construimos los dos primeros altos hornos de Magnitogorsk. Yo construía altos hornos y hornos de pudelaje. De modo que trabajé allí como aprendiz. Los obreros eran viejos. No tenían mucha idea de teoría, pero tenían mucha experiencia. Les dabas instrucciones y ellos te decían: «Solo eres un niño —yo llevo toda mi vida haciendo esto, y llegas tú a decirme lo que tengo que hacer». Aquello no me gustó. Me hizo sentir mal, de modo que me marché. Llevaba tres meses trabajando allí. Además, era un trabajo sucio. Hacía mucho calor, y había que llevar toda aquella ropa de abrigo. Empecé un curso de contabilidad. En Shadrinsk terminé un curso de nueve meses para ser contable. Cuando terminé, me enviaron al distrito de Kizilski, en la región de Cheliabinsk. A partir de 1933 trabajé como contable para la Comunidad de Cooperativas de Consumidores de la región de Kizilski. Me gustaba aquel trabajo cuidadoso y exigente. Estuve trabajando allí de contable hasta 1936. […] Me alisté en las fuerzas armadas a través del Komsomol y me incorporé a la Flota del Pacífico. Era miembro del Komsomol desde que estudiaba en la escuela técnica. En febrero de 1937 me incorporé a la Flota del Pacífico. […] Nuestra unidad tenía su base en Vladivostok. Es una ciudad única, en las montañas. Cuando uno compara Vladivostok con Cheliabinsk, con Sverdlovsk, con Shadrinsk, o con Tiumen, parece bastante desagradable. No es un sitio limpio. Hay muchos chinos y coreanos. Al principio no me gustaban demasiado, pero después de pasar un tiempo allí me acostumbré a la ciudad, me acostumbré a la armada, y ahora añoro enormemente el Extremo Oriente. Aceptaría encantado que me enviaran a cualquier tundra en el Extremo Oriente. Sencillamente, me encanta esa región. Allí los alrededores son muy bonitos, y la propia ciudad es fantástica, llegué a apreciarla de verdad. Por supuesto el clima es severo, pero me encantó aquella ciudad. Si después de la guerra sigo vivo, decididamente iré a prestar servicio en el Extremo Oriente, aunque al cabo de seis años te obligan a marcharte, y yo ya he vivido allí siete años.
Por orden del Consejo Militar de la Flota del Pacífico, a los que se licenciaban con las notas más altas de la Escuela de Intendencia Militar se les concedía el rango de técnico de intendencia de 2.ª clase. Esa orden se comunicaba por telégrafo, y se suponía que el documento por escrito llegaba más tarde. Yo tenía el empleo y el nivel de un oficial de grado medio, pero seguía siendo un marinero corriente. Me pusieron a cargo de un departamento. Me nombraron contable de la 4.ª Brigada de Submarinos de Vladivostok. Entre 1939 y marzo de 1941 presté servicio como contable con el rango de técnico de intendencia de 2.ª clase. Pero cuando empezaron a considerar los ascensos, resultó que mi graduación no había quedado debidamente registrada. La orden del Comisariado del Pueblo donde se me concedía el rango de técnico de intendencia de 2.ª clase nunca se emitió. Aquello me molestó, y fue solo el inicio de un montón de papeleos. Yo era un oficial de grado medio desde hacía ya seis meses, y de repente era solo un marinero corriente. A lo largo de toda mi carrera nunca había sido objeto de ni una sola medida disciplinaria, ni del partido, ni del Komsomol, ni de mi departamento. El Consejo Militar había manifestado su gratitud por mi trabajo. Durante todo aquel tiempo no había hecho nada mal, había realizado mi trabajo con una disciplina excepcional. Ellos llegaron a su conclusión: debía entregar mi uniforme de oficial y volver a llevar el de un simple marinero. Las órdenes son las órdenes. Denegaron mi solicitud, volvieron a enviarme a un cuartel, y prorrogaron mi periodo de servicio. Le escribí una carta al camarada Stalin. Quince días después me llegó una respuesta. La respuesta, escrita en nombre del camarada Stalin, decía: investíguese y preséntese un informe. A partir de ahí todo se solucionó rápidamente y me concedieron el estatus de un militar reenganchado. Pasé de ser un marinero corriente a que me concedieran el rango de reenganchado con diez años de servicio. […]
Cuando los alemanes iniciaron su aproximación a Stalingrado, presentamos una petición al Consejo Militar para que autorizara a los marineros del Komsomol a ir como voluntarios a defender Stalingrado. Yo me presenté voluntario para Stalingrado. […] Nuestra unidad se formó en Krasnoufimsk en septiembre de aquel año. El 6 de septiembre de 1942 llegamos a Krasnoufimsk. El día 7 nos trasbordaron directamente de un tren de tropas al siguiente antes de partir hacia Stalingrado. Había muchos soldados a bordo de aquel tren, éramos aproximadamente 5000. En Krasnoufimsk nos asignaron a la división de Batiuk, cuando todavía era una división de fusileros estándar. Nos dieron instrucción mientras íbamos de camino, en los vagones del tren. Así fue como aprendí a utilizar una ametralladora: puse una ametralladora en una litera de arriba, le pedí a un soldado ametrallador que me hablara de ella, y él me dijo cómo funcionaba. Yo era un mando y él era un soldado, pero era él quien me instruía a mí. Allí me nombraron comandante de un pelotón de intendencia, pero lo rechacé porque yo quería ser un soldado regular, un fusilero. Me dieron un arma y fui como fusilero. Yo tenía muy buena puntería incluso cuando todavía estaba en la armada.
Llegamos a Stalingrado entre el 21 y el 22 de septiembre. Entre el 20 y el 21 estuvimos en Burkovka. En aquel momento todo Stalingrado estaba ardiendo. Desde por la mañana hasta las siete de la tarde había batallas aéreas entre nuestros aviones y los del enemigo. Los aviones iban estrellándose e incendiándose uno tras otro. Toda la ciudad estaba ardiendo. Desde la otra orilla del Volga podían verse las llamas, las lenguas de fuego que se fundían para formar una enorme bola de fuego. Los heridos andaban y se arrastraban. Los llevaban a la otra orilla del Volga. Ver todo aquello tiene un profundo efecto en un recién llegado. Nos llenó de odio y de ira.
Ya habíamos limpiado nuestras armas y colocado las bayonetas. Simplemente estábamos esperando, esperando impacientemente. Estábamos en alerta máxima. Llevábamos nuestra munición, nuestros morteros, nuestras ametralladoras. Llegamos al Volga en secreto y cruzamos el río la noche del 21 al 22 de septiembre. Nos agregaron un representante de una división de la Guardia, pero no recuerdo de cuál. Después de cruzar el Volga, permanecimos en la orilla. Para entonces los alemanes ya estaban en la ciudad. Nos descubrieron a las seis de la mañana y nos atacaron con un intenso fuego de mortero. Había doce depósitos de combustible. Ocupamos la zona circundante. Tomamos aquellos doce depósitos de combustible. Entonces aparecieron sesenta aviones enemigos y empezaron a atacarnos. Bombardearon los depósitos, y acabamos cubiertos de gasolina. Nos replegamos al Volga, donde nos zambullimos en el agua al tiempo que nos arrancábamos la ropa en llamas. Nos quedamos en camiseta. Algunos estaban incluso desnudos, y otros se tapaban con sus impermeables. Con los fusiles preparados, pasamos al ataque. Obligamos a los alemanes a abandonar la zona de las fábricas, de la fábrica Metiz y de la planta envasadora de carne. Allí nos atrincheramos. Al cabo de un rato los alemanes nos atacaron, pero logramos resistir todas sus ofensivas.
Después de aquellas primeras batallas, el comandante del batallón me nombró su ayudante. Yo era el ayudante del comandante del batallón, su mano derecha. Durante los combates, nuestro batallón se había dispersado, y los alemanes lograron desbaratar nuestras formaciones de combate. El comandante del batallón me ordenó reunir a nuestros hombres y ponerme en contacto con él. Yo tenía mi propio ayudante, y entre los dos empezamos a reunir a los hombres y a recomponer las compañías. Tan solo logramos localizar a unos siete soldados de cada compañía. Después, cuando terminamos, había entre sesenta y setenta en cada una de las compañías. Organizamos nuestras formaciones de batalla. Una de nuestras unidades se había encontrado con una fuerte resistencia en el Barranco Largo y estaba empezando a retirarse. Me presenté allí con mi ordenanza. El comandante del batallón me dio la orden de mantener a raya al enemigo y de defender la línea. Yo obedecí sus órdenes y defendí la línea. Atacamos a los alemanes, les obligamos a retroceder, y enderezamos la línea. Frenamos en seco el avance alemán. Después de aquellas batallas, cuando estábamos a la defensiva, el mando me recomendó para la Medalla al Valor. Me la concedieron el 23 de octubre de 1942
El francotirador Vasili Zaitsev (derecha) y sus alumnos se sitúan en posición de emboscada en Stalingrado, diciembre de 1942.
Los alemanes empezaron a enviar a sus francotiradores para impedir nuestros movimientos. En una ocasión yo estaba con el comandante del batallón, el capitán Kotov, y vimos a un alemán salir de un salto. El capitán me da una orden: «Por allí hay un alemán: mátelo». Voy a por mi fusil, disparo, y el alemán cae muerto. Aproximadamente ochenta metros, y lo maté con un fusil corriente. La gente se entusiasmó bastante. Allí todo el mundo me conocía, y yo ya tenía mucha autoridad sobre mis soldados. Hacían bromas sobre el asunto, pero estaban impresionados. Vimos salir a otro alemán para ayudar al primero. El que yo había matado probablemente llevaba un mensaje. Alguien gritó: «Zaitsev, Zaitsev, por ahí sale otro, a ver si le das a ese también». Empuñé mi fusil, disparé —y cayó muerto. Fueron dos en el plazo de media hora. Aquello empezaba a gustarme. Me acerqué a la ventana y miré. Otro alemán salió gateando hacia los dos soldados muertos. Disparé y le maté.
Dos días después me dieron mi propio fusil de francotirador con mira telescópica. El capitán Kotov me lo entregó en nombre del comandante del regimiento, el coronel Meteliov. Empecé a aprender a disparar con aquel fusil. En nuestro regimiento teníamos a un francotirador, Alexander Kalentiev. Me ayudó a conocer aquel fusil de francotirador. Estuve tres días dando vueltas por ahí con Kalentiev, observando sus movimientos, viendo cómo trabajaba con su fusil. El teniente Vasili Bolsheshchapov me ayudó a conocer los aspectos mecánicos del fusil. A partir de ahí empecé a tender emboscadas, y tenía mucho éxito. Operar por mi cuenta me facilitaba vigilar a los alemanes. Y encima, había mucha gente intentando darme caza. Los alemanes ya sabían quién era yo.
Decidí reclutar más francotiradores y formarles. Dado que yo estaba matando entre tres y cuatro alemanes cada día, empecé a buscar alumnos. Recluté a cinco o seis alumnos. Dábamos clase en una forja. Aprendieron los aspectos mecánicos del fusil en un tubo de ventilación de la fábrica Metiz. Llegábamos a la forja, les enseñaba a disparar, y después salíamos a acechar al enemigo. Recluté a unos treinta alumnos en total. Cuando estaba convencido de que eran capaces de manejar sus armas con pericia, les llevaba conmigo a una emboscada —uno, dos, tres días. Se acostumbraron a disparar. Estudiaban las posiciones defensivas del enemigo, sus actividades, etcétera. Yo mismo los escogía. Eran mis amigos, y yo les quería. Lo compartíamos todo: a veces no había mucha comida y cada uno tenía que compartir las galletas o el tabaco que tuviera. Cuando la gente ve que eres sincero y honesto con ella, te coge cariño. Espero que si alguien llega a quererme, nunca me dé por imposible, y yo tampoco lo haré con ellos. Les enseñé a recordar todo lo que yo les decía. Así fue como recluté e instruí a mis alumnos.
No es demasiado difícil evaluar las aptitudes para el combate de una persona en el frente. Un francotirador tiene que ser audaz, despiadado e insistente; debe dominar su arma, tener buenas dotes tácticas y buena vista. Esas son las cualidades que determinan si alguien puede ser francotirador. Yo les enseñaba y salía con ellos de emboscada.
En una zona, cerca de Mamáyev Kurgán, necesitábamos tomar un búnker que nos impedía movernos con libertad —cruzar de un distrito a otro, traer víveres o munición. El mando nos asignó la misión de tomar aquel búnker. Nuestra infantería lo había intentado varias veces, pero sus ataques habían fracasado. En la zona había francotiradores alemanes. Yo envié a dos francotiradores de mi grupo, pero fallaron, les hirieron y quedaron fuera de combate. El comandante del batallón me ordenó que fuera allí en persona y me llevara a otros dos francotiradores. Me puse en marcha. Me topé con un francotirador alemán muy hábil. Levanté un casco hasta que asomara por encima de una trinchera y él lo tiroteó de inmediato. Tuve que averiguar dónde estaba. Era muy difícil, porque en cuanto intentabas echar un vistazo, el alemán te pegaba un tiro. Lo que significaba que había que engañarle, teníamos que ser más listos que él. Es decir, hay que utilizar la táctica adecuada. Pongo mi casco en un parapeto, él dispara, y el casco sale volando. Estuve cinco horas dándole caza. Tuve que recurrir al siguiente método. Me quité un mitón, lo puse en una tabla y lo saqué por encima de la trinchera. El alemán cree que alguien está levantando la mano como para rendirse, que no quiere combatir. El alemán dispara. Bajo el guante y miro por dónde ha entrado la bala. Basándome en los agujeros deduzco desde dónde está disparando. Si el guante tiene un tiro por este lado, significa que el francotirador está por allá. Si el alemán estuviera en otro sitio, el guante tendría el agujero en otro lado. Aquel tiro indicaba la dirección desde la que estaba disparando. Agarré un periscopio de trinchera y empecé a mirar. Le encontré. Nuestra infantería estaba justo en la línea del frente. Tan solo tenían que recorrer treinta metros para llegar a aquel búnker alemán. Yo seguí la pista del alemán. Se levantaba para observar a nuestra infantería. Para eso tenía que soltar su fusil. Justo entonces asomé de la trinchera, empuñé mi fusil y disparé. Le di. Después abrí fuego contra las troneras del búnker, desde las que los alemanes estaban disparando sus ametralladoras. Empecé a disparar contra las troneras para impedir que los ametralladores empuñaran sus armas. Entonces nuestra infantería tomó al asalto el búnker. Lo tomamos sin sufrir ninguna baja.
Ahí lo único que hubo fue una buena táctica: tuve que ser más listo que mi oponente. Eso evitó que sufriéramos bajas y nos permitió cumplir nuestros objetivos.
En lo alto de un cerro había una compañía que había quedado aislada por los francotiradores y las ametralladoras de los alemanes. No resultaba fácil llegar allí. El mando intentaba averiguar dónde se ocultaba el enemigo. Salieron dos o tres veces, pero no lograron encontrarles. El coronel Meteliov, comandante de nuestro regimiento, me pidió que localizara las posiciones de fuego del enemigo, que averiguara dónde se escondían los francotiradores, y que despejara el acceso. Me puse en marcha con dos de mis hombres los soldados Nikolái Kulikov y Dvoyashkin. Salimos a las cinco de la madrugada, antes del amanecer. Durante el día no se pueden ver los fogonazos, no se puede ver desde dónde disparan, y por eso hay que trabajar de noche. Nos metimos en una trinchera, liamos un cigarrillo bien grande e hicimos una especie de cruz con palos. Después la envolvimos con trapos para conseguir algo que se pareciera a una cara. Después le pusimos un casco, le colocamos el cigarrillo encendido en la boca, le pusimos un abrigo y lo exhibimos. El francotirador alemán ve a un hombre fumando un cigarrillo. Cuando alguien dispara en la oscuridad, se ve claramente el fogonazo. Así fue como logré localizar al francotirador alemán. Cuando Kulikov levantó aquel señuelo de palos, el alemán empezó a dispararle. Disparaba, Kulikov lo bajaba, y después volvía a asomarlo. El alemán pensaba que no le había dado, de modo que volvía a disparar. Para entonces yo ya había conseguido averiguar la posición exacta del emplazamiento y de los francotiradores alemanes. No fui capaz de liquidarlos. Tan solo logré averiguar dónde estaban. Me puse en contacto con nuestra artillería anticarro. Destruyeron los búnkeres alemanes y mataron a los francotiradores. Así fue como conseguimos llegar hasta la compañía que había quedado aislada.
Hay que tener inventiva. Hay que encontrar el enfoque táctico adecuado para burlar al enemigo. Matarle no lleva mucho tiempo. Pero ser más listo que él, pensar cómo prevalecer sobre él —eso ya no es tan fácil.
Otro ejemplo. Estábamos intentando tomar un puente de hormigón. Tras varios intentos, seguíamos sin conseguirlo. Todos nuestros ataques habían salido mal. Conseguí llegar sigilosamente hasta el flanco de los alemanes con un grupo de cuatro francotiradores. De hecho, logramos colarnos hasta su retaguardia. Subimos a los edificios bombardeados. Cuando los nuestros empezaban a atacar, los alemanes salían en tropel y lanzaban granadas. Y fue entonces, al verles salir de sus escondites, cuando empezamos a liquidarlos. Ellos nos descubrieron y trajeron uno de sus cañones. Matamos a todos los artilleros. En el plazo de aproximadamente dos horas, entre los cuatro matamos a veintiocho alemanes. Fue el 17 de diciembre de 1942. Nuestra infantería logró ocupar aquel puente, muy bien fortificado. El puente había resistido muchos asaltos, gran cantidad de fuego directo, pero era imposible destruirlo. El hormigón tenía aproximadamente seis metros de espesor. Si le aciertas con un proyectil de artillería, lo único que consigues es hacerle una mella.
Entre el 5 de octubre de 1942 y el 10 de enero de 1943 anoté en mi cuenta 242 alemanes muertos. Había formado a un total de treinta francotiradores. Había establecido un nuevo movimiento, una escuela de francotiradores. En el número de Flota Roja del 15 de marzo de 1943 había un artículo del capitán de la Guardia Aksionov donde describía mi trabajo.
Yo había sufrido mucho acoso en la armada. Las condiciones eran sencillamente insoportables, e incluso algunas personas juiciosas me decían: «Zaitsev, yo en tu lugar me pegaba un tiro». Pero sobreviví, y quería a la armada a pesar de todos los imbéciles —no todos eran así, pero realmente el servicio de intendencia estaba repleto de imbéciles.
He aquí otro ejemplo. Los alemanes estaban trayendo refuerzos. No recuerdo la fecha, pero para entonces yo ya estaba en un regimiento distinto. Estaba allí con algunos de mis alumnos. Había otros cuatro trabajando en otro barrio. Yo estaba en un puesto de observación con el comandante. Se presenta un mensajero que me está buscando. Dice: camarada Zaitsev, se ha informado de una gran actividad de los alemanes en el sector de observación tal y tal. Están enviando refuerzos. Acudí con mis francotiradores para echarle un vistazo a aquellos refuerzos. Mandé llamar a los otros cuatro, así que en total éramos seis, incluyendo a mi alumno y a mí. Fuimos para allá a la carrera, entramos en un edificio bombardeado y tendimos una emboscada a los alemanes que avanzaban en formación. Les dejamos acercarse hasta una distancia aproximada de trescientos metros antes de empezar a disparar. Funcionó a la perfección. Había entre noventa y cien alemanes. No se lo esperaban. No sabían lo que ocurría, y se detuvieron: primero cae uno, después un segundo y luego un tercero. Hacen falta dos segundos para cada
disparo. Nuestro fusil [144] SVT tiene un cargador de diez cartuchos. Lo único que hay que hacer es apretar el gatillo y se carga el siguiente cartucho. En aproximadamente media hora matamos a 46 alemanes entre los seis. Aquella fue mi emboscada más memorable. Después de que termináramos, nuestra artillería y nuestros morteros se encargaron de eliminar al resto.
Recuerdo un momento interesante. Mis camaradas a menudo se ríen de ello cuando nos reunimos. Fue la primera vez que sufrí una conmoción. Me había subido al interior de una caldera que se había desmoronado. El edificio se había incendiado, lo único que quedaba era aquella caldera y una chimenea. Yo me había metido dentro y estaba disparando desde el interior, pero los alemanes me vieron y le acertaron a la chimenea con sus morteros. Quedé sepultado debajo de un montón de ladrillos, y mi fusil estaba roto. Había matado a muchos alemanes desde aquella caldera. Cuando quedé sepultado llevaba puestas unas botas grandes —de la talla 45— y no podía levantarme. Mi impermeable, que se había desgarrado en dos partes, estaba envuelto alrededor de mis pies. Saqué los pies, pero las botas se quedaron atascadas. Por cierto, llevaba dos horas allí, inconsciente. Cuando recobré el conocimiento, logré salir de debajo de los ladrillos y saqué las piernas, pero las botas, como decía, se quedaron allí, en la caldera. Tiré por ahí todos los ladrillos, pensando: «Al infierno con ellos si me matan». Me colgué el fusil roto del cuello, me envolví los pies en unos trapos, agarré mis botas con las manos y corrí descalzo por el callejón. Mis camaradas se ríen cuando se acuerdan. Menuda foto habría sido aquella. Por alguna razón los alemanes no me dispararon.
Y esta es otra anécdota. Fue en el Barranco Largo. Allí los alemanes tenían una cocina. En un sótano. Era por la noche, ya bastante tarde, el sol se había puesto. Estábamos en un edificio, fumando un cigarrillo. Y vemos a un alemán muy corpulento saliendo de alguna parte. Ellos tenían unas enormes ollas cubiertas de material aislante. Sale el alemán, todo vestido de blanco — aparentemente era un cocinero— y empieza a lavar la olla. Estaba a una distancia de aproximadamente cuatrocientos metros. Estaba en campo abierto. Alguien dice: «¡Zaitsev, pégale un tiro!». Levanté mi fusil, y justo en el momento en que el cocinero agarraba la olla para mirar dentro le pegué un tiro en la cabeza. Al caer, el hombre metió la cabeza dentro de la olla. Los soldados dijeron: «El enemigo ha recurrido al empleo de armamento de hojalata». Nos reímos mucho con aquello.
Empecé a disparar cuando tenía unos doce años. Todavía me queda un hermano. Cuando éramos niños cazábamos perdices y urogallos. Yo tenía muy buena puntería, ya de niño. Nuestro padre nos enseñó a cazar ardillas. Nos mandaba disparar cuando saltaban de un árbol a otro. Íbamos mucho a cazar: mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano y yo. Era divertido. Si le disparas a una ardilla con una escopeta, lo destrozas todo y echas a perder la piel. Teníamos una hermana, y mi hermano y yo decidimos cazar suficientes ardillas como para hacerle un abrigo de piel.
Pero teníamos que cazarlas con un solo perdigón, de modo que tuvimos que practicar esa técnica. Hacíamos nuestros propios perdigones. Eran de un
tamaño parecido al que se ven en los fusiles [145] TOZ de pequeño calibre. Yo entonces tenía unos doce años. Cuando aprendí a disparar bien, mi padre me regaló un rifle de caza. Pero nosotros seguíamos cazando ardillas para el abrigo de nuestra hermana, aproximadamente doscientas piezas. Mi hermana es mayor que yo. Mi hermano nació en 1918. Mi madre y mi hermana también sabían cazar. Mi madre es una persona de armas tomar. Allí el bosque es sobre todo de pino, con algún abedul que otro. Yo puedo disparar con los dos ojos. La visión de mi ojo izquierdo sigue siendo buena. Mi ojo derecho no es demasiado bueno.
En una ocasión resulté herido de gravedad. Tengo un trozo de metralla debajo del ojo derecho, y otro cerca del ángulo del ojo, también en el derecho. La esquirla que tengo debajo de mi ojo derecho no se puede retirar porque está debajo de la membrana mucosa. No me molesta, pero veo unos círculos rojos si miro hacia abajo y después vuelvo a levantar la mirada. Tengo otra esquirla en el ojo izquierdo. Estuve cinco días sin poder ver gran cosa. Tenía toda la cara quemada.
Estuve un tiempo cazando en el Extremo Oriente. Cazaba jabalíes, osos, bisontes, linces, lobos, zorros, faisanes. También tenía buena puntería en el ejército. Ya de niño tenía buena puntería, igual que mis padres. Probablemente la heredé de ellos. Mi madre ya es una anciana, lleva gafas, pero sigue saliendo a cazar. De vez en cuando una perdiz se posa en un abedul, y entonces mi madre sale, le pega un tiro y la deja seca. Después se la lleva a casa y la despluma.
Me enteré de que me iban a declarar Héroe de la Unión Soviética el 23 de febrero de 1943. Me había convocado a una reunión el camarada Shcherbakov, director de la Administración Política Principal. Cuando me presenté a su ayudante, el capitán Vediukov, yo todavía no sabía nada de la condecoración. Cuando llegué, todos me felicitaron. El decreto por el que se me otorgaba el honor se promulgó el 22 de febrero de 1943. El 26 de febrero recibí la Orden de Lenin. Me la entregó Mijaíl Ivanovich Kalinin. Ahora voy a ir a estudiar a Solnechnogorsk.
Normalmente, los francotiradores se ocultan en los edificios. Cuando nuestras fuerzas se encontraban fuera de la ciudad, teníamos que operar en campo abierto. Pero primero hay que estudiar el terreno. Averiguas dónde va a estar el enemigo y cómo va a llegar hasta allí, determinas el mejor lugar para una emboscada, estudias las defensas del enemigo.
Cuando vas a la caza de oficiales o soldados enemigos, desbaratas sus actividades, imposibilitas que se pongan de pie o que traigan munición, por ejemplo, o víveres. Averiguas cuándo hacen esas cosas. Vas allí, te quedas quieto, decidiendo qué arma es la mejor opción: tu subfusil o tu fusil. Si hay muchos enemigos, no puedes liquidarlos a todos con el fusil, pero con el subfusil puedes acribillarlos a todos. A veces disparas desde una posición y a continuación te trasladas a otra. Ellos empiezan a disparar contra tu posición, pero tú ya te has ido, estás en otro sitio. Siempre hay que preparar por anticipado varias posiciones de fuego. Y hacer muchos señuelos para despistar totalmente al enemigo. El enemigo dispara pero no da en el blanco. Yo disparaba, por ejemplo, desde debajo de un soldado muerto. También se puede disparar desde detrás de unas rocas.
Zaitsev es aceptado como candidato en el Partido Comunista, Stalingrado, octubre de 1942.
¿Cómo me hirieron? Estaba al acecho. Los alemanes me descubrieron. Ninguno de ellos podía alcanzarme. Yo no dejaba que se levantara ninguno de sus francotiradores. Yo estaba debajo de un vagón de tren. Decidieron disparar contra el vagón, con la esperanza de que me alcanzara algún trozo de metal, esquirlas, fragmentos, etcétera. Y eso fue lo que hicieron. Dispararon directamente al vagón. Los fragmentos del vagón salieron volando hacia mí. Un proyectil de artillería explotó justo encima de mí. Se me quemó el rostro, tenía heridas de metralla, toda la ropa desgarrada, una rodilla dislocada, y se me rompió el tímpano derecho. En pocas palabras, resulté gravemente herido.
Ingresé en el partido en octubre de 1942.[146] Hubo una ocasión en que mis hombres y yo nos vimos rodeados. Está el Volga, pero no se podía cruzar. Estábamos dentro de un cerco. No teníamos esperanzas de salir con vida. Eso era lo que yo pensaba, pero estaba al mando y no podía decirles eso a mis hombres. Era una situación extremadamente difícil. Yo era suboficial jefe por aquel entonces. Después de aquella primera batalla recibí una condecoración del Gobierno, la Medalla al Valor.
Estábamos en una situación terriblemente difícil. Teníamos un
representante de la Administración Política Principal del Ejército Rojo.[147] Le dije a nuestros comandantes que «no había terreno para el 62.º Ejército en la otra orilla del Volga. Este es nuestro terreno, y vamos a defenderlo y a mantenerlo en nuestro poder».
Desde las seis o las siete de la mañana hasta las siete de la tarde, los alemanes bombardeaban sin parar. Había […] bombardeos aéreos cada día. Había bombardeos de artillería y fuego de mortero. Los morteros de seis cañones bramaban todo el día sin cesar. Los bombarderos nocturnos llegaban después de anochecer para lanzar más y más bombas. ¿Hay alguna esperanza en semejante situación? Hay heridos, hay muertos. Pero es una ocasión magnífica para hacer acopio de odio. Cuando capturas a un alemán, sientes que podrías hacerle cualquier cosa —pero tiene valor como informador. Te lo llevas arrestado a regañadientes.
Cuando estábamos en la zona de la fábrica Metiz, los alemanes sacaron a rastras de su casa a una mujer (para violarla, sin duda). Un niño salió gritando: «Mamá, ¿dónde te llevan?». Ella gritó —no lejos de nosotros—: «¡Hermanos, salvadme! ¡Ayudadme!». ¿Cómo te afecta eso cuando no puedes hacer nada por salvarla? Estás en la línea del frente. No tienes suficientes hombres. Si sales corriendo a ayudarla te van a masacrar, sería un desastre. Y otras veces ves a chicas, jóvenes, o a niños colgados de los árboles en el parque. ¿Te afecta? Te causa un tremendo impacto.
No conocíamos el cansancio. Ahora me canso solo de caminar por la ciudad, pero entonces desayunábamos en torno a las cuatro o las cinco de la mañana, y cenábamos entre las nueve y las diez de la noche, nos pasábamos todo el día sin comer, y no nos cansábamos. Nos pasábamos tres o cuatro días sin dormir, incluso sin tener sueño. ¿Cómo podría explicarlo? Estás en un constante estado de agitación, toda esa situación está teniendo un terrible efecto sobre ti. Cada soldado, incluido yo mismo, está pensando únicamente en cómo obligarles a pagar más caro su pellejo, en cómo matar todavía más alemanes. Solo piensas en cómo hacerles aún más daño, en cómo fastidiarles todo lo posible. Yo resulté herido tres veces en Stalingrado. Ahora tengo un trastorno del sistema nervioso, y estoy temblando todo el tiempo. Me sorprendo a mí mismo pensando mucho en todo aquello, y esos recuerdos me causan un gran efecto.
Fui jefe de un grupo político en la Batería Voroshílov y miembro del buró de la organización del Komsomol. Conseguí buenas notas en la asignatura de la historia del partido y de la historia de los pueblos de la URSS. Estudié historia del partido entre 1939 y 1940. Me gustaba la historia del partido, pero sobre todo me gustaba la historia de la guerra civil. Leía mucho. Leí
Chapayev [148] [149] [150] , de Furmanov, leí cosas sobre Parjomenko, Kotovski,
Suvórov,[151] [152] Kutúzov, la Ofensiva de Brusilov. Todo eso fue cuando yo
estaba en la Armada. Leí [153] [154] Dos mundos , de Zazubrin, Bagration , Denis
Davidov [155] [156] (el primer partisano), a Serguéi Lazo —ese fue un gran libro.
Me gustaron mucho las historias de marineros de Staniukovich[157] y Rojo y
negro [158] de Stendhal. He leído a Novikov-Priboi, Guerra y paz, El jorobado
de Notre-Dame [159] .
La contabilidad es un trabajo agradable, tranquilo y silencioso. Le lleva a uno a las profundidades de la vida. Uno tiene la sensación de que está a cargo de algo, que algo depende de uno. Eso me gusta. Es un trabajo independiente, y cualquier cosa que hagas tienes que aplicársela a tu vida.
[…] Vino el coronel Vediukov, de la Administración Política Principal. El día 23 me ordenaron presentarme ante el general […]. Iba a haber una
presentación.[160] Yo seguía en el campo, al acecho. Me dieron el recado de que me habían convocado para entregarme un premio del Gobierno. También estaban conmigo otros francotiradores y marineros. Todo el mundo me conocía. Se difundió la noticia: Zaitsev iba a recibir un premio del Gobierno. Yo les pregunté: «Bueno, camaradas, ¿hay algo que queráis que comunique?». Sabíamos que el coronel Vediukov estaba con nosotros en la línea del frente. Pregunté: «¿Qué tengo que decirle al camarada Stalin de parte de los marineros del Komsomol? El coronel Vediukov está aquí, va a ir a Moscú y transmitirá nuestro mensaje». Me dijeron lo que tenía que pedir.
Yo les contesté: «De acuerdo, diré que…». Y se lo dije.
«Estupendo, márchate ya».
Me marché —y muy poco después aparecía todo en los periódicos.
El general Chuikov y el comisario Gurov examinan el fusil del francotirador Zaitsev. Fotografía de Georgi Zelma.
Ingresé en el partido durante el periodo más difícil. En octubre los alemanes no aflojaban ni un momento. Para entonces yo ya tenía algunos alumnos. Siempre estaba haciendo propaganda para el partido. Pensé que ya iba siendo hora de prepararme para ingresar en él. Me aconsejaron que lo hiciera. Yo pensaba: «¿Cómo voy a afiliarme al partido cuando no conozco el programa?». Leí el programa y presenté mi solicitud de ingreso allí mismo, en una trinchera. Dos días después me convocaron a una reunión con una comisión del partido. Para entonces yo había matado a sesenta alemanes. Me habían condecorado. Eso fue después del día 23 [de febrero].
[…] Trabajar en el cuartel general es lo peor que hay en el ejército. Acababa de librarme de trabajar como intendente, y ahora tengo que hacer ese mismo tipo de cosas otra vez. Yo pensaba: la gente está combatiendo. Yo quería hacer algo para que la historia supiera que he existido; de lo contrario, vives, pisas la tierra y luego todo se oscurece.