Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 22 de 38 · parte 1/3

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Stalingrado

La División de Fusileros de Gurtiev en combate

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Miré alrededor: había nevado. No se veían huellas de pisadas, no digamos gente. Le dije que ya casi habíamos llegado, que él se podía quedar allí mientras yo seguía adelante. Era un espacio diáfano, todo quedaba a la vista. Alguien empezó a disparar, pero yo seguí adelante con mi trineo. Entonces debieron de darse cuenta de que era una mujer porque interrumpieron los disparos, y luego fueron nuestros soldados los que dispararon. Yo llegué al poste que indicaba el sitio y desenterré el trigo. Limpié un poco la tumba bajo la que yacían mi marido y mi hija. Me quedé allí un rato. Ya había puesto el saco en el trineo. Él vino y me dijo: «¡Enséñeme dónde estaba enterrado! Tal vez quede algo más.» Yo le dije: «¡Adelante, mire usted!». Echó un vistazo. Yo me fui y él vino a gatas detrás de mí. Llegamos a la calle Comunista. Cuando alcanzamos el puente, me giré en otra dirección. Él dijo: «No, vamos a la oficina de la comandancia, tenemos que entregarles el grano». Yo pensé para mí, ¿había pasado por todo aquello para dárselo al comandante? Resultó que sí. Había un cartel escrito en ruso. Quien tenga conocimiento de dónde se almacena grano o ropa debe comunicarlo a la oficina de la comandancia. Enviaban uno o dos guardias, estos desenterraban el alijo y lo dividían entre ellos. Yo nunca recibí mi parte. No me dieron ni un grano. Se lo quedaron todo y me mandaron a casa. Había perdido el equivalente a dos cubos de trigo.

El día 26, cuando nuestras fuerzas estaban a punto de entrar en la ciudad, los alemanes ocuparon nuestro edificio, que convirtieron en su cuartel general. Nos echaron al patio a las cuatro de la madrugada, junto con los niños y nuestras cosas. Estuvimos viviendo en las trincheras durante dos días hasta que llegaron nuestros soldados.

 

LA DIVISIÓN DE FUSILEROS DE GURTIEV EN COMBATE

 

En septiembre y octubre de 1942, la 308.ª División de Fusileros, bajo el mando de Leonty Gurtiev, combatió de forma casi ininterrumpida. Luchó en

dos posiciones clave: primero en los altos de Kotluban,[65] 38 kilómetros al oeste de Stalingrado, y posteriormente en la fábrica de municiones Barricadas dentro del distrito industrial de la ciudad. La división, integrada por 10 000 soldados procedentes de Siberia, sufrió graves pérdidas durante la batalla. Para cuando a principios de noviembre la división fue puesta en reserva a la espera de refuerzos, el número de hombres se había reducido a 1727, de los cuales, según la estimación de Chuikov, solo unos pocos cientos podían

considerarse aptos para el combate.[66] Estas ocho semanas de intenso combate se describen en el hilo de conversación formado por las entrevistas con comandantes, funcionarios políticos y enfermeras de la 308.ª División de Fusileros.

 

Tras su regreso a Stalingrado, unos refugiados se sientan junto a las ruinas donde antes estuvo su casa, marzo de 1943. Fotografía de N. Sitnikov.

El avance de los pánzer desde el norte de Stalingrado hacia el Volga el 23 de agosto cogió a los soviéticos completamente por sorpresa. Abrió una brecha en la línea de defensa formada por el Frente Sudeste y el Frente de Stalingrado, permitiendo al 6.º Ejército alemán cruzar el Don y dispersar las unidades del 62.º Ejército soviético en poco tiempo. Entretanto, el 4.º Ejército Pánzer se fue aproximando a la ciudad por el sudeste, formando una bolsa con el 6.º Ejército que empujó a lo que quedaba del 64.º Ejército Soviético hacia el este. El 3 de septiembre, las puntas de lanza de cada ejército alemán unieron sus fuerzas cerca de Pitomnik, en las afueras al oeste de Stalingrado. Con las tropas soviéticas todavía reagrupándose, la ciudad era vulnerable a los ejércitos alemanes combinados. La batalla que los soviéticos habían planeado para la línea fortificada de defensa situada a lo largo del río Don tendría ahora lugar a lo largo del Volga, bajo unas condiciones mucho peores.

Stalin, que había ido siguiendo estos acontecimientos desde Moscú, presionó a sus generales para que actuaran de inmediato. El 26 de agosto, el general Zhukov, el nuevo comandante en jefe del Ejército Rojo, partió hacia Stalingrado con la misión de lanzar para el 2 de septiembre un ataque que sirviera de maniobra de distracción. El 1.º Ejército de la Guardia, con el apoyo del 24.º y el 66.º Ejércitos, así como del 4.º Ejército de Carros, tenía que abrir una brecha en el cordón septentrional de la Wehrmacht que fuera extendiéndose desde el Don hasta el Volga, rodeando a los alemanes y enlazando con el acosado 62.º Ejército. Zhukov comenzó los preparativos pero puso objeciones a los plazos de tiempo, que consideraba demasiado cortos, dado que varias de las divisiones con las que se contaba para la ofensiva estaban aún por llegar. Creía que un ataque coordinado no podía tener lugar antes del 6 de septiembre. El 3 de septiembre, el comandante del frente, Yeriomenko, informó a Stalin de un intenso bombardeo sobre la ciudad, que anunciaba que los ejércitos alemanes estaban a punto de atacar. En respuesta a ello, Stalin puso un telegrama urgente a Zhukov: «Stalingrado puede ser tomado hoy o mañana si el Grupo de Ejércitos del Norte no presta ayuda inmediata. […] Dadas las actuales circunstancias, el retraso constituye

un crimen».[67] Zhukov no tenía más opción que lanzar el ataque a la mañana siguiente, al que las unidades adicionales se unirían un día más tarde.

Aunque las tropas soviéticas superaban en número a las de sus oponentes, estaban en desventaja en varios aspectos. Las llanas y desarboladas estepas no ofrecían cobijo alguno, y las divisiones de fusileros soviéticas, al carecer de apoyo aéreo y blindado suficiente, estaban expuestas al fuego de la artillería y los ataques de la aviación alemana. Los soldados alemanes de la 76.ª y la 113.ª Divisiones de Infantería se habían atrincherado en las balkas, profundas hondonadas del terreno presentes en toda la región, que hacía de ellos blancos difíciles de acertar. También resultaría fatal la terca insistencia de

Yeriomenko en combatir de día.[68] Pese a todo, los soviéticos consiguieron penetrar unos cuatro kilómetros en el cordón, de ocho kilómetros de profundidad. El 8 de septiembre, se movilizó a la 308.ª División de Fusileros, que estaba en la reserva, para ser desplegada en Kotluban, en el centro mismo de la ofensiva, en un intento por conquistar una colina estratégica.

Llegado el 10 de septiembre, Zhukov se dio cuenta de que el pretendido avance no tendría éxito. Llamó a Stalin para pedirle más tropas y más tiempo para asestar un «golpe más concentrado». Stalin le mandó llamar a Moscú

para deliberar sobre cuál tenía que ser el próximo movimiento.[69] El 12 de septiembre, Zhukov, el jefe de Estado Mayor Vasilievski y Stalin debatieron sobre cómo podía el Ejército Rojo evitar la inminente catástrofe. Zhukov quería, como mínimo, otro ejército, más carros de combate y una fuerza aérea. También propuso algunas ideas para una contraofensiva a gran escala. Así fue como consiguió sacarse adelante el plan para rodear a los alemanes.

[70]

Entretanto, la ofensiva de Kotluban continuaba cobrándose un precio muy alto. Para el 15 de septiembre, nada menos que una tercera parte de los 250 000 soldados estaban heridos o muertos. El 18 de septiembre se inició una segunda ofensiva, esta vez con un número mayor de efectivos y una nueva formación. La 308.ª División de Fusileros había sido absorbida por el 24.º Ejército pero continuaba luchando cerca de Kotluban. Durante la encarnizada lucha sostenida los días 18 y 19 de septiembre, los soviéticos sufrieron 32 000 mil bajas entre muertos y heridos. A pesar de todo, gracias a esta operación se consiguió arrinconar a varias divisiones alemanas y algunos elementos de la Luftwaffe, reduciendo de este modo la fuerza del ataque

alemán sobre Stalingrado.[71]

A finales de septiembre, la desgastada 308.ª División de Fusileros fue destinada a Stalingrado. Tras tener que dar un rodeo de unos 160 kilómetros en torno al frente, alcanzó la margen derecha del Volga la noche del 1 de octubre. Desde allí fueron cruzando en tandas a la ciudad en llamas, con la misión de reconquistar los asentamientos de trabajadores situados frente a la fábrica de municiones Barricadas. El 3 de octubre, Paulus comenzó una larga ofensiva para hacerse con todo el distrito industrial del norte de Stalingrado. Los soldados de la 24.ª División Pánzer habían llegado a la fábrica de Barricadas el 4 de octubre y diezmado un regimiento entero de la 308.ª División de Fusileros. Aquella noche, Chuikov retiró de la línea de fuego a

los soldados de la división que aún quedaban.[72] A Stalin no le agradó. El 5 de octubre soltó una buena reprimenda a Yeriomenko: Stalingrado caería si no se recuperaban las partes de la ciudad que estaban en manos de los alemanes. «A tal fin, es necesario convertir cada casa y cada calle de Stalingrado en una fortaleza. Desgraciadamente, usted no ha sido capaz de hacerlo y sigue entregando una manzana de la ciudad tras otra al enemigo.

Eso demuestra lo mediocre de su actuación.»[73]

A mediados de octubre, la lucha en el distrito industrial alcanzó su punto álgido. El 14 de octubre los alemanes iniciaron un ataque a gran escala a la fábrica de tractores de Stalingrado, con el objetivo de avanzar a lo largo del Volga en dirección sur para llegar hasta el centro de la ciudad. El 17 de octubre los soldados alemanes consiguieron entrar en la fábrica de municiones Barricadas defendida por la 308.ª División de Fusileros. Al día siguiente, un piloto de un stuka resumía así el combate en su diario: «Nos pasamos el día haciendo barridos sobre las ruinas en llamas de Stalingrado. Yo no sé cómo la gente puede seguir viviendo todavía en ese infierno, pero los rusos se aferran a vivir entre las ruinas, las grietas, los sótanos y el caos de

las maltrechas estructuras de las fábricas».[74] Después de diez días de lucha —los participantes de ambos bandos los describieron como los más terribles de toda la batalla— el 62.º Ejército soviético había quedado reducido a tres cabezas de puente: una bolsa defendida por el grupo del coronel Serguéi Gorojov; algunas partes de la fábrica Barricadas sitas a la orilla del Volga (defendidas por los soldados de la 138.ª, 308.ª, 193.ª y 45.ª Divisiones de Fusileros); y una franja de terreno que se extendía desde el extremo oriental de Mamáyev Kurgán hasta el centro de la ciudad (en poder de la 284.ª

División de Fusileros y la 13.ª División de la Guardia).[75] En total, estas posiciones soviéticas comprendían en torno a 15 000 soldados físicamente

aptos. Para mediados de noviembre, esta cifra se había reducido a la mitad.[76] Los heridos de la 308.ª División de Fusileros habían sido retirados del campo de batalla y los que quedaban se unieron a la 138.ª División de Fusileros, que había adoptado una formación en erizo —con las armas apuntando hacia el exterior en todas direcciones— a las orillas del Volga, bajo el mando del

coronel Ivan Liudnikov.[77] El 17 de noviembre, dos días antes de que comenzara la Operación Urano, Hitler renunció a sus esperanzas de tomar Stalingrado antes del invierno. En su lugar, instó a sus comandantes a «tomar al menos las áreas comprendidas entre las fábricas de municiones y acero y el

Volga».[78]

Durante abril y mayo de 1943, los historiadores de Moscú entrevistaron a veinticuatro miembros de la 308.ª División de Fusileros que lucharon en Stalingrado —desde el comandante Leonty Gurtiev y el comisario de división Afanasi Svirin, a ingenieros militares, pasando por operadoras de centralita y enfermeras. Las entrevistas ofrecen vívidas descripciones del combate y la muerte, tanto dentro como fuera de la ciudad. Sobre todo, muestran cómo la división perseveró pese al continuo desgaste al que se vio sometida. Esto se debió en parte a la confianza de la división en sí misma y a la lealtad de los soldados a su comandante. Pero también encontró ayuda en los funcionarios políticos, cuyas palabras de ánimo les proporcionaban un apoyo moral en medio del fragor de la batalla. Una y otra vez, instaban a los soldados a mostrar su coraje y sacar el héroe que llevaban dentro. Si alguien moría mientras llevaba a cabo una acción heroica —como la enfermera Liolia Novikova, a la que hizo referencia el capitán Ivan Maksin— el ejemplo servía de acicate a otros en el odio al enemigo y el sacrificio de la propia vida por su país. Muchos de los entrevistados dan testimonio de hasta qué punto el adoctrinamiento político que recibían los soldados marcaba su discurso y su conducta. La enfermera Nina Kokorina trataba de emular a los héroes de guerra aclamados en su grupo del Komsomol. Los soldados de infantería Vasili Boltenko y Vasili Kalinin interiorizaron al parecer el mensaje de que la fuerza interior del soldado soviético era capaz de imponerse en el duelo entre el hombre y la máquina que ejemplificaba la pugna entre el Ejército Rojo y la Wehrmacht. En la formación militar soviética a los soldados se les decía que podían derribar un avión alemán o inutilizar un pánzer solo con su fuerza de voluntad. La confianza en la fuerza colectiva de los soldados queda simbólicamente expresada en la descripción de Fiódor Skvortsov de cómo una cadena humana restableció una línea telefónica averiada.

Las primeras entrevistas, con Mijaíl Ingor y Nina Kokorina, tuvieron lugar en Moscú, el 30 de abril de 1943; las restantes, entre el 11 y el 14 de mayo en la aldea de Laptievo.

 

Los entrevistados (por orden de aparición)

 

Gurtiev, Leonty Nikolayevich —General de división, comandante de la

308.ª División de Fusileros

Kokorina, Nina Mijailovna —Sargento mayor, enfermera del cuerpo de

sanidad, adjunta para asuntos políticos del cuerpo de sanidad del 347.º

Regimiento de Fusileros

Belugin, Vasili Georgievich —Comandante, comisario en el 347.º

Regimiento de Fusileros

Smirnov, Alexéi Stepanovich —Teniente coronel, jefe de la sección política

de la división

Rivkin, Semion Solomonovich —Capitán, comandante de un batallón

independiente de ingeniería de campaña

Svirin, Afanasi Matveyevich —Teniente coronel, subcomandante para

asuntos políticos de la división

Petrakov, Dmitri Andrianovich —Comisario del 339.º Regimiento de

Fusileros

Maksin, Ivan Vasilievich —Capitán, jefe de la sección política de la división

a cargo del Komsomol

Boltenko, Vasili Yakovlevich —Subteniente, jefe de sección y

subcomandante de batallón para las unidades de combate del 347.º

Regimiento de Fusileros

Seleznev, Gavriil Grigorievich —Soldado, batallón de ingeniería de

campaña

Stoilik, Anna Kipriyanovna —Enfermera, jefa de sección del cuerpo de

sanidad

Vlasov, Mijaíl Petrovich —Teniente, comisario en el batallón de artillería

del 351.º Regimiento de Fusileros (no se da fecha) Koshkarev, Alexander Fiodorovich —Secretario de la oficina del partido,

339.º Regimiento de Fusileros

Kushnariov, Ivan Antonovich —Teniente coronel, comandante del 339.º

Regimiento de Fusileros

Chamov, Andréi Sergeyevich —Teniente coronel, comandante del 347.º

Regimiento de Fusileros

Kalinin, Vasili Petrovich —Teniente, jefe adjunto de Estado Mayor del

Ejército para la Inteligencia, 347.º Regimiento de Fusileros Skvortsov, Fiódor Maksimovich —Soldado, telefonista Sovchinsky, Vladimir Makarovich —Comandante, jefe adjunto para

asuntos políticos, 339.º Regimiento de Fusileros Brisin, Iliá Mironovich —Subteniente, comandante de la sección de

zapadores, batallón independiente de ingeniería de campaña Dudnikov, Yefim Yefimovich —Soldado, sección de zapadores, batallón

independiente de ingeniería de campaña

Ingor, Mijaíl Lazarevich —Capitán, politruk, 347.º Regimiento de Fusileros Trifonov, Alexander Pavlovich —Politruk, 1011.º Regimiento de Artillería Stepanov, Alexander Dmitriyevich —Comisario de batallón, 1011.º

Regimiento de Artillería

Fugenfirov, Guénrij Aronovich —Comandante del 1011.º Regimiento de

Artillería[79]

 

General de división Leonty Nikolayevich Gurtiev (Comandante de la

308.ª División de Fusileros):[80] La división estaba integrada en su mayoría por siberianos. […] Nuestra unidad fue reclutada en marzo, abril y mayo. En mayo partimos hacia el campo de instrucción. Nos marchamos de allí a primeros de junio, para ir a la región de Sarátov. Durante un tiempo permanecimos en Karamyshevka, cerca de la estación de ferrocarril de Tatishchevo, donde completamos nuestra formación para el combate.

Allí nos visitaron representantes de la región y del Comisariado de Defensa del Pueblo. […] En julio, vino el camarada Voroshílov y pasó dos días con nosotros. Llevamos a cabo unas maniobras conjuntas con la 120.ª División. El camarada Voroshílov estaba encantado con nuestra división, se reunió con nuestros mandos y dio instrucciones respecto a los fallos que debíamos mejorar. Luego convocó a los comandantes de división y a los jefes de Estado Mayor de los distintos regimientos separadamente, para conocerles, y departió con ellos durante dos horas en una de las aulas y luego se marchó. Poco después nos enviaron al frente.

Sargento mayor Nina Mijailovna Kokorina (Enfermera, adjunta para asuntos políticos, 347.º Regimiento de Fusileros): Terminé [la escuela] en 1941. Mi idea era haber ido a la Universidad Sverdlovsk, pero entonces estalló la guerra. Recibí una carta de mi hermana, que ya se había presentado voluntaria. Le habían destinado al frente de Voljov. No sé dónde está ahora. Mi hermano mayor está también en el frente, le trasladaron desde el este. Mi

padre está en casa, trabaja en la piscifactoría de Gosrybtrest.[81] Mi madre, mi abuela y un hermano pequeño se quedaron en casa. Todos siguen en Tobolsk.

Cuando recibí una carta de mi hermana, fui a casa a decirle a mi madre que iba a ir a la escuela de enfermería. Allí me hice miembro del Komsomol en 1939. En octubre [de 1941] terminé mis estudios de enfermería. Tratamos de alistarnos tras la graduación pero no nos dejaron. «Volved cuando hayáis cumplido diecinueve años.» Le escribí una carta al camarada Stalin. Me enseñaron la carta con su decisión: que fuera enviada al frente

inmediatamente. También estuve trabajando en la Cruz Roja.[82] Sesenta de nosotras fuimos a la oficina de reclutamiento cuando supimos que iba a llegar un destacamento y todas firmamos una petición. Cogieron a unas 45 chicas, la mayoría auxiliares sanitarias. Luego vinimos a esta unidad.

 

Enfermera Nina Kokorina.

 

También me gustaría hablar de cuando nos marchamos. Nunca olvidaré ese momento. Normalmente, cuando vienen a despedirte, todo son lágrimas. Pero nuestras madres mostraron una entereza asombrosa. En una de sus cartas, mamá me contaba que las mujeres le decían muchas veces: «Anna Vasilievna, has mandado a dos hijas y un hijo al frente, ¿cómo puedes estar contenta?». Y ella les respondía: «No los eduqué para que se quedaran en

casa».[83]

Comandante Vasili Georgievich Belugin (Comisario del 347.º Regimiento de Fusileros): Nací en 1897. Soy miembro del partido desde 1919. La primera vez que me alisté en el ejército fue en 1916. Serví en el ejército anterior nueve meses, hasta 1917. En diciembre de 1916 fui arrestado por difundir propaganda revolucionaria y debilitar la moral del ejército. Me pusieron en libertad en febrero de 1917. En septiembre de 1917 comencé a trabajar como inspector en el sindicato de panaderos. En 1918 me reclutaron para el batallón Rogozhsko-Semionov. Desde agosto de 1919 a 1924 trabajé para departamentos especiales de la Cheka y la Administración Política

Central.[84] Al mismo tiempo comencé mis estudios. En 1931 terminé en el instituto técnico y trabajé como jefe del departamento de personal del Sóviet

Supremo de Economía Nacional,[85] luego como director del Instituto de Transporte Industrial para el Comisariado del Pueblo de Industria Pesada, y más tarde, en 1935, fui nombrado director de la Academia Industrial de toda la Unión Soviética por orden del Comité Central. Después fui enviado a trabajar en el Comisariado del Pueblo hasta el comienzo de la Guerra. El 22 de junio presenté mi dimisión para poder alistarme voluntario en el ejército.

Los comités de la ciudad de Moscú y del partido regional aprobaron mi solicitud el día 25, de modo que ya quedé libre para marcharme. Me presenté voluntario, y mi hija vino conmigo. Tenía diecinueve años. Llevaba una bolsa de viaje cuando vino a la estación a despedirme. Había decidido venirse conmigo. Por más que le decía, no se iba de la estación, rogándome una y otra vez que la llevara conmigo. Entonces se acercó a nosotros un miembro del Consejo Militar del distrito militar de Siberia. Cuando supo lo que pasaba, dijo: «Déjela ir». Yo le pregunté si de verdad podía llevarla conmigo. «Los dos podéis y debéis.» Y los dos nos fuimos juntos.

Capitán Semion Solomonovich Rivkin (Comandante de un batallón de ingeniería de campaña independiente): El batallón se formó en marzo de 1942. El día 25 de marzo celebramos nuestro primer aniversario. Yo estaba en el batallón desde que se formó. La mayoría eran siberianos. Jóvenes inexpertos que nunca habían entrado en combate. Trabajamos con ellos bastante tiempo. Después de dos meses de entrenamiento fuimos todos al frente, así que en realidad estuvimos trabajando con estos soldados durante unos cinco meses. Para entonces podía confiarse en todos ellos para cualquier misión de combate.

Sargento mayor Nina Mijailovna Kokorina (Enfermera, adjunta para asuntos políticos, 347.º Regimiento de Fusileros): Nosotros fuimos exhaustivamente entrenados por el general Gurtiev. Casi todos los días hacíamos entre treinta y sesenta kilómetros de marcha. Había días en los que nunca llegabas a secarte tras la lluvia, en los que nada más dormirte sonaba la alarma. Cuando la oías, te levantabas y te ponías de nuevo en marcha. Las chicas demostraron una resistencia extraordinaria. A veces pasábamos trabajando tres días seguidos, sin descansar, y siempre estábamos cantando canciones. Durante las pausas, bailábamos. Al jefe de regimiento Mijaliov le gustaba mucho nuestra compañía sanitaria.

Teniente coronel Afanasi Matveyevich Svirin (Subcomandante para asuntos políticos, 308.ª División de Fusileros): El anterior comisario de la división había sido destituido. El general Medvedyev vino y me anunció que tenía quince minutos. Un avión estaba esperando en el aeródromo, dijo, y me iba a llevar a la 308.ª División, que iba camino del frente. Llegó un coche y me llevó al aeródromo. Fuimos directamente a la base aérea de Omsk. El 10 de junio aterrizamos en Sarátov. Allí tenía que conocer al personal político de la división. Una semana más tarde celebramos una reunión de partido en la que debatimos sobre nuestro trabajo político y los objetivos de organización del partido. Yo presenté un informe sobre la situación del trabajo político del partido y establecí una serie de tareas específicas —lo que era necesario hacer y cómo había que hacerlo— para que la división estuviera completamente preparada. El trabajo de organización del partido era la base de todo.

 

Subcomandante político de la división, teniente

coronel Afanasi Svirin.

 

El primer tema hacía referencia al bienestar diario —es decir, el funcionamiento del comedor. Tras la reunión del partido inspeccionamos el comedor y detectamos una serie de deficiencias. Fijamos una serie de medidas para ponerles solución. El siguiente problema tenía que ver con la higiene de los soldados. Tenían que lavarse, había que darles ropa limpia. Estas cuestiones fueron abordadas con gran sensatez. Por último estaba el tema del entrenamiento en combate de la división. Este punto requirió un extenso trabajo político de partido por nuestra parte.

Este trabajo se llevó a cabo a través de reuniones tanto a nivel de regimiento como de compañía, y un buen número de personas acudía a ellas para participar y expresar su opinión sobre una serie de temas.

Durante el entrenamiento para el combate nos propusimos la tarea de erradicar el miedo de los soldados a los tanques y también a los aviones, problemas a los que muy pronto tendríamos que enfrentarnos en la realidad.

¿Qué métodos prácticos existen para eliminar el miedo a los tanques?

En primer lugar, hacíamos que cada soldado tomara conciencia del poder y la fuerza implacables de su ametralladora anticarro. Dábamos a cada soldado la oportunidad de disparar contra unas planchas de metal que cogíamos de la vía férrea. Todos los soldados se autoconvencían de que un tanque podía ser atravesado y de que ellos eran perfectamente capaces de manejar su ametralladora anticarro. En cuanto al otro aspecto, lo que hacíamos era hacer pasar los carros por encima de ellos cuando estaban agazapados dentro de las trincheras. De esta forma comprobaban que aquellas estrechas trincheras constituían un refugio seguro y que una vez el carro había pasado podían salir y lanzar granadas.

También les poníamos ejemplos de los valientes soldados de Sebastopol, que se lanzaban bajo los tanques en grupos de cinco, y de las heroicas hazañas de los hombres de Panfilov, los veintiocho que fueron capaces de contener una avalancha de vehículos. […]

Les instruíamos en nuestras tradiciones militares rusas. A menudo citábamos a nuestros grandes líderes militares, que decían que para proteger a tu esposa y a tus hijos debes defender la madre patria, darlo todo para defender la madre patria. Les hablábamos de las hazañas heroicas de Ivan Susanin y les ofrecíamos otros muchos ejemplos de la historia del pueblo ruso. Todo esto penetra en la mente de cada soldado y le da confianza en nuestra victoria. Algunas veces, mientras íbamos de camino a alguna parte, yo daba discursos sobre los desafíos a los que se enfrentarían nuestros soldados en las batallas que tenían por delante. Otros trabajadores del partido tomaban también la palabra. Cada vez que hacíamos una parada en algún sitio, se organizaban debates, se daban conferencias, se leían informes. Todo esto lo hacíamos para que llegaran al frente con la mayor predisposición política y de combate. […]

Respecto al miedo a los aviones, sabíamos que íbamos al frente, y que nos encontraríamos con ellos antes incluso de llegar. Les hacíamos entender que no solo la artillería antiaérea podía derribar aviones. Uno también podía dispararles con su fusil, su metralleta o su arma anticarro. Les poníamos ejemplos sacados de los periódicos sobre aviones que habían sido derribados con fuego de fusil, y les dejábamos absolutamente claro que el miedo a los aviones era algo que debían borrar de sí mismos.

Nuestra tercera tarea era hacer que todos, y especialmente los miembros del Komsomol, dispararan bien. Durante nuestro periodo de entrenamiento de combate tuvimos unos 3000 miembros del Komsomol. Les marcamos una meta: una cuarta parte de ellos debían convertirse en francotiradores, y el resto alcanzar, como mínimo, la calificación de «bueno» o «excelente». […]

Antes de desplegarnos en el frente, llevamos a cabo una gran cantidad de trabajo político de partido. Celebramos una reunión de todo el personal político en la que nos propusimos la tarea de llegar al frente sin perder ni un solo soldado ni trabajadores políticos en el camino. También celebramos reuniones del Komsomol en las compañías. Gracias a este trabajo, llegamos al frente sin que se produjera ni una sola deserción. Hubo un incidente en el que se le cayó el arma a un soldado de nuestra compañía. El comandante de la batería nos dijo que el soldado había perdido su carabina unos tres kilómetros atrás. Le mandamos a buscarla y después de unas cinco horas volvió con ella, empapado de sudor. Así es como conseguimos no perder a ninguno. Llevamos 12 000 personas al frente. Tardamos siete días.

General de división Leonty Nikolayevich Gurtiev (Comandante de la

308.ª División de Fusileros): [86] Nuestro punto de desembarco era Kumalga.

Algunos de nosotros bajamos en Kumalga, el resto en diversas localizaciones más al norte o al sur, y luego nos reagruparon. Llegamos sanos y salvos. Solo un tren recibió disparos y un comandante resultó herido. Nos congregamos en Kumalga y luego marchamos hacia la aldea de Eterevskaya. Desde allí

partimos hacia Kotluban y Samojvalovka.[87] Pasaron varios días sin que se registrara ningún incidente durante la marcha. Era una marcha bastante difícil. Hacía calor, y dado que no teníamos mucho tiempo, cubríamos distancias muy largas, y nuestro transporte iba con retraso. Siempre íbamos en formación de columna. Nos desplegamos rápidamente y llegamos sin problemas. En un momento dado perdimos algunos hombres y cuatro caballos. […]

Durante los primeros dos días nuestra división sufrió graves bajas. Perdimos mucha gente a causa de los ataques aéreos enemigos. Hubo un montón de heridos por metralla. Muchos murieron también por fuego de mortero. En unos pocos días, más de 5000 hombres tuvieron que ser tratados por el batallón médico. Todo el día, desde el alba hasta el anochecer, había quince o veinte, a veces hasta cuarenta aviones enemigos, y todo ese tiempo estábamos bajo el fuego de los morteros. No teníamos muchos aviones. Ellos se unieron a la lucha, pero solo para misiones de carácter general. Era la Luftwaffe quien controlaba el cielo.

Teniente coronel Afanasi Matveyevich Svirin (Subcomandante para asuntos políticos, 308.ª División de Fusileros): El 1-2 de septiembre llegamos al área de Kotluban. Durante algunos días, nuestra división estuvo bajo el mando de la Stavka, pero luego pasó a formar parte del 24.º Ejército. Entonces nos llegaron las instrucciones respecto a nuestra misión en las operaciones de combate del área de Kotluban. Nos ordenaron atacar de noche. Antes de nuestra partida, volvimos a mantener reuniones en todos los regimientos y batallones. El camarada Yudin, un representante del Comité Central, pronunció un discurso, y también lo hicieron muchos otros trabajadores políticos, incluido yo mismo.

Los aviones no paraban de merodear sobre nosotros, iluminando toda el área. A menudo teníamos que interrumpir nuestras reuniones. Era como si el enemigo hubiera descubierto dónde nos reuníamos, y primero iluminara el área con bengalas para a continuación lanzarnos las bombas encima. El camarada Yudin había venido de Moscú solo para poner fin a este caos, y a nosotros se nos encargó protegerle. Tras nuestros discursos, los soldados prometieron cumplir sus órdenes, liberar Stalingrado y unirse a las unidades que allí habían. El grupo decidió enviar una carta al camarada Stalin en la que todos los regimientos juraban que cuando aquellos soldados siberianos recibieran la orden de entrar en batalla lo darían todo por cumplir esas órdenes y derrotar al enemigo.

Aquella mañana, cuando la división partió hacia la batalla, reinaba un espíritu optimista, era imposible no sentirse animado.

Nos ordenaron tomar las colinas 132, 154.2 y 143.8, y los regimientos de fusileros 339.º y 347.º avanzaron hacia allí con apoyo de la artillería. Nos habían prometido el apoyo de carros de combate para la ofensiva, pero no tuvimos ninguno, así que los regimientos 8.º, 9.º, 10.º y 11.º atacaron estas colinas sin los carros. Las colinas eran de gran importancia, porque desde ellas se podía divisar toda la ciudad. El camarada Stalin conocía estas

colinas[88] y nos propusimos la tarea de tomarlas a toda costa. Además, estas colinas permitirían el posterior avance sobre Gumrak y el contacto con la gente de Stalingrado.

Tomamos las colinas el 19 de septiembre. Mantenerlas no fue fácil, pero conseguimos hacerlo hasta el día 27.

Dmitri Andrianovich Petrakov (Comisario del 339.º Regimiento de Fusileros): El 4 de septiembre de 1942 nos encontrábamos en Lesnichestvo, dentro de la región de Stalingrado. Teníamos la orden de partir hacia la estación de Kotluban. La marcha duró del 5 al 8, cubriendo una distancia de unos trescientos kilómetros, y al amanecer del día 9 llegamos a la estación. Fue entonces cuando comenzaron los ataques aéreos. Eran ataques aéreos masivos. Nuestro regimiento no tuvo oportunidad de romper la formación, por lo que seguíamos en marcha formando una larga columna cuando empezaron a lanzarnos bombas y a machacarnos con morteros y artillería. Ahí fue cuando entramos en batalla. No tuvimos ninguna información con anterioridad. El área era completamente llana y abierta, y lo único que se veía delante de nosotros eran las colinas, desde donde el enemigo nos estaba disparando atrincherado. La gente empezó a cavar sin pensárselo dos veces. Nos desplegamos en formaciones de combate e iniciamos el asalto a las colinas 143.8 y 154.2. Sufrimos muchas bajas.

Esa noche, el 2.º Batallón encabezó la primera oleada del ataque y puso en apuros al enemigo. Aquel primer día perdimos a alrededor de un 50 % de nuestro personal y a casi todo el personal político. Un francotirador alemán y dos operadores de carros de combate permanecieron escondidos en tanques que habían sido neutralizados para vigilar al 2.º Batallón, pero cuando el batallón avanzó aquellos alemanes se quedaron atrás. Vimos a uno del mando político apuntando a los alemanes. Los alemanes finalmente se dieron cuenta de que les estaban disparando desde atrás.

Aquella noche ocurrió algo horrible. Los hombres se adentraron corriendo en un desfiladero sin saber dónde se metían. La división perdió alrededor de mil hombres de golpe. Los trabajadores políticos tuvieron que trabajar toda la noche bajo el fuego enemigo.

Sargento mayor Nina Mijailovna Kokorina (Enfermera, adjunta para asuntos políticos, 347.º Regimiento de Fusileros): En nuestra marcha hacia Stalingrado recorrimos 280 kilómetros en tres días. Lo hicimos muy bien en aquel viaje. Las chicas mantuvieron el mismo ritmo que los soldados. A estos a menudo se les hacían heridas en los pies. Nosotras les curábamos. Las chicas recibían muestras de agradecimiento casi a diario.

Llegamos al área de la estación de Kotluban. No olvidaré jamás aquel día. El ataque comenzó a las cinco en punto. Había dos colinas: la 143.8 y la 154.2. Unas cuantas divisiones habían llegado antes que nosotros, pero ninguna de ellas pudo tomar aquellas colinas. Era el 10 de septiembre. Una no se imagina cómo es la guerra. No es algo a lo que estés acostumbrado, no es fácil de entender. Fue entonces cuando los alemanes hicieron entrar a sus aviones en combate y comenzaron a bombardear nuestras posiciones. Rodeamos una de las colinas y nos metimos en un barranco. Ahí es donde sufrimos las primeras bajas. Enseguida nos dimos cuenta. Hasta entonces yo en realidad no había sido consciente de la gravedad del asunto. Era como si lo anterior hubiese sido solo un entrenamiento. La primera baja se produjo en la compañía anticarros. Yo fui corriendo hacia él. Se le salían todas las tripas fuera. Volví a metérselas dentro y le vendé entero. […]

Un subfusilero con uniforme del Ejército Rojo se infiltró en nuestras filas. No disparó a los soldados ni a los enfermeros pero sí al primer oficial que apareció.

El teniente Tarniuk, comandante del batallón, me ordenó que fuera a vendar a los heridos y ver de dónde venían los disparos. Yo fui andando a gatas hasta la posición del 2.º Batallón y me di cuenta de que alguien nos estaba disparando desde esa dirección. Luego vi a un soldado echar a correr y al poco los disparos empezaron a venir del lado izquierdo. Más o menos pude determinar de dónde procedían los disparos. Había un soldado de la 3.ª Sección herido. Le envié a informar de lo que yo había visto. Me quedé detrás para vigilar al de la ametralladora y a nuestros soldados. Mientras el soldado no estaba, el subfusilero desapareció y se encaramó a un tanque que estaba bloqueándonos el camino, a unos quinientos metros del barranco. Mató al comandante de la 8.ª Compañía. El comandante de mi sección, Ganchenko, tomó el mando. La mitad de nuestra sección se dirigió hacia allí. Pero el enemigo estaba cubriendo un área muy amplia, no podíamos atravesarla. Ganchenko ordenó a sus hombres rodear el tanque y matar al subfusilero. Estos cumplieron la orden rápidamente.

Casi todas las chicas de nuestro batallón fueron propuestas para recibir medallas.

Quisiera hablar de Sonia Fateyeva, que resultó herida en la batalla. Era de Tobolsk. Una chica alta y robusta. Una vez en clase, cuando aún estábamos en Yazykovka, apareció un oficial, y cuando ella puso la mano en su hombro, él perdió el equilibrio y tropezó. La teníamos en gran estima. Era una chica maravillosa, muy simpática. Si veía que alguien estaba un poco bajo de ánimo, ella le hacía sentirse mejor enseguida.

Los alemanes habían estado bombardeando nuestro barranco desde las cinco de la tarde. Decidí tratar de atravesar la línea de fuego y llegar hasta los nuestros. Y lo conseguí. Allí descubrí que Motya Gurina, una enfermera, había sido herida. Los alemanes tenían el área cubierta con fuego de mortero, y tenían además a sus aviones lanzando bombas. Yo llegué casi hasta las últimas trincheras. Allí vi a una enfermera tendida en el suelo. Me acerqué a gatas hasta ella y vi que era Sofía. Tenía la cabeza vendada. Le habían disparado en la cabeza, no se veía orificio de salida. Nuestro sargento mayor la había atendido. La habían llevado allí desde la línea del frente. No sé cómo consiguió atravesar la tierra de nadie.

Le pregunté: «Sofía, ¿qué ha pasado?». «Pues que me han disparado. He perdido mucha sangre.» Yo le dije: «Tienes que llegar al barranco». Ella me dijo —nunca lo olvidaré—: «Sé que la vida está allí, pero no voy a ir». No intenté ordenárselo. No tenía derecho a hacerlo.

Capitán Ivan Vasilievich Maksin (Jefe de la sección política de la división a cargo del Komsomol): Como trabajador del Komsomol, y habiendo sido antes profesor de secundaria, me esforcé para ser un trabajador

del Komsomol de primera línea. Utilizaba los ejemplos de Arnold Meri,[89]

Iliá Kuzin[90] [91] y Zoya Kosmodemyanskaya —miembros del Komsomol que se comportaron como héroes en la Guerra Patriótica— para sacar lo mejor de la gente. De este modo, yo también me convertía en un verdadero soldado del frente a la vez que difundía el modelo de estos heroicos miembros del Komsomol durante los debates con las subunidades y organizaciones del Komsomol y los debates con miembros femeninos. […]

La situación con la que nos encontramos cerca de Kotluban hizo muy difícil mantener el orden entre los miembros del Komsomol, y nuestros líderes no siempre se mostraron lo suficientemente activos en nuestras organizaciones del Komsomol. El camarada Sheiko era el modelo de un verdadero organizador. Cada día sabía cuándo y cómo muchos de nuestros miembros quedaban fuera de servicio, ya fuera por haber caído heridos, muertos, enfermos, etcétera. Cada noche el Komsomol hacía un resumen del trabajo del día. Se reunían en un sitio previamente designado, generalmente después de un intenso combate, durante un momento de relativa calma, y determinaban cuáles habían sido los resultados de la batalla, la cifra de muertes, qué acciones heroicas había habido y quiénes las habían protagonizado, y a continuación establecían un plan para difundirlas con el fin de que todo el Komsomol conociera a esos héroes. Los miembros de la oficina de administración del regimiento regresaban a sus unidades, al nivel más bajo de las organizaciones del Komsomol, e informaban de la reunión y del heroico espíritu del Komsomol a las masas, a la gente del frente. Reuníamos a pequeños grupos en las trincheras, en las líneas del frente, a veces de noche, y comunicábamos los resultados de la reunión y las heroicas hazañas de miembros de otras unidades. Al día siguiente, todo el mundo en el Komsomol sabía quién de ellos era el héroe del día. De estas reuniones en las que anunciábamos quiénes habían sido los héroes del día —tanto hombres como mujeres— un buen ejemplo sería la que convocó el propio secretario de la oficina del regimiento Sheiko en una compañía médica tras la muerte de Liolia Novikova, miembro del Komsomol, una heroína galardonada con la Orden de la Bandera Roja a título póstumo.

Todo el mundo conocía a Liolia Novikova. En un primer momento, no inspiraba la confianza que luego en el frente demostró merecer. Parecía más una bailarina. Durante el entrenamiento para el combate usaba tacones. Trabajaba como delineante, pero siempre se mostró deseosa de ir a la línea del frente. Como no mostraba dedicación a su profesión, muchos pensaban que carecía de disciplina. Pero ella no paraba de solicitar una y otra vez entrar a servir en el batallón como enfermera para poder traer del frente a los heridos. Su falta de disciplina acabó siendo la razón por la que la enviaron al frente.

El 11 de septiembre de 1942 fue la jornada de combate más dura para la división, especialmente para el 339.º Regimiento de Fusileros. Durante muchas horas de intensa lucha, Liolia Novikova dio muestras de un heroísmo excepcional. Atendía a los heridos y los arrastraba para ponerles a cubierto bajo un fuego incesante de ametralladora y de mortero, sin tener en cuenta nunca de qué unidad o compañía eran. Aquel día usó más de cincuenta paquetes de vendas, uno por cada soldado herido, lo que significa que vendó y recuperó a cincuenta hombres y oficiales. Aquella noche regresó del campo de batalla. Yo había estado en aquel regimiento antes, durante el entrenamiento de combate, y los dos habíamos mantenido una conversación: «Liolia, eres una miembro ejemplar del Komsomol, tienes formación, y también un enorme talento para recitar poesía. Si tan solo fueras más disciplinada, podrías llegar a pertenecer al partido. Yo podría recomendarte. Demuéstranos que eres capaz». Ella dijo que no podía entrar en el partido porque todavía no se había puesto a prueba en combate. «No sé qué tal lo haría en un combate verdaderamente duro», dijo. «Si doy la talla en el frente y demuestro lo que valgo, entraré a formar parte del partido, pero primero tengo que llegar al frente.» Consiguió lo que se propuso.

Tenía las mangas remangadas cuando volvió de la intensa batalla, y los brazos cubiertos de sangre seca hasta los codos, y no había dónde lavarse debido a un problema con el agua, y no solo para lavarse, tampoco para beber. Ella regresó con nosotros al atardecer, para entonces yo ya había oído hablar del heroísmo que había mostrado en el combate. Los hombres tuvieron que sacarla casi a rastras de lo más encarnizado de la lucha. Lo primero que dijo cuando llegó fue: «Ahora sí puedo pedir mi entrada en el partido. Ahora sí he dado prueba de mi valor, de que nunca tendré miedo por duro que sea el combate». Hablaba con tal entusiasmo de cómo las bombas y las balas volaban a su alrededor y de cómo los soldados gritaban: «¡Ayúdeme, hermana!», y ella sacaba a rastras a los soldados heridos del campo de batalla… Su experiencia de la vida en el frente había dejado en ella una profunda huella y suplicó con toda vehemencia su incorporación al partido como miembro.

Al día siguiente la lucha siguió siendo intensa. El comandante del batallón, cuya vida había salvado Liolia Novikova al ponerle a salvo del peligro por la noche, le dio una pistola. Ella se la colgó del hombro y se dispuso a entrar en su segunda jornada de combate. A las dos horas le alcanzaron los disparos de un subfusil alemán: tres balas en la cabeza, Liolia estaba muerta.

De modo que cuando el camarada Sheiko llegó a la organización del Komsomol de la compañía, el primer punto de la agenda fue este, las heroicas hazañas de Liolia Novikova. Debo mencionar también que aquella fue una reunión ejemplar en lo que respecta a la educación de los miembros del Komsomol. El camarada Sheiko entró en la sala. Todos los miembros del Komsomol se levantaron. Él les saludó y dijo: «Da comienzo la sesión de esta reunión del Komsomol de la compañía médica. El punto de la agenda de hoy son las heroicas hazañas de la miembro del Komsomol Liolia Novikova». Una vez iniciada la sesión, se puso en pie para hablar, diciendo que él sabía lo que había hecho y podía contar su historia. Pidió a todos que se pusieran en pie y honraran la memoria de Liolia Novikova, una heroína que había muerto en acción mientras luchaba contra los atacantes alemanes. Todo el mundo así lo hizo, muchos con los ojos llenos de lágrimas, y lamentando la muerte de Liolia. Una mujer alegre y llena de vida. El camarada Sheiko dio cuenta de sus hazañas. A continuación, unas mujeres jóvenes tomaron la palabra y juraron luchar contra los alemanes como lo había hecho Liolia. Tras estos juramentos, la reunión del Komsomol resolvió que todos sus miembros honrarían la memoria de Liolia Novikova luchando contra los ocupantes alemanes de la madre patria socialista. La reunión asimismo resolvió pedir a la oficina del partido que aceptara la solicitud de Liolia de entrar a formar parte de las filas bolcheviques y contarla entre los miembros del Partido Comunista.

Las heroicas hazañas de Liolia Novikova pasaron de inmediato a formar parte del legado de los miembros del Komsomol de todas las organizaciones regimentales. Se escribieron artículos sobre ella en los periódicos del frente y de las divisiones, entre ellos uno firmado por mí. Después el Komsomol solicitó para ella una condecoración a título póstumo. Liolia Novikova recibió de esta manera la Orden de la Bandera Roja. Escribimos a su madre una carta muy sentida, pero no hubo respuesta porque resultó que la habían evacuado de Voronezh.

Teniente coronel Afanasi Matveyevich Svirin (Subcomandante para asuntos políticos, 308.ª División de Fusileros): En Kotluban, en la colina 154.2, nos topamos con carros de combate por primera vez. Había unos cuarenta. El 17 de septiembre, mi comandante de división y yo estábamos en el puesto de observación. Los carros estaban avanzando hacia los regimientos 351.º y 347.º. Yo llamé a dos instructores de la sección política, les dije que fueran a prestar apoyo moral a las unidades antitanque antes de que se enfrentaran a los carros, para ayudarles a permanecer firmes. Aceptaron las órdenes y trataron de convencer a todo el mundo de que debían luchar hasta la muerte para no dejar pasar a esos tanques. Abrimos fuego nada más vimos acercarse los carros, lanzando una gran descarga de fuego antitanque. Toda la artillería del regimiento estaba en aquella colina y en ese momento nos hicimos con aproximadamente una docena de carros. El resto de ellos se dio la vuelta y se fue por donde vino. Los tanques ardían a la vista de todos, cada soldado podía ver por sí mismo que los tanques no daban tanto miedo si te enfrentabas a ellos. Mientras los soldados estuvieran dentro de las zanjas de sus trincheras, les dijimos que los que dirigían el tanque no podían verles y que a unos cinco metros de distancia ni siquiera podían dispararles. Después comenzamos el asalto a la colina.

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