Stalingrado
Agrafena Pozdniakova
Comento separadamente la entrevista con la cocinera Agrafena Pozdniakova porque es la única que fue testigo de primera mano de la ocupación alemana.
El destino de Pozdniakova fue el mismo que el de otros muchos
habitantes, entre 150 000 y 200 000, aproximadamente.[47] A algunos les negaron el permiso para abandonar a tiempo, pero la mayoría se quedaron a cuidar a familiares enfermos o no querían abandonar sus casas con el invierno a punto de echarse encima. Muy pocos podían hacerse realmente una idea de cómo actuaban los ocupantes; en todo caso, no hacían caso de la información soviética sobre las atrocidades alemanas, considerando que se trataba de
exageraciones.[48]
La destrucción de la ciudad continuó tras los intensos bombardeos aéreos de los últimos días de agosto. La Luftwaffe siguió atacando y la artillería soviética bombardeando los distritos devastados por la guerra desde la margen oriental del Volga. Los residentes de la ciudad —ancianos, mujeres y niños en su mayoría— buscaban cobijo en sótanos, cobertizos, trincheras y
conductos de alcantarillado.[49] El fuego de granada indiscriminado causó muchas muertes durante el combate callejero, y la prensa soviética publicó artículos que denunciaban con indignación la utilización de civiles como
escudos humanos por parte de soldados de la Wehrmacht.[50]
Los alemanes establecieron administraciones militares en los distritos ocupados y sus alrededores. El comandante Hans Speidel, jefe de Stalingrado, explicó a sus captores del Ejército Rojo en febrero de 1943 los objetivos de la ocupación alemana: «la completa destrucción de los cuadros del partido y de los sóviets, la erradicación de todos los judíos», la explotación de la población
y la seguridad de los soldados que estaban ocupando la ciudad.[51] En abril de 1943, la NKVD comunicó que «los que se encargaban de descubrir a los judíos eran principalmente los miembros de la policía militar alemana (Feldgendarmerie) y la policía auxiliar ucraniana. Los traidores presentes entre la población local desempeñaron también un papel importante en este asunto. Para encontrar y exterminar a los judíos se registraban todas las
viviendas, sótanos, nichos y búnkeres».[52] Sin embargo, pocos judíos vivían en la región de Stalingrado. Según el recuento de los sóviets, fueron asesinados 855 judíos, la mayoría procedentes de Ucrania, y algunos de ellos
de forma sádica.[53] El comandante Speidel explicó a los que le interrogaron que los alemanes mataban inmediatamente a los judíos y a los comunistas
porque no sabían dónde ponerlos.[54] La cifra de asesinados sería más alta de no haber sido por la evacuación de civiles llevada a cabo en el último momento.
Los alemanes exigieron que todos los residentes de la ciudad se registraran en los cuarteles militares locales. Todo aquel que no pudiera mostrar este carné de registro corría el riesgo de ser fusilado o enviado a un campo de concentración. Los hombres aptos para el servicio militar eran
encarcelados preventivamente junto a otros prisioneros de guerra.[55] Un grupo especial, bajo el mando del intendente general del 6.º Ejército organizó la evacuación de los residentes aptos para ser explotados económicamente. A partir del 1 de octubre, aproximadamente, los alemanes empezaron a congregar a entre 8000 y 10 000 residentes cada mañana y hacerles marchar 96 kilómetros —sin comida, agua ni un lugar donde cobijarse del frío durante la noche— hasta la estación de tren, en Kalach. Allí se les enviaba por tren al centro de detención de Forshtat, situado a 290 kilómetros al oeste de
Stalingrado, donde eran examinados por las autoridades alemanas.[56] Un soldado de la Wehrmacht describía en una carta fechada el 20 de noviembre las hileras de deportados caminando hacia Kalach a una temperatura de cero grados: «A ambos lados de la carretera yacían mujeres y niños congelados. También andan tirados por trincheras y zanjas donde los refugiados van a tratar de guarecerse por la noche. Solo comen caballos muertos. Se arranca la
carne de cada caballo hasta que no quedan más que los huesos».[57]
El Ejército Rojo comenzó su contraofensiva a finales de noviembre. Para entonces solo quedaban 15 000 civiles en las áreas de Stalingrado controladas
por los alemanes.[58] Su situación empeoró rápidamente durante las siguientes semanas. Desde su llegada en septiembre, los soldados alemanes habían saqueado sistemáticamente cada casa en busca de joyas y otros objetos de valor. En diciembre los soldados empezaron a registrar chabolas y cabañas, buscando toda la comida y ropa de abrigo que pudiera estar escondida. Ateridos de frío, hambrientos y desesperados, los invasores intensificaron sus violentos ataques contra los civiles. Las unidades estacionadas en la árida estepa de las afueras de Stalingrado enviaban comandos a la ciudad a conseguir madera. Demolieron casas enteras sin tener para nada en cuenta a sus habitantes. A medida que el 6.º Ejército iba cediendo terreno, oficiales y soldados empezaron a alojarse en las casas que no habían sufrido daños, echando a sus ocupantes a la calle. Algunos oficiales alemanes confiscaron
cuarteles de sus aliados rumanos; muchos de ellos violaron a las mujeres.[59]
El inspector jefe de la 71.ª División de Infantería para Stalingrado Sur ordenó a todos los civiles que quedaban que se registraran el 1 de enero de 1943. Para recibir el carné de registro, cada residente tenía que entregar en el cuartel militar local dos kilos de grano. En total se registraron 2500 residentes, lo que representó cuatro toneladas de grano para los invasores. En algunos casos, los soldados que llevaban a cabo el pillaje despojaban a los residentes de sus escasas reservas mientras iban de camino. El inspector, creyendo que solo un pequeño sector de la población remanente había acudido a registrarse, ordenó un segundo registro el 10 de enero. Esta vez el cargo fue de dos kilos de trigo o tres de centeno. Se registraron trescientos
residentes más.[60]
Ulitsamira [«calle de la Paz»], Stalingrado, 1943. Fotografía de L. I. Konov.
En su entrevista, Agrafena Pozdniakova describió esta carga obligatoria así como otras experiencias e impresiones respecto a los ocupantes alemanes. Su marido y dos de sus hijos murieron durante la batalla. La historia de cómo ella y sus otros cuatro hijos sobrevivieron durante casi seis meses de lucha y austeridad es asombrosa. No pude encontrar documentos escritos o fotografías que proporcionaran más información sobre la cocinera y su familia. Pero he aquí cómo una empleada municipal describía a otros civiles supervivientes que vio cuando en febrero de 1943 regresó a su destruido vecindario: «Mientras andábamos por nuestro distrito liberado, por senderos muy estrechos, entre las minas, nos encontramos con personas que habían perdido la memoria, que se asustaban del sonido de su propia voz. Mirabas a esa persona y veías que tenía la figura de un chico joven, pero con las sienes
completamente blancas».[61]
COMISIÓN DE HISTORIA DE LA GRAN GUERRA PATRIÓTICA Stalingrado, 14 de marzo de 1943
Agrafena Petrovna [62] POZDNIAKOVA, empleada del Comité de la Ciudad
Al principio trabajé para el comité de la ciudad como limpiadora, y luego en la cocina. De eso hace cinco años ya. Mi marido era un trabajador. Tuvimos seis hijos. Mi hija mayor también trabajaba para el comité de la ciudad, en la biblioteca. Estaba en el Komsomol. Mi marido era zapatero. Trabajó en una fábrica de zapatos, y luego en un taller para inválidos. Perdí a mi marido y a dos de mis hijos durante la lucha en Stalingrado.
El enemigo comenzó el bombardeo el 23 de agosto, al anochecer, claro. Todos estábamos trabajando en ese momento. Había sido un buen día, todos estábamos bien. Cuando volvimos a casa por la noche, antes de que pudiéramos sentarnos siquiera, él se pasó a hacernos una visita.
Yo podía haberme ido de la ciudad, pero todos mis hijos estaban enfermos entonces. Por eso nos quedamos aquí. Cuando nuestra gente estaba aquí, no se estaba tan mal, a pesar de las bombas. Teníamos pan, y cuando caían las bombas nos escondíamos en los sótanos. A veces pasábamos día y noche bajo tierra. Había veces, cuando se hacía el silencio, en que salíamos afuera a por algo, a coger pan, o a hornearlo, y luego volvíamos enseguida al sótano. Íbamos hasta las vías del tren para coger agua. Las balas nos pasaban por encima. No era fácil coger agua. Muchas veces alguien iba a por agua y ya no volvía. Cogíamos el agua de un depósito, y a veces salía mezclada con fueloil.
Nosotros vivíamos en la calle Solnechnaya. Era un edificio pequeño de dos pisos. Nosotros estábamos en el sótano. Al anochecer del 14 de septiembre, los alemanes tomaron nuestro sótano. El día 17 todo ardió. El bloque entero quedó reducido a cenizas. Nos hicieron salir del sótano. Mi familia y yo nos quedamos en unas trincheras que había en el patio, cuando aún por suerte la cabaña del jardín estaba intacta.
En torno a las once se inició un incendio fuera. Fue un espanto. Terrible. Nos quedamos tomando un poco de pan en la cabaña. Uno de nosotros cogió las cosas, otro los niños, queríamos salir. Los alemanes cerraron las puertas y gritaron: «¡Dormid, rusos, dormid!». Tuvimos que hacer pasar a los niños a través de una ventana y salir por ella a gatas nosotros también. No nos dio tiempo a llevarnos nada. No quedaron en pie más que las paredes. Pasamos la noche entre esas paredes. Por la mañana llegaron los alemanes y anunciaron que teníamos que abandonar el lugar de inmediato. Así que volvimos a nuestra trinchera. La despejamos un poco de cosas, nos metimos dentro y nos quedamos allí. Permanecimos en ella hasta el 26 de septiembre. El 27 hubo un intenso bombardeo. Mi marido y mi hija murieron, y nosotros acabamos cubiertos de polvo. A este [señala con el dedo] lo hirieron. Nos sacaron de allí y nos marchamos. Fuimos al sótano de una chica, la que ha venido hoy conmigo. Nos quedamos allí hasta el 12 de octubre, que fue cuando los alemanes nos desalojaron de la zona de una vez por todas, sacándonos del centro y llevándonos a las afueras de la ciudad. Algunos iban cargados con bolsas al hombro, pero yo cargaba con este niño herido y yo misma también tenía heridas en las piernas. Nos mudamos a las afueras de la ciudad, detrás del Hospital del Sóviet, en el distrito de Dzerzhinsky. Desde entonces intentamos vivir allí. Pero los alemanes llegaron y nos echaron de allí también. Fuimos al despacho del comandante y le suplicamos. Estoy enferma, tengo hijos. Vinieron a echar un vistazo y se encogieron de hombros: tienes demasiados. Se morirán de todas formas.
Nos dieron una paliza, nos golpearon, nos dispararon.
Todavía quedaba un montón de grano en el elevador.[63] Los alemanes estaban llevándoselo. Estaban estos terribles trenes de carros. Los hombres que tiraban de los carros eran prisioneros rusos. Si pedías algo a alguno de ellos, te traían una bolsa o media bolsa de harina. Nosotros les pagábamos doscientos o trescientos rublos por ella. Había un alemán por cada prisionero ruso. Cuando comprábamos algo, a la hora u hora y media llegaba otro alemán [a llevárselo] porque sabía que lo habíamos comprado. Y claro, nos arruinamos. No teníamos dinero ni pan. Mientras nuestra gente estuvo allí, hasta septiembre [ininteligible] pudimos conseguir pan, harina, algo de pan blanco para los niños. Nos las apañamos para ir tirando. Luego empezamos a comernos a los caballos. Como no teníamos con qué alimentarles, se fueron muriendo. En la carretera que lleva al Hospital del Sóviet había unos barracones. Íbamos allí, a los barracones, y preguntábamos a los prisioneros rusos […]. Era fácil ver qué caballo iba a morir de todos modos. Así que se le pegaba un tiro. Nos llevábamos la carne y nos la comíamos. Más tarde, cuando los alemanes estuvieron rodeados, ellos también se comieron a los caballos. Nos dejaban las patas, las cabezas, las entrañas. Pero al final ni siquiera eso. Se lo quedaban todo, dejándonos solo las pezuñas y las tripas. Si veían que tú tenías algo de carne de caballo, te la quitaban. Especialmente cuando los rumanos llegaron aquí desde Kalach, cuando los nuestros tomaron Kalach, pensamos que nos iban a comer vivos a todos. Estaban muertos de hambre. Hacía mucho frío e iban prácticamente desnudos. Daba espanto verlos. Aquellos pobres espantapájaros no paraban quietos. Cogían cualquier cosa que encontraban.
La primera vez que tomaron Stalingrado, pudieron coger lo que quisieron. Necesitaban ropa, buenos zapatos, oro, relojes, y encontraban de todo. En la oficina de la comandancia, por ejemplo, ofrecían transporte para salir de la ciudad a cambio de relojes de oro, buenas botas, trajes o abrigos de caballero, buenas alfombras… Pero, por supuesto, nosotros no teníamos nada de eso. Así que la única manera que teníamos de irnos era a pie. Los alemanes hacían también otras cosas. Cogían lo que les dabas, te llevaban fuera de la ciudad y te dejaban allí para que te las arreglaras tú solo. […]
Mucha gente se quedó en Stalingrado. Las niñas, las jovencitas, los niños menores de catorce años, los hombres de menos de cincuenta y cinco o sesenta, y las mujeres de hasta cincuenta fueron enviados a Alemania. Muchas jóvenes y niñas trabajaban e incluso vivían con ellos. Unas verdaderas patriotas. Al principio, a la gente que trabajaba aquí en el centro de la ciudad le permitían ir a casa, pero con una escolta alemana. Poco después dejaron de permitirlo. Les proporcionaban una insignia especial y documentos para que los sitios en los que vivían no fueran destruidos. Algunas de ellas hacían la colada, otras limpiaban.
Cuando llegaron los nuestros el 28 de enero nuestro edificio volvió a recibir el impacto de dos obuses.
Tocaban a la puerta y preguntaban si podían entrar a calentarse. Les dejabas entrar y ellos se adueñaban del lugar y de todas tus cosas. Hacia el final, si habías hecho un pan sin levadura y con harina mala, también se lo llevaban. Si habías hecho algo para los niños, como sopa de caballo, o guardabas algún trozo de carne de caballo —que cortábamos en trozos, en lugar de pan— hasta eso te quitaban. Así que no les dejamos entrar más. Entonces lo que pasaba es que venían en grupos de dos o tres. Uno se quedaba en la puerta con un revólver. El otro decía: danos todo lo que tengas. Mi marido no está, decía yo. Pasad a buscar lo que queráis. Ellos entraban y buscaban por todas partes, y no encontraban nada, y si había algo se lo llevaban. Cada noche la misma historia. Durante un tiempo no les dejamos entrar, pero luego empezaron a disparar.
Entonces llegó el anuncio de que teníamos que llevar pan a la oficina de la comandancia, por valor de dos kilos. Si no tenías pan podías llevar carne de caballo, sal, jabón o tabaco. Yo no tenía nada de nada. Fui a la oficina de la comandancia y dije que no tenía nada. ¿Y? Tienes que darnos algo. Si no lo haces te quitamos el pase. Les dije que yo no tenía pase. Podéis llevaros a mí y a mis hijos y hacer lo que queráis con nosotros.
La madre de una chica tenía un poco de harina de centeno estropeada en la que habían entrado ratones. Yo la cogí, la tamicé, la metí en una bolsa y dije que era todo lo que tenía. Eso valdrá, dijeron, tráela aquí.
Cuando vivíamos en la plaza Nueve de Enero, [64] un día, un chico llamado Gera, iba camino de la escuela. Dos soldados rusos le dieron un poco de trigo. No teníamos dónde ponerlo, así que lo escondimos para usarlo más adelante. Cuando nos echaron de aquel apartamento, no tuvimos oportunidad de recuperarlo. Luego, el área más allá de las vías férreas fue designada zona restringida. Ir allí estaba castigado con la muerte.
Donde nosotros vivíamos teníamos alojados a cuatro alemanes. Se quedaron dos semanas enteras. La hermana de Taichka estaba trabajando en Comunista [calle]. Ella trabajaba para los alemanes. Venía acompañada de un guardia. Quedamos en que él me acompañara a donde estaba enterrado el trigo. Había llegado el punto en que los niños se morían de hambre. Él dijo que lo haría. Hablaba muy bien ruso. Ellos lo estaban pasando mal debido a la falta de pan. Dijo: «Señorita, dividámoslo por la mitad». Yo acepté. Al día siguiente me vino a buscar y fuimos para allá. Llegamos al puente que está cerca de la torre de vigilancia del parque de bomberos. Los policías le dejaban entrar a él pero a mí no. Le dijeron que me consiguiera un pase o que se fuera a paseo. En este distrito había escaramuzas cada dos por tres. Él dijo: «¡Vamos señorita, vamos a buscar un pase para usted!». Nos fuimos los dos a la prisión. Tenían allí una especie de cuartel militar. No le dejaron entrar. Dijo: «Vamos a intentarlo a la oficina de la comandancia». Y allí que fuimos. Cuando llegamos, él explicó la situación. Había generales y oficiales delante. Me mandaron llamar: ¿Tiene usted grano? Yo dije que antes tenía un poco, pero que igual ya no estaba allí. Nos asignaron otro alemán, un gendarme, le llamaron. Con el gendarme sí nos dejaron pasar. Cruzamos el puente. Al guardia lo mandaron a casa y yo fui con el gendarme. Cruzamos el puente, llegamos a la calle Comunista y seguimos más allá. Los disparos iban en aumento. Él dijo: «Señorita, ¡esa es la línea del frente!». Yo repliqué: «Pues dé la vuelta, entonces». Él iba pegado a la pared mientras yo seguía andando por mitad de la calle con mi trineo. Volvió a decir: «No puede andar por la calle, esto es el frente». Yo dije: «Pues retroceda, ¿por qué no lo hace? Yo no tengo miedo». Cuando me volví le vi que seguía avanzando furtivamente. Conseguimos llegar a la calle Shilovskaya. Allí solía haber una oficina de reclutamiento. Una cuerda atravesaba la calle y había un guardia junto a ella. Eso significaba que no podíamos seguir por ahí. Él le dijo algo en alemán. «Señorita, no puede ir por ahí, eso es el frente.»