Stalingrado
Alexander Gerasimov, comandante de regimiento
Fuimos gateando hasta Verjniaya Elshanka,[95] en la zona de la emisora de radio. Me senté erguido para orientarme y me volvieron a alcanzar. Dos tiros de subfusil en el lado izquierdo del pecho y en mi brazo izquierdo. Perdí el conocimiento. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Me desperté porque empezó a hacer mucho frío. Era tarde, más o menos las cuatro de la madrugada. Ya empezaba a clarear. Podía oír gente hablando alemán a mi alrededor. No veía a Lizunov por ningún lado. Decidí gatear hacia un edificio. Eso fue el día 9. Pude ver que había soldados alemanes dentro. Decidí pegarme un tiro porque ya no me quedaban fuerzas, y no quería que me cogieran vivo. Pensé que no quedaba otra salida. Apreté el gatillo, pero el máuser estaba encasquillado por culpa de la arena y no disparaba. Mi brazo derecho todavía estaba bien. Anduve a gatas con el brazo derecho y por algún milagro llegué al puesto de mando de la división. Ya era mediodía. Allí me encontré con el coronel Yudin y con el jurídico militar Truppe. No logré encontrar al coronel Gerasimov. Pregunté por el general. Me dijeron que había muerto. Pensé que estaban bromeando, pero resultó ser cierto. Entregué mi informe de la situación al puesto de mando de la división.
Allí no pude conseguir vendas. Los subfusileros alemanes ya se estaban avanzando hacia el puesto de mando. Yo solo pedí que el Estado Mayor me diera un arma o que si no me llevaran con ellos. No me dieron un arma. Los alemanes avanzaban, y el Estado Mayor de la división se replegó a otro lugar. Yo tuve que huir gateando, solo. El segundo día, de alguna forma, logré llegar casi hasta Stalingrado —me faltaban solo trescientos metros— y entonces, por primera vez en mi vida, lloré: Stalingrado estaba tan cerca, pero yo no podía llegar. Me arrastré otros 150 metros, y por fin me recogieron un anciano y su hija, y me llevaron a su casa de Stalingrado. La hija me vendó las heridas y me dio algo de leche para beber. Se llamaba Zoya. Después me enviaron a la otra orilla del Volga. Me despedí del hombre y de su hija con un beso. Él lloraba por mí, como si fuera su propio hijo. Después de aquello estuve en el hospital.
ALEXANDER GERASIMOV,
COMANDANTE DE REGIMIENTO
El siguiente extracto del testimonio del comandante de regimiento Alexander Gerasimov empieza donde acaba la entrevista con Averbuj, su jefe de compañía. La batalla del 8 de septiembre prácticamente aniquiló dos regimientos soviéticos; Averbuj resultó gravemente herido y Vasili Glazkov,
el comandante de la 35.ª División de la Guardia, murió en combate.[96] Según la información aportada por el general Chuikov, a fecha de 12 de septiembre, en la 35.ª División de la Guardia ya solo quedaban 250 hombres aptos para el
combate.[97] El regimiento de Gerasimov absorbió a los soldados restantes e inició una retirada. El 20 de septiembre, el elevador de grano situado en el extremo sur de la ciudad, donde habían encontrado refugio temporal, fue rodeado por tropas alemanas y rumanas. El nuevo comandante de la división ordenó que el regimiento se abriera paso a través de las líneas alemanas hasta el puesto de mando de la división, ubicado en la desembocadura del Tsaritsa. Gerasimov recuerda muy bien aquella salida del cerco, que fue la «batalla más extraordinaria» de su experiencia en Stalingrado. El caos siguió atormentando sus sueños mientras convalecía en un hospital militar.
A. S.[98]
TRANSCRIPCIÓN
de la entrevista realizada al teniente coronel Alexander Akimovich
GERASIMOV
Comandante del 101.º Regimiento de la Guardia
17 de diciembre de 1942[99]
[…] A última hora del día 8 [de septiembre de 1942] todas nuestras unidades ya habían sido enviadas a las afueras de Stalingrado, donde recibimos la orden del comandante del 62.º Ejército de asumir posiciones defensivas dentro de la ciudad. Después perdimos toda comunicación, perdimos el contacto con nuestras subunidades, y cualquier posibilidad de enlace con nuestra artillería. Fue entonces cuando cayó el camarada general Glazkov, comandante de la 35.ª División. Primero fue alcanzado por fuego de subfusil en una pierna, a raíz de lo cual fue trasladado a un coche que a su vez fue ametrallado desde un avión. Aquello tuvo un fuerte efecto en los comandantes de la batalla. Pero a pesar de lo difícil de la situación, los oficiales de mando de la 35.ª División lograron reunir de nuevo sus unidades y avanzar de inmediato para defender Stalingrado, y específicamente su zona más
meridional, Kuporosnoye. El comandante de la 35.ª División[100] recibió la orden de defender la zona al sur de Kuporosnoye y de cortar la línea férrea Stalingrado-Beketovka. El 9 de septiembre se desplegó allí lo que quedaba de las unidades. El grueso de las fuerzas enemigas se dirigía al punto donde habían confluido los Ejércitos 62.º y 64.º, en algún lugar entre Beketovka y Stalingrado. Los carros de combate y los soldados alemanes atacaron nuestras unidades en aquella confluencia, avanzando hacia el este desde el sur.
Nuestra división y todo aquel personal restante —no mucho más de mil hombres— mantuvieron la defensa de Stalingrado desde el 9 de septiembre hasta el 21 de septiembre, dentro de la propia ciudad. Hubo intensos combates a lo largo de todo aquel periodo. Mi regimiento fue el único que quedó en la división. El día 8, tanto el 100.º Regimiento como el 102.º fueron borrados del mapa. Recogieron a los supervivientes de dichos regimientos y los trajeron a mi 101.º Regimiento de la Guardia. De modo que a la división tan solo le quedaba el 101.º Regimiento de la Guardia, combinado, conmigo al mando, y desde el 9 hasta el 21 de septiembre estuvimos realizando operaciones defensivas en Stalingrado.
Tengo que mencionar que en las líneas del frente del interior de la ciudad había aproximadamente una división de tropas alemanas, y también algunas
rumanas.[101] En Stalingrado, el teniente Panichkin y su grupo aniquiló un pelotón de rumanos y capturó a su oficial al mando. Panichkin no fue por voluntad propia. Yo le había ordenado que llevara a su pelotón hasta el elevador de grano y que dejara allí a un escuadrón para cubrir mi flanco. Dejó dos de sus escuadrones y se llevó otro a las inmediaciones del elevador. El pelotón rumano estaba en la línea del frente con su comandante. Panichkin ordenó a sus hombres que abrieran fuego. Empezaron a disparar, e hirieron a diez o doce, y el resto salió corriendo. El oficial se escondió detrás de un edificio. Panichkin se lanzó sobre él antes de que tuviera la oportunidad de desenfundar su pistola. Panichkin le agarró por el brazo y empezó a retorcérselo. El oficial gritaba. Cuando se dio la vuelta, Panichkin le golpeó en la cara. El oficial cayó al suelo. Entonces llegaron los hombres de Panichkin y lo inmovilizaron. A través de él se enteraron de que en aquella zona estaban las tropas rumanas. Los rumanos estaban en primera línea, con fusiles, y detrás de ellos estaban los alemanes con ametralladoras. A veces los rumanos se lanzaban al ataque. Atacaban en grupos de entre quince y veinte hombres, aproximadamente. Gritaban al tiempo que corrían, y las ametralladoras les proporcionaban fuego de cobertura. Daban unos gritos muy agudos, y el sonido llegaba realmente muy lejos. Llegaban corriendo hasta la línea avanzada. Nuestros hombres salían en tromba, diez o quince contra sus treinta. Los rumanos dejaban caer todo lo que llevaban encima, incluidas sus cantimploras y sus cartucheras, y salían corriendo. Pero entonces empezaban a disparar las ametralladoras alemanas. Disparaban también contra los rumanos. Con eso dejaban de correr. Les disparaban desde dos lados. […]
Un reducido número seguimos defendiendo Stalingrado hasta el día 21. El día 21 tan solo me quedaban algo más de cien hombres […].
En torno a las diez de la noche del día 20 recibí una orden por escrito del comandante de la 35.ª División, el camarada coronel Dubianski, que decía: «Al comandante de la 101.ª División de Fusileros de la Guardia, teniente coronel Gerasimov. Dos batallones de la 92.ª Brigada de Fusileros van a ir a relevarle. Consiga una confirmación por escrito de que usted ha transferido la responsabilidad de esa área defensiva, y después sigan defendiendo juntos esa área hasta nueva orden […]»
El día 21 por la noche recibí una segunda orden por escrito. Para entonces el enemigo ya me había aislado de mis unidades de campo en nuestro flanco derecho y había llegado hasta el Volga. Eso significaba que yo había quedado aislado del puesto de mando de la división. El enemigo nos atacó con una batería de morteros, con ametralladoras ligeras y pesadas. Eran entre 150 y doscientos hombres en total. Tenían a su disposición la artillería situada por encima del Volga, y nos habían aislado del puesto de mando de la división y de nuestras unidades de campo de nuestra derecha.
La orden me la entregó un mensajero que había logrado infiltrarse a través de las posiciones alemanas y seguía vivo. Era uno de los soldados que me habían dado como refuerzo, y ni siquiera me acuerdo de su nombre. La orden era del coronel Dubianski. Dubianski también me enviaba algo de vino, un poco de vodka y dos latas de comida —para ayudarme a seguir en la brecha, a la vista de que no nos estaban llegando demasiados víveres. Los víveres nos
los hacían llegar en pequeños botes.[102] Y así, por la presente, se ordenaba al teniente coronel Gerasimov que reuniera a los hombres y oficiales que le quedaban y acudiera al puesto de mando de la división en la zona del río Tsaritsa. En aquel momento el puesto de mando de la división estaba a orillas del Tsaritsa.
Fue una batalla extraordinaria. No sería capaz de repetirla. En mi momento más bajo de todos, pensé: si no lo consigo, vendrán otros y contarán nuestra historia. […]
Después de recibir las instrucciones del coronel Dubianski, comandante de la 35.ª División de la Guardia, envié a un mensajero para que llamara al comisario. En aquel momento el comisario estaba con una de las unidades. Vino, y celebramos una reunión en un refugio subterráneo. También llamé al subcomandante de la 131.ª División y al comandante de la 20.ª Brigada de Fusileros. Naturalmente, comimos y bebimos juntos. En una lancha nos habían traído sandías, nata agria, pollos, huevos, vodka y manzanas frescas. Comimos bien, bebimos, y empezamos a debatir cómo podíamos salir del cerco. Necesitábamos abrirnos paso a través de cuatrocientos metros de formaciones de combate alemanas. Como yo era el oficial al que le habían dado la orden, me correspondía a mí encabezar la huida de aquellas cuatro unidades. Asumí el mando de la misión que consistía en sacar de allí a los hombres que quedaban de aquellas tres [sic] unidades. Entonces los comandantes sugirieron que saliéramos en pequeños grupos de cinco o diez. Estábamos rodeados y aislados de nuestras unidades, el enemigo había abierto brecha tanto por nuestro flanco izquierdo, a lo largo del Volga, como por el flanco derecho, y también estaba atacando desde las principales líneas del frente. No teníamos elección. Teníamos que abrirnos paso a través de sus formaciones de batalla.
Yo me oponía a la idea de que las unidades salieran en grupos. Eso suponía acabar con la fuerza de combate que todavía nos quedaba. Decidimos abrirnos paso combatiendo, utilizando el elemento sorpresa para reforzar nuestro plan de acción. ¿Qué razones había para ello? El enemigo era más fuerte. Tenían aproximadamente doscientos hombres con morteros y ametralladoras, mientas que yo tenía aproximadamente setenta hombres, incluidos los comandantes […]. Reunimos a todos los soldados y oficiales restantes, y les conté nuestra misión. Empezamos a reptar hacia el extremo avanzado de las defensas enemigas. Coloqué una ametralladora pesada en mi flanco izquierdo para cubrir la línea férrea y evitar que el enemigo trajera refuerzos por el Volga.
El ametrallador tenía tres cargadores de munición. Estaba solo. No tenía ayudante. Estaba en posición. Empecé a mover a los hombres y los oficiales que quedaban. Los alemanes nos descubrieron, y fuimos sometidos a un intenso fuego de ametralladoras pesadas y fusiles. Después lanzaron bengalas, y empezó un intenso fuego de mortero. Los hombres apenas eran visibles. Empecé a dar la orden de avanzar rápidamente hacia las formaciones de combate alemanas. Logramos llegar hasta allí. Tuve que animar a los hombres a avanzar. Corrí hacia adelante con el comisario y preparé dos granadas.
¿Qué nos salvó? Había un vagón de tren ardiendo al otro lado de las formaciones alemanas, y eso significaba que nosotros podíamos verles a ellos mientras que ellos nos veían con dificultad, porque los alemanes miraban desde el mismo lado del que venía la luz. Yo me aproveché de ello e inmediatamente lancé a todo el mundo al ataque, corriendo por delante con el comisario, pistola en mano, gritando «¡Al ataque! ¡Por la patria! ¡Adelante!», y «¡Camaradas, ni un paso atrás, solo hacia delante!». Había unos quince alemanes dentro de un gran cráter. A unos treinta metros de distancia. Lancé una granada, después otra. Les oíamos aullar, chillar. Gritaban: «¡Rus, Rus!». Mis hombres me vieron lanzar la granada y empezaron a correr. Las bengalas y los morteros habían cesado, tan solo había fuego de subfusil y granadas de mano.
Cuando empecé a correr hacia delante, todos los soldados y los oficiales corrieron detrás de mí. Nos enzarzamos —nosotros y los alemanes— y combatíamos cuerpo a cuerpo. Con las bayonetas. Estaba oscuro: te encontrabas con alguien, veías que era uno de los tuyos, y pasabas al siguiente. Si llevaba una guerrera corta, significaba que era alemán. También se usaban las granadas. Realmente nos lanzaron muchas granadas, pero nosotros les pagamos con la misma moneda. Matamos a más de cien alemanes. Todo el mundo estaba revuelto, no se distinguía nada. Algunos gritaban: «¡Por la patria!». Otros gritaban: «¡Por Stalin!». Algunos blasfemaban. Yo gritaba sin parar: «¡Avanzad, quedaos conmigo, hacia el Volga!». Se oía gritar a los alemanes, sus heridos gemían. Los nuestros decían: «Me han dado, llevadme con vosotros». Los alemanes heridos aullaban. Era una pesadilla.
Cuando ataqué, los alemanes dejaron de disparar sus fusiles y sus subfusiles, empezaron a luchar únicamente con bayonetas y granadas de mano. Al parecer se habían quedado sin munición, habían usado todos sus cartuchos, no había tiempo para recargar durante el ataque. Nosotros también nos estábamos quedando sin balas. Recuerdo un teniente con un subfusil al que se le rompió la correa. Agarró el arma por el cañón y empezó a pegarles en la cabeza con el subfusil. Los alemanes echaron a correr. Nosotros corríamos detrás de ellos. Había un alemán corriendo detrás de mí. El teniente Kulinich me dice: «Camarada coronel, un alemán».
Le disparé con mi subfusil y cayó. Iba corriendo sin nada, sin un fusil siquiera. Ahí fue donde mataron al teniente Panichkin.
Cuando lancé aquellas dos granadas pude ver qué tipo de combate iba a ser. Agarré una tercera granada de mi bolsillo, empuñé mi pistola con la mano izquierda y tiré del pasador. Había un grupo de entre cinco y ocho alemanes. Yo acababa de darme la vuelta y estaba a punto de lanzar mi granada cuando a su vez un alemán lanzó una granada, que me golpeó en el pecho. Antes de que explotara salieron unas chispas: el detonador estaba ardiendo. Rebotó en mi pecho y acabó cayendo a unos cinco metros de distancia. Yo solo tuve tiempo de taparme la cara con las manos. Tendría que haberme tirado al suelo, pero estaba un poco aturdido. Entonces explotó la granada, y sufrí heridas en mi antebrazo derecho —dos fragmentos— y por encima de la rodilla de mi pierna izquierda.
Entonces el comisario gritó: «¡Hurra!». Y fue justo entonces cuando una bala pasó rozándole la lengua, le arrancó unos cuantos dientes y salió por su barbilla. Una segunda bala le dio en el pómulo izquierdo. Gritó: «Alexander Akimovich, me han dado».
Yo le contesté: «A mí también. ¿Puedes andar?».
«Sí».
«Pues sigue adelante. Yo iré a buscar a más gente.»
El teniente Kulinich dijo que también le habían dado.
Tengo que hablarle del soldado Guliutkin. Cuando Shijanov, mi ayudante, desapareció el día 8, elegí a Guliutkin, un subfusilero, como su sustituto. Era un muchacho pequeño, delgado, sin ninguna característica distintiva, nacido en 1921 o 1922. A lo largo de todo el combate —atacamos tres veces— siempre estuvo justo detrás de mí, no se separó de mí ni un segundo. Siempre estaba preocupado por mi seguridad, y me avisaba: «Camarada coronel, está usted poniendo en riesgo su vida, podrían matarle —y todos estaríamos peor sin nuestro comandante».
En uno de aquellos ataques, en la zona de la serrería, donde nos llegó de refuerzo la compañía de zapadores del camarada Nazarov, di la orden de atacar al enemigo. El comandante de la compañía no conseguía que sus hombres se pusieran en marcha. Estaban bajo un intenso fuego de mortero, de ametralladoras y subfusiles. Era por la noche. Los edificios estaban en llamas. Mi gorra salió volando, se la llevó el viento. Yo iba por ahí sin ella, y les pregunté: «¿Por qué no estáis avanzando?». Desenfundé mi pistola.
«¡Salid!», grité. «¡Atacad de inmediato!» El enemigo había llegado a 150 metros de nuestras posiciones.
Pero no querían salir. Fui corriendo y me puse delante de la compañía, de pie con la pistola en la mano: «¡Camaradas, seguidme! ¡Vamos! ¡Al ataque! ¡Hurra!».
Ellos me miraban. Vi cómo aparecía una especie de sonrisa en sus rostros. Se levantaron todos, y la compañía entera me siguió al ataque. El soldado Guliutkin me dijo: «No corra por delante, hay ametralladoras».
Guliutkin siempre se colocaba entre el enemigo y yo, me protegía con su cuerpo. Cuando yo grité «¡Adelante!», él se dejó llevar por el momento, empuñó su arma y gritó: «¡Adelante!». Pero entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y dijo: «No debe avanzar más, es demasiado peligroso».
Pero yo no podía hacer otra cosa, de modo que avancé.
Guliutkin iba agarrado de mi manga izquierda para asegurarse de que no me perdía de vista. Empuñaba su subfusil con la otra mano al tiempo que me protegía con su cuerpo. Le hirieron en los dos brazos. La misma granada nos alcanzó a los dos. Cuando hablo de él siempre pienso en que era una persona singularmente leal.
Cuando nos alcanzó la granada, no dijo: «¡Estoy herido!», sino «¿Está usted vivo, camarada coronel?».
«Sí», le contesté.
Yo me había caído al suelo cuando resulté herido. Guliutkin pensaba que estaba muerto. Yo le dije: «Estoy vivo. ¿Y tú?».
Él me respondió: «Herido en el brazo, no es grave».
Permaneció a mi lado con el brazo herido, intentando protegerme. Yo me enfadé y le dije: «¡Apártate, no puedo mandar contigo tan cerca!».
Y él me dijo: «Sí, usted debe ir primero».
Por delante, todo el mundo empezaba a abrirse paso hasta donde se
encontraban nuestros marineros.[103] Yo llevaba cuarenta minutos encabezando la batalla sin que nadie echara un vistazo a mis heridas. Algunos habíamos logrado pasar, y otros seguían combatiendo. Por fin llegué hasta los marineros, donde me recibió el jefe de un pelotón de ametralladores de la 92.ª Brigada. Me preguntó dónde estaba todo el mundo. Reunimos un grupo de dieciocho hombres y los enviamos de vuelta con aquel jefe de pelotón. Volvieron a la batalla, donde abrieron fuego de cobertura hasta conseguir que los soldados y los heridos restantes salieran de allí.
Yo me sentía mareado porque llevaba cuarenta minutos sin que me vendaran las heridas. Había estado gritando, se me había secado la garganta después de resultar herido, tenía sed. Un marinero me trajo agua en un casco. Yo me la bebí casi toda, aunque olía a petróleo. Entonces llamaron a un asistente médico para que me vendara las heridas. Estábamos de nuevo con nuestros camaradas. Empezamos a replegarnos hasta el puesto de mando de la división. Para entonces yo era incapaz de andar. Tuvieron que llevarnos al comisario y a mí. Llegamos al puesto de mando e informamos al comandante de la división de que nuestra unidad había logrado salir. Presenté mi informe por medio de un mensajero porque todavía me quedaba medio kilómetro para llegar. Me dieron permiso para cruzar al otro lado del Volga y puse a mis hombres bajo el mando del teniente Pavlov. La división se retiró de la línea del frente el día 25. A mí ya me habían llevado el día 23 a un hospital de Sarátov. Durante toda mi primera noche en una cama propiamente dicha seguí luchando contra los alemanes. […]