Stalingrado
3. Nueve relatos de la guerra
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Nueve relatos de la guerra
Página de las transcripciones de Stalingrado.
EL GENERAL VASILI CHUIKOV
El teniente general Vasili Chuikov (1900-1982) es probablemente el defensor de Stalingrado más conocido. Estuvo al mando del 62.º Ejército durante los combates que libró desde septiembre de 1942 hasta febrero de 1943 contra unas fuerzas alemanas inicialmente muy superiores en el centro de la ciudad y en el distrito industrial del norte. A principios de octubre, el 62.º defendía un frente de once kilómetros de ancho a lo largo del Volga. Al mes siguiente los alemanes ya habían abierto brecha a través de tres de los sectores más estrechos —de poco menos de doscientos metros de profundidad— y habían avanzado hasta el río. Si todo el mundo conoce aquellos dramáticos acontecimientos es en gran parte gracias a los esfuerzos del propio Chuikov: con motivo del decimoquinto aniversario de la batalla, el general publicó su primera crónica de Stalingrado, que se centraba en el «legendario 62.º». A pesar de aquellas memorias y de las otras que muy pronto iba a escribir en una rápida sucesión, la entrevista de Chuikov con los historiadores de Moscú
aporta un tesoro de nuevos datos e impresiones.[1]
La entrevista tuvo lugar el 5 de enero de 1943, en el puesto de mando del 62.º Ejército, ubicado junto a la siderurgia Octubre Rojo. (Chuikov fue entrevistado de nuevo en febrero o en marzo de 1943; algunas partes de aquellas entrevistas también aparecen aquí.) Chuikov habla de una forma franca, gráfica y convincente, más que en los años posteriores. En sus saltos mentales se adivina una tensión nerviosa que pone de manifiesto lo cerca de la aniquilación que llegó a estar el 62.º Ejército, y las severas medidas que adoptó Chuikov para impedirlo. Le contaba a los historiadores que el 14 de septiembre, dos días después de que le pusieran al mando, mandó fusilar al comandante y al comisario de un regimiento bajo la mirada de sus soldados formados en hilera. ¿Su crimen? Los oficiales habían abandonado su puesto de mando sin permiso. Poco después fusiló a dos comandantes de brigada y a sus comisarios por huir a la orilla oriental del Volga. Según explicaba Chuikov, aquellas ejecuciones tuvieron un efecto instantáneo. En sus memorias, Chuikov hablaba abiertamente de cómo hizo cumplir la orden de «ni un paso atrás» dada por Stalin, pero treinta años más tarde contó una historia distinta: los oficiales cobardes no habían sido objeto más que de una
«dura reprimenda».[2]
Para empezar, Chuikov cuenta que se crió en una familia pobre y numerosa, y relata su rápido ascenso tras la Revolución de 1917. Siguiendo el ejemplo de sus hermanos mayores, tres de los cuales prestaron servicio en la Flota del Báltico, de talante revolucionario, Chuikov se sintió instintivamente atraído por los bolcheviques, cuyo radicalismo e implacabilidad le impresionaban. En Petrogrado se alistó a las milicias armadas de obreros de la Guardia Roja, y se enroló en el Ejército Rojo inmediatamente después de su creación, en enero de 1918; un año después se afilió al partido bolchevique. Durante la guerra civil, Chuikov comandó su propio regimiento (a la sazón solo tenía diecinueve años) y participó en las ofensivas contra el Ejército Blanco en los Urales y en Siberia. Su superior y mentor fue Vladimir Azin, comandante de división, al que Chuikov comparaba con Vasili Chapayev, un héroe de la guerra civil: «Un hombre de cultura militar, pero también, al igual que Chapayev […], un hombre al que no le importaba participar personalmente en un ataque, y que metía en vereda a todo aquel que no luchara como era debido, que no hiciera lo necesario para la victoria». Conforme al relato de Chuikov, el comandante tenía una marcada autoridad física: hacía valer su autoridad sobre sus subordinados a base de puñetazos en la cara. Al igual que su mentor, Chuikov tenía muy mal genio y era propenso a la violencia, como atestiguaban muchos de sus soldados. Pero el hecho de que tuviera la boca llena de dientes de oro —como advertían muchos periodistas occidentales cuando le conocían— sugiere que él mismo había
recibido puñetazos en la cara de sus superiores.[3]
Tras el fin de la guerra civil, Chuikov asistió a la Academia Militar Frunze en Moscú. (Hasta entonces su educación se había limitado a cuatro años de escuela primaria.) Las purgas de Stalin en el Ejército Rojo (Chuikov no las menciona en sus declaraciones) contribuyeron enormemente a fomentar su ascenso. En 1939 ya había sido nombrado comandante de ejército. La biografía de Chuikov lleva el marchamo de la historia de éxito típica en la Unión Soviética. Al igual que muchos comandantes del Ejército Rojo, Chuikov se crió en la pobreza en tiempos de la Rusia zarista, para después conseguir educación, respeto y autoridad en el sistema soviético. No es de extrañar que Chuikov pase de puntillas por los puntos más bajos de su carrera profesional, como el ignominioso final que sufrió el 9.º Ejército bajo su mando durante la Guerra de Invierno. Como castigo, fue destinado a China, donde prestó servicio como agregado militar. En marzo de 1942, fue nombrado subcomandante del 64.º Ejército, una unidad de reserva estacionada en las inmediaciones de Tula. En julio de 1942, el ejército avanzó hasta el Don, donde se enfrentó por primera vez al 6.º Ejército alemán. El 8 de
septiembre Chuikov fue nombrado comandante del 62.º Ejército.[4]
A la hora de ofrecer su relato de la batalla de Stalingrado, Chuikov describe la aparición del espíritu de heroísmo en el Ejército Rojo, pero también pretende ejemplarizarlo. El general se retrata a sí mismo como un héroe fundamental de la batalla, y resta importancia a los logros de sus rivales, y en particular los de Alexander Rodímtsev, comandante de la 13.ª División de la Guardia, que ya entonces era un personaje legendario. En su libro Vida y destino, Vasili Grossman describe las luchas intestinas entre los comandantes del Ejército Rojo, donde cada uno estaba empeñado en conseguir los máximos honores. Grossman menciona un incidente que se produjo durante el mitin de la victoria del 4 de febrero de 1943, donde «Chuikov, borracho, se lanzó contra Rodímtsev con la intención de estrangularlo solo porque, en el mitin celebrado para conmemorar la victoria de Stalingrado, Nikita Jruschov abrazó y besó a Rodímtsev sin dignarse mirar
siquiera a Chuikov».[5] [NT1] A raíz de aquel incidente, la reprendió a
NKVD
Chuikov por su «desagradable» conducta. Un informe interno de marzo de 1943 relata una conversación entre Chuikov y su segundo para asuntos políticos, el teniente general Gurov, donde tildaba a Rodímtsev de «general de periódico», que tenía buenos contactos en la prensa, pero nada que mostrar de sus logros en el campo de batalla. Según el informador de la NKVD que escribió el informe, aquellas intrigas eran el motivo de que Rodímtsev fuera el único comandante de división del 62.º Ejército que no obtuvo una distinción
por la defensa de Stalingrado.[6]
El 64.º Ejército de Chuikov —rebautizado como el 8.º Ejército de la Guardia en abril de 1943— siguió combatiendo durante su avance hacia el oeste, y llegó a Berlín en 1945. Entre 1949 y 1953, Chuikov prestó servicio como comandante en jefe del Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania, y en 1955 fue ascendido a mariscal de la Unión Soviética, el máximo rango de las fuerzas armadas soviéticas. Posteriormente Chuikov fue inmortalizado de una forma especial en Volgogrado. En 1967 se erigió un memorial, coronado por una monumental estatua titulada La Patria llama, en lo alto de la colina de Mamáyev Kurgán, que fue inaugurado con motivo del 25.º aniversario de la batalla de Stalingrado. En el eje central del memorial se alza una escultura de quince metros de altura de un soldado con el torso desnudo. Aunque el torso del héroe corresponde a un hombre joven, los rasgos faciales son los de Vasili Chuikov. Conforme a lo dispuesto en su testamento, el cuerpo de Chuikov fue enterrado a los pies de la estatua La patria llama.
A. S.[7]
TRANSCRIPCIÓN
de la entrevista con el camarada teniente general Vasili Ivanovich CHUIKOV Stalingrado, 5 de enero de 1943
Entrevista realizada por el secretario científico A. A. Belkin[8]
Hay un pueblo llamado Serebrianie Prudi en la región de Tula.[9] Una familia campesina, ocho hijos, cuatro hijas. En aquella época, con unas familias tan grandes, uno trabajaba en casa para su padre hasta la edad de diez o doce años, y después se iba a trabajar a la ciudad.
Vasili Chuikov en Stalingrado.
La nuestra era una buena familia. No hacíamos ruido, como suele decirse. Nunca ocurría nada malo. Y yo hacía prácticamente lo mismo que todos los demás. Me gradué en el colegio del pueblo. Después abrieron una escuela primaria superior —nuestro pueblo era un centro del comercio. Estudié allí un año. Eso fue en 1912. Yo nací en 1900. Después fui a San Petersburgo. Ya tenía algunos hermanos allí. Todos estaban trabajando. Todos tenían empleos de las categorías más bajas: peones de la construcción, porteadores, conserjes. Así fue como empecé en San Petersburgo. En la casa de baños de Seribeyevskiye, en la calle Basseinaya. Yo era el botones de la escalera principal. Me pagaban cinco rublos al mes y las comidas. Viví así unos dos años. Siempre haciendo diabluras. Trabajaba desde las siete de la mañana hasta las once de la noche.
Y entonces, la víspera de una festividad —era la Semana Santa de 1914— me metí en un buen lío. Teníamos un jefe muy estricto, y un día vio que había basura en la escalera principal. Se acercó, lo vio, y me despidió en aquel punto y hora. Yo me puse de rodillas para suplicarle que no lo hiciera, no tenía absolutamente ningún sitio adonde ir. No podía volver a mi casa del pueblo porque en mi familia ya eran quince o dieciséis, y yo habría supuesto otra boca que alimentar. ¿Qué iba a ser de mí? Conseguí otro empleo a través de un conocido. Era taxista, y tenía el mismo apellido que yo —Piotr Chuikov. Me buscó una colocación en la pensión Sanremo, en la avenida Nevski, haciendo lo mismo que antes. Yo era el botones de la escalera principal, el botones del hall, así lo llaman. Dios sabe lo que estaría haciendo, pero en una ocasión iba subiendo a una habitación con un samovar y algunos platos, cuando tropecé y rompí todo lo que había en la bandeja. La camarera empezó a gritarme, y yo me puse furioso y empecé a patalear. Todo salió volando, y me fui corriendo de la habitación. Qué escena. De modo que no habían pasado más de tres semanas y ya me habían vuelto a poner de patitas en la calle.
Entonces encontré otro empleo a través de una gente que conocía. Me enviaron a un hotel, el llamado Yar de Moscú, en la esquina de la calle Svechny y Yamskaya. Allí uno podía encontrar de todo, como suele decirse, pero nada bueno. Fui testigo del sórdido libertinaje que existía en aquellos tiempos. A decir verdad, acabé completamente asqueado de trabajar allí, y decidí que tenía que marcharme a toda costa. Pero ¿adónde podía ir? Yo era todavía un niño, pero físicamente era mayor. Si mal no recuerdo, para entonces ya había empezado la guerra. […] Soy el quinto hijo varón de mi padre. Todos mis hermanos mayores fueron reclutados en las fuerzas armadas. Tres de los cuatro eran marineros de la Flota del Báltico. Eso fue
cuando Rumanía le declaró la guerra a los alemanes. Otoño de 1916.[10]
También me acuerdo de que volví de algún lugar totalmente empapado y tiritando, y me puse enfermo. Estuve malo aproximadamente dos meses, pero seguía trabajando. Entonces empezó a salirme sangre de la boca y la nariz. Yo siempre había estado fuerte y sano, pero entonces no sé lo que me ocurría. Mi hermana trabajaba como sirvienta en Petersburgo. Yo me estaba consumiendo. Recuerdo que me despertaba por la noche con la boca llena de sangre. Tosía y la escupía durante un rato, y después volvía a sangrar.
Fui al médico dos veces. Ya no podía trabajar. Me enteré de que mi hermana le había escrito a mi padre para decirle que su niño se estaba muriendo. Después recibí una emotiva carta de mi padre: vuelve a casa, ahora aquí no hay nadie, todos tus hermanos se han ido, puedes echarme una mano en casa. Creo recordar que a principios de 1917 —en enero— me marché de Petersburgo con las últimas fuerzas que me quedaban. Seguí enfermo durante casi todo el resto del invierno. La Revolución de Febrero me pilló en Serebrianie Prudi.
Al llegar la primavera ya había empezado a sentirme mejor, y pude ayudar con la faena. No consigo recordar exactamente cuándo me recuperé del todo. Me cansé de vivir en casa de mi padre, así que me fui a ver a mis hermanos en Kronstadt. Logré llegar hasta allí. Yo entendía alguna que otra cosa de la situación política. El verano de 1917 fue un periodo de manifestaciones
políticas. Los socialrevolucionarios de izquierdas[11] tenían mucha influencia en nuestro pueblo. Cuando mis hermanos volvían a casa me contaban todo lo que estaba ocurriendo. Por supuesto nosotros, los jóvenes, no soportábamos a los socialrevolucionarios, y la gente nos apodaba «bolcheviques». Teniendo en cuenta que a los bolcheviques les echaban la culpa de cualquier cosa, de todo, ese era el papel que desempeñábamos. Era imposible razonar con nosotros. Cuando estábamos todos juntos, éramos una pandilla de muchachos con la que era mejor no meterse. Hoy en día uno de mis hermanos es el director de la fábrica de máquinas-herramientas Sergo Ordzhonikidze de Moscú.
Cuando llegué a Kronstadt, entré en un ambiente completamente nuevo. En primer lugar, Kronstadt era una ciudad revolucionaria. Se estaban
preparando para la Revolución de Octubre.[12] No se hablaba de ello abiertamente, ni en voz alta, pero la gente ya estaba trabajando en ello. Yo no quería marcharme, de forma que me alisté en la misma unidad de instrucción que uno de mis hermanos. Aprendí a ser marinero —a decir palabrotas, a comer gachas y a llevar pantalones de pernera ancha. Había conversaciones y debates, y a partir de ahí empecé a formarme algunas opiniones. Mis hermanos no eran miembros del partido, pero todos ellos eran simpatizantes de los bolcheviques. Tres de ellos participaron en la Revolución de Octubre. No quisieron llevarme con ellos. «¿Dónde crees que vas, chaval?», me dijeron. Formaron parte del grupo que asaltó el Palacio de Invierno, y de
hecho dos de ellos[13] lucharon contra los cadetes militares que se habían atrincherado allí. Mi otro hermano no llegó a salir de su barco.
Todos sabemos cómo acabó aquella sublevación revolucionaria. Inmediatamente después tuvimos la sensación de que la antigua organización militar empezaba a desintegrarse. La gente abandonaba el frente, abandonaba la flota, y nosotros —creo que fue a comienzos de 1918— todos nosotros acabamos en Serebrianie Prudi. Nos fuimos a casa de nuestro padre, en cuya casa para entonces vivían dieciocho personas, porque sus hijos mayores se habían casado. La familia vivía con mi padre, y de repente aparecemos nosotros, los granujas, y ¿qué podemos hacer allí? Sobre todo teniendo en cuenta que es invierno.
Cuando llegué a mi pueblo, todos los jóvenes vinieron a verme. Todos pensábamos mucho, pero no durante mucho tiempo. Más o menos por aquella
época promulgaron el decreto para la formación del Ejército Rojo.[14] Nos juntamos todos. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Alistarnos en el ejército! De nuestro pueblo nos alistamos Vasili Kuzmich Rikin, Alexéi Gubarev, Yegor Minkin y yo. Fuimos a Moscú. No sabíamos adónde ir. Nos acercamos a la primera persona que vimos con abrigo militar y le preguntamos dónde estaba la unidad del ejército más cercana. Dio la casualidad de que era un buen tipo.
«¿Qué queréis?», nos preguntó.
«Queremos alistarnos en el Ejército Rojo», dijimos nosotros.
«¿Tenéis documentación?»
Volvimos al ayuntamiento de nuestro pueblo[15] para que nos dieran los papeles necesarios que certificaran que éramos políticamente de fiar. Aquel
hombre nos aconsejó que fuéramos a Lefortovo.[16]
Nos dijo: «Están organizando algún tipo de cursos allí. Es posible que os cojan».
El comisario encargado de los cursos era Segal, si mal no recuerdo. Nos presentamos allí con todas nuestras pertenencias. Si no podíamos encontrar trabajo, por lo menos podíamos estudiar. Estuvo hablando con nosotros y nos inscribió de inmediato. Enseguida empezaron a meternos en vereda, todos los domingos nos llevaban a dar un paseo por Moscú para hacer alarde de las fuerzas armadas del proletariado. Teníamos muy buen aspecto.
Entonces los socialrevolucionarios de izquierdas encabezaron una
sublevación,[17] y nos llamaron para reprimirla. La sublevación fue aplastada. Para mí fue un bautismo de fuego. Al cabo de un tiempo, a finales de julio o principios de agosto, nos licenciamos. De modo que tuvimos una instrucción de aproximadamente cuatro meses. Aquellos fueron los primeros cursos de instrucción militar del Ejército Rojo en la antigua Academia
Alexeyevskaya[18] de Moscú. Nos enviaron al frente. […]
[Sigue una larga historia sobre la participación de Chuikov en la guerra civil.]
Fui admitido en el partido en 1919, a orillas del Viatka. [19] Fue muy sencillo:
«¿Por qué tendríamos que aceptar tu solicitud?»
«¿Y por qué no?» Y sanseacabó.
Entonces me enviaron a hacer un largo viaje a China. Después trabajé en el Ejército Especial del Extremo Oriente hasta 1933. Más tarde trabajé durante un tiempo en Moscú como director de la Escuela de Formación de Oficiales del Ejército Rojo, hasta 1935, y después estudié otros siete meses en la Academia Stalin de Motorización y Mecanización. En 1936 me incorporé al Estado Mayor de una brigada mecanizada en Bobruisk. En 1938 fui nombrado comandante de un cuerpo de fusileros, después comandante del Grupo de Ejército de Bobruisk, que posteriormente pasó a ser el 4.º Ejército durante la ofensiva de Polonia. Una vez terminada aquella campaña, me enviaron al Frente Finlandés. Encabecé el avance del 9.º Ejército hacia Ujtinsky. Después finalizó aquella campaña. Y justo cuando regresamos al oeste, de vuelta en el 4.º Ejército, volvieron a enviarme a China como asesor jefe de Chiang Kai-shek. Sé algo de inglés, lo suficiente como para mantener una conversación, y después empecé a aprender algo de chino.
La guerra me sorprendió cuando todavía estaba en China, y regresé a casa en marzo de 1942. Fui nombrado comandante del 1.º Ejército de Reserva en Tula. Vine aquí con aquel ejército el 17 de julio. […]
Mi primer combate con el 64.º Ejército no fue un éxito. No sé muy bien por qué. Llegamos el día 17 [de julio], y el 19 recibimos la orden de avanzar y asumir posiciones defensivas, aunque el 10 % de nuestras fuerzas no había llegado, y para cuando comenzó la batalla disponíamos a lo sumo del 60 % de ellas. Las divisiones habían recorrido doscientos kilómetros desde la estación en la que habían desembarcado, y después entraron en combate casi directamente. El alto mando tuvo algunas ideas extrañas, y nosotros tuvimos
que sufrir las consecuencias. Eso fue lo que ocurrió con Gordov.[20] El 64.º Ejército evitó la catástrofe que sufrió el 62.º Ejército en la otra orilla. Yo saqué de allí a mis tropas. La gente lo calificó de retirada caótica, pero yo saqué de allí al ejército bajo el fuego enemigo. Los que no lo hicieron lo pagaron caro, como el 51.º Ejército y muchas divisiones. Pero yo mantuve fuerte al 64.º Ejército. Sufrimos bajas, pero es imposible hacer nada sin algunas bajas. Yo no quería abandonar el frente. Lo que sucede, sucede. Más tarde un grupo formado por el 64.º Ejército y lo que quedaba del 51.º Ejército
fue enviado a Kotelnikovo.[21] Allí combatimos. Nos dieron fuerte de verdad. El alto mando del frente no estimó bien la dirección del ataque, a pesar de que el camarada Stalin le había dicho a Gordov y a todo el mundo que el objetivo
principal del enemigo era Tsimlianskaya.[22]
Un gigantesco grupo motorizado alemán salió de allí y avanzó desde Tsimlianskaya hacia Stalingrado. Nadie tomó las medidas adecuadas. Entonces empezaron a reunir algunas fuerzas para impedirles el paso. Me enviaron a mí con mi grupo. Primero fuimos cuatro divisiones, después siete. Contuvimos al enemigo e hicimos posible que nuestras tropas se desplazaran lateralmente. Desbaratamos el plan del enemigo, que consistía en atacar Stalingrado a través de Kotelnikovo. Frenamos su avance, aniquilamos un gran número de carros de combate y decenas de miles de soldados de infantería, sobre todo rumanos, con lo que les obligamos a una retirada. Lo logramos principalmente con rápidos movimientos de tropas y con enérgicas acciones defensivas. Logramos crear un frente —de lo contrario no habría habido nada, tan solo una puerta abierta. […]
El 11 de septiembre fui convocado a una reunión con Yeriomenko y Jruschov en el cuartel general del frente, donde me dijeron que iba a asumir el mando del 62.º Ejército. Mi misión: defender Stalingrado. Me dijeron que averiguara qué unidades había allí, dado que ni siquiera ellos lo sabían con exactitud.
Los alemanes se acercaban desde dos direcciones. El primer grupo avanzaba contra el 62.º Ejército desde el oeste, pasando por Kalaj, justo al norte de Spartakovka y Rinok; la segunda fuerza de ataque procedía del suroeste, desde Tsimlianskaya y Kotelnikovo. Aquella tenaza iba convergiendo contra el 62.º Ejército en Stalingrado, porque el 64.º Ejército se había retirado a Beketovka. Los alemanes no fueron allí. Personalmente, creo que su estrategia consistía en intentar conquistar Stalingrado lo más rápidamente posible, lo que habría desmoralizado tanto a nuestro ejército que no sabríamos qué hacer. Stalingrado era importante para ellos como punto de partida hacia el norte. La tenaza se cerró en la zona de Karpovka-Nariman, y todo se centró en Stalingrado, donde tan solo teníamos el 62.º Ejército. El resto de nuestras fuerzas estaba fuera de la tenaza. […]
Cuando Nikita Sergeyevich[23] me ordenó ir a Stalingrado, me preguntó: «¿Qué le parece?». Yeriomenko también quería saberlo. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Bueno, ¿qué podía decir yo? Dije: «Comprendo perfectamente mis órdenes, y las cumpliré. Haré lo que pueda. Mantendré a los alemanes fuera de Stalingrado o moriré en el intento». Después de eso no hubo más preguntas. Me ofrecieron té, pero yo lo rechacé, subí a mi coche y conduje hacia Stalingrado.
Nuestro puesto de mando estaba ubicado en la colina 102,[24] y el enemigo estaba a tres kilómetros de allí. Teníamos comunicaciones, teléfono y radio. Pero los alemanes abrían brecha por doquier, dondequiera que mirabas. Las divisiones estaban tan cansadas y mermadas por los combates de los días anteriores que no se podía confiar en ellas. Yo sabía que me iban a llegar refuerzos al cabo de tres o cuatro días, pero me pasé aquellos días sobre ascuas, intentando reunir los hombres suficientes a fin de formar algo parecido a un regimiento para poder tapar los huecos. El frente iba desde
Kuporosnoye y Orlovka hasta Rinok.[25] La ofensiva principal de los
alemanes iba dirigida contra Gumrak[26] y la estación ferroviaria del centro de
la ciudad, y el segundo ataque se dirigía a la zona sur, contra Olshanka[27] y el elevador de grano.
El general Vasili Chuikov (segundo por la izquierda) en su puesto de mando. A su izquierda está su jefe de Estado Mayor, Nikolái Krilov; a su derecha está el general Rodímtsev. A su lado está sentado el jefe de división Kuzma Gurov. Fotografía de Viktor Temin. Según su hijo Alexander, Chuikov llevaba un dedo vendado no a consecuencia de una herida en combate, sino de
una afección cutánea de tipo nervioso que le aquejó de forma crónica en Stalingrado.[29]
Una división. ¿Cuántos hombres? Doscientos, procedentes de distintas unidades. Una brigada. ¿Cuántos hombres? Dicen que trescientos. Algunas divisiones habían quedado reducidas a tan solo 35 hombres. Teníamos algo de artillería, no artillería de división, sino un regimiento anticarro.
Aquellos cuatro días fueron una tortura, en el sentido más literal de la palabra. La 6.ª Brigada de la Guardia fue totalmente aniquilada el día 13. Tan solo quedó un carro de combate en funcionamiento, un T-34. La 113.ª Brigada se aferraba a sus veinte carros de combate, aproximadamente. Estaban en el sur, y la 6.ª Brigada de la Guardia estaba en su flanco derecho. Su
comandante era el coronel Krichman.[28] Era una brigada excelente, pero estaba en aquel flanco derecho. Había algunas brigadas más, pero no tenían ni un solo carro de combate, y los alemanes iban avanzando.
Cuando llegué al cuartel general del ejército, estaba de un humor de
perros. Solo vi a tres personas: al camarada Gurov,[30] al jefe de Estado
Mayor Krilov,[31] [32] y al jefe de artillería Pozharski. Tres de mis subcomandantes habían huido a la orilla oriental. Pero lo principal era que no teníamos unidades de combate fiables, y necesitábamos resistir otros tres o cuatro días. Las divisiones tenían sus respectivos cuarteles generales a orillas del Volga, y nosotros seguíamos estando en una posición avanzada, en lo alto de aquella colina. Estábamos en un túnel a lo largo del río Tsaritsa, mientras que todos los demás puestos de mando estaban más atrás. Aquella resultó ser la decisión adecuada. Y también hubo otra cosa que dio resultado, si es que podemos utilizar una palabra como esa. Empezamos de inmediato a tomar las medidas más estrictas posibles contra la cobardía. El día 14 mandé fusilar al comandante y al comisario de un regimiento, y poco después fusilé a dos
comandantes de brigada y a sus comisarios.[33] Aquello pilló a todo el mundo desprevenido. Nos aseguramos de que la noticia llegara a todos los hombres, sobre todo a los oficiales. Si bajas por el Volga, decían, te encontrarás justo delante del cuartel general del ejército. De modo que volvieron a sus puestos. Si yo mismo hubiera cruzado el Volga, me habrían fusilado al desembarcar, y habrían hecho muy bien. Las necesidades del día determinan lo que hay que hacer.
Sabíamos que podíamos resistir porque conocíamos los puntos débiles del enemigo. Colocamos divisiones destacadas de 35 hombres, o un grupo de doscientos, cuando los alemanes por fin entraron en la ciudad, con sus carros de combate y otros vehículos. El día 14, cuando entraron en la ciudad, empezaron a prepararse para celebrarlo. Pero aquellas divisiones destacadas les pusieron en su sitio y les obligaron a retirarse de la orilla del río. Habían abierto brecha hasta el vado del río. ¿Qué podíamos hacer nosotros? Estábamos completamente aislados, no había ningún sitio al que huir. Reunimos a nuestros oficiales de Estado Mayor, y conseguí cuatro carros de combate, y les atacamos con todo lo que teníamos. Llegó la división de
Rodímtsev.[34] Como mínimo nosotros teníamos que despejar la zona de desembarco. Les atacamos con todo. Obligamos al enemigo a retroceder hasta la estación del ferrocarril. Todos permanecieron en sus puestos, hasta el último hombre. Conseguimos que dos regimientos de Rodímtsev lograran vadear el río a salvo. Entraron en combate desde el mismo momento que desembarcaron en el vado. No sabían adónde estaban ni lo que estaba ocurriendo; no sabían si era de día o de noche. Pero nosotros teníamos la sensación de que el enemigo había sido imprudente, que nos atacaba sin tomar ningún tipo de precauciones. Nuestras divisiones eran pequeñas, pero nosotros seguíamos atacándoles, seguíamos mermando sus fuerzas. Todavía nos quedaba mucha munición. Todos los depósitos de munición estaban por allí.
Durante aquellos tres días destruimos un enorme número de carros de combate enemigos. Nosotros sufrimos grandes pérdidas. Ellos acabaron con nuestros cañones y con nuestros artilleros, pero no podíamos hacer nada. Todo el mundo sabía que no teníamos derecho a retroceder. Y el miedo a los carros de combate se desvanece cuando uno ha aprendido a enfrentarse a ellos, de manera que al cabo de poco tiempo a uno le dan igual. Por supuesto que había cobardes, soldados que salían corriendo. Pero nuestras transmisiones funcionaban, teníamos a nuestros oficiales de enlace asegurándose de que todos los comandantes de división y de regimiento supieran que había que fusilar a todo aquel que volviera a la orilla del río, a cualquiera que se acercara siquiera. Las tropas sabían que tenían que luchar hasta el final por Stalingrado, y sabían que había refuerzos de camino.
El trabajo político se realizaba sin orden ni concierto, pero era el adecuado a las circunstancias. Durante unos momentos tan peligrosos, un soldado no necesita que le den charlas ni eslóganes inteligentes. Necesita saber que el alto mando está con él, que su comandante está con él. Necesita decirse a sí mismo que tenemos que matar a los alemanes y que no vamos a cruzar el Volga. Entre nuestros comandantes y comisarios había de todo, hombres valientes y cobardes.
Llevábamos tres días combatiendo cuando llegó la división de Rodímtsev, y ellos ya llevaban batallando seis días en unas condiciones sumamente difíciles. Por supuesto, no habían conseguido avanzar nada, pero habían conseguido defender aquella línea a la orilla del río. En aquel combate el enemigo no sacaba nada en limpio, y empezó a dar un rodeo, para dirigirse a Mamáyev Kurgán. Entonces pudimos recuperar el aliento. […] En aquel momento los soldados y los oficiales empezaron a darse cuenta de que los alemanes no lograban conquistar nada de nada, que éramos capaces de luchar contra ellos y liquidarlos. Los hombres empezaron a divulgar aquella idea. A los soldados se les ocurrían sus propios eslóganes. Volvían a sentir alegría de nuevo.
Probablemente nos lanzaron un millón de bombas, sin contar los proyectiles de artillería y de mortero. Nuestras transmisiones estaban consolidadas y funcionaban sin interrupción. El coronel Yurin era nuestro jefe de transmisiones. Incluso durante aquel brutal bombardeo, cuando todo explotaba, volaba, ardía, yo hablaba por teléfono con todos mis comandantes dos veces al día, o una docena de veces con alguno de ellos si estaban participando en un ataque importante. Nuestro puesto de mando se había trasladado a la fábrica Barricadas, al depósito de combustible. En aquel momento estábamos a dos kilómetros de las líneas del frente. Nos sentábamos a comer, y el enemigo nos bombardeaba sin cesar, intentaba echarnos de allí a bombazos. Nuestra sopa llegaba a la mesa y todavía tenía fragmentos de metralla. Lebedev, un miembro del Consejo Militar, me contó que una vez impactó un proyectil mientras él estaba en la letrina. Sí, ibas a la letrina —y te encontrabas con un montón de cadáveres.
Los suministros solo nos llegaban desde la otra orilla del Volga, y solo por la noche. Nuestros soldados se pasaban dos o tres días sin comer. No había forma de conseguirles nada de comer, ni tiempo siquiera para pensar cómo hacerlo. Así es como salían los heridos: si caes herido, te quedas donde estás hasta la noche. Estás sangrando, pero no puedes hacer nada porque si intentas salir a gatas a la trinchera no lo lograrás, de modo que te quedas allí, y esta noche alguien encontrará la forma de sacarte. No pasaban cinco minutos sin que te pasaran por encima quince o veinte aviones. Nunca dejaban de bombardear, nunca dejaban de disparar su artillería. Todo el mundo estaba cuerpo a tierra. Sus carros de combate iban avanzando lentamente, y los subfusileros iban justo detrás. Sus bombarderos bajaban en picado hasta cuarenta o cincuenta metros del suelo. El enemigo tenía un mapa de Stalingrado y buenas transmisiones aire-tierra. Sus enlaces eran excelentes. Pero nuestros soldados sabían que cuanto más cerca estuvieran del enemigo, mejor. Dejaron de tener miedo a los carros de combate. Los soldados de infantería entraban en una trinchera, en un barranco o en un edificio y empezaban a disparar contra la infantería enemiga que avanzaba por detrás de los tanques. Los carros de combate pasaban de largo, y nosotros se los dejábamos a nuestra artillería, que estaba a unos doscientos o trescientos metros por detrás de la línea del frente y empezaba a disparar cuando se ponían a una distancia de entre veinte y cincuenta metros. Y nosotros no dejábamos pasar a su infantería. Los alemanes pensaban que aquella zona ya estaba despejada, que era terreno muerto. Pero aquel terreno muerto resucitaba. Y nosotros teníamos nuestros Katiushas y nuestra artillería.
El enemigo lanzó una división de carros de combate y tres divisiones de fusileros contra un único sector del frente, de dos kilómetros de ancho, y hubo un bombardeo previo de artillería como para poner los pelos de punta. Sus carros de combate avanzaron, y más de la mitad se quedaron en nuestro campo, inutilizados. Al día siguiente no hubo otro ataque como aquel. Estaban derrotados, y tenían entre 10 000 y 15 000 heridos. Nosotros evacuamos a 3500 heridos, pero quién sabe cuántos más se quedaron en el sitio —no solo en el frente en su conjunto, sino simplemente en aquella picadora de carne de dos kilómetros.
El vado estaba bajo un fuego constante. La orilla del río quedó allanada, como si la hubieran planchado. La bombardeaban todo el tiempo. El camarada Stalin me envió a Yeriomenko para saber cómo estábamos resistiendo. Le llevó dos días y medio cruzar hasta nuestra orilla. Su ayudante resultó herido en un hombro, y los alemanes hundieron dos lanchas. Cruzaron por la noche, por culpa de todos aquellos aviones. Tan solo cruzaban las lanchas. Los barcos de vapor funcionaban por la noche y se ocultaban antes del amanecer, de modo que sobre las aguas del Volga no quedaba ni un bote
de remos. Iban hasta Tumak[35] [36] y Verjniaya Ajtuba, pero incluso allí los atacaban. En cuanto a nuestras barcazas —¿quién sabe cuántas hundieron?
No teníamos ninguna brigada de infantería de marina, pero teníamos
marineros que habían llegado del Extremo Oriente como refuerzos.[37] Eran buenos hombres pero con una instrucción deficiente. Su moral era buena. Le dabas a uno un subfusil y decía: «La primera vez que veo uno de estos». Al cabo de un día ya sabía cómo utilizarlo. No había escasez de cartuchos, los marineros solo tenían que aprender qué hacer con ellos.
En cuanto a las nacionalidades —había rusos, muchos de ellos de Siberia. El 70 % eran rusos, el 10 % eran ucranianos, y el resto de otras nacionalidades. Los rusos son los mejores combatientes.
El peor momento durante la defensa de Stalingrado fue después del discurso de Hitler, cuando Ribbentrop y otros anunciaron que Stalingrado iba a caer en sus manos el 14 de octubre. Estuvieron cinco días preparándose. Nosotros nos dábamos cuenta. Sabíamos que estaban trayendo divisiones de carros de combate de refresco, concentrando nuevas divisiones en aquel sector de dos kilómetros, y como anticipo de todo ello estaban bombardeándonos desde el aire y con su artillería más que nunca, casi no podíamos ni respirar. Nosotros seguíamos en nuestro barranco. Ellos no paraban de bombardearnos y provocar incendios. Sabían que el puesto de mando de nuestro ejército estaba allí. Y también ocho depósitos de combustible. Todos tenían fugas. El combustible fluyó hasta el refugio subterráneo de nuestro jefe de artillería. Todo empezó a arder, y estuvo ardiendo a lo largo de todo un kilómetro junto a la orilla del Volga. El incendio duró tres días seguidos. Teníamos miedo de asfixiarnos o de envenenarnos con los gases hasta el extremo de que el enemigo fuera capaz de capturarnos vivos. Nos trasladamos a otro puesto de mando más cerca del lugar donde se disponía a atacar el enemigo. Y permanecimos allí. Sabíamos que cada metro adicional de hilo telefónico incrementaba el riesgo de que nuestras comunicaciones quedaran cortadas. Para un comandante, lo más criminal, lo más peligroso, sobre todo si es un comandante superior, es perder el control de las transmisiones. Y sobre todo teníamos miedo de perder el control de nuestras tropas. Tal vez yo no pueda enviarle ningún tipo de refuerzos a uno de mis comandantes, pero me basta con agarrar el teléfono y decirle lo que quiere oír, y eso es lo único que necesita.
A lo largo de mi vida he soportado numerosos bombardeos y preparativos de artillería, pero siempre recordaré el día 14 de aquel mes. No se podía oír la detonación de los proyectiles uno a uno. Nadie contaba los aviones. Salías de tu búnker y no podías ver a cinco metros de distancia por culpa del humo y el polvo que había por todas partes. El día 14 nuestro cuartel general del ejército perdió a 61 hombres, pero teníamos que seguir allí pasara lo que pasara. Cuando el enemigo lanzó su ataque, a las once de la mañana del día 14, yo ya sabía que no teníamos suficientes soldados, y que nuestra única esperanza era que los hombres que nos quedaban fueran capaces de hacer su trabajo. Tan solo el día anterior yo había logrado traer una única brigada de carros de combate, camuflándolos muy bien, y colocando guardias a su alrededor. Aquella noche el enemigo no los bombardeó. No sabían que estábamos esperándoles para tenderles una emboscada. Nuestros carros de combate aniquilaron tres columnas de tanques enemigos. Después nuestros carros de combate fueron destruidos, pero el hecho es que logramos poner freno a su ataque.
Aquel día no ocurrió nada más grave, aunque sufrimos un ataque similar el 11 de noviembre.
El ataque fue el día 14, y el 15 ya estaba claro que no iban a poder hacer otro igual. Movilizamos a todo nuestro cuartel general del ejército, y nuestro último puesto avanzado estaba en la línea del frente. Resistimos tres días, hasta que llegó la 138.ª División.
La gente cree que la guerra urbana consiste en recorrer una calle y disparar. Es una tontería. Las calles están vacías, y los combates se producen en los edificios, en las estructuras y en los patios, de donde tienes que ir sacando al enemigo a base de bayoneta y de granadas. Para ese tipo de combates, a nuestros soldados les encanta la Fenia, que es como llaman a nuestra granada de mano. En los combates urbanos se utilizan las granadas de mano, los subfusiles, las bayonetas, los cuchillos y las herramientas para cavar trincheras. Te encuentras cara a cara con el enemigo y lo rajas. Los alemanes no podían defenderse. Estaban en una planta, los nuestros en otra. Y después estaban sus carros de combate. Traían todo lo que podían, pero nosotros teníamos el Volga. (Ahora por fin podemos pasear por la orilla del Volga, y es un gran placer.)
No hubo pausas en las operaciones de combate, ninguna en absoluto. Entre el 13 y el 14 de septiembre nuestros ejércitos se juntaron y combatieron. Nos machacamos mutuamente. Sabíamos perfectamente que Hitler no se iba a dar por vencido, y que iba a seguir lanzando más y más tropas contra nosotros. Pero debía sentir que era una lucha a vida o muerte, y que Stalingrado iba a seguir luchando hasta el final. Stalingrado estuvo bajo un ataque permanente, y eso duró hasta el 20 de noviembre. Cuando empezamos a darnos cuenta de que aflojaban la presión, juntábamos nuestras fuerzas y lanzábamos contraataques. No les dejamos en paz en lo alto de Mamáyev Kurgán. Les atacamos docenas de veces. La 37.ª División pasó al ataque en las inmediaciones de la fábrica de tractores. Durante todo el tiempo hubo escaramuzas mortales. Hasta entonces habíamos estado activamente a la defensiva. Atacar no formaba parte de nuestra misión. Pero nuestra defensa era una defensa activa. No estábamos allí simplemente para soportar los ataques, sino para aprovechar cada minuto y poder atacar después. Algunos días los combates eran más encarnizados, otros días eran más débiles, pero nunca cesaban. Siempre había un ataque en curso. Lo que ocurría algunos días es algo imposible de imaginar.
Nosotros esperábamos que el ataque enemigo fuera antes de las festividades de noviembre. Nuestros servicios de inteligencia decían que Hitler iba a lanzar un nuevo ataque contra Stalingrado el 3 de noviembre. Preparamos nuestra munición y a nuestras tropas. No había tregua en los combates, pero a pesar de todo esperábamos que la situación se recrudeciera. La inteligencia estaba en lo cierto. El ataque se produjo en la fábrica Barricadas. El enemigo quería conquistar el vado del norte, con la esperanza de partir en dos nuestro ejército. Pero después nos sorprendió ver que no hubiera un ataque mayor los días, 3, 4, 7 y 10. Los combates proseguían, pero no sentíamos demasiada presión. En el cuartel general del frente estaban preocupados. Los alemanes tenían una gran concentración de equipo, de armamento de todo tipo. Tenían dos divisiones en reserva. Todo eso lo sabíamos. ¿Habían averiguado que estábamos trasladando tropas al flanco derecho? Todos los días Yeriomenko me preguntaba: «¿Qué está pasando por ahí? ¿Ha huido usted de su sector?». El día 11 el enemigo atacó con las dos últimas divisiones que tenía en reserva. Básicamente les habíamos obligado a salir con toda nuestra actividad. No contra el sector del 64.º Ejército, ni contra el Frente del Don, sino contra nosotros en particular. Carecíamos de reconocimiento aéreo, pero disponíamos de información de nuestros agentes. […] Sacábamos información de los prisioneros, de los muertos, de los documentos —de cosas indiscutibles.
Y entonces, a partir del día 20, toda aquella actividad aérea del enemigo se interrumpió de repente, como si les hubieran cortado el suministro, y también suspendieron los ataques de todo tipo. No era el momento de pararse a descansar. En algún lugar seguía habiendo combates, y eso nos preocupaba: «¿Qué vamos a hacer, quedarnos aquí sentados?». No nos habían dado refuerzos, todos habían ido a otro sector del frente.
Aquella defensa activa —hubo dos fases— comenzó entre el 12 y el 13 de septiembre y concluyó el 20 de noviembre de 1942. Entonces tuvimos la sensación de que debíamos atacar. Poco a poco empezamos a reconquistar el terreno que habíamos perdido. Ellos lanzaron ataques masivos. Tenían una increíble capacidad de fuego. Ninguna de nuestras baterías estaba en una posición adecuada para eliminarla. Con este fuego automático moderno, es posible aplastar a la infantería con muy poco personal. Los carros de combate no podían moverse por la ciudad debido a todas las minas y las barricadas metálicas que había por doquier. A partir del 14 de octubre, los carros de combate enemigos no habían podido operar porque el terreno estaba demasiado cuarteado. Yo quería llevar siete carros de combate a la fábrica Octubre Rojo. Los hombres hicieron todos los esfuerzos posibles pero no conseguimos que pasaran. Cráteres por todas partes. Los carros de combate caían dentro y ya no podían salir. Toda la zona estaba bajo el fuego. Algunos edificios habían ardido hasta los cimientos, pero a pesar de todo los carros de combate no podían pasar a través de ellos.
Formamos pequeños grupos de asalto que empezaron a operar el 23 de noviembre. Su objetivo eran los edificios, los sótanos, los talleres de las fábricas. Se trataba de grupos pequeños pero bien planificados y organizados, con granadas de mano. Utilizaban todo tipo de armas, pero ahora no voy a entrar en eso. En particular los lanzallamas —como arma defensiva— y los proyectiles de alta potencia. Los sacábamos a rastras por las calles, los activábamos y los detonábamos. Se producía una onda expansiva de cien metros de radio, y después entraba en acción nuestra infantería. Los alemanes no podían hacer nada contra eso. Bolas de termita. La artillería de largo alcance disparaba sobre todo contra los puntos de fuego enemigos, y aquí teníamos morteros, cañones anticarro y nuestras granadas de mano. Era lo que más usábamos, y era lo que daba mejores resultados.
El objetivo de la tercera fase era asegurarnos de que las fuerzas enemigas ubicadas aquí se quedaran aquí y no se trasladaran a otros sectores del frente. Las obligábamos a combatir. Fue idea del alto mando que impidiéramos que se marcharan. Y lo logramos. Algunos de sus carros de combate se marcharon, pero las divisiones contra las que habíamos estado combatiendo siguen en su lugar, aunque las hemos destrozado a cañonazos. […] Las estamos pulverizando. Deben de tener la moral bastante baja. Nos hemos enfrentado sobre todo a divisiones alemanas. El comandante de esos dos ejércitos es Paulus, un coronel general.
Así pues: la primera fase de esta batalla tuvo lugar al otro lado del Don. En su mayor parte hubo dos ejércitos, el 62.º y el 64.º, combatiendo contra el grueso de las fuerzas enemigas atacantes. Durante aquel ataque las desgastamos mucho. Ya estaban gravemente debilitadas cuando llegaron a Stalingrado. Pero allí lanzaron a su aviación desde Crimea y enviaron nuevas fuerzas. Las dos fuerzas de ataque principales convergieron cerca de Stalingrado y se dirigieron contra el 62.º Ejército. El 64.º Ejército estaba descansando, sin hacer nada.
En la segunda fase, lo que estaba en juego era la aniquilación total: o nos destruían ellos a nosotros, o nosotros les destruíamos a ellos. No había otro camino. Cada soldado era consciente de que no iba a haber piedad, de que Hitler no iba a parar. Yo creo que las bajas del enemigo fueron entre tres y cuatro veces mayores que las nuestras, tanto en carros de combate como en infantería, sin incluir los aviones. Ahí la cosa no pintaba bien. Nuestros
Halcones de Stalin[38] solamente llegaban hasta el Volga, y ahí soltaban su munición. Llegaban y soltaban sus bombas. A veces nos bombardeaban a nosotros, y a veces a los alemanes. Y después volvían. Pero a veces veíamos varios aviones alemanes atacando a uno de los nuestros —y eso era algo espantoso, sabíamos que eso era el fin de nuestros muchachos. Nuestras fuerzas aéreas hacían un buen trabajo por las noches. No sé a quién se le
ocurrió el [39] U-2 pero fue una invención valiosa. A aquel avión lo llamábamos
el RA: rey del aire. No tenía miedo de nada. Y los alemanes le tenían un gran respeto. Lo llamaban la muerte desde arriba. Es posible abatirlos con balas perforantes, pero no es nada fácil acertarles.
La tercera etapa, que es donde estamos ahora, consiste en impedir que el enemigo se marche, inmovilizarlo con nuestra artillería. El 22 de noviembre supimos que el enemigo había caído en el cerco. No podían sacar todo el equipo que todavía les quedaba. Mientras seguían preguntándose qué hacer, nuestra tenaza iba estrechándose cada vez más. Teníamos la sensación de que nuestro alto mando estaba preparando un ataque importante, pero no sabíamos dónde exactamente. Lo habíamos advertido ya a principios de noviembre. Cada vez nos ofrecían menos ayuda. Nos habíamos acostumbrado a hablar todos los días con alguien del cuartel general, pero ahora habían desaparecido todos. Jruschov no estaba, y Yeriomenko solo vino una vez. […]
Para ser sincero, la mayoría de los comandantes de división no tenía ningunas ganas de morir en Stalingrado. En cuanto algo salía mal, empezaban a decir: «Autorícenme a cruzar el Volga». Yo les gritaba «¡Yo sigo aquí!», enviaba un telegrama: «¡Como dé usted un paso atrás le fusilo!». El comandante de la 112.ª División recibió un telegrama en esos términos, igual
que Gorojov, Andrusenko,[40] [41] Guriev. Pero Rodímtsev, aunque casi nunca lograba llegar a mi puesto de mando, se limitaba a decir: «Caeremos combatiendo». Todos los comandantes de división se mantuvieron en sus
puestos, salvo Yermolkin, de la 112.ª,[42] [43] Andrusenko y Tarasov. A ese respecto, Rodímtsev se comportó de una forma excelente, igual que
Gorishni[44] [45] y Guriev. Liudnikov fue el que mejor combatió. Enfermó antes de uno de los ataques, pero en el momento culminante del peor ataque, el día 11, volvió a la refriega a pesar de que estaba enfermo. No retrocedió ni
un solo paso. Batiuk y Sokolov[46] se portaron maravillosamente, y
Zholudev[47] actuó bien. Yo agarraba el teléfono, le daba un par de gritos y le decía: «¿Qué está pasando?». Entonces él llamaba al comisario de la división y le echaba un rapapolvo. Pero casi nunca tuve que hablarle así a Rodímtsev, ni a Batiuk ni a Guriev.
No podía permitirme el lujo de no ser estricto con todos y cada uno de mis comandantes de división, tenía que ser metódico, estaba constantemente pendiente de lo que hacían. Sin duda lo peor de todo lo que teníamos que aguantar es cuando el personal de Estado Mayor empezaba a contar mentiras, y el comandante de la división no verificaba lo que decían, y me daban informes falsos. Entre los comandantes de división había bastante obstinación, salvo por los que he mencionado. A veces tuve que tomar medidas para solucionar ese problema.
Durante el periodo más peligroso le dije a Yeriomenko que me daba la sensación de que todo lo que tenía se estaba desmoronando, y de que estaba perdiendo el control. Que el Consejo Militar se quedara aquí, en la orilla occidental, pero que me dejaran trasladar mi base de control al otro lado del río. Las transmisiones a lo largo de la orilla se cortaban, nuestra radio no funcionaba, y a mí me correspondía restablecer la comunicación entre la orilla oriental y la occidental, donde tenía que enlazar con las líneas del frente. Yo consideraba necesario trasladar allí nuestro cuartel general del ejército, para poder dirigir mejor las operaciones, y dejar aquí el Consejo Militar. Entonces hablé con Krilov y Pozharski: «Ustedes se van allá, y nosotros nos quedamos aquí». Hablé con ellos por separado. Ambos me contestaron: «Yo no me separo ni un solo paso de usted». Es posible que Rodímtsev hubiera dicho lo mismo, y también Liudnikov, y tal vez Guriev o Batiuk. No pondría la mano en el fuego por algunos de los demás. Si les hubiera dicho: «De acuerdo, crucen el río hasta la isla», ellos me habrían contestado: «Gracias a Dios nos deja que nos vayamos». Algunos son más jóvenes que yo, otros son de mi edad, y otros son mayores que yo. No los conocía antes de que me los enviaran aquí. Pero aquí no hace falta un largo historial —las relaciones y los lazos se forjan en un instante. Todo soldado que viene aquí comprende rápidamente cuál es su tarea, domina de inmediato el trabajo que debe desempeñar. El problema es que muchos de ellos no duran mucho. […]
No conozco en absoluto la 35.ª División[48] [de la Guardia]. No estaban defendiendo Stalingrado directamente. Las divisiones de la Guardia no son realmente muy distintas. No pretendo decir que combatan mejor que otras unidades que no son de la Guardia. Ellas y las demás tienen sus puntos fuertes en lo que respecta a la persistencia, a la responsabilidad, a su disposición a morir y a defender hasta la última gota de su sangre. También tienen sus defectos. Incluso en la 13.ª de Guardia hubo desertores, y Rodímtsev tuvo el mayor número de soldados que «votaron con los pies». Pero al mismo tiempo, fijémonos en las divisiones 84.ª, 138.ª y 95.ª —ninguna de ella era de la Guardia. ¿Acaso la Guardia lo habría hecho mejor? Es difícil decirlo. Puede que mejor, o puede que peor.
Tenemos muchos defectos. En primer lugar está la costumbre de mentir, que es lo más perjudicial para nosotros. Mentir, y el deficiente liderazgo que surge de que nuestros comandantes no se enteren de nada. No se han enterado de algo, pero fingen que lo saben. Eso no sirve absolutamente de nada. Lo mejor es no decir nada de nada. No tienen suficiente valor para decir que no lo saben. En una ocasión estaba hablando con Guriev. Le respeto como líder, pero a veces no piensa antes de abrir la boca. Estábamos a punto de lanzar un ataque. Yo ya había comprobado todo lo relacionado con la artillería, quién estaba al mando, cómo se había organizado el trabajo de observación y de enlace. Le llamé: «Camarada Guriev, ¿cómo están las cosas por ahí?». Él me
contestó: «Todo estupendamente, todo va bien», etcétera.[49] Yo le dije: «Está usted mintiendo, eso no está bien». Y empecé a explicárselo.
«Eso no es posible».
El comandante de división Nikolái Batiuk (centro) y el general Chuikov (izquierda) en Stalingrado, 1 de enero de 1943. Fotografía de Georgi Zelma.
«¿Cómo que “no es posible”? Coja el teléfono ahora mismo, compruébelo, e infórmeme dentro de media hora.»
Media hora después volvió a llamarme: «Tenía usted razón».
Pero es difícil hablar así con alguien sin tener los datos en la mano. Lo normal es que la gente se limite a decirte que han cumplido esta tarea o la otra. ¿Significa que tengo que redactar mi informe ahora mismo? Espere un momento. Voy a enviar a mis propios oficiales de enlace. Van a ir a comprobar las cosas por sí mismos. Iré yo personalmente al cuartel general de la división, hablaré con ellos, comprobaré lo que están haciendo los oficiales de enlace, y si no están a la altura de las circunstancias prescindo de ellos.
¿Mis errores? Tendría que haber retirado determinadas unidades, tendría que haber optado por una línea más defendible. Pero no podía hacerlo porque no estaba seguro de si el enemigo iba a detenerse ante aquella línea. Eso lo primero. Lo segundo tiene que ver con la forma de utilizar los carros de combate. Entonces no estaba claro, y tampoco lo está ahora. No tiene sentido atrincherar los carros de combate y mantenerlos simplemente como cañones. Se puede llevar a cabo una emboscada mejor con artillería ligera. Los cañones de campo son más pequeños, más fáciles de trasladar, y más fáciles de abastecer. Los carros de combate habría que utilizarlos como grupos móviles.
Los tanques ligeros no han demostrado su valía. Los [50] KV y los T-34 tienen que seguir ahí. Sus cañones y su blindaje hacen más fuertes a los KV, igual que su potencia y sus capacidades campo a través. Con una aviación como la que hay hoy en día, resulta imposible camuflar los tanques destinados a una ofensiva importante de forma que el enemigo no sea capaz de encontrarlos. Pero no puedo estar de acuerdo con la idea de convertir los carros de combate en un medio pasivo de defensa. Un carro de combate siempre será un carro de combate, un arma ofensiva. Para tareas defensivas, es mejor sustituirlo por nuestro cañón de 45 mm. Se puede cargar con uno de ellos hasta un edificio o una azotea, pero no se puede desmontar un carro de combate, es imposible arrastrarlo y colocarlo en cualquier sitio. Decidimos atrincherar nuestros carros de combate, pero tendríamos que haberlos sacado para formar con ellos algún tipo de fuerza de ataque. Después de que lo recordáramos, creamos unas cuantas reservas móviles, y han desempeñado su papel. […]
Disponemos de suficiente artillería. El soldado que está dentro de un carro de combate, está protegido por el blindaje, pero cuando le caen las bombas lo siente con mucha más intensidad, y para colmo no puede ver nada. ¿Qué clase de ventanillas de visión son esas? Ni siquiera somos capaces de ponerle una ventanilla en condiciones. Los carros de combate alemanes son mejores en términos de visibilidad. Nuestros tanques superan a los alemanes en velocidad y maniobrabilidad, pero están ciegos.
Simplemente hay que entender una cosa: todo lo anterior ha causado una impresión en nuestras mentes, pero no se pueden hacer generalizaciones basadas en nuestros actos. Al mismo tiempo nos preguntamos: ¿Habríamos podido hacer mejor alguna cosa? Honestamente, yo creo que no. ¿Qué hemos pasado por alto? Ahí tengo que reconocer que fueron las fábricas. Y eso a pesar de que teníamos una orden y de que las fuerzas —posicionamos algunas unidades especiales de zapadores para fortificarlas, aunque esa tarea no estuvo bien coordinada— y además no nos encontramos con la misma capacidad de resistencia y la misma persistencia que están mostrándonos los alemanes en estos momentos. Se nos escapó, aunque habríamos podido convertir las fábricas en fuertes centros de resistencia dentro de la ciudad. ¿Qué impidió que las unidades de dentro de las fábricas lo llevaran a cabo? Sin duda fue la aviación enemiga. Consiguieron construir bastante bien cuando el enemigo no bombardeaba las fábricas. Pero cuando empezaron a bombardear, las máquinas y los tejados saltaron por los aires. El hormigón armado no aguanta. Abandonaron las fábricas. Eran tumbas prefabricadas. Ya habría sido malo que utilizaran bombas pequeñas —pero lo cierto es que nos caían bombas de una tonelada y de cinco toneladas, y volaban por los aires trozos de chapa de los blindajes y los carriles de acero— nadie puede
aguantar eso. Eran sobre todo los cazas Messerschmitt[51] los que soltaban aquellas bombas.
¿En qué medida eso era típico de los combates en Stalingrado? Cuando un oficial o un soldado viene a Stalingrado y cruza a este lado del río, ya está curtido, sabe cuál es su misión, por qué lucha, por qué ha venido aquí, y lo que tiene que hacer. Durante todo el tiempo que llevamos combatiendo para defender Stalingrado no creo que haya habido un solo caso en que nuestras unidades se hayan retirado o hayan salido huyendo cuando han tenido que combatir en algún sitio. No encontraría usted ni una sola compañía así. Te quedas donde te sorprende el amanecer, porque durante el día es imposible moverse. Si te movieras te harían pedazos, de modo que te quedas quieto hasta el anochecer. Luchábamos hasta el final. No conocíamos la retirada. Hitler no había tenido eso en cuenta, y ese fue su error.
Había gente de todas las edades, pero el grueso tenía entre treinta y treinta y cinco años. Había gente joven, sobre todo los marineros que habían venido del Extremo Oriente, pero también había muchos marineros veteranos. Les investigábamos, pero no se puede hacer gran cosa sobre la marcha. Por alguna razón cada soldado era consciente de que no podía abandonar Stalingrado. Sabían que todo el país estaba hablando de ello, que Stalingrado no podía rendirse, que Stalingrado estaba defendiendo el honor de la Unión Soviética.
Había muchas chicas: trabajadoras de transmisiones, enfermeras, ayudantes, médicos. Hacían un trabajo excepcional, incluso si se compara a una mujer con nuestros soldados. Físicamente no pueden hacer lo mismo que un hombre, pero superan a los hombres en términos de valentía. Y por su fortaleza, su heroísmo, su honestidad y lealtad, no solo no van a la zaga, sino que en muchos casos superan a los hombres. Es cierto que durante las situaciones de combate encarnizado y difícil yo enviaba a todas las trabajadoras de mi Estado Mayor a la orilla oriental y pedía que fueran relevadas por hombres, pero solo era por su menor fuerza física, no tenía nada que ver con sus cualidades morales. Al recorrer la orilla del río se veía el trabajo de nuestras unidades médicas. Todos nuestros traslados a través del río estaban centralizados. Las divisiones en sí no transportaban nada. Había una unidad móvil, un hospital de campaña con instalaciones quirúrgicas. Durante los combates manteníamos un laboratorio quirúrgico en funcionamiento. Uno de nuestros médicos ha realizado doscientas operaciones complejas. Y fíjese en las así llamadas enfermeras. ¡Increíble! Están cubiertas de polvo, pero siguen y siguen dándole duro. Le podría citar muchos ejemplos de lo bien que han trabajado esas mujeres. Si uno mira los porcentajes, las mujeres reciben más condecoraciones y medallas en comparación con los hombres, sobre todo las trabajadoras sanitarias. No me viene a la cabeza ninguna mujer que haya estado en Stalingrado y que no haya sido condecorada, y si queda alguna, no será por mucho tiempo.
Las peculiaridades del combate en Stalingrado, en términos de la defensa de la ciudad, y por el hecho de que se atacan ciudades enteras, pueden aplicarse a todas las situaciones de combate. Cualquier zona habitada puede convertirse en una fortaleza y puede desgastar al enemigo diez veces mejor que una guarnición.
La ambición sigue ahí, pero no se habla mucho de ello.
No tenemos héroes que no le tengan miedo a nada. Nadie ve ni sabe lo que hace Chuikov cuando se queda solo, cuando no hay testigos, cuando nadie le ve, ni ve lo que se le pasa por la cabeza. La idea de que un comandante acuda a sus subordinados a desnudar su pobre alma atormentada —bueno, también los hay, pero son los inútiles y los fracasados. Estamos en un búnker, y a nuestro alrededor vuela la metralla. Pero qué pasa, ¿estás ahí sentado sin que te afecte? No me lo creo. El instinto de supervivencia sigue ahí, pero el orgullo de un hombre —sobre todo el de un oficial— es de vital importancia en el combate. Lev Tolstói tenía razón en eso.
Un ejemplo. Llueven las bombas, silbando y zumbando a tu alrededor —y entonces llega un impacto. No todo el mundo tiene el valor de no agacharse cuando cae un proyectil de artillería. Pero aunque me agache no voy a lograr proteger ni la cabeza ni el pecho, de modo que agachándome no arreglo nada. A pesar de todo, la gente lo hace. Pero mi orgullo no me lo permite. Nunca lo hago. Me comportaría de una forma totalmente distinta si estuviera solo, pero nunca estoy solo. Nunca me agacho durante los bombardeos de artillería, y con ello me juego la vida.
Consideremos, por ejemplo el título de las unidades de la Guardia, o los títulos honoríficos que se conceden a nuestros héroes, las insignias: «¿No cree usted que Stalin lo tiene en cuenta? Grossman lo cuenta así. Hay gente dura de corazón: el comandante de un batallón que ha estado todo el tiempo luchando. Le llaman para hacer un curso, y alguien va a despedirse de él: “Camarada comandante, permítame decirle adiós. Lo he dado todo”. “Pues si así ha sido, enhorabuena”». Yo le decía a Grossman: ese es un comandante valioso. En otras circunstancias todo serían lágrimas y besos, pero aquí no se muestra la mínima debilidad. Un comandante ve morir a miles de hombres, pero eso no debe afectarle. Puede llorar por ello cuando está a solas. Aquí puedes ver morir a tu mejor amigo, pero tienes que permanecer en pie como
una roca.[52]
Otro ejemplo. El día 14 [de octubre] el búnker de la sección de artillería fue destruido. Quedaron sepultados nueve hombres, uno logró saltar fuera, pero tenía las piernas atrapadas. Tardaron dos días en sacarle. Estaba vivo. Los hombres cavaban, pero la tierra volvía a caérsele encima. Una cosa así te parte el corazón. Pero no puedes dejar que nadie se entere.
O esto otro. Hay cuatro hombres en un conducto. Están rodeados por ocho alemanes. Uno de ellos, herido, se arrastra por el conducto con un mensaje: abrid fuego contra nosotros. Abrimos fuego, y los soldados mueren junto con los alemanes. ¿Cree usted que es fácil?
Si los alemanes hubieran tenido en cuenta el elemento psicológico, el factor político, la importancia que tiene Stalingrado para todo soldado y oficial que viene aquí, que está más allá del punto de no retorno, si hubieran tenido en cuenta que todo esto no ha sido casual ni improvisado, no se habrían metido en semejante lío.
Resultaba imposible, en Stalingrado, llevar cualquier tipo de maniobra estratégica o táctica. Lo único que podíamos hacer era quedarnos ahí sentados. No había oportunidad de ningún tipo de brillantez napoleónica.
[Segunda entrevista]
[…] En un momento determinado me puse furioso con nuestros periodistas y escritores, porque parecía que estaban provocando a Hitler a propósito: no lograrán conquistar Stalingrado, no lo lograrán. Pero el enemigo nos atacaba cada vez con más fuerza, y estábamos hartos. Es terrible tener que soportar todo eso. Y también la prensa extranjera: no lograrán conquistar Stalingrado. ¡Un premio mejor para Hitler! Incluso sin eso Hitler estaba intentando entrar a sangre y fuego, y ahora le estaban animando, no paraba de atacarnos, enviaba tropas de refresco, y yo no podía conseguir refuerzos […].
Para nosotros octubre fue el peor momento en lo que respecta a las operaciones ofensivas del enemigo. Fue entonces cuando Hitler le prometió a todo el mundo que iban a conquistar Stalingrado. Y efectivamente lanzó contra nosotros todo lo que tenía en el frente. Dos mil, 2500 aviones daban vueltas no solo por encima de Stalingrado, sino de todo el ejército. Nos bombardeaban un día tras otro. El fuego de mortero y artillería nunca cesaba.
¿Qué significan mil aviones? Nunca pasaban cinco minutos sin que tuviéramos doce, dieciocho, treinta aviones sobre nuestras cabezas. Y no paraban de lanzar más y más bombas. Ocurría tan a menudo que cuando te traían la sopa tenías que sacar con la cuchara los trozos de metralla. Se veían trocitos de bomba o de piedra, habían aterrizado en tu plato durante el trayecto desde la cocina.
A principios de noviembre lo peor de todo fue el Volga. Empezaba a helarse, pero el río seguía corriendo. No había un transporte regular por el río. Las lanchas blindadas no lograban pasar. En otras palabras, no nos llegaban los suministros. Los aviones solo podían lanzar suministros por la noche, porque no podían despegar durante el día. Estuvieron tres días lanzando suministros. A los pilotos les resultaba muy difícil porque nuestra franja de terreno era muy estrecha. A veces lo que soltaban caía en la orilla, a veces iba a parar al enemigo, a veces a nosotros. Volaban hasta donde estábamos y nos gritaban: «Eh, ¿dónde lo queréis?». Los U-2 eran simplemente excelentes. Estábamos muy mal de existencias, casi no nos quedaba munición. Teníamos unos suministros limitados, una cantidad de víveres limitada. Llegábamos a usar nuestro último cartucho, desesperados, pero seguíamos luchando. En aquella época tuvimos algunos encarnizados combates cuerpo a cuerpo. Creo que los fotógrafos captaron algunas imágenes. Yo diría que algunos fotógrafos (y había uno en particular) no vacilaban en acompañarme hasta las líneas del frente para hacer fotos de los combates a veinticinco metros de distancia. Tenemos una imagen de nuestros soldados clavándoles sus bayonetas a los alemanes —no puede haber nada más real. Ahí no había retoques. La batalla está en su peor momento, y ellos lo están captando. Está ocurriendo delante de ellos, y ellos lo están plasmando con sus cámaras.
Esos fueron los días más difíciles de todos. Teníamos almacenadas unas cuantas toneladas de chocolate, y yo pensé: si le damos una tableta de chocolate y algo de agua a cada soldado, sobreviviremos a esto. Nos preocupaba mucho más la munición. Empezaron a enviarnos cosas desde Moscú, uniformes y víveres. Al diablo con eso. Les dije: «¡Tráiganme munición, no pienso empezar a luchar con calcetines!». Pero al final superamos todas las dificultades. En el ejército no ha habido muchos casos de congelación. No hemos pasado hambre. Y tampoco hemos tenido demasiados problemas con los piojos. En este momento el 64.º tiene algunos casos de tifus, pero en el 62.º solo hemos tenido algunos casos no confirmados. Mis hombres han estado yendo tres veces al mes a las casas de baños, a los baños de vapor. Van, se azotan unos a otros con unas ramitas y se sienten más sanos. Todo eso es a la orilla del río. Están cayendo las bombas, pero estás allí, limpiándote, sintiéndote sano. Es cierto que los hombres se pasaron más de un mes sin los baños, pero después montamos varias docenas, puede que hasta cien casas de baños. Los hombres están yendo diez veces al mes.
No hemos perdido el control en ningún momento. Siempre hemos sabido bastante bien lo que planea hacer el enemigo. Y como conocemos sus planes, podemos adoptar contramedidas a tiempo. ¿Qué tipo de contramedidas?
Hacemos observaciones, o bien averiguamos a través de los prisioneros que el enemigo va a lanzar un fuerte ataque en un punto determinado. Están aproximando sus fuerzas, sacando su artillería, su infantería, sus carros de combate y su munición. Tuvimos un grupo de fuerzas alemanas en una zona de entre tres y cuatro kilómetros cuadrados, aproximadamente. Con una concentración de fuerzas tan densa, no tienes más remedio que atacar. Esperas a que el enemigo esté casi listo, y entonces, unas horas antes de su ataque, abres fuego con tu artillería, tus Katiushas y tus morteros. Durante una hora, o dos, o tres, les montamos un auténtico infierno. Y les observamos, como si fuera una película, vemos explotar su munición, sus vehículos, cómo saltan por los aires brazos y piernas. No queda nada de ese elegante orden que querían crear. Lo hemos hecho añicos. Entonces intentan volver a poner las cosas en orden. Casi ni nos molestábamos en contabilizar sus pérdidas. Nos limitábamos a informar de que el enemigo había sufrido daños justo delante de nuestra línea del frente. Con aquella contramedida realmente les ganamos la partida. En el plazo de entre diez y quince minutos disparamos miles de proyectiles contra aquella concentración de fuerzas. Nos enteramos de los resultados gracias a los prisioneros que capturamos. Cuando empiezan a describir nuestro ataque de artillería, nuestras operaciones, sientes que te invade el orgullo. Los prisioneros dicen que se les ponían los pelos de punta, que tenían la sensación de que no iban a poder conquistar Stalingrado. Estaban destrozados, y sufrieron muchas bajas. No había nada que pudieran hacer en Stalingrado, porque la gente que la defendía no eran personas, sino algún tipo de animal salvaje. «Bueno», pensé, «¡buena suerte a todos!»
Hitler no contaba con que pudiéramos resistir. Cuando nuestros soldados entraron en la ciudad, cuando docenas y cientos de alemanes empezaron a rendirse, nos subió muchísimo la moral. Nuestros hombres veían que podíamos hacerles daño a los alemanes, y hacerles mucho daño. Ese es el primer factor.
El segundo factor fueron las órdenes, y además nuestra propaganda: está permitido morir, pero no está permitido retirarse. No hay ningún lugar al que replegarse: Stalingrado decidirá el destino de nuestra patria. Los soldados lo comprendían. Los hombres estaban en un estado de ánimo en el que si resultaban heridos, incluso con el espinazo partido, se les saltaban las lágrimas cuando se los llevaban a la orilla oriental. Le decían a los camaradas que los habían sacado de allí: «No quiero ir. Prefiero que me entierren aquí». Les parecía vergonzoso ir heridos a la otra orilla. Era un reflejo de la orden del camarada Stalin.
El tercer factor fue el tratamiento inmisericorde de los cobardes y los que se dejaban llevar por el pánico. El 14 de septiembre el comisario y el comandante del 40.º Regimiento abandonaron su unidad y salieron corriendo. Fueron fusilados en aquel punto y hora delante de todo el ejército. Dos brigadas huyeron a la orilla oriental y estuvieron escondiéndose de mí durante varios días. Les encontré y ordené que fusilaran a sus oficiales y a sus comisarios. Esa orden se transmitió a todas las unidades: no íbamos a tener absolutamente ninguna piedad con los cobardes y los traidores.
El cuarto factor era que al echarle un vistazo al Volga se veía que resultaba endiabladamente difícil volver a cruzarlo. Ese fue un factor puramente geográfico.
Había corresponsales extranjeros que siempre andaban recabando información: ¿Qué unidades están aquí? ¿De dónde proceden? Preguntaban: ¿Son unidades siberianas? Yo les decía que nada de eso: son rusas, ucranianas, uzbecas, tártaras, kazajas, etcétera. Esa era la verdad. Había gente en representación de todas las nacionalidades. No había unidades especiales ni de élite que se hubieran creado expresamente para Stalingrado. Obviamente los rusos eran mayoría, porque la población de Rusia es mayor. Los mejores combatientes que tenemos son los rusos, después los ucranianos, e incluso los uzbecos, que hasta ahora no habían combatido nunca.
Es cierto que se quejaron un poco el primer y el segundo día, pero la situación les obligó a seguir el ejemplo de los rusos y los ucranianos, y a combatir y morir con ellos. Los soldados tenían un altísimo nivel de conciencia política.
Estábamos dispuestos a caer muertos allí, pero no a retroceder. Llegado el caso, siempre podíamos pegarnos un tiro en la cabeza. Decidimos que, a menos que llegara una orden desde arriba, no nos marcharíamos por ningún motivo. A ese respecto, puedo atestiguar que el Consejo Militar no se marchó, y en caso de que lo hubiera hecho, nadie más les habría seguido.
¿Sentíamos que contábamos con la ayuda y el apoyo de Moscú?
¿Qué se siente cuando N. S. Jruschov llama por teléfono? Y llamaba muy a menudo. Sabemos quién es N. S. Jruschov. Un miembro del Politburó y del Comité Central, alguien que está al habla directamente con el camarada Stalin. Él no pronunciaba el nombre de Stalin, pero el hecho de que llamara a menudo para preguntar cómo van las cosas, cómo nos sentimos —ha significado mucho para nosotros.
«Estamos muy bien, no estamos mal del todo.»
«Bueno, hay muchísimas cosas en juego que dependen de ustedes.»
Yeriomenko se acercó hasta aquí. Tardó más de dos días tan solo en cruzar el Volga para hablar conmigo. El Volga hervía y ardía, pero a pesar de todo él se acercó a bordo de una lancha de algún tipo. Somos viejos amigos.
«El camarada Stalin me ha pedido que venga a verte, para ver cómo te va,
para ver lo que necesitas.»[53]
Teníamos problemas con la munición y otros suministros. El abastecimiento no funcionaba, y nos quedaban pocos proyectiles de artillería. Yeriomenko envió un telegrama a Moscú, y la respuesta llegó enseguida, y en ese momento pudimos sentir el apoyo material. El suministro de munición y de proyectiles lo era todo para nosotros. Hubo ayuda no solo a nivel material. Si necesitábamos a alguien o algo, siempre podías acudir a Moscú. Yo solo recurrí a eso en contadas ocasiones, pero recurrí.
Evacuábamos a los heridos a la otra orilla. «Nos estamos desangrando», escribí a Moscú. «No nos importa morir, y estamos combatiendo valientemente. ¡Stalingrado está resistiendo, envíennos más hombres!»
Y nos los enviaron. Me escribieron directamente a mi puesto de mando. «¿Por qué no se le ha dado esto o aquello a Chuikov?, envíenle esto y aquello.»
Recibíamos los periódicos con regularidad. Naturalmente, un soldado se siente halagado cuando lee las páginas de los principales periódicos, como el Pravda y el Izvestia, donde desde el artículo de fondo hasta la última página no hablan más que de «Stalingrado, Stalingrado».
Mi subcomandante de la administración médica me dijo una vez que había visto a un soldado gravemente herido. Le preguntó de dónde era y adónde iba. El herido se dio una palmada en el pecho y dijo:
«62.º Ejército. Me han herido tres veces, pero me pondré bien y volveré, de eso no cabe duda.»
Recibíamos infinidad de paquetes desde todos los rincones de la Unión Soviética. De alguna manera conseguíamos hacer llegar todos aquellos regalos a los soldados: unas manzanas, una ristra de salchichas. Pero los mejores soldados, los que realmente se distinguían, esos siempre estaban recibiendo cosas. […]
Esto me lo escribió mi esposa: «Sé que estás en Stalingrado. Es peligroso, pero estoy orgullosa de esa lucha por Stalingrado. Parece un duelo con el Führer. Dadle fuerte para que se le salga la lengua de la boca, como en la imagen». ¿Y qué cree usted que le decía la gente en sus cartas a los soldados? ¿Qué le escribían a los oficiales?
Con respecto al país en su conjunto, a Moscú, al alto mando, o al propio camarada Stalin, no tengo ni un solo reproche que hacer. Sentíamos que estábamos condenados, porque físicamente estábamos aislados de todo. Sentíamos todo el peso de la situación. Sentíamos que estábamos dispuestos a morir, llegado el momento. Pero nunca nos sentimos olvidados ni infravalorados. Por supuesto, sabíamos que nadie podía escribir abiertamente sobre los defensores de Stalingrado, que nadie podía citar nombres. Eso era un secreto militar. Pero cuando el Comisariado del Pueblo de Defensa emitió una resolución donde se destacaba al 62.º Ejército, hasta el último de nuestros hombres iba con la cabeza bien alta y caminaba como movido por un resorte.