Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 20 de 38 · parte 1/3

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Stalingrado

2. Un coro de soldados

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

2

 

Un coro de soldados

 

Soldados de la 308.ª División de Fusileros.

 

EL DESTINO DE LA CIUDAD Y SUS RESIDENTES

 

El avance alemán sobre Stalingrado tenía el expreso propósito de aniquilar la ciudad y forzar a la población superviviente a realizar trabajo esclavo. Sin embargo, Stalin prohibió la evacuación de sus habitantes, ordenando impedir la toma de la ciudad a toda costa. Las siguientes entrevistas —llevadas a cabo entre enero de 1943 y enero de 1944 con responsables regionales, funcionarios del partido, directores de fábricas y un catedrático del instituto de medicina de la ciudad— explican cómo la ciudad se armó para su defensa antes de ser reducida a escombros y cómo, por citar a uno de los entrevistados, el «pulso» de Stalingrado cambió durante el curso de la batalla.

La estrategia básica de la Wehrmacht en Stalingrado fue la misma empleada para atacar Moscú y Leningrado el año anterior: utilizar el bombardeo aéreo y el fuego de artillería para destruir la ciudad antes de ocuparla, con el fin de proteger las vidas de los soldados alemanes en tierra

enemiga.[1] La Luftflotte 4 —una flota de 780 bombarderos y 490 aviones de combate— realizó innumerables incursiones sobre Stalingrado entre el 23 de

agosto y el 13 de septiembre de 1942.[2] La flota estaba bajo el mando del general Wolfram von Richthofen, que había sido jefe de Estado Mayor para la Legión Cóndor cuando esta introdujo el bombardeo en alfombra, una táctica

que había arrasado Guernica en la Guerra Civil española.[3] Richthofen también comandó el bombardeo de Belgrado en abril de 1941, que acabó con

la vida de una cifra estimada de 17 000 residentes[4] y fue el responsable del ataque a Sebastopol en el verano de 1942. La campaña aérea de Stalingrado, la más violenta del Frente del Este, marcó lo que Beevor describió como la

«culminación natural de la carrera de Richthofen».[5] Los aviones alemanes dejaron caer las primeras bombas sobre Stalingrado en octubre de 1941 y realizaron ataques aislados a principios de 1942. Durante la segunda mitad de julio comenzó la campaña a gran escala y a partir de ese momento las sirenas

que avisaban de los bombardeos sonaron casi diariamente.[6]

A principios de julio los funcionarios regionales hicieron planes para evacuar la ciudad y otras áreas del frente. Representantes de los ministerios de Moscú, encargados de reubicar las industrias clave más hacia el este, visitaron la fábrica de tractores de Stalingrado (reconvertida para la producción de carros de combate), las fábricas siderúrgicas de Octubre Rojo y la fábrica de municiones Barricadas. A mediados de julio los jefes del distrito militar de Stalingrado, que estaban mejor informados que nadie de lo que estaba pasando, abandonaron a toda prisa la ciudad acompañados de sus familias. Sus acciones no pasaron desapercibidas para sus habitantes, y los funcionarios de la NKVD pudieron ver cómo el pánico iba creciendo, alimentado por

rumores de que los alemanes habían alcanzado ya los límites de la ciudad.[7]

En la madrugada del 20 de julio, el secretario regional del partido Alexéi Chuyanov recibió una llamada de Stalin en la que ordenaba que los comandantes del distrito militar fueran emplazados de inmediato, la ansiedad se apaciguara y la ciudad no cayera en manos del enemigo. Chuyanov transmitió estas órdenes a sus colegas del partido a la noche siguiente,

recalcando la responsabilidad que tenían en la defensa de la ciudad.[8] La llamada, efectuada una semana antes de la caída de Rostov y la emisión de la Orden n.º 227, evidenciaba la línea dura que Stalin había decidido mantener desde el principio. Todos los físicamente aptos que no estuvieran implicados en tareas de producción militar tenían que ayudar a cavar trincheras. Acompañados por un contingente de activistas —en uno de los sectores 96 politruks supervisaban el trabajo de 4000 residentes— construyeron tres anillos defensivos en torno a la ciudad. Las personas solo tenían permiso para abandonarla si ello convenía a los esfuerzos bélicos: 50 000 soldados heridos,

personal médico para atenderles y los niños de los orfanatos de la ciudad.[9] Una orden por la que se decretaba la evacuación de todas las mujeres que no estuvieran trabajando y sus hijos puso a salvo a las familias de los funcionarios locales, los únicos que podían permitirse tener a sus mujeres en casa. Las mujeres que estaban trabajando solo podían abandonar la ciudad si se mandaba desalojar su fábrica. Para mediados de agosto, casi 8000 familias pertenecientes a la élite de la ciudad habían sido evacuadas. Estas precauciones no fueron anunciadas públicamente pero tampoco pudieron permanecer ocultas a los habitantes de la ciudad. A los agitadores comunistas de las fábricas les resultaba muy complicado explicar las cosas a los encolerizados trabajadores y encontraron serias dificultades para convencer a la gente para que aguantara. No obstante, hasta el 22 de agosto la vida en Stalingrado siguió desarrollándose con cierta normalidad: los padres preparaban a sus hijos para el nuevo año escolar, el público llenaba las salas de cine y los teatros, y los líderes comunistas no dejaban de asegurar a la

población que los alemanes jamás lograrían tomar la ciudad.[10]

El número de personas muertas durante el devastador bombardeo del 23 de agosto y las que fueron sumándose cada día hasta el 12 de septiembre suscita polémica. La mayoría de los investigadores sitúan la cifra en 40 000 —y es la que consta en los documentos presentados durante los juicios de

Núremberg.[11] El comandante de la ciudad, Vladimir Demchenko, comunicó a los historiadores en 1943 que durante la tarde y la noche del 23 de agosto tuvieron lugar 2000 ataques aéreos, que acabaron con la vida de 10 000

personas.[12] Muchos de los que resultaron heridos el primer día no pudieron ser curados porque la mayoría del personal médico había sido enviado a la parte más septentrional de la ciudad, en la que los pánzer alemanes se habían infiltrado aquella misma tarde. La 8.ª Flota Aérea Soviética concentró sus ataques en las tropas pánzer invasoras, dejando desprotegido el resto de la

ciudad.[13]

A última hora de la noche del 23 de agosto, los jefes militares se reunieron en el cuartel general del general Yeriomenko con los jefes locales del partido, funcionarios de la NKVD y representantes de la industria. También estaba presente el jefe de Estado Mayor soviético, Alexander Vasilievski. El orden del día se reducía a dos puntos: la evacuación inmediata de todos los trabajadores de Stalingrado y el minado de las instalaciones industriales. Pasada la medianoche, Chuyanov llamó a Stalin y le informó de lo que habían hablado. Como Yeriomenko explicaría más adelante, Stalin continuó descartando la evacuación a gran escala y prohibió comentar nada más sobre

el tema basándose en que solo favorecía al derrotismo.[14]

 

Incendios en Stalingrado, agosto de 1942. Fotografía de Emmanuil Yevzerijin.

 

Muchas personas que huyeron despavoridas de la ciudad fueron detenidas en las terminales de los transbordadores por la NKVD. Otras lograron cruzar el río, ya fuera con la aprobación de los funcionarios locales o sin ella. El 24 de agosto, el Comité Municipal de Defensa ordenó la evacuación de las mujeres y los niños al campo. La decisión se basaba no solo en motivos humanitarios sino en la necesidad de conservar los escasos recursos alimentarios de la

asediada ciudad.[15] Al día siguiente, la jefatura del partido declaró el estado de sitio y comenzó a actuar implacablemente contra los saqueadores. Los agitadores redoblaron sus esfuerzos. El comité local del partido imprimió un millón de octavillas en los últimos días de agosto y cubrió la ciudad con enardecedores eslóganes: «¡Defenderemos nuestra ciudad natal!», «¡Ni un

paso atrás!».[16]

Cuando finalmente el 25 de agosto comenzó la evacuación general de la ciudad, los obreros y trabajadores especializados cuyas fábricas habían ardido fueron los primeros. La salida en masa no comenzó hasta el 29 de agosto, pero incluso entonces los obreros tuvieron prioridad, y en algunos casos tuvieron que dejar a sus familias atrás por falta de espacio en los barcos. El 27 de agosto, tres vapores cargados de civiles que se dirigían río arriba hacia Sarátov —el Mijaíl Kalinin, el En Memoria de la Comuna de París y el Joseph Stalin— cayeron bajo fuego enemigo. El Joseph Stalin encalló y

sufrió graves daños. De los 1200 pasajeros solo 186 pudieron salvarse.[17] Para el 14 de septiembre —el día que las tropas alemanas lograron atravesar la ciudad y llegar al atracadero del transbordador— habían sido evacuadas 315 000 personas. Según una estimación, tantas como las que seguían

quedando en la ciudad.[18] Fue entonces cuando Chuyanov y la mayoría de los demás jefes de partido locales y comandantes de la NKVD salieron huyendo.

Las industrias más importantes continuaron funcionando mucho tiempo más. En el verano de 1942, las fábricas siderúrgicas Octubre Rojo producían el 10 % del acero soviético, en su mayor parte destinado a la aeronáutica y la fabricación de carros de combate, además de la construcción de lanzamisiles. Una vez declarado el estado de sitio, se dedicaron a la fabricación de munición para ametralladoras, minas anticarro y palas, y a la reparación de tanques y lanzamisiles. Los trabajos siguieron en marcha hasta el 2 de

octubre; unos días después fue reducida a escombros.[19] Desde octubre de 1942 a enero de 1943, los alemanes tuvieron casi todo el tiempo la fábrica bajo control, aunque la lucha fue muy intensa durante ese periodo. La fábrica de municiones Barricadas había producido un gran número de cañones anticarro desde el comienzo de la Gran Guerra Patriótica. El director dejó la fábrica el 25 de septiembre; los últimos técnicos la abandonaron el 5 de

octubre, un día después de que los alemanes la atacaran.[20]

La enorme fábrica de tractores de Stalingrado —con una plantilla de unos 20 000 trabajadores— había sido reacondicionada para la producción de carros de combate a finales de la década de 1930, y para cuando estalló la guerra era la mayor productora de carros T-34 de toda la Unión Soviética. El 23 de agosto, la 16.ª División Pánzer llegó a acercarse mucho a la fábrica, pero esta no dejó de fabricar carros de combate a destajo hasta el 13 de septiembre, fecha en que los alemanes comenzaron el asedio. Durante los días siguientes, la inmensa mayoría de los trabajadores fueron evacuados; el 62.º Ejército retuvo un pequeño contingente para llevar a cabo reparaciones en los regimientos de carros. La gran ofensiva alemana del 14 de octubre (descrita en detalle por el general Chuikov en su entrevista) se concentró en la fábrica de tractores. Desde allí, los alemanes planeaban dirigirse hacia el sur y tomar los últimos tramos del Volga que aún quedaban en manos soviéticas. Tras lo que tanto los testigos soviéticos como alemanes describieron como la lucha más dura de toda la batalla —el 62.º Ejército perdió 13 000 soldados y la Wehrmacht 1500— los alemanes se hicieron con el control total de la fábrica el 17 de octubre. El Ejército Rojo no recuperó el control de la misma hasta el

2 de febrero de 1943.[21]

La central eléctrica de Stalingrado, StalGRES, estaba localizada al sur de la ciudad, cerca de Beketovka. Situada a pocas millas de la línea del frente, Beketovka estaba protegida de lo peor del combate. Allí se encontraba el cuartel general del 64.º Ejército, y en octubre Chuyanov trasladó el cuartel general del partido también allí. Una vez los alemanes llegaron a Stalingrado, StalGRES fue diariamente objeto del fuego de la artillería y los morteros, pero siguió funcionando. El 5 de noviembre, un ataque más intenso obligó al cierre de la central.

El 12 de octubre, Chuyanov escribió en su diario que el ingeniero jefe de la planta, Konstantin Zubanov, se casó con la doctora María Terentieva en el

sótano de la fábrica, mientras el fuego de artillería atronaba arriba.[22] En la entrevista con los historiadores describió los lazos que le unían a la fábrica, comparando los pulsos generados eléctricamente en ella con el pulso de la ciudad. La metáfora del pulso recuerda a las corrientes futuristas de principios

del siglo [23] XX , profundamente enraizadas en la mano de obra rusa. Zubanov podría igualmente haberse referido al familiar pulso del metrónomo que emitía la radio de Leningrado. Los ingenieros habían introducido por primera vez el sonido en la década de 1930 para las pausas durante la transmisión. Cuando comenzó la guerra, se utilizó como un sistema de prealerta, ya que la velocidad del golpeteo aumentaba cada vez que se acercaban aviones enemigos. Durante el sitio de Leningrado las emisoras de radio tuvieron que restringir su programación y utilizaron el metrónomo para que la población de

Leningrado supiera que la ciudad aún seguía viva.[24]

Las entrevistas con Zubanov y las dos docenas de testigos presenciales restantes comenzaban con las descripciones de la industrialización de la ciudad en la década de 1930 y su transición a la producción de guerra. Se centraban en los esfuerzos por defender la ciudad, los devastadores ataques aéreos y la dramática evacuación de civiles. Cabe resaltar las duras críticas que el general Chuikov y el comisario Vasiliev dirigieron a los funcionarios del partido en Stalingrado por sus fallos durante la defensa y evacuación de la ciudad. En parte, eran injustificadas; Stalin también tuvo su parte de culpa. Por otro lado, no se trataba de una insatisfacción del ejército con los comunistas. Más bien, reflejaba la convicción por parte de los que luchaban en el frente (entre los que había comunistas como Vasiliev) de que los que no lo hacían solo querían salvar su propio pellejo.

Las primeras entrevistas registradas fueron las de Chuikov, Vasiliev y los ingenieros Veniamin Zhukov y Pável Matevosyan, que tuvieron lugar el 8 de enero de 1943 en las destruidas fábricas siderúrgicas de Octubre Rojo. Los funcionarios del partido no fueron entrevistados hasta que los historiadores volvieron allí en marzo de 1943. En las entrevistas se intercalan fragmentos del diario de guerra de Alexéi Chuyanov, publicado en 1968. Estos pasajes figuran en cursiva. Chuyanov, jefe del partido local, no tomó parte en las entrevistas.

 

Los entrevistados

 

Responsables municipales y regionales

Pigaliov, Dmitri Matveyevich —Presidente del Comité Ejecutivo del Sóviet

de Representantes de los Trabajadores de Stalingrado Poliakov, Alexéi Mijailovich —Vicepresidente del Comité Ejecutivo del

Sóviet Regional de Representantes de los Trabajadores de Stalingrado Romanenko, Grigori Dmitrievich —Primer secretario del distrito de

Barricadas de Stalingrado

Zimenkov, Ivan Fiodorovich —Presidente del Sóviet Regional de

Representantes de los Trabajadores de Stalingrado

 

Funcionarios del partido

Babkin, Serguéi Dmitrievich —Primer secretario del Comité del Partido del

distrito de Kirov

Chuyanov, Alexéi Semionovich —Primer secretario del Comité Regional del

Partido en Stalingrado (extractos de su diario publicado) Denisova, Claudia Stepanovna —Secretaria del Comité del Partido del

distrito de Yermanski

Kashintsev, Semion Yefimovich —Secretario del Comité del Partido del

distrito de Octubre Rojo Petrujin, Nikolái Romanovich —Jefe del Departamento de Guerra del

Comité Regional del Partido en Stalingrado

Piksin, Ivan Alexeyevich —Secretario del Comité Municipal del partido de

Stalingrado

Projvatilov, VasiliPetrovich —Secretario del Comité Regional del Partido

Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética en Stalingrado Odinokov, Mijaíl Afanasievich —Secretario del Comité del Partido del

Distrito de Voroshílov

Vodolagin, Mijaíl Alexandrovich —Secretario del Comité Regional del

Partido en Stalingrado

 

Especialistas, trabajadores, residentes

Ioffe, Ezri Izrailevich —Director en funciones del Instituto de Medicina de

Stalingrado

Matevosyan, Pável Petrovich —Ingeniero jefe de la siderurgia Octubre Rojo Zhukov, Veniamin Yakovlevich —Jefe del taller n.º 7 de la siderurgia

Octubre Rojo

Zubanov, Konstantin Vasilievich —Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de

Stalingrado (StalGRES)

 

Personal militar

Burin, Iliá Fiodorovich —Ex mecánico en la fábrica Barricadas, explorador

en la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros

Burmakov, Ivan Dmitrievich —General de división, comandante de la 38.ª

Brigada Motorizada de Fusileros

Chuikov, Vasili Ivanovich —Teniente general, comandante del 62.º Ejército Demchenko, Vladimir Jaritonovich —Comandante, jefe de Stalingrado Gurov, Kuzma Akimovich —Teniente general, miembro del Consejo

Militar del 62.º Ejército

Vasilev, Ivan Vasilevich —Comisario de brigada, jefe de la sección política

del 62.º Ejército

Zimin, Alexéi Yakovlevich —Teniente, ex trabajador en la fábrica

Barricadas, jefe del cuartel general de la 38.ª Brigada Motorizada de

Fusileros, 64.º Ejército.[25]

 

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité Ejecutivo del Sóviet de los Representantes de los Trabajadores de Stalingrado): En 1930 vivían en Stalingrado unas 25 000 personas —400 000 durante la guerra, entre 550 000 y 560 000 si se cuenta a los evacuados. La ciudad creció muy rápidamente a partir de 1930. Nada más finalizar la construcción de la fábrica de tractores, la población pasó de los 70 000 a los 80 000 habitantes. El centro de la ciudad era muy bonito. Había dos estaciones de tren, una junto al Volga y otra en el centro de la ciudad. El crecimiento se debió a las fábricas.

 

Centro de Stalingrado, verano de 1942. Fotografía de Emmanuil Yevzerijin.

 

De 1934 a 1935, la ciudad experimentó grandes mejoras. Por aquellos años se construyó el Gran Hotel de Stalingrado (370 habitaciones), el hotel Intourist de la plaza de los Héroes Caídos, los grandes almacenes Univermag, que abrieron en 1938 o 1939, y la primera y segunda Casa de los Sóviets, al otro lado de la plaza donde se encontraba el Hotel Intourist, en una ampliación del edificio del Comité Ejecutivo Regional (una ampliación). También se construyó la Casa de los Libros y el edificio Lesprom, de cinco o seis plantas, junto al hotel Intourist. Estos nuevos edificios daban vida a toda la plaza. […] En el centro teníamos el nuevo gran Teatro Gorki, un auditorio de música y un teatro para jóvenes. Estos teatros tenían sus propias compañías. Había otros edificios preciosos: el Palacio de los Pioneros, el Instituto de la Imprenta. Había un Palacio de los Deportes con vistas al Volga.

Solo en el distrito Yermanski[26] ya había un montón de centros culturales. Las escuelas de arte y de música, la facultad de educación física —todas estaban en ese distrito, además del cine Komsomolets, el Spartak y el Estrella Roja. La fábrica de tractores era sede también de un instituto de mecánica en el que estudiaban entre 1500 y 2000 alumnos. Allí les preparaban para trabajar en la fábrica de tractores. Más adelante empezaron a compartirlos con otras fábricas. También había una escuela de medicina importante con unos 1500 alumnos.

Ezri Izrailevich Ioffe (Director en funciones del Instituto de Medicina de Stalingrado): El Instituto de Medicina de Stalingrado se fundó en 1935. Su primera promoción fue de 160 alumnos. En poco tiempo se convirtió en una joven pero muy dinámica facultad de medicina. Al comienzo de la guerra teníamos veintidós médicos y más de diez docentes y licenciados en medicina. El instituto estaba situado en un edificio grande y nuevo, de cuatro plantas, y contaba con tres amplias salas de conferencias, diez aulas, una biblioteca con 30 000 volúmenes y una sala de lectura, museos de anatomía y patología y laboratorios bien equipados. Teníamos más de trescientos

microscopios, en torno a una docena de quimógrafos,[27] equipos radiológicos, etc. […] Nuestra primera promoción de médicos se graduó en 1940, unos 150. La segunda, en torno a trescientos médicos, se graduó en los primeros días de la guerra, y llegaron a graduarse cuatro promociones más antes de que la ciudad fuera destruida.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): Yo nací en 1911. Llevo trabajando en StalGRES más de cinco años. Me gradué en el instituto en 1934. De Ordzhonikidze me enviaron a Moscú, a una empresa de diseño. Los tres años que pasé trabajando allí fueron lo peor de mi vida. Yo no estoy hecho para ser diseñador. Siempre quise trabajar en una central eléctrica. Me mandaron a Stalingrado. Aquí he pasado por todos los niveles: en diciembre de 1937 formé parte del equipo de ingenieros de la central, luego pasé a supervisor jefe y desde 1939 soy el ingeniero jefe del complejo. Mi formación es de ingeniero eléctrico, pero ahora soy más bien ingeniero térmico, o tal vez cabría mejor decir, especialista en ingeniería de la energía.

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité Ejecutivo del Soviét de los Representantes de los Trabajadores de Stalingrado): ¿Con qué instituciones culturales contábamos? En las colonias en torno a las fábricas había clubes y palacios de la cultura. En la fábrica de tractores estaba el Club Gorki, el cine Trabajador de Choque, y un montón de clubes más pequeños. Y varias escuelas, todas muy bonitas. La Escuela Derzhinsky n.º 3 era preciosa, estaba en un pequeño edificio de cuatro plantas. En total había ocho o nueve escuelas, sin contar las pequeñas. En la fábrica Barricadas había una casa de la cultura, y en el Asentamiento Inferior estaba el club para ingenieros y técnicos. No era demasiado grande, pero era agradable. Pusieron su propio parque, con un teatro de verano. En Octubre Rojo también tenían un club y un centro de tecnología muy bueno.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): Básicamente, la central eléctrica es el centro de la industria de una ciudad —yo diría incluso que es el centro de su cultura. Una ciudad electrificada —o sea, una ciudad en la que la electricidad ha llegado a ser parte integrante de su vida diaria y su infraestructura— experimenta un desarrollo cultural y económico mayor que las ciudades en las que no hay suficiente electricidad. La central eléctrica es a la industria lo que el corazón es al cuerpo humano. El corazón late a un ritmo constante, de la misma forma que la central eléctrica mantiene un pulso, un pulso de cincuenta ciclos por segundo. Un latido menos o un latido débil basta para interrumpir toda la actividad de la ciudad —las luces se apagan, las fábricas dejan de trabajar y los teatros y los cines cierran. En el mundo actual, sin embargo, esto es extremadamente inusual. Del mismo modo, la Central Eléctrica de Stalingrado era como el corazón de Stalingrado.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Stalingrado es una ciudad industrial que cuenta con alrededor de diez empresas de importancia nacional, como la fábrica de tractores, la 221 (Barricadas), Octubre Rojo, la 264.ª, y varias más. Durante la guerra, estas y todas las demás fueron reconvertidas para la fabricación de munición y material militar.

Veniamin Yakovlevich Zhukov (Jefe del Taller n.º 7 de la siderurgia Octubre Rojo): Yo llegué a la fábrica a principios de 1932. Crecí allí, comencé como conductor y ascendí a jefe de taller. He asistido al desarrollo de este lugar. […] La fábrica trabajaba, y yo trabajaba. La fábrica crecía y yo crecía con ella. La organización del partido me crió. Últimamente se está

trabajando en un proyecto interesante con el lanzacohetes Katiusha.[28] […] El primer día de la guerra proporcionamos al ejército unos cuarenta vehículos, que la organización militar regional calificó de excelentes, pese a haber sido utilizados en condiciones sumamente difíciles.

Las sesenta personas que forman el equipo del taller dieron lo mejor de sí para llegar a dominar el sistema del cohete. Así que cuando se tomó la decisión de eliminar el vehículo de la línea de montaje nos sentó fatal. ¿Acaso no éramos lo bastante buenos para seguir fabricando esta arma? Era agradable sentir que desempeñábamos nuestro papel en la guerra.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): Cuando se entró en la fase de las operaciones de combate, la primera etapa fue el periodo comprendido entre el estallido de la guerra y el asedio de nuestra ciudad. Durante este tiempo tratamos de hacer todo lo que pudimos por dar a nuestra ciudad —y en especial a las fábricas de cierta importancia militar— un suministro de electricidad suficiente y de alta calidad. […] Tratábamos de ser uno con nuestro país, de seguir su ritmo para repeler los ataques de la horda fascista. La guerra cambió drásticamente la forma en que hacíamos las cosas. Cuando los alemanes tomaron la región de Donbass, de repente nos encontramos sin carbón. Tuvimos que buscar otro combustible: el fueloil. Pero esto no nos perturbó. No hubo restricciones de energía en absoluto, por lo que ni siquiera notamos el cambio. Pasamos del carbón al fueloil en un plazo muy corto de tiempo. Instaladores como el maestro Serguéi Vasilievich Ivlev y Mudrenko, el supervisor de la sala de calderas, lo hicieron de forma que la ciudad no notó el cambio. Y nuestra central eléctrica pudo utilizar de forma segura el nuevo fuel para suministrar electricidad a sus clientes sin restricciones.

Alexéi Yakovlevich Zimin (Teniente, ex trabajador en la fábrica Barricadas, jefe del cuartel general de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros, 64.º Ejército): Las fábricas funcionaban al máximo de su capacidad. Allí se montaban los componentes de todo tipo de armamento, que luego se subían a las azoteas con grúa. Hacíamos montones de tanques. En las colonias donde vivían los trabajadores la gente estaba feliz y contenta. Construían búnkeres y refugios antibombardeo, y depósitos de agua. Salvo por esta actividad tan intensa, todo era normal en ellos.

Ezri Izrailevich Ioffe (Director en funciones del Instituto de Medicina de Stalingrado): El instituto desempeñó un papel muy activo en los preparativos para la defensa de la ciudad. En el otoño de 1941, y desde julio hasta agosto de 1942, el instituto construyó líneas de defensa. Bajo la dirección de catedráticos y profesores, cientos de estudiantes levantaron fortificaciones en las afueras de la ciudad y también dentro de ella.

Alexéi Semionovich Chuyanov (Primer secretario del Comité Regional de Stalingrado): 12 de julio […] Cada vez está más claro que pronto van a empezar operaciones de combate en las inmediaciones de Stalingrado. […]

19 de julio. Como de costumbre, el Comité Regional estuvo reunido hasta el amanecer, que en verano es más temprano. Pasadas las dos de la mañana recibimos una llamada de Stalin por la línea de teléfono fija: «Por favor, manténgase a la escucha, llama el camarada Stalin».

«¿Ha decidido la ciudad rendirse al enemigo?», preguntó Stalin enfadado. «¿Por qué han trasladado el cuartel general del distrito militar a Astracán? ¿Quién ha dado esa orden? ¡Respóndame!» J. V. Stalin preguntó por la situación de la ciudad. Quería saber cuál era la producción de las fábricas de material militar. A continuación trasladó las órdenes del Comité Central respecto a la difícil situación militar. Para concluir, dijo: «Stalingrado no se entregará al enemigo. Hágaselo saber a todos».

Un buen rato después de colgar el teléfono, yo seguía bajo los efectos de la conversación. No tenía ganas de irme a casa, a pesar de que era tarde. Me quedé junto a una ventana abierta, respirando el aire fresco de la mañana, y de repente me sentí inundado de fuerza. Lo más importante estaba claro: la ciudad no iba a rendirse a los nazis.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Mucho tiempo antes de que el enemigo empezara a acercarse a

la ciudad, cada fábrica había organizado batallones de destrucción.[29] Los batallones de destrucción estaban formados por los mejores de todas las fábricas —miembros del partido y del Komsomol, así como los trabajadores más competentes de fuera del partido.

Todas estas actividades militares se realizaban después de un extenuante trabajo en la fábrica. Hay que decir que esta capacidad resultó útil durante la guerra cuando las cosas empezaron a ponerse difíciles para nuestra ciudad.

Alexéi Semionovich Chuyanov (Primer secretario del Comité Regional de Stalingrado): 11 de agosto. Esta mañana Ivan Fiodorovich Zimenkov vino y me preguntó: «¿Cuánto más tiempo vamos a seguir haciendo pasar por esto a nuestras familias?».

Yo entendí lo que quería decir: «¿Qué sugieres que hagamos?». «Hoy mismo deberíamos mandar a las familias de todo el personal directivo de la ciudad y de la región al otro lado del Volga, a una granja estatal. O a las

instalaciones de producción de [NT1] kumis del distrito de Palassovsky.

No era una cuestión fácil. Es cierto que muchas familias ya habían sido evacuadas, pero si nuestras propias familias eran enviadas fuera, el enemigo podía utilizarlo para su propaganda. Pero no parecía haber otra opción. Lo cierto es que Valery, que solo tiene año y medio, no debería sufrir las consecuencias de que su padre sea secretario regional del comité. El niño ya había desarrollado un tartamudeo nervioso. Aprobé la propuesta de Zimenkov. Aquella misma noche nuestras familias partieron hacia Sredniaya Ajtuba en barco y luego se trasladaron en coche al distrito de Palassovsky.

Claudia Stepanovna Denisova (Secretaria del Comité del distrito de Yermanski): la mayoría de las familias de los activistas del partido fueron trasladadas al otro lado del río por adelantado.

Ivan Fiodorovich Zimenkov (Presidente del Sóviet Regional de Representantes de los Trabajadores de Stalingrado): Algunos distritos rurales y sus ganaderías fueron evacuados al lado este del Volga. Evacuamos todo el ganado de las granjas colectivas excepto algunas zonas de los distritos de Voroshílov y Kotelnikov, donde no tuvimos más remedio que dejarlo todo allí. Caballos, bueyes, ovejas, cerdos de todos los distritos que luego serían ocupados por los alemanes fueron llevados al otro lado del Volga. No evacuamos a los animales que eran de uso personal de los granjeros y otros trabajadores. De los 38 depósitos de maquinaria y tractores que luego serían ocupados por los alemanes, todos menos 750 tractores fueron evacuados (de

un total de 3080).[30] Nosotros enviamos tractores al otro lado del Volga, algunos de ellos a los distritos de Oljovsky, Mólotov y Nizhne-Dobrinsky.

Todo esto fue al comienzo de la cosecha de grano. Los catorce distritos fueron ocupados en el momento álgido de la cosecha. Todo el grano se quedó allí. Nosotros cogimos todo el que el Gobierno habían molido en Kalach. Nos llevamos todo lo que había en los depósitos de recogida de grano situados a lo largo de la vía férrea que va desde Kalach y Nizhny Chir a Stalingrado, y también en los almacenes.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): El enemigo nos pilló desprevenidos, y casi nadie —desde luego ninguno de los trabajadores— fue evacuado de la ciudad.

Civiles de Stalingrado cavan zanjas anticarro, agosto de 1942. El único hombre que figura en la foto (abajo a la derecha) probablemente sea un agitador comunista. Fotografía de L. I. Konov.

 

Ivan Fiodorovich Zimenkov (Presidente del Sóviet Regional de Representantes de los Trabajadores de Stalingrado): Levantamos inmediatamente cuatro líneas defensivas. Quienes no podían alejarse mucho de sus casas porque tenían niños pequeños trabajaron en las líneas del interior de la ciudad. La mayoría eran mujeres. El resto de la población de la ciudad —casi 28 000— trabajó en la segunda, tercera y cuarta líneas del Don. Para principios de agosto se habían completado los 1500 kilómetros de líneas defensivas. Toda la región estaba atravesada por líneas, hasta Astracán. A lo largo del Don, del Volga, del Medveditsa —había líneas defensivas por todas partes. […]

Cuando estuve en Moscú, conocí al presidente del Comité Ejecutivo del Sóviet Regional de Tula. Me dijo que ellos estaban cavando líneas defensivas y colocando chatarra en puntos determinados para impedir el paso de los carros de combate enemigos. Yo le comenté esto al camarada Chuyanov, el presidente del comité de defensa de nuestra ciudad, y empezamos a imaginar las líneas defensivas de la ciudad y otros lugares, e inmediatamente nos pusimos manos a la obra.

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité del Sóviet de Stalingrado): Siguiendo la recomendación del Comité Municipal del Partido, construimos la llamada línea interior de la ciudad siguiendo su perímetro. Esta línea no llegó a contar con la autorización oficial de la Stavka. Todas las demás habían sido establecidas de acuerdo con consideraciones estratégicas.

Esta línea desempeñó un papel muy importante durante la batalla. Nuestras fuerzas no pudieron llegar a la línea intermedia, pero sí mantener esta. Pedimos a todas las mujeres que vinieran a construirla, incluso las que tenían niños de entre dos y ocho años y las mayores de cincuenta y cinco, pese a que ello contravenía la legislación laboral. Básicamente, lo que pedíamos era que todo el que pudiera viniera a echar una mano. El resto de la población fue movilizado y enviado a trabajar al perímetro.

Vasili Ivanovich Chuikov (Teniente general, comandante del 62.º Ejército): Las fortificaciones en torno a Stalingrado estaban en obras. Teníamos grandes planes, pero solo un diez % de ellos fueron llevados a cabo.

Kuzma Akimovich Gurov (Teniente general, miembro del Consejo Militar del 62.º Ejército): Stalingrado no se había preparado suficientemente para el combate. Nos dimos cuenta de ello cuando tuvimos que luchar para defender la ciudad.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Algunos jefes del Ejército Rojo se sintieron ofendidos por no haber sido informados de nuestras líneas defensivas. El comandante del 64.º Ejército [Shumilov] lo comentó varias veces. ¿Qué puedo decir yo? La gente que trabajó allí, en la línea, hizo un excelente trabajo manteniéndolo en secreto. El teniente general Shumilov dijo: «Si hubiera sabido que la línea estaba allí, habría desplegado mis tropas de otra manera».

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité del Sóviet de Stalingrado): Durante aquellos primeros días, antes de los bombardeos, construimos barricadas en la ciudad. Antes no habíamos tenido ninguna. Habíamos construido líneas, pero no barricadas. No pensamos que llegarían aquí desde el Don en un solo día.

Vasili Ivanovich Chuikov (Teniente general, comandante del 62.º Ejército): Y aquellas barricadas… —con apenas rozarlas con el guardabarros se caían. Vaya calidad de construcción.

Ivan Vasilevich Vasilev (Comisario de Brigada, jefe de la sección política del 62.º Ejército): No teníamos nada en lo que apoyarnos. La ciudad no estaba protegida. Habían construido los «erizos» de alambrada aquellos, que se venían abajo con que solo les rozara un vehículo ligero. No había fortificaciones. Junto a la estación pusieron un camuflaje que luego usaron los alemanes, de modo que al final acabamos luchando nosotros contra él. Y luego los trabajadores se quejaban, diciendo lo mucho que ellos habían hecho por los soldados, cavando búnkeres, construyendo estructuras de tierra y madera, fortines de cemento. Todo se perdió.

Vladimir Jaritonovich Demchenko (Comandante, jefe de Stalingrado): Nuestro cuartel general tenía mucho más trabajo debido a los grandes movimientos de tropas. Tuvimos que detener a algunas unidades. En el transcurso de unas pocas semanas se detuvieron a decenas de miles de hombres. Solo en los primeros diez días de agosto, 17 360 personas fueron detenidas. Eso dentro de la propia ciudad; 85 000 más fueron arrestadas fuera

de la ciudad —un ejército entero.[31] Informé de esto al comandante del frente. Inmediatamente establecimos una estación para organizar la transferencia a la línea del frente. Estas personas, tanto oficiales como soldados, eran enviados a la estación de transferencia, desde donde a su vez los mandaban directamente a la línea del frente. Nuestra tarea consistía en asegurarnos de que estas personas no conseguían cruzar a la margen oriental del Volga. Instalamos puestos fronterizos a lo largo de las carreteras principales. Había destacamentos de bloqueo apostados en los límites de la ciudad. En casi todas las calles había controles. También comprobábamos los documentos de los civiles. Pedíamos la identificación a todo el mundo.

Alexéi Semionovich Chuyanov (Primer secretario del Comité Regional de Stalingrado): Pasé la noche del 22 al 23 de agosto en las oficinas del Comité Regional. […] Había estado esperando una llamada del Comité Central, así que salí tarde del cuartel general. Dejé el edificio del Comité Regional y me dirigí hacia el Volga. Pese a lo cerca que estaba el frente, la vida transcurría como siempre. Los conserjes todavía regaban las plantas. Las amas de casa, acostumbradas a los frecuentes bombardeos aéreos, se daban prisa en ir a comprar a las tiendas y al mercado. Las mujeres llevaban a sus hijos con ellas. A mí se me partía el corazón viendo esto: ¿qué sería de ellas? El enemigo estaban ya a las puertas.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Era el 23 de agosto, cerca de las cuatro de la tarde. Yo me encontraba reunido con el Comité Municipal de Defensa cuando recibí una llamada del Comité Regional. El enemigo se había abierto paso hasta Rynka. Yo dije, «Solo son rumores». «No. Gorgelyad, el vicecomisario del pueblo para la fabricación de carros de combate estaba allí. Llámale.» Así que le

llamé. «¿Qué pasa, camarada Gorgelyad?»[32] «Pasa que he visto tanques enemigos con mis propios ojos.» Así que, ¿qué se podía hacer? En ese mismo momento pasamos el mando a los batallones de destrucción.

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité del Sóviet de Stalingrado): Mientras esta sobrecogedora amenaza se cernía sobre la ciudad, no había ni una sola unidad militar allí para defenderla. Nuestras fuerzas más cercanas estaban a setenta u ochenta kilómetros de la fábrica de tractores. Teniendo en cuenta la creciente amenaza del asalto enemigo sobre Stalingrado, sobre la fábrica y más allá de ella, era como decir: «Vamos, entrad, la puerta está abierta». Pero cuando los carros atacaron, las unidades antiaéreas les opusieron una resistencia más que suficiente, y consiguieron eliminar un número importante de tanques. Los alemanes parecieron captar la idea de que si continuábamos haciéndoles frente en su ofensiva, nuestra resistencia sería aún más feroz cuando atacaran la ciudad. Era a última hora de la tarde, por lo que no se arriesgaron a entrar en la ciudad. Si hubieran querido, habrían podido hacerlo. Teníamos artillería antiaérea en las afueras de la ciudad, pero dentro no había ninguna. Quizá alguna sobre los tejados, pero desde ahí no puedes acertar a dar a un tanque. Los alemanes no entraron en la ciudad y pasaron la noche donde estaban. Habían llegado hasta Rynka y Spartakovka. A una distancia no de kilómetros, sino de metros.

Durante la noche [del 23 al 24 de agosto] el Comité Municipal de Defensa puso en marcha todas las fuerzas que pudo reunir. Todos los batallones de destrucción y todos los efectivos que pudieron encontrarse en las colonias de las viviendas de los trabajadores recibieron armas y fueron enviados como apoyo mientras las fuerzas armadas se preparaban para defender la ciudad. Tuvimos la suerte de contar con la fábrica de tractores, dedicada a la fabricación de artillería y carros de combate. Los trabajadores de la fábrica se volcaron al máximo y por la mañana tenían listos sesenta tanques. Utilizaron todo lo que no estaba acabado del todo: algunas cosas que esperaban a ser reparadas, otras que estaban ya listas. Las tripulaciones para los carros se completaron como se pudo. Muchos eran trabajadores de la fábrica de tractores que habían llevado a cabo pruebas, inspecciones, etcétera. También incluían a los que recibían los tanques. Fuera como fuese, las tripulaciones se organizaron. Y además estaba la escuela de carros, que contaba también con algunos tanques. Los trabajadores de la fábrica Barricadas llevaron sus cañones y sacaron su artillería para montar la línea de defensa. Cogían a todo el que fuera capaz de manejar las armas. Representantes militares, trabajadores presentes durante las pruebas, todos fueron enviados allí, todo aquel que teníamos a nuestra disposición. Por la mañana, habían llevado también a algunas unidades de la NKVD.

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