Stalingrado
Interpretaciones de la batalla
Los líderes nazis reaccionaron a la derrota del 6.º Ejército redoblando su propaganda y sus esfuerzos de movilización de masas. El sacrificio en Stalingrado, creían, motivaría a los combatientes alemanes a detener «la marea roja» que en aquel momento avanzaba hacia el oeste. Pasados apenas los tres días del luto oficial decretado en el país, Joseph Goebbels pronunció su discurso de la guerra total, recibido con el enfebrecido aplauso de un público de leales al partido. Con el Ejército Rojo amenazando con entrar en Europa, el espectro de las «hordas bolcheviques» de «Asia», largo tiempo invocado por los propagandistas nazis, se había convertido en una posibilidad real; para la aterrorizada población, la lucha parecía la única salida, y así fue como la guerra se prolongó dos años más, todavía con más intensidad que antes.
El bando soviético también incrementó la presión política. Los generales y oficiales alemanes capturados fueron alojados en un campo especial e instados a renegar públicamente de Hitler. Sus captores soviéticos habían previsto asignarles el papel de líderes de un Estado alemán de posguerra simpatizante con los soviéticos. La mayoría de los demás prisioneros ingresaron en campos de trabajo, donde recibían muy escasa comida y atención médica. En julio de 1943, tres cuartas partes del total de prisioneros alemanes en manos soviéticas habían muerto.
Cuando los soldados del Ejército Rojo recuperaron la ciudad,
contabilizaron 7655 supervivientes civiles.[32] Cuando comenzó la limpieza, los soviéticos descubrieron fosas comunes de civiles que los ocupantes alemanes habían fusilado o ahorcado. Varios miles de alemanes capturados fueron puestos a trabajar en febrero de 1943 en la retirada de cadáveres y la desactivación de bombas y minas. Más tarde ayudaron a reconstruir la ciudad.
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Llegado el fin de la batalla, la reprimenda que Stalin dio a sus comandantes en julio de 1942 pasó a convertirse en elogio, y concedió además numerosas condecoraciones a los militares por sus logros. Alabó al Ejército Rojo como un «ejército de cuadros» y otorgó a cuatro ejércitos de campaña —el 62.º, el 64.º, el 24.º y el 66.º— el codiciado estatus de Guardias. Stalin también se premió a sí mismo, asumiendo el cargo de Mariscal de la Unión Soviética el 6 de febrero de 1943.
INTERPRETACIONES DE LA BATALLA
Pese a haber sido extensamente investigada y narrada, la batalla de Stalingrado se presenta en la mayoría de las descripciones occidentales como
el fin de la Alemania nazi.[34] El principio de este relato suele situarse el 19 de noviembre de 1942, el día en que los soviéticos pusieron cerco al 6.º Ejército. Este marco cronológico transforma a los agresores en víctimas desesperadas
—presas del frío, el hambre, que luchan por defenderse—[35] y omite el ataque alemán sobre Stalingrado y el largo reguero de sangre que fueron dejando los soldados del 6.º Ejército mientras se abrían paso a través de las
ciudades ucranianas de Berdichev, Kiev y Járkov.[36] Incluso relatos más exhaustivos, que sitúan el comienzo en junio de 1941 e incluyen el testimonio de testigos presenciales soviéticos, siguen un guión alemán, perfectamente ejemplificados por el documental de televisión en tres partes titulado
Stalingrad: The Attack-The Kessel-The Doom [37] (2003). El drama humano de Stalingrado a menudo se reduce a cuatro cifras: los 300 000 soldados alemanes atrapados en el Kessel, los 110 000 supervivientes que pasaron a ser cautivos de los soviéticos, los 6000 que finalmente consiguieron volver a casa, y los doce años que tardaron en llegar a allí. El alcance de las pérdidas soviéticas, en cambio, rara vez se menciona en Occidente. A diferencia del retrato global que se hace de las actividades de la Wehrmacht en el Frente Oriental, que en las últimas dos décadas ha sido objeto de una importante revisión crítica (no exenta de algunas burdas simplificaciones), las visiones de Stalingrado siguen siendo hasta hoy sorprendentemente complacientes y estrechas de miras, al enfatizar el sufrimiento de los soldados alemanes sin molestarse más que rara vez en mencionar al adversario.
Stalingrado, 1943. Fotografía de Natalia Bode.
A lo largo de los años, en Occidente, tanto la opinión pública como la especializada en el tema han presentado una serie de relatos distintos sobre Stalingrado. En la década de 1950 y de 1960, la atención se centró en la figura del combatiente en el campo de batalla, que mantuvo sus valores marciales hasta el último aliento. El ex mariscal de campo Erich von Manstein escribió en 1955 que el recuerdo del «incomparable heroísmo, fidelidad y sentido del deber» de los soldados que «murieron de hambre y frío» en Stalingrado «continuará vivo mucho tiempo después de que los gritos de triunfo de los vencedores se hayan apagado y los afligidos, los desilusionados y los
resentidos hayan quedado en silencio».[38] Su recuerdo no duraría ni mucho menos tanto como Manstein predecía. A medida que la sociedad fue experimentando cambios —como los que los movimientos estudiantiles de finales de los sesenta simbolizan muy bien— y que fue emergiendo el área de estudio de la Alltagsgeschichte (historia de lo cotidiano), la imagen del valiente soldado fue siendo reemplazada por la del antihéroe. Los soldados de Stalingrado pasaron a ser considerados jóvenes sencillos, desorientados, que a veces apenas sabían expresarse en sus cartas, que habían sido empujados a la guerra y que no parecían compartir en absoluto las grandes ambiciones nazis.
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En la memoria popular alemana, Stalingrado también reviste connotaciones con la resistencia antinazi desde dentro. A este respecto existen algunas evidencias históricas. En febrero de 1943, Hans y Sophie Scholl, miembros del grupo de resistencia de La Rosa Blanca, distribuyeron copias de lo que sería el último panfleto que el grupo dirigiría a los estudiantes y profesores de la Universidad de Múnich. «La muerte de Stalingrado implora que actuemos», decía, llamando a los alemanes a liberarse de la tiranía del
nacionalsocialismo.[40] (Este llamamiento cayó en saco roto, como también los manifiestos antifascistas escritos posteriormente por prisioneros alemanes de guerra en la Unión Soviética.) Otra posible fuente de resistencia procedía de los veteranos de Stalingrado que afirmaban haber renunciado a Hitler y al
nacionalsocialismo en medio de la batalla.[41] Pero ¿son creíbles estas aserciones? ¿Tuvo lugar su declaración verdaderamente en el momento que
dicen, o fue un punto de vista expresado por primera vez en sus memorias?[42] Una cosa es segura: después de Stalingrado, innumerables alemanes siguieron del lado del régimen nazi en un redoblado esfuerzo por evitar que la marea de
la guerra se volviera contra ellos.[43]
El hecho de poner el foco en el drama alemán vivido en Stalingrado ha dejado al bando soviético sin unos contornos bien definidos. Parte del problema radica en que los alemanes que lucharon en Stalingrado realmente no conocían a su adversario. Para ellos, los soviéticos eran una horda de piel tostada que se lanzaba sobre su enemigo gritando «¡hurra!», dirigidos por unos responsables políticos que blandían pistolas. Estas ideas se transfirieron a los estudios militares de la época de la posguerra. Los malentendidos fueron alimentados por los propagandistas del Tercer Reich, y hombres como Franz Halder, jefe de Estado Mayor de Hitler, más adelante se valdría del anticomunismo de inspiración racial para instruir a los americanos sobre «el
soldado ruso».[44]
Por consiguiente, hoy en día seguimos sin tener una idea clara de cómo lucharon los soldados del Ejército Rojo, de los rasgos culturales que les hicieron comportarse de determinada manera durante la guerra, de qué era lo que les motivaba mientras luchaban contra unas fuerzas que creían superiores a las suyas, y lo que Stalingrado significó para ellos. Aunque los historiadores soviéticos citan las acciones de muchos héroes, no arrojan ninguna luz sobre los detalles y el contexto. La única excepción es el veterano de Stalingrado Alexander Samsonov. Su estudio de la estrategia militar empleada en la batalla no solo proporciona estos detalles, sino que constituye la única obra de importancia escrita por un autor soviético que también tiene en cuenta al
bando alemán.[45]
Desde la disolución de la Unión Soviética se han abierto muchos archivos, lo que ha servido para expandir extraordinariamente nuestra comprensión de lo que en Rusia se conoce como la Gran Guerra Patriótica y del lugar que dentro de ella ocupó la batalla de Stalingrado. Esto se debe en gran medida a los esfuerzos de archivistas e investigadores rusos, entre ellos los empleados en el Servicio de Seguridad Ruso (FSB), que han entregado gran abundancia de materiales que antes habían estado clasificados. Entre estos se incluyen datos detallados sobre deserciones, arrestos y ejecuciones dentro del Ejército Rojo, así como informes secretos de agentes de la Sección Especial de la
NKVD [46] que analizan el ambiente político entre las tropas soviéticas. Por otra parte se ha publicado un buen número de memorias, cartas y diarios de la guerra sin censurar, incluidos los reveladores diarios de Vasili Grossman y Konstantin Simonov, dos escritores que trabajaron como corresponsales de
guerra en el Frente de Stalingrado.[47] No obstante, cuando se trata de los pensamientos y actitudes que los ciudadanos soviéticos mantuvieron durante la guerra, el panorama sigue resultando incompleto. El problema radica en parte en las restricciones de la censura soviética, que se aseguró, salvo escasas excepciones, de que las cartas soviéticas de la época de la guerra no mostraran nombres de lugares exactos ni descripciones detalladas de hechos y opiniones. La otra parte del problema, más importante aún, es que dentro de los ingentes archivos del Ministerio de Defensa ruso todavía quedan montones de documentos de la guerra —archivos personales, materiales de vigilancia secreta, protocolos de interrogatorios, cartas confiscadas— a los
cuales el acceso sigue estando prohibido.[48]
Los historiadores continúan debatiendo sobre las motivaciones de los soldados soviéticos. ¿Hasta qué punto luchaban por voluntad propia, impulsados por el amor a la patria, la lealtad al sistema soviético o a la persona de Stalin? ¿Fueron coaccionados para alistarse? Antony Beevor así lo sostiene. En su exitoso libro sobre la batalla, critica duramente al sistema
soviético por su «inconcebible crueldad».[49] Beevor describe la lucha en Stalingrado no solo como un choque entre alemanes y rusos, sino también como una batalla que los líderes soviéticos libraron contra su propia población. Desde su perspectiva, hay una cifra que ilustra especialmente bien el carácter inhumano del régimen: la decisión del general Chuikov de ejecutar a alrededor de 13 500 soldados del Ejército Rojo reticentes a luchar en el 62.º Ejército. Beevor menciona estas muertes en su prefacio, y concluye el libro señalando que «los miles de soldados soviéticos ejecutados en Stalingrado al dictado de sus órdenes [las de Chuikov] nunca tuvieron una tumba con su
nombre».[50] Pero no aporta pruebas convincentes. Se limita a citar al historiador militar John Erickson, que menciona «informes» que hablan de
13 500 ejecutados por pelotones de fusilamiento.[51] Los materiales recientemente desclasificados, sin embargo, muestran que en el periodo comprendido entre el 1 de agosto y el 15 de octubre de 1942 —una de las fases más críticas de la batalla para el Ejército Rojo— la policía secreta soviética (NKVD) ejecutó en el Frente de Stalingrado a 278 soldados
soviéticos, de los cuales solo una parte pertenecían al 62.º Ejército.[52]
Las entrevistas publicadas en este libro dejan claro que la violencia, y especialmente la amenaza de violencia, fueron profusamente utilizadas en el Ejército Rojo, pero también sugieren que las ideas occidentales sobre las ejecuciones masivas en el Frente de Stalingrado deberían revisarse. Dichas ideas quedan claramente patentes en la película Enemigo a las puertas (2001). En la primera escena, soldados de la 284.ª División de Fusileros Siberiana son lanzados a la batalla con insuficientes armas y municiones. Como cabe esperar, el ataque se detiene y los soldados se baten en retirada. Inmediatamente son acribillados a balazos por un destacamento de bloqueo de la NKVD que les dispara con armas automáticas. Las transcripciones de Stalingrado, que incluyen conversaciones con dos soldados de la 284.ª División de Fusileros Siberiana, el comandante Nikolái Aksionov y el célebre francotirador Vasili Zaitsev, el protagonista de Enemigo a las puertas, dejan claro lo lejos que esta escena queda de la realidad.
Además de presentar la batalla desde una perspectiva predominantemente alemana, el libro de Beevor se hace eco de una serie de clichés originados en la propaganda de la era nazi. Por ejemplo, describe la voluntad de los soldados para defender la Unión Soviética hasta el punto de la inmolación como «casi atávica», una expresión evocadora del «primitivo» enemigo del
este descrito por Goebbels y otros.[53] Beevor también está convencido, aun sin aportar evidencias sólidas, de que las tropas soviéticas vivían con el miedo permanente a los responsables para asuntos políticos, los llamados comisarios. En cambio, alaba a los oficiales de la Wehrmacht por su refinamiento y caballerosidad, y se deleita en la imagen de «artilleros alemanes en pantalón corto, con sus torsos bronceados y musculados de levantar proyectiles» que «parecían atletas de una película de propaganda
nazi».[54] Si Beevor se hubiera tomado más tiempo para estudiar el otro bando, habría leído cómo los ciudadanos soviéticos veían a los descamisados
invasores alemanes como groseros y poco civilizados.[55] Cómo conceptos, «primitivo» y «civilizado» no son más que atributos variables, que dependen de factores culturales.
Si Beevor describe a los soldados soviéticos como sujetos aterrorizados, la historiadora británica Catherine Merridale los retrata como víctimas de un engaño. Mientras que los soldados creían que tomaban parte en una lucha por liberar a la Unión Soviética de los invasores nazis, el régimen de Stalin les tenía permanentemente oprimidos en condiciones comparables a las de la
esclavitud.[56] La historia social que Merridale hace del Ejército Rojo ofrece vívidas descripciones de situaciones de privación y adversidad en la vida diaria de los soldados, pero resulta menos convincente cuando escribe sobre sus experiencias de guerra. Argumenta que las tropas soviéticas vivieron dos guerras diferentes: «La primera, la que solo ellos conocían, era la guerra del campo de batalla, la guerra atronadora de las granadas y el humo, la guerra vergonzosa del terror y la retirada. Pero había otra guerra que era obra de
escritores, la guerra creada por la propaganda».[57] La ideología que apelaba a la moralidad y prometía una guerra justa no tenía nada que ver, en opinión de Merridale, con la experiencia directa de la guerra por parte de los soldados; para ellos era algo impuesto externamente. Sin embargo, como método de análisis, el intento de separar la experiencia de la ideología es discutible, ya que da por hecho que los individuos conciben la experiencia fuera de los valores y de la expresión lingüística. Pero es que, además, los soldados que hablan en su libro se identifican en gran medida con el lenguaje popular y los
ideales de su época.[58]
En su afán por tratar de sacar a la luz la experiencia «real» del soldado soviético, liberado de la ideología del Estado, Merridale entrevistó a docenas de veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Irónicamente, descartó la mayoría de sus testimonios basándose en que repetían como loros las posturas oficiales —como si todos los veteranos hubieran sucumbido a un estado de
falsa conciencia.[59] Su asociación de los ideales morales y el patriotismo con la guerra no encajaba con la idea preconcebida de Merridale de que la guerra no era más que sufrimiento y estremecedora violencia. No hay lugar en su concepción para unos soldados del Ejército Rojo identificados con el Estado, la patria o los valores socialistas.
Cualquiera que, como Merridale o Beevor, describa a la población soviética como esclavizada por el sistema no puede explicar convincentemente por qué millones de personas lucharon contra los alemanes hasta derrumbarse literalmente. Estudios más recientes como los de Yelena Seniavskaya, Amir Weiner, Lisa Kirschenbaum y Anna Krylova abordan las cuestiones clave que aún continúan sin respuesta: ¿cómo convenció el Estado a grandes sectores de población para que se unieran al esfuerzo de la guerra y a qué reservas intelectuales y espirituales apeló para ello? Ellos describen cómo muchos periodistas, escritores y artistas ayudaron a acuñar y distribuir consignas inspiradoras; investigan cómo la población civil extrajo un significado a los rigores de la guerra gracias a los llamamientos al heroísmo procedentes del Estado; y muestran cómo los soldados del frente empezaron a verse a sí
mismos como parte activa del régimen soviético.[60]
Las transcripciones de Stalingrado permiten por primera vez escuchar las voces de soldados del Ejército Rojo, hasta la fecha prácticamente desconocidas, a través un diverso y variopinto espectro. Dan una forma tridimensional a las emociones, motivaciones y acciones de soldados individuales —soldados que se veían a sí mismos como participantes activos y tenían interiorizado su rol como combatientes— y de este modo proporcionan una base para la reciente tendencia entre los especialistas en el tema a considerar la Gran Guerra Patriótica como una guerra del pueblo. Pero las entrevistas revelan además un elemento que resulta antagónico con la mayoría de las descripciones occidentales: el enorme esfuerzo del Partido
Comunista por condicionar a las tropas.[61] El partido era una fuerza institucional siempre presente en forma de responsables políticos y mensajes ideológicos. Permeaba todo el escalafón militar y enviaba a sus emisarios — comisarios políticos, agitadores, partido y secretarios de la liga de las juventudes— a las trincheras, donde arengaban, asesoraban, animaban y elevaban el espíritu de las tropas, explicaban cómo estaba la situación en ese momento, e infundían significado. Las entrevistas muestran el modo en que este aparato funcionaba, movilizaba a los soldados y respondía a las crisis. Los responsables para asuntos políticos denunciaban cada señal de debilidad como cobardía y traición contrarrevolucionaria, al tiempo que promovían la autodisciplina y el heroísmo. Junto con la policía secreta, el partido tenía al ejército bajo un yugo de hierro. Pero incluso cuando los funcionarios del partido repartían castigos, las intenciones eran correctivas y su objetivo era instruir, motivar y reformar a las tropas.
Los historiadores occidentales han subestimado la función movilizadora del partido comunista. Esto se debe en parte a que su acceso ha estado limitado a los documentos oficiales de instancias políticas, a partir de los cuales es bastante difícil hacerse una idea del funcionamiento cotidiano del aparato político. Pero se debe también a que dichos historiadores tienden a entender el partido exclusivamente como represivo por naturaleza, considerando su funcionamiento ideológico como una mera demostración de poder político. A este error contribuye también la opinión de muchos historiadores militares de que el Partido Comunista constituía un obstáculo para los militares y de que el Ejército Rojo no se convirtió en una fuerza de
combate eficaz hasta que se eliminó a los comisarios políticos.[62] Pero en realidad, el partido nunca se fue; de hecho, su presencia en las fuerzas armadas fue aumentando a medida que la guerra continuaba.
El historiador estadounidense Stephen Kotkin entiende el poder y la ideología en los comienzos de la era soviética de una forma que contribuye a arrojar luz sobre las circunstancias del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. El estudio local de Kotkin sobre la construcción del socialismo dentro de una ciudad industrial soviética ilustra cómo el Estado comunista, a través de unas formas determinadas de discurso y de conducta, transformó a millones de inmigrantes rurales y refugiados a partir de un molde socialista. Los agitadores del partido se aseguraban de que los trabajadores no solo cumplieran con las cuotas sino de que comprendieran el significado político de la lucha de clases internacional. El régimen agrupaba a los individuos dentro de «brigadas de choque» y los enfrentaba en competiciones socialistas. Aquellos que aprendían a «hablar bolchevique» podían hacer carrera y se sentían parte de la sociedad comunista y del gran
futuro que el régimen publicitaba.[63] Pero como consta en numerosos diarios y cartas de la década de 1930, la interiorización de los valores socialistas no solo se producía a través de las directrices del partido; muchos ciudadanos soviéticos, especialmente los más jóvenes y más instruidos, vieron la década de 1930 como una batalla histórica entre un comunismo emergente y un capitalismo en crisis (del cual el fascismo formaba parte), y trataron de que
sus vidas estuvieran a la altura de estas altas exigencias.[64] Muchos creían que ellos mismos debían prepararse de cara a un conflicto que consideraban
inevitable.[65]
Estos ideales, como formas de conducta y de expresión inculcadas, no se desvanecieron cuando estalló la guerra; al contrario. Las transcripciones de Stalingrado documentan la posterior evolución de rasgos del carácter soviético característicos de la década de 1930: obstinado, optimista,
preocupado por el bien colectivo y tolerante con la violencia.[66] Una vez estallada la guerra, el partido llevó su condicionamiento ideológico a las fábricas y lugares de trabajo, instando a los trabajadores (por entonces sobre todo mujeres) a satisfacer las necesidades de la industria de guerra. Destinó más agitadores a las trincheras y refugios de los campos de batalla y patrocinó nuevas competiciones socialistas para ver quién mataba más alemanes. A juzgar por las medallas y otras distinciones concedidas durante la guerra, esta renovada oleada de subjetivación en la sociedad soviética envolvió a miles de trabajadores civiles y soldados del Ejército Rojo.
La perspectiva de Kotkin enfatiza la conexión entre un partido y una sociedad que se reforzaban mutuamente. Esta descripción contradice la convicción de muchos investigadores de que la sociedad soviética se oponía al partido y durante los años de la guerra se liberó temporalmente de las cadenas del régimen de Stalin. El literato ruso Lazar Lazarev, que fue además veterano de guerra, habla de la «desestalinización espontánea». Tanto él como otros señalan que, una vez comenzada la guerra, el régimen permitió mayores libertades dentro del ambiente intelectual; incluso que el periódico del
partido, [67] Pravda , fue más veraz en sus informaciones. El principal defensor de esta opinión fue Vasili Grossman, un corresponsal de guerra que estaba en Stalingrado en el otoño de 1942 y que permaneció allí más tiempo que ningún otro observador. Su novela épica, Vida y Destino (1950-1959) es un
monumento a los soldados del Ejército Rojo que lucharon allí.[68] Paradójicamente, la novela describe la ciudad en ruinas como un espacio de libertad. Los funcionarios del partido, estacionados en el puesto de mando del Estado Mayor, a una cierta distancia de seguridad del combate, han perdido el control de la ciudad. Cuando la vieja jerarquía se va viniendo abajo, un comisario es enviado a la ciudad para averiguar cuál es la situación. Las conversaciones abiertamente políticas que escucha le escandalizan, pero a la vez se queda impresionado por cómo se apoyan los soldados entre sí y el sentido de comunidad que les une. Este espíritu de fraternidad y democracia le recuerda su juventud y las primeras etapas de la Revolución Rusa. Grossman describe la llama de la libertad humana que durante un breve tiempo se mantuvo encendida en Stalingrado, pero que volvió a apagarse cuando los alemanes fueron derrotados y el Gobierno de Stalin recuperó el control de la sociedad.
Este tipo de pensamientos están ausentes en lo que Grossman escribe mientras se está desarrollando la contienda. Incluso en su diario de guerra, más sincero y crítico, se expresa con admiración hacia los comunistas que utilizaban su autoridad moral para elevar los ánimos de los desalentados soldados del Ejército Rojo. En una de las entradas de dicho diario narra una reunión con el comisario de brigada Nikolái Shliapin. Durante una operación de combate en Bielorrusia, en julio de 1941, Shliapin consiguió reanimar y mover a la acción a los soldados supervivientes de su división y se abrió paso entre las líneas alemanas. Grossman lo describía como un hombre «inteligente, fuerte, tranquilo, grande y lento. La gente siente su fuerza
interior».[69] En la traducción inglesa del diario, editado por Antony Beevor, la entrevista de Grossman con Shliapin no se incluye. Beevor eliminó la entrevista basándose en que estaba plagada de «clichés soviéticos de la época» y por tanto no revestía interés para los lectores actuales. La entrevista de Grossman con el asistente de Shliapin, el comisario político Klenovkin, tampoco consta en las ediciones de Beevor. El asistente describe a Shliapin como un salvador: «En combate, el comisario camina pausada y lentamente. “¡Ven aquí, no pasa nada!” Actúa como si no estuviéramos en medio del combate. Todo el mundo le mira expectante. “El comisario está con
nosotros”».[70] Klenovkin sirvió de inspiración para uno de los personajes
clave de la novela de Grossman titulada [71] El pueblo es inmortal (1942).
El espíritu de Stalingrado, como lo entendía Grossman, consistió en la fuerza moral de unos soldados corrientes que alcanzaron el estatus de héroes al arriesgar sus vidas para cumplir con su deber cívico. Algunos comisarios, aunque no todos, dieron admirable ejemplo de ello. Para Grossman, la guerra contenía la promesa de una renovación moral del partido y la relación de este con la sociedad soviética. Solo años más tarde se daría cuenta de que sus esperanzas habían sido ilusorias, lo que le obligó a replantearse sus
experiencias.[72] En Vida y Destino, el entusiasmo inicial de Grossman por los héroes de la guerra soviética pasó a convertirse en una fe declarada en la libertad individual, contraria a lo que promulgaba el régimen de Stalin.
Grossman, sin embargo, no estaba equivocado respecto al ambiente político durante los años de la guerra: de hecho se había vuelto más liberal a medida que el partido fue comenzando a abrirse al exterior (como muestran las transcripciones de Stalingrado). En concreto, el partido cambió sus criterios de admisión. Hasta entonces la prueba decisiva había consistido en conocer teoría marxista y proceder de la clase obrera mientras que, a partir de ese momento, radicó en los logros militares. El partido abrió sus puertas a cualquiera que pudiera demostrar que había matado alemanes en batalla. Así fue como muchos de los mejores soldados fueron admitidos en el partido. Entre 1941 y 1944, el número de miembros del partido dentro del ejército fue aumentando sin parar, y para el final de la guerra la inmensa mayoría de comandantes portaban el carné de miembro. Durante este proceso, no solo cambió la composición del partido, sino también el significado de la pertenencia a él. El partido adquirió un carácter más militar y se hizo más
cercano al pueblo.[73] Sin embargo, a medida que se iba acercando el final de la guerra, la jefatura del partido invirtió el rumbo, endureciendo los requisitos
de admisión y aumentando la vigilancia dentro de sus filas.[74]
Apoyándose en una formación y supervisión continuas, los funcionarios del partido generaron una forma unificada de ver el mundo entre las tropas del Ejército Rojo. La omnipresencia y la eficacia del compromiso político en las unidades militares diferencian al Ejército Rojo del resto de los ejércitos modernos. Recientes estudios históricos sobre la cuestión de por qué y cómo luchan los soldados a menudo apuntan a lealtades y relaciones creadas dentro de los grupos de combate más básicos o «primarios»: el pelotón o la compañía. Dichos estudios otorgan la máxima importancia y en ocasiones incluso un valor universal a la camaradería o la idea de formar un «grupo de
hermanos».[75] Y sin embargo estos conceptos desempeñaron un papel secundario dentro del Ejército Rojo. Para empezar, porque la terrible cifra de bajas en el bando soviético devoró a unidades soviéticas enteras en cuestión de días, lo que hizo imposible que los soldados llegaran a desarrollar ninguna cohesión personal. Pero además, porque las autoridades comunistas se esforzaban por suprimir este tipo de lazos: temían que las visiones y deseos particularistas de los soldados pudieran ir en detrimento de su identidad soviética más amplia. A diferencia del ejército alemán, que abastecía sus unidades con soldados de la misma región para reforzar así su identidad regional (Landsmannschaft), las fuerzas armadas soviéticas mezclaban