Stalingrado
La captura del mariscal Paulus
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Ivan Alexandrovich Kuznetsov (Teniente de navío, comandante del cañonero Usiskin): A finales de octubre se efectuó una operación de desembarco en Latoshinka. Muchos de los hombres de los destacamentos de desembarco fueron hechos prisioneros —minorías nacionales, kazajos y uzbekos. Al parecer, alguno debió de darles nuestra posición, porque a finales de octubre los alemanes lanzaron un bombardeo y un ataque de mortero intensivo sobre ella. Yo no abandoné mi puesto, pero después de 2300 descargas, nuestros cañones tenían que ser sustituidos, y dado que no había nadie disponible aquí, me vi obligado a moverme para que otra embarcación pudiera ocupar mi puesto. El cañonero Chapayev ocupó mi posición anterior y permaneció allí durante veinticuatro horas exactas. Se decidió que había que mandarlo a otro sitio, porque era completamente imposible quedarse —les estaban bombardeando día y noche, causando muchos muertos y heridos.
Vasili Mijailovich Zaginailo (Subcomandante del cañonero Chapayev): Algunos de los soldados que desembarcaron fueron hechos prisioneros, y por su culpa los alemanes descubrieron las posiciones de nuestros barcos.
Por la mañana, el enemigo envió nueve aviones para destruir el Grupo Norte. Las bombas cayeron cerca. Pero cuando los aviones hicieron su tercera aproximación, el Chapayev abandonó su posición y gracias a ello se salvó de ser hundido. […]
La operación habría triunfado si hubiera existido un plan. Pero ni siquiera Gorojov sabía qué pasaba. De modo que no hubo manera de dar apoyo a la operación. La 300.ª División de Fusileros no proporcionó ningún apoyo de artillería a las fuerzas de desembarco. Esta es la razón por la que fueron casi completamente aniquiladas en Latoshinka.
Yuri Valerievich Liubimov (Teniente, oficial de derrota para un destacamento de patrulleras blindadas, oficial de comunicaciones para el Grupo Norte, Flotilla Militar del Volga): Trataron de barrenar la AC-34, pero por alguna razón no explotó, así que lo dejaron. No había necesidad de volarla, no era más que un montón de chatarra, no valía para nada. Aquel invierno fue desguazada pieza a pieza, y todavía hoy el casco sigue ahí, en el mismo lugar donde sucumbió heroicamente, como testimonio de las cosas tan terribles y sangrientas que ocurrieron durante la gran epopeya de Stalingrado.
LA CAPTURA DEL MARISCAL PAULUS
El 6 de enero, el general Konstantin Rokossovski presentó los términos de la capitulación al rodeado 6.º Ejército. El 10 de enero, tras no haber recibido respuesta del mariscal de campo Paulus, los soviéticos iniciaron una gran ofensiva. En dos semanas habían reducido el tamaño del Kessel considerablemente, empujando a las tropas enemigas dentro de los límites de la ciudad. El 26 de enero los soviéticos dividieron a los cercados alemanes en dos bolsas, una al sur, en el centro de la ciudad, y otra al norte, en el distrito industrial. Los líderes soviéticos sospechaban que el alto mando militar alemán (AOK 6) se encontraba en el Grupo Sur, pero no estaban seguros de si Paulus había huido de Stalingrado entretanto. El 28 de enero, la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros unió sus fuerzas a las de las 29.ª y 36.ª Divisiones de
Fusileros y fue empujando hacia el centro de la ciudad desde el sur.[137] A primera hora de la mañana del 31 de enero, enviados de paz alemanes se acercaron a soldados de la brigada y les condujeron al sótano de unos grandes almacenes, donde, para su sorpresa, los soviéticos se encontraron con que allí estaban Paulus y su equipo. El sótano había sido en un principio un puesto de mando de la 71.ª División de Infantería, comandada por el general de división
Friedrich Roske.[138] Los últimos días de enero, Paulus y los 250 oficiales y
personal de la [139] AOK 6 que quedaban, habían buscado refugio allí tras abandonar sus anteriores cuarteles en Gumrak, un aeródromo al oeste de la
ciudad, y en un barranco situado en el extremo sudoeste de la misma.[140] Como muchos de sus camaradas oficiales testificaron más tarde, Paulus no se había opuesto expresamente a la orden de Hitler de que el ejército resistiera hasta el último hombre, pero tampoco la hizo cumplir con carácter universal; en lugar de ello, el 29 de enero informó a los jefes de su unidad de que lo
dejaba a su discreción.[141] Por otra parte, Paulus desobedeció la orden de Hitler de morir «como un héroe». Como se mencionó en la Introducción, el hecho de que Hitler ascendiera a Paulus a mariscal de campo a primera hora de la mañana del 31 de enero era una forma indirecta de decirle que su única opción era suicidarse o luchar hasta la muerte, dado que ningún mariscal de campo había sido nunca antes capturado con vida. Cuando los soviéticos entraron en el sótano, le encontraron tendido en una cama junto a la habitación de Roske, donde otros oficiales alemanes se encontraban negociando los términos de la rendición. Paulus se había declarado una «persona privada» ante Roske y sus oficiales, por lo que no se consideraba responsable de la rendición alemana.
La noche del 29 de enero, Roske informó de que los grandes almacenes no podían resistir mucho tiempo más. El jefe de Estado Mayor del Ejército, Arthur Schmidt, instó a los oficiales a no entregar las armas, dado que al día siguiente se cumplía el décimo aniversario de la toma de poder nazi. No obstante, el 30 de enero varios oficiales alemanes establecieron contacto con el enemigo en un intento por detener la lucha. Aquella noche, el coronel Günther Ludwig, comandante del regimiento de artillería de la 14.ª División Pánzer, fue recibido por el mando del batallón de la 29.ª División de Fusileros. Cuando más tarde Ludwig habló con Schmidt de estas acciones no autorizadas, Schmidt, lejos de reprenderle, le pidió que acordara con los
soviéticos que mandaran enviados de paz al [142] AOK 6 a la mañana siguiente.
Las transcripciones de Stalingrado son los primeros documentos publicados que muestran cómo los soviéticos interpretaron los esfuerzos alemanes por un alto el fuego y cuál fue su respuesta. En ellas quedan documentados los múltiples intentos de negociación entre representantes de diferentes unidades realizados los días 30 y 31 de enero y la confusión resultante cuando, la mañana del 31 de enero, en el mismo lugar en el que el coronel Ludwig, al mando de la 29.ª División de Fusileros, había pedido que mandaran enviados de paz de alta graduación, aparecieron soldados de la 38.ª División de Fusileros. Las transcripciones revelan también la rivalidad entre las unidades soviéticas, todas las cuales querían ser la primera en encontrar al mariscal de campo Paulus. Las entrevistas incluyen los informes de orgullosos soldados de la 38.ª Brigada de Fusileros así como de varios representantes de la 36.ª División de Fusileros, a los que les faltó muy poco para hacerse con el trofeo más importante en la lucha por Stalingrado.
Para la mayoría de los soldados del Ejército Rojo que estaban en el sótano de los grandes almacenes, era la primera vez que veían oficiales de cerca. Formados en las ideas marxistas de clase, creían que todos los generales y
oficiales alemanes pertenecían a la élite aristócrata.[143] Solo unos pocos parecían saber que el hombre al que llamaban «General fon Paulyus» era hijo de un maestro de escuela. El alto mando supremo del 64.º Ejército, Mijaíl Shumilov, también fue víctima de este error. Lo primero que hizo Shumilov cuando llegó Paulus a su puesto de mando en Beketovka fue inspeccionar el carné de identidad del mariscal de campo. «El carné decía», según explicaría más tarde a los historiadores de Moscú, «que servía en el ejército alemán y
que era Von Paulus —el soldado del ejército alemán Von Paulus.»[144]
A los comandantes soviéticos, la mayoría de los cuales eran de origen
humilde,[145] les impresionaban las medallas y el porte de los oficiales alemanes. Algunos comentaban con aprobación la disciplina y el respeto que se les tenía a los oficiales de la Wehrmacht (dando a entender que los oficiales del Ejército Rojo no estaban a la misma altura). El comandante de división Roske —un testigo soviético hacía referencia a sus «ojos de un azul ario»— causó una profunda impresión con su generoso gesto de ofrecer un
puro a los «caballeros» allí presentes antes de las negociaciones.[146] Pero la superioridad cultural típicamente atribuida a los alemanes no se correspondía en absoluto con la suciedad y el hedor que los soldados rojos se encontraron en el sótano de los grandes almacenes. Junto con la ideología racista nazi — los soldados soviéticos recordaban más tarde que los alemanes exigían que sus sirvientes rusos utilizaran un cuarto de aseo distinto— aquella mugre contradecía la idea de Alemania como nación de una gran cultura.
Los historiadores de la Alemania de la posguerra han destacado el cansancio y el derrotismo que pesaba sobre gran parte de la Wehrmacht durante los últimos días de la batalla. Las transcripciones de Stalingrado dibujan un panorama muy diferente, al menos en parte. Aunque muchos soldados capturados gritaban «Hitler kaput» para evitar ser fusilados, el nivel de resistencia armada que los soviéticos se encontraron en la «Fortaleza de Stalingrado» fue extraordinariamente alto. El comandante Anatoli Soldatov explicó a los historiadores que a finales de febrero sus soldados encontraron a seis oficiales de la Wehrmacht en una casa bombardeada donde tenían suministro de mantequilla y comida en lata para tres semanas. Un informe de la NKVD señalaba que el 5 de marzo de 1943 soldados uniformados alemanes atacaron a un teniente y a un sargento. En una búsqueda posterior, unos soldados del Ejército Rojo encontraron y mataron a ocho oficiales alemanes
provistos de pistolas y un transmisor de radio.[147] Los rumanos, checoslovacos y griegos que lucharon del lado de los alemanes expresaron
alivio al ser capturados, para ellos la guerra había terminado.[148] En cambio, muchos de los alemanes, especialmente los oficiales, se mostraban displicentes, confiados en que los alemanes acabarían imponiéndose.
Las entrevistas presentadas a continuación tuvieron lugar el 28 de febrero de 1943 y en fechas posteriores. Algunas se realizaron en Beketovka, donde se hallaba el principal cuartel general del 64.º Ejército, otras en los grandes almacenes de Stalingrado. Las entrevistas fueron llevadas a cabo por Esfira Genkina y transcritas por la taquígrafa Olga Rosliakova.
Los entrevistados
38.ª Brigada Motorizada de Fusileros
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov[149] —Comandante de la
38.ª Brigada Motorizada de Fusileros
Teniente coronel Leonid Abovich Vinokur —Subcomandante de asuntos
políticos
Comandante Alexander Georgievich Yegorov —Jefe de la sección política Comandante Anatoli Gavrilovich Soldatov —Subjefe del departamento
político, secretario del Comité del Partido en la brigada Capitán Ivan Zajarovich Bujarov —Instructor de la sección política Capitán Lukián Petrovich Morozov —Subcomandante de asuntos políticos,
1.º Batallón
Teniente Georgi Grigorievich Garin —Comandante del pelotón de
reconocimiento
Teniente Nikolái Petrovich Karpov —Secretario ejecutivo del Komsomol,
3.º Batallón
Teniente Nikolái Alexandrovich Timofeiev —Comandante de la compañía
de reconocimiento
Sargento Alexander Ivanovich Parjomenko —Centinela Sargento Alexander Semionovich Duka —Operador de mortero, 2.º
Batallón
Sargento Mijaíl Ivanovich Gurov —Subfusilero y soldado de transmisiones
36.ª División de Fusileros de la Guardia
General de división Mijaíl Ivanovich Denisenko —Comandante de la 36.ª
División de Fusileros de la Guardia
Coronel de la Guardia Ivan Vasilievich Kudriavtsev —Subcomandante de
asuntos políticos
Teniente primero Fiódor Ivanovich Fiodorov —Comandante de la 6.ª
Batería, 65.º Regimiento de Artillería de la Guardia
Comandancia del 64.º Ejército (que incluye a la 38.ª Brigada Motorizada de
Fusileros y a la 36.ª División de Fusileros de la Guardia) Teniente general Mijaíl Stepanovich Shumilov —Comandante del 64.º
Ejército
General de división Konstantin Kirikovich Abramov —Miembro del
Consejo Militar
Coronel Matvei Petrovich Smolianov —Jefe de la sección política Capitán Yakov Mironovich Golovchiner —Jefe de la 7.ª Sección política,
departamento político[150]
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): No hacía mucho que nos habían puesto en la reserva para el 64.º Ejército. Así nos tuvieron dos semanas. Incluso
durante este gran avance[151] nos siguieron manteniendo en la reserva. A todos nos fastidiaba eso. Varias veces le pedí al comandante que nos enviara allí, pero él decía: «¡Yo sé lo que hago, no me diga lo que tengo que hacer! ¡Esté preparado para luchar!».
Teniente general Mijaíl Stepanovich Shumilov (comandante del 64.º Ejército): El comandante del frente nos ordenó volver de nuevo hacia el noroeste y atacar a lo largo del Volga junto con el 62.º Ejército y despejar la ciudad hasta el Barranco Largo. […]. Eliminamos al enemigo en toda la parte de la ciudad al sur del río Tsaritsa. Pero no conseguimos cruzarlo. Es una barrera natural tan extraordinaria, con esas orillas tan altas, tan escarpadas. Dentro de los edificios de piedra había regimientos de oficiales y gendarmes del ejército alemán dispuestos a defenderse. Aquellas unidades ofrecieron una dura resistencia, no fuimos capaces de pasar el Tsaritsa aquel día.
Tuvimos que reorganizar el ataque de otra manera, y en todo caso, habíamos sufrido tantas pérdidas —fusileros, en su mayoría— que necesitábamos refuerzos y reservas. Enviaron a la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros, solicitada por el flanco izquierdo del ejército. Debían avanzar por las vías del tren y abrirse paso hasta el centro de la ciudad, para prestar ayuda a las fuerzas atacantes de la 29.ª y la 36.ª Divisiones situadas en el flanco izquierdo. La 36.ª y la 38.ª Brigadas Motorizadas de Fusileros lograron cruzar el Tsaritsa. Nueve carros de combate atravesaron el río y comenzaron a avanzar hacia el centro de la ciudad.
[…] Al no contar con un número de hombres suficiente, pusimos a la artillería, entre veinte y cuarenta cañones —incluso los de 122 mm— a disparar directamente a un solo edificio. Tras la primera salva, les diríamos a los alemanes que se rindieran. Si se negaban, dispararíamos otra u otras dos antes de instarles de nuevo a rendirse. Dos o tres salvas suelen ser suficiente. Los edificios en los que se habían hecho fuertes los alemanes empezaron a caer uno tras otro.
Capitán Lukián Petrovich Morozov (Subcomandante de asuntos políticos, 1.º Batallón): El 28 de enero de 1943, recibí una orden de campaña. […] La trasladamos a todos los soldados, mantuvimos reuniones de partido y del Komsomol, y hablamos con los hombres individualmente. Como parte de nuestro trabajo político de partido, estudiamos la Orden n.º 345 del camarada Stalin y su informe del 7 de noviembre. Todos los soldados tuvieron conocimiento de las dos cosas. Esto mejoró su férrea disciplina militar, aumentó la autoridad de sus comandantes y reforzó la convicción de los hombres.
Mantuvimos una reunión justo antes de la batalla. Tras ella, 46 hombres solicitaron su ingreso en el partido. Eran los mejores de nuestros soldados y oficiales, todos los que iban a entrar en combate. Los hombres y oficiales estaban increíblemente deseosos de luchar. Se sentían responsables de la madre patria, eran conscientes de su deber y querían demostrar su amor y su entrega a su país.
Sargento Alexander Semionovich Duka (Operador de mortero, 2.º Batallón): El 28 de enero recibimos las órdenes: enfrentarnos al enemigo en las calles. Antes de salir, solicité ser miembro del partido. Me había unido al Komsomol en el 178.º Regimiento. A las nueve en punto nos llegaron las órdenes de batalla. Nos pusimos en marcha, haciendo una pausa en el camino. Lo que yo quería era saber que si moría, lo haría como un bolchevique. Así que decidí presentar mi candidatura a miembro del partido. Entregué mi solicitud a la organización del partido, al teniente —no recuerdo su nombre. Durante aquella pausa se celebró una reunión del partido. Yo no era el único que había solicitado su filiación, de nuestra batería fuimos ocho los admitidos como candidatos. Dos de ellos murieron en combate. Demchenko y Kovalenko fueron aceptados, así como el jefe de pelotón, teniente Borisov; Tsukanov; el sargento Kutyanin, y alguno más. Todo esto fue sobre el mediodía. Hacía un frío helador. Dijeron que íbamos a entrar en batalla aquel día, que teníamos que demostrar nuestro valor en combate y dejar claro a los alemanes que no iban a conseguir penetrar más en nuestro territorio. Teníamos la obligación de aplastarles. Cuando me convertí en candidato al partido, pensé: debo probarme a mí mismo en esta batalla. Todo ocurrió muy rápido.
Comandante Alexander Georgievich Yegorov (Jefe de la sección política): La estación de tren estaba en manos del enemigo. Llevaba mucho tiempo en su poder. Los muros eran bastante gruesos. Requirió un trabajo concienzudo con los Katiushas y los cañones grandes. Lo hicieron bien. Gracias a ello pudimos introducirnos bastante en la formación enemiga. Los edificios estaban siendo defendidos por grupos muy pequeños, de unos siete u ocho hombres. Usaban sobre todo granadas. Nuestros hombres recibieron muchos revólveres. Antes de eso no habían tenido revólveres —y se pusieron muy contentos cuando se los dieron. A veces, sobre todo cuando estás en un sótano oscuro como la boca del lobo, un subfusil no resulta muy útil. Era tan difícil adivinar quién es quién que los hombres tenían que estar muy juntos, codo con codo, para no dispararse unos a otros por la noche.
La lucha continuaba día y noche.
La oscuridad jugaba a nuestro favor, porque así los alemanes no sabían cuánta gente había en los sótanos. Valientes como Karpov o Duka —el excelente secretario de organización del Komsomol del 2.º Batallón— daban la orden en cualquier momento: ¡Compañía, abran fuego! A veces hacía que pareciera que eran un batallón entero. El soldado alemán no sabe bien el ruso, pero sabe cómo se dice compañía y batallón. Duka hizo unos quinientos prisioneros. El comandante Soldatov le ayudó. Juntos hicieron centenares de ellos. Irrumpían en un sótano y veían allí a todos los alemanes apretados como sardinas en lata. Podían haber hecho literalmente pedazos a Soldatov y Duka. Pero lo que los alemanes oían era una voz fuerte y decidida que no les permitía desobediencias ni demoras. Y si se resistían, Duka lanzaba unas cuantas granadas y creaba tal pánico que todos empezaban a aullar. Sacaban grupos enteros de los sótanos de una vez. En cierta ocasión, sin embargo, no muy lejos de la fábrica de dulces, nos dieron un revolcón, no muy grande, pero un revolcón. Había bastantes de ellos, unos mil, y nosotros éramos quince. Así que decidimos atacar por la noche con más ruido y más balas. […]
Teníamos dos batallones de morteros. Cuando recibían la llamada en la que les comunicaban que era necesario atacar algún edificio, los dos batallones de morteros empezaban a disparar. ¿Se lo imagina? Es desmoralizante para el enemigo. Y encima todos gritaban «¡hurra!», al mismo tiempo, impresiona bastante. Los hombres solían proceder así: cercaban un edificio y eliminaban las posiciones de disparo. Los alemanes que estaban dentro se veían en una situación terrible. Luchaban hasta que les destruían, hasta que no quedaba suelo, ni techo. No quedaba nada más que alguna viga de acero. Y entonces un alemán se subía a esa viga y empezaba a disparar. Tenías que adivinar desde qué ventana disparaba.
Sargento Alexander Semionovich Duka (Operador de mortero, 2.º Batallón): Una noche fuimos al cuartel general del batallón y el comandante nos encargó una misión. Nuestra 4.ª Compañía debía tomar un edificio grande y sacar a los alemanes del sótano.
Nos dirigimos allí. Cinco hombres iban al frente con el teniente Borisov, nuestro jefe de pelotón. Nos acercamos bastante al edificio que debíamos atacar. Teníamos que encontrar a la 4.ª Compañía. El jefe de pelotón me mandó a buscarles. Les encontré. Pregunté por el teniente Nechayev, el comandante de la compañía, y le dije que habían venido veinticinco hombres en su ayuda. Él me explicó que debíamos tomar este edificio desde la calle, despejarlo y luego atacar el otro edificio desde otra calle.
Los alemanes estaban tan tranquilos lanzando sus granadas desde allí. El teniente Borisov fue herido en la boca por una esquirla de granada y tuvo que ir al puesto de socorro. Como yo era el siguiente en rango, quedé al mando de la batería de morteros. Éramos cuatro. Comenzamos a atacar el edificio antes del amanecer. Cruzamos corriendo la calle para llegar a la otra esquina del edificio y desde allí lo rodeamos para llegar al otro lado. Vimos a alguien salir corriendo. Seguimos avanzando lentamente pegados al muro. Lo conseguimos. Noté que salía humo de una chimenea y pensé que debían estar allí dentro. Entonces un segundo hombre salió corriendo. Una vez dentro del patio […] entramos en el sótano y les dijimos a los alemanes que se rindieran.
Yo grité: [152] «Geben Sie Wachen!», y les ordené que se rindieran. Ellos no dijeron nada. Ni una sola palabra. Decidimos soltar una granada por la chimenea, pero entonces vimos a un anciano ruso salir del sótano y nos dijo que allí abajo había civiles. Resultó que eran once alemanes, de los cuales cinco estaban heridos. Les dijimos que depusieran las armas y salieran. Y empezaron a salir uno por uno. Los heridos se quedaron donde estaban. A continuación registramos el sótano. Habían llevado a sus heridos a este sótano. La mujer que vivía allí les ayudó: les limpió las heridas y se las vendó. Mientras los prisioneros se marchaban, yo daba cobertura a mis soldados en el sótano. Entonces salió un tipo corriendo de una esquina y disparó. Mató a Skliarov, nuestro artillero, y a otro soldado que cayó allí mismo, en las escaleras del sótano.
Fuera empezaba a hacerse de día. Necesitábamos llegar al otro lado de donde se encontraba este subfusilero. Fuimos saliendo por turnos, a la carrera —primero uno, luego el segundo, luego el tercero. Once de nosotros conseguimos cruzar, uno resultó herido. La luz ya era total. Un artillero que había en otro edificio nos descubrió y empezó a dispararnos. El resto de los hombres no podía cruzar. Así que no éramos más que once. No podíamos avanzar.
El comandante de la compañía nos dijo que esperáramos a recibir apoyo. Entonces nuestra artillería comenzó a disparar. Las bombas explotaban cerca, a unos veinte metros. Luego empezaron a disparar a otro edificio. El fuego era tan intenso que no nos podíamos mover, no podíamos hacer nada. Estábamos dentro de un hoyo con la cabeza agachada, mientras los alemanes continuaban dentro del edificio. De repente caía un muro aquí, luego otro más allá. No teníamos adónde ir. En uno de los lados del edificio había un francotirador disparando desde una ventana, otros disparaban desde otro lado, y una ametralladora lo hacía desde un tercero. Permanecimos así unas doce horas. Luego una compañía de infantería lo rodeó y entró por la parte de atrás del edificio, desde donde disparaba la ametralladora. A continuación apareció un tanque. Vimos cómo comenzaba el asalto. Esperamos a que el tanque se acercara lo bastante para poder ponernos detrás de él e ir avanzando. Empezó a atacar otro edificio. Vimos cómo tomaba un edificio, sacaba a los prisioneros, luego le vimos tomar otro, y finalmente el edificio donde estaba la ametralladora. Lo íbamos viendo todo. Entonces tratamos de salir trepando, subiendo y bajando muros. […] Cuando llegué allí corriendo, vi que el edificio en el que estaba la ametralladora había sido ocupado. […] Luego vi que alguien salía corriendo de otra esquina del edificio con un revólver. Le apunté, pero saltó hacia atrás tan rápido que no pude dispararle. Fui derecho allí, empuñando el subfusil. Entré. Vi que dentro había carros y caballos. Entonces unos alemanes empezaron a echárseme encima, gritando. También había prisioneros rusos. Les dije que salieran de allí. Mientras estos hombres del Ejército Rojo salían, uno de ellos dijo: «¡Qué ganas teníamos de que llegaras!». Otro: «Hay un agujero allí, y al lado unas escaleras que bajan a un sótano. Ahí están los oficiales». Entonces entró un comandante corriendo por el patio —no sé cómo se llamaba— acompañado de Chadov, un sargento mayor que era miembro del Komsomol. Chadov estaba ocupado con algo relacionado con los conductores, y yo estaba allí. El comandante se acercó a mí. Yo le dije: «Hay prisioneros rusos aquí». Él me ordenó: «Tráigalos». Yo les dije tres veces que vinieran, pero no lo hicieron. Sabe Dios qué estaban haciendo. Amartillé el arma. Bajé la escalera y un prisionero me dijo: «No vayas, no vayas, te matarán». Cogió un revólver de alguien y vino conmigo. Yo bajé al sótano y abrí la puerta. Estaba abarrotado de alemanes, y eso que era un sótano grande, con dos estancias. Vi que tenían baterías y faros de coche, pero en ese momento estaban a oscuras. Les dije que encendieran las luces. Al principio, cuando entré, grité: «¡Bang!». Ellos dijeron: «¡No bang, no bang!». Me quedé junto a la puerta y les dije que encendieran las luces. Las hacían funcionar con la batería. Les dije: «Preparaos para marchar». Empezaron a anudar las mantas unas con otras. Yo empecé a mandarles fuera. Ellos iban entregándome las armas: sacaban una de aquí, otra de allá. Yo les dije: «Dejadlas a mi lado». Ellos empezaron a amontonarlas junto a mí. Yo les iba registrando, no a todos, pero allí había suboficiales, y a ellos sí les registraba y luego les enviaba fuera rápidamente. Eran más de mil. La otra sala también estaba abarrotada. Empecé a sacarles de allí. Los sacamos a todos. El comandante les recogió, yo apilé todas las armas juntas y el mayor los hizo salir. Salí al patio, donde había cartuchos en el suelo y cargadores de subfusiles. Los recogí también e hice otro montón con ellos. Había muchos revólveres, armas semiautomáticas y de otros tipos. Cuando entré en el patio, ellos podrían haberme matado fácilmente, ¡bang!, y ahí habría acabado todo. Entré en el patio pero no había nadie. Estaba completamente solo. El comandante y el comisario también se habían marchado. Salí a la calle. Pasé por la esquina donde mi batallón había estado atacando, pero se habían ido de allí. Mientras trataba de averiguar qué estaba pasando, vi que nuestro comisario yacía muerto en la calle. Yo no sabía adónde había ido nuestro batallón.
Capitán Lukián Petrovich Morozov (Subcomandante de asuntos políticos, 1.º Batallón): Alrededor de las cinco de la tarde del día 28, tomamos posesión de dos grandes edificios: la fábrica de dulces y un edificio cercano a la vía férrea, no lejos del cruce. Los alemanes los habían convertido en una fortaleza.
Aquel día perdimos diez hombres a causa de las ametralladoras y los fusiles antitanque.
Setenta alemanes resultaron muertos, y seiscientos fueron hechos prisioneros. También nos apoderamos de las armas: ametralladoras ligeras, un montón de granadas y subfusiles. Había un sótano muy grande en la fábrica de dulces. Lo tomamos. Allí había un hospital alemán. Hicimos doscientos prisioneros. Se convirtió básicamente en nuestro puesto de mando. Cuando ocupamos aquel sótano, más arriba a la derecha estaba este gran edificio de ladrillo blanco, enorme, en forma de L, uno de los principales fortines del enemigo. Habían colocado ametralladoras pesadas en los sótanos y abierto aspilleras en los muros. Desde fuera no se podía ver a nadie. La plaza estaba abierta al fuego desde múltiples direcciones. Para tomar el edificio tuvimos que lanzar un asalto por la noche. La noche del 29 tratamos varias veces de tomar este edificio en forma de L. Sin éxito. Hacia el final del día 30, el edificio era nuestro y habíamos hecho unos ochocientos prisioneros. Es cierto que allí perdimos hombres, no solo nosotros, también otros batallones. Tuvimos que rodearles por tres lados. […] La noche del 30 nuestro batallón llegó al teatro. Nos hicimos con una instalación de radio alemana y cuatrocientos prisioneros, además de vehículos, suministros y armas — subfusiles, pistolas, rifles. Había un montón de prisioneros allí. Yo mismo capturé prisioneros, así como a un representante del Departamento Especial. En un sótano apresé a seiscientos hombres, incluido un general rumano, un comandante de división. Solo éramos dos. No teníamos más hombres. Los tuve que hacer formar en columnas, luego llegó un capitán y se los llevó.
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): ¿Que cómo hacíamos prisioneros? Yo daba la orden de que no se debía esperar a que todos entregaran sus armas. Cuando cien hombres deponen sus armas en el suelo ya los puedes liquidar. Y para eso es suficiente con un hombre. Es una pena desperdiciar más hombres en eso. En aquel momento tenía ochocientos prisioneros y para el día 30 ya eran unos 2000. Estaba verdaderamente harto de ellos. Tuve que usar una división antiaérea, pero ¿qué se le va a hacer?
Teniente Nikolái Petrovich Karpov (Secretario ejecutivo del Komsomol, 3.º Batallón): Para entonces estábamos atacando durante el día. Tomábamos un edificio con solo diez hombres y hacíamos trescientos o cuatrocientos prisioneros. La cuestión era que todos los alemanes estaban en los sótanos, aunque seguían manteniendo media docena de francotiradores disparando desde los tejados con subfusiles.
Capitán Ivan Zajarovich Bujarov (Instructor de la sección política, 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): El combate urbano es muy difícil. Sientes que hasta las piedras te persiguen. Los alemanes instalaban ametralladoras, las camuflaban y disparaban. Además, ponían francotiradores en los tejados. Teníamos que cruzar corriendo las calles, plazas, callejones. Sufríamos muchas bajas, pero no tantas como ellos.
Así es como actuaban: se instalaban en un edificio, colocaban sus ametralladoras, sus francotiradores con subfusil, sus operadores de mortero. El resto se quedaba en el sótano para limitar al máximo las bajas.
Nosotros a nuestra vez situábamos a nuestros subfusileros y operadores de fusiles antitanque, que hacían un buen trabajo a la hora de destruir sus posiciones de disparo. Todos ellos tenían granadas. En cuanto comenzaba el fuego enemigo, localizábamos la procedencia y lo eliminábamos. Nuestros hombres avanzaban cada vez que el fuego amainaba. Lanzábamos un montón de granadas en los sótanos.
Teniente primero Fiódor Ivanovich Fiodorov (comandante de la 6.ª Batería, 65.º Regimiento de Artillería de la Guardia, 36.ª División de Fusileros de la Guardia): Comenzábamos por obligarles a salir de sus búnkeres llenándolos de humo. En una ocasión sacamos a quince alemanes y apartamos a uno. Le dimos un cigarrillo y le mandamos de nuevo dentro del búnker para que sacara a quienquiera que hubiera quedado dentro. Fue y sacó aún más gente. No les hicimos nada a los primeros, pero cuando los otros asomaron la cabeza fuera del búnker, les disparamos.
Teniente coronel Leonid Abovich Vinokur (Subcomandante de asuntos políticos): ¿Que cómo luchábamos? Disparábamos cinco o seis veces con la artillería pesada y luego mandábamos un enviado. Si no se rendían, disparábamos otra vez. Luego empezaban a hacer una fila y a suplicar que les hiciéramos prisioneros.
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): Para la noche del 29 ya habíamos hecho unos ochocientos prisioneros. Aquella noche tomamos un hospital alemán. Había oficiales heridos, incluido un jefe de regimiento, un comandante. Me informaron de ello, y me fui directamente a preguntarle dónde estaba situado el cuartel general de grupo alemán.
Había rumores de que Paulus había partido en avión. Le pregunté dónde estaba el comandante Paulus. Dijo que Paulus no estaba allí.
El comandante apareció muerto a la mañana siguiente, supuestamente estrangulado por nuestros hombres.
La lucha continuó por la noche. Al amanecer del día 30 empezamos a acercarnos y a rodear el edificio del Comité Regional del Partido, el edificio del Comité Ejecutivo Regional, el Teatro de la Ciudad y los edificios de la zona este. Luchamos durante el día, luchamos durante la noche.
Shumilov me llamó: «¿Por qué no ha tomado usted más cosas?». Denisenko acababa de llamar para decir que había tomado el teatro y los jardines.
«Camarada general, ¿cómo puede Denisenko acabar de tomar el teatro? Yo estaba en los jardines que hay junto al teatro e hice ochocientos prisioneros.»
Es muy probable que no fuera culpa de Denisenko. No es fácil saber dónde estás si no conoces la ciudad.
Yo conocía la ciudad y la mayoría de mis hombres también, pero esta gente nueva no.
La lucha continuó. Tomamos un edificio e hicimos entre 150 y doscientos prisioneros. El enemigo ofreció una resistencia feroz. Doscientos hombres defendían este edificio, mientras que yo lo estaba atacando con cuatrocientos. Todos nos disparábamos unos a otros. Su resistencia del día 30 fue increíble. Recuerdo que dije: «Vamos a tener que tomar hasta el último edificio».
Pero guardábamos algunos ases en la manga. Empezamos a devolver prisioneros. Telefoneé a todos los jefes de batallón, a los adjuntos para asuntos políticos.
Les dije que si capturaban grupos pequeños de alemanes, de veinte o así, tenían que mandarlos de vuelta. Si los alemanes que estaban dentro de un edificio no se rinden y tú ya has capturado un centenar de ellos, toma veinte o treinta y mándalos de vuelta. Aquello ayudó.
Comandante Alexander Georgievich Yegorov (Jefe de la sección política): Hicimos 1500 prisioneros, cogimos a veinte de ellos, hablamos un poco y luego los mandamos de vuelta. Por lo general, si capturábamos a un solo soldado —o a dos o tres— los enviábamos de vuelta, diciendo que no íbamos a cogerlos a todos uno por uno. Si quieres que te hagamos prisionero, ve a por tus camaradas y vuelve. Tengo que decir que esta estrategia dio bastante buen resultado. […] Había una directiva de la sección política del ejército que nos instaba a acelerar nuestras devoluciones de prisioneros. Fue por este motivo por lo que lanzamos un ataque la noche del 29 al 30 de enero. Salí del puesto de mando con el coronel Vinokur, adjunto al jefe de brigada, y llegamos justo cuando acababan de ocupar el sótano de los grandes almacenes Univermag, que era su hospital. Allí había unos cincuenta hombres: enfermos, heridos, que sufrían congelación… Había comandantes, capitanes. Un comandante me pidió mi revólver para pegarse un tiro, está claro que era un auténtico convencido.
Nuestros hombres estaban fuertes de ánimo. El 30 de enero tomamos la estación de tren. Mientras, antes del ataque, pasábamos revista a nuestras unidades, nos dimos claramente cuenta de que habían sido bien entrenados. Aquellos hombres estaban preparados para luchar, lo deseaban con ansia. Estaban absolutamente convencidos de que iban a cumplir la tarea que les habían encomendado el día anterior.
Pero seguíamos sin saber nada de Paulus. Oímos decir que había partido en avión. Luego, cuando empezamos a hacer grandes grupos de prisioneros, los oficiales nos dijeron que Paulus estaba en algún sótano con sus hombres. Esto, por supuesto, causó bastante efecto en nuestros hombres y oficiales. Estaría bien capturarle. Hicimos un grupo de 2000 prisioneros y los llevamos hasta donde estaba nuestro puesto de mando. Investigamos un poco, los clasificamos y cogimos aparte a los oficiales. Este grupo nos confirmó que Paulus se encontraba aquí, en Stalingrado.
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): En resumen, luchamos, luchamos y luchamos. La noche [del 30 de enero] me dijeron que el edificio del Comité Regional, el Teatro de la Ciudad y los edificios adyacentes —que teníamos rodeados— habían accedido a negociar su rendición, pero pedían que esperáramos hasta las seis de la mañana, según me informó Ilchenko. Yo dije: «¡Tenemos que empezar de inmediato!». Enviamos otro mensajero. No estaban de acuerdo. Yo me preguntaba cuál era el problema. Nos pedían de plazo hasta las cuatro.
«Démosles hasta las cuatro.»
Pensé que así tendría además oportunidad de tumbarme un poco, ya que no había dormido nada la noche del 28 al 29. Luchamos durante todo el día 29 y toda la noche del 29 al 30. No habíamos descansado apenas. Después de todo, la resistencia del ser humano tiene un límite.
Entonces llamó el general Shumilov: «El sector 101 ha sido tomado». Era donde se encontraba Paulus. «¡Denisenko está ahí!»
No me entraba en la cabeza. Le dije: «Camarada general, permítame mandar a mis representantes».
Fui a comprobarlo yo mismo.
Los hombres de Denisenko estaban entre cien y doscientos metros a mi izquierda y a mi espalda. ¿Cómo podían haber tomado el sector 101? La unidad que estaba a mi derecha estaba ocupando el sector 100. Pensé para mí, no es posible que hayan tomado el sector 101. Pero si lo habían hecho, razón de más para atacar esos edificios.
General de división Mijaíl Ivanovich Denisenko (Comandante de la 36.ª División de Fusileros de la Guardia): Entonces enviaron a la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros a nuestra área. […] Es difícil saber quién exactamente puso cerco al cuartel general de Paulus, pero fue la Brigada 38.ª la que se llevó el mérito.
Coronel de la Guardia Ivan Vasilievich Kudriavtsev (Subcomandante de asuntos políticos, 36.ª División de Fusileros de la Guardia): Nuestra división capturó a unos 6000 hombres. Paulus fue capturado por una nueva unidad de reserva que acababa de entrar en combate.
Capitán Yakov Mironovich Golovchiner (Jefe de la 7.ª Sección política, 64.º Ejército): La noche del 31 de enero, la 29.ª División inició negociaciones con el coronel Ludwig, comandante de la 14.ª División Pánzer del enemigo. Al principio hablaron por radio, y más tarde él mismo vino a nuestro cuartel general. Acordamos que a las seis de la mañana del 31 de enero, el remanente de la 14.ª División Pánzer formaría en la plaza situada junto al teatro, donde presentaría la rendición. Durante las negociaciones, mencionó que él podía mediar en las negociaciones con el mariscal de campo Paulus, que se encontraba en los grandes almacenes. Por fin estaba claro dónde se encontraba el mariscal Paulus. Hasta entonces no se había tenido confirmación de esto. Cuando informamos de ello a la cadena de mando, se dieron órdenes de localizar inmediatamente el cuartel general de Paulus y enviar allí a nuestra gente.
Aquella noche, la 97.ª Brigada del 7.º Cuerpo del Ejército hizo lo siguiente: cogió un grupo de oficiales alemanes capturados y les dijo que fueran con uno de nuestros hombres al cuartel general de Paulus a iniciar las negociaciones. Tardaron mucho tiempo en ponerse de acuerdo. Pero tras la reunión con los oficiales, se eligió a dos hombres: Plate y Lange. Ellos y el teniente Vasiliev, jefe de inteligencia de la 97.ª Brigada, partieron hacia el cuartel general de Paulus. Llegaron allí, negociaron y acordaron que a las diez de la mañana tratarían de cumplimentar todos los requisitos legales. Para que pudiera demostrar que había estado allí, le dieron a Vasiliev una pistola y una bandera nazi.
Aquella misma noche, representantes de la 29.ª División (que tiene un batallón y un regimiento de entrenamiento) también estaban negociando con
el equipo de Paulus.[153] En aquel momento yo me encontraba en el cuartel general de la 20.ª División. Cuando me dijeron que estaban teniendo lugar estas negociaciones, salí hacia allá. Llegué al edificio de los grandes almacenes por la mañana. Cuando llegué, el edificio ya estaba rodeado por efectivos de la 38.ª Brigada. Los guardias que había fuera eran de la 38.ª Brigada, y los que estaban dentro eran alemanes. Daba la casualidad de que el 106.º Regimiento de la 29.ª División había dado toda la vuelta a los grandes almacenes y pasado de largo. Entonces apareció la 38.ª Brigada y de forma ordenada rodeó el edificio donde estaba el cuartel general.
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): Así pues, para las cuatro de la madrugada del 31 de enero yo había hecho 1800 prisioneros. Entre ellos había unos doscientos oficiales. Luego Ilchenko llamó para decir que tres de ellos eran jefes de batallón. Yo dije: «Interrógueles de inmediato y averigüe dónde se encuentra su cuartel general del grupo de Stalingrado».
Ilchenko telefoneó de nuevo: «Me han confirmado que Von Paulus y su cuartel general se hallan en el centro de la ciudad, en un sótano al otro lado de
la plaza Roja».[154]
Yo dije: «Sector 101».
En ese mismo momento llamé a los comandantes y subcomandantes de batallón y les mandé transmitir a cada uno de sus soldados el mensaje de localizar y rodear aquel edificio. Yo sabía que los grandes almacenes y el hotel se encontraban más o menos por allí. Les dije que se trataba de una plaza. La plaza de los Héroes Caídos. Rodeen este edificio inmediatamente. No será fácil entrar. Lleven los morteros, abran fuego y acabemos rápido.
Capitán Lukián Petrovich Morozov (Subcomandante de asuntos políticos, 1.º Batallón): Destruimos su último bastión en el acceso a los grandes almacenes y capturamos a 48 hombres, incluido un intérprete. Estuve en el lugar donde habían construido la barricada. Después de que nuestros hombres ocuparan el edificio y empezaran a trasladar a los prisioneros, fui directamente al batallón y seguí por el flanco izquierdo hacia los grandes almacenes. Todos los alrededores de la entrada estaban minados. Trajimos una ametralladora pesada, fusiles anticarro, subfusileros. El 3.º Batallón y otro batallón más avanzaban a nuestra derecha. Básicamente teníamos rodeada toda la manzana. La artillería disparaba desde el otro lado del Volga. Cuando llegamos al teatro la artillería dejó de disparar porque estábamos lo bastante cerca del enemigo como para que nos alcanzaran a nosotros también.
Me quedé con el 2.º Pelotón. El capitán Savchuk, jefe de la 1.ª Compañía, vino corriendo a verme y me dijo que un oficial requería la presencia de un oficial de alto rango para negociar. «Les dije que yo era oficial, pero ellos me contestaron: “No, necesitamos a alguien del alto mando, ¡vaya a buscarlos, hable con ellos!”.» Fui directamente a ver a ese intérprete que habíamos hecho prisionero con aquel grupo de 48 y después fui a ver al oficial. Le dije que era el subjefe de Estado Mayor de la brigada. El intérprete se lo tradujo. Dijo que necesitaba alguien de más arriba. Yo le dije que tenía autorización de nuestro alto mando. Él dijo que allí había generales. ¡Bueno, en ese caso, de acuerdo! Entonces fue cuando llegó Ilchenko: un teniente primero, subjefe de operaciones de Estado Mayor. El comandante de la brigada le solía encomendar la dirección de la batalla. Siempre estaba con nosotros en el batallón, y le daba órdenes a nuestro batallón, y también a otros. Yo le dije: «Bueno, camarada Ilchenko, ¿vamos a negociar?». Entonces llegó Riabov, un agente del Departamento Especial. Nos pusimos en marcha. Nos advirtieron: esta zona está minada, no se detengan. Fuimos andando hasta la entrada del semisótano de los grandes almacenes. Había algunos tenientes con fusiles y subfusiles, y también unas cuantas ametralladoras. Salió alguien, el oficial de guardia, o algo parecido. Anunciaron a los visitantes, diciendo que habíamos ido a negociar. No llevábamos una bandera blanca, ni nada por el estilo. Y de repente apareció el capitán Bujarov. Él ya estaba dentro cuando los demás estábamos en el patio. El agente del Departamento Especial dejó a dos hombres en el patio. Y entonces volvió el capitán Ribak. Entramos tres: yo, el teniente Ilchenko y el capitán Ribak, y supongo que también Riabov.
Capitán Ivan Zajarovich Bujarov (Instructor del departamento político, 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): Sabíamos que Paulus estaba allí, que no le habían evacuado en avión. Habíamos oído decir que tenían un avión dando vueltas todo el tiempo, habíamos oído contar todo tipo de cosas. El cuartel general de Paulus estaba en aquel barrio. Eso lo sabíamos, pero yo no estaba seguro de en qué sótano estaba. Y entonces sale un oficial alemán y nos pregunta quién de nosotros es el oficial de rango superior. Le decimos que tenemos capitanes y un teniente primero. Les dijimos que debían rendirse, les dijimos que estaban rodeados, y que si no se rendían les íbamos a atacar con todo lo que teníamos, y que los íbamos a aniquilar hasta el último hombre. El alemán dijo que a él no le correspondía tomar esas decisiones, que había muchos oficiales por encima de él. Y entonces nos dice que el mariscal de campo Paulus está aquí. Nos presentamos ante la entrada principal. Éramos yo, Morozov, Ilchenko y Riabov, el representante del Departamento Especial. Entramos. El patio estaba a rebosar de alemanes. Cuando entramos en el patio, nos dijeron que esperáramos junto a la entrada del sótano. Salió el jefe de Estado Mayor con un capitán que hablaba muy bien ruso, y que incluso se sabía algunos dichos en ruso, «Eso solo Dios lo sabe», «cariño» y cosas así.
[155] Dijo que Paulus exigía que nos presentáramos ante la autoridad superior, ante algún oficial que pudiera llevar a cabo una negociación. Lo debatimos entre nosotros. Acordamos que fuéramos Ilchenko y yo, y que los demás se quedaran. Fuimos a llamar al puesto de mando de nuestro batallón y a la brigada. Nos dijeron que nos marcháramos y que informáramos de ello a la autoridad superior. Entonces yo regresé al edificio. Allí ya me conocían. Tan solo éramos cinco, no costaba mucho acordarse. De modo que yo estaba allí, pero nuestros hombres estaban atacando por todos lados. Estábamos preparados para cualquier cosa. A decir verdad, resultaba peligroso estar allí con ellos. Cualquier bastardo podía acabar conmigo. Pero en aquel momento ni se me pasó por la cabeza preocuparme por eso.
Capitán Lukián Petrovich Morozov (Subcomandante de asuntos políticos, 1.º Batallón): El general Schmidt, jefe de Estado Mayor, dijo que estaban preocupados por la vida del general, que alguien podía entrar corriendo y lanzar una granada, así que nos preguntó si alguno de nosotros podía quedarse en la entrada. Fue Riabov. Enviaron a Bujarov para que se pusiera en contacto con el cuartel general de la brigada. Entonces sólo quedamos Ilchenko, el capitán Ribak —subcomandante del 3.º Batallón— y yo. Iniciamos las negociaciones con Schmidt en el despacho de un coronel que estaba al lado de la habitación de Paulus. Entraron el general y un intérprete. El intérprete hablaba muy bien ruso. Schmidt le pidió a Ilchenko su documentación. Schmidt le dijo: «¿Puedo ver sus papeles?». Ilchenko le dijo que era el jefe de Estado Mayor de la brigada. Pero el puesto que figuraba en su documentación no se correspondía con lo que él había dicho. Le dijeron que necesitaban a un representante de Rokossovski, el comandante del ejército. Ilchenko les dijo: «Ahora yo soy el jefe de Estado Mayor. A todos ustedes les preocupa ese pequeño detalle, pero lo que importa es el cuadro general: lo que tienen a su disposición en estos momentos, la posición en que se encuentran, y la posición en la que estamos nosotros ahora». Pero a pesar de todo ellos seguían exigiendo un representante de más alto rango. Entonces Ilchenko dijo: «Voy a pedir por radio que venga un coronel». Se marchó con Ribak. Yo me quedé en la habitación con el general y el intérprete. El general le hacía una pregunta al intérprete, y después el intérprete me preguntaba a mí: «¿Es cierto que desde que han introducido los nuevos distintivos de rango, el Ejército Rojo ya no se llama Ejército Rojo sino Ejército Ruso?». Yo le contesté: «No, no es verdad —el Ejército Rojo no va a pasar a llamarse el Ejército Ruso». Le pregunté si sabía si el Ejército Rojo estaba teniendo éxito en todos los frentes. «Sí, eso es lo que venimos oyendo últimamente por la radio.» Me preguntó, entre otras cosas, cuál era mi graduación y mi puesto. Después dijo: «Yo no creo que nuestro ejército alemán esté débil. Seguimos siendo fuertes, seguimos siendo muy poderosos, y estamos equipados con un armamento de primera». Yo le contesté que, si nosotros estábamos derrotando a un armamento tan de primera, eso suponía un mérito aún mayor para el Ejército Rojo. Y él me contestó: «Probablemente usted también habrá vivido la experiencia de estar rodeado». Yo le dije que mi división nunca se había visto rodeada. Yo no había estado personalmente en semejante situación. Me dijo que les estaban dando cien gramos de pan, que no tenían nada más para comer. Después me preguntó cuánto iba a durar nuestro invierno. Yo le dije que las heladas fuertes seguirían hasta mediados de marzo, más o menos. Después le hice una pregunta: «Ustedes piensan que el ejército alemán es muy civilizado, sobre todo el personal de Estado Mayor, pero ¿por qué viven en medio de toda esta porquería?». Y él me contestó: «Últimamente hemos estado encerrados aquí dentro por culpa de sus Katiushas y sus aviones. Eso lo explica todo».
De vez en cuando les llegaban unos cincuenta kilos de salchichas. Se lanzaban sobre aquellas salchichas como chacales: los oficiales apartaban a empujones a los soldados, y los soldados empujaban a los oficiales.
El general Schmidt me dijo a través de su intérprete que les preocupaba la seguridad del general Paulus. «Le vamos a enviar a un capitán y le pediremos que se quede junto a la puerta.» Yo le contesté: «Por supuesto». Y me marché.
General de división Ivan Dmitrievich Burmakov (Comandante de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros): Abrimos fuego, y entonces apareció Ilchenko no se sabe de dónde para decirme que el ayudante de campo de Paulus había pedido que acudiera el oficial de más alto rango para negociar.
«¿Y usted no es lo bastante importante para negociar?»
«No», me contestó, «sólo quieren hablar con alguien del cuartel general del ejército.»
«Si no quieren hablar, ¡dígale a esos bastardos que les vamos a atacar con todo lo que tenemos! Aislaremos el edificio. Intente poner en marcha las negociaciones, pero si llegara el caso podemos hablar con granadas, semiautomáticas y morteros.»
«¡Entendido!», dijo Ilchenko.
Llamé de inmediato a Shumilov y le puse al corriente de lo que pasaba. Me dijo: «Quédese en su puesto de mando por ahora. El coronel Lukin y el
jefe de Estado Mayor Laskin[156] están de camino».