Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 15 de 38

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Stalingrado

El pueblo en guerra

 

La apuesta comunista por las ilimitadas reservas de la voluntad humana era compartida por muchos de los soldados del Ejército Rojo que luchaban en Stalingrado, especialmente por los nacidos después de 1917 y educados por tanto en el sistema soviético. De acuerdo con esta concepción voluntarista, distinguían entre dos disposiciones básicas —la heroica y la cobarde— admitiendo escasos matices entre ambas. La prioridad que los bolcheviques otorgaban a una conciencia plenamente desarrollada se evidenciaba claramente en la forma en que los soldados gestionaban el estrés psicológico de la guerra. En una entrevista que ocupa veintiocho páginas, el comandante Chuikov solo dedicaba una frase a este tema: «Basta con entender una cosa: todo esto [los meses de batallas defensivas en Stalingrado] ha dejado huella en nuestras psiques». Y a continuación cambiaba bruscamente de tema. El francotirador Vasili Zaitsev describía su sufrimiento en términos psicológicos —una tendencia común en la psicología soviética en aquel momento— a la vez que restaba importancia a la siempre presente voluntad de cumplir con su misión:

No conocíamos el cansancio. Yo ahora me canso solo con dar un paseo por la ciudad, pero

entonces desayunábamos de cuatro a cinco de la mañana y cenábamos de nueve a diez de la noche,

sin tomar otra comida durante todo el día y sin cansarnos. Podíamos estar tres o cuatro días sin

dormir, sin ni siquiera sentir sueño. ¿Cómo explicar esto? […] Cada soldado, incluido yo, solo

pensaba en cómo podía hacer pagar más cara su vida, cómo podía matar más alemanes aún. […]

Yo fui herido tres veces en Stalingrado. Ahora padezco un trastorno nervioso grave y no paro de

temblar.[220]

 

Vasiliev hacía referencia a Mijaíl Mamekov, otro francotirador como él: «En un breve periodo de tiempo ya había matado a 138 fritzes. Si pasa un día sin matar a un fritz, no puede comer y empieza a ponerse nervioso. Es un tártaro típico y habla mal el ruso, pero siempre lo está estudiando, incluso durante la batalla».

Docenas de soldados del Ejército Rojo, de diferentes procedencias étnicas, comentaron cómo trataban de satisfacer las exigencias que les imponían: defender su «casa» y «la patria socialista», mantener su «instinto de conservación» bajo control, superando su miedo a la muerte, viendo la pérdida de la vida en la batalla como un acto lleno de significado e incluso como el momento culminante de una vida, y avivando constantemente su odio hacia los alemanes. Como mostraban los relatos de los soldados sobre sus familias, estas mismas actitudes se evidenciaban también lejos del frente. El teniente Molchanov, temporalmente de baja por una úlcera de estómago, daba clases en una academia militar cuando estalló la guerra. «Tengo una hija, Nina, de siete años. Ella no paraba de preguntarme: “Papá, ¿por qué no estás en el frente? Todo el mundo está luchando y tú no”. Esto me causó un profundo efecto. ¿Qué podía responder a la niña? ¿Que estaba enfermo? ¡No era momento para enfermedades! Así que fui al jefe del departamento político del distrito y le manifesté mi deseo de ir al frente.»

Resulta significativo que en las entrevistas no conste ninguna mención a la resignación o a la suerte, a pesar de que el fatalismo, en el sentido positivo de la palabra, en su día había sido considerado entre los soldados del Imperio Ruso una virtud que les dotaba de su legendaria tenacidad y resistencia.

 

Teniente coronel Piotr Molchanov.

 

El problema sigue siendo cómo evaluar el lenguaje de las transcripciones de Stalingrado en relación a cómo los soldados soviéticos hablaban o escribían en un contexto extraoficial. Muchos historiadores creen que pueden descubrir mejor la realidad de la guerra en las palabras de los que pueden expresarse libremente sobre ella. Desconfían por tanto de las fuentes oficiales, considerándolas medios propagandísticos de poca utilidad a la hora de

hacerse una idea de la experiencia individual real.[221] En efecto, algunas cartas soviéticas de la época de la guerra estaban escritas en un lenguaje muy diferente. Sabemos de su existencia porque los agentes de la NKVD las interceptaron y archivaron en su búsqueda de sujetos «antisoviéticos» — soldados desesperanzados ante su destino o que expresaban actitudes derrotistas. En octubre de 1942, oficiales de la Sección Especial destinados en el Frente de Stalingrado presentaron un informe que contenía estos extractos (a los agentes no les interesaban las cartas en general, solo los fragmentos de ellas que encajaban en las categorías de lo que buscaban):

«La mayoría ya no cree en la victoria. Las masas ya no nos apoyan. Y

ahora los aliados están retrasando la apertura de un segundo frente.[222] Todo esto ha hecho que mis convicciones hayan entrado en una especie de punto muerto.»

«Estoy ahora en el sur, donde hace mucho calor, pero pasado mañana tendré que largarme a luchar contra los alemanes en Stalingrado. Eso significa decir adiós a mi vida. Escribo esta carta desde un barco de vapor, y tengo la certeza de que estos son los últimos minutos de mi vida. Tengo información del frente: cuando una división llega al frente, de los 4000 hombres, solo quince o veinte salen con vida, y son los oficiales de alta graduación. Se necesitan solo quince minutos para destruir una división.»

El informe también calificaba de antisoviéticas varias cartas con opiniones

antisemitas en las que se afirmaba que el Gobierno soviético era judío.[223]

Voces como estas son importantes a la hora de comprender la experiencia que los soldados tuvieron de la guerra, pero para que su análisis sea provechoso, solo puede hacerse dentro de su contexto político. Para los agentes de la NKVD que las reunían, estas declaraciones constituían una manifestación de hostilidad que estaban empeñados en erradicar. Y lo hacían confiscando las cartas y a veces arrestando a los autores y también a los destinatarios de las mismas. Los autores de cartas que expresaban desesperación pero sin exponer una opinión política quedaban incólumes, pero sus cartas eran confiscadas para no contaminar a la sociedad soviética. En términos globales, el trabajo de la NKVD venía a decir: «tras comprobar las cartas, se detectaron textos que expresaban quejas sobre el agotamiento producido por la guerra y la dureza de la vida militar. Algunas cartas reflejaban sentimientos derrotistas. Durante el periodo de junio a agosto de 1942, de las 30 237 000 cartas examinadas, 15 469 contenían este tipo de

manifestaciones».[224] Los informes siempre concluían diciendo que la inmensa mayoría de las cartas enviadas desde las líneas del frente soviético

«reflejaban la saludable moral y la fiabilidad política del personal».[225] Los críticos podían argüir en esta afirmación que los agentes de la NKVD no tenían en cuenta el hecho de que los soldados del Ejército Rojo sabían que sus cartas serían censuradas y por tanto no expresaban en ellas lo que de verdad pensaban. Pero estas críticas no captan lo más importante: que existía un gigantesco y costoso aparato de censura que analizaba cada carta que cruzaba del frente a la retaguardia —un hecho único entre todas las naciones que intervinieron en la Segunda Guerra Mundial— cuyos esfuerzos iban dirigidos a transformar el pensamiento y la conducta de los soldados del Ejército Rojo durante la guerra.