Stalingrado
Las transcripciones
la batalla que no llegaban a utilizar sus armas.[273] Marshall recomendó entrenar a los soldados para sobreponerse a su miedo instintivo a la muerte. De hecho, fue debido a estos influyentes estudios de Marshall por lo que generaciones posteriores de soldados estadounidenses fueron sometidos a un mayor entrenamiento con fuego real, aumentando así el porcentaje de los que usaban sus armas en la guerra. Pero el trabajo de Marshall ha recibido muchas críticas por parte de los historiadores. Roger Spiller cree que Marshall exageró en gran medida la cifra de los soldados que dijo haber entrevistado y sostiene que inventó sus datos sobre el porcentaje de los que llegaron a hacer fuego. Spiller y otros señalan que Marshall había sido formado como
periodista antes de ascender a historiador del ejército.[274] En lugar de contar con un estenógrafo para transcribir las entrevistas, él basó su trabajo en notas taquigráficas.
El enfoque de Marshall contrasta con el cuidado puesto por los profesionales soviéticos, que utilizaban estenógrafos para registrar todas las entrevistas y a continuación archivaban las transcripciones. Pero la comparación de Marshall con Mints revela algo más que la diferencia entre el simple periodismo y el rigor académico. También pone de relieve la emoción con la que los historiadores soviéticos desarrollaban su trabajo, su confianza en los principios universales por los que se rige la Historia, y su certeza de que estos principios conducirían inevitablemente a la victoria soviética. Por ejemplo, la decisión de dejar registradas las entrevistas en primera persona obedecía a un propósito gorkiano: los encuestados debían verse a sí mismos como actores de la escena histórica mundial. Provistos de una nueva conciencia subjetiva, dotaron de una nueva dimensión al logro individual y cambiaron el curso objetivo de la Historia.
LAS TRANSCRIPCIONES
En comparación con los enormes esfuerzos de la comisión, sus publicaciones fueron sorprendentemente escasas. Hasta el día de hoy, prácticamente ninguna de las miles de entrevistas transcritas por los estenógrafos ha ido a la imprenta. Las pocas publicaciones que la comisión produjo aparecieron durante la guerra y describían los hechos prácticamente a vista de pájaro, omitiendo en gran medida las voces individuales. Esta escasa producción fue en parte debida a la convicción de Mints de que mientras la Unión Soviética continuara en guerra, lo prioritario debía ser entrevistar a los testigos y recoger otro tipo de materiales documentales. Otra dificultad radicaba en que las opiniones expresadas por los encuestados fueran adecuadas a los ideales de los historiadores. Los proyectos anteriores de Gorki generaron relativamente pocas publicaciones por motivos similares: pocos de los trabajadores de fábricas entrevistados se expresaban de acuerdo con los estereotipos heroicos que se les atribuían; la mayoría de los relatos o bien eran editados o bien quedaban ocultos en los archivos. Lo mismo ocurrió en el caso de la comisión de Mints. Las discusiones internas revelan que el personal debatió sobre si mostrar o no a las personas con todas sus flaquezas o sacar a la luz solo sus actos heroicos. El resultado del debate fue el que cabía prever, dado que no era la comisión la que decidía los contenidos, sino el Partido Comunista, en concreto la poderosa oficina de censura conocida como Glavlit.
El alcance de la influencia de la Glavlit queda ilustrado por el primer gran proyecto de la comisión de Mints —el estudio de la ocupación alemana de la finca de Tolstói. Los alemanes controlaron el museo de Tolstói en Yasnaya Poliana durante seis semanas, desde el 30 de octubre al 14 de diciembre de 1941. Como ya se ha dicho, Mints viajó allí a finales de diciembre con historiadores de la Academia de Ciencias para valorar los daños. El informe de la delegación dio lugar a la nota sobre las atrocidades alemanas en el territorio soviético ocupado emitida por el ministro de Asuntos Exteriores Viacheslav Mólotov el 6 de enero de 1942. En ella, Mólotov menciona específicamente la finca de Tolstói, «un glorioso memorial de la cultura rusa,
arrasado, ensuciado y finalmente incendiado por los vándalos nazis».[275] Joseph Goebbels negó categóricamente las acusaciones públicas de Mólotov,
[276] y Alexandrov encargó a Mints la tarea de redactar una respuesta. Mints sugirió un libro donde se documentaran los delitos cometidos en Yasnaya
Poliana. Aunque su idea contaba con el apoyo de Stalin,[277] cuando una vez terminado el libro fue presentado a la Glavlit para su revisión, hizo saltar las alarmas. El censor se sintió personalmente ofendido por las entradas del diario de la empleada del museo Maria Shchegoleva, que ocupaban gran parte del libro. Citando la descripción de Mólotov del saqueo vandálico, el censor se quejó de que el diario de Shchegoleva no hiciera justicia a la profanación cometida en Yasnaya Poliana. El tono «sereno» de la autora resultaba «pedante» y no todo lo indignado que cabía esperar de un ciudadano
soviético.[278] En la misma línea, el censor criticaba a los editores del libro por su trabajo «absolutamente irresponsable»: «Ni siquiera se habían molestado en separar todo lo que el diario de Shchegoleva tenía de valioso del material claramente inservible, a consecuencia de lo cual no solo no contribuye a aumentar el odio hacia los opresores fascistas sino que en
realidad lo debilita».[279] El censor creía que los editores estaban políticamente obligados a intervenir en los relatos de los testigos, preservando las visiones conformes con la ideología y eliminando todo lo demás. Como era de esperar, el libro fue rechazado. Cuando más adelante apareció una edición revisada, no incluyó el diario de Shchegoleva.
En 1943, la comisión publicó dos artículos sobre la batalla de Stalingrado, un breve estudio y un fascículo aparte en el que se incluía una entrevista con
el francotirador Vasili Zaitsev.[280] En «Heroico Stalingrado», la historiadora Esfira Genkina describe Stalingrado como la batalla más importante de la guerra, en la que el espíritu heroico de los defensores de la ciudad obligó a las fuerzas de élite de Hitler a doblegarse. Según el relato de Genkina, el valor mostrado por los soldados del Ejército Rojo no radicaba en una educación política en el heroísmo y la cobardía, ni en el miedo a unas medidas coercitivas —en ningún momento menciona la Orden n.º 227— sino en su propio ser. Genkina selecciona con cuidado fragmentos de las transcripciones que retratan a los defensores como héroes unidimensionales con convicciones comunistas profundamente arraigadas, soldados que se enfrentaban a un ejército alemán superior a ellos sin siquiera pestañear. Su narración comienza con un canto a la unidad de los soldados del Ejército Rojo y termina con una oda a Stalin: «La gloria de Stalingrado es la gloria de nuestro jefe, el líder del
Ejército Rojo. ¡Por Stalin, por la victoria!».[281] Al igual que en «Heroico Stalingrado», la entrevista con Zaitsev también fue escrupulosamente editada, si comparamos las transcripciones estenográficas con la versión publicada. Los editores omitieron de la entrevista todas las declaraciones que hacían parecer a Zaitsev menos heroico, reescribiendo su historia para convertirla en una reafirmación incondicional del Partido Comunista.
Es muy posible que los editores realizaran estas intervenciones sin que mediara ninguna insistencia por parte de la Glavlit. Conviene tener presente que Mints y sus colegas entendían su proyecto como una ayuda a la victoria soviética. De hecho, encontramos en su trabajo el impulso revolucionario del movimiento documentalista. Ellos querían ser «útiles» interactuando con el material en bruto y extrayendo de él el espíritu de lucha necesario para enardecer a sus lectores. Al mismo tiempo, sin embargo, se esforzaban por ser académicamente escrupulosos. Manejaban los documentos históricos con el máximo respeto, y la claridad de su metodología sigue hasta hoy despertando la admiración de los expertos en la materia. Su rigor queda evidenciado en cada una de las entrevistas, así como el ingente archivo que la comisión llegó a reunir durante sus cuatro años de existencia (los historiadores continuaron manteniendo el archivo después de que la comisión se disolviera). El material en bruto de las transcripciones de Stalingrado, presentado setenta años después, debe en definitiva su existencia a esta ética académica.