Stalingrado
4. Hablan los alemanes
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Hablan los alemanes
Prisioneros de guerra alemanes en Stalingrado, enero de 1943.
LOS PRISIONEROS ALEMANES EN FEBRERO DE 1943
El mariscal de campo Paulus fue apresado por los soviéticos el 31 de enero de 1943. Aquel mismo día deponían las armas los soldados alemanes del foco de resistencia del sur. Dos días después, el foco del norte, comandado por Karl
Strecker,[1] finalmente se rindió. Al tiempo que decenas de miles de soldados alemanes eran conducidos al cautiverio, el servicio de inteligencia soviético se ponía a trabajar. El 5 de febrero, el capitán Zayonchkovski y sus colegas, los comandantes Koltinin y Lerenman, empezaron a interrogar a los soldados y oficiales apresados en el foco norte. Después de la guerra, Zayonchkovski entregó los informes de los interrogatorios, junto con otros documentos de sus actividades en el Frente de Stalingrado, a la Comisión Histórica de Isaak Mints. Aparte de enlazar casi sin solución de continuidad con los acontecimientos del sótano de los grandes almacenes y del Estado Mayor del general Shumilov, los informes son una lectura apasionante. Las declaraciones de los prisioneros alemanes, con nombres y apellidos, inmediatamente después de su captura ponen de manifiesto su estado de ánimo y muestran la forma en que los soviéticos trataban a los prisioneros y qué tipo de información pretendían obtener de ellos.
Poco después del final de la batalla de Stalingrado, Zayonchkovski, para entonces comandante, dio una conferencia a un grupo de oficiales de la inteligencia militar sobre el objetivo de «los interrogatorios políticos de los
prisioneros de guerra».[2] En calidad de instructor jefe, Zayonchkovski era responsable de la formación del nuevo personal de inteligencia que se añadió en febrero y marzo de 1943 para afrontar la creciente marea de prisioneros. La tarea principal del oficial interrogador, destacaba Zayonchkovski ante sus oyentes, consistía en identificar el estado «político-moral» de los soldados de la Wehrmacht. ¿Qué pensaban de la guerra los prisioneros? ¿Seguían creyendo en una victoria alemana? ¿Cómo eran de disciplinadas las tropas? ¿En qué medida la ideología fascista estaba anclada en la Wehrmacht? Los oficiales políticos del Ejército Rojo estaban convencidos de que las tropas enemigas, al igual que sus propios soldados, se guiaban por unas convicciones ideológicas que propiciaban una fuerte moral militar. El objetivo de los interrogatorios políticos era descubrir las fisuras en la lealtad de los soldados al nacionalsocialismo, unas fisuras que posteriormente la inteligencia militar debía aprovechar en el campo de batalla para echar abajo el andamiaje político y moral del enemigo. Dado que Zayonchkovski y su equipo estaban especializados en la propaganda enemiga, los interrogatorios también debían incluir preguntas detalladas sobre la influencia en los soldados alemanes de los mensajes soviéticos. Los soviéticos querían averiguar qué técnicas daban resultado y cuáles era preciso mejorar. (Muchos soldados les decían que los primeros panfletos que lanzó el Ejército Rojo les resultaron primitivos, y provocaron gran diversión. Un soldado dijo que no comprendía por qué los soviéticos llamaban «fascistas» a los alemanes.)
En su conferencia, Zayonchkovski detallaba las distintas modalidades de interrogatorio. Argumentaba que el interrogatorio individual —un interrogador y un sujeto— era lo mejor, dado que los prisioneros tenían más probabilidades de hablar cuando estaban solos que en presencia de otros soldados o de algún superior. Los interrogadores no debían confraternizar con los prisioneros, por si ello pudiera dañar «el honor y la dignidad» de los oficiales soviéticos. Tan solo en casos excepcionales, como al interrogar a oficiales de alto rango que tuvieran información vital, era recomendable un estilo más relajado, tomando una taza de té. Para causarles la máxima impresión, los oficiales interrogadores debían mostrar a los prisioneros lo mucho que sabían de ellos, por ejemplo dejando caer información sobre la unidad del prisionero y el nombre del comandante de su división. Había que sopesar cuidadosamente cada pregunta. Por ejemplo, no podía pretenderse que los soldados alemanes a los que se les preguntaba si pertenecían al partido nazi respondieran sinceramente. Por el contrario, la pregunta debía ser: «¿Cuándo ingresó usted en el partido nazi?».
Casi todos los interrogatorios que figuran a continuación tuvieron lugar entre el 5 y el 9 de febrero en el cuartel general del Estado Mayor del 66.º Ejército, situado en Dubovka, a cincuenta kilómetros al norte de Stalingrado. Los prisioneros aportaron información sobre las últimas semanas en el interior del cerco de Stalingrado, y sobre las circunstancias que llevaron a sus unidades a rendirse. Hicieron declaraciones sobre la eficacia en el combate de la Wehrmacht y sobre la fuerza del Ejército Rojo. Los informes contienen una ingente cantidad de información previamente desconocida sobre los últimos días de la batalla, como las distintas formas en que los generales Strecker y
Arno von Lenski[3] trataron a sus unidades cuando estas manifestaron indicios de desintegración. Ponen de manifiesto las horrorosas condiciones de vida de los prisioneros rusos en cautiverio alemán y el terror que sintieron los soldados acorralados del 6.º Ejército cuando comenzaron los fuegos de barrera de artillería y las incursiones aéreas.
A juzgar por los informes, los alemanes que seguían luchando a pesar del hambre, el agotamiento y la muerte masiva lo hacían por una mezcla de rencor, obediencia y convicción ideológica. Un factor peculiarmente motivador era el temor a caer prisionero. A ese respecto, la campaña soviética de información durante las primeras semanas del cerco no dio resultado: los soldados de la Wehrmacht desdeñaban las imágenes de soldados alemanes bien alimentados y bien vestidos en los campos de prisioneros soviéticos por considerarlas pura propaganda. Durante las últimas semanas, los soviéticos empezaron a darles tabaco y pan a los prisioneros alemanes, y les dejaban regresar a sus unidades, una táctica que al parecer convenció a muchos soldados de la Wehrmacht de que caer prisionero no equivalía a una muerte segura.
A pesar de estos interesantes detalles, los interrogadores no lograron llegar a un cuadro fiable del estado de ánimo de los alemanes durante los días finales de la batalla de Stalingrado por la sencilla razón de que la situación general y el protocolo específico para los interrogatorios no fomentaban las declaraciones fiables. El testimonio del teniente primero alemán Otto Conrady arrojaba luz sobre el problema. Conrady, oficial de inteligencia de la 389.ª División de Infantería, señalaba que los prisioneros soviéticos a los que él había interrogado durante el verano y el otoño de 1942 afirmaban que ellos tan solo combatían porque les amenazaban con la violencia, y que no les daban de comer durante varios días. Pero su comandante de división rechazaba esa información por considerarla absurda: la fuerte resistencia con la que se encontró la 389.ª División de Infantería en Stalingrado desmentía las declaraciones de los prisioneros del Ejército Rojo. Así pues, podemos suponer que todos los prisioneros, soviéticos y alemanes, le decían a sus oficiales interrogadores, por lo menos en cierta medida, lo que querían oír.
Así pues, resultan aún más desconcertantes las muchas expresiones de sentimiento pro-nazi que constan en los informes. Por ejemplo, el oficial de Estado Mayor Herrmann Lüben creía que gracias al condicionamiento nazi, los soldados alemanes todavía podían ganar la guerra, pero le preocupaba que pudiera peligrar la «pureza de sangre» del Volk alemán, y le echaba la mayor parte de la culpa de los fracasos militares de Alemania en Stalingrado a sus aliados —no arios— italianos y rumanos. El testimonio del jefe de pelotón Ernst Eichhorn (24.ª División Pánzer) deja una impresión particularmente duradera. Tal vez con la intención de congraciarse con los rusos, Eichhorn manifestaba su sorpresa por el buen trato que recibían los prisioneros alemanes, y contaba que sus hombres se preguntaban por qué motivo tenían siquiera que luchar los alemanes y los rusos. En la frase siguiente —la última del informe del interrogatorio— Eichhorn añadía que para él y los demás oficiales alemanes estaba claro quiénes eran los verdaderos culpables de la guerra: los judíos, que se habían hecho con el poder en todos los países salvo en Alemania. Aparentemente, el hecho de que Lerenman, el oficial interrogador, fuera judío, iba más allá del poder de su imaginación.
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra teniente primero Max
Hütler
Dubovka, 6 de febrero de 1943
Interrogado por el comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento
Político, 66.º Ejército y el técnico intendente de 2.ª clase, Gersh,
intérprete, 99.ª División de Fusileros [4]
Max Hütler [5] , teniente primero, ayudante en el 544.º Regimiento de
Infantería, 389.ª División de Infantería. Alemán. Edad: 34. Natural de
Westfalia. Casado. Miembro del Partido Nacionalsocialista. Investigador
de silvicultura, docente en la Universidad de Gotinga. Oficial de la
reserva. Domicilio particular: Universidad de Gotinga.
El prisionero afirmó: «Ya desde el principio de la operación de Stalingrado, para mí estaba claro —y no solo para mí sino para casi todos los oficiales— que nuestro alto mando estaba corriendo un gran riesgo al introducir una cuña tan enorme. Era evidente que los rusos iban a intentar abrirse paso a través de aquella cuña, rodear nuestras fuerzas en cabeza, y penetrar por detrás de nosotros. Pero pensábamos que nuestros comandantes sabían lo que hacían. Pensábamos que tenían suficientes reservas y que iban a ser capaces de defender nuestros flancos. Todavía no consigo entender por qué no pusieron más tropas en los flancos. Teníamos reservas, en gran cantidad. Todo el asunto me desconcierta. Cuando el ejército de ustedes abrió brecha a través de nuestras defensas a finales de noviembre de 1942, a la gente empezó a entrarle el pánico. Pero no sabíamos exactamente quién estaba propagando ese pánico. Los soldados no eran los únicos que perdían la cabeza. También muchos oficiales, sobre todo los comandantes de las unidades grandes.
»Para Navidad ya habíamos comprendido lo absolutamente desesperada que era nuestra situación. No había ayuda ni iba a haberla. Todos y cada uno de nosotros éramos conscientes de ello, pero nos daba miedo admitirlo. Sabíamos que estábamos condenados. Pero a pesar de ello, a la mayoría de nosotros ni se nos pasaba por la cabeza la idea de rendirnos. Nos habían encargado la misión de contener el mayor número posible de tropas rusas, unas tropas que de lo contrario serían enviadas hacia el Cáucaso y Rostov. Eso era lo que le decíamos a los hombres. Sabían lo que iba a ocurrirles y, como bien sabe usted, los que depusieron las armas y se rindieron sin que se lo ordenaran fueron tan solo un puñado de hombres sin valía. Al grueso de los soldados se les había infundido el sentido del deber de forma exhaustiva, y estaban dispuestos a entregar sus vidas. Esos hombres eran los que lo mantenían todo unido. A ellos no les afectaban los pequeños grupos. No suponían ningún peligro para nosotros.
»Dice usted que todo soldado sigue siendo un hombre, y como tal concede un gran valor a su vida y se aferra a la idea de regresar a su patria, con su familia, su esposa, sus hijos. Eso es verdad. Pero a pesar de todo la patria tiene prioridad. Cada uno de nosotros es capaz de sacrificarse por su patria. Es algo que llevan grabado todos nuestros soldados. Cuando se vieron dentro del cerco, todos sabían que a pesar de ello tenían que cumplir con su deber, y así lo hicieron.
»Durante los dos meses que estuvimos rodeados no hubo ni una sola orden relacionada con la disciplina ni con el aumento de la vigilancia de la tropa. Lo único que sé a ese respecto fue el 27 o el 28 de enero de 1943 —no recuerdo la fecha exacta— cuando el general Strecker emitió una orden que decía: (1) abran fuego de inmediato contra quienquiera que se aleje de su unidad y hacia el enemigo; (2) quienquiera que se guarde para sí los suministros aéreos será juzgado en un consejo de guerra; (3) quienquiera que se insubordine o se niegue a obedecer órdenes será juzgado en un consejo de guerra.
»Así pues, ¿por qué nos rendimos? En primer lugar, la fuerza principal que estaba a las órdenes del mariscal de campo Paulus se rindió el 30 de enero de 1943 [sic], de modo que no tenía sentido seguir resistiendo. Nuestro grupo no era capaz de atraer suficientes fuerzas rusas como para justificar el sacrificio. Hicimos nuestro trabajo durante todo el tiempo que pudimos, y si hubiéramos podido seguir empuñando las armas otras dos o tres semanas, no habríamos depuesto nuestras armas, habríamos seguido luchando. En segundo lugar, teníamos tantos heridos que entorpecían nuestra capacidad para combatir. Estaban hacinados en casi todos los edificios. Todos ellos habrían muerto a causa del fuego de artillería si hubiéramos resistido más tiempo.
»¿Cómo evalúo la actual situación militar en Alemania? Alemania se encuentra en medio de una crisis muy difícil, pero eso no es una derrota. Todavía hay aproximadamente dos millones de hombres que pueden ser reclutados. Pero si la ofensiva de ustedes prosigue al mismo ritmo durante otros dos meses, es posible que nuestra crisis llegue a ser una derrota».
El prisionero dijo también que uno de los indicios por los que se podía determinar quién iba a ganar fue la entrada en la guerra de Turquía. Turquía estaba dispuesta a apuntarse al bando de los vencedores, pero solo cuando
estuviera absolutamente claro quiénes iban a ser los vencedores.[6]
«Antes de ingresar en el Ejército era nacionalsocialista, y ahora soy un soldado. En el ejército no hay nacionalsocialistas, tan solo hay soldados.
»Fui jefe de compañía desde abril hasta octubre de 1942. Lo que ha dicho usted sobre el trato brutal que se da a los prisioneros de guerra rusos es la
primera vez que lo oigo.[7] Ni en mi compañía ni en mi regimiento hubo nada de eso. Puede que haya casos excepcionales, pero habrán sido justamente eso: excepciones. Eso está prohibido. Y pasa lo mismo con la población local. Tenemos órdenes que hacen de la violencia contra la población local un delito susceptible de arresto. Asimismo, tenemos prohibido arrebatarle sus objetos de valor a los civiles, y en realidad cualquiera de sus pertenencias. A veces nos dan permiso para requisar alimentos. Los paquetes con botas, vestidos, etcétera, que algunos de los nuestros han enviado a Alemania son todo cosas que se encontraron en edificios destruidos o incendiados.
»Los soldados rusos son bastante buenos soldados. Se les da mucho mejor defender que atacar. Y aquí, donde defienden en grupos pequeños, lo hacen mucho mejor que cuando forma una gran masa. Tienen ustedes buenos francotiradores.»
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Técnico intendente de 2.ª clase Gersh, intérprete, 99.ª División de Fusileros
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra sargento Helmut Pist,
21.º Regimiento de Granaderos Pánzer, 24.ª División Pánzer Dubovka, 9 de febrero de 1943
Interrogado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Pist, Helmut. Nacido el 11 de enero de 1916 en Schwarzenau (provincia de
Posen). Graduado de gymnasium. Profesión: agrónomo. Luterano.
Alemán. Miembro de las Juventudes Hitlerianas. Reclutado en 1937.
Domicilio particular: Krefeld am Rhein, Prinz Fridrich Karl Str., 139.
Preguntado por el estado de su unidad durante los días finales del cerco, Helmut Pist afirmó lo siguiente:
«A principios de enero los regimientos de nuestra división ya no existían como tales. Se crearon grupos individuales que respondían al nombre de los oficiales que estaban al mando. Por ejemplo, se formó un grupo con los regimientos 21.º y 26.º, a las órdenes del coronel Brendahl. También establecieron los denominados grupos de alarma. Aquellos grupos eran de distintos tamaños. Por ejemplo, el grupo en el que estaba yo tenía cincuenta hombres. Nuestro oficial al mando era el teniente Hermanns, y estábamos ubicados en Orlovka. La moral estaba por los suelos. Muchos criticaban al Gobierno, recriminándole que hubiera renunciado a hacer algo por nosotros. La situación de los víveres empeoraba de un día para otro. A partir del 20 de enero, aproximadamente, nos daban cincuenta gramos de pan al día. Los suministros de alimentos que lanzaban en paracaídas se los estaban quedando quienes los encontraban, a pesar de que había órdenes estrictas y existía la amenaza de fusilamiento. De modo que había un reparto de alimentos muy desigual entre las unidades. La disciplina empeoraba cada día, y se hablaba cada vez más de una rendición. Sobre el 25 de enero el teniente Koars, del cuartel general de la división, nos dijo que el general Von Lenski, comandante de nuestra división, había emitido una orden dando libertad de acción a los comandantes de todas las unidades —es decir, les daba permiso para rendirse. Pero esa orden se canceló al día siguiente.
»Sus panfletos no tuvieron mucho éxito entre los soldados antes del cerco, pero después la situación cambió, sobre todo en enero, cuando los hombres los leían con verdadera avidez. De hecho, buscábamos los panfletos que ustedes lanzaban desde el aire, los que incluían mapas donde se veía la situación del frente.
»Aquellos últimos días en Stalingrado fueron horribles: miles de cadáveres, y los soldados heridos muriéndose por las calles porque los hospitales estaban saturados, y para colmo recibíamos un intenso fuego de su artillería y sus aviones. La rendición no fue organizada. Nuestro búnker estaba a cincuenta metros del cuartel general de nuestra división, pero aunque estábamos tan cerca de ellos, tan solo nos enteramos de la rendición después de que ya hubieran aparecido los rusos. Salimos de nuestro búnker y depusimos nuestras armas. La guerra en Rusia no es como en el oeste. En 1940, durante la campaña francesa, nuestro escuadrón siempre estuvo delante, y tan solo murieron dos de nuestros hombres».
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra Ernst Eichhorn, oficial
de Caballería de la 9.ª Compañía, 24.º Regimiento Pánzer, 24.ª División
Pánzer
Dubovka, 5 de febrero de 1943
Interrogado por el comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Ernst Eichhorn. Domicilio particular: Regensburg an der Donau,
Luitpoldstrasse 11a. Estafeta de campaña n.º 11468.
Alemán. En el ejército desde 1935. No es miembro del partido Nacionalsocialista. En el frente ruso desde junio de 1941. Terminó la academia de Caballería en Hanover. Nacido en 1902. Participó en las campañas de Polonia, Países Bajos, Bélgica, Francia. Soltero.
Una de las razones de que se rindieran las fuerzas alemanas cercadas en Stalingrado fue que el frente iba estrechándose. Resultaba imposible maniobrar. Se había concentrado una fuerza enorme en una zona muy pequeña sin aeródromo. Eso daba lugar a enormes bajas a manos de la artillería y la aviación. Otra razón era el mal estado del abastecimiento de víveres y combustible. Durante los últimos días, los soldados recibían cien gramos de pan, un poco de carne de caballo, cuarenta gramos de manteca, una ración diaria de caldo (dos litros), y cuatro cigarrillos.
Sólo les quedaba un escaso número de proyectiles de artillería, pero había abundante munición para la infantería. Los tanques se transformaron en fortines. Por esas razones todo el regimiento operaba como una unidad de infantería.
Los oficiales de la 24.ª División Pánzer comprendían que las unidades cercadas estaban en una situación extremadamente complicada y difícil, pero no la consideraban desesperada.
La orden de rendición llegó a través del mando de la división. Se dio verbalmente, y después se enviaron emisarios, y las unidades de la 24.ª División depusieron sus armas. Pero la orden de rendición pilló a todo el mundo por sorpresa. Hasta el último momento, la mayoría de oficiales seguía esperando que llegara ayuda desde el exterior. Los hombres nunca cuestionaron sus órdenes, ni durante el cerco ni cuando se les ordenó rendirse. Eso es lo que se le enseña a un soldado alemán: a hacer algo solo cuando se le ordena. La comunicación con el mundo exterior se mantuvo hasta que las unidades rusas tomaron el aeródromo de Pitomnik. A partir de entonces no hubo servicio postal.
En el ejército alemán se generalizó la idea —tanto entre los soldados como entre los oficiales— de que ser capturado por los rusos equivalía a un trato deficiente, a tortura y a muerte. Todos los soldados y los oficiales habían leído los panfletos rusos donde se decía que se trataba bien a los prisioneros. En algunos había fotos donde se veía la vida de los prisioneros en Rusia. Pero nadie se lo creía, todo el mundo pensaba que no era más que propaganda. Durante el avance muchos de ellos habían visto los cadáveres de soldados a los que les habían pegado un tiro en la cabeza, y cosas así. Eso nos convenció de que los rusos estaban liquidando a los prisioneros. sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra teniente Herrmann
Todos los oficiales del 24.º Regimiento Pánzer tienen una excelente opinión de la artillería rusa. Es muy precisa y no escatima la munición. Si no hubiera habido artillería en Stalingrado, y solo hubiera sido un ataque de la infantería contra las fuerzas cercadas, los alemanes habrían podido hacerles frente con facilidad y habrían resistido más tiempo. La infantería rusa no se merece ningún elogio específico. Carece del espíritu necesario para una ofensiva eficaz. Los rusos eran mucho mejores en 1942 que al comienzo de la guerra. Pero los cazas alemanes son mejores que los rusos. Hay muchos pilotos jóvenes e inexpertos en la fuerza aérea rusa. Los carros de combate son muy eficaces. El T-34 es una excelente pieza de maquinaria. Los carros de combate rusos están muy bien armados. Y sus tripulaciones han recibido una instrucción de primera.
La razón del éxito de la ofensiva contra el ejército alemán cercado fue la simultaneidad de los ataques desde el norte y desde el sur, y posteriormente desde el oeste. Para colmo, las unidades rumanas, que estaban posicionadas en el curso alto del Don, huyeron. Además, lo que facilitó el éxito de la ofensiva rusa fue cierto nivel de pánico en las unidades alemanas. Empezamos a destruir reservas de alimentos y de material militar en los
primeros días del cerco.[8] Eso complicó la situación de las fuerzas cercadas.
Durante nuestro avance sobre Stalingrado entre los oficiales se comentaba que los rusos contaban con el invierno, que iban a programar su ofensiva para el invierno. Los comandantes alemanes pensaban que los rusos estaban demasiado débiles y restaron importancia a la posibilidad de una ofensiva rusa. Los comandantes alemanes pensaban que ya habrían logrado la victoria para cuando llegara el invierno. Los oficiales recordaban que no era la primera vez que se ponían patas arriba sus planes estratégicos generales. Entonces no estaba claro —aunque ahora es obvio— que el plan no era realista. No se puede contar con ofensivas simultáneas contra Leningrado y Stalingrado al mismo tiempo que se pretende conquistar el Cáucaso. Es demasiado. Los comandantes alemanes planeaban tomar Stalingrado y después avanzar bajando por el Volga hasta Astracán. Pero nunca tomaron Stalingrado. Para llegar a Astracán habrían tenido que intentar cruzar la
estepa de Kalmukia,[9] y eso entrañaba un mayor número de bajas para el ejército alemán.
Si el Ejército Rojo sigue adelante con su ofensiva como lo está haciendo ahora, sobre todo si conquista Rostov y Járkov, eso tendría una gran
repercusión para el desenlace de la guerra.[10] Defender Járkov y Rostov es lo más importante para el ejército alemán.
Es inconcebible un segundo frente en Europa. Las fuerzas alemanas están en estado de alerta en Francia, y la costa está fortificada. Un ataque desde España resulta imposible desde que los alemanes conquistaron el sur de Francia. Y tampoco es posible un desembarco de las fuerzas estadounidenses e inglesas en Italia. La armada alemana no lo permitiría. Para desembarcar en Europa habría que diseñar un plan muy extenso, pero ni aun así resultaría posible.
«Alemania tiene suficientes fuerzas de reserva y material», dijo el prisionero. «Podemos seguir combatiendo todo el tiempo que queramos.»
Los panfletos rusos a menudo provocaban la risa de los soldados y los oficiales. En realidad, la propaganda rusa no ha tenido en cuenta la peculiar psicología del soldado alemán, su excepcional sentido de la disciplina. «Así, por ejemplo, yo vi un panfleto que instaba a los soldados a matar a sus oficiales porque estaban mejor alimentados y no tenían que luchar», dijo el prisionero. «Otro panfleto les instaba a matar a todos los fascistas y a pasarse al bando de los rusos. En primer lugar, los oficiales y los soldados comen lo mismo. Y nosotros no comprendemos la palabra “fascista”, porque nos hace pensar en el sistema de Gobierno que hay en Italia.»
Durante la rendición, a los oficiales alemanes les preocupaba su futuro. La gente decía que si uno tenía que rendirse, era mejor rendirse a los estadounidenses, los británicos o los franceses. Ser su prisionero es totalmente seguro.
El prisionero preguntó: «¿Por qué se toman tantas molestias con nosotros? No esperábamos que nos trataran tan bien, sobre todo los oficiales rusos. Si su objetivo es animar a los oficiales alemanes a rendirse, es un gesto muy inteligente. En ese sentido, resultó muy efectivo que a los prisioneros les concedieran permiso para enviar cartas a su casa. Ahora nuestros soldados dicen: “Como prisioneros, vemos que los rusos no son mala gente. Quién sabe por qué empezó esta guerra, por qué hay tanto derramamiento de sangre”.
»Para nosotros, los oficiales, está claro que la guerra la provocaron los judíos, que se adueñaron de los papeles de liderazgo en los gobiernos de todas las naciones, salvo Alemania».
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
Strotmann, ayudante, 1.º Batallón, 79.º Regimiento de Granaderos Pánzer,
16.ª División Pánzer
9 de febrero de 1943
Interrogado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Strotmann, Herrmann. Alemán. Católico. Soltero. Nacido el 18 de mayo de
1918, en Münster. Empleado de banca. Domicilio particular: Münster,
Westfalen, Hermannstrasse 50.
Fue reclutado como soldado raso en 1938. En 1941 fue ascendido a oficial. Fue comandante de compañía en el 79.º Regimiento desde el 5 de septiembre y a lo largo de todo el mes de octubre de 1942, y desde septiembre ha sido ayudante en el 1.º Batallón a las órdenes del comandante Wota.
«Durante los combates al norte de Stalingrado (al sur del pueblo de Yerzovka), desde septiembre hasta noviembre, el 79.º Regimiento perdió entre el 80 y el 90 % de sus hombres. Llegaban constantemente refuerzos desde la retaguardia, pero eso entrañaba una merma apreciable en la calidad. […] La mayoría de nuestras bajas fueron obra de los morteros de ustedes, a
los que denominábamos la [11] böse Waffe ».
Preguntado por el estado de su unidad durante el cerco, Strotmann afirmó lo siguiente: «La operación de Stalingrado era arriesgada. Al principio pensábamos que íbamos a conquistar Stalingrado en el plazo de cinco semanas. Las cosas no salieron así, y no podíamos retirarnos porque eso habría dejado al descubierto el grupo del Cáucaso. El gran error de nuestros comandantes fue atacar al final del otoño, lo que significó que no pudiéramos atrincherarnos y prepararnos para el invierno en las líneas del frente. Ustedes se aprovecharon de ello, tanto el año pasado como este año. Si nos hubiéramos quedado en el Don, habríamos podido hacer los preparativos adecuados. Y entonces no habría sucedido esta catástrofe. El principal motivo de nuestra rendición: la falta de víveres, de hombres, de proyectiles de artillería, y también la imposibilidad de todo el asunto —para nosotros era físicamente imposible seguir luchando. La calidad de nuestros soldados era muy baja (la mayoría de ellos acababa de llegar de la retaguardia). Estábamos muertos de hambre, y la mayoría habíamos sufrido daños por congelación. Incluso los oficiales estaban tan exhaustos y hambrientos que a duras penas podían mantenerse en pie. Lo que un hombre puede soportar tiene un límite, y nosotros llegamos a ese límite el 2 de febrero. Nos rendimos. La rendición fue espontánea. A las seis de la mañana me dijeron que los carros de combate rusos estaban delante de nuestro búnker. Me puse a llorar, salí del búnker y depuse mi arma».
Pasando a una pregunta sobre nuestra propaganda, Strotmann dijo que la calidad de nuestros panfletos había mejorado significativamente en los últimos tiempos. «Al principio del todo», afirmaba el teniente, «eran bastante primitivos. Por ejemplo, ustedes informaban de que habíamos perdido 4100 cañones en Stalingrado, pero no había tantos cañones ni en todo el ejército.»
El teniente Strotmann concluía con las siguientes palabras: «Todo soldado cree en la victoria, pero a decir verdad, si Estados Unidos entra en la guerra, nos va a resultar muy difícil ganarla».
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
[Firma de Zayonchkovski]
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra sargento Wilhelm
Vugeler, 3.ª Compañía, 79.º Regimiento de Granaderos Pánzer, 16.ª
División Pánzer
Dubovka, 9 de febrero de 1943
Interrogado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Vugeler, Wilhelm. Alemán. Luterano. Nacido el 1 de marzo de 1916, en
Nienburg / Weser. Miembro del Partido Nacionalsocialista desde 1934.
Terminó la enseñanza obligatoria. Profesión: comercio. Domicilio
particular: Nienburg/Weser bei Hannover, Quellhorststrasse 10.
«En mi compañía había entre ochenta y cien hombres cuando nos rodearon, y cada día perdíamos entre quince y veinte. Llegaban constantemente refuerzos desde la retaguardia. Nuestra situación mejoró un poco a partir del 30 de diciembre porque construimos refugios subterráneos y sufríamos menos bajas. A mí me trasladaron a la retaguardia el 4 de enero. A mediados de enero agregaron lo que quedaba de la 16.ª División Pánzer a la 24.ª División Pánzer. Lo único que quedaba de la 16.ª División Pánzer eran las unidades de retaguardia.
»Los hombres se sentían cada día peor. Hasta enero tuvimos la esperanza de conseguir ayuda, pero entonces, en enero, cuando empezamos a retirarnos, nuestra moral cayó en picado, y para cuando nos habíamos retirado al interior de la ciudad, la mayoría de los soldados eran conscientes de lo desesperado de nuestra situación. A pesar de todo, a los hombres les aterraba caer prisioneros de los rusos.
»He leído los panfletos rusos, e incluso he escuchado sus emisiones de radio durante las vacaciones de Navidad. Estábamos en la estación de ferrocarril que está al noroeste de Orlovka. Todos los soldados escuchaban atentamente sus emisiones. Muchos de nosotros empezamos a dudar de que nuestros oficiales realmente nos estuvieran diciendo la verdad. Pero nuestra contrapropaganda era eficaz, de modo que no les creíamos del todo a ustedes.
»El 1 de febrero resulté herido cerca de la fábrica de tractores y acabé en un hospital de campaña. El 3 de febrero, a las 3.30 de la madrugada (hora de Berlín), el médico jefe anunció que el hospital iba a pasar a manos de los rusos en el plazo de dos horas. De modo que me habían hecho prisionero.»
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra sargento Heinz
Hühnel, 12.ª Compañía, 554.º Regimiento, 389.ª División de Infantería. Cuartel general del ejército
Interrogado por el comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Heinz Hühnel. Domicilio particular: _________. Estafeta de campaña n.º
40886.
Nacido el 27 de mayo de 1908. Educación: ocho años en la escuela pública. Bachillerato Comercial. Casado. Miembro del Partido Nacionalsocialista desde 1933.
A lo largo de todo el interrogatorio, Hühnel, miembro del Partido Nacionalsocialista desde 1933, intentó convencer al interrogador de que se había convertido en un hombre nuevo desde que cayó prisionero. Afirmaba que había roto con el partido de Hitler. Explicaba que quería estudiar nuestro Estado y nuestros sistemas ideológicos, que deseaba regresar a Alemania como tal hombre nuevo, o incluso quedarse en Rusia para fomentar las nuevas ideas, para guiar a la gente hacia la ideología comunista. Afirmaba que anteriormente estaba muy alejado de la política. Cayó bajo el influjo de la psicosis de masas del Partido Nacionalsocialista, lo que, unido a la presión de la familia de su esposa, le llevó a afiliarse. Ahora, después de haber sido miembro del partido y de ver la verdadera naturaleza del nacionalsocialismo en Alemania, Hühnel llegaba a la conclusión de que el fascismo de Hitler era una ideología de conquista y de esclavización.
Lo que los alemanes habían dicho sobre el comunismo y sobre Rusia resultó ser completamente erróneo. Al ver cómo era Rusia realmente durante la guerra [varias palabras ilegibles] situación.
Cuando se vieron rodeados por primera vez, los hombres tenían la esperanza de poder salir rápidamente del cerco. Esperaban ayuda, pero incluso entonces algunos soldados eran conscientes de que la situación era grave. Pensaban que iban a tener que pasar el invierno dentro del cerco para salir de él más tarde, en marzo o abril. La moral de los hombres iba menguando de un día para otro. Se convirtieron en autómatas que cumplían sus tareas desanimados y completamente aturdidos.
Muy pocos consideraban siquiera la posibilidad de huir porque tenían la seguridad de que caer prisioneros equivalía a ser fusilados. Los hombres leían los panfletos rusos, pero muy pocos creían lo que decían.
Hühnel hablaba de un soldado alemán que volvió del cautiverio ruso. Dijo que a eso de las ocho de la tarde del 8 de enero, apareció un tal Holzapfel en el búnker de la compañía. Dijo que había estado veinticuatro horas prisionero de los rusos. Le habían dado de comer, le habían dado mucho pan, le habían ofrecido tabaco. Holzapfel decía que solo había visto buen trato para con los prisioneros alemanes, que había visto lo bien vestidos que iban los soldados rusos, lo bien armados que estaban. Entre los presentes estaba el comandante, el sargento Polte. No le dejó seguir hablando, y afirmó que no era más que propaganda, que le habían dado de comer a propósito, que así no era realmente como trataban a los prisioneros. Polte llevó a Holzapfel ante el comandante del batallón, el capitán Bitermen. Nadie volvió a ver a Holzapfel después de aquello. Quién sabe lo que fue de él.
Tres días antes del incidente de Holzapfel entre los soldados se comentaba que alguien había vuelto después de haber estado prisionero de los rusos, y que decía que a sus prisioneros los trataban bien.
Tras la desaparición de Holzapfel, la gente decía que debía de haber algo de verdad en su historia. El prisionero afirmó: «Le dije a los hombres que se tranquilizaran. Vamos a ver qué ocurre. Es posible que nos rindamos. No tengáis miedo, simplemente haced lo que os dicen». El 10 de enero, cuando empezaron a atacar las unidades del Ejército Rojo, al parecer Hühnel ordenó a todo el mundo que se vistiera y saliera: «Disponía de siete hombres y dos ametralladoras. Se suponía que teníamos que defendernos —y podríamos haberlo hecho— pero cuando llegaron los rusos ordené a mis hombres que levantaran las manos. Seis de los siete lo hicieron, y el último fue corriendo al teléfono para contarle al comandante de la compañía lo que estaba ocurriendo. Lo mataron los rusos que venían hacia nosotros, y el resto nos rendimos».
Todos los hombres están dispuestos a rendirse, pero tienen que darles la orden. Muy pocos se rinden sin una orden de sus superiores. Están tan desanimados y tan débiles que han perdido la capacidad de pensar por sí mismos. Otra razón por la que los soldados alemanes no se rinden es que lo consideran un acto de cobardía y una traición a sus camaradas. Pero si se les ordena que se rindan, el que dio la orden asume la responsabilidad.
Hubo que reforzar la vigilancia debido al reciente declive de la moral. Se hacía todo lo posible por tranquilizar a los hombres. Los oficiales no paraban de repetir: «solo hay que esperar, todo va a mejorar pronto». A principios de enero, los periódicos alemanes publicaban el discurso de Göring donde decía que todos los que estaban dentro del cerco de Stalingrado iban a recibir un permiso y algún tipo de paquete de parte del Führer. Decía que había víveres en camino desde Ucrania, y que los soldados no tenían que preocuparse por nada.
Los hombres leyeron ese discurso, y muchos de ellos se rieron con amargura. Todos ellos se habían pasado el verano luchando en unidades que habían sufrido cuantiosas bajas. Las promesas de relevo se sucedían, pero nunca ocurría nada. Anteriormente ya les habían prometido ayuda a las unidades del interior del cerco, pero no había llegado ninguna. Eso hacía que el discurso resultara imposible de creer.
Recientemente, los hombres habían empezado a advertir que quienes manifestaban descontento o una «actitud perjudicial» eran objeto de vigilancia. Los nazis se ofrecían voluntarios para vigilar a los demás soldados porque querían ganarse el favor de los superiores mediante el espionaje. A nadie le ordenaron espiar a los demás soldados, pero los nazis consideraban que era su deber.
A menudo los soldados se decían unos a otros que los oficiales vivían para sí mismos, que estaban más interesados en las medallas que en los asuntos de su compañía o en la suerte que pudieran correr sus hombres.
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra sargento Karl-Heinz
Pütz, 64.º Regimiento, capturado el 10 de enero por unidades de la 343.ª
División de Fusileros.
11 de enero de 1943
Entrevistado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Nacido el 15 de mayo de 1924, en Colonia. Domicilio particular: Colonia,
Nippes, Escherstrasse 21. Padre: electricista. Terminó la escuela primaria
y secundaria. Alemán. Católico.
Ingresó en el ejército en septiembre de 1941 y fue destinado a un batallón motociclista de reserva estacionado en Iserlohn. Trabajó como armero de armas cortas del batallón. Llegó al frente ruso en septiembre de 1942 en el 64.º Regimiento de la 16.ª División Pánzer.
Cuando los rusos estaban rodeados, el prisionero estaba en un destacamento independiente formado en su mayoría por unidades de la 16.ª División Pánzer. El destacamento incluía dos batallones de soldados procedentes del 64.º y el 79.º Regimientos y del 16.ª Batallón Motociclista, y también de un batallón del 544.º Regimiento de la 389.ª División.
El primer batallón, que es donde estaba Pütz, tenía entre 45 y cincuenta hombres. En el segundo batallón había aproximadamente el mismo número de soldados. El batallón de infantería tenía entre 150 y doscientos hombres. El capitán Dornemann estaba al mando del destacamento. El primer batallón tan sólo tenía un oficial, el teniente Schlippa, que había llegado directamente en avión desde Alemania el 1 de enero. Según el prisionero, los aviones de carga siguen trayendo munición, comida, combustible y también oficiales de relevo.
El destacamento ocupó el área comprendida entre la colina 137.8 hasta la ladera meridional de la colina 139.7.
Víveres: actualmente los soldados están recibiendo doscientos gramos de pan al día —cuatrocientos gramos cada dos días— cuarenta gramos de carne en conserva, y sopa fría sin el mínimo rastro de grasa (ya se han consumido todos los caballos). También se reparten diariamente comprimidos de vitaminas. Durante el tiempo que pasó dentro del cerco, el prisionero recibió en una ocasión ochenta gramos de mantequilla. En Navidades se repartieron trescientos gramos de chocolate, y otros cien gramos por Año Nuevo. «Los hombres están muertos de hambre», dijo el prisionero. «Lo que nos han dado hoy para siete hombres es aproximadamente igual que los víveres diarios de todo un batallón.»
Además, la situación de la calefacción es muy mala. Traen leña una vez a la semana, pero tan solo llega para un día, para encender una estufa dos o tres veces.
Los soldados utilizan para calentarse la madera de los búnkeres desocupados. Pero de eso no hay mucho. Mucha gente sufre daños por congelación. Por ejemplo, el 25 de diciembre entre veinticinco y treinta soldados del batallón sufrieron congelación. Ahora están todos en el convoy de equipaje, ya que el hospital está lleno.
La moral está por los suelos. La mayoría de los hombres opina que la situación es desesperada, aunque los oficiales siempre intentan tranquilizarles, diciéndoles que la ayuda está en camino, que las principales fuerzas del ejército alemán están a menos de cuarenta kilómetros del cerco.
Los soldados tienen miedo de caer prisioneros de los rusos porque los oficiales les han convencido de que los fusilarían. Pütz se enteró de la verdad del asunto a través del soldado Holzapfel, que fue a visitarle a su búnker el 9 de enero por la noche. En aquel momento Pütz estaba de guardia y vio a Holzapfel cruzando desde el lado ruso. Holzapfel entró en el búnker muy excitado, y empezó a hablarles de inmediato de las buenas condiciones del cautiverio ruso, y después sacó un poco de pan de su bolsillo y lo compartió con los presentes. En el búnker había siete hombres, junto con un sargento del batallón de infantería al que pertenecía Holzapfel.
El sargento le pidió a Holzapfel que fuera con él al convoy de equipaje. Al día siguiente, por la noche, otro soldado le dijo: «A ese pelirrojo, Holz, lo van a fusilar por traición a su país». Los soldados se solidarizaron con Holzapfel y tan solo le reprochaban no haber tenido suficiente cuidado.
Respecto a las circunstancias de su propia captura, Pütz dijo lo siguiente: «El 10 de enero, cuando las tropas atacantes rusas estaban llegando ante nuestro búnker, el sargento nos dijo que la resistencia era inútil y que teníamos que rendirnos. Cuando levantamos las manos, empezaron a dispararnos desde los demás búnkeres. A mí me alcanzaron, y mataron a mi camarada, el soldado de 1.ª clase Hilbeck».
Capitán Zayonchkovski
[Firma]
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra comandante Herrmann
Lüben, subjefe de Estado Mayor y jefe de logística, 389.ª División Pánzer Dubovka, 5 de febrero de 1943
Interrogado por el comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Comandante Herrmann Lüben. Nacido en 1908. En el ejército desde 1939.
Licenciado de la academia de Estado Mayor en 1940. Domicilio
particular: Deutsch-Eylau, Hindenburgstrasse 32.
El prisionero trabajó para el Ministerio de la Guerra alemán, después de lo cual, según él, participó en el diseño y construcción de fortificaciones militares en los Países Bajos (tras la ocupación alemana). Estuvo en Francia. Participó en las campañas contra Polonia, Bélgica y los Países Bajos, y estuvo involucrado en la disolución del Ejército francés. Mientras trabajaba en el Estado Mayor, Lüben participó en, e incluso dirigió, la formación de nuevas unidades militares.
Como parte de sus obligaciones, el comandante Lüben fue rotando a través de una diversa serie de círculos de oficiales del Ejército alemán.
Durante su interrogatorio el prisionero dijo que, debido a los golpes que el Ejército Rojo había asestado a la maquinaria de guerra alemana, los altos gerifaltes estaban intentando aún con mayor tesón que su cuerpo de oficiales se alineara con el Partido Nacionalsocialista. Con esa idea, estaban divulgando la teoría de que las responsables de las victorias del Ejército alemán eran las políticas del Partido Nacionalsocialista. Y por esa misma razón, los jefes militares más veteranos, que simpatizaban con la oposición política, estaban siendo relevados por otros generales que eran claros partidarios de Hitler.
El prisionero dijo que recientemente, a la luz del fracaso de los planes estratégicos del Ejército alemán en Rusia, en estos momentos existe una necesidad apremiante de fusionar el cuerpo de oficiales con la dirección del Partido Nacionalsocialista. […]
Desde el momento en que Hitler y su Gobierno asumieron el poder, tuvieron el apoyo de la inmensa mayoría del cuerpo de oficiales. Durante un tiempo, los éxitos militares del ejército alemán en Europa reforzaron la autoridad de Hitler. Pero la guerra con Rusia —el hundimiento de sus insensatos planes de atacar Moscú, de abrirse paso hasta Rostov y Stalingrado — ha socavado sensiblemente el prestigio de Hitler. […]
Entre los oficiales ha estado circulando una idea: que para Alemania hay estaciones favorables y desfavorables; es decir, muchos creen que Alemania puede vencer y vencerá en una campaña de verano pero que el invierno favorece al Ejército Rojo.
El prisionero confirmó que el cuerpo de oficiales sostenía esa visión de los planes estratégicos del alto mando, pero que no llegaban al extremo de manifestar abiertamente su desacuerdo. Muchos de los generales, incluido el
general Brauchitsch,[12] se opusieron al plan de avanzar sobre Rostov y Stalingrado, pero únicamente expresaron su desacuerdo por el procedimiento de sugerir planes alternativos. Todos los debates sobre el asunto cesaron cuando recibieron sus órdenes. Pero entre el resto de oficiales, las críticas a los riesgos que implicaba tomar Stalingrado se oían con más fuerza. A la hora de describir la situación en los frentes y su propio punto de vista sobre la guerra, el prisionero afirmó: «La derrota en Stalingrado, y los avances del Ejército Rojo hacia el oeste y el suroeste han supuesto un duro golpe para el Ejército alemán, pero eso no es suficiente como para que empecemos a hablar de un verdadero punto de inflexión en el frente, o del principio de una derrota de Alemania. Si el Ejército Rojo logra reconquistar Rostov y Járkov, sería un sólido indicio de un punto de inflexión. Entonces podría empezar a decirse que las suertes de la guerra han empezado a cambiar en contra del ejército alemán». El prisionero concluía diciendo: «Pero resulta difícil creer que el Ejército Rojo sea capaz de reconquistar esas ciudades».
Durante su interrogatorio, el comandante Lüben dijo que era un error pensar que Alemania ha agotado su personal o que ha llegado a su límite. Gracias a la política de utilizar obreros extranjeros y prisioneros de guerra en sus industrias, Alemania puede movilizar a diez o incluso hasta a doce millones de hombres, contando tanto los hombres en edad militar como los que hasta ahora han estado exentos del servicio en filas. Además, el ejército alemán todavía puede recuperar un gran número de soldados de sus hospitales.
A pesar de todo, el prisionero afirmó que entre los obreros extranjeros y los prisioneros de guerra que son obligados a trabajar, la productividad es baja. Y además está el problema de la pureza de sangre. Hay leyes especiales que prohíben que esos grupos se relacionen con el resto de la población, pero el mantenimiento de la pureza de sangre sigue siendo precario, y eso se ha convertido en un problema. El siguiente factor que le daba al prisionero esperanzas de un desenlace favorable de la guerra era su fe en la disciplina inquebrantable del ejército alemán. A pesar de los evidentes errores de cálculo en materia de táctica y estrategia, el nivel de disciplina en el ejército alemán —a juicio del prisionero— les brinda la posibilidad de operaciones ofensivas posteriores cuando llegue el momento oportuno.
La principal razón de todas sus desventuras, opina, es la debilidad de sus ejércitos aliados. La tragedia del ejército italiano es que sus oficiales de baja graduación no han sido debidamente formados ni asignados a los puestos adecuados. El sistema educativo del ejército italiano no fomenta, sino que más bien desalienta, la formación de oficiales de baja graduación capaces de desempeñar un papel decisivo en el campo de batalla. Los rumanos son buenos soldados, con ellos se pueden hacer cosas. Pero antes de la guerra, sus oficiales se pasaban la vida en los cafés, ocupándose de sus propios asuntos. No estaban instruyendo a sus hombres, y por esa razón el ejército rumano tiene graves defectos. «Sí, es una pena que tengamos que trabajar con semejantes aliados», concluía Lüben. Para explicar el aumento del número de alemanes que se estaban rindiendo alegaba que han sido abandonados por sus aliados, y negaba cualquier tipo de falta de disciplina en el ejército alemán. […]
En lo relativo a las relaciones con las poblaciones de los países ocupados por Alemania, el prisionero dijo lo siguiente: «En Francia ha habido numerosas ocasiones en que la gente ha disparado contra los soldados alemanes por las calles, pero no esperamos ningún tipo de levantamiento en Francia. Los franceses siempre han sido un pueblo frívolo, y ahora no han aprendido nada de su derrota. Lo único que hacen es cantar y bailar igual que antes».
Como respuesta a la sugerencia de que acaso el prisionero tan solo haya visto la vida en Francia desde el ventanal de un café o de un restaurante alemán, él dijo que estaba manifestando sus propias impresiones, y que no conocía los sentimientos de las masas en general. También se había topado con expresiones de animadversión hacia los alemanes en Bélgica y en los Países Bajos. Dijo que era cosa sobre todo de la gente del comercio y la industria, cuyas empresas se vieron perjudicadas cuando Alemania se apoderó de las colonias belgas y holandesas.
Los soldados y oficiales alemanes tenían un mal concepto del cautiverio ruso no solo porque la rendición se considera cobardía y traición, sino también porque se sabe muy poco sobre cómo se trata realmente a los prisioneros en Rusia. Si se permitiera que los prisioneros de guerra escribieran a casa, la gente pensaría mejor de los rusos, incluso en el ejército. Y ello disiparía todos los rumores que circulan sobre caer prisionero en Rusia.
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra teniente primero Otto
Conrady, jefe de inteligencia, 389.ª División de Infantería Dubovka, 7 de febrero de 1943
Interrogado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Teniente primero Otto Conrady. Nacido el 13 de marzo de 1904 en Berlín.
Padre: agente de policía. Alemán. Católico. Licenciado por la Facultad de
Derecho de la Universidad de Berlín en 1926. Casado, cuatro hijos. Ha
trabajado recientemente como fiscal jefe en Hamm (Westfalia). Domicilio
particular: Hamm Westfalen, Ostenallee 93.
Fue reclutado en el ejército el 26 de agosto de 1939. Estuvo en la reserva desde el 12 de diciembre de 1939 hasta noviembre de 1940, cuando pasó a la situación activa. Desde julio de 1940 ha estado trabajando como jefe de inteligencia para la 389.ª División de Infantería.
La unidad de inteligencia en el cuartel general de una división está formado por el jefe, O-3 (un ayudante), dos traductores, un redactor y dos administrativos (los tres últimos son soldados rasos), así como un sargento mayor.
Preguntado por la situación de su división durante los días finales del cerco, el teniente Conrady dijo lo siguiente: «Desde mediados de enero sabíamos que nuestra situación era desesperada, pero mantuvimos nuestra defensa porque nuestra misión era mantener estos ejércitos rusos en Stalingrado para que no pudieran participar en otras ofensivas. Se trataba de un sacrificio difícil, pero teníamos que hacerlo por nuestro país. Últimamente se nos habían agotado totalmente los proyectiles de artillería y de mortero. Teníamos suficiente munición de fusil y de ametralladora. La situación de los víveres era espantosa: cien gramos de pan al día, aproximadamente cien gramos de carne en conserva, algo de sopa.
»Cuando el mariscal de campo Paulus se rindió el 31 de enero no tenía absolutamente ningún sentido que siguiéramos resistiendo. No hubo ninguna orden de rendición en nuestra división. Todo ocurrió por sí solo (en cierta medida). Diez días antes de la rendición nuestro cuartel general se repartió entre tres ubicaciones. La unidad de inteligencia estaba al sur de la fábrica de tractores, cerca del puesto médico principal de la 305.ª División de Infantería. A eso de las siete de la mañana (hora de Berlín) tres carros de combate rusos se aproximaron al edificio en el que estábamos, y nos rendimos. No sé cuál era la situación en otras divisiones. Después de rendirnos, nos llevaron a Orlovka, y durante el trayecto los soldados rusos nos robaron todo lo que teníamos. Para ser justo, he de decir que los oficiales rusos lo habían prohibido, pero no podían estar al tanto de todo el mundo. ¿Qué puedo decir? À la guerre comme à la guerre. La guerra es la guerra».
Pasando a su evaluación de la operación de Stalingrado, Conrady dijo que, incluso al principio, muchos oficiales pensaban que era bastante arriesgada. Los flancos del grupo que iba a avanzar sobre Stalingrado eran vulnerables. Eso no estaba mal al principio de la operación, porque se esperaba que las fuerzas alemanas iban a tomar Stalingrado muy deprisa para después avanzar hacia el norte contra la línea Ilovlin —[ilegible]— Volga, creando así un único frente desde el Volga hasta el Don y más al oeste. La obstinada defensa de Stalingrado por los rusos creó otra situación que acabó llevando a la ruina a las fuerzas alemanas […].
A la hora de describir los puntos fuertes de nuestro Ejército ruso, el teniente Conrady elogió mucho a nuestros generales, en especial al mariscal de la Unión Soviética Zhukov, que dirigió las operaciones en el sur.
«Ustedes aprendieron muchas cosas durante la guerra, y han resultado ser unos excelentes alumnos.» Más tarde, cuando describía la fuerza de la resistencia del Ejército Rojo, dijo: «Las unidades del Ejército Rojo han presentado una resistencia obstinada, pero el adversario más valiente que encontramos fue en agosto, cuando combatíamos a orillas del Don, en Dobrinskaya. Fue la Escuela de Oficiales de Krasnodar (Academia Militar de Krasnodar —capitán Zayonchkovski). Lucharon como leones. Cuando habíamos apresado aproximadamente a un centenar de ellos, el comandante
de nuestra división, el general Janeke,[13] los puso en fila y dijo que muy pocas veces había visto unos soldados tan valientes». En sus descripciones de las fuerzas individuales, el teniente Conrady dijo que la artillería y los morteros rusos eran muy buenos, pero que nuestra fuerza aérea era más débil que la suya: «La fuerza aérea de ustedes nos hizo muy poco daño, y ni siquiera últimamente nos ha causado grandes daños».
A la pregunta de en qué medida la unidad de inteligencia y las divisiones estaban informadas de las fuerzas a las que se enfrentaban, Conrady dijo: «Siempre estuvimos en una posición bastante incómoda: conseguíamos nuestra información básica de los prisioneros y los desertores. Desde junio de 1942 hemos tenido aproximadamente 30 000, de los que el 95 % testificaba que existía un fuerte sentimiento antisoviético en el ejército: los soldados luchaban únicamente por miedo, había una hambruna, y los soldados del ejército se pasaban cuatro o cinco días sin comer. Eso nos dio la impresión de que su ejército estaba a punto de desmoronarse. Por otra parte, veíamos la obstinada resistencia de las fuerzas del Ejército Rojo. ¿Cómo se explicaba? Todavía no soy capaz de entenderlo. A veces me veía en la incómoda situación de tener que presentarle a mi general transcripciones de los interrogatorios a los prisioneros. En varias ocasiones me dijo: “Pero ¿qué clase de estupideces me trae usted? ¿Acaso no ve que estas unidades del Ejército Rojo están ofreciendo una resistencia feroz?”».
Pasando a la cuestión de la propaganda entre las fuerzas enemigas, el teniente Conrady dijo que la había asumido un Departamento Especial de la unidad de inteligencia del ejército. Ese departamento de propaganda imprimía y repartía panfletos, y también utilizaba dos o tres radios móviles instaladas en vehículos. El personal de ese departamento estaba formado por los oficiales, unos cuantos traductores, unos pocos sargentos y otros suboficiales. Cuando se le preguntó por la eficacia de nuestra propia propaganda, el teniente Conrady dijo: «Su propaganda no es muy eficaz porque influye únicamente en las unidades anímicamente inestables, e incluso durante el cerco nuestros hombres estaban enteramente bajo el control de sus comandantes, hasta los últimos días. Tuvimos algunos que desertaron y se pasaron al bando de ustedes, pero solo fueron casos aislados. Creo que lo que más influía eran sus panfletos, y en cuanto a sus emisiones de radio, yo me imagino que no fueron muy eficaces. Por lo que yo sé, nadie las escuchaba.
»Sabíamos que recientemente ustedes habían estado devolviéndonos muchos prisioneros. Por supuesto, ese es el método más eficaz. Después de interrogarles, habitualmente a los prisioneros que ustedes nos devolvían los enviábamos a otras unidades de otros sectores del frente».
Para concluir, al teniente Conrady se le preguntó por las actividades de las compañías de propaganda. Las compañías de propaganda, dijo Conrady, están agregadas a cada ejército. Cuentan con entre cien y 120 hombres. Hacen lo siguiente: publican el periódico militar, para el que hay un equipo editorial especial y una imprenta; fotografían escenas de combate para enviar a la retaguardia, y también ruedan cine para enviarlo a la retaguardia (tendrán no menos de quince fotógrafos). También realizan grabaciones de audio de los soldados y los oficiales contando anécdotas de episodios individuales, así como grabaciones de voz de gente hablando sobre distintos eventos de la vida en el frente (con no menos de diez personas hablando). Las compañías de propaganda casi nunca trabajan con unidades activas en el frente. Únicamente cuando una unidad se retira para recuperar fuerzas las compañías de propaganda le proyectan películas, le ofrecen distintos tipos de conferencias, y también organizan actuaciones de compañías de cabaret que traen desde Alemania.
Comandante Koltinin, jefe de la 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
Capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército
INFORME
sobre el interrogatorio político del prisionero de guerra Bredahl, Waldemar,
intérprete, 389.ª División de Infantería
Dubovka, 6 de febrero de 1943
Interrogado por el capitán Zayonchkovski, instructor jefe, 7.ª Sección,
Departamento Político, 66.º Ejército
Bredahl, Waldemar. Nacido en 1904 en San Petersburgo.
Luterano. Soltero. Su padre fue un ingeniero que tenía una fábrica de laminado de piedra en San Petersburgo. Estudió en el Instituto de Bachillerato de San Petersburgo. En 1918 se mudó a Estonia con sus progenitores, donde vivió hasta 1940. En 1940 se instaló en Alemania (Posen). Profesión: representante comercial, trabajó para la empresa Untech [?] de Posen. Reclutado el 2 de octubre de 1942. Llegó al frente el 4 de noviembre de 1942, como intérprete para el punto de recogida de prisioneros del 389.º Regimiento de Infantería.
Preguntado por la actitud de las tropas alemanas durante los últimos días del cerco, Bredahl dijo: «El 22 de enero nos replegamos a Stalingrado, y la mayoría de oficiales se daban cuenta de que resultaba inútil seguir resistiendo, y que tan solo conllevaría una pérdida de vidas humanas carente de sentido. Los oficiales lo comentaban abiertamente entre ellos, e incluso les sorprendía que sus comandantes no hubieran empezado a negociar una rendición. Hacia el final, eso era de lo único que hablaban. En cuanto a los soldados, no conocían la situación real, de modo que seguían esperando que nos llegara ayuda. La principal razón de que nos rindiéramos fue que habíamos agotado todos nuestros recursos, y también que nuestra situación era desesperada porque no podíamos contar con recibir ayuda de ninguna parte. El 1 de febrero, el capitán Stegner, comandante del cuartel general, me llamó y me ordenó a mí, el intérprete, que saliera con una bandera blanca para anunciar que este edificio era un hospital de campaña y que no iba a ofrecer resistencia. El 2 de febrero, en torno a las ocho de la mañana, oí a alguien que gritaba: “Traductor, sal, hay tres carros de combate rusos delante de la puerta”. La tripulación de los carros de combate rusos empezó de inmediato a quitarnos las armas y los relojes».
«En cuanto a la disciplina», afirmaba Bredahl, «no me consta que se quebrantara muchas veces, aunque efectivamente fue en declive durante los últimos días previos a la rendición. Por ejemplo, vi cómo algunos soldados a los que habían enviado a la línea del frente aparecían una hora más tarde en el puesto de mando. Y tampoco obedecían las órdenes posteriores de volver a las trincheras.»
Cuando se le preguntó por el Ejército Rojo, Bredahl dijo: «La artillería de ustedes es muy eficaz, y sus morteros también son buenos. En cuanto a la fuerza aérea, no es tan fuerte como la nuestra. En primer lugar, sus aviones le tienen miedo a nuestros cazas, porque a menudo los derriban, y, en segundo lugar, raramente dan en el blanco, aunque últimamente han podido sentirse más cómodos, dado que nuestra artillería antiaérea ha estado inactiva. Respecto a los comandantes del Ejército Rojo, la opinión que circula entre nuestros oficiales es la siguiente: los rusos han aprendido a combatir de nosotros, los alemanes, y ahora saben combatir bastante bien».
Al hablar de las condiciones de los prisioneros de guerra rusos, Bredahl testificó que el 13 de enero el mando de su división emitió una orden que exigía el fusilamiento de dos prisioneros por cada uno que se escapara. Esa orden llegó como respuesta al rápido aumento de evadidos en enero. Según Bredahl, la orden no se cumplió. «Sus prisioneros de guerra estaban en unas condiciones muy duras. Últimamente no recibían nada de pan, pero antes del cerco recibían raciones de 370 gramos de pan y sopa de caballo.»
Comandante Lerenman, instructor, 7.ª Sección, Departamento Político, 66.º Ejército