Stalingrado
Un teniente de Odesa: Alexander Averbuj
Hubo un paciente que nos hizo romper a llorar. Era un joven teniente, nacido en 1922. Ocurrió en Burkova, en octubre. Cuando llegó estaba herido, y hubo que amputarle las piernas. Era de Ucrania. Toda su familia —su madre, su padre, su novia— se había quedado allí, y él no sabía si estaban vivos. Nos estaba contando todo aquello y expresando el gran odio que sentía por el enemigo antes de que le amputaran las piernas, mientras le preparaban para la operación, y después estuvo media hora en la mesa de operaciones. La operación se realizó con anestesia. Después le dimos de comer y de beber, y él nos pedía que le vengáramos todo el tiempo que permaneciéramos en Stalingrado. Después le enviaron a un hospital en la retaguardia.
Muy pocos de los heridos graves se desanimaban o empezaban a pensar únicamente en sí mismos. La mayoría seguía con la moral alta, y si acaso se desmoralizaban tan solo un momento durante la operación. Después, el soldado empezaba a contarnos cómo le habían herido, y a manifestar su ira y su deseo de vengar a la patria. Algunos de los soldados con heridas leves llegan aquí y ya no piensan en sí mismos como hombres. Otros llegan con heridas graves pero sin desanimarse.
Llevo cinco años como enfermera quirúrgica, y la carnicería no tiene fin. Nunca había visto semejante cantidad de sangre hasta ahora. Sé que debería olvidarlo —es mi trabajo. Pero por supuesto eso no significa que no sienta empatía por los heridos, o que les vea con indiferencia. He visto muchas cosas, pero no debería comportarme de una forma que influya en mi manera de tratar a los heridos. Durante una operación difícil, si mi mente está en otro lugar, y no estoy pendiente de la operación, no puedo hacer nada bien.
No estoy en el Komsomol, pero voy a pedir el ingreso en el partido
Creo que una mujer en el ejército es igual de útil que un hombre, con algunas excepciones, por supuesto. Pero esas excepciones también existen en tiempos de paz. A veces me siento verdaderamente ofendida al ver que alguien trata con desprecio a una mujer: ¿una mujer en el ejército? Yo sé que me alisté en el ejército para cumplir con mi deber. Que la gente piense lo que quiera.
UN TENIENTE DE ODESA: ALEXANDER AVERBUJ
Las siguientes entrevistas con el teniente primero Alexander Averbuj y con el teniente coronel Alexander Gerasimov ofrecen un cuadro de un regimiento de la 35.ª División de Fusileros de la Guardia mientras defendía la ciudad contra las tropas de las divisiones pánzer alemanas que avanzaban desde el Don en agosto y septiembre de 1942. La división se formó a principios de agosto con tropas del 8.º Cuerpo Aerotransportado, cerca de Moscú, y fue desplegada de inmediato en el Frente de Stalingrado, donde iba a integrarse en el 62.º Ejército. El viaje a Stalingrado duró cinco días, y fue reiteradamente interrumpido por los ataques aéreos enemigos. Casi todas las estaciones a lo largo del trayecto habían sido destruidas en los bombardeos. Gerasimov pudo ver los cadáveres de los soldados soviéticos en los vagones de tren carbonizados a lo largo del terraplén. Era la primera vez que muchos de los soldados de Gerasimov experimentaban un bombardeo enemigo, y eso exigía, según sus palabras, que «había que darles un repaso». En los extractos de las entrevistas, Gerasimov describe el caos de las semanas posteriores, y señala la deficiente coordinación entre los mandos del ejército y los comandantes sobre el terreno, así como la mala calidad de la información de inteligencia soviética sobre el enemigo.
Su regimiento fue estacionado en un primer momento en la orilla oriental del Don. Tras una brutal jornada de marcha de más de treinta kilómetros bajo un calor abrasador —los soldados tenían que cargar con todo su equipo y su armamento, incluido el cañón de 45 mm del regimiento— llegaron a su destino: Peskovatka. Allí el regimiento debía construir una cabeza de puente al otro lado del río. Para entonces, los alemanes ya habían concentrado varias divisiones en la orilla del río, de modo que les enviaron una nueva orden: detener el avance alemán en las inmediaciones de Kotluban, a otros veinte kilómetros al nordeste. Poco después recibieron la orden de detener el avance alemán, que para entonces había abierto brecha cerca de la localidad de
Bolshaya Rossoshka, a treinta kilómetros al oeste de Stalingrado.[86] En medio de la confusión, perdieron el contacto con el convoy de suministros.
Aunque al regimiento se le habían agotado los víveres y la munición, el mando del frente ordenó a Vasili Glazkov, comandante de la división, tomar una colina cercana. Glazkov informó por teléfono a sus jefes de batallón que estaba dispuesto a ejecutarles personalmente si no lo lograban. Mientras tanto, llegó un telegrama del cuartel general del ejército elogiando a los soldados y los comandantes de la división por su «valentía» y su «heroico valor», e instándoles a aniquilar a la «manada de fascistas». Gerasimov mandó leer aquel telegrama a sus tropas justo antes del comienzo de los combates. El regimiento tomó la colina, pero perdió a 350 hombres en aquella acción. Unos días después el regimiento abandonó la colina cuando la 24.ª División Pánzer alemana la rebasó por ambos lados y amenazaba con rodearla. El relato del teniente primero Averbuj describe la posterior retirada y los incesantes combates contra la 14.ª y la 24.ª Divisiones Pánzer en los suburbios del suroeste de Stalingrado.
Una unidad del Ejército Rojo cerca de Stalingrado, agosto de 1942.
El teniente, de veintidós años, se mostraba locuaz, y hablaba francamente de su disoluto pasado de vagabundo y de ladrón. No llegó a ser «humano» hasta que no ingresó en las instituciones del Estado soviético. Su biografía se parece a la de los jóvenes indigentes de los escritos de Andréi Makarenko, el educador reformista ucraniano, unos jóvenes que encontraron su «camino en la vida» a través de una serie de medidas disciplinarias y motivacionales ad
hoc.[87] Otras instituciones soviéticas de la era anterior a la guerra, entre ellas la NKVD, hablaban de «volver a forjar» a esas personas: una reeducación, en ocasiones violenta, de los «enemigos de clase» para convertirlos en ciudadanos soviéticos sensatos. El testimonio de Averbuj deja claro que los soldados del Ejército Rojo seguían pensando según las categorías de transformación y autorrealización de la era revolucionaria.
La entrevista de Averbuj es insólita porque no la llevó a cabo un representante de la Comisión Histórica, sino un comisario político de la
compañía de Averbuj, Innokenti Gerasimov.[88] En una carta fechada en noviembre de 1942, Gerasimov fue a ver a Isaak Mints con la idea de escribir la historia del Regimiento de Guardia. Mints escribió a la administración de la reserva del Ejército Rojo pidiendo que dispensaran del servicio de armas a Gerasimov durante dos meses, para que pudiera ayudar a la comisión. La colaboración entre Gerasimov y Averbuj recuerda al dúo formado por los comisarios Furmanov y el comandante Chapayev durante la guerra civil. De la misma forma que Furmanov ayudó al tosco Chapayev a aprender autocontrol y a tomar conciencia de sus actos, Gerasimov hizo de mentor de Averbuj en su proceso de convertirse en un combatiente modélico. No cabe duda de que Gerasimov tuvo que ver con la decisión de alistar a Averbuj en el partido después de que resultara herido el 28 de agosto, un suceso que en aquel momento marcó el clímax del desarrollo personal de Averbuj.
Fechadas el 17 de diciembre de 1942, las entrevistas con Averbuj y con el comandante del regimiento, Alexander Gerasimov (al que no hay que confundir con Innokenti Gerasimov), fueron las primeras transcripciones sobre la defensa de Stalingrado que llevó a cabo la comisión de Mints. Es muy probable que las entrevistas se realizaran en Moscú, donde ambos soldados habían sido enviados para ser condecorados: como Héroe de la Unión Soviética (Gerasimov) y con la Orden de la Bandera Roja (Averbuj). La estenógrafa, Alexandra Shamshina, formaba parte de la delegación que llevó a cabo las entrevistas en Stalingrado con muchos otros testigos presenciales de la batalla a partir de enero.
TRANSCRIPCIÓN
de la entrevista realizada al camarada teniente primero Alexander Shapsovich
AVERBUJ
Comandante de una compañía de fusileros anticarro, 8.º Regimiento
Aerotransportado de la Guardia
Entrevista realizada por I. P. GERASIMOV, Héroe de la Unión Soviética 17 de diciembre de 1942
Estenografía por Shamshina[89]
(Candidato a la Orden de la Bandera Roja)
Nací en Dubossari, en la RSS de Moldavia, y posteriormente me trasladé a Odesa, donde viví muchos años. Tenía once años cuando llegué a Odesa. Me escapé de casa, estaba solo. Conocí a algunos chicos de la calle y me hice amigo de ellos. La primera vez que participé en un robo menor todavía iba al colegio. Después renuncié a los delitos menores y pasé a hacer trabajos más serios. Me convertí en el jefe de una banda. Tenía catorce o quince años. Dejé de cometer yo los robos. Mis compañeros me traían todo el botín, y yo lo repartía, y mientras tanto seguía yendo al colegio. He viajado por toda la Unión Soviética. No hay una sola ciudad de la Unión Soviética en la que no haya estado.
Después abandoné la escuela secundaria, empecé a ir a clases nocturnas, aprobé algunos exámenes —y mientras tanto seguía siendo un ladrón. Y entonces ya me resultó imposible seguir viviendo en Odesa. Me mudé a Tiraspol, donde aprobé mi último examen y decidí convertirme en un ser humano decente. Estuve estudiando todo el verano, pero seguía bebiendo, saliendo y quedando con chicas. En 1938 ingresé en un instituto industrial. La competencia era dura: ocho personas para cada plaza. Fui uno de los mejor clasificados. Durante el segundo curso decidí dejar aquella vida, quería ser alguien mejor. Me presenté voluntario al ejército. Todos mis amigos estaban en la cárcel. Yo era el único que quedaba. Después encontré nuevos amigos y volví a salir de juerga por ahí.
Yo quería mucho a mi madre, pero no quería a mi padre. Quería a mi hermano pequeño. Todos ellos influyeron en mí. Pero sobre todo yo quería a una chica del instituto médico. Ella también me quería, pero sólo a condición de que renunciara a mi antigua vida. En Odesa empezaron a llamarme Sashka Borrón. A partir de ahí decidí dejar a un lado mi antigua vida y empecé a estudiar. En el instituto me iba bien, y había dejado de robar; pero mis antiguos amigos me estaban ayudando. Había veces que salía y veía que mis amigos se lo estaban pasando muy bien —pero yo no podía. Yo quería a aquella chica y tuve que renunciar a mis amigos.
En 1938 me presenté voluntario al ejército. Solicité ingresar en el cuerpo de carros de combate, pero no pude entrar por mi edad. Me alistaron en el regimiento local, el 138.º de Fusileros. Estuve un año como soldado raso en la oficina de personal, y me licencié en la academia del regimiento. Después me nombraron jefe de pelotón. Más tarde, por orden del comisario del Pueblo, todo el que hubiera terminado la educación secundaria y tuviera algo de educación de tercer nivel podía acceder a las academias militares. Yo pensé que podía intentar entrar en el instituto de aviación. Presenté mi solicitud y la aprobaron. Pero justo en aquel momento me pidieron que fuera con un grupo a la 1.ª Academia de Artillería de Kiev. Aquello me gustó, y decidí quedarme. Me licencié en aquella academia, y me quedé con el grado de jefe de pelotón. Formé parte de un regimiento de cadetes que partió para el frente a las nueve de la noche del 22 de junio [de 1941].
Nuestro campamento estaba en Rzhishchev. [90] Dispararon una salva de tres cañonazos y partimos hacia el frente. (Todos estábamos muy animados antes de salir para el frente.) La primera vez que nos disparó la aviación enemiga fue el día 26. Estábamos en un bosque muy grande, de modo que dejamos la carretera y nos pusimos a cubierto. Sufrimos algunas bajas —unos diez heridos en nuestro regimiento. Nada grave. Pero sufrimos bajas más
graves en la aldea de Zhuliani,[91] donde el enemigo vino directamente contra nosotros. En aquel momento yo era el jefe del 1.º Pelotón de Artillería. He vivido muchas cosas, pero nunca he sido un cobarde. Me preocupaba quedar como un miedoso delante de mis subordinados. La batalla terminó en victoria. El enemigo fue derrotado.
Los alemanes eran insistentes. Mi batería les disparó a corta distancia con bote de metralla. Yo resulté herido. Después de aquella batalla me ascendieron a teniente, cuando partimos de Kiev hacia Krasnoyarsk. Estuvimos tres meses combatiendo. Nuestro regimiento fue relevado por otras unidades […] A partir de agosto [de 1942] fui comandante de una compañía en un regimiento de fusileros anticarro, y fui al frente con ellos.
Yo daba formación a los soldados de mi batería cuando todavía estábamos en la retaguardia. Yo les tranquilizaba, les mandaba hacer maniobras nocturnas, marchas nocturnas de cien kilómetros por terreno abrupto, a través de los pantanos, del agua, etcétera. Tuvimos una inspección. Durante un ejercicio con fuego real mi batería consiguió una calificación de excelente.
Sentí una gran alegría cuando la brigada pasó a denominarse Regimiento de la Guardia, en primer lugar porque el regimiento, sin ser […] había conseguido aquel título de la Guardia, y en segundo lugar porque para entonces estábamos de camino a Stalingrado, donde vivían mi madre y mi hermana.
El 5 de agosto de 1942 salimos hacia el frente. Mi compañía estaba formada por tres pelotones. El 1.º Pelotón estaba comandado por el teniente Kanonetko, el 2.º Pelotón por Miasnikov, y el 3.º por Kopeykin, que había resultado herido en una pierna. Mi subcomandante era el teniente
Novoshitski, y Gerasimov[92] era el comisario político de la compañía. Partimos todos hacia el frente. Se organizaron unas clases de camino hacia allí. Gerasimov dirigía los debates, y mi segundo y yo nos encargábamos de la instrucción de combate.
Llegamos a Stalingrado el día 10. Después de apearnos de los trenes, nuestra compañía marchó hasta Gavrilovka, donde nos atrincheramos y tomamos posiciones. La primera batalla empezó el 21 de agosto. Le pedí unos cuantos periódicos al comisario político Gerasimov y recorrí en coche las unidades para repartirlos y para hablar con los hombres. Pero antes de que llegáramos al 2.º Batallón, dos de nuestros vehículos quedaron inutilizados por el fuego de las ametralladoras, y los conductores resultaron heridos. Tenían impactos de bala en las manos. Yo les vendé las heridas. Decidimos ir corriendo hasta los batallones, pero uno de los conductores me agarró y no me soltó.
No muy lejos de nuestros vehículos había un grupo de tropas aerotransportadas que se habían dispersado durante el bombardeo. Algunos soldados estaban heridos. Yo los reuní a todos y puse al mando al teniente Sosnin. Le dije que era responsable de todos y cada uno de aquellos hombres, y que cuando terminara el bombardeo tenía que presentarse en el puesto de mando del regimiento.
Por supuesto, no tuve ocasión de repartir los periódicos. Los combates eran muy violentos. Volví al puesto de mando del regimiento. Me ordenaron avanzar para averiguar dónde estaban los carros de combate enemigos y destruirlos. Fui con un destacamento que pertenecía a Aratiunian, un teniente primero. Al principio de la batalla de carros de combate había cuatro tanques nuestros contra ocho del enemigo. Dos de los nuestros estaban ardiendo, pero sus tripulaciones no podían salir. Fui con dos soldados, Leonovi y Matiuja, trepamos a lo alto de los carros de combate y sacamos a un teniente y a dos sargentos. No pudimos llegar al segundo carro de combate porque estaba demasiado cerca de los alemanes. También logramos rescatar a un hombre que había sufrido quemaduras graves. Bondar y Karpenko se subieron al siguiente carro de combate y le sacaron de allí. Le enviaron a una unidad médica en Grechi, y los demás fueron al puesto del mando del 101.º Regimiento.
Entonces empezamos a disparar a los carros de combate con nuestros fusiles anticarro, y ellos se retiraron. Después nos dieron la orden de replegarnos, y eso fue lo que hicimos […].
Luego fui al puesto de mando del batallón. Allí se había creado una situación muy difícil. No había ni un solo observador de artillería en las líneas del frente. Una columna motorizada avanzaba contra nosotros, y un grupo de carros de combate nos estaba flanqueando por la izquierda, donde teníamos baterías anticarro, pero no teníamos a nadie para proteger nuestro flanco derecho. Todo aquello estaba sucediendo en la colina 137.2. Yo apunté, determiné la desviación inicial, y procedí a destruir la columna.
Estuve tranquilo todo el tiempo, porque estaba completamente absorto en mi tarea. Después dirigí nuestro fuego de artillería contra una columna de infantería que intentaba rodear nuestro flanco izquierdo. Había media docena de carros de combate y un par de pelotones de infantería. Repelimos sus ataques, los aniquilamos completamente. Por cierto, era un día cálido y soleado. Las dos de la tarde. Nubes de polvo y humo —no se podía ver nada, la luz del sol apenas podía pasar. Toda la columna fue destruida. Nuestros soldados habían neutralizado cuatro carros de combate y aniquilado dos pelotones de infantería.
Para señalar nuestro éxito a la hora de repeler el ataque alemán, el capitán Klashin organizó una cena en la línea del frente a modo de celebración. Trajeron nata agria y leche, algo de vodka, y cordero asado. Brindamos por haber derrotado a la columna. Incluso el comisario político Klashin me dio un beso.
Mi mayor alegría llegó aquella misma tarde, después de la batalla, cuando fui admitido como candidato a miembro del partido allí mismo, en la línea del
frente. Aquella noche fui al puesto de mando a ver al coronel Gerasimov.[93] Le habían dicho que yo estaba muerto, y todo el mundo se sorprendió al verme aparecer sano y salvo.
El 8 de septiembre me ordenaron defender un sector determinado junto con el batallón del capitán Lizunov. Dimos una vuelta para echarle un vistazo al sector. Realmente no contábamos con muchos efectivos. Mi compañía ascendía a veintidós hombres y seis fusiles. Me llevé a mi compañía algunos hombres de la 20.ª Brigada Anticarro.
Inspeccionamos las posiciones de fuego, y todo estaba como tenía que ser. Asignaron los puestos avanzados al teniente Kashtanov y su pelotón. Lizunov se quedó en el flanco izquierdo, y yo fui con un pelotón al flanco derecho. Acordamos que, en caso de ataque, lucharíamos hasta el final, y que ninguno de nosotros haría un movimiento sin los demás. Estábamos decididos a cumplir nuestra misión de combate o a morir en el intento. Yo le expliqué brevemente nuestra misión a los soldados, diciéndoles que teníamos que mantener la defensa a pesar de la superioridad de las fuerzas enemigas. Por la noche nos aseguramos que todos los soldados se alimentaran bien y después intentamos descansar un poco.
Los primeros disparos llegaron a las cuatro de la madrugada, eran
disparos de un Vaniusha, el sistema de mortero alemán de seis cañones.[94] El enemigo lanzó su ataque. Había un muro ininterrumpido de carros de combate, con la infantería a su zaga. Teníamos un pelotón de fusileros anticarro en las trincheras, pero no estaban en una buena posición para disparar contra aquellos carros de combate, porque nosotros esperábamos que llegaran desde la derecha, mientras que en realidad llegaron rodeando una colina a nuestra izquierda, de modo que no disponíamos de una buena línea de tiro. Tuvimos que renunciar a las trincheras y disparar contra los carros de combate en campo abierto. Inutilizamos ocho tanques. Los alemanes los remolcaron y se los llevaron de inmediato. Quienes eliminaron aquellos carros de combate fueron los soldados Nikolayev, Bereznikov y Nikitin. Aunque Nikitin era un administrativo de intendencia, sabía utilizar un fusil.
Luchamos hasta el final. Cuando se nos agotó la munición, utilizamos las granadas para destruir los carros de combate. Los soldados se iban retirando a la izquierda y a la derecha. Habíamos perdido el contacto con el batallón. Me trasladé al puesto de mando de Lizunov. Lo único que me quedaba era un fusil y ocho cartuchos. Ordené a los hombres que no los malgastaran.
Trepé hasta el puesto de mando. Por el camino, el cargador de mi máuser se partió. Informé a Lizunov de la situación. Habíamos perdido toda comunicación con las compañías y con el cuartel general del regimiento. Si enviábamos a un mensajero a pie, lo matarían nada más salir. Pero teniendo en cuenta que habíamos jurado aguantar hasta el final, eso era lo que íbamos a hacer. En el búnker sólo quedábamos el capitán Lizunov, su mensajero y yo. No teníamos a nadie más. No estábamos en contacto con nadie. Las tropas de la infantería alemana nos habían rebasado, y ahora estábamos en su retaguardia. Descubrieron nuestro búnker. Yo tenía mi máuser, una bolsa de cartuchos y un subfusil. Lizunov tenía un subfusil y tres granadas anticarro sin mecha. Decidimos salir uno por uno. Yo tenía que cubrirle. Él iba a avanzar doscientos metros y después saldría yo. Éramos tres.
Lancé las granadas anticarro. No explotaron. Para entonces el capitán Lizunov había corrido unos 150 metros y recibió un tiro en el muslo izquierdo. Me dijo: «No salgáis, lo tienen cubierto. Me han dado en una pierna». Yo corrí hasta él y le vendé la herida, pero la estaba apretando tanto que la venda se desgarraba constantemente. Intentaba darme prisa porque los alemanes estaban de camino. Por fin logré atar la venda, pero seguía saliendo sangre. Cargué a Lizunov a mi espalda y me arrastré unos cincuenta metros. Había un emplazamiento antiaéreo. Estaba intentando levantarle por encima del parapeto cuando me dieron en el muslo derecho. Ya había usado las vendas con el capitán Lizunov, de modo que tuve que arreglármelas sin ellas. Después de recuperarme un poco, empezamos a avanzar, yo ayudando al capitán. Seguimos avanzando durante dos horas. El capitán Lizunov daba pocas señales de vida, pero yo le oía susurrar, me decía que le dejara allí y que me salvara yo. Obviamente no le abandoné.