Stalingrado
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Agradecimientos
Este libro ha sido un esfuerzo colaborativo de principio a fin, y quisiera dar las gracias a todas las instituciones y personas que han contribuido a hacerlo realidad. Me gustaría empezar dando las gracias a los directores y al personal de los institutos ruso y alemán que apoyaron conjuntamente el trabajo con las transcripciones. Por parte rusa, se trata de Andréi Sajarov y Liudmila Kolodnikova (hasta diciembre de 2010), y de Yuri Petrov y Serguéi Zhuravliov (a partir de 2011), del Instituto de Historia Rusa de la Academia de Ciencias de Rusia. Serguéi Zhuravliov, en particular, siempre estuvo ahí para brindarme su ayuda y sus consejos, igual que los especialistas en archivos del instituto, Yelena Maleto y Konstantin Drozdov. Por parte alemana, estoy especialmente agradecido a Bernd Bonwetsch, el director fundador del Instituto Histórico Alemán en Moscú. Su compromiso y su talento para la diplomacia fueron indispensables. También tengo una gran deuda de gratitud con su equipo sucesor —Nikolaus Katzer, Victor Dönninghaus, Sandra Dahlke y Brigitte Ziehl— por su constante apoyo y por sus activos esfuerzos. Además, me gustaría expresar mi enorme gratitud a la Fundación Fritz Thyssen y a su director, Frank Suder, por su generoso y beneficioso apoyo al proyecto. Durante casi tres años, la fundación financió a un pequeño grupo de investigadores que ordenaron y estudiaron las transcripciones de Stalingrado, junto con muchos otros documentos de la época de la batalla.
Mi equipo de investigación —Daria Lotareva (Moscú), Svetlana Markova (Voronezh), Dina Fainberg (Londres) y Andréi Schcherbenok (Moscú)— realizaron un trabajo excepcional evaluando y escaneando las transcripciones y poniéndolas a disposición del grupo a través de su intranet. Svetlana Markova mecanografió muchos cientos de páginas, y Daria Lotareva realizó una gran parte del trabajo en los archivos, e investigó la historia, hasta entonces prácticamente desconocida, del origen de la Comisión Histórica. Todos los miembros del equipo debatieron qué documentos debían aparecer en el libro y en qué forma. Nos reunimos una vez en Moscú; todas las demás comunicaciones tuvieron lugar a través de intranet y por Skype. Tengo que darle las gracias a todos ellos por una colaboración muy gratificante.
Omer Bartov fue el que me encauzó por este camino hace muchos años. Yo le conté mi idea de examinar las ideologías soviética y nazi alemana en forma de diálogo. «¿Por qué no escribes sobre Stalingrado?», me sugirió.
Durante mi investigación hablé con Tatiana Yeriomenko, Natalia Matiujina (de soltera Rodímtseva), Bode Roske y Alexander Chuikov, y les doy las gracias por compartir conmigo sus recuerdos de sus padres, y por los documentos relativos a la batalla de Stalingrado, algunos de los cuales han acabado apareciendo en este libro. Además, Albert Nenarokov me aportó algunos detalles reveladores de la vida de su mentor, Isaak Mints, que no figuran en ninguna de las biografías que se han publicado sobre él.
Bernd Bonwetsch, Paul Clemens, David Glantz, Igal Halfin, Peter Holquist, Katinka Patscher, Jan Plamper, Lennart Samuelson y Gerd R. Ueberschär leyeron distintas partes del manuscrito y realizaron provechosas aportaciones. Por sus útiles comentarios y sugerencias quisiera dar las gracias a Michael Adas, Svetlana Argastseva, Antony Beevor, John Chambers, Andréi Doronin, Mark Edele, Alexander Epifanov, Ziva Galili, Serguéi Kudriashov, Jackson Lears, Yan Mann, Zohar Manor-Abel, Annelore Nitschke, Serguéi Oushakine, Ingrid Schierle, Wulf Schmiese, Joyce Seltzer, Yelena Seniavskaya, Matthias Uhl, Liuba Vinogradova, Amir Weiner y Larisa Zajarova, así como a los participantes en los congresos de Moscú, Los Ángeles, Zúrich, Princeton y París, donde presenté diferentes partes del proyecto.
Me gustaría agradecer el apoyo de la Universidad Rutgers, que me concedió una excedencia para que pudiera terminar este libro, y a Sylvia Nagel, que me ofreció su ayuda como experta en múltiples ocasiones cuando preparábamos por primera vez el manuscrito para su publicación.
El libro se publicó originalmente en alemán en otoño de 2012. Para la edición en lengua inglesa he modificado partes sustanciales, incorporando material de archivo recientemente publicado, así como las críticas y las sugerencias de otros expertos, muchos de los cuales se mencionan más arriba. Por su trabajo en la edición inglesa estoy muy en deuda con el trabajo de varios traductores: Christopher Tauchen ha realizado un trabajo magistral, al traducir al inglés todos los pasajes originales en ruso. Contó con los consejos de Robert Chandler, el traductor de Vida y destino, de Vasili Grossman, y una autoridad sin igual en la literatura sobre Stalingrado. Vitali Eyber tradujo los pasajes en ruso del primer capítulo. Dominic Bonfiglio no se limitó a traducir al inglés mis capítulos y secciones; intervino activamente para aclarar mis pensamientos, en ocasiones un tanto enrevesados.
Me siento afortunado por trabajar con la editorial PublicAffairs. Su director, Clive Priddle, tuvo toques de genialidad en reiteradas ocasiones, incluida la elección del título en inglés. Su equipo, coordinado por Melissa Raymond, Maria Goldverg y Chris Juby, ha sido ejemplar. También tengo que darle las gracias a la editora del texto, Chrisona Schmidt, por manejar con gran eficacia un manuscrito que en un momento dado estaba en tres idiomas distintos.
Es muy probable que este libro no existiera, y desde luego no en su forma actual, de no ser por la constante presencia de tres personas muy queridas. En 1984, mi padre, Hannspeter Hellbeck, me animó a aprender ruso y a estudiar historia rusa. Él mismo había aprendido el idioma a los diecisiete años, como soldado en la Segunda Guerra Mundial. Más tarde emprendió una carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Federal de Alemania, donde quiso estudiar ruso, pero desistió cuando vio lo abarrotadas que estaban las aulas. De modo que optó por convertirse en un experto en China. Entre los libros que me regaló está la primera edición en alemán de Vida y destino, de Vasili Grossman.
El amor, el humor y el sentido de la calma de Katinka, incluso como madre, me nutren y me ponen los pies en el suelo.
Pensando en nuestro hijo pequeño en relación con los horrores que se describen en este libro, espero que la vida, la nueva vida, prevalecerá sobre lo que Grossman consideraba nuestro destino.
Terminaste Stalingrado
Jochen Hellbeck
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