Stalingrado
La ciudad de Stalin
soldados mientras cabalgaba sobre su montura de un lado a otro.[91] Babel dejó constancia de una violencia brutal entre la tropa, ejecuciones de prisioneros de guerra polacos y asaltos a judíos y otros civiles. Aunque horrorizado por todo ello, continuó expresando su admiración por las heroicas hazañas y las convicciones de los soldados, que él mismo contribuyó a fomentar con los artículos que escribía desde el frente.
LA CIUDAD DE STALIN
Tanto Josif Stalin como la ciudad bautizada con su nombre habían experimentado en sí mismos la guerra civil. Hasta 1925 Stalingrado se había llamado Tsaritsin, una palabra tártara que significa «ciudad junto al río amarillo» en referencia al Tsaritsa, que desemboca en el Volga a la altura de Stalingrado. La localización junto al Volga y la línea férrea que se extendía desde Moscú hasta el Cáucaso la convertía en importante núcleo comercial y de transporte de la Rusia meridional y había favorecido su desarrollo industrial desde el siglo XIX. La fábrica de armas de Tsaritsin, fundada en 1914 y rebautizada como Barricadas Rojas tras la revolución, era la factoría de municiones más grande de Europa. El área en torno a Tsaritsin fue uno de los primeros puntos candentes de la guerra civil. Después de que los bolcheviques tomaran el poder, muchos oficiales zaristas huyeron a los asentamientos cosacos de las regiones de Don y Kubán, donde formaron un ejército de voluntarios en la primavera de 1918 para movilizarse contra los nuevos gobernantes. Las fuerzas de ocupación alemanas en Ucrania les prestaron apoyo logístico. En mayo de 1918, Stalin, como Comisario del Pueblo para Asuntos Nacionales, recibió el encargo de aumentar el suministro de alimento procedente del norte del Cáucaso. Debido a los combates, el tren que transportaba a Stalin y sus soldados del Ejército Rojo quedó atascado en Tsaritsin, donde unió sus fuerzas a las del 10.º Ejército, formado apresuradamente por partisanos bajo el mando de Voroshílov. Mientras, el Ejército Blanco, junto con un ejército cosaco aliado bajo la dirección de Ataman Piotr Krasnov, se había ido abriendo camino desde el sur y el oeste hacia la ciudad. Aunque la tarea encomendada a Stalin era de naturaleza civil y él no tenía ninguna experiencia militar, se hizo con las riendas. En una carta a Lenin, exigía que el general Andréi Snesarev, comandante del Ejército Rojo en el distrito militar del Cáucaso norte, que todavía seguía llevando sus charreteras zaristas, fuera fusilado. Lenin cedió a la presión de Stalin. A mediados de agosto de 1918 Stalin declaró la ciudad bajo asedio y ordenó que la burguesía que la habitaba se pusiera a cavar las trincheras. Los defensores soviéticos se referían a Tsaritsin como un «Verdún Rojo» que jamás se rendiría a los Blancos y a los entrometidos extranjeros que los apoyaban. Un contraataque hizo retroceder a las tropas enemigas más allá del Don, pero para septiembre los soldados de Krasnov habían recuperado su terreno. Una vez más, se produjo un conflicto entre Stalin y un ex comandante zarista al servicio del Ejército Rojo, que también una vez más acabó con la dimisión del comandante. Trotsky, furioso, ordenó a Stalin que volviera a Moscú inmediatamente. Sin embargo, a mediados de octubre, el Ejército Rojo había
puesto fin al asalto de los blancos sobre Tsaritsin.[92]
El papel que Stalin desempeñó en la salvación de la ciudad es objeto de disputa. La primera vez después de su muerte, y de nuevo tras la descomposición de la Unión Soviética, los críticos han planteado dudas sobre
la sagacidad de Stalin a la vista de las enormes pérdidas.[93] Pero en aquel momento, algunos admiraron la brutalidad del enfoque de Stalin. En 1919, un oficial del Ejército Blanco que se había infiltrado como espía en el Ejército Rojo durante el asedio de Tsaritsin escribía alabando las despiadadas medidas de Stalin. Cita un ejemplo en el que Stalin, convencido de que la burguesía de la ciudad albergaba sentimientos contrarrevolucionarios, puso unas cuantas docenas de funcionarios y civiles en una barcaza y amenazó con hacerla volar si los habitantes de la ciudad no se ponían de parte del Ejército Rojo. El oficial fue también testigo de las grandes dotes de Stalin como agitador:
Cuando se trataba el tema de la habilidad militar, solía decir: «Está muy bien que todo el mundo
hable de la necesidad de poseer habilidad militar, pero si el general más competente del mundo no
cuenta con un soldado diligente convenientemente concienciado por los agitadores, créanme que
no podrá hacer nada contra un puñado de revolucionarios motivados, por pocos que sean». Y
Stalin, conforme a su convicción, no escatimó nunca en propaganda, en la publicación y
distribución de periódicos, ni en enviar a agitadores.[94]
Gracias a Stalin, continuaba narrando el espía blanco con tristeza, la ciudad llevaba el nombre de «Tsaritsin Rojo». El oficial también explicaba las muchas bajas en el bando soviético: eran resultado de su exitosa desinformación.
Para el final de la guerra civil, Tsaritsin había sido sitiada muchas veces, y sin embargo en la memoria soviética la defensa de la ciudad fue asociada con Stalin incluso antes de que fuera rebautizada de nuevo en 1925. El culto a Stalingrado empezó a florecer en la década de 1930. Tras el éxito de Chapayev, los hermanos Vasiliev empezaron a trabajar en una película sobre la defensa de Tsaritsin. La filmación sufrió algunos retrasos, y la primera
parte no pudo estrenarse en los cines hasta abril de 1942.[95] La película sigue el mismo esquema que Chapayev, con Voroshílov detrás de una ametralladora Maxim, repeliendo sin ayuda de nadie un ataque para intimidar a los rojos. Pero esta vez no eran los blancos, sino los alemanes (equipados — anacrónicamente— con cascos de la Wehrmacht) los que estaban en el lado enemigo. El general zarista que presta servicio a los bolcheviques quiere rendir Tsaritsin, pero Stalin se resiste. «Para salir victorioso hay que luchar.» La película culmina con Stalin pronunciando un discurso ante los trabajadores de Tsaritsin: «Una muerte con honra es mejor que una vida mezquina y esclava. […] ¡Adelante por la madre patria!».
Los sorprendentes paralelismos entre la Defensa de Tsaritsin y la defensa de Stalingrado pueden ser mera coincidencia, pero también sugieren que la época de la guerra civil y sus leyendas sirvió de modelo para la Segunda Guerra Mundial. Al igual que en la batalla de Tsaritsin, Stalin prohibió la evacuación de su ciudad homónima, declaró el estado de sitio y llamó al sacrificio a los residentes. Veteranos de la guerra civil pronunciaron enardecedores discursos en la ciudad y en el frente, y uno de los primeros llamamientos a los habitantes de la ciudad tras el asalto alemán comenzaba con la siguiente llamada a las armas:
Al igual que hace veinticuatro años, nuestra ciudad está atravesando momentos difíciles. […] En el
trascendental año de 1918, nuestros padres defendieron el Tsaritsin Rojo ante la arremetida de las
hordas mercenarias alemanas. Y nosotros también defenderemos el Stalingrado Rojo en 1942. Lo
defenderemos y de esta manera haremos retroceder a las tropas sedientas de sangre de los
invasores alemanes. […] ¡Todos a construir barricadas! ¡Todo aquel que pueda llevar un arma, a
las barricadas, por la defensa de nuestra ciudad natal, de nuestra patria! [96]
El 6 de noviembre de 1942, un día antes de la fiesta nacional conmemorativa de la Revolución de Octubre, los periódicos soviéticos publicaron una carta abierta a Stalin firmada por los jefes y soldados del 62.º Ejército. Los signatarios juraban a Stalin y a sus «padres, los ya canosos defensores de Tsaritsin», que defenderían Stalingrado «hasta la última gota de
sangre, hasta el último aliento».[97] Los historiadores de Moscú que visitaron Stalingrado en diciembre de 1942 tampoco eran inmunes al embrujo de la guerra civil. Varios de ellos eran reconocidos especialistas en la materia; uno de ellos había publicado un documental sobre la defensa de Tsaritsin unos