Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 27 de 38

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Stalingrado

Alexander Rodímtsev, general de división de guardia

N. A. Dolgorukov: «¡Como fue… así será!». Cartel soviético de propaganda

 

de 1941.

 

En 1943, con autorización del camarada Stalin, tomé un avión para ir a Kuibishev a ver a mi familia. Coincidía exactamente con la conmemoración del aniversario del Ejército Rojo, el 23 de febrero. Me invitaron al teatro. Me convencieron para que pronunciara un breve discurso. También acudió B. M.

Shaposhnikov,[54] mariscal de la Unión Soviética. Hablaron muchas personas, y todas ellas recibieron una cordial acogida, pero cuando el último de los oradores me cedió la palabra, me quedé allí de pie como un idiota durante cinco minutos. Cada vez que abría la boca, me interrumpían con aplausos. Me daba cuenta de lo bien que comprendían nuestra situación y nuestra lucha…

 

ALEXANDER RODÍMTSEV,

GENERAL DE DIVISIÓN DE GUARDIA

Cuando comenzó la batalla de Stalingrado, Vasili Chuikov todavía no se había labrado un nombre. Todo lo contrario que Alexander Rodímtsev, un general de menor graduación y cinco años más joven que Chuikov, que ya era un héroe de guerra con numerosas condecoraciones. Al igual que Chuikov, Rodímtsev provenía de una familia campesina y de una infancia condicionada por la pobreza. Más tarde, a los veintidós años, ingresó en el Ejército Rojo, y dos años después se afilió al partido. Rodímtsev siguió la trayectoria profesional de un oficial y fue ascendiendo rápidamente. En 1936 fue enviado para trabajar como instructor de las Brigadas Internacionales en España. Bajo su mando, las tropas cosecharon numerosas victorias sobre las fuerzas fascistas, aunque no fue capaz de impedir la caída de la República española y el ascenso de Franco. A su regreso de España, Rodímtsev recibió el título de Héroe de la Unión Soviética, la más alta distinción del país.

En 1939 Rodímtsev pronunció el discurso de bienvenida en el XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista. (Que un coronel de treinta y cuatro años fuera el elegido para dar aquella charla da fe del gran hueco que habían provocado entre el generalato las purgas de Stalin durante los dos años anteriores.) En septiembre de 1939, Rodímtsev participó en la invasión soviética de Polonia y después en la Guerra de Invierno en Finlandia. En la guerra contra Alemania, Rodímtsev comandó una brigada aerotransportada que logró salir del cerco de la Wehrmacht en las proximidades de Kiev. En noviembre de 1941 la brigada se amplió para formar la 87.ª División de Fusileros, y recibió el estatus «de Guardia» en enero de 1942, a raíz de lo cual pasó a denominarse la 13.ª División de Fusileros de la Guardia.

El 9 de septiembre de 1942, la división salió de su estatus de reserva y llegó al Frente de Stalingrado el 14 de septiembre. Los primeros batallones de la división, formada por 10 000 hombres, cruzaron el Volga a última hora del día 14 y primera hora del 15. Se vieron envueltos en distintos combates con

los alemanes nada más llegar a la orilla occidental.[55] A finales de la semana siguiente, Vasili Grossman había escrito un artículo sobre la 13.ª División de la Guardia en Stalingrado. La batalla iba a decidir «el destino del mundo» y a responder a la «pregunta de todas las preguntas». Grossman retrataba a Rodímtsev, que para entonces ya había sido ascendido a general de división, como el elemento crucial de la batalla: «Temperamento, fuerza de voluntad, aplomo, rapidez de reacción, capacidad de avanzar cuando a nadie se le ocurriría ni soñar con un ataque, experiencia táctica y cautela, combinadas con audacia táctica y personal —esos son los rasgos del carácter militar de un joven general. Y el carácter del general se convirtió en el carácter de su división». Grossman le preguntaba a Rodímtsev si no «estaba exhausto por la tensión del combate durante las veinticuatro horas del día, por el incesante estruendo de los cientos de ataques alemanes que habían tenido lugar la víspera, la noche anterior, y que proseguirían mañana. “Estoy tranquilo”, decía, “así es como debe ser. Probablemente yo ya lo he visto todo: mi puesto de mando ha sido arrasado por un carro de combate alemán, y después un ametrallador alemán lanzó una granada dentro solo para estar seguro. Yo volví a lanzarla fuera. De modo que aquí estoy, luchando y seguiré luchando hasta la última hora de la guerra.” Lo decía con total tranquilidad, en voz baja. Después empezó a hacer preguntas sobre Moscú. De hecho, estuvimos

hablando de la temporada de teatro de este año».[56]

Conforme a la descripción de Grossman, Rodímtsev se muestra comedido en su entrevista con los historiadores de Moscú (a diferencia del irascible Chuikov). Habla con cautela, y se atiene sobre todo a los acontecimientos de la batalla, dedicando la mayor parte de su tiempo al intento de tomar la colina de Mamáyev Kurgán en septiembre y al asalto de la «casa en forma de L» fortificada de los alemanes a principios de diciembre. Rodímtsev hace hincapié en la importancia de una planificación y una coordinación cuidadosas entre sus regimientos para tener éxito, y destaca su propia pericia militar. No oculta en absoluto las cuantiosas bajas sufridas por su división. A principios de octubre más de 4000 soldados habían muerto o estaban heridos. Rodímtsev menciona que cuando ordenó el asalto de la casa en forma de L, algunos de sus soldados —todos ellos uzbecos, señala— se quedaron donde estaban y después fueron fusilados por su cobardía.

Rodímtsev no aborda la defensa de la denominada Casa Pavlov. Los políticos soviéticos no hincharon aquel episodio a fin de convertirlo en una grandiosa historia del espíritu del internacionalismo soviético hasta unos años

después.[57] Doce soldados del Ejército Rojo, encabezados por el sargento Yakov Pávlov y el teniente Ivan Afanassiev, se atrincheraron en un edificio residencial de cuatro plantas y apartado de la calle. Los soldados representaban hasta once grupos étnicos soviéticos diferentes (hay diferencias en los relatos): rusos, bielorrusos, ucranianos, uzbecos, calmucos y otros. Durante casi dos meses lograron contener la ofensiva alemana antes de que las tropas de la contraofensiva soviética acudieran en su ayuda el 24 de

noviembre.[58] En sus memorias, publicadas en 1969, Rodímtsev dedicaba todo un capítulo a la Casa Pavlov; al asalto a la casa en forma de L tan solo le dedicaba dos páginas. Las memorias hacen alarde del heroísmo de los soldados y de las armoniosas relaciones entre ellos, y omiten la violencia que

existía entre la tropa, así como las bajas que sufrieron en los combates.[59]

Después de Stalingrado, la 13.ª División de Guardia combatió incesantemente. Como hasta entonces, la misión de la división consistía en construir cabezas de puente. Primero cruzó el Dniéper, después el Vístula, el Oder y el Neisse. En enero de 1945, después de cruzar el Oder, Rodímtsev (para entonces teniente general) fue condecorado por segunda vez como Héroe de la Unión Soviética. Después de la guerra trabajó como inspector general de las fuerzas armadas soviéticas, y fue elegido diputado del Sóviet Supremo. Rodímtsev falleció en Moscú en 1977. En la actualidad, su hija Natalia dirige un museo escolar en Moscú dedicado a la Gran Guerra Patriótica.

 

TRANSCRIPCIÓN

de la entrevista realizada al general de división Alexander Ilich RODÍMTSEV Comandante de la 13.ª División de Fusileros de la Guardia 7 de enero de 1943

Stalingrado

Entrevista realizada por el secretario científico A. A. Belkin

Anotada por la estenógrafa A. I. Shamshina[60]

 

Nací el 8 marzo de 1905, en la aldea de Sharlik,[61] en la región de Chkalov —anteriormente la región de Oremburgo— en una familia de campesinos pobres. Tres de mis hermanas viven allí hoy en día. La menor tiene cuarenta años; la mediana, cincuenta, y la mayor, sesenta. Yo soy el menor de todos mis hermanos y hermanas. Nuestro padre falleció en 1919, nuestra madre en 1929. A mí me crió sobre todo mi madre, y más tarde aprendí a cuidar de mí mismo.

Fui a la escuela parroquial hasta 1917, después a la escuela primaria superior durante dos años, hasta 1919. Teníamos una pequeña parcela. Después entré como aprendiz de zapatero. Una de mis hermanas iba al colegio, las demás se casaron. Mi hermana, mi madre y yo vivíamos con el marido de mi hermana. Me dediqué a hacer zapatos entre 1921 y 1922. 1921

fue el año de la hambruna,[62] y cuando ya no quedó nada para comer empecé a conducir un carro.

Mi madre siempre decía que yo iba a acabar mal. Me metía en muchos líos. Ella siempre estaba llorando porque yo no podía evitar hacer travesuras en el colegio. Nuestro maestro me echó siete veces del colegio. Yo era fuerte,

y pegaba a los demás niños. Vivíamos al lado de una familia de [63] kulaks , y

yo siempre estaba peleándome con sus hijos. Primero mandaron a los pequeños, después a los que ya tenían barba. Pero siempre fueron peleas limpias —porque de lo contrario habríamos acabado ante el tribunal de la comunidad.

Mi hermana y yo íbamos al colegio juntos. Ella era una estudiante seria. En cuanto llegaba a casa se ponía a hacer los deberes. Yo prestaba atención en clase, pero eso era todo. El colegio estaba a unos cuatro kilómetros de nuestra calle, que se llamaba Otorvanka. Resulta extraño pensarlo, pero yo no tenía unos zapatos en condiciones. Nunca llevaba botas ni nada parecido, yo solo tenía mis zapatos de corteza de árbol. Se desgastan muy deprisa. Recuerdo que mi maestro siempre me daba veinte o treinta cópecs para que me comprara unos zapatos nuevos.

En el colegio sacaba buenas notas. Cuando volvía a casa solía jugar a las damas. También nos tomábamos muy en serio montar a caballo. Yo montaba a caballo desde que era muy pequeño, estuve catorce años en Caballería, después presté servicio como paracaidista, y después ingresé en la fuerza aérea.

En una ocasión me invitaron a una reunión del Komsomol, pero cuando llegué tan solo había campesinos medios y kulaks. Una chica me echó de allí y nunca volví. Soy extremadamente sensible: si alguien se mete conmigo, no me vuelven a ver el pelo. No fui miembro del Komsomol hasta que me alisté en el ejército.

En 1921 empecé a aprender el oficio de sastre y de zapatero. Es decir, era aprendiz. En el pueblo había alguien, un hombre rico, llamado Lapshin. Tenía cinco o seis obreros, y yo también trabajaba para él. Aprendía los oficios, y tan solo me daban un trozo de pan, nada más, ningún tipo de salario. Eso duró hasta 1927. Ese año me reclutaron en el ejército. Curiosamente, antes de 1927 nunca había visto el ferrocarril, ni siquiera podía imaginarme cómo era. Oía a la gente hablar de él. Mi cuñado, un antiguo soldado, hablaba de la época que estuvo en el ejército, me contaba lo grande que era Moscú, que había un Kremlin, y la campana del zar, y el cañón del zar. Me resultó bastante chocante que yo mismo terminara yendo al Kremlin para un periodo de instrucción de tres años.

En 1927 me reclutaron en el ejército y me enviaron a una unidad de escolta en Sarátov. Al principio era soldado raso, después ascendí a oficial. Ahí fue cuando me afilié al Komsomol. Fui elegido por el líder de la organización del Komsomol de nuestra compañía. Después, en cuanto terminé

el curso de oficial, fui a la Academia Militar Federal del Kremlin.[64] Me llevé una gran decepción cuando no logré ingresar en Caballería, porque me encantaban los caballos. Era lo único que me importaba. Pero por alguna razón la comisión no me admitió. Más tarde, después de haber prestado servicio durante cierto tiempo, quise hacer realidad mi sueño, hacer lo que quería hacer.

Estuve en la academia desde principios de 1929 hasta finales de 1931 —

tres años. Nos llevaron a Jodinka[65] por primera vez y allí nos examinaron. Saqué una A en matemáticas pero una D en ruso, por culpa de nuestro extraño dialecto. En 1937, cuando volví a casa, en mi familia dijeron algo así como: «¡Nuestro Sanka ha vuelto a casa!». Como tenía el dialecto tan metido en la cabeza, acababa cometiendo errores al escribir. Saqué B en todas las demás asignaturas. Me gustaba la gimnasia —la barra horizontal, las barras paralelas, el caballo con arcos. Fui atleta amateur, y como estaba en buena forma, me iba bastante bien. También se me daban bien las asignaturas militares. Durante tres años hice guardia en la Tumba de Lenin, en las Puertas

de Borivitsky y en las Puertas de Spassky.[66] Después fui admitido en la Academia de Caballería. Cuando empezamos la instrucción de manejo del caballo y saltos, le demostré a mis compañeros de lo que era capaz, pero la comisión decidió que mis notas en lengua rusa no eran lo bastante buenas. Yo dije que eso era una tontería, que lo estaba haciendo bien. El comandante del escuadrón fue a verles y les dijo: «Este tipo sabe cómo montar a caballo». Yo había empezado a apacentar a los caballos por la noche cuando tenía seis o siete años, y a correr con ellos desde los diez. Había un kulak que tenía buenos caballos, en las carreras ponía a niños, y el jinete que ganaba una carrera recibía como premio una oveja.

Eso fue en 1927. Después empezamos con la instrucción. Yo terminé entre los mejores de mi clase. Era el subcomandante cadete. Cada pelotón estaba a las órdenes de un comandante cadete. Yo era su asistente en la unidad de combate, dado que siempre había sido uno de los mejores alumnos. Se me daban bien las ciencias: las matemáticas, la física. También la historia, y las ciencias políticas. Era capaz de citar páginas enteras de Lenin palabra por palabra, y todavía me acuerdo de casi todo. La ficción no me interesaba realmente. Tan solo empecé a interesarme por ella después de licenciarme. No empecé a leer hasta entonces. Leía con avidez a Tolstói. He leído Guerra y paz tres veces. He leído Ana Karenina, Resurrección. En Ana Karenina, cuando Vronski se cae del caballo, pensé: yo he corrido en el hipódromo. Y cuando llega a aquel obstáculo, y su caballo se cae —sentí pena por él, y le tengo tanto cariño a esa historia porque yo también soy un soldado de Caballería. En Guerra y paz me gusta leer sobre los personajes en sí. Pero si nos fijamos en cómo son ahora las cosas, por supuesto, es totalmente diferente. Cualquiera de nuestros hombres es mucho mejor que los héroes de

entonces. Suvórov[NT2] fue un buen hombre para su época. Tenía un heroísmo personal: empuñaba su sable y su lanza y avanzaba. Ahora hay mucha gente así, y ni siquiera eso es suficiente: tenemos que organizar la batalla. En aquellos tiempos no existía ningún tipo de coordinación. El trabajo del oficial de máximo rango era el mismo que el del comandante de un pelotón, de una compañía, de un batallón. Y ahora incluso hay que estar dándole gritos a los comandantes de batallón. […]

[Se omite una larga descripción de las experiencias de Rodímtsev en la Guerra Civil española. «Fue la primera vez que tuve la oportunidad de matar fascistas.»]

A pesar de todo, cuando estaba en España sentía una gran añoranza de Rusia. Cuando crucé la frontera y planté los pies en mi tierra natal, me dije: «Sí, ya estoy en Rusia». Nunca creí que me marcharía. Allí la situación era sumamente difícil. Ahora también estamos en una situación difícil, por supuesto, pero el material es el mismo. Había Messerschmitts. Madrid quedó destruida. No como Stalingrado, por supuesto, pero quedó muy dañada. Se podía ver cómo caían los proyectiles de artillería en las calles. Es cierto que la población no fue evacuada. Por la mañana todo el mundo se trasladaba al campo, a los refugios subterráneos y a las cuevas. Allí la población desempeñó un papel muy activo. Todo era muy democrático. Nuestra gente piensa: «Bueno, a lo mejor me quedo aquí».

Estoy totalmente en contra de cambiarme a ropa de civil. Había un general que se quitaba el uniforme y salía del cerco. Cuando volvía, le daban su ejército. El instinto de autoconservación es tan fuerte que puede con todo. No hay nada más. Pero en mi división no había nada de eso. Una vez que me vi rodeado, el secretario de la comisión del partido se cambió de ropa, y lo mismo hizo el director de operaciones. Les expulsé de inmediato de mi división, reuní a la brigada y anuncié que aquellas personas ya no estaban con nosotros. Algunos me criticaron por aquello. Decían que podía darse el caso de que yo mismo tuviera que hacer una cosa así, pero yo les respondía que mientras yo conserve el respeto por mí mismo, no me arrodillaré ante nadie, ni me quitaré el uniforme. Eso es una deshonra para un militar. He escrito un artículo sobre el honor ruso —va a salir en el Estrella Roja— sobre el honor de la guerra, sobre cómo debe comportarse un guerrero, independientemente

de la situación.[67]

Volví de España en 1937 y me tomé un tiempo para descansar. Había

estado veinticinco días viajando. Fui a la Exposición de París,[68] vi las delicias de París, vi cómo vivía la gente, qué tipo de teatros tienen, cómo se comportan las chicas. El Teatro de Arte de Moscú estaba allí con sus actores —y a la gente también le interesaba eso, para ver cómo era. París es un lugar hermoso, muy alegre. La exposición estaba allí, totalmente iluminada. Era extraordinario. La noche era como el día. Tan solo estuve un día en Berlín. París está más limpio. Berlín tiene un aspecto como sombrío, todo fábricas y oscuridad, cubierta de hollín, igual que Leningrado, sobre todo en las zonas industriales. […]

Después de aquel tiempo de permiso me nombraron comandante del 61.º Regimiento, donde había empezado como jefe de pelotón. El comandante anterior había sido fusilado en 1937. No estoy del todo seguro de si era un enemigo o no. Para cuando llegué a la división, habían destituido a casi todo el mundo. Empecé a comandar el regimiento. Estuve al mando aproximadamente ocho meses, y después me marché a la Academia Frunze.

[69] Me gradué con unas notas perfectas, con el grado de coronel. Ya era coronel desde 1937. Me gradué en 1940, y a continuación fui nombrado subcomandante de la 36.ª División, la misma división a la que pertenecía mi regimiento. Fui subcomandante de división durante aproximadamente ocho meses, en el Frente de Finlandia. El comandante de la división se ausentaba a menudo —se puso enfermo— de modo que fui muchas veces el comandante de facto de la división. Y allí entré en combate. El cuerpo de Caballería acababa de llegar, y el día 12 se suponía que teníamos que atacar Helsinki, cruzar el golfo de Finlandia, y de repente llegó la paz.

Antes de la guerra empezaron a reclutar gente para las fuerzas aéreas. Se llevaron oficiales y generales de las grandes divisiones y los enviaron a la academia de operaciones. Necesitaban personal cualificado, oficiales que fueran no sólo buenos pilotos sino también expertos en táctica. […] Empecé a pilotar aviones U-2. Después nos incorporaron a las fuerzas aerotransportadas, y me nombraron comandante de la 5.ª Brigada Aerotransportada, y después de la 6.ª Brigada Aerotransportada. Antes de la guerra estábamos en Pervomaisk,

[70] donde pasamos a llamarnos el 3.º Cuerpo Aerotransportado.

Desde Pervomaisk —cuando todavía éramos una brigada aerotransportada — nos desplegaron en Kiev. El enemigo había abierto brecha y amenazaba la ciudad. Llegamos allí en tren, desembarcamos, y después estuvimos entre quince y veinte días en la zona de Darnitsa y Brovary. Entonces trasladaron mi brigada a Ivankovo. Allí estaban el 5.º Ejército y el 26.º Cuerpo. El enemigo abrió brecha. Todavía no habían decidido emplearnos como infantería. Todos íbamos equipados con armas automáticas —armas pequeñas adecuadas para combatir tras las líneas enemigas.

Cuando el enemigo llegó a Stalinka[71] y abrió brecha en la línea del frente, Stalin nos dio una orden: No pierdan Kiev. Enviaron a nuestras brigadas unidad por unidad. Cuando llegué a Kiev, la 6.ª y la 12.ª Brigadas ya estaban combatiendo. Nos incorporamos a la batalla el 8 de agosto de 1941. A lo largo de quince días les obligamos a retroceder quince kilómetros. Estuvimos luchando allí otros diez días aproximadamente. Recibimos el agradecimiento del Gobierno y del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania. Los ucranianos tenían motivos para estarme agradecidos. […]

Yo avanzaba sobre Járkov. Nos detuvimos a cuatro kilómetros de distancia. Salió toda la división, pero nos dieron una paliza en Peremoga. Después combatí con el 62.º [Ejército] en el Don. Llegué en septiembre, el día 14. Me uní a aquella división, aunque ya estaban al completo. Todos los comandantes seguían allí. Esa era la 87.ª División de Fusileros. Posteriormente su nombre cambió a 13.ª de la Guardia. Su aniversario es el 19 de enero. Allí también me fueron bien las cosas. Tenía a una gente excepcionalmente buena, todos procedentes de las academias. Todos vinieron como oficiales de rango medio. Tenía a 10 000 hombres bajo mi mando. Una

división decente, con gente excepcional, todos ellos formados. Golikov,[72] el subcomandante del Frente Occidental, asistió a mi partida al frente de mi división.

Me dieron mi artillería antes del día 13 [de septiembre]. El 13 de septiembre nos trajeron el resto de armamento justamente a este mismo lugar.

[73] Yeriomenko, el comandante del frente, realmente me echó una mano ahí. Tan solo teníamos unos 2000 subfusiles. La división estaba equipada en su mayoría. El enemigo ya estaba ahí la noche del 14. Si yo hubiera llegado un día más tarde, Stalingrado no existiría. […]

He estado en condiciones peores que en Stalingrado. Aquí me he alojado en un búnker dentro de un túnel. Había tan poco oxígeno que las cerillas no permanecían encendidas, pero me quedé en ese búnker. Lanzaban granadas contra nuestro puesto de mando, pero yo me imaginaba que dentro de aquel búnker no me podían alcanzar. Pero anteriormente, en Konotop, en el campo, cuando aquel carro de combate empezó a dirigirse directamente contra mi búnker —eso fue una cosa totalmente distinta. Después de aquello estuve en un puesto de mando en medio de un bosque. Un avión nos atacó veintisiete veces, y siempre atacaba mi puesto de mando. Desparecieron todos los árboles, y al final en el búnker solo quedamos dos. La mayor parte de los comandantes no sobrevivieron. Literalmente tuvieron que saltar de debajo de los carros de combate, disparando al tiempo que intentaban huir. Cuando regresé sano y salvo al batallón, me puse a organizar otra vez mis tropas.

Ocurrió lo mismo en Kazatskaya, cuando un secretario del comité divisional del partido se cambió de ropa. Yo iba caminando por entre la maleza, y había un carro de combate enemigo muy cerca, pero no consiguió alcanzarme ni con su cañón principal ni con su ametralladora. Me eché a tierra cuando empezaron a lanzar granadas. Estaba con mi ayudante y con el representante del Departamento Especial. Salieron corriendo, y después volvieron a mí. Los hombres combatían de una manera organizada. El enemigo nos tenía rodeados y quería cogernos vivos. Pero así es un soldado aerotransportado: le das la orden y él lucha. Sin gente, los carros de combate no hacen nada, y nuestra infantería había quedado aislada. Estuvimos a un tris de que nos mataran. Conseguí salir de allí con mis hombres. Esa fue la única vez que estuve dentro del cerco.

Y después —Stalingrado.

El enemigo avanzaba directamente hacia la ciudad. Después, cuando empezaron a sufrir muchas bajas y se dieron cuenta de que no podían sobrepasarnos, giraron en Orlovka y se dirigieron a las fábricas. Allí las cosas también se pusieron difíciles. Mi situación mejoró cuando empezamos a traer divisiones de refuerzo.

El 10 de septiembre yo ya estaba en Kamishkin cuando recibí una orden que decía que nos iban a trasladar en camiones hasta Sredniaya Ajtuba. Todavía no habían equipado a nuestra división, pero se suponía que nos iban a traer las armas muy pronto. Yo me opuse, dije que no estaba dispuesto a irme sin armas. Hubo veces en que mis hombres habían estado desarmados, y tuvimos que quitarles las armas a los desertores. Me llamaron por la línea directa. Tuve una conversación con Vasilievski. Me ordenó que primero fuera allí y que después recibiría mis armas. Stalingrado, decía, estaba en una situación difícil. Llegamos a Sredniaya Ajtuba el día 12. Las armas no habían llegado todavía. Nos habían entregado una parte, pero más de la mitad de mis hombres seguían desarmados. El día 12 informé de mi situación a Yeriomenko, el comandante del frente. Cuando le dije que lo único que teníamos eran seiscientos fusiles, se indignó.

«Le necesitamos en Stalingrado ya, en este mismo instante. El enemigo se ha abierto paso y algunos grupos pequeños ya han entrado en la ciudad.»

Yo le contesté: «No puedo, mis hombres necesitan armas».

«¿Qué necesita usted?»

«Subfusiles.»

Me dio 450 (?) subfusiles, veinte ametralladoras pesadas, cincuenta ametralladoras ligeras y aproximadamente cuarenta fusiles anticarro. Todo aquello lo recibí el día 12, se lo hice llegar a mis hombres, y por la noche del día 13 llegó el resto de nuestro armamento. El día 13 ya estábamos todos bien armados, pero todavía no nos habían dado ni cartuchos ni munición. Ya nos habían dado nuestra artillería, pero tenía que quedarse en la orilla oriental del río. Era imposible llevarla al otro lado. No había carros de combate.

El día 14 recibimos la orden de cruzar el Volga y unirnos al 62.º Ejército, que estaba bajo el mando del general Chuikov y de Gurov, miembro del Consejo Militar. No sabíamos cuál era la situación. Me asignaron una tarea: tenía que enviar un regimiento al vado n.º 62, y los otros dos al vado central. El primer regimiento —el 39.º— tenía que tomar la colina 102, y los otros dos —el 42.º y el 34.º— tenían que cruzar por el vado central y despejar la zona de la orilla del Tsaritsa. Uno de los batallones se puso a disposición del comandante del 62.º Ejército.

¿Qué sentido tenía darle aquel batallón? Creo que era para garantizar la seguridad de su cuartel general, que también se encontraba dentro del cerco enemigo.

Yeriomenko ordenó que todo el mundo cruzara a la otra orilla por la noche, incluidos mi Estado Mayor y yo. Yo no tenía ni la mínima idea de cuál era la situación real. No tenía ni idea de que el enemigo ya había llegado hasta la orilla del río. Pero en las primeras dos oleadas teníamos que dejar al 1.º y 2.º Batallones para que consolidaran una cabeza de playa. Nos habían dicho que el enemigo estaba en la orilla, que el batallón ya había entrado en combate con él, luchando desde el instante que pusieron pie en tierra firme. Yo me di cuenta de que teníamos que actuar más deprisa. Literalmente estábamos regalando la munición de las barcazas. El 42.º Regimiento se embarcó de inmediato, aproximadamente 1500 hombres. El maquinista empezó a mover una palanca de aquí para allá —nada. El enemigo ya nos estaba disparando, con ametralladoras y artillería. El maquinista perdió los nervios. Tuvimos que pegarle un tiro y poner a otro en su puesto. Volvimos a ponernos en marcha. El comandante del 42.º Regimiento, el coronel Yelin, logró cruzar. Fue el primero que entró en combate al mando de su regimiento.

Por la mañana me di cuenta de que necesitábamos que toda la división cruzara el río. Llamé para solicitar permiso a Yeriomenko. Aquel día el personal de nuestro cuartel general cruzó el río a bordo de una lancha. Fue sobre las diez de la mañana. Soportamos un intenso fuego enemigo, y el coronel Uzki, jefe de nuestro equipo de ingenieros, resultó herido por un proyectil de mortero. Pero logramos cruzar. La NKVD regional de Stalingrado tenía algunos hombres allí. Tenían un túnel. Ubiqué allí mi puesto de mando porque tenían línea directa con Yeriomenko. No teníamos ningún tipo de contacto con Chuikov. Aquel día otra barcaza intentó cruzar después de la mía pero fue alcanzada por el fuego enemigo y se hundió.

 

Una lancha cargada de soldados del Ejército Rojo se hunde en el Volga, Stalingrado, 1942.

 

Teníamos aviones, pero no estaban haciendo gran cosa. Después crucé, me puse al tanto de la situación, le di sus órdenes a los regimientos y pasé al ataque. A lo largo del día 14 y de la mayor parte del día 15 no tuve contacto con Chuikov. El 15, a última hora del día, llegué a la vía del tren y tomé la estación del ferrocarril con algunas bajas. Chuikov me convocó a una reunión. Llegué sobre las cinco de la tarde. De camino a la reunión la aviación enemiga me dio muchos problemas. Llegué, informé de que nuestros hombres habían logrado pasar, expliqué nuestra posición actual. Me indicó mi objetivo, y a partir de ese momento permanecimos en contacto. A partir del aquel momento seguimos en contacto con el alto mando. […]

El enemigo lanzó un contraataque el día 17 por la mañana. Tras una intensa preparación desde el aire, aproximadamente cuarenta carros de combate y unos 2000 soldados de infantería atacaron la colina 102. Conseguimos repeler todos aquellos ataques, y Mamáyev Kurgán estuvo en nuestro poder a lo largo de todo el día 17. El regimiento soportó más de ochocientos ataques aéreos alemanes. Dolgov era el comandante del regimiento. Yo no estaba en contacto con aquel regimiento. Ellos estaban en contacto con el segundo de Chuikov en el puesto de mando en el vado n.º 62 y recibían sus órdenes de forma independiente.

Durante el día 17 se vieron combates aún más encarnizados. No nos podíamos ni plantear la posibilidad de organizar un ataque en serio, de asignar fuerzas específicas a objetivos específicos. A lo largo del día 17 simplemente estuvimos arrebatándonos mutuamente las mismas calles y los mismos edificios, una y otra vez. Eso prosiguió a lo largo de los días 18, 19 y 20.

El día 20 recibí un informe que decía que el enemigo había prendido fuego a la estación del ferrocarril. Los hombres que teníamos allí la habían abandonado y se habían trasladado a la Arboleda Comunista adyacente a la plaza de la Estación, donde se habían atrincherado. No recuerdo la fecha exacta, pero en algún momento llegó la 92.ª Brigada. Fueron enviados al flanco izquierdo, hacia el elevador de grano. Se les asignó la misión de eliminar los pequeños grupos de alemanes que se habían infiltrado en la zona, y reforzar sus posiciones allí. […]

Soldados de la división de la Guardia de Rodímtsev preparando un ataque. Stalingrado, septiembre de 1942. Fotografía de S. Loskutov.

 

Aquel edificio ahora es nuestro, después es de ellos, y más tarde nuestro de nuevo —resulta imposible decir exactamente dónde están las líneas del frente. Carecíamos de experiencia en la guerra urbana. Nuestro punto flaco, al principio del todo, consistió en que no fuimos capaces de entender que el enemigo ya había ocupado Stalingrado. Tendríamos que habernos preparado mejor para la guerra urbana. Tendríamos que haber asignado calles y edificios específicos a grupos específicos, en vez de asignarles la misión de enfrentarse con una división determinada a lo largo de una línea dada. Los alemanes estaban, en aquel momento, en una posición mejor. Se habían dado prisa en ocupar la Casa de los Especialistas y el Banco del Estado, y los defendían con uñas y dientes. Nuestros hombres estaban a tan solo treinta metros, pero daba igual lo que yo hiciera, me resultaba sencillamente imposible reconquistar aquellos edificios. Habría podido hacerlo al principio del todo, pero no quise sufrir bajas innecesarias. Pensé que podía llegar hasta la vía del tren y dejarles aislados, y que después conseguiría mis refuerzos, como estaba previsto, y establecería una base que hiciera imposible que el enemigo resistiera. Pero todo salió al revés. Cuando las cosas se les ponían difíciles a los alemanes, las unidades que estaban a mi izquierda se retiraron a la orilla oriental. El

comandante y el comisario de aquella división fueron fusilados.[74] De modo que mi flanco izquierdo, lo que tenía justo a mi lado, era el enemigo.

Aquellos combates arriba y abajo se prolongaron ininterrumpidamente hasta el día 22: este edificio o esta calle es de ellos, y después es nuestro. Así pues, se crearon grupos de asalto y se enviaron de una forma metódica, de modo que sabíamos quién se suponía que tenía ir adónde. Organizamos la batalla por el procedimiento de darle a cada unidad su propia calle.

[…] El día 20 por la mañana, a eso de las diez, el enemigo pasó a la ofensiva, aplastó nuestra línea avanzada, destruyó seis cañones, y conquistó la plaza Nueve de Enero. Allí eliminaron unos cuantos fusiles anticarro y avanzaron hasta la calle de la Artillería. Aunque sufrieron muchas bajas, nuestros hombres destruyeron 42 carros de combate enemigos durante aquella batalla y mataron aproximadamente a 1500 soldados alemanes, con lo que contuvieron su ataque. No pudieron seguir avanzando. Panijin estuvo allí, y su puesto de mando estaba en una alcantarilla. Era una situación difícil. Varios carros de combate enemigos se habían abierto paso hasta el Volga, avanzaban hacia Panijin, pero conseguimos obligarles a retroceder gracias a nuestro intenso fuego de artillería y nuestro armamento anticarro, dejando fuera de combate a algunos, y destruyendo otros. El ataque enemigo perdió impulso y tuvieron que replegarse.

El día 23 los alemanes intentaron mejorar su posición, atacando con numerosos grupos pequeños. Yo recibí unos refuerzos modestos, aproximadamente quinientos hombres, y lancé un contraataque, pero no tuvo éxito en términos de territorio porque las fuerzas enemigas tenían un tamaño entre tres y cuatro veces mayor que las nuestras. Entonces decidí cambiar a una defensa activa, al tiempo que nos llegaban más reservas. Después de eso, y en coordinación con otras divisiones, pensaba lanzar un ataque decisivo. Estuve siempre en contacto con Chuikov. En aquel momento me ordenó que me trasladara a un sector y lo defendiera. El 1.º Batallón del teniente Fedoseyev quedó aislado cuando nuestro flanco izquierdo quedó al descubierto, y un grupo enemigo abrió brecha desde la izquierda y lo rodeó. El día 2 aquel batallón quedó aniquilado. No logramos restablecer contacto con ellos. Todo lo que sabemos de sus acciones procede de informes, de su comandante, que resultó herido y logró salir, y de un ordenanza médico. El informe decía: «A menos que el enemigo camine sobre mi cadáver, ningunos de nosotros se va a marchar de aquí». De modo que ese batallón luchó hasta el último hombre, y murió heroicamente en aquel lugar.

 

El general Rodímtstev fotografiado con soldados de su división. Stalingrado, 26 de septiembre de 1942.

 

Los combates ya empezaban a asumir un carácter distinto, más local. Había combates en todos los edificios. El enemigo estaba reagrupando sus fuerzas. Cuando vieron que se encontraban con una resistencia considerable —y eso que ellos habían desplegado aproximadamente setenta carros de combate y mil soldados de infantería— y que no iban a lograr vencer allí, el enemigo avanzó hacia el norte, hacia Orlovka, el distrito industrial, dando un rodeo por mi derecha.

Hasta el día 1 las cosas estuvieron relativamente tranquilas para nosotros. Entonces le pedí al comandante que me diera el 39.º Regimiento, ya que acababa de llegar una nueva división, la 284.ª de Batiuk. El 1 de octubre por la noche ese regimiento fue relevado, y yo lo situé en mi flanco izquierdo, con la misión de proteger el vado central, la calle Penzenskaya y la calle Smolensk, y evitar que el enemigo se abriera paso a través del Volga.

Cuando relevaron al regimiento, vinieron aquí, y justo al día siguiente aquellas valientes tropas se retiraron de Mamáyev Kurgán, que a continuación fue tomado por los alemanes. Desde allí podían disparar prácticamente contra todo el Volga, y la colina 102 ha seguido en su poder hasta el día de hoy.

No me quedaba nada. Un batallón había sido aniquilado, y el 34.º estaba en mal estado. Allí perdí aproximadamente 4000 hombres. No resulta fácil de aceptar. Uno de nuestros cañones destruyó tres carros de combate. Entonces, el artillero que lo manejaba resultó gravemente herido, pero no retrocedió hasta que un cuarto carro de combate alemán lo arrolló y le aplastó. Nadie se retiraba ni se rendía. Los hombres morían, pero no se retiraban.

El día 2 el enemigo tomó la totalidad de Mamáyev Kurgán, y puso bajo el fuego enemigo toda la zona de vadeo. […]

 

Soldados de la 13.ª División de Fusileros de la Guardia toman al asalto el edificio en forma de L. Noviembre de 1942. Fotografía de Georgi Zelma.

Entonces llegaron nuestros contraataques desde el norte. Me ordenaron que nos atrincheráramos donde estábamos, que defendiéramos la línea y las calles que habíamos tomado, y que pasáramos a una defensa dura e inquebrantable. Eso obedecía a que nos estábamos quedando sin personal. No podíamos plantearnos ningún tipo de operaciones más activas —las unidades que estaban a mi izquierda ya se habían retirado a la orilla oriental. Yo tenía que asegurarme de que el norte quedaba a salvo, y evitar que el enemigo se abriera paso a través de nuestro flanco derecho, evitar que llegara al vado y tomara el Volga. No hubo más operaciones ofensivas. En mi sector, el enemigo estaba haciendo lo mismo: construir una defensa sólida. A lo largo de octubre, noviembre y diciembre mejoramos nuestras posiciones para impedir que el enemigo disparara contra el Volga. Tomamos el edificio en forma de L y el edificio de los trabajadores del ferrocarril, y allí los combates

asumieron un carácter local.[75]

Mientras tuvieron en su poder el edificio en forma de L y el edificio de los trabajadores del ferrocarril, los alemanes habían logrado impedir que cruzáramos el Volga y que nos moviéramos con libertad por la zona. Tan solo podíamos desplazarnos por las trincheras. De modo que el comandante nos asignó la misión de tomar aquellos bastiones: el edificio en forma de L, el edificio de los trabajadores del ferrocarril, el edificio de la fuerza aérea, y el Colegio n.º 38. Para esa misión escogí un batallón que contaba con el respaldo del 34.º Regimiento de Panijin. Sus órdenes eran tomar el edificio en forma de L y el Colegio n.º 38. El 42.º Regimiento, reforzado con dos batallones adicionales, debía tomar el edificio de los trabajadores del ferrocarril y el Colegio n.º 38, y después tomar posiciones en la plaza Nueve de Enero, donde debían atrincherarse. Fui a ver a Yelin al puesto de mando del 42.º Regimiento, que estaba en un molino. Desde allí se podía ver casi todo. La operación estuvo extraordinariamente bien planeada. Cada soldado sabía adónde iba y lo que tenía que hacer. Conocían todos los ángulos, qué puntos de fuego tenían que neutralizar, cuándo tenían que detenerse y empezar a disparar. Yo ordené a la artillería que lanzara un fuego de barrera de diez minutos, durante el que debía comenzar nuestra ofensiva. Había que recorrer entre cuarenta y cincuenta metros para llegar hasta el enemigo en el edificio en forma de L y el edificio de los trabajadores del ferrocarril, y aproximadamente cien metros hasta el Colegio n.º 38. Teníamos que pasar

corriendo a través de la plaza Nueve de Enero, que estaba bien cubierta.[76]

Después de recibir aquellas órdenes, los soldados de los regimientos 34.º y 42.º empezaron a extender sus trincheras hacia delante, trabajando día y noche, hasta que se encontraron a una distancia de entre veinte y treinta metros del enemigo. Hicieron casi todo el trabajo de excavación por la noche, y se mantenían fuera de la vista durante el día. Por la mañana camuflaban su trabajo, y lograron llegar casi hasta allí. Lo hicieron a lo largo de ocho días, avanzaron unos sesenta metros cavando. No hicieron falta muchos hombres; trabajaban por turnos —dos hombres cada vez. No lanzaban la tierra fuera de la trinchera sino que la transportaban hasta el Volga. Así fue como nos preparamos para el ataque. El ataque en sí se programó para las diez de la mañana del 3 de diciembre. Fui al puesto de observación de la 7.ª Compañía, 42.º Regimiento. Allí estaba el comandante del regimiento, mientras que el comisario Vavilov se quedó aquí. Fue al puesto de observación de la conducción. Desde mi puesto de observación podía ver el edificio en forma de L, el almacén de intendencia y la plaza Nueve de Enero. En cuanto a Panijin, se le había ordenado lanzar un ataque por sorpresa sin preparación de artillería. Debía entrar en el edificio en forma de L a las seis de la mañana, asegurarlo, y empezar a atacar el Colegio n.º 38 a las diez de la mañana. Aquella noche hubo el habitual fuego de artillería hasta las cuatro de la madrugada, cuando toda nuestra artillería dejó de disparar. A las seis de la mañana, el 34.º Regimiento debía tomar al asalto el edificio en forma de L. Y el 42.º Regimiento tenía que atacar a las diez. Habíamos previsto preparación de artillería a partir de las 6.15, con un bombardeo constante hasta las 9.40, a fin de destruir algunos puntos de fuego específicos del enemigo. Trajimos cañones para disparar directamente contra el dispensario. Conseguimos una compañía de lanzallamas, veintiocho hombres, y pusimos diez de ellos a las órdenes de Panijin en el edificio en forma de L, y dieciocho en el 42.º Regimiento. Su misión era achicharrar a los alemanes para obligarles a salir de los sótanos a medida que íbamos tomando aquellos bastiones.

Anteriormente habíamos intentado tomar aquellos edificios en muchas ocasiones, pero no fuimos capaces de defenderlos porque no teníamos la suficiente determinación. Los alemanes lanzaban un contraataque, y nuestros soldados o bien se retiraban a sus trincheras o morían allí. Tuvimos que organizar un grupo que se quedara y asegurara el lugar después de que lo tomáramos.

El plan en sí estaba bien meditado. A las seis de la mañana un grupo entró en el edificio en forma de L sin disparar un solo tiro. Tomamos de inmediato el control de las plantas superiores. Había seis. Nuestros hombres entraron sin más y empezaron a disparar contra las estancias, en todas las plantas. Nosotros teníamos el control de la planta más alta, y ellos estaban más abajo, y también en la séptima [sic] planta. Fue un combate cuerpo a cuerpo — literalmente a puñaladas y golpes. Una vez terminado el combate, tuvimos que sacar los cadáveres, tanto los nuestros como los de ellos. Sin embargo, quedaba la cuestión de sacar del sótano al resto de los alemanes. Si no lo hacíamos, más tarde íbamos a tener problemas. Pero allí abajo había sesenta hombres. Al final capturamos diecisiete ametralladoras, dieciocho fusiles, algunos subfusiles, lanzallamas, dos cañones anticarro y algunos morteros.

A las diez en punto, mientras yo me encontraba allí, iniciamos el ataque contra el edificio del ferrocarril. Lo tomamos. Los hombres capturaron a un prisionero, y el resto de los fascistas eran cadáveres. Murieron algunos de los nuestros, y otros acudieron el Colegio n.º 38, donde el enemigo estaba lanzando un contraataque en el edificio en forma de L. Yo le había dicho a Zhukov, comandante en funciones del batallón, que ideara un plan de fuego adecuado. Organizó muy bien las cosas antes del ataque. Estableció los puntos de fuego y los grupos de asalto, les dio a los soldados misiones claras para que todos supieran quién tenía que ir adónde y cómo. Pero se le olvidó un «pequeño detalle» de crucial importancia. Los grupos de asalto no iban a llevar consigo ametralladoras pesadas, que debían permanecer en la retaguardia con una misión de apoyo. Y no las enterró, sino que las ocultó en las esquinas, una a la izquierda y otra a la derecha. Cuando atacara la infantería, esas dos ametralladoras tenían que eliminar los puntos de fuego del enemigo. Pero Zhukov no las colocó en búnkeres, lo que las habría protegido de los morteros. Cuando atacó la infantería, los alemanes fueron directamente a por nuestras ametralladoras con sus morteros. La primera quedó fuera de combate, y después la segunda, pero la infantería ya había emprendido el ataque. Los nuestros estaban siendo diezmados por el fuego alemán. Entonces Zhukov salió empuñando su revólver al grito de «¡Por Stalin, por la patria — adelante!». Pero nosotros no podíamos darle ningún fuego de apoyo. Yo mismo me encontraba allí, a tan solo sesenta metros de distancia, y tuve que poner fin de inmediato a aquel desorden. Murieron ocho soldados, y otros veinte resultaron heridos. Sufrimos bajas porque no habíamos debilitado lo suficiente los puntos de fuego enemigos, y los nuestros habían quedado fuera de combate.

El segundo grupo estaba encabezado por el comandante de batallón Andrianov. Él había atrincherado sus ametralladoras. Cuando los alemanes empezaron a devolverles el fuego, ellos pudieron seguir disparando sin problemas. El grupo se lanzó al asalto, abrió brecha, y empezó a combatir en el interior del edificio. Y así fue como logramos tomar el edificio del ferrocarril. Un grupo siguió hasta el Colegio n.º 38, pero no tenía suficientes efectivos para terminar la tarea. Nosotros pensábamos que los alemanes tenían entre veinte y treinta hombres, pero allí había una compañía entera, setenta hombres.

Cuando me enteré de que estaban combatiendo en el edificio en forma de L, le dije a Panijin que había que despejar el edificio por el medio que fuera, costara lo que costara. Panijin movilizó a sus hombres, los organizó. Kutsarenko era su subcomandante de operaciones. Le ordenaron que eliminara al enemigo del sótano. Allí había muchos alemanes. En un sótano abrimos una brecha con palanquetas a través del techo y les atacamos con tres lanzallamas. Allí había veinte alemanes, y todos murieron abrasados. En otro sótano pusimos 250 kilos de TNT en el piso superior y detonamos la carga, y así acabamos con ellos. Después los nuestros saltaron al sótano y se encargaron de los que quedaban. Unos pocos alemanes lograron huir.

La batalla duró veintiséis horas. Por la mañana ya habíamos despejado y asegurado completamente el edificio. Ahora ya solo había treinta metros entre nosotros y los alemanes. Ninguno de los nuestros pudo tomar el Colegio n.º 38. Aquel edificio era muy importante. Desde allí se podía ver todo Stalingrado.

Descubrimos nuevas maneras de hacer las cosas. Cavilando un poco se puede encontrar la manera adecuada. Era difícil entrar en los sótanos, y estaban a salvo de la artillería. De modo que entrábamos a golpe de palanqueta, nos abríamos paso y entonces podíamos atacarles —con los lanzallamas les obligábamos a salir de sus baluartes, y después les hacíamos saltar por los aires.

Excavamos un túnel de cincuenta metros que pasaba por debajo del edificio de los trabajadores del ferrocarril a una profundidad de cinco metros. Y allí colocamos tres toneladas de TNT. Después reunimos el grupo de asalto. Tenían que atacar justo después de que explosionáramos el TNT. Aquello no salió del todo como estaba previsto. Nos habían mandado refuerzos, pero se negaban a moverse —eran uzbecos, muy malos soldados. Los fusilamos a todos. La orden decía que el grupo tenía que tomar al asalto el edificio de los trabajadores del ferrocarril inmediatamente después de la explosión, con fuego de apoyo. También había rusos, exploradores y soldados veteranos que sabían combatir. El grito que dieron fue fortísimo. Había tres puntos de fuego, y treinta soldados y oficiales alemanes. Aquel fue su final. Después llegó el momento de tomar al asalto el edificio. Un minuto y medio después de la explosión seguían cayendo tierra y piedras, y el cráter tenía sesenta metros de diámetro. Los grupos de asalto estaban en sus puestos, entre ellos y el edificio había una distancia de veinte metros. Yo había calculado que se quedaran quietos hasta que hubieran pasado noventa segundos desde la explosión, y que después necesitarían sesenta segundos para recorrer el terreno. Si todos entraban a la carrera tal y como estaba planeado, no debía de existir el mínimo problema para entrar y tomar el edificio. Les di dos minutos y medio para hacerlo. La explosión fue en el momento previsto, y todo el mundo estaba preparado. Incluso habíamos traído a los zapadores para que cortaran las alambradas y lanzaran cargas de TNT por las troneras del enemigo. Los zapadores y los exploradores llegaron a la carrera, cortaron las alambradas, lanzaron sus explosivos, pero el grupo de asalto principal no se movió, se quedaron todos en su sitio. Los alemanes mataron a los zapadores y los exploradores, algunos resultaron heridos. El comandante del pelotón los agarró por el cuello y los remató. Los siberianos fueron los que combatieron mejor.

Me dieron mi primera condecoración en España, por Studgorodok, la

segunda fue por Guadalajara, la tercera por Kiev, Járkov, Tim,[77] y por salir del cerco, y me distinguieron como Héroe de la Unión Soviética por todo lo que hice en España.

 

[Los historiadores de Moscú entrevistaron a tres miembros de la 13.ª División de la Guardia —al comandante Rodímtsev, a la enfermera Gurova (véase la entrevista siguiente), y a un oficial político del cuartel general de la división,

identificado tan solo como el camarada Koren.[78] La conversación es breve y comienza con la evaluación de Koren:]

Estuve con el camarada Rodímtsev durante toda la guerra. Es un hombre abierto y directo. Esa es su característica más positiva. Dice lo que piensa, sin excepciones. Valora a los hombres exclusivamente por cómo combaten. Si le defraudas, o te asustas, aunque solo sea una vez, dejas de existir. Tiene mucha experiencia. No está dispuesto a morir por culpa de una estupidez.

Cuando estaban tomando el edificio en forma de L, Rodímtsev estaba en el molino con el 42.º Regimiento, y yo estaba allí con él. Había cierto peligro, por supuesto, porque el molino estaba bajo el fuego de la artillería enemiga, pero era un riesgo calculado por su parte: era el lugar más seguro desde donde podía verlo todo y dirigir la batalla. La víspera, uno de sus subcomandantes de compañía fue abatido por un francotirador. Fue una forma estúpida de morir. Pero Rodímtsev eligió un lugar desde donde podía ver la evolución de la batalla y observar lo que ocurría. Fue un cálculo frío. Aunque a veces perdía los estribos, se enfadaba mucho. Recuerdo que una vez yo estaba trabajando en el regimiento. Fue cuando nos dirigíamos al Frente Suroeste, y avanzábamos desde el Don hacia el Volga. Nadie podía decir que estábamos retirándonos, estábamos combatiendo para lograr salir de allí.