Stalingrado
La época de la preguerra
meses antes.[98] En la memoria histórica de muchos participantes soviéticos en la batalla, la Guerra Civil ocupaba un papel muy destacado, envuelto en una mística de magnitud heroica y fervor revolucionario.
LA ÉPOCA DE LA PREGUERRA
Durante los años siguientes a la guerra civil, el Ejército Rojo se redujo de cinco a 1,5 millones de soldados. Pero esto no disuadió al Gobierno soviético de prepararse para una confrontación global entre los bandos capitalista y socialista. Siguiendo el estilo bolchevique, Stalin se dirigió a una asamblea de altos cargos de la industria en 1931, señalando que la Rusia soviética iba «entre cincuenta y cien años» por detrás de los países desarrollados e instando a los directivos a poner fin a este desfase para 1941: «Debemos salvar esta
distancia en diez años, o nos aplastarán».[99]
Al igual que otros gobiernos, la Unión Soviética realizó tres inversiones principales que le permitirían desarrollar la guerra con eficacia en el siglo XX. Lanzó una campaña de industrialización nacional para equipar a un ejército de grandes dimensiones; preparó a su población para una guerra inminente, y alentó la generación de reservas humanas para alimentar el ciclo industrial de la producción y el asesinato en masa. La nacionalización de la economía y el sistema monopartidista permitió a los líderes soviéticos tomar medidas más radicales e implacables que las de los estados rivales durante el periodo de entreguerras. Los planificadores socialistas se planteaban la industrialización como una guerra. Desplegaban «trabajadores de choque» superproductivos, conseguían «avances», celebraban los «triunfos» sobre la naturaleza, y luchaban contra las maquinaciones de los «enemigos de clase». Los pilares de su campaña eran el Partido Comunista y su organización juvenil, el Komsomol. El partido envió delegaciones armadas de un «ejército de
guerreros revolucionarios»[100] cuyo trabajo consistía en imponer las granjas colectivas a las poblaciones renuentes de las zonas rurales. Esta violenta expansión del socialismo tuvo lugar a costa de gran parte de la población, que tuvo que aprender a convivir con el racionamiento y las privaciones —a la vez que aumentaba la productividad. En 1940 el Gobierno aprobó leyes que castigaban la lentitud en el trabajo con igual rigor que la deserción. Aunque el sistema exigía mucho de los ciudadanos, también ofrecía a cambio una promesa. Todo aquel trabajador que participara podría convertirse en un «constructor del socialismo», en parte del sistema y en protagonista de la escena histórica mundial.
Al igual que otros Estados durante el periodo de entreguerras, el Gobierno soviético animó a los ciudadanos a fundar familias en un esfuerzo por aumentar la tasa de natalidad, pero también conjugó estas políticas profamiliares con una exhaustiva formación premilitar. En 1931, el Komsomol introdujo un programa deportivo militar en el que millones de adolescentes aprendían a disparar rifles y lanzar granadas. Para 1933, una rama del Komsomol, la Sociedad para la Ayuda a la Construcción de la Defensa, Aviación y la Industria Química, contaba con diez millones de hombres y tres millones de mujeres afiliados, que recibían entrenamiento de
combate y practicaban el paracaidismo.[101] El nuevo ciudadano soviético — un ideal que incluía expresamente a las mujeres— era de voluntad férrea, combativo, valiente y optimista. Incluso los ciudadanos soviéticos más jóvenes juraban disciplina militar y lealtad al colectivo como miembros de la
organización pionera del partido.[102] Su paradigma literario era otro héroe de la guerra civil: Pável Korchagin, de la popular novela de Nikolái Ostrovsky, Así se templó el acero (1934). Korchagin era un miembro del Komsomol y un soldado que luchaba por «trabajarse a sí mismo» y beneficiar a la sociedad incluso después de haber sido gravemente herido en batalla.
Desde que Japón invadió Manchuria en 1931, la guerra había constituido un peligro real para la Unión Soviética. A partir de 1935 la prensa soviética empezó a retratar a la Alemania fascista como el principal enemigo. La Guerra Civil española (1936-1939) —en la que Stalin proporcionó armas y asesores a los republicanos— recibió una cobertura favorable e incluso llegó a
los periódicos de las aldeas.[103] La exitosa obra La batalla final (1931) ponía de relieve la creencia de los ciudadanos soviéticos de que la guerra era inminente. En la escena final aparece un grupo de veintisiete soldados del Ejército Rojo defendiendo la frontera contra el enemigo imperialista. Bajo una lluvia de fuego de metralleta, mueren todos menos uno. El superviviente, herido, se arrastra hasta una pizarra en la que, justo antes de desplomarse, escribe «162 000 000 - 27 = 161 999 973». En ese momento, un hombre salía a escena y se dirigía al público. El hombre preguntaba: «¿Quién está en el ejército?», y unos cuantos espectadores del teatro se ponían de pie. «¿Quién está en la reserva?», y se levantaban más aún. Por último, preguntaba «¿Quién defenderá a la Unión Soviética?», y todo el público se ponía en pie. «La
función ha terminado», anunciaba el hombre. «Continuará en el frente.»[104] Este novedoso recurso —romper la barrera entre el escenario y el público— pretendía activar a los espectadores como participantes militarizados. «La batalla final» eran palabras sacadas directamente de La Internacional, un himno familiar para cualquier niño soviético.
Los preparativos para la guerra incluían una expansión masiva del Ejército Rojo, pero el proceso fue errático y tenso. En 1937 el vicecomisario de Defensa del Pueblo, mariscal Mijaíl Tujachevski, junto con otros siete generales, fueron acusados de alta traición y espionaje y condenados a muerte. La desconfianza de Stalin hacia Tujachevski, un brillante estratega militar pero a la vez hijo de una familia noble y ex teniente del ejército zarista, pareció precipitar la purga. Las confesiones de los acusados, extraídas bajo tortura, condujeron a otras detenciones. Para 1939, más de 34 000 oficiales habían sido expulsados del Ejército Rojo. Entretanto, el régimen había ampliado el mandato original del comisario del pueblo, que databa de 1925, a los efectos de controlar a los comandantes militares considerados
políticamente poco fiables.[105]
No obstante, el alcance de las purgas del Ejército Rojo fue probablemente
menor de lo que durante mucho tiempo se ha venido creyendo.[106] No cabe duda de que Nikita Jruschov exageró su gravedad a fin de atribuir la culpa de las aplastantes derrotas de 1941 a su predecesor. En realidad, la mayoría de los 34 000 oficiales expulsados del partido comunista se libraron de la ejecución: tras la interposición de sus respectivos recursos, 11 000 de ellos ya se habían reincorporado para 1939; menos de la mitad de los 23 000 restantes quedaron atrapados en los tentáculos de la NKVD, pero la mayoría de los casos no eran de índole política y acabaron en sanciones leves. Muchos de los oficiales destituidos trataron más adelante de probar su lealtad. El general de división de la Guardia Nestor Kozin fue uno de los soldados entrevistados en Stalingrado. Como la mayoría de las víctimas del terror de Stalin, Kozin creía sinceramente que las purgas iban dirigidas a los enemigos y que en su caso se había cometido un error:
¿Por qué me echaron del partido? La razón oficial para la expulsión fue que el comandante de
brigada Balakiriev resultó ser un enemigo del pueblo y me acusaron de no haber ejercido la
suficiente vigilancia. Yo alegué que el jefe político, su adjunto y todo el departamento político, así
como los altos mandos militares —todos ellos miembros del partido— tampoco se habían dado
cuenta de que era un enemigo del pueblo. Pero se supone que yo, como jefe de pelotón, debía
saber qué tipo de hombre era. Lo denominaron «difusión de rumores antisoviéticos». Por resumir,
me echaron del partido.[107]
En su posterior defensa, Kozin explicó que no pudo comandar sus tropas durante la invasión soviética de Finlandia en 1939 porque, al haber sido considerado políticamente poco fiable, primero tuvo que probar sus aptitudes como instructor (prueba que superó con creces). Inmediatamente después se sumó a la Gran Guerra Patriótica y a los pocos meses fue condecorado con la Orden de Lenin. En diciembre de 1941 fue readmitido en el partido. La mayoría de los jefes entrevistados en Stalingrado eran jóvenes y formaban parte de un grupo de comandantes y capitanes ascendidos cuando sus superiores fueron degradados, y que luego desarrollaron brillantes carreras.