Aprendiz de hombre
Capã“tulo Viii
CAPÍTULO VIII
LOS ecos de la victoria corrieron más rápidos que los disparos de los cañones y no habían pasado más de cinco meses y medio desde la victoriosa batalla cuando llegó un mensajero procedente de Madrid con una misiva lacrada con el sello del Conde-Duque de Olivares. En ella se daba la enhorabuena al capitán Álvaro de Ovando por su sonada victoria y se le pedía que se presentase en la capital para ser nombrado Capitán del Regimiento de Guardias del Rey por el propio monarca y su ministro de la guerra. Junto a la misiva el correo le entregó también un pequeño cofre de madera ricamente labrado, en su interior, envuelto en terciopelo rojo, había un pequeño mosquete con empuñadura de marfil finamente labrada y boca corta, mucho más corta de lo que jamás había visto el capitán. Era una pieza de arte y estaba firmada por Juan Curcio, el fundidor de Lieja, dueño de las fábricas de artillería de Santander.
—Don Gaspar de Guzmán os envía este presente como prueba del reconocimiento que siente por vuestra merced. Es un arma novedosa de origen francés que permite disparar sin tener que apoyar el cañón en una horquilla, una de las primeras fabricadas en España. Don Gaspar me dijo personalmente que desearía que os hicieseis cargo de la Guardia del Rey—
dijo el correo una vez quedó a solas con el capitán Ovando, identificándose como José González, uno de los secretarios y hombres de confianza del Ministro— También me ordenó que os informase que están ocurriendo una serie de asesinatos en La Corte que amenazan con desestabilizar el país y cree que sois la persona ideal para resolver el problema y garantizar la
seguridad del Rey. Vuestra fama es realmente grande en Madrid y todo el mundo quiere conoceros, no es extraño pues que se os dé el honor de servir en Palacio y en el futuro os espere algún marquesado como pago a vuestros brillantes servicios.
Para el capitán Álvaro de Ovando aquellas noticias significaban el reconocimiento a su valor personal, la más alta distinción a su carrera militar y sobre todo, la gloria. En aquellos momentos le hubiera gustado que vivieran su padre y su hermano para que se sintieran orgullosos de él, para conocer que había sido distinguido por su valor y por defender el honor de su familia sin reparar en sacrificios. Lo había conseguido, el propio Conde-Duque había mandado a buscarle para llevarle a La Corte como capitán de los famosos “Archeros de cuchilla”, más conocidos como
“la Guardia Amarilla” por el color de sus medias, los soldados mejor preparados y valerosos del mundo. Era el sueño que siempre había deseado.
Cuando logró serenarse se dio cuenta de que había una razón en contra de todo aquello, en el tiempo que había pasado en La Habana se había acostumbrado a la vida tranquila, sin los sobresaltos de la guerra, y a disfrutar de los placeres de Nula. Por eso pensó en negarse, pero no podía rechazar todo por lo que había luchado y convertirse en nada menos que el Jefe de la “Guardia Amarilla”, una de las distinciones más relevantes a las que como militar podía acceder.
Mientras hacía su equipaje pensó que tal vez sería bueno probar las mieles de la gloria en La Corte y más tarde, cuando fuese capaz de poner fin a la empresa que ahora se le encomendaba, volvería a pedir traslado a las tierras caribeñas e invertiría allí todos sus dineros para echar raíces, tener hijos y hacer el amor hasta la extenuación en las cálidas noches habaneras.
Aquella noche, cuando llegó ante la nueva casa donde vivía Nula no se atrevió a entrar. Pertenecía a uno de los Administradores de Víveres de la fortaleza, y se la había alquilado hacía más de dos meses, cuando propuso a la mulata que dejase su vida de prostituta y se dedicara sólo a él. Desde entonces cada noche salía de sus dependencias en la fortaleza y envuelto en las sombras se dirigía hasta la casa. Nula le esperaba bordando con la mesa puesta y algún exquisito dulce caribeño. Nada más llegar dejaba todo y se
echaba en sus brazos desnudándolo con desmedida pasión para caer sobre él jadeando, y provocar un terremoto de lujuria que les invadía por completo.
Hacían el amor en los pasillos, en la cocina, en el zaguán hasta caer con la respiración entrecortada uno junto al otro, apenas rozándose pero sintiéndose muy cerca, cómplices de una felicidad que jamás habían conocido antes, que jamás habían sospechado.
Sabía que ella no podría entender por qué tenía que marcharse y probablemente no se lo perdonaría. Por eso pasó un largo rato frente a la puerta, luchando contra sus ganas de echarlo todo por la borda y dedicarse a vivir intensamente, sin pensar en el mañana, sólo en los impenitentes pechos de la mulata y las formas suaves que llevaban a su pubis. Durante aquellos minutos maldijo a la diosa fortuna, que le exigía un nuevo sacrificio en los momentos más felices de su vida, pero también pensó en los honores de La Corte, como capitán de la “Guardia Amarilla”, y recordó a su padre, y los préstamos que tuvo que pedir para comprarle a él y a su hermano los caballos y el equipamiento que precisaban para enrolarse como caballeros en los Tercios de Flandes veinte años atrás. Al fin tomó una decisión y con la cabeza baja y un dolor angustioso en su interior se dio la vuelta y no entró.
Pasó el resto de la noche escribiendo una extensa carta para Nula en la que intentaba explicarle por qué actuaba así y sobre todo pedirle disculpas por romper su propia felicidad, además de garantizarle una cantidad de ducados suficiente para que se mantuviese viviendo holgadamente hasta su vuelta, que en la tinta adivinaba pronto aunque en su fuero interno no estaba seguro de que fuese cierto.
Al día siguiente zarpó en compañía de José González en el mismo barco que había traído a éste, escoltados por tres ligeros “jabeques” y seis naves de guerra con sesenta y cuatro piezas de artillería. Aprovechando el convoy militar partieron también diez galeones de la flota de Nueva España cargados con plata peruana, que esperaban desde hacía una semana la llegada del resto de los galeones antes de iniciar la partida hacia Cádiz.
José González le informó de forma pormenorizada de los acontecimientos que estaban horadando los cimientos del Palacio, a los que como nuevo Capitán de la Guardia tendría que hacer frente, sin mencionar
la desesperación del Rey por las continuas muertes de las cortesanas el confidente no restó importancia alguna a los hechos acaecidos, y le entregó una grueso y lujoso cofre procedente de las fábricas de marroquinería toledana donde se amontonaban libros en los que se detallaban listados de todos los integrantes del séquito real, los sirvientes, la guardia, las cortesanas, hasta los mensajeros que de forma discontinua se encargaban de hacer llegar las órdenes reales a los nobles.
—Por cierto —le dijo el secretario de Olivares al atardecer del primer día de viaje— habéis de saber que vuestro protector, el marqués de Balbases y comandante Ambrosio de Spínola ha fallecido víctima de una misteriosa enfermedad cuando se encontraba en la guerra de Mantua.
Álvaro de Ovando enmudeció ante la noticia. No había vuelto a saber nada del general desde su partida hacia La Habana y desconocía por completo el envío de éste hacia la ciudad italiana de Casale para su asedio y la grave enfermedad que había padecido en los últimos meses y que le había llevado a la muerte. Por un momento dudó de tal enfermedad y no pudo sino recordar las misteriosas palabras de Lope de Carvajal el día de su despedida en Bruselas.
—Malas nuevas para España —acertó a contestar tras varios minutos de honda reflexión, lágrimas furtivas corrieron por su rostro, pero no hizo ningún movimiento para limpiarlas— El general Spínola no sólo era un gran hombre, también un valeroso patriota que ha entregado su vida al Rey y que no escatimó esfuerzos ni horas robadas al sueño para luchar por la victoria de nuestros ejércitos.
—Es cierto —corroboró González— de hecho si he venido a por vuestra merced es porque don Gaspar de Guzmán opina que no tenemos mandos tan leales y eficientes como él en nuestro ejército y necesita a su lado a un capitán joven y valeroso, capaz de poner fin a los misteriosos asesinatos e informarle de la situación de nuestras tropas tanto en ultramar como en Flandes. Vuestra merced es uno de los pocos oficiales que ha salido victorioso de todas las empresas que se os han encomendado y el Duque cree que en modo alguno tales hechos se deben a la casualidad —El enviado del Ministro cogió aliento antes de proseguir y bajando la voz como si fuese a descubrir un secreto vital le dijo— De ahora en adelante
debéis extremar vuestra seguridad, ya que el Duque cree que intentarán atentar contra vuestra vida, al parecer no sólo nuestro Ministro os cree un hombre vital para nuestros reinos y hasta sus oídos ha llegado la preparación de un atentado para acabar con vuestra vida.
—Pudisteis haberme informado de esas nuevas en La Habana y me hubieseis ahorrado el viaje —protestó Álvaro de Ovando visiblemente ofendido por las noticias que ahora le desvelaba el enviado del Ministro.
—No os hubiera servido de nada —dijo José González como si ya esperase la reacción del capitán— en realidad el atentado iba a perpetrarse en cierta casa que os había alquilado un Administrador de Víveres de El Morro, que a estas horas ya ha sido ajusticiado por traición al Rey. Sabían por él que pasabais las noches en sus dependencias con cierta prostituta de indudable hermosura que tenía especial debilidad por los ducados de oro y a la que dejabais muchas horas aburrida, horas que aprovechó para tomar contacto con cierto Jean de Solre con quien tenía más que intereses comerciales...
El correo del Ministro no pudo seguir, Álvaro de Ovando le había agarrado con la mano izquierda y con la derecha le había cruzado el cuello con su espada a una velocidad vertiginosa.
—Tendréis que probar vuestras palabras —le dijo con los ojos inyectados en ira— y si no son verdad os mataré sin contemplaciones.
—Lo sé —dijo con calma González— Por eso debéis acompañarme a la sentina del barco. Allí podremos aclarar todas vuestras dudas.
Con la espada desenfundada apuntando a la espalda del secretario de Olivares el capitán Álvaro de Ovando siguió a éste hasta el corazón del galeón, atravesando los grandes almacenes de su parte inferior para llegar hasta la sentina que abría paso a la “santabárbara” de la nave. Allí Gutiérrez golpeó en la puerta mientras gritaba el santo y seña pactado.
—¡Traición y muerte! —fueron las palabras de González. La puerta se abrió. Dentro había otro soldado y en el centro de la estancia, encadenados a un poste estaban un hombre y una mujer. Estaba bastante oscuro y las luces de los candiles de aceite que iluminaban la habitación eran muy débiles, lo que obligó a Álvaro de Ovando a adelantarse hasta los dos cuerpos desfallecidos para descubrir el rostro de Nula desfigurado por los
moratones. El capitán se arrodilló y abrazó a la mujer mientras le agarraba el rostro con ambas manos y la besaba una y otra vez frenéticamente.
—Os mataré, os mataré a todos, lo juro — decía una y otra vez mientras intentaba reanimarla.
La mujer abrió los ojos a duras penas y cuando vio a Álvaro de Ovando se sobresaltó y despertó repentinamente.
—Perdóname —le dijo— perdóname, no podía hacer otra cosa.
Entonces dejó de acariciarla y se puso en pie lentamente, sin poder apartar su mirada de aquella mujer a la que no reconocía, intentando comprender el significado de sus palabras, digerir la realidad de una traición que hasta unos minutos antes desconocía. La tierra pareció resquebrajarse bajo sus pies y durante unos segundos fue tan profundo el desaliento que estuvo a punto de desfallecer. Después fue recobrando el ánimo y consiguió abrir los labios, sus palabras sonaron débiles, escondían una profunda desazón.
—¿Por qué?, yo te quería —le dijo.
—Lo sé, él me obligó —contestó Nula indicando con la cabeza al hombre inconsciente que estaba encadenado junto a ella— era mi amante desde hacía tiempo y me prometió que me llevaría con él a Francia, a vivir en su castillo si le ayudaba a quitarte la vida. Ahora sé que estaba equivocada. Ayúdame por favor y te prometo que jamás te seré infiel.
Ayúdame, no dejes que sigan torturándome.
El capitán Ovando no pudo o no quiso seguir escuchando las terribles revelaciones que acababan de terminar con sus sueños de La Habana. Hasta hacía unos minutos toda su vida se sostenía sobre el pilar de una mujer esperándole y una misión que debía resolver cuanto antes para regresar junto a ella y ser feliz para siempre. Ahora todo volvía a ser asquerosamente humano, peor que la propia guerra, donde siempre había sabido distinguir al enemigo y plantarle cara. Una sensación de asco y absoluta soledad le invadió hasta la médula y por un momento, lejos de sentir odio hacia la mujer que le había engañado, sintió lástima de sí mismo, como si ella no hubiese hecho más que lo que debía hacer. Las fuerzas se le escaparon, la mirada se le nubló un instante e hincó las rodillas en tierra mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro desencajado.
—Era una prostituta y ya se había vendido cuando os conoció —dijo José González a su espalda— Es duro pero tenéis que asumirlo. No hagáis caso a sus peticiones de clemencia, son sólo producto del miedo al castigo.
Os ha engañado desde el primer momento y lo peor de todo es que iba a ser cómplice de vuestra muerte.
Álvaro de Ovando se volvió lentamente hacia su interlocutor y habló con la voz rota del condenado.
—¿Qué va a ser de ella?.
—La llevamos a España para que sea interrogada junto a su amante —
contestó el secretario de Olivares— Creemos que trabajan para un hombre de confianza del mismo Richelieu y que vuestra muerte era una muestra de lealtad del Cardenal para formalizar una alianza con los holandeses, pero ni tengo toda la información al respecto ni puedo proporcionárosla. De hecho muy probablemente intentarán de nuevo daros muerte. Corren tiempos tempestuosos en nuestra política internacional y los enemigos de España se esconden por todas partes.
El capitán asintió amargamente y salió de la estancia sin volver la cabeza. Quería conservar la imagen de Nula como hasta entonces y olvidar todo aquello como si de una pesadilla se tratase. Se sentía profundamente derrotado, vencido como jamás lo había estado en el campo de batalla.
—Sólo una cosa: Tratadles como a cristianos, ha sido a mí a quien querían quitar la vida, pero no por eso deben sufrir más que su encierro —
dijo Álvaro de Ovando antes de separarse de González para dirigirse hacia su camarote.
Esa noche, el capitán Ovando bebió ron hasta la extenuación. Solo, en cubierta, mirando al Atlántico, mientras sentía la fría brisa marina en el rostro. Nada tenía sentido ni valor, sólo el aire del mar. El alcohol le quemaba la garganta en cada sorbo, hasta que de pronto el estómago no pudo soportarlo y vomitó una y otra vez, entre estertores, cayendo adormecido y sin poder levantarse sobre cubierta, encima de su propio vómito. Horas más tarde fue descubierto por un grumete y llevado a su camarote por dos de los marinos. Estaba tiritando y le echaron mantas en el catre para darle calor. El doctor que le vio dijo que viviría si deseaba vivir, pero no estaba seguro de que lo quisiera, y así pasaron dos largos días en los
que Álvaro de Ovando viajó entre la vida y la muerte, con grandes fiebres que convertían su lecho en un mar de sudor, y envuelto en pesadillas donde la señora de la guadaña se convertía en una mujer hermosa que le arrastraba al pecado, transformándose en una calavera llena de gusanos en el momento en que estaban fornicando.
Por fin, al tercer día, Álvaro de Ovando recuperó la razón, comenzó a tomar sopas calientes que le reconfortaron y juró que pasase lo que pasase jamás volvería a emborracharse ni a perder la razón por una mujer. Las horas le fueron devolviendo a la cordura y el aire fresco del amanecer del cuarto día le descubrió de nuevo en cubierta, mirando las oscuras aguas del Atlántico y rogando a Dios que le hiciera olvidar a Nula cuanto antes.
Durante el resto del largo viaje por el Atlántico la única novedad fue que la flota tuvo que sortear varias tormentas y enfrentarse a peligrosos vientos que llegaron a rasgar una de las velas del galeón del capitán antes de que la tripulación fuese capaz de recoger todo el trapo. Parecía como si el destino quisiese anunciar una y otra vez a Álvaro de Ovando que nada bueno le traerían los aires de Madrid y que el imperio, a cuya grandeza había contribuido con su sudor y su propia sangre, comenzaba a desmoronarse.
Por fin la flota de Nueva España fondeó en el puerto de Cádiz entre el regocijo de los corregidores, los administradores de Indias y los banqueros y prestamistas, que esperaban como aves de rapiña la llegada de la plata peruana con la que el estado pagaba los numerosos créditos para sostener sus campañas militares.
Una carroza real esperaba en la villa al capitán y al secretario de Olivares para llevarles con prontitud a Madrid. Antes de abandonar el barco Álvaro de Ovando vio como bajaban a los prisioneros y no pudo reprimir un escalofrío al imaginar los interrogatorios con los que los verdugos les harían confesar lentamente todos los pormenores de su traición hasta hacerles suplicar la muerte. Una vez más no sintió odio hacia Nula, sino piedad y una profunda frustración. Le invadió el sentimiento amargo de la derrota y se preguntó si merecía la pena tanta lucha, tanto sacrificio, tanta heroicidad y honor para ser traicionado por la mujer a la que amaba. A medida que se acercaba al carruaje seguido por su escolta y el resto del
séquito el andar fue haciéndosele pesado y el humor huraño, no estaba acostumbrado a tan dolorosas derrotas.
—¡Juro por mi apellido que jamás entregaré mi amor a una mujer! —
masculló entre dientes, intentando grabar a fuego aquel juramento en lo más profundo de su cabeza. A su lado, José González no pudo reprimir una sonrisa, sabía que aquel juramento no era sino un signo de debilidad de un hombre que intentaba enterrar un fantasma.
—No quiero partir ahora mismo —dijo de pronto Ovando al secretario del Conde-Duque— necesito descansar. Pasar unas horas solo. Por favor, dejadme en una posada y mañana al amanecer os juro que partiré con vuestra merced, pero ahora necesito un poco de tiempo para pensar.
Por toda respuesta González habló con el cochero y llevó al capitán hasta la Fonda de Sebastián Heredia, un antiguo palacio convertido en un alojamiento limpio y respetable con cierta fama entre los hombres de negocios, donde solían ir los banqueros de Sevilla cuando viajaban a Cádiz a esperar la llegada de la Flota de las Indias.
Álvaro de Ovando tomó una habitación con vistas al mar y, por primera vez en más de una semana, disfrutó de un baño en una lujosa estancia, destinada habitualmente para huéspedes de rancio abolengo. Después se cambió las ropas y buscó en las cercanías de la fonda un barbero que le rasuró la barba y le cortó parte de la melena que llevaba atada a la nuca, en una larga coleta. El aire de Cádiz le traía aromas casi olvidados de las tierras de España, olores a frituras, a pescado pasado, a lombardas y repollos cocidos a fuego lento, a grandeza y miseria, a niñez y adolescencia.
Paseó durante horas por el puerto, viendo el trasiego de los porteadores descargando los galeones de la Flota bajo la mirada atenta de los banqueros y comerciantes y después se aventuró por la zona de las tabernas, donde decenas de marineros y hombres de fortuna buscaban el encuentro con un capitán que les contratara para alguna misión en Nueva España. En su paseo tuvo la sensación de que no estaba solo, pero por más que intentó adivinar quién podía seguirle volviendo varias veces la cabeza de forma repentina, no lo consiguió en ningún caso. Al final decidió que era probable que estuviera equivocado y que los meses de peligros en el Caribe le habían
convertido en demasiado desconfiado, porque ahora se encontraba en España, el corazón del imperio de su majestad Felipe IV.
El anochecer le descubrió en una taberna del puerto, aferrado a una jarra de vino, bebiendo discretos sorbos para sentirse bien pero sin intención de emborracharse, tal como se había prometido que jamás volvería a pasar.
Jugó a atusarse el bigote y la perilla y durante un rato estuvo examinando el mosquete que le había regalado el Conde-Duque. Mientras miraba el arma con atención se preguntó si sería cierto que, cómo decían, muchas de aquellas armas eran innobles y por eso explotaban al dispararlas y quemaban el rostro de quienes las usaban como si de pequeños cañones se tratase.
Una tabernera entrada en carnes y mostrando un pecho esplendoroso por su soberbio escote le ofreció otra jarra mientras no disimulaba sus encantos por si precisara algún otro tipo de servicio por un módico precio, pero el capitán desechó el ofrecimiento con una media sonrisa. Era la primera vez que una mujer se dirigía a él desde Nula y estaba tan escaldado que ni siquiera pensó en la posibilidad de desfogarse con aquélla. Pasó bastante tiempo jugando con los recuerdos, como si aquella noche significase una ruptura con el pasado y el devenir, una línea que le separaba de un tiempo en el que se creyó afortunado y sólo fue un cornudo y le llevaba a otro donde todo era incierto y según sabía, peligroso.
Junto a su mesa se sentaron dos hombres de aspecto bohemio aunque lucían el mostacho terminado en punta que tan de moda se había puesto entre los licenciados e intelectuales. Tomaron varios vasos de vino antes de comenzar a hablar en voz alta y con sorna sobre la decadencia de las letras y la soberbia de ciertos “plumillas de tres al cuarto” por compararse con los clásicos. Cada vaso de vino propiciaba que su discurso elevase su tono y pese a que la taberna registraba un lleno considerable y no era fácil alzar la voz sobre el murmullo general, en su entusiasmo se les escuchaba perfectamente atacar sin pábulo las moralejas anquilosadas del “Licenciado Vidriera” y el “Celoso Extremeño” cervantinos. Uno de ellos extrajo del jubón un libro de reciente edición manifestando a su colega de tertulia que era una de las mejores y más corrosivas obras jamás publicadas en España.
Se trataba de “El Chitón de las Tarabillas” que, aunque se tildaba de
anónima, toda la caterva intelectual de Madrid otorgaba a don Francisco de Quevedo y según decían, afirmó bajando un poco la voz aunque para el capitán Ovando resultaba perfectamente audible, “el licenciado Todo lo Sabe” que en su ignorancia difamaba al rey y a su privado no era otro que don Mateo Lisón y Biedma, antiguo procurador en Cortes por Granada y adversario conocido de don Gaspar de Guzmán”.
Mentar al Conde-Duque atrajo la atención de Álvaro de Ovando, que movió su banqueta aproximándose de espaldas un poco más a los dos hombres, para captar mejor la conversación que de pronto había bajado mucho su tono, buscando la intimidad que antes no pretendieran.
Contestando al que sacara la obra, el más joven de los dos hombres dijo entonces que se rumoreaba que la Inquisición iba a incluir en su índice de obras prohibidas a aquel libro, porque había sido acusado de escandaloso y
“proclive a la sedición”. “Acaba de editarse una obra llamada el Tapaboca que según parece no es sino la réplica de Lisón y Biedma contra “El Chitón” —comentó bajando aún más el tono de su voz hasta hacerla difícilmente audible para el capitán, que tuvo que esforzarse para poder captar todas las palabras— en dicho libro se acusa de repartir favores y oficios al privado real, dándose los nombres de muchos familiares del Ministro que hoy ocupan cargos importantes en La Corte, como su hijo el conde de Ricla y la caterva de Guzmanes que invaden nuestro gobierno”.
Los dos hombres dieron por finalizada su disertación y pidiendo la cuenta se despidieron, dejando al capitán de nuevo ante otra jarra de vino ya casi vacía, preguntándose si todos aquellos “prohombres” que criticaban en las tabernas no eran sino el cáncer que corroía lentamente el espíritu de grandeza del imperio y si los hombres de letras no eran sino cobardes que escondían su incapacidad para el valor tras la tinta y la pluma, haciendo fintas con la palabra que no se atrevían a hacer con la espada.
Al salir del lugar se dio cuenta de que se le había hecho bastante tarde.
Entre las sombras del puerto avanzó con presteza hacia su hospedería, pero al girar tras una barca medio calafateada que estaba varada en tierra se dio de bruces con cinco hombres, espada en mano, que le rodearon con presteza. Apenas le dio tiempo a desenvainar antes de sentir el acero entrando en su carne a la altura del hombro izquierdo, sin duda una
estocada errada que había buscado su corazón para terminar cuanto antes, lo que le desveló que no se trataba de un asalto para quitarle sus pertenencias sino de una emboscada para quitarle la vida.
Con un feroz grito se lanzó hacia adelante y su acero golpeó con fuerza el de la otra espada resbalando hasta la cazoleta. Entonces realizó un rápido y violento movimiento circular en molinete que hizo perder el arma a su adversario, ensartándole con la misma presteza. Sin tomar aliento se echó sobre un segundo enemigo siguiendo la misma técnica aprendida en los largos días de su entrenamiento como soldado, sabía que la sorpresa más que su espada era en ese momento su única esperanza. Los metales chirriaron y la hoja de su arma resbaló hasta la empuñadura española del arma de su enemigo. Empujó con todas sus fuerzas y su oponente pareció ceder perdiendo el pie y cayendo hacia atrás, momento en que dio un veloz mandoble que le segó el cuello limpiamente. De nuevo sintió la herida de otra espada al hundirse en su costado y con un violento golpe barrió la sombra que le atacaba hiriendo mortalmente a su oponente, pero mientras retrocedía intentando recuperar fuerzas supo que no resistiría un nuevo ataque de los dos asaltantes que quedaban.
Espada en mano les hizo frente sin poder ver siquiera sus rostros en la oscuridad y se preparó para un nuevo, tal vez el último, ataque. Sabía que no podría esquivar a ambos y por eso dio dos pasos atrás buscando poder retrasar el asalto final y, entonces, vio otra sombra a su espalda, y un rayo de luna reverberó en el acero de otra espada que como la suya apuntaba hacia sus asesinos. Las armas chocaron y los desmotivados mercenarios fueron conscientes de que se encontraban ante formidables hombres de armas, lo que provocó que tras una nueva acometida infructuosa volvieran sobre sus pasos y huyeran a la carrera perdiéndose en los callejones del puerto, que conocían perfectamente.
—Agradezco mucho vuestra ayuda, de no haber sido por vuestra merced a estas horas estaría en el infierno —dijo el ensangrentado capitán Ovando al recién llegado.
—Sólo cumplo órdenes del Conde-Duque con respecto a vuestra seguridad, e intervine porque vi. que podía peligrar vuestra vida, pero os juro que todo lo que había oído contar de vuestra persona acaba de
empequeñecer ante la visión de vuestra temeridad y valentía —respondió José González mientras agarraba a Álvaro de Ovando para que se apoyara en su hombro.
Durante varios días los doctores gaditanos del Hospital de Nuestra Señora de la Merced limpiaron las heridas del capitán, cauterizándolas con hierros candentes y le dieron aceite de ortigas y ungüentos de raíces que facilitaron su pronta recuperación.
—Habéis tenido suerte capitán —le dijo al abandonar el hospital un doctor de avanzada edad, haciendo valer en sus palabras muchos años de sabiduría y experiencia en la curación de heridas de arma blanca— el acero buscó vuestras zonas vitales sin acertar en ninguna, pero no tentéis a la fortuna. Sois un gran soldado, pero de carne y hueso como el resto de los cristianos y la muerte viene a buscar por igual a ricos que a pobres, a mendigos que a reyes. Cuidaos mucho, por esta vez sólo os quedarán unas cicatrices como recuerdo de vuestras escaramuzas. Dios os guarde muchos años.
En la puerta del hospital esperaba la carroza para dirigirse a Madrid, seguida de la escolta real que garantizaría su traslado por caminos no siempre seguros. Y así comenzó un viaje durante el cual el capitán Álvaro de Ovando apenas dejó escapar más de las palabras estrictamente necesarias, mostrándose reflexivo y ausente, intentando concentrar toda su atención en su nueva misión y en las pequeñas aldeas por las que pasaban.
—Es grande nuestra España, allende los mares me pareció que demasiado grande para poder entenderla y que sus hombres sepan reconocerse, sólo la Cruz de Nuestro Señor nos permite soñar en un futuro común —dijo a González en una de las escasas ocasiones en que salió de su letargo para hacerle partícipe de sus pensamientos.
—Estos son tiempos difíciles —contestó el secretario del Conde-Duque, confiándole a su vez opiniones tal vez demasiado reservadas en otros círculos— y nuestros dominios excesivos. Tal vez sería mejor abandonar algunos y garantizar la defensa de otros para no perderlos todos. Pero ya se sabe, nuestros enemigos están al acecho y a la espera de que soltemos prenda para dejarnos en cueros.
El capitán Ovando no pareció oír aquellas palabras, o al menos no les prestó excesivo interés mientras sus ojos se perdieron a través del cristal en los interminables campos de encinas y alcornoques que conformaban aquella imagen de las tierras peninsulares que tanto le gustaba y que, de nuevo, le hacía viajar en los recuerdos hasta los lejanos tiempos de su infancia.
Se concentró en su nueva situación. Iba a convertirse en Capitán de la Guardia Real y este pensamiento le hizo sentirse fuerte y seguro de sí mismo. Sería mucho más poderoso de lo que había sido nunca jamás, y conocería los placeres y el lujo de La Corte que tantas veces había oído nombrar. Era como un sueño en el que debía sumergirse y no estaba dispuesto a estropearlo con pesadillas de hombre prudente.
En ese largo y polvoriento camino intuyó que por primera vez en su dilatada vida militar iba a enfrentarse a un enemigo mucho más peligroso y cruel que los que hasta ahora había conocido. Un enemigo sin escrúpulos al que alguna razón poderosa le llevaba a asesinar jóvenes muchachas y esfumarse entre los muros de Palacio. No importaba. El era el capitán Álvaro de Ovando, Jefe de la “Guardia Amarilla” y héroe de Breda y La Habana, ¡que temblase aquel criminal! porque le haría prender en lo más alto de las torres del Alcázar hasta que los cuervos se lo comiesen en vida.
No tendría piedad ni aunque del mismo Satanás se tratase.
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