Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xix
CAPÍTULO XIX
NO había vuelto a ver a María Violeta desde la noche en que la visitó el Rey pese a que le había hecho llegar varios mensajes de manos de sus inmediatas sirvientas. De la crispación ante la impotencia había pasado a la amarga resignación. Estaba aturdido y pasaba mucho tiempo intentando encontrar respuesta a aquel desdén. Entendía que la mujer no quisiese perder su privilegiada condición, pero estaba dispuesto a darlo todo por ella, a escapar si hacía falta y llevarla al Nuevo Mundo para iniciar una nueva vida, tal como soñó con Nula. Pero de nuevo el dios del amor se ponía en contra suya y lejos de querer escapar con él, su joven amada había preferido olvidarlo para mantener su condición de favorita del Rey.
En su fuero interno cada vez detestaba más a Felipe IV. Le veía claramente como un joven caprichoso, incapaz para el gobierno y mediocre para las artes, que estaba dejando el país en manos de un ministro y unos consejeros que les llevarían al más profundo de los desastres. Su reinado era como sus amores: un montón de ambiciones egoístas que demostraban su mentalidad de inmaduro y que cualquier día le estallarían en el rostro, arrastrando con él a toda la nación hasta el más profundo de los abismos.
De hecho, los crímenes en cadena no eran más que una premonición de lo que estaba a punto de suceder con las guerras a las que había arrastrado al país, algo que todo el mundo intuía pero que nadie parecía creerse.
El aparente suicidio de la actriz María Calderón apenas le había logrado sacar de sus reflexiones penitentes. Tan sólo le había llevado a odiar un poco más al Rey, ya que, según decían, aquella mujer se había quitado la
vida porque no era correspondida por el monarca, de quien había concebido un hijo ilegítimo. Una vez más el capitán Ovando constataba que aquel Rey no era sino una lacra para la nación. Aquél por el que él mismo se había enfrentado cara a cara contra los piratas, desafiando a la muerte y arrojando a ella a muchos soldados que no pudieron disfrutar sus años de juventud.
“España no merece tal Rey —pensó— Es injusto que Dios haya enviado al frente de nuestra poderosa nación a un ser tan caprichoso, inconsciente del sacrificio que tantos hacen para mantener la grandeza de sus reinos”.
En consecuencia tomó la determinación de que cuando todo aquello acabara se marcharía muy lejos de la Corte. Lo dejaría todo e iniciaría una nueva vida allá donde no hubiera tanta injusticia, donde los poderosos no pudieran hacer lo que quisiesen con las vidas de sus súbditos. Buscaría un lugar para ser libre de todo aquello. Tal vez, pensó, cuando descubriera al asesino el Rey le entregaría algún título nobiliario, y podría gobernar un ducado o algún nuevo territorio de Nueva España y perder de vista todo aquello de una vez por todas. Estaba seguro de que sería un buen gobernante y de que jamás incurriría en las injusticias que ahora denostaba.
Pero antes tenía que descubrir al criminal e impedir que acabase con la vida de su amada.
Tenía una extraña sensación de angustia, como si fuera a pasar algo que marcaría su vida y no sabía exactamente de qué podía tratarse. Por eso aquella tarde, cuando recibió al ama de llaves de María Violeta de Enghien tuvo la certeza de que algo terrible había ocurrido. La mujer le dijo de forma apresurada que esa mañana María Violeta había acudido puntualmente como siempre a la primera misa, se había confesado y al salir, tras un breve paseo por los jardines en compañía de su inseparable amiga la bordadora, se había obstinado en localizar a don Diego Velázquez, quien no se encontraba en su taller, por lo cual había salido de Palacio sin que hasta el presente diera señales de vida.
—Es realmente extraño señor —dijo el ama de llaves— Doña María Violeta jamás ha faltado a sus labores con la princesa y en esta ocasión ni ella ni Juana Fernández, la bordadora, se han presentado. Bien podría ser que estuvieran en apuros. Lo último que supimos es que iban a buscar al
pintor al Real Monasterio de los Jerónimos y que tenían intención de presentarse antes del mediodía.
Apenas hora y media más tarde el capitán Ovando, al frente de un destacamento de veinte guardias reales, llegó a las puertas del Monasterio.
Era un edificio con planta en cruz que había sido remodelado en los últimos años para aumentar su capacidad y paliar los desperfectos que varios siglos habían dejado en sus paredes y ahora se mostraba realmente grandioso, como una fortaleza al servicio de Dios. Estaba completamente cerrado por un muro alto que cercaba todo el conjunto del que colgaba la hiedra. Tras la entrada enrejada se abría un paseo principal flanqueado a ambos lados por altos cipreses que llevaban hasta las puertas del edificio principal. Todavía tenía algunas evidencias de sus orígenes románicos, no obstante, los altos pináculos y arcadas buscando los cielos hablaban de su terminación en un gótico plateresco un siglo atrás. El padre prior salió a recibirles y no supo darles noticia alguna del paradero de las dos jóvenes, informándoles que el Pintor del Rey había pasado allí la jornada para conocer el lugar donde iría colocado un cuadro que le habían encargado para el altar mayor y comprobar las luces que lo iluminarían y el espacio destinado al grandioso lienzo.
El nerviosismo comenzó a hacer mella en el capitán que, a medida que pasaba el tiempo, iba teniendo la certeza de que se trataba de un nuevo crimen y que su amada se hallaba en peligro de muerte, si no muerta ya. El destacamento regresó a toda prisa de nuevo a Palacio y con urgencia fueron desplegados la mayor parte de los efectivos de la “Guardia Amarilla”, compuesta por doscientos noventa hombres, que se perdieron por las calles de Madrid en compañía de alguaciles y serenos para buscar indicios que les llevaran hasta el paradero de las desaparecidas.
Al alba el capitán Ovando, sin haber dormido un solo minuto, se presentó ante el Conde-Duque para informarle de las desapariciones y de los movimientos de la Guardia y requerirle para que anulase cualquier evento que tuviera previsto y se quedase en sus aposentos, con el fin de poder asegurar mejor su vida.
De nuevo un clima de máxima tensión se apoderó de Palacio. Todo el mundo era sospechoso y el desconcierto más absoluto reinaba entre los
propios guardias, que peinaron la ciudad sin encontrar el menor rastro, como si las dos mujeres se hubieran desvanecido en la nada.
En su afán por tomar medidas desesperadas frente a la situación de máxima alerta, Álvaro de Ovando casi enloqueció mientras las horas pasaban interminables y ordenó la detención inmediata del Pintor del Rey que fue apresado en su propio taller, ante la estupefacción del no saber a ciencia cierta por qué le llevaban hasta los sótanos del Alcázar, lugar que desconocía y que desde entonces no olvidaría jamás.
Las paredes eran húmedas y estaban completamente despostilladas, como todo en aquel inmundo lugar donde las ratas campaban como reinas y el hedor era realmente insoportable. Hacía un gélido frío y la casi absoluta oscuridad convertía la estancia en un lugar fantasmal. Había unos grilletes en la pared e inequívocas señales de sangre en el suelo. Por suerte para el pintor los soldados que le confinaron en aquella celda no le pusieron cadenas y simplemente montaron guardia a la puerta esperando la llegada inminente de un superior. Poco tiempo después el eco de las botas marcando el paso de forma estruendosa anunció al detenido que el oficial que esperaban había llegado. Los guardias que custodiaban la puerta saludaron golpeando los talones y presentaron armas. La puerta de hierro se abrió chirriando y dio paso al capitán Álvaro de Ovando.
—Vengo personalmente a pediros excusas por haber sido trasladado a estos calabozos —dijo el capitán con la voz opaca de quien está obligado a comunicar algo con lo que no está de acuerdo— Acabo de recibir órdenes expresas de su majestad para que seáis confinado en vuestros aposentos, donde permaneceréis custodiado por varios de mis guardias hasta nueva orden, de nuevo la desaparición de dos mujeres de Palacio está relacionada con vuestra merced.
—Os juro que no sé de qué me estáis hablando —protestó Velázquez con los brazos cruzados y dando visible tiritones por el frío que estaba soportando— Acataré las órdenes de su majestad y os facilitaré cualquier información que preciséis sobre mis movimientos y actividades, pero sacadme de aquí cuanto antes, me estoy muriendo de frío.
—Hace casi un día que la doncella María Violeta de Enghien y la bordadora Juana Fernández salieron de Palacio para ir a buscaros al
Monasterio de los Jerónimos —explicó de mala gana el capitán— Querían veros a toda costa por alguna cuestión poco clara y, desde entonces, nadie sabe el paradero de las dos mujeres, lo único que sabemos es que querían encontrarse con vuestra merced.
—Conozco a la doncella porque ha sido mi modelo para uno de los retratos que estoy elaborando para el Buen Retiro y que alguien rajó impunemente, pero tenéis mi palabra de que no llegué a verlas ayer y no tengo la menor idea de por qué me buscaban. En cualquier caso podéis comprobar por el testimonio de los padres jerónimos que estuve todo el día en el Monasterio —dijo el pintor mientras se cubría con una capa que le ofreció el capitán.
—Veréis —dijo entonces Ovando dando cierta confidencialidad a sus palabras— creo que el asesino se dedica a rajar los retratos de sus futuras víctimas para demostrar que es capaz de anunciar sus muertes y conseguir impunemente sus asesinatos. No hace mucho tiempo visitamos vuestro taller y descubrimos rajados los bocetos de cada una de las jóvenes que han ido muriendo. Hallamos también el dibujo de María Violeta de Enghien y un retrato del Conde-Duque de Olivares.
—Cierto —dijo el pintor visiblemente enfadado contra aquel que le había hecho encerrar sin tener pruebas en su contra — pero el retrato de don Gaspar de Guzmán no ha sido mutilado, es más, lo tengo prácticamente listo para su entrega. Todo tiene que ser una absurda coincidencia o la labor de un loco. Yo jamás he deseado la muerte de nadie, capitán, soy un artista entregado a mi trabajo, sólo eso, y el arte no mata, sólo lo hacen los hombres. Creo que me debéis más que una disculpa por todo lo que me habéis hecho pasar. Podéis ser el capitán del Regimiento de la Guardia, pero eso no os da derecho a usar vuestro poder contra cualquiera sin una razón justificada. Estáis no sólo ante el Pintor y Ayudante de Cámara del Rey, sino también ante un miembro de la Orden de Santiago, y habéis mancillado mi honor, algo que no se me olvidará fácilmente. No deseo volver a veros, y sabed que informaré a su majestad de todos vuestros actos, que lejos de dar frutos capturando al verdadero culpable de los asesinatos, están llenando los calabozos con inocentes como yo, sin ninguna consideración ni respeto.
El portazo seco de Velázquez saliendo de la celda dio por zanjada la conversación. Durante varios minutos Álvaro de Ovando siguió inmóvil, con la mirada perdida, intentando adivinar el camino que debía tomar, pero fue inútil y el silencio le hizo casi intolerable el bombeo incesante de su corazón, que percibía en las sienes amplificado por su impotencia. Las lágrimas afloraron de forma furtiva, tenía un presentimiento terrible.
Con el paso de las horas el cansancio y la desesperación comenzaron a apoderarse aún más del capitán que, perdiendo sus modales educados, mostraba una feroz ira cada vez que recibía los informes de los distintos grupos de rastreo que había diseminado por toda la ciudad, y que no eran capaces de hallar una sola señal de las desaparecidas. El amanecer del día siguiente descubrió a Álvaro de Ovando completamente extenuado por la vigilia, sentado en una silla del cuerpo de guardia con la cabeza entre los brazos. Martín Villanueva le echó una manta de lana sobre los hombros para que no se quedase helado y dio orden de que nadie entrase en la estancia. Todos eran ya conscientes de que la tragedia era inevitable, sólo restaba saber cómo, cuándo y dónde, porque nadie albergaba prácticamente esperanzas de encontrar vivas a las dos mujeres.
Le llamaron al mediodía. Martín Villanueva penetró en la habitación dando gritos y maldiciendo a Satanás. Álvaro de Ovando consiguió a duras penas volver en sí y mientras se restregaba los ojos notó que le dolían todos los huesos por haber dormido en tan incómoda posición. Inmediatamente salió tras su hombre de confianza y se dirigió con él hasta el cementerio de los sirvientes. Cruzaron entre el laberinto de cruces y llegaron hasta un lugar donde se amontonaban los restos de lápidas y tumbas viejas. Allí, al lado de un olivo, el capitán Ovando pudo ver los cuerpos de las dos desaparecidas. Junto a ellas estaba el enano Juan Martín Calabazas, a quien no le agradó ver en la escena. No tenía ganas de tener que soportar sus vanidosos comentarios ni sus insoportables muestras de inteligencia.
Estaban muertas, apuñaladas. María Violeta de Enghien tenía los ojos claros abiertos mirando al infinito, una herida mortal manchaba de sangre su pecho izquierdo, en su rostro no había ningún asomo de ira o temor, parecía como si la muerte le hubiese llegado de pronto, pero sus ropas estaban manchadas de barro. Junto a ella, Juana Fernández también tenía las
ropas sucias y presentaba síntomas de haber sufrido varios golpes en el rostro antes de recibir la puñalada fatal en el corazón, “tal vez porque fue la segunda en morir e intentó defenderse” —pensó Calabacillas, mientras analizaba la escena en el mismo momento de la llegada del capitán, pero lo más curioso es que ambas tenían agarrados en sus manos sendos cuchillos de Bolduque, un arma de procedencia inglesa cuyo uso y tenencia había sido prohibido por el propio Felipe IV, como si los hubieran utilizado en un combate para herirse mortalmente entre sí.
Álvaro de Ovando se arrodilló junto a María Violeta y agarró una de sus manos. Estaba helada. Pese a su inmóvil serenidad seguía siendo muy hermosa. Las lágrimas le brotaron a borbotones y sintió un profundo dolor.
Amaba a aquella mujer y jamás podría volver a tenerla. “La vida había sido injusta con ellos obligándoles a asumir papeles que impidiesen su amor” —
pensó mientras dejaba que sus lágrimas cayesen sobre el cadáver. Pasaron varios minutos hasta que Martín Villanueva le dio unos golpes en el hombro buscando su reacción y reafirmando su amistad. Tenía que volver en sí y actuar como el Capitán de la Guardia que era.
Con la mirada ida Álvaro de Ovando recibió el informe de los alabarderos que habían descubierto los cadáveres en una de las exploraciones que se habían realizado por todo el Palacio. Apenas hacía media hora de su descubrimiento, pero la sangre seca y el olor dejaban muy claro que llevaban varias horas muertas.
Juan Martín Calabazas, que hasta entonces se había mantenido al margen de la escena, se acercó al capitán. Intuía, como todos los presentes, que aquella mujer representaba alguien muy especial para el Jefe de la Guardia, quien no había hecho más que llorar como un chiquillo desde el descubrimiento del cadáver. No eran necesarias las palabras, los sentimientos eran patentes. Tal como había sucedido con su amada María Isabel de Tolosa, el asesino había segado la vida de la amada del capitán y Calabacillas sintió entonces una profunda solidaridad con el dolor de Álvaro de Ovando.
—El asesino no perdió el tiempo —dijo Calabacillas, dirigiéndose al capitán, quien no pareció prestarle ninguna atención— Les dio muerte cuando regresaron a Palacio de buscar a don Diego y después las arrastró
hasta aquí, un lugar anónimo fácilmente accesible y que casi todo el mundo intenta evitar.
—¿Cómo sabéis eso? —preguntó el capitán saliendo de su mutismo.
—Sus capas están deshilachadas y manchadas de tierra en su parte inferior. Tuvo que arrastrarlas agarrándolas para incorporarlas y probablemente se las cargó a hombros.
—¿Pero por qué a las dos? ¿Por qué un doble crimen?
—Fue una casualidad, ¿no os dais cuenta? —explicó Calabacillas evitando parecer grosero ni irrespetuoso— El asesino es una persona, no un demonio, y las personas se equivocan. Por alguna razón Doña María Violeta se adelantó y él intentó acabar con su vida antes de que llegara su acompañante. Imaginaos que le asaltó por la espalda saliendo tras unos arbustos. Fue cuestión de segundos. Le tapó la boca con la mano derecha y la acuchilló con la izquierda. Pretendía actuar rápidamente y desaparecer, pero se encontró con una violenta reacción de la joven que llegó a morderle la mano con la que intentaba evitar sus gritos, no tenéis más que ver que tiene sangre en la boca que no es suya y después, alertó con sus gritos a Juana Fernández. Cuando ésta llegó a la escena se encontró frente a frente con el agresor. Éste la golpeó en el rostro con violencia sin saber cómo actuar. Hasta entonces había matado a sangre fría y por la espalda, frente a una víctima era diferente. Probablemente intentó acabar con ella de una cuchillada antes de que gritase. No resulta ilógico que la mujer intentase escapar y llegara a atacarle para zafarse. Pero tras varios golpes la mujer cayó al suelo y entonces le asestó la puñalada mortal en el corazón.
Después arrastró los cadáveres como os he dicho y se dio a la fuga.
—¿Y los cuchillos de Bolduque? —preguntó el capitán Ovando.
—Son un símbolo de rebeldía, tal vez el sello personal del “artista”, o quizá el perverso juego de una mente criminal —contestó el bufón reflexionando en alto— El asesino está actuando por un motivo y probablemente desea demostraros que sabe que vais tras él. Es inteligente, de eso no cabe duda, y conoce el terreno a la perfección. Cree estar cada vez más cerca de su objetivo y no hace sino mostrar su poder utilizando en sus asesinatos armas prohibidas.
—¿Creéis de verdad que es tan sagaz y maquiavélico? —balbuceó Ovando— ¿No es más posible que se trate de un loco empeñado en sembrar el terror en Palacio?. El propio Rey se muestra inseguro y se ha recluido en su Casa de Campo del Palacio del Buen Retiro, lejos del Alcázar, a la espera de que capture al criminal.
—Capitán —contestó entonces el enano— Si se trata de un loco o no ya no es relevante, pero si lo que quiere es sembrar el terror ha cumplido su objetivo con creces. Si no ha atentado contra el propio Rey lo más probable es porque no haya querido, ya que ha demostrado que es capaz de matar en cualquier lugar de Palacio y luego desvanecerse como un fantasma. Hay algo que persigue que es la clave de todos estos asesinatos, y os aseguro que si logramos descubrirlo nos llevará hasta él.
—Os juro que daría mi brazo derecho por poder tener una pista que me lo desvelara —dijo el capitán Ovando, restregándose los ojos para limpiar las lágrimas mientras mantenía la vista clavada en el cadáver de su amada.
—Tenemos una pista —dijo entonces sagazmente Calabacillas mostrando su sarcástico humor que ponía enfermo al capitán— Al asesino no le gustan los retratos de Velázquez.
Después miró fijamente al capitán y le puso su mano en el hombro en señal de consuelo.
—Creedme, sé como os sentís, pero al menos sabéis que ella os amaba
—le dijo invadido por los recuerdos.
El llanto entrecortado de Álvaro de Ovando le hizo saber que era el momento de abandonar la estancia.
OceanofPDF.com