Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xx
CAPÍTULO XX
UNA fina neblina daba un aire irreal a la atmósfera de Madrid. No había pasado el medio día cuando sonó la puerta del despacho de Álvaro de Ovando y entró la sirvienta que debía ocuparse de la limpieza del estudio de don Diego Velázquez. Era una mujer fornida, que se acercaba más a los sesenta que a los cincuenta, de aspecto bonachón y tranquilo, como si tras mucho vivir no hubiera nada que pudiera alterar su existencia, los que la conocían decían de ella que era mucho más inteligente e intuitiva de lo que una primera impresión presuponía y, sobre todo, tenía la virtud de saber escuchar, algo que por otra parte era frecuente entre el servicio de Palacio, y que a más de una doncella había llevado a la ruina. Traía el rostro congestionado por la premura con la que había intentado llegar al despacho del Jefe del Regimiento de Guardias sin ser vista, para hacerle llegar una información que entendía era importante. Álvaro de Ovando echó el pestillo a la puerta para dar mayor seguridad a su espía y después se sentó frente a la mujer para conocer los últimos movimientos del pintor de Palacio, que para el capitán seguía encabezando la lista de sospechosos.
—He venido tan pronto como me ha sido posible —explicó la mujer todavía con el rostro visiblemente congestionado por el esfuerzo— pero antes tuve que pasar un rato limpiando los suelos del taller de don Diego para no levantar sospechas, lo que me ha llevado algún tiempo, en estos días no para de pintar y por más que intento mantener la limpieza cada vez que entro en las estancias del taller se encuentran sucias y desordenadas.
Como os digo, he venido en cuanto he podido para haceros saber que esta
mañana ha visitado el taller una doncella llamada Raquel de Oropesa, segundona de la nobleza e incorporada a Palacio hace dos semanas en sustitución de la fallecida Clara, para conocer en persona a don Diego —
durante un instante la mujer paró para tomar aire y prosiguió el relato de los hechos ante la mirada concentrada del capitán— No es corriente que las cortesanas visiten el “El Cuarto del Príncipe” si no es para hacerse retratar, por eso nada más verla entrar me esforcé por limpiar la sala donde estaba trabajando y así poder seguir a pie juntillas la conversación. Efectivamente yo tuve razón, es difícil que se me pase una cosa así, a mí, que estoy harta de limpiar el taller. Escuché así cómo le decía que su belleza era digna de ser inmortalizada y la doncella le dijo que sería un honor para ella el verse retratada por el pintor más importante del mundo, después no pude escuchar mucho más porque don Diego me pidió que fuese a limpiar a otras estancias, pero antes de irme conseguí entender que fijaban un encuentro para el lunes de la semana entrante, al mediodía.
La oronda mujer se despidió con una inclinación tras recibir una bolsa con varios ducados por su trabajo y dejó a solas a Álvaro de Ovando, enfrascado en sus reflexiones. Según sabía, el Conde-Duque había interpelado de nuevo al pintor para que realizara varios retratos al rey y a su familia destinados a adornar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, pero Velázquez no quería dejar de inmortalizar los cuerpos de hermosas mujeres, tal como había aprendido del maestro Rubens, y se dedicaba a compaginar sus encargos oficiales con los retratos de las cortesanas más hermosas de Palacio, argumentando que la realización de varios trabajos de personas tan distintas estimulaba su creación y le permitía mejorar la técnica de sus retratos.
Aquella noticia dejó perplejo a Álvaro de Ovando quien, después de su altercado con el Pintor, no quería saber nada de él, pero de nuevo el destino lo ponía en su punto de mira y una vez más intentando retratar a mujeres hermosas que se convertían casi de inmediato en candidatas a incrementar la lista de asesinadas. Así se lo manifestó al enano Juan Martín Calabazas a quien tras los últimos sucesos había devuelto su confianza, entendiendo que era mejor aguantar sus vanidades que no contar con sus habilidades intelectuales.
—No podemos mantener vigilancia sobre todas las mujeres de Palacio sin crear un clima de pánico que convierta el Alcázar en una caza de brujas.
Ya hemos dado suficientes palos de ciego enredando una madeja que parece no terminar nunca. Tampoco podemos mantener la máxima de que todo el mundo es sospechoso, porque necesitaríamos un ejército de espías que vigilasen día y noche a todo aquél que se moviese por Palacio y dudo mucho que podamos contar con más de una veintena de hombres leales —
confesó al bufón Álvaro de Ovando, haciendo una exposición de la realidad visiblemente amarga— Debéis saber además que ante la sucesión de inexplicables crímenes contra cortesanas cristianas, el arzobispo de Toledo ha pedido al Rey la intervención de los censores del Santo Oficio, y ha enviado a Palacio a un tal fray Jimeno Benítez, famoso por haber actuado en la quema de brujas de Béjar y el confinamiento de conversos en Hervás, a quien planea poner al frente de la investigación, dejándome a su servicio.
—Eso traerá complicaciones, no lo dudéis. Los inquisidores son capaces de hacer confesar sus crímenes al cristiano más inocente —dijo el enano no pudiendo evitar un escalofrío de temor ante el recuerdo del macabro personaje en la entrevista con el Rey que pudo presenciar como testigo—
Tenemos que centrarnos cuanto antes en nuestras indagaciones y avanzar por ellas. Primero: sabemos que el asesino tiene especial predilección por las inquilinas de la Casa de las Muñecas, por eso debemos controlar especialmente a sus habitantes y segundo: conocemos la manía de rajar cada uno de los cuadros que realiza el maestro Velázquez de una mujer hermosa, lo que nos lleva a vigilar su taller tal como lo estamos haciendo.
Creo que estamos en el buen camino, tarde o temprano el asesino cometerá un error y nosotros le atraparemos.
El capitán miró al enano con ojos agradecidos por esa bocanada de fresco optimismo que venía a penetrar en su tremendo decaimiento. Poco después el bufón abandonó el despacho y dejó solo a Álvaro de Ovando que, en medio de una profunda disquisición mental, se negaba a creer en la posible existencia brujas, maldiciones o seres venidos del más allá para tomar venganza contra las cortesanas del Rey. Intuía que algo extraño y terrible estaba a punto de suceder y se sentía incapaz de descubrirlo pese a resultarle familiar y cercano. Le hubiera gustado más tener de frente a un
enemigo tangible, como tantas veces en el campo de batalla y desarrollar una estrategia de ataque contra una situación real, aun a riesgo de poner en peligro su vida, pero ahora, una vez más, toda su capacidad mental estaba destinada a buscar a un asesino fantasmal que podía estar en cualquier lugar y ser cualquier mortal en aquella selva de la Corte, mientras pesaba sobre su cabeza como una espada de Damocles el influyente poder de la Inquisición.
A Álvaro de Ovando el Arzobispo de Toledo le parecía un ambicioso aprendiz de Armand Duplessis, el peligroso Cardenal Richelieu y primer ministro del rey Luis XIII, que estaba apoyando personalmente la intervención militar francesa en la campaña italiana contra España. El arzobispo era un oscuro hombre de poder, conocedor profundo de las fisuras en el gobierno de los Hasburgos y de las continuas rencillas en el seno de la Corte, que no dejaba de ser sospechoso de crímenes pasionales si se tenían en cuenta las decenas de romances que se le achacaban durante sus años de pastor de la Iglesia. Y ahora tenía frente a sí un hombre de confianza del Arzobispo del que nada sabía a ciencia cierta, pero a tenor de su fama no había venido precisamente a evangelizar, sino a quemar vivos a cuantos cayeran entre sus garras. “El arzobispo —pensó el capitán— no es más que otro sospechoso en una maraña de presuntos culpables, desde el último sirviente del Rey al propio Conde Duque de Olivares”.
Abandonó tales disquisiciones e intentó concentrarse en las líneas de investigación que tenía abiertas. Por eso decidió constatar primero si era cierto que el pintor iba a dibujar un boceto de Raquel de Oropesa y se dirigió hacia la iglesia de las Claras, donde debían encontrarse las cortesanas de Palacio asistiendo a la misa de la mañana.
Llegó sin contratiempos, penetró en el templo con suma discreción y disimuló su presencia apoyándose en una columna de la entrada, donde las tenues luces de un candelabro apenas permitían identificarle. “Allí estaban las queridas de Felipe IV —pensó— hermosas mujeres que le servían y amaban y morían por él”. Y entonces la vio. La bella Raquel estaba sentada en la fila de atrás, con los hombros escapando de un vestido encorsetado y provocativo que sólo era permisible para una de las preferidas del Rey.
Todavía reposaba en su mente el recuerdo de su malograda María Violeta de Enghien, pero en su condición de hombre el deseo se hacía incontrolable. El
olor a incienso y la clandestinidad del momento dieron vía libre a su imaginación y soñó que la joven se acercaba hasta él y se despojaba lentamente de sus ropajes, entre las sombras de la capilla trasera, dejando al descubierto unos pechos altos y fuertes, rematados por pezones sonrosados que le apuntaban retadores.
En aquel momento terminó el oficio y se apretó aún más tras la columna para convertirse en una sombra y pasar desapercibido ante la masiva salida de las mujeres de Palacio, que desfilaron una a una muy cerca de él, pero la de Oropesa no salió. La descubrió arrodillada, muy cerca del confesionario, esperando a que fray Antonio de Sotomayor acudiese para perdonarle sus pecados. Álvaro de Ovando todavía notaba la erección y de nuevo sus fantasías sexuales le acercaron hasta aquellos hombros desnudos, aquel cuello provocativo y unos ojos enigmáticos y muy hermosos que pedían a gritos que la despojara de sus ropas y le hiciese el amor. La llegada del clérigo rompió todos sus sueños. Era un hombre afable y recto, según decían muy bondadoso con los pobres y estricto en el ayuno y el cumplimiento de sus funciones como pastor de la Iglesia. En aquellos momentos envidiaba a Sotomayor. Hubiera deseado poder estar en su lugar y sentir el cercano aliento de la joven contándole sus más íntimos pecados, mientras adivinaba tras la celosía los ojos misteriosos y el pecho arrebatador.
Pasaron unos minutos y Raquel salió del confesionario dirigiéndose al altar mayor. Allí se postró en el segundo banco y rezó en silencio la penitencia que le había sido impuesta por el clérigo. Ovando aprovechó aquellos momentos para llegar hasta el confesionario y arrodillarse ante la celosía frente al padre Sotomayor, por su frente corrían gruesas gotas de sudor pese a la frialdad de la nave.
—Padre, confieso que tengo pensamientos impuros y deseo fornicar con una mujer que no me pertenece.
—«De corde exeunt cogitationes malae». La carne es débil y el demonio acecha, hijo —contestó el clérigo con voz conciliadora— Lucifer usa la figura de la mujer para hacernos caer en pecado. Recordad que es un grave pecado desear a la mujer del prójimo y Dios castiga a quienes lo hacen, como le ocurrió al mismísimo David. No obstante Nuestro Señor
tiene perdón infinito para sus fieles y por eso debéis rezar dos Credos, diez Padres Nuestros y cinco Ave Marías, y veréis como el maligno deja de taparos con sus libidinosos velos y contempláis el alma de esa sierva de Dios inmaculada y limpia, sin arrebatos carnales.
Mientras terminaba sus plegarias en latín Álvaro de Ovando se persignó haciendo votos para conseguir de verdad alejar la tentación y centrarse en su cometido como Jefe de la Guardia. Las palabras del cura le habían calado muy hondo, llevando paz y amabilidad a su violenta alma de guerrero y ahora se sentía mucho más puro, más humano, más creyente que nunca. Al salir depositó unas monedas en el cepillo y se persignó clavando su rodilla ante el pasillo que conducía al altar mayor, tenía la impresión de que no había sido el clérigo, sino el mismo Dios quien le había hablado.
Salió de la iglesia y respiró profundamente el cálido olor de la mañana.
Por momentos dejó vagar su mirada a través de los magníficos jardines de Palacio y recordó las tierras donde pasara sus años de la infancia, qué lejos quedaba todo, parecía que hubieran pasado mil años.
Tras su paseo volvió a su despacho, a intentar atar cabos para descubrir alguna pista que le hiciera llegar hasta el asesino. No podía aparecer y desaparecer como un espíritu sin que nadie le viese, tenía que estar allí, muy cerca y seguro que cometería errores como cualquier ser humano, “a no ser —pensó con sorna— que no se trate de un ser humano”. De nuevo se dejó llevar por los recuerdos y echó de menos otros tiempos en que la soledad no era su más leal compañera. Cuánto le hubiera gustado poder sentarse con su hermano Pedro frente a su padre, como lo hacía entonces, y pedirle consejo, para escuchar la voz madura, profunda y cálida emanar de su garganta, contundente siempre contra el hereje pero cadenciosa y tremendamente comprensiva con las correrías de sus hijos. Todavía le recordaba sentado a la luz de un candil, leyéndole las andanzas de los Caballeros de la Orden de Malta en las Cruzadas contra el Turco, y prometiéndole que siempre estaría a su lado para guiar sus pasos. El viejo le había mentido, un maldito catarro se lo llevó el invierno en que Álvaro cumplía los veinte años, tres años después de la muerte de su hermano en la batalla de Breda.
Se encontraba sumido en tales pensamientos cuando unos golpes intencionados le sacaron de ellos. Alguien había llamado a la puerta de su estancia. Abrió con cautela, el alabardero que hacía guardia se echó a un lado y descubrió ante sí a la bella Raquel. Por un momento le faltó el aliento y su corazón comenzó a bombear sangre de una forma desenfrenada.
Era ella, estaba allí. Hizo una señal al guardia para que la dejase pasar y la invitó a su despacho con torpes movimientos. Por fin le miró a la cara y, una vez más, se asombró de la profunda hermosura de la joven, no siendo ajeno al terror que sus misteriosos ojos escondían.
—Disculpad mi desvergüenza —dijo la recién llegada quitándose la toca que le cubría la cabeza y apenas dejaba ver su hermoso rostro— pero me veo obligada a acudir a vuestra merced porque siento desde hace unos días que alguien me acecha en las sombras e incluso en un par de ocasiones he tenido la certeza de escuchar un choque de metal sobre el enlosado de palacio, que bien pudiera tratarse de un cuchillo. En ambos momentos el encuentro ocasional con otras personas ha hecho desaparecer mis temores.
Esta tarde, sin embargo, me he vuelto de pronto al escuchar un sonido desconocido y he conseguido poder ver su silueta por los pasillos cuando me dirigía hacia las estancias de la servidumbre. Intentando evitar la muerte me escondí presurosa tras unos cortinajes muy oportunos y, momentos después, le vi pasar mientras contenía el aliento aterrorizada para no delatarme. Efectivamente portaba un arma metálica que no acerté a descubrir pero sí a escuchar al golpear levemente contra el muro. Estoy prácticamente segura de que se trataba del capitán Villanueva.
Álvaro de Ovando sintió como si, de repente, le faltara el aliento. Su antecesor en el cargo, la persona que había mantenido a su lado en una demostración de confianza, podía tratarse del asesino de Palacio. No obstante pensó con cautela que tal vez se debía a la propia labor de seguimiento que estaban llevando a cabo sobre las posibles víctimas, por eso tras acompañar a la joven a sus estancias para dejarla a buen recaudo, se decidió a buscar a Villanueva y poner fin a sus sospechas antes de que todos aquellos acontecimientos le hiciesen enloquecer y ver asesinos donde no los había. Al partir besó la mano de la doncella a modo de despedida y, al contacto con aquellos dedos finos y cuidados, su vello se erizó, después
levantó con inevitable timidez el rostro y encontró los ojos de la joven mirándole fijamente mientras su boca dibujaba una fina y enigmática sonrisa.
—No os preocupéis —le dijo intentando evitar que le temblara la voz—
Por vuestra merced sería capaz de dar mi propia vida.
—Os quiero vivo, capitán —fue su respuesta mientras coquetamente retiraba su mano y se volvía en dirección a sus aposentos.
Al cabo de más de una hora y tras preguntar a varios guardias de Palacio, encontró a Villanueva en el exterior del Alcázar, junto a las caballerizas.
En aquel momento un guardia llegó corriendo y sudoroso para informar aceleradamente de una nueva tragedia.
—Raquel de Oropesa ha sido asesinada, capitán —dijo con marcado acento andaluz— Su cuerpo ha sido descubierto hace unos minutos, al parecer ha caído desde la Torre Dorada, precipitándose sobre las rocas, pero no murió por la caída, alguien le atacó por la espalda e intentó degollarla, tiene el cuello abierto y las ropas ensangrentadas. El asesino ha sido visto por una sirvienta, no ha podido precisar cómo era porque le vio de lejos y la oscuridad le impedía observarlo bien, intentó seguirle pero le fue imposible porque se movía con prontitud y sin titubeos, desapareciendo en los jardines de Palacio donde la mujer no se atrevió a adentrarse.
La noticia fue un duro mazazo en las sienes de Álvaro de Ovando. La imagen ineludible de la derrota, de la desazonante impotencia ante los acontecimientos. Sabía que era probable la muerte de la joven y había ocurrido, pero lejos de ser una victoria, sus intuiciones habían resultado un fracaso más y la joven había muerto sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Álvaro de Ovando se presentó por orden del propio Rey en su despacho de la Casa de Campo del Palacio del Buen Retiro para informarle de las terribles noticias. Felipe IV estaba muy pálido y visiblemente conmocionado por la muerte de la cortesana, pero aún se mostró más impactado por la terrible forma en que había sido degollada. Se encontraba sentado en uno de los sillones y, con la cabeza agachada, escuchó todos los detalles del nuevo asesinato que el Jefe de la Guardia le contó, sin
extrañarse de que el asesino se hubiera diluido en la noche. Para el capitán Ovando no resultaba fácil no poder ofrecer a su majestad más que el propio relato, sin ningún detenido, ni siquiera un sospechoso, y tampoco se aventuró a apuntar la posibilidad de que el capitán Villanueva pudiera estar implicado. Al terminar de informarle se sintió visiblemente abatido y lo peor de todo es que no pasó por alto que el Rey parecía tener una nueva noticia que decirle, de hecho, el silencio que durante unos minutos reinó en la sala no hizo sino confirmar su premonición.
—A solicitud del Arzobispo de Toledo he pedido a los inquisidores que tomen cartas en el asunto, —informó Felipe IV con la mirada ausente como si el retirar la confianza a su Jefe de la Guardia fuese un asunto que le aburría— tengo la convicción de que toda esta serie de crímenes son obra de los herejes o del mismo demonio. En cualquier caso, ni vuestro antecesor ni vuestra merced mismo es capaz de hallar al culpable, y las muertes se suceden con absoluta impunidad, por ello os pido que pongáis en manos de los inquisidores todos los datos que obran en vuestro poder. Mañana mismo fray Jimeno Benítez, hombre de confianza del Arzobispo, se hará cargo de la investigación e iniciará los interrogatorios a todos los sirvientes, os pondréis a su servicio y facilitaréis todos sus movimientos, incluyendo la detención de sospechosos en los calabozos. Ahora podéis retiraros, tengo un dolor de cabeza terrible.
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