Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 28 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Xxvi

CAPÍTULO XXVI

TRAS los sagrados oficios se hizo el silencio durante unos minutos y Calabacillas consiguió pegarse más a la rendija por la que espiaba la escena.

No sin cierta alarma descubrió al personaje llenando una copa sagrada y mientras agarraba la misma con la mano izquierda vio como echaba la misteriosa sustancia que portaba en un frasco. El desconocido vaciló un poco al sostener el pesado recipiente de oro, como si alguna herida en el brazo le impidiese su movilidad Después se dirigió decididamente hacia el herido, tomó su cabeza y llevó la copa a sus labios mientras susurraba oraciones en latín.

Era el momento, no podía demorarse, por eso empujó la puerta del armario y ante la estupefacción del confesor del Rey, fray Antonio de Sotomayor, desenvainó la daga y se la puso en el cuello, estirando su brazo e inmovilizando con tal acción cualquier movimiento del sacerdote, quien sintió como el arma penetraba ligeramente en su carne y un hilillo de sangre teñía el metal, dándole la seguridad de que si no permanecía inmóvil moriría en el acto.

El pequeño bufón se había preparado mucho para aquel instante, quería haber herido de muerte a aquel hombre, hacerle sentir el dolor que había infligido a tantas mujeres y sobre todo, quería saber si había alguien más moviendo los hilos de aquellos crímenes, pero apenas si logró decir nada.

En ese instante Sotomayor se sintió acorralado, sin salida, y toda su fortaleza se derrumbó al darse cuenta de que estaba perdido. Sabía lo que le esperaba, los interrogatorios interminables de fray Jimeno, siempre deseoso

de pecadores terrenales que inmolar al Sagrado, el potro de ejecución y probablemente, la hoguera. Entonces sintió la copa en su mano y con un impulso suicida dio un fuerte empujón al enano arrojándolo al suelo y bebió de un trago hasta la última gota. Acto seguido salió corriendo de la estancia hasta alcanzar la iglesia, para arrodillarse ante la imagen del Santísimo y esperar la inmediata llegada de la muerte con las manos entrelazadas y la cabeza humillada frente a Dios, como correspondía a un sacerdote.

Calabacillas ni siquiera intentó alcanzarle cuando lo vio salir. Había perdido su oportunidad para capturarle y ahora ya no había tiempo para hacerle confesar. Íntimamente seguía culpándose por su torpeza al no haber comprendido antes que para el confesor del Rey la única inmortalidad posible era la religiosa, y los pinceles del artista debían estar al servicio de Dios y no de la carne. De hecho, la salvación del pintor residía en la magnificencia de su obra religiosa y en la protección real, de otro modo no hubiera tardado mucho tiempo en pagar aquellos retratos femeninos en la purificación de la hoguera.

El bufón real había comenzado a sospechar desde el principio que el asesino pretendía dejar muestras patentes de sus razones para matar. Ahora todos los signos le resultaban evidentes y todas las pequeñas señales que el confesor de Felipe IV fue dejando en su lista de crímenes le resultaron luces de inequívoca claridad “Pretendía amedrentar a Velázquez —meditaba mentalmente— por eso mató a doña Clara Silviana en el propio estudio del artista, cuando se encontraba posando semidesnuda, y clavó el cuchillo que encontró el capitán Villanueva en el cuadro de doña Inés de Gibraleón, después de terminar con la vida de ésta, probablemente cuando salía de la iglesia, muy cerca de donde la halló un palafrenero, colocando entre sus manos una cruz de hierro. La misma que, sacada probablemente al azar la tumba de “la segedana”, fue la que utilizó conscientemente para golpear a doña Encarnación Salazar, antes de darle una puñalada en el corazón que le quitó la vida en el acto, y que luego devolvió a su lugar con el fin de desviar mi atención hacia la búsqueda de un asesino procedente del más allá, aunque mis investigaciones me llevaron hasta el desgraciado Conde de Sástago”.

“Al comprobar que el pintor no captaba sus mensajes —reflexionaba Calabacillas— siguió rajando las pinturas y apuñaló en el abdomen y el costado a mi amada doña Teresa de Toscana hasta darle muerte en la misma salida del templo, donde fue a rezar por el alma de su amiga asesinada y la arrastró luego hasta el pozo de la plaza, para evitar concentrar las miradas sobre la iglesia, e hizo lo mismo con doña Maria Isabel de Tolosa, estigmatizándolas para hacer que don Diego Velázquez quedara impresionado y rechazara seguir con sus dibujos. Sólo la muerte de María Calderón, asfixiada primero y envenenada después, se apartaba de la forma en que había llevado a cabo el resto de sus crímenes lo que se debió sin duda a que pretendía que pareciese un suicidio por el amor no correspondido de Felipe IV”.

“A esas alturas debía haber perdido completamente el juicio y se dejó arrastar por la satisfacción y el poder que le daban sus crímenes-pensó mientras mentalmente recreaba todo lo acontecido— De hecho me parece inexplicable de otro modo la teatralidad de las muertes de doña María Violeta de Enghien y de Juana Fernández a quienes debió sorprender a su regreso del Monasterio de los Jerónimos, y que luego arrastró hasta el cementerio de los sirvientes poniendo en sus manos sendos cuchillos de Bolduque”.

“El asesino no había abandonado su objetivo porque necesitaba una justificación de todos sus crímenes e intentó que el pintor recibiese el tácito mensaje de una forma sutil pero ineludible y, pese a saber que doña Raquel de Oropesa estaba siendo vigilada, consiguió llevarla con algún engaño hasta la Torre Dorada y allí rajarle el cuello antes de arrojarla al vacío” —

reflexionaba Calabacillas mientras se apretaba con los dedos la barbilla, cosa que hacía en momentos de máxima concentración.

“El hecho de no haber sido descubierto le llevo a una nueva temeridad: atentar contra la vida de doña Isabel de Siruela, la última de las cortesanas hermosas de Palacio. Era una nueva señal. La última muerte debía dejar impresa la evidencia más clara, ya que quería terminar de una vez por todas no sólo con la devoción por la carne que inmortalizaba el pintor en sus cuadros, sino también con el pecado en que vivía el Rey utilizando como prostíbulo personal la Casa de las Muñecas, disfrazando a sus cortesanas

como cortesanas aunque de todos fuera conocida su auténtica profesión. Por eso se arriesgó de nuevo y una vez más consiguió degollar a su víctima, pero los gritos de ésta y la aparición repentina del capitán Ovando, que tal vez esperaba aquella acción o simplemente se encontraba en el lugar de los hechos por mera fortuna, provocaron que tuviera que huir y dejar herido a un testigo que podía haberle reconocido”, sentenció el intuitivo bufón, dándose cuenta de que todo concordaba y de que el camino del laberinto había contado siempre con un hilo de Ariadna a través de los lienzos rajados, que él no supo seguir hasta muy tarde, cuando todo había ocurrido ya.

Por un momento Calabacillas regresó al día en que doña María Isabel de Tolosa se encontraba postrada en la capilla, oyendo una misa por los difuntos y sonriendo a hurtadillas a su amado soldado de la “Guardia Amarilla”, y recordó entonces la plática del confesor del Rey, su voz profunda que retumbaba y se repetía con un lejano eco entre los elevados muros de piedra y el mensaje resonó claro en su memoria, un mensaje que debió comprender entonces, cuando todavía su hermosa doncella no había sido asesinada, pero que la falta de concentración, además de los acontecimientos que se sucedieron en aquel oscuro día, le habían impedido oír. Si hubiera sabido escuchar, si no se hubiese dejado llevar por la placidez de formas de la joven y sobre todo, si no se hubiera atormentado por la visión de su rostro arrebatado de placer mientras fornicaba con su amado en la discreción de los jardines, tal vez seguiría en el mundo de los mortales.

Pero aún había más. Él tenía que haber comprendido que los desafortunados óleos que halló en el pabellón del cementerio de los sirvientes no eran sino obra de un malogrado y envidioso pintor que había intentado suplantar al maestro para decorar el altar mayor de su templo, ante los continuos retrasos del Pintor del Rey para entregarle las obras.

Cinco días más tarde Álvaro de Ovando recuperó la conciencia y escuchó de boca del capitán Villanueva el relato de los hechos que se había perdido en su convalecencia. Supo así que el bufón había contado al Rey con más lujo de detalles de lo que la verdad hubiera exigido, cómo había logrado saber la identidad del asesino, partiendo según el enano de una

homilía del confesor Sotomayor en la que manifestaba que el pecado de la carne hacía resquebrajarse los cimientos de los defensores del cristianismo y de que la pintura era una de las artes creadas por Dios para la inmortalidad de sus mártires y santos a través de sus imágenes.

—Según parece, una conversación con el pintor de la Corte le hizo reflexionar y atar cabos, relacionando aquella homilía con las palabras del artista, quien le informó que había dejado de ejecutar los cuadros de santos para la nueva capilla para retratar por petición real a las cortesanas y cortesanas dejando entrever sus más escondidos encantos —explicó Villanueva al atento Álvaro de Ovando y, sin esconder cierto atisbo de envidia, prosiguió bajando la voz— sin embargo, yo no estoy seguro de que todo no se tratase de una casualidad y de que el bufón esté ganando puntos frente al Rey al que tiene realmente admirado con sus presuntas proezas intelectuales para aclarar el misterio de los asesinatos.

En cualquier caso el héroe de Breda y las Antillas no dejó de maravillarse de la imaginación del enano al contar cómo había intuido que fray Antonio de Sotomayor mataba a sus víctimas expiando su culpa al avisarlas de su sentencia de muerte rajando las telas de los bocetos del pintor y después, usando el mismo arma, las atravesaba el corazón a puñaladas. Sobre todo no pudo por menos que asombrarse ante el inteligente plan ideado por el bufón en el que él mismo había sido una pieza fundamental pese a su inconsciencia, porque las noticias del doctor sobre su ficticia recuperación habían surtido el efecto deseado, y el confesor del rey tuvo que arriesgarse a darle personalmente la extremaunción para poder envenenarle y evitar en cualquier caso su recuperación y que llegase a delatarle.

—¿Sabes Villanueva?. En verdad no pude reconocer a nadie saliendo de la Casa de las Muñecas —confesó el capitán Ovando— estaba tan ofuscado por los acontecimientos que actué como un principiante y no tomé la menor de las precauciones, porque creía que tras todo aquello se encontraban los tentáculos del inquisidor fray Jimeno, con quien por cierto tengo una cuenta pendiente que me agradará saldar. De haber actuado con la cabeza hubiera avisado a la Guardia y prendido al asesino tras el último de sus crímenes, pero su acierto al dispararme me dejó fuera de juego y hubiera conseguido

su total impunidad, si no fuera porque los rumores de mi recuperación llegaron a ponerle nervioso y tuvo que arriesgarse de nuevo para darme muerte. Muy astuto el enano, la verdad es que en cierto modo le debo la vida, o quizá me la debe él a mí por utilizarme como cebo para atrapar al pez, en cualquier caso ha sido toda una lección.

Al igual que Villanueva, Álvaro de Ovando estaba seguro de que Calabacillas había adornado su historia con intuiciones y descubrimientos que tal vez nunca se produjeron pero que la hacían más interesante y realzaban sin duda su indiscutible inteligencia.

—A ver si ahora se lava al menos una vez a la semana, como buen cristiano, porque últimamente no se puede uno acercar a él —dijo con chanza el capitán Villanueva.

—No es el único al que el gusta poco el agua, ese es un mal del que no se salvan ni los condes ni los duques —comentó Ovando haciéndole un guiño en un humorístico intento por mostrarse más recuperado de lo que se encontraba.

—Sabed, además, que por petición real el propio don Diego de Velázquez ha prometido inmortalizarlo en un cuadro, como si de un rey o un noble se tratase, la verdad es que lo tiene merecido el muy cabrón —

sentenció el capitán Villanueva mientras hacía un guiño de complicidad al herido, que no pudo por menos que esbozar una sonrisa.

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EL AUTOR

Salvador Vaquero Montesino (Plasencia, 1966), es Licenciado en Derecho por la Universidad de Extremadura y Diplomado en Gestión Inmobiliaria por el Instituo Europeo de Formación Empresarial Superior.

Actualmente es director y profesor de la Academia de Formación Privada “Hamlet” de Cáceres, aunque con anterioridad trabajó como redactor del Periódico Extremadura y fue corresponsal del Diario ABC en Cáceres, y actualmente es colaborador en la Revista Cultural Extremeña Qazris, con sus “Relatos del Oeste”.

Su afición por la escritura viene de muchos años atrás, y le llevó a ser finalista del Premio Provincial de Coca-cola de Cuentos en 1979. En 1983

consiguió el Primer Premio en el certamen nacional de cuentos “Valbón de Valencia de Alcántara, y el mismo galardón en el Certamen Nacional de Cuentos “Gerardo Rovira” del IB Gabriel y Galán de Plasencia. En 1997

fue Primer Finalista del Concurso de cuentos de la Asociación de la Prensa de Badajoz y consiguió el Quinto puesto en el Concurso Internacional de Cuentos “La Felguera” 2001. En el 2003 ha sido Primer Premio del Certamen Nacional de Prosa “V Letras de Baños” de Baños de Montemayor y finalista en el Concurso Nacional de Cuentos de Sestao. Y en abril de este año ha sido ganador del primer premio de Novela Corta del XII Certamen Literario “La Cárcel”, del Ayuntamiento de Totana, Murcia.

Entre sus publicaciones destacan un conjunto de Rutas en la Naturaleza Extremeña que le valieron en 1994 el Primer Premio Regional de Periodismo “Dionisio Acedo” de Extremadura, y la novela “Aprendiz de Hombre”, cuya primera edición fue presentada a principios de diciembre de 2003 agotándose en apenas cuatro meses.

Pero tal vez su faceta personal más conocida sea la de conservacionista, siendo fundador y actual director de la Escuela de Animación Natura 2000

desde 1995, lo que ha marcado profundamente su vida como escritor, con relatos conservacionistas como “La leyenda de la Guadaña Oxidada” o “El ciervo”.

A principios de 1631, en pleno reinado de Felipe IV, España estaba sumida en una turbulenta situación bélica en Flandes e Italia, enfrentada al Vaticano y en estado de preguerra con la Francia de Richelieu. En ese contexto la muerte en cadena de varias meninas que había contratado el rey para el cuidado de los infantes se convirtió en una pesadilla que amenazaba con resquebrajar los cimientos de la propia monarquía. Había que actuar pronto

y descubrir no sólo al culpable de los crímenes,

sino al instigador de una maraña de intrigas

y sublevaciones que estaban desestabilizando al país.

El rey había depositado su confianza

en el gobierno de España en D. Gaspar de Guzmán,

conde-duque de Olivares, pero éste no sabía como poner fin a aquella pesadilla, mientras el monarca se dedicaba a contratar pintores para decorar los salones del Buen Retiro y bufones que le distrajeran de sus ocupaciones...

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  • SALVADOR VAQUERO
  • Sinopsis
  • Aprendiz de Hombre
    • CAPÓTULO I
    • CAPÓTULO II
    • CAPÓTULO III
    • CAPÓTULO IV
    • CAPÓTULO V
    • CAPÓTULO VI
    • CAPÓTULO VII
    • CAPÓTULO VIII
    • CAPÓTULO IX
    • CAPÓTULO X
    • CAPÓTULO XI
    • CAPÓTULO XII
    • CAPÓTULO XIII
    • CAPÓTULO XIV
    • CAPÓTULO XV
    • CAPÓTULO XVI
    • CAPÓTULO XVII
    • CAPÓTULO XVIII
    • CAPÓTULO XIX
    • CAPÓTULO XX
    • CAPÓTULO XXI
    • CAPÓTULO XXII
    • CAPÓTULO XXIII
    • CAPÓTULO XXIV
    • CAPÓTULO XXV
    • CAPÓTULO XXVI

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