Aprendiz de hombre
Capã“tulo Vii
CAPÍTULO VII
“Yo sé que muero; y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto, antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región de olvido,
De vida y gloria y de favor desierto,
Y allí verse podrá en mi pecho abierto
Cómo tu hermoso rostro está esculpido”.
Doña María Isabel de Tolosa sonrió agradecida por los versos que el bufón real le acababa de leer. Era una hermosa pelirroja de largos cabellos y tez blanca como el mármol, hermanastra segunda de don Diego de Arce, ilustre de España venido a menos, que fue llamada a instancias del mismo Rey como menina de Palacio y como tal, ocupaba una habitación en “la Casa Azul de La Muñecas”. Pese a ser mujer había sido instruida en las letras por
su familia y gustaba mucho de escuchar tocar a los músicos de La Corte y recitar sus obras a los poetas. Por eso accedió gustosa a oír al bufón cuándo éste le contó la historia del enamorado Lotario no correspondido por la ingratitud de su adorada Clori y, abriendo el grueso tomo de El Quijote, le prometió que escucharía versos que le llegarían al alma.
—Si no fuera porque sois sólo un bufón bien podríais haber sido el más galante caballero de La Corte que haya conocido jamás Madrid —le dijo obsequiosa— sin duda mucho más sensible que la mayor parte de los aduladores que sólo buscan las prebendas del Rey y no saben hablar más que de armas y caza como atributos inexcusables de su estatus varonil.
Calabacillas tomó la mano de la joven y la besó arrodillándose a sus pies en un claro gesto de galantería al que ella premió con un fingido beso.
—¿No será tal vez que sólo buscáis el deseo?, enano o no sois un hombre al fin y al cabo —dijo entonces la pelirroja con marcada ironía.
—Os amaré siempre, sin importarme que la rosa se marchite y sus pétalos pierdan el rojo que ahora prende en mis retinas como el fuego del infierno. Entregadme vuestro amor y mi castidad será rota tan sólo cuando vuestro deseo así lo quiera, porque mi amor es tan puro como vuestro rostro y mucho más grande que mi humilde estatura, mayor que el de cualquier caballero que os pretenda, tan grande que ni siquiera os exige celibato ni pretenciosa posesión —contestó el enano manteniendo la broma aunque sin poder olvidar que estaba jugando a amores con una de las cortesanas del propio Rey.
—Mucho parecéis saber de amores, en verdad que otros muchos caballeros y grandes de La Corte deberían aprender de vuestra merced, que tiene el don de la seducción en sus palabras —comentó María Isabel aludiendo tácitamente a la frialdad con que el monarca trataba a sus amantes— aunque recordad que el amor puede convertirse de una mar tranquila en un océano tormentoso.
Por toda respuesta, Calabacillas leyó los tres últimos versos del soneto que resultaron suficientemente esclarecedores para la querida del Rey:
-¡Ay de aquél que navega, el cielo oscuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
Adónde norte o puerto no se ofrece!.
—Peligroso es en verdad escuchar vuestros labios —terció la joven—
sois un peligro para las doncellas inocentes que como yo caen rendidas a los pies de los poetas nada más escuchar sus rimas.
—No es necesaria una respuesta inmediata —dijo Calabacillas, sabedor de que aquella muchacha no estaba tomando en serio sus palabras— pero no dejéis que el tiempo pase y disfrutad vuestra lozanía. Yo seré vuestro esclavo, vuestro perro fiel, vuestro guardián en la noche y vuestro sol en el día. Pedidme la vida y os la daré gustoso. Pero no me dejéis morir de amor en el desamparo, en la soledad sin vuestra merced, en el infierno de los condenados por no ser correspondido.
Por toda respuesta la bella pelirroja rió abiertamente mientras se marchaba, para ella la broma del obsequioso bufón había terminado, para él no existía más verdad que las palabras que había pronunciado. Hubiera podido pasar la vida entera mirando a los impresionantes ojos claros de aquella hermosa mujer sin necesidad de otra cosa. Era la única persona que había conocido en La Corte que le hacía olvidar su careta de personaje sarcástico e insensible y se ponía tremendamente nervioso cuando le descubría mirándola con adoración. Sabía que se tomaba a broma sus coquetas galanterías, pero él, sabedor de que su amor era una causa imposible, se contentaba con mirarla y leerle en ocasiones algún verso extraído del Quijote.
A la mañana siguiente, los más allegados al Rey participaron de una misa por los difuntos en la Iglesia de las Claras, lo que permitió de nuevo al enano poder deleitarse con la imagen de doña María Isabel de Tolosa, discretamente colocada en la parte trasera de la capilla. No muy lejos, pudo observar como un joven y atractivo soldado le hacía pequeños guiños, rompiendo en secreto la posición marcial de los guardias reales. Si el Rey se enteraba el soldado sería inmediatamente enviado lejos de Palacio, probablemente a las campañas de Flandes o Mantua, donde encontraría la muerte.
Mientras la homilía de fray Antonio de Sotomayor retumbaba entre las columnas del edificio gótico, haciéndose eco en los altos muros e
invadiendo hasta la más intrincada capilla de la grandiosa nave, Calabacillas intentaba cada vez que le era posible destinar una mirada a doña María sin que esta lo advirtiera y, sólo en las ocasiones en que sus ojos se cruzaban, hacía un cómico gesto de complicidad que ella le devolvía. Las palabras del sacerdote sobre «la supeditación del arte a la glorificación de Dios y el pecado de la vanidad humana al pretender la inmortalidad a través de las artes», le sonaron tan huecas como las miradas de su platónico amor.
Entonces doña María de forma descuidada excusó su presencia antes de terminar la misa para pasar ante el guardia de Palacio y dejar caer descuidadamente una nota a sus pies.
Calabacillas observó toda la escena y dejó atrás la potente voz del clérigo pidiendo la exaltación de la Iglesia a través de las artes, para seguir a su amada hasta el patio exterior del edificio. Segundos después salió también el soldado de la guardia, quien había manifestado un repentino malestar a su superior para poder abandonar su puesto durante unos minutos, y se dirigió hacia los exuberantes jardines que embellecían los alrededores de la iglesia. Allí, la figura del aguerrido joven desapareció repentinamente. El enano se aproximó sin hacer ruido hasta el lugar donde había visto al soldado por última vez. Escuchó entonces un gemido tras los frondosos setos de aligustres y, tan sigiloso como un felino, se abrió paso entre la maleza para descubrir por una pequeña oquedad la figura del soldado con las calzas bajadas, fornicando como los perros con la hermosa doña María Isabel.
Sin poder aguantar tal visión, Calabacillas retornó a la iglesia y, a la salida de los oficios, vio como el guardia se encontraba de nuevo en su puesto mientras que la bella Cortesana no había vuelto al lugar, probablemente para no levantar sospechas. Al pasar junto al soldado, observó que sus medias estaban sucias de tierra a la altura de las rodillas y tuvo que reprimirse para no darle una patada por arrebatarle lo que anhelaba en lo más profundo de su corazón.
Ese mismo día, Calabacillas recibió órdenes del secretario real para que preparara el equipaje, ya que Felipe IV acompañado de su séquito iba a acompañar a la hermana del Rey, en la primera parte de su viaje hacia Hungría, para contraer nupcias.
Lejos de parar en Alcalá de Henares, donde en un principio se pensaba que el Rey y sus hermanos se despedirían de doña María, la comitiva real siguió camino hacia Guadalajara y después hasta Zaragoza, donde gobernaba DON Fernando de Borja, el Virrey de Aragón, quien había tenido una influencia decisiva en la preparación de Felipe IV cuando éste era solo Príncipe de Asturias. Allí Calabacillas recibió una de las sorpresas más gratas desde su traspaso al servicio del Rey: la llegada de su antiguo señor, el Duque de Alba, quien había sido llamado misteriosamente por su majestad, al no sentirse “convenientemente servido”.
—Es indudable que el Rey desearía poder tener más presencia sobre los asuntos internacionales y restar poder a su ministro don Gaspar de Guzmán, que en los últimos años no ha hecho sino dejar exhaustas las arcas del estado, sin cosechar más que insignificantes victorias desde la toma de Breda y el rechazo de los holandeses en Bahía —le dijo confidencialmente el Duque cuando pudo encontrarse con él en privado— DON Gaspar nos arrastra a nuevas campañas en Italia, y todo hace sospechar que también contra Francia, sin que la plata americana apenas pueda pagar los intereses de los usureros banqueros que fían en millones de ducados a la Corona.
—¿Por eso os ha hecho llamar el Rey? —preguntó Calabacillas.
—En realidad mi presencia aquí se debe a que su majestad quiere que acompañe a su hermana hasta Italia y prepare toda la seguridad y protocolo que requiere el viaje —explicó el Duque de Alba a su antiguo bufón—
aunque al mismo tiempo ha organizado una reunión con el Condestable de Castilla, el duque de Medina de las Torres, el Marqués de Camarasa y Carpio y el Conde de Sástago y de Puebla para informarnos de algo que para todos es evidente, como son los movimientos del Cardenal Armand du Plessis de Richelieu, mano derecha del Rey de Francia, quien está armando una fuerza de invasión para entrar en Italia.
—Eso significa una nueva guerra...-zanjó Calabacillas.
—No necesariamente, o al menos no directamente —puntualizó el Duque— porque si de algo estamos todos seguros, y tanto el rey como el Conde-Duque y el Consejo de Estado tienen bien presente, es que no podemos seguir imponiendo a la población nuevas levas e impuestos. Las malas cosechas de los últimos años han sumido en la pobreza a la mayor
parte de nuestros campesinos, los impuestos han sido incrementados año tras año para financiar la guerra de Flandes, la movilización forzosa ha dejado sin brazos para trabajar a miles de familias castellanas y muchos de los reinos están al borde del levantamiento contra tales abusos. Por eso, hoy por hoy, no estamos en disposición de un nuevo enfrentamiento militar contra Francia sino todo lo contrario, estamos intentando forzar una paz negociada con Holanda e Inglaterra. La actual campaña de Italia no es sino una locura más a la que nos ha llevado la prepotencia de la absurda política exterior del Conde-duque.
—¿Por qué no informáis de todo eso al Rey? —preguntó inocentemente Calabacillas.
—Lo sabe, o al menos debería saberlo —contestó el Duque— pero no quiere darse cuenta de que sería mejor, tal como le ha dicho propio don Fernando de Borja, dedicarnos a fortalecer nuestras posiciones en ultramar e Italia que proseguir una guerra de desgaste contra los protestantes holandeses, cuando la Liga Católica poco o nada han hecho por apoyarnos y el propio Papa Urbano VIII propugna el entendimiento por encima de las guerras de religión.
El bufón real no escondió su asombro por el amplio conocimiento de la situación internacional que tenía su antiguo señor e intentó descubrir aún más sobre asuntos de los que nada sabía, pese a su estancia en Palacio.
—¿Y qué hay de los asesinatos? —preguntó al Duque.
—Nadie sabe nada al respecto —dijo el señor de la Casa de Alba, mostrando en su voz cierto aire misterioso— Según se rumorea, y al parecer cree hasta el propio Rey, se trata de otra estratagema del Cardenal Richelieu para mantener en jaque a la Corona y hacer tambalearse el gobierno de Madrid, lo que sin duda está consiguiendo, ya que Felipe IV está más preocupado por la muerte de sus cortesanas que por las campañas de Flandes y Mantua.
—Y vuestra merced, ¿qué piensa? —prosiguió indagando el enano.
—No lo sé —contestó el Duque con franqueza— Resulta realmente extraño que alguien pueda moverse en Palacio sin despertar sospechas y acabar con la vida de las sirvientas reales con tanta facilidad, esfumándose como un fantasma ante las narices de todo el mundo. Si es un agente de
Richelieu es realmente audaz y peligroso, pero no creo que quiera o pueda atentar contra el Rey, porque si así fuera ya lo habría hecho. En cualquier caso debéis tener mucho cuidado, ya que si se le acaban las cortesanas podría comenzar a matar a los bufones del rey, y hoy día sois su preferido.
—Gracias a mi señor —dijo Calabacillas haciendo una educada reverencia ante tan sarcástica muestra de humor, que el Duque agradeció con una palmada en su espalda antes de marcharse a sus aposentos.
Tal como había anunciado el señor de la Casa de Alba, al día siguiente tuvo lugar la secreta reunión del Rey con algunos de sus nobles más leales para pedirles consejo acerca de los informes venidos de Francia, que hablaban de nuevas levas y movimientos de tropas con destino a una invasión en Italia. En el despacho cedido a Felipe IV por el Virrey de Aragón se encontraban el propio don Fernando de Borja, el Condestable de Castilla, el duque de Medina de las Torres, el Marqués de Camarasa y Carpio, el Conde de Sástago y de Puebla y el Duque de Alba. Pese a que la reunión se había planteado como meramente informal, la presencia de tantos Grandes de España le daba un carácter ciertamente especial, sobre todo porque por primera vez en varios años no se encontraba presente don Gaspar de Guzmán. Se trataba de un gesto que todos comprendieron como una demostración de poder del Rey, al obviar la presencia de su primer ministro.
Era una estancia espaciosa y lujosamente decorada, con una amplia mesa de madera de roble en el centro, alrededor de la que se sentaban codo con codo los invitados, siendo presidida por el Rey en uno de sus extremos y dejando vacío el otro, que en otras ocasiones habría ocupado el Conde-Duque. Varias armaduras decoraban la sala, tapizada por los blasones de los diferentes reinos de España y los escudos de armas del Virrey de Aragón.
También había grandes espejos enmarcados en formidables ingletes dorados repujados en madera que multiplicaban los espacios y gruesos cortinajes que cerraban los amplios ventanales.
Durante más de una hora, Felipe IV explicó a los nobles las noticias que le habían llegado de Francia sobre las levas a los campesinos, la contratación de tropas y cierto correo enviado al negociador papal Giulio Mazarino, en el que el mismísimo Richelieu manifestaba que la situación se
tornaba en insostenible y, si era necesario, el ejército francés intervendría en Italia, lo que podría suponer una nueva guerra.
—Si me permitís, majestad —intervino el Duque de Alba respetuosamente— abrir un nuevo frente de combate tal vez exija sacrificios que no podemos sufragar. Las cargas de las campañas actuales son ya de por sí bastante altas y no están dando demasiados frutos.
—Cierto —confirmó Felipe IV con animosidad— Pero la guerra abierta con Francia es sólo cuestión de tiempo y ante el inalcanzable final de la guerra con Holanda, estamos negociando un urgente tratado de paz con Inglaterra que incluirá una alianza frente a las Provincias Unidas, lo que podría significar el final de la campaña de Flandes y dedicar todos nuestros esfuerzos y hombres a hacer frente a las amenazas de Francia.
—Necesitamos victorias y campañas con resultados que permitan justificar todos los sacrificios ante nuestros vasallos —criticó don Fernando Borja— y según tengo entendido, el comandante de las tropas en Flandes, que desde hace años gasta el dinero a manos llenas para mantener las posiciones, es ahora el elegido para negociar en la campaña de Italia.
—La excesiva confianza de Spínola en creer que es capaz de dirigir a la par las campañas de Flandes e Italia nos están llevando al desconcierto —
dijo el Rey— y tal como nos ha confirmado el abad Scaglia, tiene una delicada salud que apenas le permite mantenerse erguido para poder observar los mapas. Por eso tenemos previsto llevar a cabo una negociación paralela que nos facilite un acuerdo de paz lo antes posible.
—¿Y qué hay de los crímenes en Palacio? —preguntó sin miramientos el Duque de Medina de Las Torres— Hay quien dice que son avisos de los agentes de Richelieu antes de atentar contra vuestra persona.
—Una de las razones de mi presencia aquí, que tan hospitalariamente ha apoyado el Virrey de Aragón —dijo el Rey sonriendo a DON Fernando de Borja— ha sido el permitir que mi guardia personal interrogase a todos los sirvientes y comprobase sus identidades hasta dar con el asesino. Desde la primera misteriosa muerte he extremado las precauciones hasta hacer prácticamente imposible que el criminal pueda llegar hasta mí.
—Pero es un hecho por todos conocido que el asesino existe, se mueve por Palacio y no ha sido detenido todavía, pese a los esfuerzos de vuestra
guardia —intervino por primera vez el Conde de Sástago— Lo que nos lleva a pensar que puede ser cualquiera.
—Agradezco vuestra preocupación —contestó el Rey con una agradable mueca de complicidad— Habéis de saber que muy pronto habrá detenciones. El capitán Villanueva tiene la sospecha de que el agente francés no es alguien ajeno a La Corte, sino que se encuentra entre nosotros desde hace tiempo y está estrechando el cerco sobre la personalidad del asesino. En cualquier caso nos enfrentamos a alguien muy hábil, lo que no debe extrañarnos sabiendo quién es su señor.
—¿Y pude saberse de quién sospecháis? —preguntó sin mucho interés el Marqués de Camarasa.
Por toda respuesta, el Rey abrió la puerta de acceso a la sala y penetró en su interior el Jefe de su Guardia Personal, el capitán Villanueva, quien portaba en sus manos un puñal y un anillo que depositó sobre la mesa.
Durante unos momentos, uno a uno se fueron pasando ambos objetos, en los que un escudo resultaba realmente delatador.
—Es el puñal con el que al parecer quitaron la vida a la joven Teresa y el anillo que se encontró entre sus pertenencias y, tal vez, vuestra merced puede decirnos a quién pertenecen —explicó Villanueva dirigiéndose al de Camarasa, quien tenía los ojos abiertos como si se encontrase ante la presencia de un fantasma.
—Puedo explicarlo todo —dijo el Marqués visiblemente nervioso—
Confieso que doña Teresa y yo mantuvimos un discreto romance a espaldas de mi Rey y, en uno de nuestros encuentros, le regalé mi anillo y mi propio puñal como prueba del afecto que sentía por ella. Nadie más que yo ha sufrido por su muerte. De hecho no pude haber sido yo, lo juro por Cristo Nuestro Señor.
—¿Podéis demostrar que eso es cierto o tendremos que conformarnos con vuestra palabra? —dijo el capitán Villanueva sin esconder su escepticismo.
—Tan cierto como que fue mi primo, el propio Conde-Duque quien me envió en esas fechas a Cataluña, con la misión de avisar al Conde de Barcelona de la presencia de agitadores de Richelieu intentando forzar un levantamiento entre la población. Al parecer hay indicios más que evidentes
de la presencia de espías franceses entre los Corregidores de Cataluña que están empañando el buen nombre de nuestro rey y haciendo crecer bulos sobre futuros impuestos de su majestad que encarecerán de forma usurera los bienes de primera necesidad para sufragar los gastos de nuevas campañas militares. Don Gaspar de Guzmán es mi testigo y, si recuerda su majestad, el día de los crímenes a los que se refiere yo no me encontraba en La Corte. De hecho si os fijáis bien podréis comprobar que el puñal está inmaculado, sin restos de haber sido usado jamás —el Marqués levantó el arma para que todos pudiesen verlo, refrendando así sus palabras, después prosiguió— No obstante, mi palabra debería ser prueba suficiente para demostrar que no soy un asesino de cortesanas, muy al contrario, a Dios pongo por testigo de que jamás he osado proferir siquiera una mala palabra contra el buen nombre de una dama.
Camarasa se volvió entonces hacia el capitán Villanueva, sus ojos estaban rojos por la ira y, elevando el tono de voz, dijo amenazadoramente:
“Acusar en falso a un hombre honrado es un delito, acusar a un fiel servidor del Rey una villanía y si encima pertenece a una leal familia supone un ultraje a sus antepasados, por eso no cejaré hasta veros pagar la falta de respeto que habéis mostrado hacia mi persona”.
Después hizo una presurosa reverencia ante el rey y salió de la estancia haciendo chocar con fuerza sus tacones contra el enlosado, dejando constancia de su tremenda ira.
Dentro de la sala se hizo un denso silencio mientras todos los presentes, incluido Felipe IV, volvieron su cabeza y miraron con reproche al capitán Villanueva, quien sintió que por un momento la tierra se abría a sus pies.
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