Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xii
CAPÍTULO XII
EL reciente rumor de la llegada del héroe de las Antillas y la Flota de Nueva España cargada de tesoros eran en aquellos días el chismorreo con más ecos en los pasillos de La Corte. Según anunciaban todas las lenguas el capitán victorioso Álvaro de Ovando iba a convertirse en Jefe de la
“Guardia Amarilla”, tomando el relevo al Condestable de Castilla, sustituto provisional del capitán Villanueva, tras su desafortunada acusación contra el Marqués de Camarasa.
Por entonces el Conde-Duque de Olivares, viendo cómo corría como la pólvora un sentimiento antiespañol en Francia, se esforzaba por fomentar el apoyo a Alemania con el fin de tener dispuesto el ejército imperial al mando de Wallestein para prestar nuevos servicios a la casa de Austria. Don Gaspar de Guzmán soñaba con una gran liga entre Madrid, Viena y los príncipes alemanes para frenar el despliegue francés y una coalición de las fuerzas imperiales para reducir finalmente a los holandeses. Y así se lo explicó al padre Quiroga en una carta fechada el 23 de enero en la que le confesaba que “había que ofrecer cuantiosos subsidios al emperador a costa de la sangre de los vasallos del rey”.
Para celebrar la llegada de la Flota de las Indias, por orden expresa del Rey y a petición del Conde-Duque, tuvo lugar en los nuevos Salones de Baile recién inaugurados del Palacio del Buen Retiro una populosa fiesta, que en realidad encubría la discreta presentación pública del capitán Ovando al Consejo del Reino y a toda La Corte. De todos era sabido el hecho de que la fulminante llegada del héroe se debía a que el monarca
quería poner fin a aquella serie de asesinatos sin resolver que convulsionaban sus sueños más que las campañas contra Holanda, Italia o la guerra no declarada con Francia.
Haciendo sombra al propio Alcázar, donde tenía la residencia la familia real, el Palacio del Buen Retiro se estaba convirtiendo en espejo arquitectónico del reinado de Felipe IV y como tal, no sólo era una joya en sus exteriores, con sus jardines, sus amplios pabellones y sus fuentes adornando todo el conjunto, sino también en sus interiores, donde los cuadros de los más famosos pintores de toda Europa colgaban en sus paredes, mostrando la edad de oro del arte en la España del siglo XVII.
Álvaro de Ovando acudió a la fiesta con el uniforme de gala de la
“Guardia Amarilla” que le había proporcionado nada más llegar su compañero de viaje José González. Lucía coletos de ante, gregüescos de terciopelo carmesí, medias amarillas —que distinguían a la guardia española de la tudesca— tahalíes en bandolera, y espada y daga con empuñaduras y remates dorados. En la cabeza llevaba un sombrero
“ Chambergo” entrefino de Alcántara, con plumas encarnada, amarilla y blanca. El conjunto lo completaba una “Juste-Corps” o casaca a la francesa guarnecida con franjas de la Casa Real; guantes con manopla, corbateas de bocadillo, y jubones blancos de lienzo para debajo de la casaca. Al cinto presentaba colgada su espada y semiescondido pero visible por su empuñadura de marfil, portaba el pequeño mosquete que le regalara el Conde-Duque con la intención de que éste comprobase cuánto le agradaba el presente, aunque la realidad fuera bien distinta. Se sentía elegante pero nervioso, como el lejano día en que fue ascendido a oficial por su heroicidad en Flandes, pero allí no había Tercios, sino nobles y grandes de España que jamás habían pisado un campo de batalla y, en el momento en que ascendía por la escalinata de mármol que llevaba a los salones de baile del Palacio, se dio cuenta de que, escondido entre aquella multitud, bien pudiera estar el asesino que había puesto en jaque al país más poderoso del mundo.
La gran mayoría de los gentilhombres de La Corte de Felipe IV se dieron cita en la fiesta, donde los más de cuatrocientos invitados se arremolinaban en corrillos disertando sobre los más variopintos asuntos de
Estado, mientras tomaban vino en finas copas de cristal, al tiempo que algunos danzaban despreocupadamente con sus hermosas mujeres o enviaban disimuladas sonrisas a las cortesanas que habían tenido el honor de ser invitadas por alguno de sus ilustres amantes.
Flanqueado por el fiel José González, el capitán Ovando fue recibiendo discreta información de cuántos allí se encontraban de entre los “grandes de España” antes de que le fueran presentados. De hecho allí se hallaba la flor y nata de política nacional, pero había un área especialmente reservada donde se habían concentrado de entre todos los “grandes” los más influyentes. Era un zona discretamente situada al lado izquierdo de la orquesta, sólo ocupada por hombres, “donde —según informó González al nuevo Jefe de la Guardia— se intercambiaban secretos don Francisco Vinuesa, el Conde de Sástago y Puebla, el duque de Medina de las Torres y el Marqués de Camarasa y Carpio, muy cerca del abad de Scaglia, hombre de confianza del duque Carlos Manuel de Saboya que había criticado con tanta dureza al general Spínola y que pretendía ganarse los favores del Conde de Oñate, uno de los hombres fuertes del Consejo de Estado, quien no había querido perderse el acontecimiento pese a su ataque de gota”. No muy lejos, las medallas y distinciones sobre los uniformes delataban la presencia de las más altas graduaciones militares, como el general Juan Cerbellón y Caspio o don Carlos Coloma de Herreruela y Grijalbo y Enrique Van Der Bergh, recientemente nombrado Jefe de los Ejércitos de Flandes a quien Ojalvo había conocido en la reunión secreta de Bruselas con Spínola. Además estaban los secretarios de estado don Pedro de Arce y don Andrés de Rozas, y no faltaban tampoco grandes hombres de la Iglesia como el confesor del Conde-Duque, Hernando de Salazar, el Cardenal de La Cueva, el abad Scaglia, fray Antonio de Sotomayor, el confesor del Rey, Andrés Pacheco, el nuevo Inquisidor General y el Arzobispo de Toledo.
En los corrillos la mayoría hablaba de los crímenes que en aquellos días estaban sucediendo misteriosamente en Palacio y del golpe asestado a los corsarios holandeses por el flamante nuevo Jefe de la “Guardia Amarilla”.
Todos querían conocer al héroe y Álvaro de Ovando pasó toda la noche explicando repetidamente, con poco lujo de detalles, la batalla en la que venció a la flota del capitán Leyden y forjó el oportuno rechazo del asalto
holandés a la Habana, siendo su juventud y su atractiva gallardía más tema de cuchicheos entre esposas y cortesanas que sus propias hazañas bélicas.
Realizando su función con la diligencia que le caracterizaba, el secretario José González llevó al capitán a presencia del Conde-Duque, su señor, para que asumiera su papel de anfitrión y fuese, de entonces en adelante, el que se encargase de las presentaciones, lo que éste llevó a cabo con una sonrisa que evidenciaba ante todos el triunfo político que suponía el traer a La Corte, bajo sus órdenes, a un héroe de ultramar para hacer frente al problema de los asesinatos. La leyenda del capitán Ovando era cada vez más grande y el tenerle allí suponía seguir manteniendo el timón, frente al poder creciente de los militares. Por eso no dudó en presentárselo personalmente al general Juan Cerbellón y a don Carlos Coloma, quienes le interrogaron con evidente interés y no menos admiración sobre la situación de las tropas españolas en Nueva España y su opinión sobre la situación internacional generada por Francia e Inglaterra.
—Siempre pensé que vuestra merced era mucho más viejo, ahora veo que además de ser un capitán temible debes ser también un conquistador de mujeres invencible —le dijo el general con una expresión de aprecio y camaradería que hizo sonreír al resto de los presentes— En cualquier caso sabed que nos sentimos orgullosos de poder contar en nuestros ejércitos con hombres de vuestro honor y valía, esa es sin duda la mejor garantía para acrecentar la grandeza de nuestras tropas.
—Desde la primera vez que le vi supe que darías que hablar, y sin duda alguna que vuestra merced lo ha conseguido. No tiene ni idea de lo orgullosos que estarían nuestros hombres de poder batallar bajo sus órdenes, de veras que os habéis convertido en una leyenda —refrendó Enrique Van Der Bergh, que casualmente se encontraba en aquellos días en Madrid.
Las presentaciones y saludos prosiguieron durante largo rato por los corrillos de los prohombres que saludaban con respeto, admiración y a veces envidia a aquel capitán cuyo nombre era el símbolo del triunfo y la gloria que todos soñaban. Las invitaciones para cazar en sus feudos se sucedieron y por un momento Álvaro de Ovando pensó que de aceptar realmente todos aquellos agasajos no tendría más remedio que dedicar su
tiempo a la vida social sin poder emplear un solo minuto en las auténticas ocupaciones que le habían traído a La Corte.
—Vuestra merced tiene que conocer nuestros cazaderos del Condado de Aranda —le decía el Condestable de Castilla en un momento de la presentación— Allí encontrará los jabalíes y venados más grandes que jamás pudisteis imaginar, algunos se confunden con las vacas que pacen en los pastizales cercanos al río. Seguro que allá en Nueva España no vio jamás nada parecido.
—Iré no lo dude —contestaba obsequioso el capitán— Me encanta la caza y batir las manchas persiguiendo a los “guarros” con los perros, algo que no hago desde hace muchos, muchos años. Creo que es una de las sensaciones más excitantes que conozco.
—Pues esa es una afición compartida por la mayoría de los presentes, aunque sin duda alguna tendrá oportunidad de conocer los cazaderos reales de su majestad, donde todavía abunda el oso —dijo obsequioso el Condestable dejando seguir al capitán en su camino de presentaciones.
No obstante también entre los intrigantes hombres de estado había influyentes personajes a quienes la figura del héroe no les provocaba ninguna simpatía.
—Lamento de veras la muerte de vuestro protector —le dijo el abad Scaglia cuando le fue presentado por el capitán Villanueva— Era un hombre con gran capacidad para la guerra y aunque tuvimos nuestras diferencias siempre le admiré mucho. De hecho quise asistir a sus funerales pero no pude porque en ese tiempo me encontraba en Bruselas, en misión oficial con el Marqués de Leganés. Fue un gran hombre y una pérdida irreparable para España —Scaglia no pudo esconder por más tiempo su cinismo y bajó la cabeza para que su interlocutor no pudiera ver la irónica sonrisa que escondía su rostro.
—Me hubiera gustado que los halagos que vuestra ilustrísima le profesa muerto hubieran sido la mitad que le dedicó en vida —dijo el capitán Ovando visiblemente enojado mientras era arrastrado por el capitán Villanueva hasta otros círculos donde poderosos gentilhombres esperaban poder estrechar la mano del héroe.
Llegada la media noche la entrada del cortejo real hizo parar la música y enmudeció a todos. Los alabarderos tomaron posiciones y el secretario personal de Felipe IV, junto al propio Conde-Duque, abrieron paso a su alteza, elegantemente vestido para la ocasión con un traje de raso negro con adornos de oro. Al adentrarse en los salones de baile el Rey hizo señas a su secretario y éste a su vez a los músicos para que prosiguiera el baile. El capitán Álvaro de Ovando fue llevado casi de inmediato a su regia presencia y con la mejor de las sonrisas recibió las felicitaciones personales de Felipe IV y el anuncio de su próxima toma de posesión como Jefe de la
“Guardia Amarilla”, que ya le fuera comunicada por el capitán Villanueva nada más llegar a Palacio. Por primera vez frente a frente estaban el joven héroe y el aún más joven rey, ambos se reconocieron más jóvenes de lo que habían imaginado el uno del otro, y tal vez por eso casi al unísono sonrieron.
—He oído hablar tanto de vuestra merced que os imaginaba un coloso, pero en realidad prefiero que seáis un hombre, no tengo gran aprecio a lo que va contra las Leyes de Dios, prefiero tratar con la naturaleza humana —
dijo Felipe IV convirtiendo su inicial halago en un acertijo indescifrable para la mayoría de los presentes.
—¡A vuestra disposición siempre mi lealtad, mi vida y mi espada, Majestad! —fue la lacónica respuesta del capitán a la vez que agachaba la cabeza en clara reverencia ante el monarca que representaba aquello por lo que había arriesgado su vida en tantas ocasiones.
—A la vuestra cuanto precise para hacer su trabajo. Lo más importante es ajusticiar cuanto antes a ese maníaco y para ello no debéis ahorrar medios ni esfuerzos, lo importante de verdad es que sea pronto, para evitar nuevas tragedias —dijo Felipe IV bajando la voz.
—Majestad. Desearía pediros un favor —dijo entonces el capitán.
—Está concedido —contestó el Rey sin esperar siquiera a escuchar cuál era la petición de su nuevo Jefe de la Guardia.
—Deseo que el capitán Martín Villanueva permanezca a mis órdenes para facilitarme toda la información posible sobre el personal de Palacio y enseñarme el resultado de sus averiguaciones.
—Que así sea —ratificó el monarca— pero como sabe no le valieron de gran ayuda, más al contrario, ridiculizó a uno de mis más leales caballeros delante de todo el Consejo.
—Lo sé, majestad, pero creo que su conocimiento del funcionamiento de Palacio me será de gran ayuda —dijo el capitán.
Entonces apareció junto al Rey el bufón Francisco Lezcano, conocido como “el niño de Vallecas”, que se adelantó enarbolando una no menos ridícula espada de madera y apuntó con ella de frente al capitán.
—Si se mueve le mato —dijo consiguiendo una carcajada general de cuantos le escuchaban— Basta un medio hombre como yo para terminar con vuestra fama y fortuna.
—Fama tal vez, fortuna poco más que lo puesto. La verdad es que no carece de valor —dijo con sorna el capitán— ya que jamás un enemigo ha conseguido apuntarme con su espada y vivir para contarlo.
—Se equivoca, heroico soldado —rió “el niño de Vallecas” sin dejar de apuntar con la espada al capitán con su cómico gesto— la señora de la guadaña hace invencible a los enanos, ya que tenemos más fácil poder agarrar a nuestro enemigo por los cojones —la carcajada general no tuvo entre sus actores al capitán, a quien aquel tipo de humorada no le hizo gracia alguna.
—Por cierto —dijo el bufón adoptando una mueca sarcástica que todos rieron antes siquiera de conocer sus palabras— ¿qué se siente cuando el acero quita la vida a otro hombre? —y de nuevo hizo una finta con su espada de madera tocando con ella el cuerpo del capitán.
—No lo sé. Jamás ninguno dejó recuerdo en mi mente —contestó el aludido de mala gana.
—¿Entonces es falso todo lo que cuentan de vuestra merced? —
interrogó el bufón ante el interés de los asistentes a la conversación.
—Eran enemigos, protestantes o piratas. Pero ya que está tan interesado podría plantearme quitar la vida a un enano, hazaña que no se cuenta entre mis gestas —dijo Ovando mientras desenvainaba la espada y apuntaba con ella al bufón, quien se escondió tras el secretario del Rey en medio de la carcajada general.
—No parecen gustarle muchos mis “hombrecillos”. No debe dejarse engañar, tras su apariencia diminuta se esconden personas con grandes cualidades —dijo Felipe IV todavía sonriente— Pues si este os intimida, ya veréis cuando conozcáis a Juan Martín Calabazas..., a quien por cierto andamos buscando sin saber su paradero.
En aquellos momentos uno de los oficiales de la “Guardia Amarilla”
irrumpió en escena y se acercó hasta el monarca diciéndole algunas frases al oído. Mientras escuchaba, el Rey sonrió de nuevo y con un par de frases escuetas despidió al recién llegado.
—Vaya, parece que acaban de encontrar al desaparecido en los calabozos —explicó riendo a los presentes. Nunca dejará de sorprenderme, al parecer fue detenido por no saberse el santo y seña de hoy y los guardias lo han mantenido allí hasta comprobar que era uno de mis enanos. Le he pedido al oficial que ponga lentes al soldado porque no entiendo cómo necesitaba constatación para saber que se trataba de un bufón cuando no mide más de doce palmos.
Sin hacer más comentarios al respecto el propio Rey presentó al capitán a los servidores que conformaban su interminable séquito, quienes mostraron en todo momento su respeto ante la figura del famoso héroe, incluyendo al propio Condestable de Castilla, quien pareció a Álvaro de Ovando un hombre íntegro y diligente en un mundo de farsantes y parásitos reales. Uno de ellos, de melena rizada y mirada miope, le llamó especialmente la atención, era un famoso pintor del que había oído hablar mucho por su fama de retratista excepcional, un tal Diego Rodríguez de Silva Velázquez quien, según le había informado José González, había descubierto a la primera de las mujeres asesinadas cuando posaba para él.
Desde luego no tenía ninguna pinta de asesino, pero el capitán se había prometido no confiar en nada ni en nadie hasta desenmascarar al culpable, y el pintor era uno de los principales sospechosos.
—¿Es cierto que vuestra merced estaba pintando a doña Clara cuando la mataron? —preguntó Álvaro de Ovando al pintor.
—Cierto —contestó lacónico Velázquez, a quien no le gustaba que le interrogaran sobre el crimen.
—¿Y cómo fue posible que no viera al asesino? —siguió preguntando el nuevo Jefe de la “Guardia Amarilla”.
—Hubo un disparo en la estancia contigua —explicó el pintor de mala gana— y yo salí para ver qué sucedía dejando a doña Clara en el estudio de la sala de los espejos, cuando volví la habían matado y habían rajado mi pintura.
—Estaba medio desnuda, ¿verdad? —inquirió Ovando.
—Si lo sabe no comprendo por qué lo pregunta —contestó Velázquez—
Estaba cubierta con un blusón mojado que lo hacía casi transparente, pero el asesino no abusó de ella, de hecho apenas tuvo tiempo de matarla antes de que yo volviera.
—Sí, tuvo que actuar con gran rapidez —dijo el capitán reflexionando en voz alta— de hecho resulta mucho más fácil creer que vuestra merced intentase tener algún tipo de relación con ella y, ante su negativa, le provocase la muerte. Según me ha informado el capitán Villanueva, no se ha encontrado ningún impacto por arma de fuego en la sala contigua y vuestra merced afirma que sonó un disparo, ni tampoco parece que hubiera tiempo posible para que un asesino penetrase en vuestro estudio, os engañase y matase a la muchacha.
—Juro por mi honor que no soy el responsable de su muerte —dijo el pintor entrecortando las palabras al sentirse acusado— De hecho jamás llevo armas y nunca he tenido un puñal en mis manos. Además, hubiera sido más lógico sacar de allí el cadáver que llamar a la Guardia.
—Es cierto —terció el Condestable— lo encontraron junto a la mujer paralizado por el terror y todavía con los pinceles en su mano. No es creíble que hubiera sido él, ya que está acostumbrado a retratar a bellas mujeres y a verles sus intimidades mostrando el mayor de los respetos. Y en cuanto al disparo, sería muy posible que el asesino lo efectuase sin balas, haciendo estallar la pólvora de su pistola para alejar al pintor de su modelo.
El pintor de La Corte disculpó su presencia, visiblemente molesto por el interrogatorio público del capitán Ovando y se marchó de la fiesta.
Aceptando la excusa de Velázquez para abandonar el lugar, el nuevo Jefe de la “Guardia Amarilla” refrendó sus sospechas sobre el histriónico pintor y se preguntó cómo las mujeres serían capaces de mostrar sus encantos ante
aquel personaje miope de melena alborotada y mirada de ratón que bien podía esconder a un depravado.
El Rey les dejó un instante para ir en busca de la reina, que según comentó se había encontrado un poco indispuesta y por eso no había hecho acto de presencia todavía, y el capitán siguió su ronda de presentaciones por la fiesta acompañado del Conde-Duque y su secretario José González, quien hizo gala de un dominio absoluto de los títulos y abolengo de cada uno de los presentes mientras Ovando, entre respetuosos saludos y educadas frases de cortesía, se esforzaba a duras penas por evitar los bostezos que le provocaban aquellas protocolarias presentaciones.
Y entonces la vio ante él. Sintió la calidez de su mirada clavándose en su cuerpo y no pudo por menos que bajar la vista y sonrojarse como un niño. Era una mujer hermosa, muy hermosa. Su pelo rubio ensortijado escondía unos ojos acaramelados de viva mirada, ardiente como la lava de un volcán e intensa como el olor de las rosas. Tenues arrugas en su marmóreo rostro desvelaban, pese al maquillaje y los aceites, que ya había recorrido largos años de juventud, pero los movimientos de su cuerpo seguían prometiendo la intensidad del deseo de una adolescente. Era alta y esbelta, pero sobre todo tenía una especial altivez que demostraba en cada uno de sus movimientos, y lucía su traje con una elegancia que dejó embelesado a Ovando. Acompañaba a la reina Mariana, quien levantó su mano para que pudiera besarla el nuevo Jefe de la Guardia, mientras el Rey elogiaba las heroicas gestas del capitán.
—Por cierto, acaba de llegar del calabozo uno de los hombres más cultos de mi reino y tal vez al mejor recitador de sonetos que hayáis conocido jamás —dijo Felipe IV indicando con la mirada a un enano de no muy agraciado aspecto que el capitán descubrió al conseguir retirar la mirada de la joven.
-“Que Amor sus glorias venda
caras, es gran razón y es trato justo;
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto;
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta”.
Todos sonrieron ante la declamación de Juan Martín Calabazas, quien discretamente hizo un guiño de complicidad al capitán como si aquellos versos no fueran sino una travesura al descubrir que había quedado prendado de la doncella de la reina.
—Un poema muy hermoso, la verdad es que las empresas de armas me han dejado poco tiempo para la poesía, pero es de admirar que un ser como vuestra merced sea capaz de recitar de tal manera —dijo el capitán Ovando sin poder dejar de mirar con el rabillo del ojo a la hermosa joven.
El enano dio entonces un paso al frente y haciendo una reverencia a su majestad, quien se sintió muy complacido, infló el pecho y recitó con la mano izquierda sobre su corazón y el brazo derecho estirado como si de un canto se tratase.
-Marinero soy de amor,
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy una estrella
Que desde lejos descubro,
Más bella y resplandeciente
Que cuantas vio Palinuro.
Yo no sé adónde me guía,
Y así, navego confuso,
El alma a mirarla atenta,
Cuidadosa y con descuido.
Recatos impertinentes,
Honestidad contra el uso,
Son nubes que me la encubren
Cuando más verla procuro.
¡Oh clara y luciente estrella, en cuya lumbre me apuro!.
Al punto que te me encubras,
Será de mi muerte el punto.
Con una nueva inclinación de cabeza y una reverencia ante sus majestades, el bufón dio por finalizada su actuación, aplaudida por todos los presentes.
—Hermoso, muy hermoso —repitió de nuevo el capitán, más atento a la bella joven que a la lírica del enano— ¿Son vuestras esas composiciones?.
—Las musas no han permitido que tuviese talento para tales obras —
contestó galante el bufón mientras esbozaba una sonrisa que escondía la sorna ante la ignorancia del laureado soldado— Es de Don Quijote de la Mancha, un libro magnífico hecho por un soldado como vuestra merced, don Miguel de Cervantes, que deberíais leer.
—Lo haré sin duda. Vuestras poesías me han impresionado. Espero que el resto de poemas del libro sean tan buenos como los que os he escuchado
—dijo cortésmente el capitán, dando muestra ante todos los presentes de su desconocimiento de la famosa obra que la mayoría había oído nombrar y muy pocos habían leído.
Irrumpieron entonces en el salón un ejército de sirvientes portando bandejas de plata con copas de vino talladas en cristal y dulces de hojaldre y cabello de ángel con los que obsequiaron a los presentes. El rumor que hasta entonces había resultado siempre discreto creció entre los presentes y dio paso a momentos de distensión a medida que se vaciaban las copas y se ingerían los más variados pasteles.
Calabacillas sintió entonces un apretón en el estómago que le hizo salir al patio del Alcázar, buscando el anonimato de las adelfas para poderse bajar las calzas y cagar a placer. Tras la operación metió la mano en su propia mierda y rescató el anillo de la Casa de Sástago, que limpió utilizando unas matas para esconderlo luego en el bolsillo de su casaca.
Tenía un plan que cumplir y para hacerlo necesitaba de un cómplice y un poco de fortuna. Para no despertar sospechas volvió a la fiesta subiendo por una escalinata hasta las terrazas traseras, custodiadas por varios guardias, a
los que dio el santo y seña, y penetró discretamente en el salón donde nadie se había percatado de su ausencia. El capitán todavía era llevado de un lado a otro por el secretario del Conde-Duque para ser presentado al resto de los invitados de la fiesta, quienes esperaban ansiosos por intercambiar unas palabras con el apuesto héroe. Calabacillas le vio un gesto de cansancio ante una situación a la que sin duda no se hallaba acostumbrado y comprobó, sonriendo, cómo el bizarro soldado intentaba controlar con la mirada los movimientos de la bella María Violeta de Enghien, quien en todo momento se mantenía en un discreto segundo plano pendiente de los deseos de la reina.
Le tocaba actuar y tenía que hacerlo rápidamente. Se dirigió a la cocina por el pasillo que recorrían los sirvientes con bandejas de dulces y vino.
Nadie le preguntó nada, la mayoría de aquellos camareros le conocía de vista. Llegó hasta la cocina y una vez allí vio la larga mesa de madera donde eran preparadas con esmero por una joven las bandejas de dulces.
—¿Podría vuestra merced darme algo para la acidez?, el estómago casi no me permite mantenerme en pie —le dijo con cara de lástima.
—Esperad un momento, voy por una infusión de hierbabuena que os limpiará el estómago, aunque lo que debéis hacer es dejar de beber —
contestó la joven apiadándose del enano.
Mientras esperaba, Calabacillas comprobó que nadie podía verle y aprovechó para meter el sello en uno de los hojaldres. Momentos después apareció la joven con la infusión que el enano se bebió sin contemplaciones.
—Gracias, sois una joya como no existe otra en la corona de realeza alguna —dijo galante a la joven— Por cierto, decid que lleven rápido esa bandeja de dulces al Conde de Sástago y Puebla, cuando venía hacia aquí le oí decir quejarse de lo lento que iba el servicio, y ya sabéis que es tan quisquilloso como amigo del Rey.
Momentos más tarde Calabacillas comprobaba desde un discreto rincón cómo un sirviente llevaba la bandeja de dulces al grupo donde se encontraba el conde y se los ofrecía. La glotonería era norma cotidiana entre los invitados a las frecuentes fiestas de la Corte, máxime cuando ya llevaban algunas copas de vino, por lo que tanto el propio Conde, el duque de Medina de las Torres, el abad Scaglia y el Marqués de Camarasa y
Carpio tomaron sendos pasteles mientras seguían su animada conversación sobre las tácticas francesas en la política internacional.
El enano vio preocupado como el Conde de Sástago terminaba su hojaldre sin mostrar reacción alguna, como tampoco el resto de sus contertulios, hasta que el abad Scaglia hizo un extraño gesto y se echó la mano derecha a la boca.
—¡Esto es intolerable, acabo de morder algo sólido dentro del pastel!
¡Es una vergüenza! —se quejó de malos modos mientras miraba en su mano el objeto que acababa de morder— ¡Se han dejado un anillo en el pastel!.
¡Mirad, es un sello con un escudo! —entonces se volvió hacia don Francisco Vinuesa que se encontraba codo con codo junto a él— ¡Por cierto que creo que os pertenece! ¡Mirad a ver qué empresas tenéis en la cocina porque abandonáis en ellas vuestras joyas! —dijo sonriendo mientras excepto el Conde, todos rieron la graciosa ocurrencia.
—No puede ser —fue la lacónica respuesta del aludido al observar detenidamente sobre su mano un anillo que conocía a la perfección— Tiene que tratarse de una copia falsa. Pertenece a alguien que se fue hace mucho, mucho tiempo.
Minutos después don Francisco Vinuesa abandonaba la fiesta como alma que lleva el diablo en dirección hacia el cementerio de los sirvientes.
Había luna llena y se veía bastante bien. Unos minutos más tarde se encontraba frente a la tumba de Encarnación Salazar acompañado por dos de sus sirvientes, quienes portaban sendas palas.
—Desenterrad el cadáver —dijo sin reparos— Tengo que comprobar que ella sigue ahí, que nadie ha desvalijado su tumba.
—Pero Excelencia —interrumpió uno de los lacayos— ¿No sería mejor esperar a que amaneciera y contar con el permiso de su majestad?. Tened en cuenta que nos encontramos en un cementerio real y podría crearos problemas.
—No te preocupes —dijo el conde sin mucho convencimiento— Si nos descubren seré yo quien responda, pero necesito saber ahora mismo si ella sigue ahí.
—Tened en cuenta además que no es de buenos cristianos interrumpir a los muertos en su sueño eterno —volvió a decir el lacayo a quien no le
hacía ni pizca de gracia desenterrar un cadáver en una noche de luna llena.
—¡Hazlo y pronto! —ordenó tajante el de Vinuesa— No tenemos mucho tiempo.
Apenas treinta minutos después los dos lacayos sudaban al compás de las paladas, pero habían desenterrado prácticamente la tumba de tierra sin encontrar el ataúd.
—¡Tiene que estar ahí, tiene que estar ahí! —repetía el conde clavando sus pupilas en el agujero que sus sirvientes estaban abriendo.
En ese momento sonó un ruido extraño y profundo que se repitió en la lejanía, como un lamento que adquiría tonos altos para descender en tonos más graves y perderse en la noche. Los dos lacayos pararon su trabajo y miraron en la dirección de donde procedía el sonido. Uno de ellos levantó la mano y señaló indicando algo que ya todos habían visto. Sobre la cercana pared del cementerio había un fantasma envuelto en un sayo negro. Bajo la capucha se adivinaban los inconfundibles rasgos de una sonriente calavera.
Y les estaba mirando.
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