Aprendiz de hombre
Capã“tulo I
CAPÍTULO I
Nada parecía presagiar que en unos minutos aquel hermoso paisaje fuera
a convertirse en una matanza. Acababa de despuntar el alba en medio de
la niebla que envolvía los campos y los soldados afilaban sus espadas y se
ajustaban los cintos prestos para la batalla. Hacía frío y los efectos de la
helada se hacían sentir en los miles de milicianos, que intentaban
calentarse las manos echándose el aliento y se tapaban hasta las orejas,
en un intento por combatir el aire que barría la llanura.
ANTE las mismas puertas de la ciudad de Breda, que abría paso a los dominios holandeses, los movimientos de miles de hombres anunciaban que iba a librarse una formidable batalla entre los Tercios españoles y el ejército protestante que defendía la ciudad del asedio católico desde hacía nueve largos meses. Había sido aquella una empresa extraña desde sus inicios, en agosto del año anterior, cuando Ambrosio de Spínola, marqués de los Balbases y Comandante en Jefe Militar de los Ejércitos Españoles en los Países Bajos partiera con un ejército de 18.000 hombres para sitiar una de las plazas más inexpugnables de los holandeses, donde se encontraba la casa del caudillo militar enemigo, Mauricio de Nassau, porque la estrategia de los asedios había sido prácticamente desechada a nivel global ya que tenía un coste ruinoso y diezmaba los ejércitos de manera alarmante. De hecho, durante todos aquellos meses, Spínola se vio obligado a construir alrededor de Breda un laberinto de fortificaciones con casi un centenar de reductos, cerca de cuarenta fuertes y cuarenta y cinco baterías llanas para
aislar completamente la ciudad impidiendo su abastecimiento, pero aquella situación era insostenible por más tiempo para los propios batallones imperiales que custodiaban la ciudad, y cuyo estado era aún peor que el de los sitiados.
Disciplinadamente, los dos ejércitos fueron tomando posiciones uno frente a otro, acompañados de un coro de chirridos producidos por el ajuste de los cañones y el metálico sonido de los mosquetes, las picas y las espadas.
Llevaban horas esperando aquel momento y sólo los veteranos de guerra habían conseguido dormir acurrucados en sus toscas tiendas, mientras los nuevos levados padecían en silencio el lento paso del tiempo ante la imposibilidad de descansar, nerviosos ante su bautismo de fuego y su primer encuentro cara a cara con la muerte. Pertenecían a las gloriosas tropas de uno de los ejércitos más poderosos del mundo pero en esos momentos echaban de menos las cálidas tierras de Castilla, Aragón y Andalucía, el olor al terruño encharcado por la lluvia del otoño y el calor del hogar, que ahora se antojaba tan lejano.
Las órdenes de los capitanes y los sargentos de compañía sonaron como ladridos e hicieron moverse como un resorte a la infantería de los Tercios españoles, que avanzaron en milimétrica formación al encuentro con el ejército holandés. Las primeras líneas estaban compuestas por centenares de piqueros, quienes cubrían sus cabezas con capacetes y defendían sus cuerpos con petos, espaldares, escarcelas, falsetes, brazales y manoplas, completando sus atuendos con calzas rojas y zapatos de cordobán. Las largas lanzas se elevaban hacia los cielos, prestas a conformar una muralla inexpugnable para la caballería, mientras el sol reverberaba en las rodelas de los piqueros. Tras ellos, los mosqueteros avanzaban prestos a tomar sus posiciones entre las líneas de picas y a lanzar contra el enemigo su terrible carga de fuego. Tenían fama de ser los mejor ataviados del mundo, con sus cargas de pólvora repartidas en los doce estuches de cobre que colgaban de su bandolera y que jocosamente llamaban “los doce apóstoles”. Los mosquetes que portaban habían cambiado el vetusto sistema de encendido por mecha por un sistema de rueda que accionaba un percutor con forma de
quijada provisto de una pieza de ágata que, al golpear a otra de pedernal, inflamaba el cebo con la chispa producida y permitía disparar más rápido.
Tras las líneas de infantería avanzaba la caballería, también en perfecta formación, conformada por soldados armados de picas cortas de veinte palmos y medio, y espadas. Y cerrando las compañías los pífanos y tambores rompían el silencio con marchas militares que se hacían eco hasta las puertas de Breda. En la retaguardia quedaban los acemileros y carreteros, los médicos y cirujanos en sus hospitales de campaña con todo preparado para cortar miembros y parar las hemorragias de los inevitables heridos, los capellanes que horas antes habían dejado el aliento confesando uno a uno a los soldados y dándoles su bendición y la promesa de que la muerte les llevaría directamente a los cielos, y los mariscales, prestos a socorrer a los caballos que regresaran dañados de la batalla.
Frente a la ciudad, las tropas protestantes esperaban el avance del ejército católico, situando estratégicamente las líneas de artillería para asestar un golpe mortal al centro de las columnas de hombres, lugar por donde debía penetrar la caballería tras recibir el golpe de gracia de los mosquetes de infantería.
Durante al menos dos horas, las primeras líneas de las diecinueve compañías de los Tercios de Nápoles, mandadas por don Rodrigo de Toledo, y los casi cinco mil soldados del Tercio de Flandes, bajo la dirección de don Gonzalo de Bracamonte, fueron haciéndose cada vez más visibles para los holandeses, hasta que las figuras de los soldados fueron totalmente reconocibles. Entonces realizaron una parada final para situar correctamente las tropas que tomarían la iniciativa del primer ataque. En uno y otro bando los soldados estaban impacientes, muchos visiblemente nerviosos, la gran mayoría en silencio, preparando sus armas y santiguándose ante el que podía ser el último día de sus jóvenes vidas.
Los grandes tambores, conocidos entre la soldadesca como “cajas de guerra”, marcaron ritmos militares y toques de ordenanza que escondían secretas órdenes de ataque y las primeras líneas de infantería españolas avanzaron en formación con sus picas apuntando al enemigo. Ante el avance de las tropas los cañones de Breda comenzaron a vomitar fuego a raudales, afinando el tiro sobre las posiciones de las primeras líneas
protestantes. Tras ellos, los caballos relinchaban nerviosos ante el tremendo estruendo de la artillería. Frente al terreno que dividía a ambos ejércitos, las nubes de polvo indicaban repetidamente donde impactaban los proyectiles disparados por los cañones, que comenzaron a hacer mella en las primeras líneas de infantería, sembrando el desconcierto y precipitando la carga inicial.
Una nueva orden y los soldados españoles iniciaron el avance en formación de combate. Paso a paso el ejército holandés comenzó a hacerse cada vez más real, hasta que fueron perfectamente distinguibles los rostros de sus soldados, que en esos momentos estaban cebando con pólvora las cazoletas antes de apuntar con sus mosquetes, apoyados sobre las horquillas. Entre sus filas, los piqueros componían una inexpugnable muralla de protección ante la inminente carga de la infantería.
De pronto bramó la batería de cañones y en las primeras filas de españoles se abrieron enormes agujeros. En medio de la humareda y el griterío de los heridos se produjo el choque contra los holandeses, que aguantaron a pie firme el primer envite. El olor de la pólvora hacía casi irrespirable el ambiente y los soldados españoles caían destrozados ante los disparos de las primeras líneas de mosquetes. Parecía como si en el punto exacto en que ambos ejércitos confluían existiese un invisible abismo por el que centenares de hombres desaparecían, en medio de una intensa humareda y del retumbar de los mosquetes que descargaban su mortífera carga a bocajarro contra los infantes de ambos bandos.
Nuevo redoble de tambores, una señal inequívoca que atravesó el campo de batalla y llegó a oídos de Álvaro de Ovando, quien se había sentado sobre sus manos para intentar calentarlas mientras esperaba paciente la señal para entrar en acción. El joven jinete se ajustó el cinto y, elevando la espada, se giró sobre la silla para hacer una señal inconfundible a la compañía de caballería siguiendo las órdenes recibidas apenas unos minutos antes de su hermano Pedro de Ovando, el oficial del que era “paje de rodela”. La compañía avanzó entonces movida por un disciplinado resorte, rodeando un pequeño montículo y esperó el anuncio de las trompetas para entrar en batalla. La infantería española había conseguido destrozar las primeras líneas enemigas gracias a sus temibles piqueros, que
penetraron abriendo un enorme agujero en la zona central de las tropas protestantes. Entonces redobles acompasados de los tambores en la retaguardia anunciaron a los soldados holandeses la entrada en combate de su caballería; se abrieron las líneas y el relinchar de las bestias anunció un ataque fulgurante sobre el avance de piqueros castellanos. Fue una auténtica matanza. Los infantes de caballería holandeses cayeron sobre los lanceros disparando a bocajarro sus arcabuces y penetraron en las líneas blandiendo sus espadas, abriendo peligrosos huecos sobre la infantería española que a duras penas los recibía disparando sin cuartel.
En aquel momento, un toque de ordenanza de los tambores de su compañía y la señal de su hermano Pedro indicaron a Álvaro de Ovando que debía entrar en liza. Sin perder un instante sus soldados de caballería, que habían permanecido escondidos tras un montículo a la espera de la señal, se pusieron en marcha con sus lanzas apuntando a los cielos, posicionándose en la retaguardia de la caballería enemiga para caer sobre los mosqueteros de las Siete Provincias.
Para Álvaro de Ovando era su primer combate en campo de batalla tras una corta pero dura preparación militar en Italia, auspiciado por su apellido, señal inapelable de la limpieza de sangre que corría por sus venas. Además, los servicios que prestara su bisabuelo a las órdenes de don Juan de Austria en Lepanto, al frente de una de las “galeazas” que barrieron con su metralla el eje central de las galeras turcas de Alí Pachá, le habían granjeado el reconocimiento de sus superiores y, sobre todo, el estar a la sombra de su hermano mayor, quien había sido herido meses atrás en la defensa de Oswul contra los protestantes, demostrando una valentía y un arrojo en la batalla que le llevaron a ser uno de los capitanes más jóvenes de los ejércitos de su majestad. Él idolatraba a su hermano, soñaba con ser su imagen y sobre todo con que se sintiera orgulloso de tenerlo a su lado. No obstante ese día, como reconocería más tarde a López de Carvajal, uno de sus grandes amigos y compañeros de batalla, había sentido miedo, un miedo terrible que le había secado la garganta, provocándole pinchazos en el estómago muy parecidos a los que sufriera por el hambre, cuando era un hidalguillo segundón en su lejana ciudad.
Justo en aquel instante volvió la cabeza para ver la impresionante imagen de la caballería en formación a punto de lanzarse al abismo de la batalla. La niebla estaba apoderándose cada vez más rápidamente de la llanura y pareció divisar una imagen espectral montada a caballo que le sonreía a pocos metros. Fue tan sólo un momento. El relincho de un caballo le hizo volverse. Junto a un grupo de jinetes, escondidos tras los árboles para no desvelar su presencia, uno de los soldados le resultó especialmente familiar y su retina quedó clavada en la bizarra imagen de aquel hombre, cuyo caballo relinchaba de un modo extraño, aterrador. Le estaba mirando.
Bajo el casco, las oquedades de los ojos resultaban espeluznantes. No tenía ni un jirón de piel en el rostro. Por un momento creyó que la dama de la guadaña le estaba anunciando su inmediato encuentro y se persignó por tres veces, rezando en susurros y pidiendo a Dios que le diese fuerzas y le hiciese merecedor de su apellido.
Entonces, sin poder evitarlo, tuvo un ataque de terror que le produjo fuertes convulsiones que pusieron nervioso y rebelde a su fiel caballo. De hecho, estuvo a punto de volver la grupa y escapar al destino y si no lo hizo fue porque ante él veía la gallarda figura de su hermano avanzando sin vacilaciones y tuvo la convicción de que no podía abandonar, porque no sólo defendía su vida, sino también su honor, el apellido que le dio su padre y que honró su bisabuelo en las tropas de don Juan de Austria durante la batalla del Golfo de Patras, batiéndose hasta la muerte contra los turcos.
Estaba obligado a ser como su hermano y hacerse merecedor de los blasones que decoraban la portada principal del palacio familiar en su lejana ciudad de Cáceres, antigua morada construida por su abuelo, Hernando de Ovando, hermano de fray Nicolás de Ovando, el que fuera primer gobernador de La Española. Por eso, sólo por eso, se mordió los labios hasta sangrar y, todavía aterrado por el combate, optó por lanzarse al vacío de la lucha, quizá de la muerte, siempre de la locura.
La fina lluvia comenzó a arreciar de nuevo convirtiendo el campo de batalla en un barrizal apenas visible. La batalla no estaba ni mucho menos decidida. Los mosqueteros holandeses se revolvieron contra los atacantes y, en una carga suicida, pusieron en fuga al grueso de la primera línea de
caballería que les atacaba por la retaguardia al mando de Pedro de Ovando, en medio de un caos de sangre, barro y cuerpos destrozados.
Intentó escudriñar la lluvia para ver a su hermano pero no distinguió nada, tan sólo pareció adivinar la figura del caballo de Pedro desbocado, escapando como un diablo sin rumbo fijo, pero entonces la explosión de un cañonazo nubló toda la escena y, cuando logró volver a ver el lugar, sólo había una maraña de soldados muertos.
Tras unos momentos de indecisión siguió las órdenes recibidas de su hermano y atravesó a caballo por la zona donde resonaban los enormes tambores, que marcaban con sus ritmos las órdenes de formación a la infantería protestante, para sorprender al enemigo por un lugar donde no esperaba el ataque. Aunque ese no era su objetivo, se dio cuenta de que si conseguía enmudecerlos no habría modo de que los holandeses reorganizaran sus tropas. Era una idea insubordinada, ya que modificaría bajo su responsabilidad las órdenes recibidas del propio Pedro.
La duda apenas duró un momento porque, en vez de dirigirse contra las líneas donde había sido destrozada la primera carga de caballería, Álvaro de Ovando, enarbolando la lanza para hacerse bien visible, apuntó el arma hacia los tambores. A continuación, espoleó a su caballo y penetró en las líneas holandesas seguido por un centenar de jinetes, ensartando literalmente en sus picas los cuerpos de los enemigos, que comenzaron a darse a la fuga de forma desordenada, quitándose precipitadamente los correajes que les unían a los tambores para poder escapar.
Álvaro notó como el corazón le bombeaba con ferocidad hasta sentirlo con absoluta claridad sobre su pecho. El inconfesable temor dio paso a la desatada violencia. Le faltaba el aire para respirar y, tras el primer encontronazo, su lanza ensangrentada se partió y tuvo que echar mano de su espada. Un piquero enemigo intentó descabalgarle, pero Álvaro empujó a su caballo contra él, desviando el arma con su espada de un golpe desesperado y, con un revés, golpeó con saña el casco del soldado. El cuerpo cayó entre espasmos mientras la celada volaba y dejaba al descubierto el rostro destrozado de un muchacho de no más de quince años, pero no tuvo apenas percepción de la imagen, porque en ese momento una explosión cercana paró en seco la carrera de su caballo.
En un primer momento hizo una pirueta al sentirse lanzado y rodó sobre la tierra para evitar que el animal le aplastase, tal y como había hecho tantas veces cuando galopaba por las sierras y su cabalgadura tropezaba en la raíz descubierta de algún alcornoque. No tardó un suspiro en levantarse, con la espada por delante para evitar el golpe de otro soldado que, armado también de una espada, se disponía a rematarlo. Era un luchador formidable y con un gran instinto de supervivencia, lo que le llevó a agacharse y evitar el mortal envite de su oponente, mientras hacía una certera finta atravesando a su rival de parte a parte. Sin tomar aliento, al escuchar un grito enemigo a su espalda, se giró lanzando un feroz barrido de su espada, a la vez que se agachaba, dando un tremendo tajo a un nuevo soldado a la altura del pecho que le hizo caer postrado sobre la tierra. Gritos, sangre, muerte, apenas respiraba entre golpes, descargas, quiebros y ataques desmedidos. Quería matar de forma enloquecida, como si dar muerte al contrario fuera la única posibilidad para la supervivencia y apenas si tenía tiempo para exhalar el aire casi irrespirable entre las nubes de pólvora y barro.
Un golpe en el rostro le nubló la vista y cayó al suelo intentando incorporarse cuanto antes para evitar la muerte, apenas quedaba esperanza sino en la locura y en un último intento por escapar de la parca luchó como un poseso, destrozando cada enemigo que se cruzaba en su camino a golpe de espada, sin contemplaciones, con una desatada violencia que escondía en lo más profundo el miedo del adolescente, enfrentándose a la muerte cara a cara, hasta acabar sin aliento, extenuado, sin apenas fuerzas para respirar.
Tras el enmudecimiento de los tambores y el desconcierto de la retaguardia protestante las compañías de piqueros españoles avanzaron en cuña, tomando en una tenaza a la caballería enemiga. Los holandeses, agotados por la carga, intentaron volver grupas para reorganizarse, encontrándose de frente el ataque de las tropas de refresco que había comandado Ovando y recibiendo el feroz envite de los piqueros.
Álvaro apenas era consciente de la situación de la batalla, pero poco a poco el número de enemigos fue decreciendo a su alrededor y divisó a varios de sus soldados debatiéndose también en tierra contra los infantes de las Siete Provincias. En ese momento oyó un disparo y sintió un fuerte golpe en su hombro izquierdo, antes de caer a tierra con una herida
candente, abrasada por un fuego terrible. El mosquetero que le había disparado fue atravesado de parte a parte por un piquero castellano quien, tras su acción, hizo un gesto al oficial indicándole que no estaba solo. Por suerte, todos los enemigos que había a su alrededor se encontraban luchando cuerpo a cuerpo contra los soldados castellanos y nadie aprovechó el instante de indefensión para acabar con su vida.
La herida le abrasaba, a duras penas conseguía mantenerse en pie, tan grande era el dolor que pensó que todo estaba perdido y por un momento estuvo a punto de quitarse la vida y acabar con todo de una vez, pero entonces algo llamó su atención. Fue una imagen oscura e imprecisa, apenas visible entre el humo y las salpicaduras de barro. Con su ensangrentada manga intentó limpiarse el rostro para poder ver con más claridad, pero lo que acertaron a descubrir sus ojos hizo que se le erizase todo el vello del cuerpo en un estremecimiento de terror. Frente a él estaba un espectro, en medio de un montón de cadáveres, mostrando una sonrisa desdentada, tenía la ropa hecha jirones y en sus manos empuñaba todavía una espada. No le asustó la visión ni el hecho de que aquella criatura sobrenatural le estuviese mirando a través de sus oquedades vacías. Sí le asustaron los susurros que llegaron a sus oídos para decirle la noticia que no quería escuchar, que íntimamente denostaba, algo que marcaría su existencia para siempre. Su hermano había muerto.
La imagen se desvaneció cuando otro golpe en la espalda le derribó de nuevo. El dolor se fue haciendo todavía más intenso hasta hacerle desfallecer entre los heridos ensangrentados. Aquí y allá los gritos de los moribundos pedían indistintamente la salvación o la muerte. Un nauseabundo olor a carne quemada lo invadía todo. A duras penas consiguió ponerse en pie para intentar alcanzar la línea protectora de su ejército, porque sabía que si permanecía en aquel lugar tarde o temprano acudiría la muerte a segar con su guadaña su bautismo de fuego.
Los ecos de órdenes en idioma extranjero le indicaron que los soldados holandeses se batían en retirada, pero la falta de trompetas había impedido que la indicación llegase a tiempo y, en esos momentos, los soldados españoles se daban un baño de sangre, aniquilando sistemáticamente las líneas enemigas.
Los gritos de victoria de los Tercios de Flandes dieron paso al último acto de la batalla, la que Álvaro de Ovando jamás hubiera podido imaginar.
Cientos de soldados huían campo a través saltando sobre los cuerpos moribundos de sus compañeros y, tras ellos, los piqueros corrían aullando y ensartándolos como conejos. Jamás olvidaría el suboficial de compañía aquella terrible visión de hombres con sus propias enseñas saltando como hienas sobre sus enemigos, destrozándoles en cuestión de segundos, machacando a los heridos y despojándoles de todo lo que portaban de valor.
Álvaro asistió atónito a aquella sangría humana, inmovilizado por su propio dolor e incapaz de entenderla. Por primera vez, el sentido del honor de las tropas españolas que tanto había escuchado a sus superiores se desmoronó con la sola visión de aquellos centenares de lobos abalanzándose sobre los despojos de los heridos, destrozando cadáveres mientras se peleaban por sus casacas y sus botas. No era aquello lo que esperaba tras una victoria, ni siquiera se había planteado estar bajo la bandera de los vencedores pero, ahora que lo estaba, sentía repulsión hacia los que habían peleado a su lado, bajo los estandartes del imperio y el catolicismo, y de los que no se sentía más cerca que de los propios protestantes.
Sin rumbo fijo, desangrándose un poco más a cada paso entre el bosque de cadáveres, vagó intentando buscar al menos mentalmente un sentido a su destino, pero sin saber a ciencia cierta si después de todo el estar bajo la enseña española o protestante no era sino una cuestión del lugar donde se naciera. Fueron esos, sin duda, los momentos más duros y difíciles de la batalla para Álvaro de Ovando. Instantes de duda, de desazón, de desconcierto, de impunidad, de inevitable resignación, de insufrible dolor, de desesperanza.
Justo a unos pasos de donde se encontraba, un joven holandés de una edad no muy distinta a la suya lloraba desconsoladamente, tirado en el suelo aferrándose con las manos la barriga. Un soldado castellano pasó a su lado y, de un golpe seco, le separó la cabeza del cuerpo con su espada; después comenzó a saquear el cadáver aún caliente. Pese al dolor de su herida, en un ataque de rabia, Álvaro de Ovando se abalanzó desesperadamente contra el soldado y de una patada le lanzó al suelo.
—Maldito carroñero, vuestra merced si que merecéis la muerte. Así dominaremos el mundo, pero jamás podremos gobernarlo —dijo al sorprendido soldado, que yacía en el suelo mirando a su ensangrentado superior sin entender su ira.
—Señor, si en vez de nosotros hubiesen ganado ellos no hubiera sido distinto —se excusó el joven a la vez que aferraba su espada pensando en la posibilidad de matar de un golpe al molesto intruso, pero la llegada de nuevos soldados con la enseña de los Tercios puso fin al altercado. Fue justo a tiempo. En ese momento Ovando se desmayó.
Lo llevaron a una tienda del campamento donde entre terribles gritos de dolor, cientos de heridos se amontonaban esperando la muerte o, en el mejor de los casos, el contacto del hierro candente que impidiese la infección de sus heridas. El espectáculo era dantesco, hasta tal punto que, cuando entreabrió los ojos dos horas más tarde, la visión de aquellos hombres, muchos de ellos heridos de muerte, restó importancia a su propia situación. Cirujanos abnegados intentaban multiplicarse para llevar gasas y agua caliente con que limpiar las heridas de los mutilados, pero eran del todo insuficientes y, de cuando en cuando, uno de los soldados sollozantes callaba para siempre. Casi de inmediato, era arrastrado hasta la parte de atrás de la gigantesca tienda, donde cargaban a los muertos en un carro para darles cristiana sepultura en una fosa común.
Por el fondo del improvisado hospital de campaña vio avanzar al coronel Diego de Baeza, Vizconde de la Puebla de Alcocer, junto al propio Ambrosio de Spínola.
Álvaro de Ovando sintió que le subía la fiebre e intentó acurrucarse para entrar en calor, pero era un intento banal, porque el aire de la tarde penetraba por los mil agujeros de la destartalada tienda y creaba una corriente terriblemente fría. El herido que se encontraba a su lado dejó de chillar anunciando su muerte. Con la determinación que hace inevitable la supervivencia, Álvaro despojó al fallecido de su casaca de cuero, forrada de vellón, y se tapó para intentar soportar la fiebre. Los minutos se hacían interminables y ningún cirujano parecía dar señales de vida.
De pronto, el general llegó hasta él y le saludó.
—No es casualidad que me encuentre aquí, venía presto a buscarle. Nos honra que hombres con su apellido luchen por nuestro Rey. Vuestra merced es un valiente. He sido informado de su acción y he de confesar que ha sido digna de todo un estratega. Su valor es envidiable. Permítame que le muestre mis respetos y le anuncie un inmediato ascenso. Hombres así son el orgullo de nuestras tropas.
Álvaro de Ovando sentía un lacerante dolor y temblaba por efecto de la fiebre pero, por un momento, intentó levantarse para presentar sus respetos a su superior. No llegó siquiera a sentarse cuando la cabeza le dio vueltas y la debilidad le hizo desplomarse sin sentido. A lo lejos, las voces se perdían y dejaban de ser comprensibles.
—¡Llame a mi doctor! ¡Rápido!. ¡Hay que auxiliar a este hombre cuanto antes! Un soldado así merece todos nuestros cuidados. ¡No se quede ahí mirando! ¡Hay que salvar su vida como sea, a cualquier precio! —
ordenó el general a uno de sus ayudantes, quien obedeció sin poder reprimir un conato de envidia contra aquel joven que parecía gozar de todo el respeto de su admirado superior.
OceanofPDF.com