Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xiv
CAPÍTULO XIV
EL pequeño bufón salió del ataúd como alma que lleva el diablo, con las manos alzadas mientras por su entrepierna todavía goteaba la orina que había empapado el interior de la caja mortuoria.
—No soy ningún asesino —dijo esforzándose para que sus palabras no se trabasen— Amaba a esa mujer y vine a verla por última vez, pero al escucharos llegar me escondí aquí dentro porque pensé que podría tratarse de su asesino.
—¿Cómo puedo creer a vuestra merced? —preguntó el capitán Ovando agarrando al enano con una mano por el cuello mientras mantenía la espada desenvainada en la otra— Vuestra merced presenta el perfil perfecto del criminal, sois una de las pocas personas que tienen total facilidad para moveros por el Alcázar, llevar a cabo un crimen y esconderos en cualquier parte.
—Es fácil demostraros que no pude ser yo —contestó Calabacillas serenándose— si tenéis en cuenta a la altura que fue herida de muerte yo tendría que haber apuñalado a doña María Isabel levantando el cuchillo por encima de mi cabeza, y no le hubiera resultado difícil evitarlo o al menos intentar impedirlo, teniendo en cuenta que sus brazos eran mucho más largos que los míos. Es más creíble que su asesino era al menos de su estatura y la agarró por la espalda tapándole la boca y luego la apuñaló con la otra mano, además, tened en cuenta que yo soy diestro, y el asesino no.
Pero es más, si os fijáis atentamente en el hombro derecho y en la frente podréis ver que presenta dos grandes moratones, y sus talones tienen
rozaduras, lo que significa que tras ser asesinada el autor arrastró el cadáver y después lo transportó hasta la boca del pozo, arrojándolo sin miramientos, lo que explica las magulladuras. Yo jamás hubiera podido arrastrar el cadáver sin ayuda y mucho menos cargármelo encima y arrojarlo al pozo.
Álvaro de Ovando bajó la espada y levantando de nuevo el candil se volvió hacia el cadáver para examinarlo y ver si las apreciaciones del bufón eran ciertas. Al acercarse el fuerte olor le obligó a taparse la nariz y la boca mientras sufría varias arcadas, pero logró sobreponerse y comprobar que de hecho todos los datos facilitados por el enano encajaban a la perfección y eran suficientes para hacer insostenible que fuera el autor del crimen.
—Sé que no es vuestra merced. En realidad ya he apresado al asesino, se encuentra en los calabozos a la espera de que vuelva para interrogarle, estoy seguro de que confesará sus crímenes y tendrá un merecido castigo —
dijo por fin Ovando mirando todavía con horror el estado de la víctima, mientras se tapaba la nariz y la boca con un pañuelo para poder evitar el nauseabundo olor del cadáver.
—Se trata del Conde de Vástago, ¿verdad? —afirmó más que preguntó Calabacillas.
—No sé cómo lo habéis adivinado, pero de él se trata —contestó el capitán girando su sorprendido rostro hacia el enano, para el que no parecían existir secretos.
—Os equivocáis y creo que debéis escucharme antes de proseguir con su interrogatorio —dijo Calabacillas sin dilación— podéis cometer un error irreparable y yo puedo explicároslo todo.
—¿Qué sabe vuestra merced de mis actividades? ¿Cómo osáis meteros en asuntos oficiales que no os incumben? —dijo de malos modos el capitán.
—Tenéis fama de comedido e inteligente y como tal deberíais darme unos minutos para que os explique algunas cosas que desconocéis, después podréis decidir, pero hacedlo antes os llevará a equivocaciones imperdonables —fue la contestación de Calabacillas no haciendo caso de las preguntas de Ovando.
El tono conciliador del enano, más que sus palabras, hicieron calmarse al capitán.
—¡Sed breve, no tengo tiempo que perder en largas historias! —dijo Álvaro de Ovando mostrando todavía su genio incontrolado.
—¡Lo seré! —dijo lacónico el enano— El Conde de Sástago intentaba saber si su amada María Eulalia de Zúñiga se encontraba todavía enterrada en el cementerio porque uno de los invitados a la fiesta encontró en uno de los dulces el anillo que él le había puesto cuando murió. Ahora cree haber visto un fantasma cuando estaba realizando su empresa porque vio una calavera sobre el muro del camposanto y escuchó un extraño ruido, el mismo que alertó a los guardias y permitió que fuese descubierto.
—¿Cómo sabéis todo eso? —preguntó el capitán sin salir de su asombro.
—Porque fui yo mismo quien metió el anillo en el dulce, quien colgó un cráneo del osario dentro de un viejo sayo y le hizo desfilar sobre un palo por el muro del cementerio, y quien sopló por un cuerno de toro para alertar a los guardias del Alcázar.
—¿Para qué? ¿No hubiera sido más fácil poner vuestras informaciones en conocimiento de la guardia sin tretas ni argucias de delincuente? —dijo Álvaro de Ovando.
—No —explicó el enano— Quería saber si el Conde de Sástago tenía conocimiento del robo del ataúd y si era el asesino de las cortesanas. Ahora sé que es inocente de ambos cargos y que tal vez sólo tenga que ver con la muerte del sirviente del que las malas lenguas le hacen responsable, pero estoy convencido de que no fue él quien mató a ninguna de las cortesanas y que probablemente el ataúd que encontré en el pabellón del cementerio fue sacado de su tumba por el propio enterrador para ubicarlo en otro lugar, ante el incremento de muertos en el recinto, porque el cadáver tenia intactas las joyas con las que fue enterrado.
—Sois bastante más inteligente de lo que parecéis —dijo mientras sufría una nueva arcada tras ratificar que el bufón no había errado en su inspección— Pero que yo sepa doña María Eulalia de Zúñiga murió de fiebres maltas, ¿Y qué me decís del resto de las mujeres asesinadas? —
preguntó mientras hacía indicaciones al bufón para que le siguiera fuera de la sala y poder evitar así el hedor nauseabundo que le impedía concentrarse en cuanto estaban hablando.
—Como sabéis, doña Clara Silviani, la primera de las víctimas, fue apuñalada mientras posaba desnuda para un retrato de don Diego de Velázquez.
—Semidesnuda —puntualizó el capitán.
—Y la segunda, doña Inés de Gibraleón, también apuñalada, fue encontrada sin vida cerca del cementerio abrazando una cruz de hierro.
—Cierto.
—La tercera de las víctimas fue la joven Teresa de Toscana —explicó Calabacillas— cuyo cadáver sí pude examinar, comprobando que también fue arrastrada, probablemente después de muerta, y el asesino no pudo cargarla sobre sí mismo, ya que pese a su juventud doña Teresa era generosa en carnes. Y la cuarta, doña Encarnación Salazar, a quien debo el conocimiento de la historia de doña María Eulalia, también fue masacrada de una puñalada en el corazón que le quitó la vida en el acto, aunque fue golpeada en la cabeza con una cruz de hierro que, quizá sólo utilizó el asesino una vez muerta para despistar mis posibles indagaciones hacia la tumba de la “segedana” y fomentar la creencia de que todos los crímenes son obras de seres del más allá. Así que todas fueron apuñaladas, lo que significa que el asesino sabe manejar diestramente el anónimo cuchillo, y las heridas demuestran que no es un maníaco sexual ni tiene motivos demasiado claros para cometer sus crímenes, aunque llegados a este punto creo que debéis seguirme, he descubierto algo que podría aclararlo todo.
Intrigado por tales palabras el nuevo Jefe de la Guardia siguió al bufón quien le llevó por un intrincado laberinto de pasillos en el ala izquierda del Alcázar hasta las estancias conocidas como “la Pieza Ochavada” donde habitualmente trabajaba el pintor real retratando a famosos personajes de La Corte. No sin razón Felipe IV era famoso por su magnífica colección de cuadros de los más grandes pintores, especialmente Tiziano, y por su mecenazgo de grandes talentos como el propio Diego de Velázquez, sin duda el preferido por la Casa Real por sus geniales retratos.
En la sala contigua al estudio del pintor sevillano, la que llamaban “la Pieza Ochavada”, había un almacén donde se amontonaban grandes lienzos con pruebas, trabajos desechados y telas deterioradas que por alguna razón esperaban allí a ser trasladados hasta algún lugar donde el fuego terminase
con ellos. Calabacillas llevó al capitán hasta las telas inservibles y retirando algunas apoyadas sobre la pared mostró un enorme lienzo con una raja sobre la figura principal que representaba a una mujer vestida en paños menores. Un retrato magnífico, como todos los de Velázquez, que jamás sería acabado y que terminaría en la hoguera sin conocer la gloria de la inmortalidad.
—La modelo fue la primera víctima de los asesinatos, doña Clara Silviani, una sirvienta real dedicada principalmente al cuidado del príncipe don Baltasar Carlos —explicó el enano mientras admiraba el cuadro que le duplicaba en tamaño— don Diego no quiso terminarlo una vez desaparecida la joven. Si observáis su expresión y el detalle de sus ojos comprobareis por qué tienen tanta fama los retratos del pintor de La Corte.
Seguidamente apartó otros cuadros y tiró de uno en el que el capitán pudo observar a otra hermosa joven que según pensó no llegaría a los veinte años, también estaba rajado y la modelo se mostraba tapada tan sólo por una túnica transparente que más que ocultar engrandecía las partes impúdicas, con una sensualidad realmente arrebatadora.
—Como habréis imaginado es la segunda víctima. Lo encontró el capitán Villanueva con un cuchillo ensangrentado clavado sobre la dama, acababa de ser colgado en uno de los pasillos del Alcázar —dijo Calabacillas, y prosiguió su búsqueda entre los grandes cuadros deteriorados, hallando muy pronto otro enorme lienzo rajado similar a los anteriores, con una joven pelirroja retratada en ropas íntimas con un rostro realmente hermoso de tez blanca como el mármol.
—Esta debe ser doña María Isabel de Tolosa, se adelantó Álvaro de Ovando.
—Descanse en paz —contestó Calabacillas visiblemente afectado al encontrarse con el rostro de su amada— Fue como sabéis la quinta víctima, la tercera y la cuarta, doña Teresa y doña Encarnación también se encuentran entre los lienzos mutilados, pero aún hay más —y siguió buscando entre los cuadros, aunque esta vez no halló lo que quería. Después se dio una vuelta por la estancia y al pasar por la otra esquina de la sala dio un grito de satisfacción al encontrar un lienzo en el que el pintor apenas había terminado de esbozar la silueta de una mujer de hermosos ojos claros
semidesnuda, pero que había sido rajada y sin duda por eso Velázquez desechó la tela y ordenó arrojarla al almacén.
—No estoy seguro, pero creo que es doña María Violeta de Enghien —
comentó el bufón— una hermosa joven menina de procedencia francesa que lleva apenas un mes en Palacio. Pero aún no ha sido asesinada.
—Corramos —dijo entonces el capitán, desesperado al saber que la mujer de la que se había enamorado y cuyo nombre acababa de conocer se encontraba en peligro de muerte— hay que llegar hasta ella y ponerle protección especial, después interrogaremos al pintor para que nos explique qué significa esta coincidencia. Ya desde mi primer encuentro con él sospeché que podía tener mucho que ver con los asesinatos, y que el hecho de que el primero se produjera en su propio estudio era más que una coincidencia.
—No os precipitéis, creo que sería mejor abrir los ojos y vigilarles sin que se entere nadie y no levantar sospechas de nuestros hallazgos —dijo Calabacillas haciendo especial énfasis en el posesivo para significar su ganada posición como investigador de los crímenes— creo que el asesino actuará pronto y podremos cogerle con las manos en la masa, y así poner fin a este misterio. Pero antes quiero que veáis otra cosa, se trata de un dibujo muy especial que sin duda llamará vuestra atención.
Calabacillas llevó al capitán de nuevo hasta “la Pieza Ochavada”, donde se amontonaban algunos dibujos y bocetos de los próximos trabajos del Pintor del Rey, realizados tanto por él como por sus discípulos predilectos, y le mostró uno de un hombre con bigote y perilla al uso de la época, tenía el rostro vuelto hacia la izquierda, supuestamente mirando al artista, vestía una armadura negra con adornos de oro y estaba tocado con un sombrero de ala ancha y una rica tela que le cruzaba la espalda además de botas altas de montar y la vara del poder empuñada por su mano derecha.
—Es don Gaspar de Guzmán —le dijo aunque sobraban las explicaciones, ya que la figura del Conde-Duque era inconfundible.
—¿Qué tiene de particular el retrato del ministro del rey? —preguntó intrigado Álvaro de Ovando.
—Que bien podría ser el siguiente objetivo del asesino —contestó el enano— Veréis, si como todo el mundo presupone hay un agente de
Richelieu intentando desestabilizar el gobierno de don Gaspar de Guzmán, que ha demostrado su inteligencia y su gran capacidad para actuar impunemente matando una a una a las cortesanas más hermosas de Palacio, puede que haya llegado el momento de que apunte hacia la auténtica pieza que le interesa.
—Y esa puede no ser María Violeta de Enghien como en un principio parece, sino el propio Ministro —zanjó Álvaro de Ovando.
—O los dos —sentenció el bufón.
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