Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 7 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo V

CAPÍTULO V

AL amanecer, un sirviente lo encontró tendido sobre el enlosado del Salón de Audiencias y corrió a llamar a los doctores con el temor de que fuera una nueva víctima de la maldición que se cernía sobre Palacio. Lo llevaron a sus aposentos y allí permaneció varias horas, sumido en un profundo sueño.

Todos creían que una maldición desconocida le había llenado el pequeño cuerpo y que pronto dejaría de respirar. Ninguno podía imaginar que sólo era víctima de una tremenda impresión que estuvo al borde de provocarle un ataque cardiaco. El día siguiente lo descubrió sonriente y, a cuantos le preguntaron qué hacía en las estancias reales donde fue hallado les respondió que no sabía cómo podía haber llegado hasta allí, dando todos por hecho que sin duda el travieso bufón jugaba al escondite y se había dado un mal golpe en una de sus travesuras.

No pasaron ni tres días hasta que de nuevo Calabacillas deambulaba por Palacio como si nada hubiera pasado. No obstante, los extraños sucesos acontecidos en los últimos tiempos habían provocado que el Rey prácticamente no quisiese contar con su presencia ni tuviera tiempo ni condición para chanzas y burlas de bufones, por eso Juan Martín Calabazas se encontraba esa tarde ocioso, observando a las arañas y dedicado a fantasear con sus recuerdos de los días felices en Coria y su llegada a La Corte. Una historia que le gustaba rememorar porque marcó una etapa decisiva en su existencia y le llevó donde jamás su pobre padre hubiera podido imaginar.

En aquellos lejanos días —recordó—, había recibido junto a los hijos y sobrinos del Duque instrucción personal de eminentes escribanos y doctores caurienses que habían conseguido, gracias a la tenacidad y al afán de superación del enano, enseñarle a leer y a escribir, además de conocimientos sobre literatura, lenguas clásicas, aritmética, geometría, astrología e incluso física, aunque de todas las capacidades intelectuales era sin duda su portentosa memoria lo que más maravillaba a cuantos le conocían.

Una lluviosa mañana, la llegada de un correo trajo como nuevas que el Rey mandaba llamar al Duque de Alba para hacerle el honor de nombrarle

“Mayordomo Mayor”, sucediendo en el cargo al Duque del Infantado, al haber concluido recientemente su mandato como Virrey de Nápoles. Era un cargo que se le había prometido hacía tiempo y que resultaba un reconocimiento apropiado para el representante de una de las casas más poderosas y leales de Castilla. Por eso —recordaba el enano—, dos días mas tarde se pusieron en camino hacia Madrid, integrando un séquito de cuarenta hombres entre soldados y sirvientes, precedidos por dos imponentes soldados a caballo que portaban orgullosos los blasones del poderoso Ducado de Alba.

Fue un camino largo, en interminables días de lluvia que les llevaron en una semana por la ciudad de Plasencia hasta Toledo, pasando por Jarandilla y Oropesa. Tierras de encinas y alcornoques saludaron sus pasos, jalonadas en sus valles por ríos de limpias aguas donde los alisos, los fresnos y los sauces formaban boscajes inescrutables. Al anochecer solían parar en alguna fonda del camino o forzaban la marcha para poder pasar las horas de sueño en algún palacio, donde una vez reconocidas las banderas eran siempre bien recibidos. Pero a veces la oscuridad les sorprendía en camino, y fueron esos los momentos que más impresionaron a Calabacillas, porque el silencio nocturno era roto a pedazos cada cierto tiempo por el lejano aullido del lobo y, entonces, recordaba las tierras de su infancia y el miedo de sus padres cuando en el invierno sentían como las bestias intentaban abrir las puertas de madera de su chabola, atraídas por el olor de las cabras, junto a las que dormía la familia todas las noches para salvaguardar la única riqueza que poseían.

Ya en Castilla desaparecieron los bosques y las tierras se abrieron en grandes llanos donde los campesinos se afanaban por sembrar trigo y centeno, y solían salir al camino a saludar a la comitiva ofreciéndoles pan e higos secos, pidiendo a cambio algunos maravedíes. Eran gente humilde y esforzada, apenas vestida con toscos harapos y a menudo malolientes, pero de buen corazón, que recordaban a Juan Martín Calabazas a los campesinos de Coria, nacidos para el trabajo y el sacrificio, pero siempre alegres y esperanzados ante la tranquilizadora visión de sus señores.

Y al séptimo día llegaron a Toledo. La visión de aquella impresionante ciudad eclipsó cualquier recuerdo de grandeza del resto de villas conocidas por el enano. No en vano, le explicó el Duque, Toledo había sido capital de todos los reinos hasta 1561, cuando Felipe II decidió convertir a Madrid en el centro político del país. Los vestigios de grandeza eran evidentes en la majestuosidad de su muralla, sus calles, sus blasones anunciando en sus palacios la grandeza de sus moradores. Calabacillas descubrió a lo lejos un grandioso edificio de singular estructura que el Duque le desveló que era Prisión de Estado para enemigos del Rey y que debía su majestuosidad a que anteriormente había sido residencia real de Carlos V.

—No temáis, —le dijo divertido— para entrar en esa prisión hay que tener rancio abolengo, por lo que alojaros allí queda fuera de vuestras posibilidades.

El enano rió de buena gana la gracia de su señor y pensó que incluso para ir a la cárcel existían desigualdades en España.

Agradeciendo el interés del enano por los monumentos el Duque no tuvo reparos en contarle la historia de cada uno de ellos, que conocía con bastante precisión merced a visitas realizadas con anterioridad a parientes no lejanos de la alta alcurnia castellana. Por fin la comitiva paró su marcha ante la catedral de San Juan de los Reyes, donde les esperaba en persona el Arzobispo de Toledo.

-Fue levantada por el arquitecto Juan Guas por orden de los Reyes Católicos en acción de gracias por la victoria en la batalla de Toro —

explicó el Duque a Calabacillas— y aunque la reina tuvo el deseo de que la obra sirviera como panteón real, al final fue entregada para dar morada a los hermanos franciscanos. ¿Veis esas cadenas? —le dijo mientras indicaba con

el dedo al crucero del ábside— Fueron mandadas colgar por la reina Isabel en recuerdo por la reconquista de territorios del sur por su marido y la liberación de los cientos de cristianos cautivos que tenían en sus mazmorras los infieles.

No hubo más momento para explicaciones. Varios dominicos esperaban al pie de la carroza que descendiera el Duque de Alba para llevarle ante el Arzobispo. Calabacillas les siguió cuando penetraron en el templo, quedándose retrasado extasiado ante la exquisita distribución de la luz de la iglesia, por la luminosidad que la especial disposición de las vidrieras conferían al altar.

A la tarde y tras el encuentro con el Arzobispo la comitiva del Duque se dirigió al palacio de don Diego de Silva y Mendoza, segundo hijo varón de la Princesa de Éboli, descendiente del Gran Cardenal Mendoza.

—Tengo especial aprecio por don Diego —le había confesado el Duque de Alba mientras volvía a subirse a la carroza, sin referirse ni un momento a la larga entrevista que había mantenido con el Arzobispo— Nos quedaremos a dormir en su casa, donde gentilmente he pernoctado en más de una ocasión durante mi estancia en Toledo. Ya veréis, es una persona muy interesante y un político influyente, aunque a decir verdad ahora está en horas bajas, alejado de la Corte y dedicado a la poesía, lo cual dice mucho a su favor.

No erraba en sus escuetos apuntes biográficos el Gran Duque —

recordaba con cierto regusto Calabacillas— don Diego de Silva y Mendoza fue nombrado por Felipe II Capitán General de la Frontera de Zamora en 1580, Capitán General de las Costas de Andalucía en 1588 y más tarde Veedor de Hacienda en el Reino de Portugal, a cuya administración se dedicó hasta 1622, merced a la procedencia lusa de su padre, Ruy Gómez de Silva. Estuvo diez años a la cabeza del Consejo de Portugal y llegó a ser el último Virrey en Lisboa en 1615, representando al Rey Felipe IV y siendo jefe de sus ejércitos en Portugal ante la nueva guerra con los holandeses, aunque fue relevado en su cargo finalmente por el Conde-Duque de Olivares y dejó Portugal en 1622 pese a seguir formando parte de su Consejo de Estado.

En el Palacio del heredero del Cardenal Mendoza pernoctaron y fueron obsequiados además de con una velada literaria a partir de la lectura de los sonetos de don Diego, con una espléndida cena en la que no faltaron perdices en salsa, capones sabiamente especiados y castañas con leche y miel que hicieron el deleite de todos los miembros de la comitiva —pese a que se rumoreaba que las precarias finanzas de don Diego eran la razón que le había llevado a abandonar la Corte.

Al amanecer del día siguiente partieron hacia Madrid, dejando atrás las magníficas murallas que cercaban aquella ciudad a orillas del Tajo y que Calabacillas no dejó de admirar hasta que se perdió en el horizonte.

En apenas una jornada llegaron a su destino final. Jamás olvidaría el enano Juan Martín Calabazas su llegada a Madrid. Pasando el río Manzanares la capital del imperio se abría fastuosa y ofrecía a los viajeros la impresionante visión de sus palacios y amplias calles llenas de vida. Pese a que lloviznaba la vida fluía con fuerza y las calles eran un hervidero de gentes, deambulando, buscando fortuna, mostrando blasones en jubones ricamente bordados o haciéndose notar paseando en sus elegantes carrozas.

También había pordioseros y sobre todo soldados, contratados por sus propios capitanes para unirse a los ejércitos de su majestad en su lucha contra los protestantes holandeses.

En la calle que daba acceso a Palacio se celebraba mercado y había multitud de puestos donde los comerciantes, los conversos y los charlatanes ofrecían todo tipo de telas, ungüentos y amuletos para vestir el cuerpo y el alma, alejar demonios, atraer al amado o la amada y llevar mensajes a los muertos. La muchedumbre que llenaba la calle tenía una variopinta procedencia y entremezclaba a damas y jóvenes doncellas con soldados de fortuna, espadachines de tupido mostacho y sombrero de ala ancha, mesoneros ambulantes ofreciendo desde sus carretas vinos de las cepas manchegas, putas agraciadas ofreciendo sus servicios a los soldados y a un sin fin de personajes que formaban un cuadro de gran colorido y vistosidad hasta la misma entrada al amurallado recinto al que sólo unos pocos elegidos tenían acceso.

En la puerta un destacamento de la “Guardia Amarilla”, ricamente ataviado, les dio el alto y paró el paso a la comitiva más para darles la

bienvenida que para comprobar su identidad, porque los blasones de la Casa de Alba dejaban bien claro la nobleza e indiscutible linaje de su pertenencia. Un nutrido grupo de sirvientas, secretarios y mozos de cuadra acudieron para dirigir a los recién llegados hasta sus respectivos lugares de estancia con el fin de que pudieran descansar del viaje y tomar un tiempo para el aseo y el acomodo. Calabacillas, junto al Duque y una docena de sirvientes fue llevado hasta el ala norte de Palacio, por un laberinto de pasillos ricamente adornados con grandiosos espejos y enormes cuadros sobre motivos religiosos y guerreros de los principales maestros genoveses, venecianos, sevillanos y flamencos. Allí se separaron, el duque de Alba fue acompañado hasta las estancias de los invitados de la nobleza y todos los demás miembros de su séquito hasta el último piso, destinado a los sirvientes de los señores, donde compartieron una estancia amplia y apenas amueblada con lo imprescindible para sentirse cómodos. Después les enseñaron las partes de Palacio por las que les estaba permitido moverse. El propio confesor del Rey fray Antonio de Sotomayor les mostró la iglesia de Nuestra Señora de las Claras que, pese a no tener el tamaño de las grandes iglesias de la época, sí contaba con la magnificencia de los templos góticos, elevándose majestuosa hacia los cielos en columnas sin capiteles que parecían no tener final y permitiendo la entrada de luz a raudales por sus enormes vidrieras de vistosos colores. El altar mayor, presidido por un enorme crucifico, estaba siendo reformado y presentaba un aspecto de dolorosa desnudez en sus cuerpos superiores.

—Va a ser decorado con dos pinturas sobre el Nuevo Testamento de don Diego Velázquez —explico el sacerdote, lo cual no era una novedad, dado que desde su regreso de Italia el Rey no había hecho mas que encargos al artista para que decorase el Palacio con enormes óleos que parecían dar vida a sus muros.

Al terminar, con una amabilidad impropia del clero de la nobleza, el propio confesor del rey se ofreció para tomarles confesión con el fin de que purificasen su alma antes de la comida. Como el resto de sirvientes, Calabacillas no pudo por menos que aceptar la invitación, y uno a uno cumplieron el sacramento, mientras el resto esperaba rezando en los bancos de madera lujosamente tallados.

Apenas una hora mas tarde un sirviente pulcramente uniformado se presentó en las estancias superiores buscando a Calabacillas. Sin dar explicaciones lo llevo hasta las habitaciones del Duque y con sumo tacto llamó dos veces a la puerta antes de recibir la aprobación para entrar. Al abrirse la puerta apareció su señor con un traje sumamente elegante que a ojos de Calabacillas mostraba todo el porte de un grande de España. El Duque le informó que el propio Rey deseaba encontrarse con él cuanto antes, y deseaba que el bufón le acompañase. Por ello siguieron sin demora al sirviente por un laberinto de pasillos hasta las dependencias reales, custodiadas por alabarderos con uniforme de gala de la “Guardia Amarilla”.

Por fin llegaron ante el despacho real. Otros dos alabarderos guardaban el acceso. El criado se identificó y las puertas se abrieron para dar paso a su interior, donde el infante don Fernando, hermano de Felipe IV esperaba impaciente la llegada de sus ilustres invitados.

La lujosa estancia había sido amueblada de nuevo, observó el Duque y, sin embargo, mantenía la decoración suntuosa con muebles en maderas nobles y gruesos cortinajes burdeos que tanto habían gustado al abuelo del joven monarca. El mismo infante, adelantándose a su secretario, se levantó a recibirles y estrechó calurosamente la mano del Duque, sin permitirle siquiera la inclinación respetuosa que marcaban las tácitas aunque de todos conocidas reglas de la Corte. En aquel momento descubrió a Calabacillas y entre divertido y extrañado posó su mirada en el bufón medio bizco que se ocultaba tembloroso tras el corpachón de su señor.

—Pues sí que es tímido el enano, nadie lo diría por los comentarios que circulan, muy al contrario, dicen que es todo un portento en la sátira y su lengua es más afilada que un florete. También dicen que es capaz de recordar pasajes enteros de los libros que lee...

—Pero enano al fin y al cabo —dijo el secretario rompiendo el silencio con el fin más de agradar al infante que de vilipendiar al hombrecillo.

—Sólo los idiotas miden a los hombres por su peso o su altura y no por su inteligencia, pese a que es bien sabido que “suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del discreto” —dijo Calabacillas rememorando la cita del Quijote, mientras sonreía y se inclinaba respetuosamente frente al infante, haciéndole un mutis al

secretario, que sintió como la sangre le bombeaba las sienes en un acceso de indignación ante la humillación recibida.

—Sin duda que efectivamente la naturaleza no forjó vuestra inteligencia acorde con vuestro tamaño. Dicen que, además, sois culto y conocéis el Quijote de don Miguel de Cervantes. ¿Es eso cierto, apreciáis de veras el valor de las letras? —dijo complacido don Fernando haciendo gala de no haber reconocido la fuente de la cita con la que Calabacillas le había obsequiado.

—El don de la escritura y el arte son legados de Dios y merecen nuestra consideración y respeto. Cuando se conjugan y conforman obras maestras merecen además admiración en la humildad de nuestras limitaciones —fue la pronta respuesta del enano, que satisfizo de forma evidente al infante.

—Parece que en verdad admiráis las peripecias de un loco en un mundo de cuerdos donde, no obstante, la fuerza de las armas es más importante que la de las letras —dijo don Fernando, visiblemente interesado en la profundidad de conocimiento sobre el Quijote que parecía tener el enano.

—La fuerza da el poder por un tiempo, pero el arte confiere la inmortalidad para siempre. El acero de las armas se oxida, pero las letras son eternas y llegan a la profundidad del ser humano, más allá de los músculos y huesos que puede hendir el arma —contestó Calabacillas.

—Impresionante, realmente impresionante —murmuró el infante ante las contundentes palabras de aquel ser cuya apariencia distaba mucho del conocimiento literario que le estaba demostrando sobradamente.

De pronto la puerta lateral de la estancia se abrió, estaba disimulada entre dos enormes cuadros, de ella salió un hombre elegantemente vestido de negro. Tenía nariz generosa, cabellos rubios, amplios bigotes, una perilla muy rala y ojos mustios que delataban su parentesco con el infante. Éste le saludó con una tímida reverencia, al igual que su señor el Duque, Calabacillas les imitó, sin duda se trataba del Rey en persona.

—Ya veo que ha traído vuestra merced a vuestro renombrado enano —

dijo Felipe IV dirigiéndose al Duque con una afable sonrisa y después posando sus ojos sobre el hombrecillo— Dicen que pese a vuestro pequeño tamaño sois buen conocedor de las artes y las letras, además de la filosofía y del arte de conversar.

—Acaba de demostrármelo hace un instante —refrendó don Fernando.

—Majestad, la fama es una brisa pasajera que unas veces lleva el barco a buen puerto y otras sin embargo le hace chocar contra las piedras —

contestó Calabacillas haciendo de nuevo una respetuosa reverencia— Las artes son un legado de Dios que aleja al hombre del primitivismo animal para acercarnos tenuemente a la esencia del Creador.

—Ya que sabéis tanto de la naturaleza del hombre —dijo el monarca interesado por la verborrea del enano— decidme, ¿cuál es a vuestro entender la mayor virtud que debe tener un buen siervo para un rey?.

—La lealtad. Muy pocos la tienen por encima de sus vidas, y esos pocos son vuestra mejor garantía —contestó el enano.

—El gobierno del estado viene dado por Dios y obliga a los súbditos a otorgar lealtad a su rey, sin embargo es difícil mantener tan escogida virtud ya que el enemigo acecha en cualquier lugar, ¿o los enanos conocen el secreto que garantice la lealtad eterna de los hombres? —preguntó Felipe IV maliciosamente.

—No llega a tanto mi sabiduría —contestó Calabacillas— pero recuerdo que don Quijote aconsejó a Sancho que tomara con discreción el pulso a lo que pudiera valer en su oficio de gobernante de la ínsula y, si debía dar librea a sus criados, debiera dársela honesta y provechosa, más que vistosa y bizarra, e incluso repartirla entre sus criados y los pobres, y así tendría pajes para el cielo y para el suelo.

—En verdad que además de ingenioso y culto sois prudente, virtudes a las que estamos poco acostumbrados —sonrió de nuevo Felipe IV, invitándoles a entrar en un lujoso comedor adyacente donde una impresionante mesa de cerezo presidía la estancia, adornada por dos grandes candelabros de oro. Sobre las paredes había algunos cuadros de Tiziano y de los maestros de la escuela de Sevilla y los grandes ventanales estaban custodiados por cortinajes de terciopelo.

—Me pregunto si no sería mejor poner al frente de nuestra flota a un medio-hombre como vuestra merced, que duplica el valor y la lealtad a su tamaño, y no a almirantes mediocres que nos llevan a la ruina con su falta de arrojo —dijo el Rey con voz solemne mostrando en un momento de debilidad sus preocupaciones más ocultas. En su mente estaban muy

presente las recientes derrotas de Hertogenbosch, y sobre todo la de la bahía de Matanzas, en la que el almirante Benavides, frente a una flota inferior en número al mando del almirante holandés Piet Heyn, se había dejado arrebatar la plata que transportaba la Flota de Indias dejando en una grave situación financiera a la Corona, lo que había obligado al rey a confiscar un millón de ducados pertenecientes a particulares de los galeones llegados de La Habana a Sanlúcar ante el nerviosismo de los mercaderes sevillanos que traficaban con las Indias por no cobrar los abultados préstamos reales.

Además, con los beneficios obtenidos por Piet Heyn, los holandeses habían sufragado los gastos de una gigantesca armada de 61 buques y 7300

hombres con la que se apoderaron de Pernambuco en 1630.

—Yo no sé de barcos, mi señor, —dijo Calabacillas sonriendo con la simpática vitalidad que le era característica— pero el valor y la lealtad no precisan el tamaño de un hombre, sino el de sus hechos.

—Quiero que os incorporaseis a mis órdenes —dijo entonces el infante don Fernando sabedor de que era un honor inesperado para el enano que no podría en modo alguno desdeñar, mientras su señor el Duque apoyaba aquel ofrecimiento con una sonrisa— Creo que seríais un sorbo de agua fresca en un mundo donde sólo el ingenio de los artistas consiguen hacernos más soportable los ineludibles asuntos de estado.

Un par de palmadas de las manos reales y penetró en la estancia un ejército de criados, mostrándose eficientes y serviciales, y portando bandejas con perdices, capones, palomas y faisanes finamente cocinados, jabalí en adobo, y cordero asado con hierbas aromáticas. Acompañaron el festín con vinos castellanos de mucho cuerpo y fuerte aroma, que hicieron las delicias de los comensales.

No lograba recordar hasta cuando comieron aquel día, tal vez porque los nervios le impidieron grabarlo todo en su privilegiada memoria, pero sí podía rememorar que estaban en los postres cuando unos pies apresurados llegaron hasta la puerta de la estancia y unos nudillos fuertes golpearon las nobles maderas. El capitán Villanueva apareció por primera vez ante su vista, con el rostro desencajado y pidió quedarse a solas con el monarca.

Los dejaron durante unos minutos, pero en aquella ocasión Calabacillas tuvo la precaución de no cerrar del todo la puerta de la estancia y, mientras

el Duque miraba por los amplios ventanales el patio central del suntuoso palacio, el enano ponía todo su empeño y su oreja en la ranura para poder escuchar de forma entrecortada las frases con las que el sofocado Jefe de la

“Guardia Amarilla” explicaba al Rey la nueva tragedia.

—Tenéis que extremar la precaución, anda suelto y puede ser cualquiera, es la tercera muerte en un mes y creo que sea quien sea se mueve con demasiada facilidad por Palacio como para no ser alguien que lleve en él mucho tiempo y conozca tanto las estancias como las personas y sus costumbres —dijo Villanueva.

—¿Quién ha sido esta vez? —la voz de Felipe IV sonó entrecortada.

—Teresa de Toscana, la menor de las cortesanas, respondió el soldado.

—¿Dónde ha sucedido? —preguntó el monarca— ¿Dónde?.

—Cerca de la Casa de las Muñecas —contestó el aludido, sin sospechar que en ese mismo instante el enano Calabacillas había cerrado de nuevo la puerta y se apresuraba a unirse con el Duque para informarle de todo cuanto había escuchado.

Extasiado por las noticias que acababa de oír el Duque apenas consiguió evitar un rictus de curiosidad al ver salir al Rey de su despacho. Sin dilación, el monarca le hizo una señal para que le siguiese. Juntos se dirigieron hacia el pasillo, tomando las escaleras de mármol que les llevaron a la planta inferior y luego se encaminaron directamente a la entrada para llegar hasta la plaza. Desde allí avanzaron hacia la llamada línea divisoria de los Patios del Rey y la Reina, que partía en dos el edificio, donde se ubicaban los pabellones de los criados y con su inequívoco color azul oscuro, la torre conocida como “Casa de las Muñecas”. Era llamada así porque albergaba a las sirvientas que se ocupaban del príncipe Baltasar Carlos, en realidad las elegidas del Rey —eso, recordaba Calabacillas, no lo supo hasta mucho más tarde— aquellas que eran llevadas en determinadas noches al dormitorio real por túneles secretos o que recibían al propio Felipe IV en sus aposentos, dando rienda a sus frenéticos arrebatos de amante que nunca pasaban de la media hora de placer. Aunque la ley del silencio prevalecía en La Corte alrededor de la reina, doña Isabel de Borbón, con quien Felipe IV había casado en 1615, era de sobra conocida la

afición del monarca por satisfacer sus fantasías sexuales con jóvenes y hermosas doncellas.

El monarca se paró ante la puerta de acceso al lugar, precedido por su

“Guardia Amarilla”, y esperó la llegada presurosa del Duque, antes de hacer un gesto para que cuatro de los doce soldados permanecieran en la puerta y el resto les abriese camino hasta las estancias superiores. Allí se encontraba su diligente secretario y ante él, tapada por una gasa de seda blanca, estaba la última víctima del asesino de mujeres. A los pies de la cama, tapizada por un hermoso dosel de lino sobre columnas de madera de roble, lloraban cuatro mujeres con el rostro desencajado por el miedo y el dolor.

El Rey apartó con delicadeza la tela del rostro femenino y la cara dulce de la joven Teresa de Toscana emergió pálida y marmórea, todavía realmente hermosa, como si más que morir hubiera penetrado en un sueño.

Calabacillas recordaba aquella escena con especial nitidez, como si volviese a estar presente cuando vio aquellos rasgos cincelados con genial precisión por un angelical artista y, colocándose hábilmente en primera línea, había aprovechado para observar cómo la víctima, completamente desnuda, presentaba una puñalada a la altura del abdomen y otra en el costado izquierdo. «Sin duda —pensó en aquel entonces y rememoraba ahora— le habían retirado las ropas ensangrentadas y estaban a punto de vestirla de nuevo y prepararla para las exequias, pero el suceso no había ocurrido allí, de eso no le cabía la menor duda, porque la sala no presentaba ningún vestigio de la tragedia. El rostro no tenía signos de violencia y la expresión final no dejaba entrever ningún tipo de reacción, como si la víctima conociera a su asesino y no hubiera sentido miedo ante la llegada de la muerte».

El capitán Villanueva se acercó al Rey. Le mostró un puñal y un anillo que habían sido encontrados entre los objetos personales de la víctima —

Calabacillas recordaba aquella escena como si acabara de ocurrir—

Llevaban un escudo de armas inconfundible.

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