Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xviii
CAPÍTULO XVIII
DEJÓ de tener frío por un instante y, ante el interés de la confesión que acababa de escuchar, la fiebre pareció remitir un poco. Juan Martín Calabazas se frotó los ojos para estar seguro de que no se trataba de un sueño o un estado de esquizofrenia temporal. El corazón le bombeaba con tanta fuerza que sentía palpitaciones en las sienes como si fuera a estallarle la cabeza. Olvidando el peligro que corría y la necesidad de que acabara cuanto antes aquella confesión pidió a la mujer que se explicara.
—Padre, soy la responsable de todas esas muertes. Llevo varios meses pidiendo a Dios justicia para mi hijo y una de las cosas por las que he rezado y hecho penitencia es para que murieran todas las putas del rey —
contestó la arrepentida.
—Hija mía, ¿quién es vuestra merced?, ¿por qué habéis pedido a Dios esos crímenes? —preguntó el enano intentando sonsacarle más información.
—Soy María Calderón, padre —dijo ella entre susurros ahogados por accesos de llanto— Todos me conocen como “la calderona” y cuatro años atrás fui la amante del Rey, cuando nos contrataron para escenificar “La Filomena”, del maestro Lope. Caí en pecado mortal bajo los agasajos de don Felipe, vuestra ilustrísima sabe que el teatro no hace rico a nadie y en aquel tiempo las cosas no iban demasiado bien. Yací con él muchas noches.
Era antes de que contratase a las cortesanas de la “Casa de las Muñecas”. —
De nuevo el llanto hizo parar a la mujer, Calabacillas aguzó el oído, la cabeza le ardía— Sé que caí en pecado mortal, pero no pude evitarlo, al fin
y al cabo el Rey tiene prerrogativa divina y él quiso poseerme. Meses después quedé encintada de mi actual hijo Juan José. Pero el Rey no ha querido reconocerlo y tan sólo nos mantiene a él y a mí en Palacio con la excusa de nuevas representaciones teatrales. Yo quiero justicia para mi hijo, padre, porque tiene sangre real. Por eso he rezado muchas noches para que algo grave le ocurriera al Rey que cambiase su forma de pensar. Y desde que comenzaron las muertes siento que yo, y sólo yo, soy la culpable de todo lo que está pasando.
—Pero no podéis sentiros culpable de algo que no habéis llevado a cabo, ¿o tal vez conocéis al autor de los crímenes? —indagó Calabacillas.
—Es mi culpa, padre, es mi culpa. El fantasma que asesina a las mujeres es mi propio fantasma. Creedme, desde que comencé a rezar para que ocurriera algo terrible en Palacio las muertes se fueron sucediendo. No sólo es culpable la mano que empuña el cuchillo asesino, también quien la dirige, y yo soy la instigadora. Ya no sé como pararlo, padre, os juro que ya no sé cómo pararlo —María Calderón comenzó a llorar con la cabeza metida entre las manos, el sentimiento de culpabilidad la tenía destrozada.
Calabacillas sintió un profundo decaimiento. Intentó consolar a la mujer y le pidió que rezase en penitencia durante toda la tarde y hasta el amanecer del día siguiente para que las muertes terminasen. Había oído antes la historia de que el Rey tenía un hijo ilegítimo con una actriz de teatro, pero creía que eran habladurías, ahora se daba cuenta de que las prerrogativas reales no conocían límites y sus infidelidades tampoco.
Por suerte nadie más se postró en el confesionario tras “la calderona”.
Aprovechó el momento de tranquilidad y salió por la puerta lateral, intentando pasar desapercibido entre las sombras. Todos los fieles estaban absortos escuchando la voz del capellán, que tronaba ya desde la mañana, convenciéndoles de que debían pedir perdón y estar preparados para el Apocalipsis. De nuevo sentía el frío metido en los huesos, le dolía todo y estaba profundamente cansado.
Consiguió llegar por fin hasta la puerta de entrada y salir al exterior. Era un día luminoso que anunciaba ya la primavera. Alcanzó el pabellón de los sirvientes lo más rápido que pudo, intentando evitar toparse con una patrulla, ya que desconocía el santo y seña del día. Tuvo suerte y lo alcanzó
sin contratiempos. Quienes lo vieron lo conocían de sobra y nadie le preguntó nada, ignorando su presencia, como casi siempre. Llegó hasta su dormitorio y consiguió tumbarse en el jergón. Se arropó hasta la cabeza porque le ardían las sienes a causa de la fiebre. Después se durmió.
Estaba deshecho y profundamente cansado, pero en un tiempo indeterminado de sus sueños de nuevo regresó la pesadilla. La pequeña araña se deslizó desde el techo, saltando al suelo y acercándose lentamente.
Trató de escapar, pero en su huída se enredó en la pegajosa tela mientras el animal multiplicaba su tamaño hasta ser igual al de un hombre y con las patas delanteras le enlazaba atándole con su seda hasta dejarlo completamente inmóvil, como hacía con las moscas y las torpes mariposas.
Entonces sus fauces se abrieron y pudo ver los quelíceros afilados donde portaba el veneno mortal que le llevaría a los infiernos. El terror se apoderó de su cuerpo y comenzó a tener estertores mientras el vello se le erizaba y una especie de espuma le manaba por la boca. En ese momento el sonido de un objeto metálico al chocar contra el suelo le devolvió a la realidad, y con un rápido movimiento limpió con su manga derecha la babilla que le caía por la comisura de los labios. Comprobó que en sus violentas pesadillas había tirado un candil que se encontraba en su mesilla, junto a la cama, aquello era lo que le había despertado. Después se volvió a dormir profundamente y la araña no volvió a aparecer.
Estuvo durmiendo todo el día y cuando despertó le sonaban las tripas de hambre. Se encontraba mucho mejor y fue hasta las cocinas para pedir algo que comer. Acababan de recoger sobras de la cena del Rey y Calabacillas le hincó el diente a un capón prácticamente sin tocar y a un revuelto de habichuelas con ajetes y tocino frito que habían sobrado del plato de su majestad.
Con la barriga llena se dirigió de nuevo a su dormitorio y se echó otra vez sobre el jergón. Seguía teniendo un terrible sueño y tapándose con unas mantas volvió a quedarse profundamente dormido. Esta vez sus sueños no trajeron a las arañas. Según recordó más tarde, aunque no con gran lujo de detalles, veía la imagen de dos amantes. Se trataba del aprendiz Francisco Armentero y el capellán Fernando de Ortuña. Ambos estaban besándose en su habitación. Bajo su cama se encontraba él escondido, entonces notaba
que el colchón cedía y le aprisionaba contra el suelo hasta impedirle respirar. Quería pedir auxilio pero no podía porque el colchón le tapaba la boca y notaba como le faltaba el aliento una y otra vez hasta quedar asfixiado.
Entonces despertó. Debía ser muy tarde, de madrugada. Bajó al patio, donde recibió el alto de un soldado y después salió a los jardines. Era una noche mucho menos fría que la del día anterior, pero aun así se había abrigado convenientemente. Tenía una corazonada. Fue dando un rodeo y se dirigió hasta “el Cuarto del Príncipe”. Todo estaba en silencio. Quiso penetrar en su interior como otras veces, pero el candado tenía echada la llave. Un perro le ladró, se trataba del mastín que tenía uno de los jardineros y que habían dejado atado cerca de los talleres del maestro Velázquez para evitar intromisiones. Los ladridos debían haber alertado a las patrullas de vigilancia nocturna, así es que decidió regresar a su cuarto. De pronto creyó ver una sombra en el interior de los talleres y aguantó escondido tras unos setos. Sin duda alguna los ladridos del perro que él había provocado habían cogido por sorpresa al salteador, que intentaba escapar antes de que llegase la patrulla. Vio como abría una ventana del piso superior y se deslizaba por ella hasta el voladizo que existía sobre la arcada del piso inferior. Desde allí intentó descolgarse al suelo agarrándose a una madreselva que trepaba pegada al muro, pero la planta no aguantó el peso y el desconocido cayó pesadamente. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Después se levantó y corrió cojeando en dirección al cementerio de los sirvientes.
Calabacillas intentó seguirle a duras penas, pero entonces escuchó la llegada de la patrulla, y le dieron el alto, lo que provocó que escapara en una carrera alocada a través de los jardines. Escuchó ladridos y recordó que había visto a una patrulla con mastines y no le fue difícil entender que acababan de soltarlos para que le dieran caza.
Conocía bien el lugar y le resultó sencillo llegar hasta las cercanías del cementerio de los sirvientes, cercano a la iglesia-capilla, donde acababa de desaparecer el misterioso desconocido. La puerta del cementerio estaba cerrada. Oyó los ladridos más cerca. De nuevo se dirigió hacia la iglesia, donde había pasado la noche anterior. Casi milagrosamente la puerta estaba abierta. Se introdujo dentro cerrándola tras de sí, sabía que los perros no le
encontrarían allí dentro. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de distinguir el altar mayor semidesnudo, a la espera de los cuadros de Velázquez. Volvió a ir hasta el confesionario. Sólo era cuestión de tiempo. El corazón le latía a una velocidad de vértigo. Si le descubrían lo pasaría muy mal. Oyó a los guardias y a los perros a la puerta de la iglesia.
Intentaban saber dónde se había metido el fugitivo y lo buscaron infructuosamente en los setos de los alrededores del templo, donde los perros encontraron varios rastros fruto de sus andanzas la noche anterior.
Pasó una hora y dejó de escuchar los ladridos de los perros y las voces de los guardias. Como ya hiciera la noche antes, salió del confesionario y se dirigió hacia la entrada. La luna creciente hacía entrar tenues rayos por un rosetón y pudo adivinar el altar casi vacío y la puerta de acceso a la sacristía y a los aposentos del capellán. Entonces volvió a la puerta principal, comprobó que seguía abierta y salió fuera, vigilando que nadie estuviese en los alrededores. Alcanzó una vez más los setos y desde allí no le fue difícil acercarse hasta las proximidades del pabellón de sirvientes donde tenía sus aposentos. Se relajó. Sabía que le había visto salir el guardia de la entrada para ir a pasear, por eso se dirigió hacia él con la mayor naturalidad y le hizo un comentario sobre la calidez de la noche. Después subió a sus aposentos y se tiró literalmente sobre la cama. El sudor le corría por el rostro. Una vez allí intentó reflexionar de nuevo. Estaba nervioso. Intentó acostarse otra vez, tenía una corazonada que le impedía el sueño. Se echó de un lado y luego del otro. Había algo que no encajaba y su cerebro estaba procesando toda la información que había recibido en los últimos tiempos para descubrir qué había visto de especial sin percatarse. No sabía exactamente lo que era pero había algún detalle en todo aquello que se le había pasado por alto y que significaba mucho. Al final se quedó dormido intentando descifrar el enigma, y el amanecer le descubrió roncando plácidamente en la cama, con la sonrisa tonta de los inocentes.
Al abrir los ojos comprobó que era ya casi la hora del almuerzo. De nuevo fue a las cocinas. Mientras tomaba una sopa y un plato con restos de cordero preguntó al jefe de cocina, conocido quisquilloso local, si había oído hablar de una gran actriz llamada “la calderona”. Tenía cierta
desconfianza sobre la historia que ésta le había contado en el confesionario y quería estar seguro de que todo lo que le dijo era cierto.
—Claro, su historia la conoce todo el mundo, me extraña que me lo pregunte vuestra merced viviendo en Palacio —contestó con una sonrisa afable haciéndole un guiño al enano, a quien tenía por persona discreta pero bien informada, como todo sirviente palaciego que se precie.
—Bueno, conocerla sí la conozco, lo que quería saber es si habéis oído algo sobre su estado mental, es que hay un rumor y no sé si darle crédito, sobre su enloquecimiento por amor... —dijo sagazmente Calabacillas.
—Vuestra merced no debe dar crédito a lo que se dice, ya sabe que se cuentan muchas cosas de todo el mundo y que no se debe creer la quinta parte de la mitad de lo que se escucha —comentó el jefe de cocina mientras examinaba unos capones que servirían para un exquisito plato de la cena real nocturna. Después se acercó al bufón y bajo el tono de voz para hacerlo más discreto— Nada de locura por enamoramiento. Esa pérfida es una fulana de mucho cuidado. Lo que quiere es que el Rey reconozca a su hijo como infante y eso, como sabéis, no es posible. Ya tiene bastante con los ducados que se le pasan como protegida de nuestro señor por no hacer nada.
Siempre anda diciendo que trabaja en una nueva obra pero a fe mía que es mentira. No obstante si queréis mayor información la podréis obtener de don Sebastián de Arce, él fue quien la contrató para que escenificase “La Filomena” y con quien mantiene un contacto más estrecho.
—¿Dónde puedo encontrarlo? —dijo el enano mientras seguía comiendo a dos carrillos.
—En el Teatro Real, por supuesto —la voz del cocinero mayor adquirió de nuevo su tono normal— Es un maestro de la comedia y los montajes teatrales. Creo que ahora está preparando algo de un maestro italiano sobre un viaje a los infiernos.
Juan Martín Calabazas terminó de comer con rapidez y dando las gracias al Cocinero Jefe se dirigió hacia el Teatro Real, que se encontraba fuera del recinto del Alcázar. Era un edificio de gran porte que estaba siendo ampliado y que tenía un aforo para más de quinientas personas entre palcos, butacas y plateas. Constaba de tres alturas corridas en semicírculo que convergían sobre el escenario y permitían una gran visión desde
cualquier parte, pero sobre todo destacaba la calidad de audición que obtenían los espectadores desde cualquier punto del anfiteatro. Desde la llegada al trono de Felipe IV había conocido sus mejores momentos artísticos y no eran infrecuentes las representaciones de los clásicos junto a nuevas obras de dramaturgos de la época. Como se sabía, el Rey tenía una debilidad especial por el mundo de las bambalinas, y había hecho sus pinitos con alguna creación personal, escondida bajo el anonimato de seudónimo, sobre el “carpe diem” frente al exceso de mojigatería, muy al gusto de las nuevas corrientes, habiéndose escenificado con gran éxito de crítica, aunque no muy al gusto del público, que prefería la comedia y los autos sacramentales de gran pompa y boato.
Don Sebastián de Arce estaba preparando una obra con un grupo de actores en el escenario del teatro. Era un lugar frío y sobre los ceñidos trajes todos llevaban pellicas o capas de gruesa lana para poder taparse mientras no estaban actuando. No tenía un carácter agradable y le molestaba sobremanera que le interrumpiesen en su trabajo, así es que apenas hizo caso cuando descubrió que era un curioso bufón del Rey quien pretendía sacarle información.
—No tengo tiempo para juegos ni adivinanzas —le dijo de malos modos alzando la voz para que lo pudiese escuchar todo el mundo— Si queréis saber algo más sobre Doña María Calderón preguntádselo a ella en persona. No me gustan los correveidiles que tanto abundan en Palacio, y mucho menos si son enanos que sólo utilizan los rumores para hacer chanzas de las personas.
Pese a que sabía que tenía razón, no le parecieron en nada oportunas las formas soberbias que había usado con él y mucho menos los comentarios sobre los bufones y enanos, a quien a todas luces no reconocía arte alguno.
—No es mala persona, pero a veces tiene un genio que no hay quien le aguante —dijo un joven que se encontraba sentado muy cerca de él viendo el ensayo, con una pierna atada a dos maderas para mantenerle inmóvil —
Las malas lenguas han hecho mucho daño a María Calderón y en boca de todos pasa por una puta, sin embargo todos sabemos que ha sufrido mucho a causa de sus amores. No debéis hacer mofa de su historia, en realidad es muy triste y dañaríais mucho su ya mermada cordura.
—No pretendo hacer gracias a su costa —se defendió el bufón— Sólo quería saber cómo se encuentra, me han dicho que está muy mal y me enterneció conocer su trágico amor. Ni pretendo ser chismoso ni desleal con una sirviente del arte tal como yo mismo lo soy, pese a mi condición de enano.
—Efectivamente está mal, muy mal. Antes venía mucho por aquí, pero desde hace varias semanas no ha aparecido. Hemos intentado verla pero no quiso salir del cuarto. Dicen que se pasa el día llorando y pidiendo a Dios por su hijo Juan José —el efebo mantuvo su tono delicado y su vocalización perfecta, obra de muchas horas de ensayos— Es una mujer tremendamente desafortunada y se encuentra muy hundida. El amor lleva a la felicidad pero a veces arrastra a la locura, sin que podamos hacer nada por evitarlo.
—Tenéis razón —afirmó Calabacillas— El amor es algo que pretendemos dominar pero pocas veces lo conseguimos. La historia de Calixto y Melibea se repite sin remedio y arrastra a los hombres a la perdición. Los enamorados se entregan a la pasión sin sopesar consecuencias ni futuro, sin reparar en daños ni pecados. Las flechas de Cupido aciertan por igual a príncipes y a villanos, nadie está a salvo, y los que lo prueban enloquecen con el sabor de sus mieles, para caer rendidos bajo el dolor de sus desventuras.
—Jamás había pensado que un enano como vuestra merced pudiera saber tanto de amor —confesó el joven manteniendo sus palabras suaves y la ternura que se desprendía de su voz— Yo también estuve enamorado, todavía no he logrado olvidar y ya hace mucho tiempo de aquello, pero la falta del amado provoca un vacío que es difícil llenar si no es con otro amor, y eso no ocurre fácilmente.
—Decidme —preguntó el bufón intentando retomar el objetivo que perseguía— ¿No teméis que esa mujer, “la calderona”, pueda cometer una locura y ponga en peligro su vida y la de otros súbditos?.
—¿Quién sabe de lo que es capaz una mente enferma como la suya? ¿Se atrevería vuestra merced a jurar que si el amor os torturase no llegaríais a sacarle el corazón a vuestro amado si éste os renegara? No hay médico para los amores. Los dolores del alma sólo le está permitido curarlos a Dios —
las sentencias del efebo no convencieron demasiado a Juan Martín
Calabazas que intentó seguir con la conversación a la espera de que pudiera sonsacarle la información que quería.
—Pero podría ser que, en su locura, María Calderón llegase a intentar quitarse la vida, o la de aquellos a quienes culpa de sus sufrimientos...
—No es descabellado que así sea —dijo el joven sin dejar de mirar hacia el escenario donde sus compañeros ensayaban— Pero si decidiese acabar con la vida de quien la ha traicionado por amor estaría pensando en matar al propio Rey, y eso sería tan acertado como querer suicidarse ella misma.
Vieron venir hacia ellos a Sebastián de Arce con cara de pocos amigos.
Al parecer, el rumor de los dos hablando le había incomodado y dirigiéndose directamente al enano le echó del lugar sin ningún tacto, jurándole que de no salir cuanto antes le haría prender por la guardia.
Después cambió el tono de voz para dirigirse al joven convaleciente, sus palabras se tornaron amables y sus reproches fueron meras fórmulas para atraer su atención. No le fue difícil imaginar al enano que entre los dos había más que la simple relación del maestro con su alumno o del actor con su director de escena, al igual que tampoco le fue difícil concluir que “la calderona” le había dicho la verdad en el confesionario y que, pese a haber rezado para conseguir la muerte de las amantes del rey, en realidad ella no podía haber llevado a cabo los asesinatos.
Desde allí volvió hacia sus aposentos dando un paseo por los jardines de Palacio, aprovechando el luminoso día de finales de invierno. Se encontraba desasosegado porque no había obtenido ningún fruto y, sin embargo, tenía la sensación de que se hallaba muy cerca de la verdad. Mientras caminaba sintió una profunda compasión por la actriz, con quien en el fondo se sentía identificado. Él también había padecido el amor en todo su escarnio y ahora tenía un vacío en el fondo de su alma difícil de llenar. Recordó las felices tardes recitando poemas a María Isabel de Tolosa, en las que su sonrisa le hacía sentir el más feliz de los hombres y se preguntó si en verdad el amor no es siempre doloroso, o al menos lleva a los enamorados a cometer locuras que jamás hubieran llegado a hacer en su sano juicio, tal como le había confesado al joven actor, cuyo nombre por cierto no sabía. “No obstante —reflexionó— hubiera deseado seguir manteniendo aquel amor
con María Isabel aunque se supiera no correspondido”. Al fin y al cabo era muy difícil que una mujer como ella hubiera podido enamorarse jamás de un enano como él, por mucho que le gustasen sus poemas, pero su sola compañía le hacía sentirse especial, le daba un sentido a la vida, le hacía ser feliz como jamás lo había sido antes.
Decidió presentarse en Palacio por si el Rey requería de sus servicios, pero antes creyó que era de justicia visitar a la pobre “calderona” y ofrecerle su apoyo. No se hubiera perdonado dejarla a su suerte después de su conversación con el joven actor y, aunque no sabía qué iba a decirle, intentaría al menos presentarle su deformación como una verdadera causa de infelicidad, frente a un amor desgraciado, que siempre puede ser sustituido.
Encontró a dos alabarderos en la puerta que le dieron el alto en el acceso al pabellón de sirvientas sin explicación alguna, pese a darles la contraseña del día. Los guardias manifestaron que tenían órdenes expresas de no dejar pasar a nadie. Parecían nerviosos. En ese momento llegó a la puerta el capitán Ovando acompañado de Martín Villanueva y de varios soldados. Al pasar a su lado le hizo un gesto de saludo pero no se paró siquiera y la comitiva pasó como una exhalación. Juan Martín Calabazas empezó a temerse lo peor. Llegaron más soldados y los doctores del Rey que penetraron a toda carrera abriéndose paso. En ese alboroto de gentes Calabacillas consiguió burlar la vigilancia y corrió pasillo adelante tras la estela de los doctores, siguiéndoles de cerca como si de su ayudante se tratase. Subieron al ala derecha de la segunda planta, después giraron hacia el lado este y penetraron en una habitación donde estaban el capitán Ovando y sus guardias con las miradas clavadas en el cuerpo sin vida de una mujer con los brazos extendidos por encima de la cabeza.
En la cama estaba la actriz María Calderón con la cara girada sobre su lado izquierdo y los ojos cerrados. Estaba muy delgada. Tenía la tez muy pálida y grandes ojeras, fruto de los sufrimientos de las últimas semanas.
Había ingerido un veneno procedente de un frasco de vidrio que los doctores comenzaron a examinar. Según comentaron, parecía veneno de serpiente, probablemente de víbora. A Calabacillas no le pareció normal la postura que había tomado la actriz al morir. Podía haberse tratado de
estertores de dolor, “pero entonces —pensó— se hubiera agarrado el estómago y se encontraría doblada sobre sí misma como suele ocurrir en estos casos, nunca estirada”. Sus dedos estaban abiertos como consecuencia del ataque al corazón que había sufrido y de su último intento de aferrarse a la vida, pero Calabacillas también pensó que “no era muy natural aquello, porque lo lógico es que sus manos estuvieran cerradas y sus dedos apretados si había sentido las punzadas del veneno”. Dos de las uñas de sus dedos de la mano derecha estaban rotas y había sangrado por una de ellas.
El enano examinó entonces de un vistazo las paredes de la estancia y descubrió que había señales de arañazos en la pared justo cerca de la puerta, al otro extremo de donde se encontraba la cama con el cadáver. “Muy probablemente —siguió pensando— porque la mujer fue sujetada por atrás por alguien que entró por la puerta y ella echó las manos intentando agarrarle para desasirse, arañando la pared y rompiéndose las uñas. Los brazos estirados y la cara amarillenta eran síntomas inequívocos de la asfixia”. “Tal vez —sentenció el enano para sus adentros— porque su asesino la ahogó mientras la sujetaba antes de darle el veneno para que pareciese un suicidio”.
No quiso esperar más y salió de la habitación dejando al capitán y a sus guardias recogiendo el cadáver. Tenía una premonición y era urgente que actuara. Los guardias de la puerta le injuriaron al verle salir, jurando que le coserían a patadas si volvía a meterse donde no le llamaban, pero le dejaron ir. Tomó entonces dirección hacia “el Cuarto del Príncipe”. Pese a que era un día luminoso se había levantado un aire fresco que azotaba el rostro y movía con violencia las copas de los árboles. En la entrada a los talleres del maestro Velázquez otros dos guardias le dieron el alto, pero tras decirles el santo y seña, y contarles que venía a ver al pintor real por orden de su majestad, le dejaron pasar.
Como en su visita anterior, encontró trabajando a Juan de Olaizola, absorto en el Cristo que estaba pintando el maestro cuando visitó el taller días atrás, también estaban pintando en las salas anexas varios aprendices entre los que se encontraban José de Argensola, Francisco Armentero y Francisco Zurbarán, que había avanzado bastante en su cuadro mitológico.
Había un aire de intensa concentración y cierta armonía en el ambiente,
probablemente potenciado por el olor de los óleos y la embriaguez del arte, que se sentía nada más penetrar en el taller. Apenas nadie reparó en su presencia. Había muchos pedidos que entregar y todo el mundo estaba trabajando a marchas forzadas para poder corresponder a los encargos retrasados. El maestro no estaba, o al menos no le vio en su rápida visita.
Entonces se dirigió sin preámbulos a la sala donde amontonaban los lienzos desechados, allí donde había encontrado los cuadros rajados de las cortesanas, y buscó con la determinación del que sabe que hallará lo que desea.
Había varios óleos sin acabar pendientes de limpiar para ser reutilizados y, en uno de los extremos, sentenciados para el fuego, estaban marcos rotos y algunas pinturas irrecuperables pintadas por los aprendices que no eran de gusto del maestro. Tenía que estar allí. No le costó mucho ver la tela rajada.
La mujer tenía la misma cara, su rostro, eso sí, era más luminoso, se veía mucho más bella y no estaba tan delgada, probablemente porque la pintó antes de la depresión que la había llevado a la muerte. Pero no le cupo ninguna duda. Se trataba de María Calderón. La maldición se había cumplido una vez más.
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