Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xxiii
CAPÍTULO XXIII
DESDE media mañana Felipe IV se había recluido en su nuevo despacho del Palacio del Buen Retiro. Era una sala amplia y lujosamente decorada con multitud de cuadros de los más famosos pintores de la época y estanterías donde se agolpaban los libros de los más insignes literatos del momento, que el Rey devoraba con extrema avidez. En la puerta dos alabarderos montaban guardia con la orden expresa de que nadie molestase al monarca, pero ante la llegada de su bufón pidiendo verle uno de ellos llamó con suaves golpes en la puerta de madera y giró con delicadeza el pomo para dejarla entreabierta unos dedos, lo suficiente para que el Rey pudiera escucharle.
—Majestad, el enano Calabacillas está aquí y desea veros —afirmó el guardia— Dice que es urgente.
—Hacedle pasar —ordenó Felipe IV desde la distancia.
Los guardias abrieron la puerta para dejar paso al bufón, con la convicción de que, al menos, entretendría un rato al monarca. Calabacillas penetró en el interior del despacho con pasos firmes. El Rey se encontraba leyendo junto a uno de los grandes ventanales aprovechando la luz que entraba a raudales. Estaba acomodado en un lujoso sillón de terciopelo rojo y con los pies apoyados en alto sobre un cómodo reposapiés de estilo veneciano. Debía estar muy concentrado en la lectura, pensó Calabacillas, porque cerró el libro sosteniéndolo en su mano derecha pero con el índice metido en el lugar donde había acabado su lectura, sin duda con el fin de
volver sobre la misma una vez hubiera escuchado las nuevas que le traía su bufón.
—Dichosos los ojos que os traen a mi presencia —le dijo a Calabacillas sin mucha convicción.
—También a mí me alegra volver a veros, mi señor —contestó el enano con premura— En realidad necesitaba hacerlo con urgencia porque ha ocurrido un acontecimiento de gran relevancia en Palacio del que deberíais estar informado.
—Decidme pues —dijo Felipe IV visiblemente interesado— Os escucho.
—Pues he aquí que vais a escuchar la cosa más sorprendente que sin duda alguna halláis sospechado, algo que no sólo supone una dolorosa nueva sino una afrenta contra vuestra propia condición.
—Pues venga, suelta ya eso que tanto deseas decirme y que no acabo de conocer —instó el monarca con ávida curiosidad.
—Pues veréis, durante el transcurso de la mañana ha sido prendido por soldados de la Santa Inquisición vuestro Jefe de la Guardia, bajo la ridícula acusación de haber practicado la brujería —resumió Calabacillas.
—Lo sé —contestó lacónico Felipe IV— Fui informado de ello por fray Jimeno.
—¿Pero no vais a hacer nada por impedirlo? ¿Vais a dejar en manos de los inquisidores a vuestro hombre de confianza? ¿Permitiréis que se inmiscuyan en los asuntos y secretos de la Corte? ¿Dejaréis en manos de los torturadores al que fuera vuestro más leal capitán? —interpeló el enano gesticulando nerviosamente frente a los ojos del Rey.
—No puedo hacer nada —contestó el Rey sin demasiado entusiasmo—
Parece ser que en su venida a Madrid y tras llegar a Sevilla desde La Habana, el capitán Ovando en compañía de otros dos soldados cayó en la tentación de acudir a una conocida bruja sevillana que ha sido quemada poco tiempo atrás. Ahora está en manos de la Inquisición saber hasta qué punto es reo o si se debe o no cuestionar su inocencia, tales asuntos no son de mi competencia.
—Pero Su Majestad sabe que en manos del verdugo la lengua puede querer contentar al inquisidor con tal de poder aliviar los sufrimientos de la
carne. Y lo que ayer era falso hoy puede ser verdad. Y lo que ayer era de una manera, hoy puede tornarse en otra muy distinta. Su Majestad es inteligente y muy letrado, amén de cristiano justo y de buen corazón y, como tal, no sois ajeno a las flaquezas humanas cuando el dolor se hace insoportable, pero además, si de verdad el capitán debe ser recluido, qué mejor que bajo la jurisdicción de vuestras armas e interrogado por vuestros capitanes que no por los inquisidores, ansiosos por demostraros flaquezas en vuestros más leales hombres —Calabacillas esgrimía toda su fortaleza dialéctica en un intento desesperado por convencer al Rey, pero lejos de conseguirlo Felipe IV abrió de nuevo su libro y reanudó su lectura.
—Si eso es todo lo que puedo esperar de vuestra merced, podéis marcharos por donde habéis venido —le dijo en tono despectivo— La verdad es que de un tiempo a esta parte os preocupáis cada vez más de asuntos que no os atañen, en vez de distraerme con chanzas y conversaciones sobre libros y artistas, como sabéis que tanto me gustan. En verdad que para esto no os traje a mi servicio, y de seguir así podría prescindir muy pronto de vuestras chanzas y devolveros al servicio de mi hermano, ya que en nada me contentáis dedicándoos a intentar salvar a un hombre que además de hereje ha demostrado ser un inepto en sus funciones.
La impotencia más absoluta hizo mella en la seguridad de Calabacillas, que a punto estuvo de salir por la puerta dejando atrás al insensible Rey, pero sabía que si se daba por vencido la vida del capitán Ovando estaría en serio peligro, y por eso hizo un último intento.
—Majestad. Sólo Dios Nuestro Señor es perfecto y, pese a que el hombre fue hecho a su imagen y semejanza, le fue vedada la perfección que le asemejaría al Todopoderoso, por eso a los cristianos les es exigida la caridad de la comprensión y la tolerancia, y por eso, debéis recordar ahora que el capitán al que denostáis por no poner fin a los crímenes de Palacio es el mismo que meses atrás se jugó la vida impidiendo que La Habana cayera en manos de los corsarios, lo que hubiera dejado al país sin plata y a vuestras campañas guerreras en un callejón sin salida.
—No sé si sois consciente de que vuestros argumentos sobre el cristianismo en favor de la tolerancia os acercan peligrosamente a la doctrina de Lutero —contestó el Rey con la habilidad dialéctica que le
caracterizaba cuando no quería entrar en el fondo de un asunto, no obstante, pareció de nuevo interesado en las argumentaciones del enano y cerró una vez más el libro manteniendo el dedo índice como separador de páginas—
Pero ya veo que sois persona perseverante y tenaz para con vuestros anhelos. Os daré por ello una oportunidad de sacar a vuestro capitán de manos de la Inquisición si aceptáis un reto intelectual que os proponga.
—Que así sea —aceptó lacónico el enano.
—Veréis —explicó Felipe IV visiblemente divertido— Yo os diré la moraleja de una novela y vuestra merced tendrá que adivinar de qué libro se trata, aunque para que no os parezca un imposible os confesaré que es obra de un autor de sobra conocido.
Con un asentimiento de cabeza el bufón aceptó el juego del monarca, un brillo de inteligencia emergió de sus ojos, en su interior maldecía el tener que jugar a los acertijos para poder salvar al capitán y no haber sido capaz de conmover al Rey con los argumentos que le propuso, pero ahora sólo le cabía aferrarse a la última oportunidad que le deparaba el destino.
El Rey abrió el libro que tenía en sus manos y leyó con voz alta y pausada: “Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo, de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda la voluntad libre; y de lo menos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oído exhortaciones destas dueñas de monjil negro y tendido, y tocas blancas y luengas”. De nuevo cerró el libro. Se produjo el silencio. Durante unos segundos el monarca clavó sus pupilas en la figura del enano que le miraba con ojos muy abiertos, como ido, sin entender el por qué de aquella sonrisa contenida en la comisura de sus labios.
—Es “El celoso extremeño”, de Miguel de Cervantes —dijo por fin vocalizando una a una cada una de sus palabras.
El Rey lo miró divertido. Depositó el libro encima de la mesa y aplaudió el impresionante conocimiento literario que una vez más le había demostrado el enano.
—¡Bravo!. Lo habéis logrado —dijo Felipe IV mientras tomaba pluma y papel para pedir la excarcelación del capitán Ovando— Pero habéis de saber que mi orden no supondrá más que sacar de los calabozos al capitán
hasta que decidan su culpabilidad o inocencia. Mientras tanto deberá permanecer dentro del recinto del Alcázar y no se le permitirá salir del mismo bajo ningún concepto. Por cierto, ¿cómo podéis retener todo aquello que leéis con esa claridad y aún más, cómo habéis podido averiguar el autor con sólo unas líneas de su novela?.
—Es fácil recordar de que se trata, sobre todo porque vuestro libro lleva impreso en la tapa el título de la obra, y ¿quién no conoce al autor de las
“Novelas Ejemplares”? —contestó el enano mientras tomaba la orden firmada y sellada por el Rey que permitiría salir de los calabozos a Álvaro de Ovando. Sin embargo su rostro no mostraba la vanidosa sonrisa que esgrimía en otras ocasiones, muy al contrario, su gesto denotaba que en nada le había gustado tener que acudir a un juego para obtener el favor del Rey en lo que le pedía. La vida del capitán Ovando había dependido de que él supiera acertar un capricho literario de Felipe IV, y el enano estaba visiblemente decepcionado con la calidad humana demostrada por el monarca.
Mientras escuchaba cerrarse la puerta tras la presurosa salida de su bufón, el Rey se quedó riendo por la sagacidad que una vez más éste le había demostrado. De nuevo se sentía orgulloso de que aquel pequeño ser fuera capaz no sólo de saber el acertijo que le había planteado, sino de la forma en que lo había hecho. “En realidad —se dijo mientras acariciaba su prominente bigote— pertenece a un mundo muy distinto al nuestro, donde los hombres desarrollan su inteligencia multiplicándola por el esfuerzo que sus cuerpos no hicieron para crecer”.
Apenas una hora más tarde la puerta de hierro chirrió y dejó entrar la luz en el húmedo calabozo. El capitán Ovando tuvo que taparse los ojos para poder mirar. En su mente sonaron lejanos tambores. Dos guardias penetraron en la estancia y le desencadenaron de la pared, abriendo los grilletes. No había pasado ni un día desde que fuera interrogado y, pese a que había perdido la noción del tiempo, era consciente de que habían transcurrido muchas horas desde que cayera desmayado al sufrir los azotes del verdugo, tras el anuncio del inquisidor de que había sido delatado por Fernando del Amo antes de ser ajusticiado. Le costó mantenerse en pie y se sostuvo apoyado en el muro del húmedo calabozo, pero apenas si tenía
fuerzas para salir de la celda. Pidió agua a los guardias de la Inquisición y bebió hasta saciarse de una jarra que le ofrecieron de mala gana. Algo había cambiado que él desconocía, porque momentos después le acompañaron hasta la entrada de los calabozos donde le entregaron las armas que le habían sido confiscadas en el momento de su detención y le dejaron salir al exterior.
—Son órdenes directas del Rey —le dijeron— Nos han comunicado que os dejemos en libertad dentro del recinto del Alcázar mientras se investigan las acusaciones que pesan sobre vuestra merced. El propio monarca ha firmado una orden de excarcelación de su puño y letra que ha sido entregada al oficial de guardia por uno de sus sirvientes —Nada especificaron de que tal sirviente era un bufón— Debéis rezar porque Dios está de vuestro lado.
El capitán no esperó a mayores razones y decidió ir a sus aposentos para tomar cuanto antes un descanso y dejar para más tarde las averiguaciones sobre su liberación. En cualquier caso sintió un profundo agradecimiento por el Rey, a quien poco tiempo atrás odiara por arrebatarle a su amada, ya que gracias a él, podía respirar el aire limpio fuera de aquel inmundo calabozo y tal vez salvara la vida frente a la crueldad de los inquisidores.
Con pasos lentos e inseguros atravesó la plazoleta este de Palacio y avanzó sin titubear hacia sus aposentos, pero por dos veces se volvió para comprobar que nadie le seguía y, pese a que en ningún momento descubrió nada anormal, algo le hacía presentir que no estaba solo, hasta tal punto que se le erizaron los pelos de los brazos y sintió un escalofrío que le recorrió la médula, intuyendo que tal vez el asesino no era de este mundo y por eso tenía impunidad para matar y no dejar huella.
Respiró con cierto alivio al llegar a la puerta del pabellón de la “Guardia Amarilla”, empujó con las escasas fuerzas que le quedaban las hojas de madera y penetró en el interior volviéndose una vez más. Entonces adivinó una sombra al otro extremo de la plazoleta. Cerró la puerta y esperó tras ella un minuto, dos minutos, después tomó aire y salió de nuevo al exterior empuñando con la diestra la espada con la que tantas veces defendió su vida y su honor en combate. De frente, a escasos metros, topó con una figura de
negros ropajes que ante la sorpresa intentó huir, pero resbaló y cayó al suelo, sin atrever a levantarse al sentir el frío contacto del acero.
—Creo que me debéis una explicación —dijo Álvaro de Ovando
—No soy ningún asesino —se explicó entrecortadamente el fraile, en su rostro se hizo patente el desasosiego por haber sido descubierto por el capitán— en realidad sólo os seguía por orden expresa de fray Jimeno, quien me ha dicho que no os pierda de vista mientras gozáis de la excarcelación concedida por el Rey.
El capitán bajó la espada y de nuevo se sintió profundamente cansado.
Era previsible que el inquisidor no iba a dejar de vigilarle ni a sol ni a sombra y aquel hombre no tenía culpa de ello. Invadido por la solidaridad de los que sufren envainó la espada y se dio la vuelta, pero antes de entrar en el pabellón se giró para mirar al fraile, que todavía se encontraba en pie donde había sido descubierto sin saber qué hacer, y le dijo:
—Estaré descansando hasta el atardecer, os doy mi palabra, no tenéis por qué incomodaros intentando vigilarme hasta entonces —después entró dentro del pabellón y se arrastró hasta su habitación, cayendo de bruces sobre su jergón donde quedó tendido, roncando de forma estrepitosa.
Era noche cerrada cuando Álvaro de Ovando abrió los ojos. Le sonaban las tripas por el hambre y pensó que tal vez esa había sido la razón de su repentino despertar. Las cocinas estaban ya cerradas, pero en su interior se encontraban todavía cenando el personal de limpieza y los alabarderos del Cuerpo de Guardia. Comió como si jamás lo hubiera hecho antes, repitiendo hasta dos platos de potaje y conejo en salsa, aderezado con sabrosas especias. También bebió vino de Rioja y tomó tres cuentas de morcillas, un pedazo de queso manchego y una cuajada con miel. Los que le vieron comer no daban crédito al ansia con la que engullía y uno de los soldados de guardia, que se sentaba en el banco de madera frente a él, se atrevió a hacer una gracia sobre lo desagradable que debía ser el rancho en los calabozos, mordiéndose la lengua ante la belicosa mirada del capitán, que por un momento, pareció dispuesto a saltar sobre él y atravesarlo de parte a parte.
Con el estómago lleno salió a dar un paseo por los jardines interiores del Alcázar, intentando aspirar con intensidad el aire seco del anochecer. Nadie
le seguía, o al menos no descubrió a nadie espiando sus movimientos, pero en realidad no le importaba. Había echado de menos ese aire durante las horas pasadas en la celda en las que creía que jamás volvería a tener libertad para poder degustarlo. “En realidad —pensó— los jardines de Palacio son el más hermoso lugar del mundo”, e inevitablemente recordó a María Violeta de Enghien y los exiguos momentos de felicidad que había compartido con ella antes de que los acontecimientos se precipitasen y pasase de ser el cazador a la presa, el juzgador al reo. Estuvo muy pocas horas en manos de los inquisidores, pero el dolor y el sufrimiento habían sido tan terribles que hubiera jurado que habían pasado años desde que gozó de la sensualidad de María Violeta y de la complicidad de la noche para poseer su cuerpo.
Ahora la vida, en ese complicado juego que se llama destino, había hecho que el Rey, al que había jurado matar por quitarle a su cortesana, fuera el libertador a quien debía su vida. Pensó en que quizá era un designio, una señal para que supiese comprender y tal vez perdonar. Pensó, que en el fondo el Rey no era peor que él mismo y que anhelaba como hombre lo mismo que él, con la fortuna de que el destino le había hecho merecedor del designio divino de tener poder sobre todos sus vasallos.
Su paseo le fue acercando a la Casa de las Muñecas, que tan gratos y terribles recuerdos le traía y allí se quedó sentado, apoyado en el tronco de un árbol, con la mirada perdida en los cielos, inmerso en un montón de recuerdos que parecían colmar toda su existencia. “Es curioso —pensó—
que la vida de un hombre pueda traducirse en unos cuantos momentos que quedan grabados en su memoria y que el resto desaparezca como si jamás hubiese ocurrido. Casi todo es efímero, tan sólo lo importante queda impreso en la mente de cada hombre y da sentido a su existencia”. “La memoria —filosofó mirando a las estrellas— es como la orilla de un río donde poder pintar con un palo hasta que llegan las lluvias y las aguas embravecidas borran los símbolos escritos en el barro”. Recordó el río de Heráclito que había oído nombrar al enano Calabacillas, ese cuyas aguas jamás vuelven a ser las mismas, y se dio cuenta de que, en realidad, se pasa la vida sin que valoremos las cosas importantes hasta que han pasado y por más que anhelamos nunca volverán.
Acomodado en aquel asiento que le brindaba la naturaleza, meditabundo en sus profundas reflexiones se fue quedando dormido, degustando el aire de los jardines y la plácida quietud nocturna, hasta que un grito ahogado rompió en mil pedazos la tranquilidad de la noche. Era el lamento de una mujer y venía de la cercana Casa de las Muñecas. El capitán corrió hasta el lugar e intentó abrir la puerta. Estaba cerrada por dentro.
Llamó golpeando con todas sus fuerzas y oyó como en el interior alguien corría a oscuras, tropezando con objetos que tiraba a su paso. Después se abrió de golpe una de las hojas de madera y de la oscuridad del interior emergió como del infierno un fuego abrasador que le alcanzó de lleno en el costado izquierdo, haciéndole doblarse por el dolor y caer al suelo todavía con la espada empuñada en la diestra.
Antes de que la inconsciencia le arrebatase del mundo de los vivos acertó a ver una figura saltando sobre su maltrecho cuerpo que intentó alcanzar con una estocada apresurada. La suerte estuvo de su parte y la hoja alcanzó al fugitivo, quien se perdió en la noche. Álvaro de Ovando sintió que el dolor se hacía insoportable y se hizo un ovillo en el suelo agarrándose la herida con ambas manos mientras escuchaba la llegada apresurada de los primeros guardias. Justo antes de que sus ojos se cerrasen logró ver entre tinieblas el fantasma de su hermano que se acercaba, pero esta vez no sonreía, sino que adelantaba una de sus cadavéricas manos en señal de ayuda.
—Es el Jefe de la Guardia —dijo uno de los soldados— Han herido al Jefe de la Guardia.
—Alerta, la herida es grave, se desangra —dijo otro— Llamen a los doctores, va a morir, el capitán va a morir.
Eran voces lejanas que se fueron perdiendo como los caminos de montaña tomados por la niebla mientras se le nublaba la visión. En sus sueños una mano hurgó entre sus ropas y encontró el frasco que le cambió por su espada la bruja sevillana. El amargo líquido de misteriosas esencias corrió por su garganta. A lo lejos sonaban los tambores de Breda. Se encontró frente a las tropas protestantes y volvió a recordar el dolor del plomo, el olor de la pólvora y la carne quemada tras ser mordida por el fuego y, antes de perder definitivamente la consciencia, tuvo dudas de que
su vida no hubiera acabado en realidad aquel lejano día, durante la carga de caballería contra los holandeses, y todo lo demás hubiera sido un sueño en su cansino viaje hasta el Purgatorio donde debería pagar por sus pecados.
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