Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 17 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Xv

CAPÍTULO XV

EN los días siguientes tras la muerte de María Isabel de Tolosa discretos sirvientes escogidos especialmente por el capitán Ovando de entre los más fieles de Palacio comenzaron a controlar todos los movimientos de María Violeta de Enghien, Velázquez y del Conde-Duque de Olivares. Para no levantar sospechas el capitán creó tres equipos distintos, formados a su vez cada uno por distintas personas de variopintas labores, que se ocupaban de mantener vigilancia directa sobre las presuntas víctimas durante todas las horas del día, incluida la noche, relevándose cada dos horas en trabajos de Palacio para no levantar sospechas.

El primer equipo estaba formado por dos limpiadoras, dos sirvientas y un aprendiz de pintor, Juan de Olaizola Bejarano, discípulo del propio Velázquez, que se encargaron del control de sus movimientos en palacio.

Las limpiadoras vigilaban las estancias de don Diego en la llamada “Casa del Tesoro”, donde vivía con su esposa Juana de Miranda Pacheco, desde el alba hasta que éste se dirigía al taller donde se encontraba con sus aprendices, una vez allí le tocaba el turno a su discípulo, que permanecía junto a él toda la jornada, hasta la noche, hora en que las sirvientas de Palacio volvían, le servían la cena y permanecían en las cercanías hasta la llegada de las limpiadoras al rayar el alba.

El segundo equipo lo componían una bordadora, un ama de llaves, dos soldados de la guardia, una limpiadora y un mayordomo, que realizaban el seguimiento diario de María Violeta de Enghien, a la que todos los indicios apuntaban como la próxima víctima del asesino. La bordadora había

conseguido hacerse cómplice de María Violeta y solía pasar la mayor parte del día en su compañía, por su parte el ama de llaves y la limpiadora se sustituían en los tiempos en que la bordadora no se encontraba para mantener la estrecha vigilancia que completaba los soldados de la guardia y el mayordomo durante la noche.

El tercer equipo era sin duda el más complejo dada las características de su defendido y estaba subdividido a su vez por tres grupos que trabajaban durante las veinticuatro horas del día bajo la coordinación directa del capitán Villanueva. Estaba formado por un escribano, un licenciado, diez guardias reales, un palafrenero, un mozo de cuadras, dos cocheros, dos mayordomos y un monaguillo, encargados de mantener permanente vigilancia sobre don Gaspar de Guzmán, tanto en sus estancias como en los desplazamientos que continuamente realizaba, siempre mediante complejos turnos y con la discreción más absoluta.

Villanueva tenía órdenes expresas de informar puntualmente al capitán Ovando de cualquier novedad que se produjese, pero también podía actuar de “motu propio” si entendía que la vida del Duque de Olivares pudiera correr peligro en algún momento. Era un engranaje difícil porque jamás antes se había montado algo parecido en Palacio para el control directo de las posibles víctimas, y exigía continuos cambios organizativos cuando sobrevenía alguna circunstancia especial, de lo que se ocupaba directamente Villanueva.

De este modo gracias al plan ideado por Ovando apenas unas horas más tarde tras su visita a “la Pieza Ochavada” todos los movimientos de las dos posibles víctimas y el presunto asesino estuvieron controlados, sin que durante el primer día ocurriese nada digno de mención. Ovando tenía la secreta esperanza de descubrir pruebas de algún tipo de desequilibrio en algún miembro de la servidumbre de Palacio, en un macabro paralelismo con el asesino Ravaillac, que unos años antes había quitado la vida en París al monarca Enrique IV, pero sobre todo quería garantizar que nada pondría en peligro la vida de María Violeta de Enghien.

—Hay un demente que pretende demostrarnos su impunidad para matar a las cortesanas de Palacio ante nuestras narices. Pero es imposible que no detectemos sus movimientos y tengo la impresión de que se encuentra a

punto de cometer un error fatal que le dejará en nuestras manos —dijo a Calabacillas tras explicarle todo el aparato de seguimiento que había ideado.

—Tal vez no sea un demente —afirmó el bufón— tal vez no esté donde nosotros creemos, no estoy seguro de que todo este esfuerzo vaya a dar sus frutos, algo me dice que el asesino espera nuestros movimientos y se encuentra a salvo de todo el control, no sé, es sólo una intuición.

Al capitán Ovando no le hicieron ninguna gracia aquellas palabras, estaba realmente satisfecho con aquel plan de seguimiento y control de las posibles víctimas y convencido de que atraparían al criminal esa misma semana. Entendió que las dudas del enano sobre la eficacia del dispositivo de control de las víctimas eran más debidas a celos por que no habían sido obra suya y la vanidad le impedía reconocer el gran trabajo que Ovando y Villanueva había realizado. Por eso durante aquel tiempo la relación entre ambos fue enfriándose y apenas se hablaban. El capitán tenía cada vez más la sensación de que Calabacillas se creía superior y le tomaba por un rudo soldado sin cultura y sin capacidad para investigar los crímenes de palacio.

Además, estaban los laconismos y enigmáticas contestaciones del bufón, que le hacía crisparse y le ponía los nervios de punta.

-Creo que en todo esto hay algo más que descubrir a un asesino. ¿Sabe

capitán?, hay algo que nos une, algo común en nuestras vidas. Ambos

somos inaccesibles para la felicidad. Usted y yo, capitán, somos uno, el

anverso y reverso de una desolada existencia —le había dicho en uno de

sus últimos encuentros

Parecía como si quisiera demostrarle una supremacía intelectual basada en sus muchas horas de lectura que Ovando no aceptaba. Para él todo tenía que tener una explicación sencilla. Estaba convencido de que el criminal era un hombre corriente y como tal cometería algún error que le llevaría a sus manos y cada vez tenía más claro que el enano pretendía hacerles creer que el asesino era un ser especial, docto y culto, porque buscaba una suerte de reconocimiento en todos los que le conocían para provocar admiración o aprecio, algo que en realidad no conseguía ni por su figura ni por sus

gracias, habitualmente demasiado rebuscadas y pretenciosamente cultas para poder entenderlas un hombre de armas como él.

Estaba en tales reflexiones cuando recibió la visita aquella tarde del capitán Martín Villanueva, azorado y recuperándose de la carrera para llegar cuanto antes al despacho de su superior.

—Tenemos novedades que vuestra merced debe saber —dijo sin perder tiempo— La limpiadora que se encarga del cuarto de doña María Violeta de Enghien ha descubierto entre su correspondencia una carta del licenciado López de Nuño manifestándole su amor.

—No me resulta sorprendente —dijo Álvaro sintiendo una feroz puñalada en el pecho— En realidad por lo que veo las cortesanas son la diversión para la mayor parte de los hombres de La Corte, además de para quien todos conocemos. ¿Sabéis si ella corresponde a su amor?.

—No tenemos constancia. Hasta ahora apenas hemos tenido tiempo de investigar al licenciado. Como sabéis fue contratado hace varios meses por el Ministro para trabajar en su equipo de finanzas y desde entonces, además de sus informes, ha tenido según parece tiempo para mantener líos amorosos con al menos otras dos cortesanas, doña Clara Salviani y doña Encarnación Salazar —explicó Villanueva.

—Pero un asesor del Ministro no tiene libertad de movimientos por Palacio —objetó Ovando.

—Hay más. También hemos investigado a las otras víctimas, y hemos descubierto que todas mantenían alguna relación amorosa con jóvenes de La Corte —prosiguió explicando Martín Villanueva— Doña María Isabel de Tolosa mantenía relaciones con un guardia de Palacio, Doña Inés de Gibraleón con un palafrenero y Doña Teresa de Toscana con un mayordomo.

—Tampoco era anormal, al fin y al cabo eran jóvenes muy bellas de las que cualquier hombre podría enamorarse —dijo Álvaro de Ovando mientras recordaba el momento en que vio por primera vez a María Violeta de Enghien, durante la fiesta de su presentación.

—Pero todas están muertas y tal vez la razón sea el hecho de que tuvieron amantes cuando su cometido era venir a Palacio a servir al Rey en exclusiva —aclaró Martín, recordando a Álvaro de Ovando un punto que en

nada le agradaba— ¿Os dais cuenta?. Hasta ahora estamos buscando a un solo asesino, pero imaginad que no es uno solo sino varios. Pensad por un momento en que cada uno de los amantes tomara represalias contra sus amadas.

—Me cuesta trabajo imaginar algo así —dijo el capitán Ovando negando con la cabeza— Es más fácil imaginar...

—Ahí quería llegar —zanjó Villanueva con ansias por demostrar sus deducciones— Podría tratarse de alguien muy poderoso a quien no gusta que las empleadas del Rey se dediquen a otros quehaceres.

—Estamos barajando hipótesis muy arriesgadas que nos podrían llevar al patíbulo —sentenció Ovando— Debemos ser muy prudentes en todo lo concerniente a este asunto. Por ahora vamos a corroborar que todas las informaciones que decís son ciertas y no chismes de pasillo, y a seguir al licenciado seductor para saber cuál ha sido su relación con las cortesanas.

Villanueva salió del despacho y Álvaro de Ovando se quedó sentado en el sillón, hundido por la noticia de que la mujer que amaba era pretendida por aquel licenciado desconocido, que al parecer ya había tenido éxito con dos de sus compañeras. Por fin se levantó y se dirigió hacia los despachos del ministro. Había guardias desplegados por todas partes, y por un momento le pareció estar en la fortaleza de El Morro, detentando el mando supremo de la guarnición, al frente de un buen puñado de hombres dispuestos a batirse a muerte en cuanto hiciera una señal. Aquel clima bélico le resultaba tan familiar que lejos de incomodarle en el fondo le satisfacía. En realidad era de la única forma en la que había cosechado éxitos en la vida y por eso, el saberse con el poder de las armas le tranquilizaba el ánimo y le hacía olvidar las heridas del corazón.

Llegó hasta la puerta del secretario del ministro, su amigo José González, quien le invitó a pasar visiblemente agradecido con la visita. Era un despacho pequeño pero suntuosamente decorado. Había muchos papeles encima de la mesa de caoba y dos sillones de raso estucado frente a la misma, uno de los cuales le fue ofrecido. Se notaba que la tensión había contagiado también al resto de los administradores, que trabajaban con ahínco en los distintos frentes que gestionaba el primer Ministro.

—Me han dicho que vuestra merced tiene en jaque a todo el mundo en Palacio —dijo sonriendo José González— Circula el rumor de que el otro día dos guardias pidieron el santo y seña al propio Conde-Duque y estuvieron a punto de arrestarle porque no se lo sabía —rió con la broma, que por supuesto era falsa y ofreció una cajita con rape a su invitado.

—No gracias, prefiero no tomar nada —contestó el capitán Ovando presto a entrar cuanto antes en detalles— Veréis, necesito una vez más vuestra diligente ayuda. Estoy muy interesado en saber quién es un tal López de Nuño que trabaja para el ministro en asuntos de finanzas.

José González sonrió. Estaba encantado de volver a ver al capitán y de que éste tuviese la necesidad de su colaboración.

—Procede de Salamanca, de cuya Universidad es licenciado. Es un joven prometedor, docto en finanzas, impecable en su aspecto y eficiente en su trabajo —explicó el interpelado.

—¿Cuál es su aspecto? —interrogó de nuevo Ovando.

—¿Ahora os interesáis por los mancebos de La Corte? —contestó González riendo— Es alto, moreno, delgado, probablemente muy atractivo para las mujeres y tal vez para los hombres...

—Dejaos de chanzas —dijo el capitán sin reírse del pícaro comentario de su amigo— Estoy interesado en saber sus devaneos con algunas de las cortesanas de Palacio.

—Bueno ya sabe vuestra merced que las cortesanas además de jóvenes son putas —dijo el secretario bajando un poco la voz— Y las putas no son precisamente unas santas, ya me entendéis.

—Pero las cortesanas de las que os hablo están muertas —zanjó Álvaro de Ovando— Y tal vez esa relación pudo provocarles la muerte.

—Si deseáis conocerle en persona puedo indicaros donde se encuentra

—José González volvió a usar su tono habitual de voz— Está en el Palacio de las Acacias, en la calle Arenal, junto a la Puerta del Sol, allí os será fácil contactar con él y preguntarle directamente por sus correrías. Sabéis que contáis con mi absoluta colaboración en lo que pueda serviros de ayuda...

—Lo sé y lo agradezco de veras —contestó Álvaro de Ovando levantándose de su asiento para no perder más tiempo— Sois un hombre leal como pocos en este mundo que cada vez se me hace menos respirable.

La Puerta del Sol era en aquel tiempo el lugar más ajetreado y concurrido de la Corte. En sus inmediaciones se levantaron grandes edificios, como el convento de San Felipe el Real, el de la Victoria y el Hospital del Buen Suceso, y en ella morían las calles de Arenal y Guadalajara que formaban parte notable de la trama medieval. Además, de allí partían las calles de Montera o Red de San Luis hacia el norte, las de Alcalá y Carrera de San Jerónimo hacia el este, y la de Carretas hacia el sur.

Apenas una hora más tarde un coche de caballos paró a las puertas del Palacio de las Acacias, de él descendieron dos hombres elegantemente vestidos. Los guardias de la puerta presentaron armas al reconocer el escudo de la Casa Real bordado en las casacas. Álvaro de Ovando se dirigió a un ujier para que les llevara hasta el despacho del licenciado López de Nuño. Subieron hasta la primera planta por una escalera de piedra que partía de un patio interior. El ujier se paró frente a una puerta de madera, tocó dos veces el pomo y entró en el interior sin esperar respuesta. Era un despacho grande, sin apenas detalles de lujo, con estanterías llenas de papeles y techos altos. Hacía frío pese a que había una chimenea encendida al fondo de la estancia. Dentro trabajaban ocho funcionarios, encargados de dar salida y entrada a distintos documentos, se les veía muy atareados y apenas prestaron interés por los recién llegados, probablemente las visitas eran habituales. El ujier se dirigió a uno de ellos. No tendría más de treinta años, era alto y de facciones agradables. Tenía un fino bigote y lentes redondas que le daban un aire ciertamente intelectual. Acompañó al ujier y éste le presentó al capitán Ovando y a su segundo Villanueva. El licenciado le pidió que le siguieran y los tres pasaron a un despacho contiguo que debía estar reservado a alguno de los secretarios del Ministro, estaba decorado con mucho más lujo y sus muebles eran de maderas nobles.

—Estoy a su entera disposición, excelencias —dijo Diego López de Nuño demostrando su hipócrita sumisión de funcionario experimentado.

—Queremos que nos explique cuál fue su relación con las cortesanas de Palacio doña Clara Salviani y doña Encarnación Salazar, que en paz descansen —dijo Martín Villanueva tomando la palabra.

—En realidad conocí a ambas en una de las recepciones del ministro hace no más de un año —explicó visiblemente nervioso— Tuve cierta

amistad con doña Clara, para quien hice alguna traducción de los versos de un conocido poeta inglés y, tras su muerte, tuve algunos encuentros con doña Encarnación, pero nuestra amistad se truncó también con su asesinato.

—Ciertas afirmaciones apuntan a que llegasteis a visitar a escondidas la Casa de las Muñecas, desde hace apenas ocho meses atrás en al menos una docena de ocasiones —apuntó Villanueva mientras el capitán Ovando se limitaba a observar en silencio.

—Ya os he dicho que mantenía cierta amistad con doña Clara y doña Encarnación. Suelo acudir al Alcázar al menos dos veces a la semana para dar cuentas al ministro y aprovechaba para visitarlas y tomar una infusión con ellas —explicó el licenciado, mientras se limpiaba las lentes, empañadas por el sudor que le estaba provocando el interrogatorio.

—¿Tomabais infusiones hasta el amanecer? Porque más de un guardia nos ha informado que os vio salir al despuntar el alba —dijo incisivamente Villanueva.

—A veces salía tarde, pero dudo que fuera al amanecer, tal vez me quedé dormido por el cansancio en alguna ocasión, pero no era lo habitual

—se defendió Diego López mientras proseguía limpiando afanosamente las lentes.

—También hay quien dice que se escucharon gemidos en la habitación de doña Clara cuando tomabais esas infusiones con ella en su interior, al igual que con doña Encarnación, decidme ¿eran de hierbabuena o de manzanilla, o tal vez eran de jengibre con miel? —preguntó sarcásticamente Martín Villanueva.

—A veces tomábamos manzanilla, y también vino tinto —balbuceó el licenciado— no lo recuerdo bien.

—Vuestra merced tiene realmente muy mala memoria para ser licenciado —prosiguió Villanueva en su ataque— ¿y los gemidos eran de verdad o sólo un juego para dar que hablar al resto de los huéspedes?.

—No es cierto, sólo hablábamos y solía leerles alguna historia de amor de José de Camerino, de las que tanto les gustaban —intentó excusarse López de Nuño.

—Dejaos de idioteces y confesad de una vez —dijo entonces el capitán Ovando con una brusquedad que alarmó incluso a su segundo— No

tenemos todo el día para escuchar evasivas. Vuestra merced fue el amante de doña Clara Silviani y después de doña Encarnación Salazar. Las dos están muertas. Sois uno de los principales sospechosos y ahora estáis pretendiendo a doña María Violeta de Enghien. No sé si sois consciente de todo esto, pero son las cortesanas del Rey y tales acusaciones podrían llevaros a la cárcel por un largo tiempo. ¡Queremos respuestas y las queremos ya!. ¡Si hace falta utilizaremos métodos que os harán arrepentiros de vuestra falta de colaboración!.

Las lentes cayeron de las manos del licenciado y los cristales se rompieron. Éste se agachó a recoger los trozos, sobre todo porque le permitían una excusa para no tener que mirar a sus interrogadores. Cuando se incorporó las manos todavía le temblaban. Se sentía como un ratón acorralado en una esquina mientras el gato le observaba antes de dar el zarpazo final. No cabía duda de que estaba atrapado y en ese momento, recordó lo que le habían dicho de las cárceles y de los tormentos a los que someten a quienes traicionan al Rey.

—Espérenme sólo un momento y les acompañaré, debo tomar mi capa y despedirme de mis compañeros —dijo por toda respuesta el licenciado mientras conseguía evitar que su voz se escuchase temblorosa.

Salieron tras él y regresaron al despacho múltiple. Desde allí Diego López se dirigió a una habitación anexa donde colocaban sus abrigos y pertenencias en percheros de forja labrada. Pasaron los minutos y el capitán Ovando y su segundo Villanueva comenzaron a impacientarse. Por fin fueron hasta la puerta de la habitación e intentaron entrar. Estaba cerrada con llave. Sólo fueron precisas dos patadas para que la cerradura saltase hecha añicos. Álvaro de Ovando penetró el primero en su interior. El licenciado López de Nuño estaba en el suelo, tendido sobre un charco de sangre. Tenía una daga clavada en el pecho y los ojos abiertos mirando al infinito. Sobre el suelo estaban también sus lentes rotas.

El capitán intentó incorporar al moribundo, todavía respiraba mientras un hilillo de sangre comenzó a salirle por la boca.

—¿Por qué lo habéis hecho? ¿Por qué? —preguntó el capitán— ¿Acaso fue vuestra merced el asesino?, ¿Tenéis algo que ver con las muertes?

—Me muero, me muero, me muero —repitió lentamente el herido mientras sus manos se aferraban a los brazos del capitán, después tuvo varias convulsiones, por su boca manó mucha más sangre, sus ojos se cerraron y dejó de respirar.

—Sin duda era un absoluto cobarde —sentenció Villanueva cuando el moribundo dejó los estertores y quedó inmóvil— Ha preferido la muerte a tener que declarar. Se meó en los calzones cuando os oyó mencionar el potro. La verdad capitán es que me atemorizasteis hasta a mí. Jamás os había visto tan enfurecido.

—No sé que me pasó —confesó Álvaro de Ovando intentando justificarse de sus violenta actuación— por un momento tuve ganas de agarrar a este alfeñique por el cuello y estrangularlo. Tal vez debía haberle interrogado con más tacto, pero estoy harto de oportunistas y buscavidas ataviados con trajes elegantes. Creo que esto no está hecho para mí. Sólo soy un soldado.

—No desfallezcáis —comentó Martín Villanueva con sinceridad, intentando levantar el ánimo de su superior, a quien apreciaba cada día más

— Habéis obrado como pensasteis que era correcto. La verdad es que todos estamos muy tensos por culpa de los asesinatos y es muy difícil controlarse.

No es nada nuevo para mí. Yo he estado en vuestra piel e incluso para mi desgracia he llegado a inculpar a un Grande de España ante el propio Rey.

Si no fuera por vuestra merced estaría de soldado en Flandes o en Italia. No os culpéis de no ser capaz de echarle el lazo al asesino, es el mismo diablo, y al diablo no hay quien le atrape.

Martín Villanueva dio varios golpes en la espalda al capitán para refrendar su amistad, éste parecía ausente, mordiéndose el labio inferior como hacía cada vez que reflexionaba profundamente.

—No vamos a dar nuestro brazo a torcer —dijo al fin— ¿Sabe vuestra merced lo que haremos?. Iremos a buscar al guardia de Palacio que mantenía relaciones con doña María Isabel de Tolosa, y luego al palafrenero que lo hacía con doña Inés de Gibraleón y al mayordomo de doña Teresa de Toscana. Tenemos que averiguar si había alguna conexión entre todos ellos.

Tenemos que saber hasta qué punto mantuvieron relaciones con cada una de ellas y si se conocían. No me importa que se suiciden uno por uno. Todos

son culpables de traición al Rey, y la traición se paga con la muerte —dijo con la sospecha de que aquello se estaba convirtiendo en un callejón sin salida.

Fue una larga noche. Horas interminables que probablemente no olvidarían nunca ninguno de sus protagonistas. Martín Villanueva y Álvaro de Ovando parecían poseídos, dando órdenes y realizando interrogatorios a todas las personas del entorno de las víctimas para conocer cada uno de los entresijos de sus vidas. Parecían seres de otro mundo, venciendo al sueño, al cansancio, a la naturaleza, para ir de un lado a otro, ordenar detenciones, realizar interrogatorios, inculpar, mentir, arrastrar a la incertidumbre, amenazar y hacer llorar de terror a la mayor parte de los interrogados. El amanecer les descubrió exhaustos en el despacho del Jefe de la Guardia.

Ambos permanecían en silencio. Habían realizado más de seis interrogatorios cada uno y tenían la certeza de tener muchas respuestas.

Pero no las que querían.

—El guardia que mantenía amoríos con doña María Isabel de Tolosa se llamaba Diego Osorio. Tiene veinticinco años, lleva tres en la “Guardia Amarilla”, procede de Toledo, de familia humilde, se enroló bajo el mando del capitán Gualix en las campañas de Flandes hace ocho años. Recibió una herida en la pierna que casi obliga a cortársela. Es un valiente y los oficiales que le han tenido a su servicio hablan de él como una persona disciplinada y leal —dijo Villanueva mientras Álvaro miraba por la ventana, sin saber si le estaba escuchando o no— Ahora le tenemos en los calabozos. Todo su valor se ha venido abajo cuando le hemos acusado de traición al Rey. No parece haber sido consciente de su traición. Creo que si le hubiera ordenado quitarse la vida lo hubiera hecho. Es un hombre de honor. Está pendiente de que queráis o no interrogarle, en caso contrario lo soltaremos.

—¿Conocía al licenciado? —preguntó lacónicamente el capitán Ovando.

—No había oído hablar de Diego López —contestó Villanueva— Creo que habla con sinceridad, no le veo capaz de mentir.

—Soltadlo entonces —ordenó el capitán— Para pocos hombres íntegros que quedan en nuestras filas no vamos a tener a uno de ellos en prisión.

—¿Y vuestra merced, qué ha sonsacado al palafrenero?.

—Conoció a doña Inés en una de las ocasiones que ésta acudió a montar a caballo en las caballerizas de Palacio, al parecer era una gran amazona y tenía predilección por los alazanes —comentó el capitán Ovando con una media sonrisa— Es un buscavidas sin ningún tipo de principios. Cuando comencé a interrogarle me juró que no tenía nada que ver con el robo de las monturas. Creía que le buscaba por sus chanchullos con material robado en las cuadras reales que al parecer venden luego en el mercado a buen precio.

No sabía nada de los asesinatos ni tampoco conocía al licenciado. Por supuesto no estaba enamorado de la menina, pero según me dijo, era una fiera cuando se trataba de montar. También está en los calabozos, con grilletes. Ya ha delatado a todos sus compinches en los robos. Mañana les tendremos a todos entre rejas y comprobaremos si su historia concuerda.

Pero de lo que a nosotros nos ocupa no tiene ninguna información.

—¿Y el mayordomo de doña Teresa de Toscana? —siguió interrogando Martín, mientras el capitán Ovando volvía a mirar distraídamente por la ventana.

—El mayordomo era otro tipo de cuidado-comentó el capitán antes de contestar— Parece que tenemos en Palacio lo mejor de cada casa de Madrid. No sé quién contrata al personal, pero debe haber nacido en los barrios más inmundos de la villa. Se llama Pedro Borromeo. No confesó al principio, pero luego, cuando comenzamos a contarle lo que sabíamos de él y vio el látigo de nueve colas, cambió de opinión. Tiene muchos enemigos en el servicio y le han delatado por mil y una fechorías. Al parecer es un jugador empedernido con muchas deudas pendientes, que no ha dudado jamás en hacer la vida imposible al resto de sus compañeros en beneficio propio. Pero el destino pasa factura. Ha confesado haber robado vajilla de plata de la cocina de Palacio para hacer frente a sus deudas. También se le acusa de haber abusado de una joven hilandera de la Fábrica Real de Alfombras, además de su conocido romance con doña Teresa de Toscana quien, según él, le había regalado dos brazaletes de oro que vendió después a un prestamista de la Calle de los Orfebres. Va listo. Como poco le esperan diez años en galeras.

—Al menos los interrogatorios ha servido para poner en firme al personal de Palacio —afirmó Villanueva consolándose por no haber

obtenido información alguna de los asesinatos.

—Estoy seguro que sí —sentenció el capitán Ovando dejando de mirar por la ventana— Lo que no sé es si a este ritmo tendremos calabozos vacíos antes de que llegue la Cuaresma.

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