Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 8 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Vi

CAPÍTULO VI

UNO de los cañones de largo alcance de la Fortaleza de “El Morro” hizo fuego y detuvo en seco el avance de la primera de las quince naves de guerra de los corsarios que, bajo bandera holandesa, se dirigían a todo trapo hacia la bahía de La Habana.

El almirante Joseph Leyden hizo señas a la tripulación para que recogiesen el velamen y mantuvieran inmovilizado su galeón. Tenía absoluta confianza en aquel barco, perla de la flota holandesa, en el que habían suprimido los refuerzos verticales del casco, para no ralentizar la marcha del navío. La proa llevaba encima del punto de flotación de la roda un gran castillo cuadrado, y habían colocado “portas” sobre los cañones, a modo de ventanas, situadas en los costados y en la popa, que modificaban el aspecto de la “amurada” y permitían esconder las piezas de artillería en los

“entrepuentes” al retroceder las piezas que los sostenían. El afamado capitán esbozó la sonrisa de un jugador aventajado mientras oteaba en la distancia el potencial de fuego de la fortaleza, sabedor de que al menos cinco grandes galeones cargados con metales preciosos estaban fondeados en la ciudad. En un principio, su idea era atacar por sorpresa y apoyar la llegada de tropas terrestres para tomar la Habana, pero la fama de inexpugnable fortaleza que había detenido incluso al temible Francis Drake, le hacía ser prudente, pese a la innegable confianza que tenía en sus hombres.

Toda prudencia no era en vano. En 1589 se habían iniciado las obras de construcción de “San Francisco de la Punta”, una fortificación menor frente

al “Castillo de los Tres Reyes del Morro”, en la bahía de La Habana, que permitía disponer a la ciudad de un potencial fuego cruzado capaz de rechazar un ataque de envergadura por su puerto. Eran años en los que la piratería de ingleses, franceses y holandeses estaba siendo alentada por las propias monarquías de toda Europa, en un exitoso intento por reducir el dominio español en ultramar y comenzar la colonización de las Antillas.

Leyden se mostró así paciente, y determinó reunirse con el resto de los capitanes de su flotilla para ultimar el plan de ataque que traían premeditado desde su salida del puerto de Barbados. Sabía que era su oportunidad ya que su compatriota, el almirante Piet Heyn, estaba decidido a realizar una acción semejante tras su sonada victoria meses antes en la bahía de Matanzas. Si no lo había hecho todavía era debido al bloqueo marítimo al que estaba sometiendo a las naves españolas, en una campaña de desgaste destinada a debilitar la economía de Felipe IV hasta llevarla a la bancarrota.

De nuevo una andanada y las granadas de “El Morro” cayeron a no más de media milla del barco insignia, lo que sobresaltó a la tripulación, que jamás había visto un fuego de tan largo alcance. No obstante Joseph Leyden se sabía seguro conocedor, a través de un soldado fugitivo capturado en Martinica del alcance de aquellas baterías. Estaba esperando el desembarco de tropas de infantería a una jornada de La Habana, que tomarían la fortaleza desde tierra, permitiéndoles el paso o al menos entreteniendo a la guarnición mientras sus barcos penetraban por la bahía. Era una maniobra arriesgada y lo sabía, pero estaba seguro de que los oficiales españoles no esperaban un ataque conjunto por mar y tierra, orgullosos de la inexpugnabilidad de su famoso baluarte.

De pronto, el viento comenzó a soplar con demencial fuerza y se desencadenó una de esas tormentas tropicales de las que tanto había oído hablar. Todas las naves echaron anclas y permanecieron inmóviles mientras las olas se elevaban furiosas y zarandeaban sus pesadas estructuras como si se tratara de cáscaras de nuez. Fue una noche oscura, interminable y llena de presagios agoreros en la mente de los supersticiosos corsarios holandeses. Por dos veces la tormenta estuvo a punto de provocar un auténtico desastre en la nao capitana, la primera al caer uno de los palos tras

la envestida de una ola, que abrió una grieta en los camarotes de popa, la segunda al romper los amarres de una botavara, que comenzó a barrer la cubierta desestabilizando el barco y provocando el pánico entre la aguerrida tripulación.

El amanecer descubrió a los marinos exhaustos, pero las naves estaban prácticamente intactas y la tormenta no había dejado más que desorden en las cubiertas, un tremendo cansancio y vestigios del peligro que acechaba en los mares tropicales.

Con los rayos del sol y el fin de la tormenta todo parecía haber entrado en una calma mortecina pero, en ese instante, el vigía de la nao capitana comenzó a hacer sonar su cuerno de forma desaforada.

Por la bahía de la Habana emergieron cinco pesados galeones españoles con todo el velamen abierto para que sus cuatro velas cuadradas se hincharan y le dieran velocidad, aprovechando el nacimiento del día y el estado de los navíos corsarios, con todo el trapo recogido como consecuencia de la tormenta.

En poco tiempo el primer galeón español se colocaba a la izquierda de la flotilla, aprovechando más las fuertes corrientes de la bahía que el empuje de sus velas hinchadas. Tras él, las otras naves avanzaban también a gran velocidad, rumbo a mar abierto, sin poner proa contra los temibles corsarios.

El capitán Joseph Leyden creyó que los galeones intentaban escapar intuyendo que sus naves podían tener daños por la tormenta y no les perseguirían, por eso ordenó que no soltaran todo el trapo, para dar a entender daños en el velamen de sus tres palos que constatasen la imposibilidad de una persecución. Pero al llegar al final de la bahía los galeones españoles giraron en redondo y, haciendo una maniobra que demostraba la pericia de sus oficiales y el conocimiento que tenían de aquellas aguas, pusieron proa contra las naves holandesas, cerrándoles el paso hacia mar abierto.

Leyden no dudó entonces que la maniobra intentaba arrojar sus barcos contra la costa, y ponerlos a tiro de los cañones de “El Morro”. Por eso ordenó la inmediata suelta de todo el trapo y el ataque frontal de los galeones, intentando restar así ángulo de tiro sobre sus naves y preparando

el inmediato abordaje en el que sus hombres sin duda tendrían ventaja sobre los soldados españoles.

Tras analizar los movimientos del enemigo, el capitán Álvaro de Ovando ordenó a sus tropas prepararse para la entrada en combate, mientras acariciaba la vieja herida de su hombro izquierdo que le había hecho perder parte de la movilidad de su brazo más de una década atrás. Hacía sólo unos meses que había llegado a La Habana y, en su acelerada formación sobre la defensa de posiciones costeras, todavía se agolpaban las historias del asalto que más de medio siglo atrás protagonizara el francés Jacques de Sores. El pirata permaneció un mes en la ciudad y pasó a cuchillo a la mayoría de sus hombres mientras violaba a las mujeres y desvalijaba cada rincón habanero.

Aquellos asesinos no tenían ningún tipo de piedad ni conocían el respeto por otra cosa que no fuese el rugido de los cañones. Pero Álvaro de Ovando estaba dispuesto a que prevaleciese la justicia y a matar a todo aquel que osara forzar a una mujer, algo por lo que había luchado toda su vida desde aquel lejano día en que conoció la historia del alcalde Pedro Crespo, quien ajustició en la Plaza de Zalamea a un capitán del mismísimo ejército de Felipe II por violar a su hija.

Con un grito atronador, el capitán Ovando ordenó hacer fuego a su batería de cañones, intuyendo la maniobra que el galeón de Leyden iba a realizar tras soltar todo el trapo. Treinta y dos piezas de artillería de las sesenta y cuatro que portaba el navío barrieron el mar desarbolando los dos palos de la nave capitana. Después callaron un instante a la espera de la rendición de los holandeses. No hubo tal señal, sino todo lo contrario, los cañones que quedaron inmunes de la embarcación corsaria abrieron fuego mientras una vía de agua comenzaba a anegar los almacenes del barco.

Álvaro de Ovando dio una nueva orden tras recibir el furioso impacto que desmanteló una de sus cuatro velas y, mientras el timonel giraba de nuevo el galeón acercándose en paralelo a su objetivo, una nueva descarga abría enormes vías de agua en la línea de flotación enemiga. Los holandeses comenzaron entonces a saltar del barco sin ningún tipo de orden, buscando la salvación de las aguas antes de que el fuego pudiera llegar a la

“santabárbara” y hacer saltar el navío en mil pedazos. Pero no llegó a producirse tal explosión, porque apenas pasados unos minutos las

numerosas vías de aguas inundaron completamente el galeón y la perla de la flota holandesa se hundió llevándose consigo los ambiciosos sueños del almirante Leyden.

El resto de los barcos corsarios intentaron seguir la línea de la costa para usar las corrientes de la bahía y alejarse de los pesados galeones asaltantes pero entonces, el que había iniciado la maniobra, recibió de lleno los certeros disparos de los cañones de gran alcance de “San Francisco de la Punta”, hundiéndose a los pocos minutos y sembrando el pánico del resto de la flota holandesa, que optó por virar y presentar batalla a los galeones españoles.

Una nueva descarga cruzada entre “San Francisco” y la fortaleza de “El Morro” acertó al velamen de otros cinco navíos, desarbolándolos completamente. Se trataba de dos “Jabeques” de casco aerodinámico, provistos de veinte cañones y tres velas latinas, y tres “cúter” de un palo, muy maniobrables y de gran velocidad gracias a la vela “cangreja” que llevaban montada sobre una pequeña vela triangular conocida como

“escandalosa”. Dos de las naves comenzaron a arder y poco después explotaron, mientras las otras, inmóviles como corderitos, fueron barridas por el fuego cruzado de otro galeón español.

La tripulación del séptimo navío holandés, un galeón de sesenta y cuatro cañones, luchaba desesperadamente por desplegar todo el trapo y conseguir salir de las corrientes de la costa, sin avanzar apenas, pero fuera del fuego que había arrasado a las otras embarcaciones. Tal situación permitió a la guarnición preparar apresuradamente una nueva andanada, trabajando con la eficaz disciplina que habían ensayado tantas veces en las últimas semanas. Los cañones de largo alcance de “El Morro” fueron empujados sobre sus raíles, avanzando unos metros decisivos para ajustar treinta grados en su ángulo de tiro. Diligentes oficiales señalaron a los cañoneros el momento de la descarga y con un nuevo estruendo, rompiendo la serenidad del día con la intensidad y la fiereza de un trueno, todo el fuego de sus bocas partió contra el barco holandés, alcanzando de lleno su

“santabárbara” y haciéndolo saltar por los aires.

Quedaban todavía cinco naves maniobrando a la desesperada sobre las aguas de la bahía, con todo el trapo suelto a la espera de que el viento les

alejase de los peligrosos cañones de la costa y de los barcos enemigos, pero las corrientes les llevaban directamente hacia el galeón español del capitán Ovando, que se encontraba preparado para una nueva descarga.

Disciplinados marinos tensaban las cuerdas para impedir el violento retroceso de los cañones mientras los cañoneros cargaban la pólvora y las bombas que abrirían enormes vías de agua al contacto con la madera. Todos estaban preparados para una nueva orden de ataque. El sudor resbalaba por los rostros, los músculos estaban tensos, las miradas fijas e inmóviles en el galeón enemigo. No podían fallar y lo sabían. Álvaro de Ovando tomo aire, todos esperaban el sonido de su voz y la orden resonó como un trueno.

Hubo un segundo de feroz concentración. Después el rugido de los cañones hizo temblar la cubierta como si hubiera un terremoto. El galeón holandés comenzó a arder por los cuatro costados. Los gritos de los corsarios arrojándose al agua anunciaban la tragedia inminente. Unos minutos después se hundió para siempre, arrastrando consigo a los filibusteros que no se habían ahogado todavía.

De nuevo, el retumbar de los cañones del galeón anunció otra feroz andanada, esta vez sin demasiado acierto, lo que permitió a dos de las naves holandesas disparar y desarbolar dos de los tres palos del galeón de Ovando, dejándolo prácticamente inmóvil. Pero el auxilio de los otros dos barcos de guerra españoles evitó el desastre y en poco menos de media hora los dos galeones corsarios se hundían en las aguas.

Aprovechando la distracción de la batalla los dos últimos galeones de la flota holandesa habían intentado llegar hasta las corrientes de la bahía y virar presentando la proa, dificultando así el impacto de las balas mientras se abrían paso hacia la salvación del mar abierto. La nave corsaria que avanzaba más retrasada consiguió colocarse en el paralelo de un galeón español, cruzando fuego con el navío y dañando el palo de mesana, dejándolo así prácticamente inmovilizado, pero recibiendo a cambio una vía de agua en la popa que comenzó a hundirla lentamente.

Sólo quedaba un galeón que, llevado por las corrientes, se dirigía hacia la desarbolada nao capitana de los españoles. Utilizando espejos a modo de señales, Álvaro de Ovando pidió ayuda a los otros dos galeones para que acudiesen ante un inmediato abordaje, mientras apuntaba su catalejo sobre

la cubierta y se preguntaba si los piratas eran realmente luchadores tan temibles como contaban los habaneros. Para su desgracia los otros galeones españoles se encontraban seriamente dañados y apenas si podían afrontar su regreso a puerto por las vías de agua que tenían abiertas.

En su desesperación, el capitán Ovando observó como la tripulación de corsarios holandeses se apelotonaba sobre cubierta, armados hasta los dientes y deseosos de entrar en un cuerpo a cuerpo en el que se sabían favoritos. Al mismo tiempo miró a sus tropas de infantería, muchos de ellos jóvenes hidalgos alistados por sus familias a la búsqueda de una oportunidad en las islas, pero carentes de la experiencia en combate de sus antiguos compañeros de Flandes. Había miedo en sus miradas y la muerte se dibujaba feroz sobre la cubierta holandesa, esperando una oportunidad para segar con su guadaña las vidas de aquellos infantes españoles que todavía luchaban por una pobre soldada, cuando no para defender el discutible honor de sus apellidos.

Y sus recuerdos volvieron a las llanuras flamencas, la vista de las tropas enemigas, el olor de la pólvora, el color de la sangre brotando en cada cuerpo mutilado, y el miedo, y la enloquecedora violencia adueñándose de su mente, y supo entonces que si llegaban a abordarles habría una auténtica sangría de jóvenes almas entre sus tropas y, tal vez, su propia muerte.

—¡Culebrinas y bombardas —gritó a viva voz dirigiéndose a sus oficiales— traed armas de fuego y preparadlas para barrer su cubierta, corred, hay que acabar con esos hijos de perra!. ¡Vamos, vamos!. ¡Llamad a los carpinteros y que os traigan todos los clavos y puntas que tengamos en los almacenes y llenad con ellas los cañones!. ¡Hay que matar a esos hijos de Satanás!.

Mientras una frenética actividad convulsionaba el galeón inmóvil y los marineros arrastraban las culebrinas de popa hasta el lugar del barco donde tendría lugar el abordaje, el capitán Ovando sentía los latidos de su corazón en la vieja herida del hombro izquierdo, que le había dejado una gran cicatriz y una soldadura de huesos que le anunciaba claramente los cambios de tiempo. Por un momento, en pleno frenesí, entre las voces de los marinos, las órdenes de sus oficiales y el estruendo de las culebrinas arrastradas sobre cubierta, Álvaro de Ovando se sintió cansado de todo

aquello, como si lo hubiera vivido demasiadas veces. De una rápida ojeada examinó una vez más a sus soldados y descubrió las asustadas caras de cientos de jóvenes aterrados ante la idea de morir. Alguien le dijo que el temor a la muerte era el primer paso para su llamada, pero el capitán entendía ese temor, lo había sentido demasiadas veces en sus carnes y le había dejado señales evidentes de esa presencia en cada una de las numerosas cicatrices que decoraban su cuerpo. Y entonces lo vio de nuevo, también estaba allí, apoyado en el mástil de la vela mayor el espectro le miraba y sonreía con un rictus sobrecogedor. Gruesas lágrimas corrieron por el rostro del capitán, había algo inconfesable que le estallaba en las sienes, algo irrespirable, casi peor que la muerte, el recuerdo de un lejano día a las puertas de Breda, cuando perdió a su hermano.

No había tiempo para sentimentalismos y Álvaro de Ovando lo sabía.

Cientos de hombres dependían de una orden suya, y tenía que concentrarse en que su experiencia y su intuición le llevaran a la victoria. Por eso ordenó que escondieran las bombardas para no desvelar sus intenciones, y esperó un poco más el choque de la nave holandesa, hasta que fue posible observar a simple vista las sonrisas desdentadas de los filibusteros a punto para saltar sobre el galeón. En verdad era un espectáculo terrible, aquellos rostros mostraban una seguridad y una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre su temible fiereza. Espadas, hachas, dagas, mosquetes, fuertes brazos asidos a las cuerdas que les arrojarían sobre el galeón español como buitres cayendo sobre la carroña. Todo aquel espectáculo se grabó durante un segundo en la retina del capitán, el mismo instante de silencio que barrió la cubierta esperando de nuevo la voz que les llevaría a la victoria.

Era el momento. Álvaro de Ovando se irguió sobre cubierta con su espada alzada y grito la orden de ataque. “¡Por Santiago y por el Rey!”, y el silencio se rompió hecho añicos por un estruendoso movimiento de hombres y armas. Las bocas de bombardas y culebrinas vomitaron una andanada de fuego que barrió la cubierta del buque holandés y una intensa nube de humo procedente de la pólvora impidió por unos segundos su visión, pero tremendos aullidos de dolor y muerte ratificaron la sangría que se había producido entre las filas de corsarios holandeses.

Antes de que el humo se disipase totalmente, una nueva andanada procedente de la infantería española volvió a barrer la cubierta. Al tiempo, el capitán Álvaro de Ovando mantenía desenvainada su espada con su mano diestra y, enarbolándola, juró a gritos muerte a los asesinos para motivar a sus hombres. Un choque terrible sacudió a las dos embarcaciones y durante unos minutos todo fue confuso. Sin perder tiempo, el capitán ordenó una nueva andanada de su artillería contra la cubierta enemiga, que terminó con la vida de los primeros corsarios que intentaban descolgarse sobre la cubierta del galeón español.

—¡Disparad, disparad contra esos perros! ¡No dejéis ni uno con vida!

—gritaba con toda la fuerza de su voz, mientras una nube de pólvora y de olor a cuerpos quemados lo invadía todo y transformaba la cubierta en una atmósfera irreal— ¡Muerte a los enemigos de la Iglesia!. ¡Viva el Rey!.

Amartillando su arma, Álvaro de Ovando descerrajó de un disparo a un corsario que acababa de caer sobre cubierta con un machete en la boca y que se dobló espasmódicamente antes de caer muerto.

Entonces, como si su propio cuerpo fuese un estandarte, gritó la señal de abordaje y saltó entre los primeros sobre el bajel, seguido de un montón de soldados que no hubieran dudado en lanzarse tras él a un mar lleno de tiburones. De nuevo le asaltó la misma enloquecedora violencia que le llevó a convertirse en un poseso en las tierras de Breda, una valentía que escondía el mismo miedo a la muerte y le empujaba a convertirse en un peligroso asesino de hombres, esquizofrénico de su propio terror.

Las espadas chocaron y el primer enemigo cayo al mar con el pecho abierto por un enorme tajo, el capitán cayó sobre cubierta y un fornido corsario le ataco con un hacha que forzó a Ovando a rodar sobre si mismo para evitar el imparable golpe, después, dando un instintivo mandoble, barrió con su espada el suelo alcanzando los pies de su atacante y cercenándole limpiamente uno de los tobillos. El enemigo aullaba en el suelo cuando la espada de Ovando le atravesó con presteza y sin pérdida de tiempo porque otros dos piratas se abalanzaban ya sobre él. Golpes enfurecidos, sangre a borbotones, sudor, violencia desmedida, rabia nacida del odio más oculto y al final: muerte. Sobre cubierta cayó una de las manos del enemigo, cortada de un tajo y el cuerpo sin vida del otro, atravesado de

parte a parte. Ovando aspiró el aire que le faltaba como si se encontrase bajo el agua y consiguiera llegar a la superficie. Se hallaba tremendamente agotado y ya sólo se movía por impulsos nacidos más de su instinto de supervivencia que de sus propias fuerzas. La violencia le seguía cegando y quería matar sobre todas las cosas, como si dejar de matar fuera un seguro pasaje hacia la muerte, pero estaba exhausto.

El asalto masivo de la infantería española acabó con los escasos holandeses que todavía presentaban batalla. Sobre la cubierta no quedaron más que un montón de cadáveres y cientos de heridos por la atronadora lluvia de metralla con la que les había barrido la artillería.

Álvaro de Ovando dio un feroz alarido anunciando la victoria y su grito fue coreado por decenas de soldados del rey que se crecían como gigantes y aplastaban a los últimos corsarios, motivados por la valentía y la grandeza de su capitán. Y lo vio de nuevo, el espectro también levantaba su espada y le hacía señas que no entendió pero que apuntaban a tierra.

En aquel momento el capitán oyó claramente el sonido de los cañones de la fortaleza de “El Morro” soltando fuego y adivinando de inmediato un ataque terrestre a La Habana, se encaramó al puesto del vigía del galeón.

Utilizando un espejo y usando las señales establecidas dio orden al resto de los galeones para que se dirigieran a la bahía y apoyasen desde el mar con sus cañones el rechazo a las tropas invasoras.

Sin la ayuda de la flotilla del capitán Joseph Leyden, bajo el fuego de las fortalezas de “El Morro y “San Francisco” y el ataque por mar de los galeones españoles, los oficiales holandeses de los mil quinientos hombres que atacaban por tierra se dieron cuenta muy pronto de que no conseguirían tomar la ciudad, e intentaron la retirada a través de los bosques de La Habana, siendo perseguidos por las tropas de la guarnición española, que les infligieron cientos de bajas, masacrándoles en la huida con una violencia inusitada que dejo los campos sembrados de moribundos.

Al caer la noche de aquel memorable día del mes de julio decenas de corsarios colgaban del palo mayor del único bajel holandés capturado que había sobrevivido a la batalla, mientras cientos de cadáveres eran pasto de los tiburones en la bahía o rematados por la infantería española en los claros de los bosques habaneros.

Desde su despacho en la fortaleza cubana, el joven y victorioso capitán redactó una carta al general Spínola en la que le informaba del cumplimiento de su misión y se mostraba generoso en halagos hacia las tropas que habían combatido a sus órdenes; significando la indudable valentía de sus hombres y el arrojo que habían mostrado, “y eso que muchos apenas cuentan con más de quince años, han sido movilizados mediante levas y arrancados de las faldas de sus madres para traerles a unas tierras donde el enemigo es cruel y las enfermedades del mosquito y las prostitutas diezman cada día nuestros efectivos” —confesaba en su carta.

Durante cinco días se celebró la victoria en La Habana con repartos de ron entre las tropas y permisos que los soldados consumieron prestos en los burdeles de los aledaños de la ciudad. Álvaro de Ovando decidió soltar tensiones bebiendo y riendo junto a sus oficiales en el “Castillo de la Real Fuerza”, donde no faltaron ni las barricas de ron de caña ni exuberantes mulatas que fornicaban hasta la extenuación. La vida en las colonias caribeñas se tornaba hasta tal punto agradecida que el capitán Ovando llegó a confesar a sus hombres de confianza que no le importaría echar raíces en aquellas tierras y perpetuar su estirpe en la Nueva España.

Esa noche conoció a Nula. Con apenas dieciocho años era morena y hermosa, de rostro dulce, ojos muy negros y formas suaves y sensuales.

Álvaro de Ovando apenas lograba dejar de mirarla, viendo como se reía maliciosamente, mostrando unos dientes muy blancos, en los primeros compases de la noche, cuando era presentada al resto de oficiales como una dama, siguiendo los mismos esquemas que en las fiestas oficiales que daba el gobernador. Él era el héroe y ella lo sabía, por eso, acercándose para provocar un encuentro casual con el afamado capitán, le obsequió con una sonrisa tan dulce como el ron de caña invitándola a seguirla. Dejaron atrás al resto de oficiales con las otras prostitutas y subieron hasta la cubierta de la fortaleza. Allí, bajo las estrellas del Caribe, envuelto en el halo que le proporcionaba el alcohol, Álvaro de Ovando casi perdió el sentido entre los pechos pequeños de oscuros pezones y los muslos fuertes y cobrizos de las piernas de Nula.

Las luces del alba le descubrieron en lo alto del castillo, profundamente dormido como un niño, seguro por primera vez durante meses de vigilia de

que había encontrado el lugar donde poder descansar. Cuando el calor comenzó a hacerse insoportable despertó. Nula no estaba. Bajó hasta la sala de la fiesta y encontró allí a un par de oficiales dormidos sobre los sillones, con evidentes síntomas de embriaguez. El resto de las prostitutas también se habían marchado, tal como era costumbre para que la puritana sociedad española en las Antillas no descubriera en qué gastaban su tiempo de ocio sus victoriosos oficiales.

En los dormitorios del primer piso consiguió descubrir al fin a Martín de Alegría, el “Guarda del Parque de Fortificaciones” que había buscado a las prostitutas. Estaba completamente borracho y solo, desnudo boca abajo sobre una cama desecha donde a buen seguro había estado con una de las mujeres. Con una jarra de agua le despertó y le preguntó dónde vivían sus exuberantes amigas. Alegría, con los ojos en blanco y todavía medio ebrio le indicó el lugar y después se dio la vuelta y siguió durmiendo.

Álvaro de Ovando no tardó mucho en llegar, montado en su corcel negro zaino, que le había regalado el “Sobrestante Mayor” de la fortificación de “El Morro” cuando llegó su nombramiento como

“Comisario de Guerra” de su majestad en La Habana. Eran unas casas bajas, de adobe y techado de palmera, toscamente pintadas y con ningún lujo evidente. La puerta estaba abierta. Álvaro de Ovando penetró en el interior y buscó lo que parecían los dormitorios. En uno de ellos estaba Nula, compartiendo lecho con otra de las prostitutas. Se acercó con sigilo y la besó con la profundidad y la pasión de un enamorado. Ella abrió los ojos y sonrió. Después la tomó en brazos, la subió al caballo y partieron hacia las playas de poniente, en el Malecón, donde pasaron horas durmiendo sobre la arena bajo la sombra de las palmeras después de hacer el amor como posesos.

Sólo los mosquitos de la tarde consiguieron hacerles despertar y entonces se bañaron desnudos, con las primeras sombras de la noche, en el cálido océano infinito y después, entre bromas y risas, volvieron a La Habana, donde a esas horas estaban a punto de comenzar a buscarles.

—Me gustaría verte de nuevo esta noche —le dijo Álvaro de Ovando.

—Pero si ya es de noche —contestó Nula.

—Por eso — y los dos rieron al unísono y respiraron el olor del mar con una pasión que se prometía sin final, maravillosa, como sólo pueden apreciar los que han sufrido mucho alguna vez.

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