Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xiii
CAPÍTULO XIII
EL CONDE de Sástago estaba paralizado por el terror. De nuevo sonó un ruido grave que descendió en intensidad, como si de un lamento se tratase.
La fantasmagórica figura desapareció justo en el momento en que varios alabarderos de la Guardia Real llegaron a las puertas del cementerio alertados por los extraños sonidos.
—¡Alto en nombre del Rey! ¡Quedáis arrestados por la guardia de su majestad! —dijo el oficial que iba al frente presentando armas contra las tres figuras que se encontraban saqueando la tumba.
Los lacayos del conde arrojaron sus palas al suelo. Éste seguía con la vista clavada en el lugar dónde había visto al fantasma, como si de verdad se tratase de su amada, que había escapado de su tumba para vagar por el mundo en busca de la paz que no encontró en vida. Después se volvió y se identificó ante los alabarderos, quienes le custodiaron junto a los dos sirvientes hasta el pabellón del cuerpo de guardia donde comprobaron la identidad de los detenidos. De allí les bajaron hasta los calabozos a la espera de informar a sus superiores para que les interrogaran u ordenasen su libertad. Don Francisco Vinuesa estaba pálido como la cera, tenía el rostro desencajado y los ojos como ausentes. No pronunció palabra alguna cuando le ordenaron que se metiese en una de las inmundas celdas ni se quejó cuando le despojaron de cuanto llevaba encima. En sus retinas todavía estaba la visión de la calavera de “la segedana” y en su interior una profunda culpabilidad le oprimía la mente, trayéndole recuerdos olvidados que había creído enterrar para siempre.
La había querido con enfermiza pasión. La conoció mucho antes de que fuese llevada a Palacio. Era entonces una muchacha morena de tez blanca y mirada inocente. Tenía una belleza extraña pero que no dejaba indiferente.
Los ojos negros, muy grandes y un poco rasgados, la nariz recta y los dientes blancos y perfectos, que dejaba descubrir su complaciente sonrisa como un regalo del cielo. No era voluptuosa, pero aquella tarde de verano en Zafra hacía un calor endemoniado y el vestido se le pegaba a los pechos pequeños y erectos, de pezones que parecían escapar de la tela. don Francisco Vinuesa recordaba aquel momento con perfecta nitidez, como si hubiese ocurrido un día antes .La encontró en la mansión de los Zúñiga, ocupada en el bordado de unas mantas. Era sobrina segunda de los condes y había quedado huérfana de padre y madre dos años atrás, por eso fue acogida por sus parientes y se ocupaba de labores del hogar, como una sirvienta, a la espera de encontrar un marido que la desposase.
Pese a su juventud, ya en aquella época, el Conde de Sástago estaba prometido a la duquesa de Talarrubias, a quien jamás había visto, pero cuyas familias tenían pactada la boda desde que ambos cumplieran los diez años. Por eso no pidió la mano de la joven, a quien hubiera hecho el más feliz de los maridos del mundo, pero se juró que conseguiría el amor de aquella muchacha y, aunque fuera a espaldas de su familia, compartiría con ella la pasión que sentía por dentro y que le hacía latir el corazón a una velocidad nunca antes conocida.
Era, según recordaba, muy virtuosa y devota. Los Zúñiga la habían educado en la más estricta moral cristiana y María Eulalia iba a misa dos veces al día acompañada por el resto de mujeres de la familia. Todavía la recordaba postrada en el reclinatorio, tocada con una mantilla negra y con los ojos cerrados mientras sus labios carnosos rezaban en susurros una plegaria. Y una vez más se sintió un cobarde por no haberla raptado y haber escapado con ella muy lejos de donde sus familias hubieran podido encontrarles, para vivir un amor apasionado como jamás había vuelto a sentir por nadie. Pero no ocurrió así. Una semana más tarde abandonó el hogar de los Zúñiga para volver con los suyos y, cuando regresó meses después, descubrió que estaba siendo pretendida por un palafrenero, con quien se veía a escondidas en las cuadras de la mansión. Durante aquel
tiempo no sólo no la había olvidado, sino que la imposibilidad de tenerla le había trastornado, elevándola a los altares de su mente y deseándola hasta la extenuación. Por eso se reunió aquella misma tarde con don Juan de Zúñiga, el tío de María Eulalia, y le contó los rumores que circulaban sobre los amoríos de su sobrina con el sirviente, sugiriéndole que la llevase lejos y pusiese los medios para que aquel amor infantil no se consumase e hiciese peligrar el honor de su apellido.
Una semana más tarde María Eulalia de Zúñiga partía hacia Madrid para servir a la reina como dama de compañía. La vio partir llorando desconsolada por la ventana de la carroza, mientras decía adiós con la mano a sus parientes y a cierto palafrenero que el día antes le había jurado amor hasta la muerte. Sin duda una promesa premonitoria, porque aquel mismo día, mientras trabajaba en las cuadras, una viga desprendida de un cerramiento le alcanzó en la cabeza dejándolo herido de muerte. Nadie supo explicarse cómo se desprendió la madera ni por qué la mala fortuna quiso que fuese a acertar justo en el cráneo del joven. Muchos argumentaron que se había tratado de un crimen, pero pese a las dudas no hubo preguntas y tras unas discretas exequias el hecho quedó muy pronto en el olvido.
Él sí sabía lo que ocurrió. Y ahora pensaba que el fantasma de María Eulalia había vuelto para martirizarle después de conocer la verdad en el otro mundo. Por eso había aparecido el anillo que él mismo le colocó cuando se encontraba en el ataúd, horas después de su muerte. Y por eso también los lamentos y la aparición en la noche de aquel fantasma. Al Conde de Sástago no le cabía duda alguna que estaba recibiendo el castigo que merecía por los errores cometidos durante su juventud.
Sonó la puerta de la celda y tras ella apareció el capitán Álvaro de Ovando que le habían presentado en la fiesta esa misma noche. Se le veía cansado, mucho más que horas atrás, cuando el propio Rey le hacía honores como si de un héroe mitológico se tratase. Era un hombre fuerte y atractivo, bastante joven, pero con prematuras canas que confirmaban las grandes tensiones y duras pruebas de una vida sacrificada. Pidió a los guardias que le dejasen sólo. Su semblante era de preocupación y se le veía furioso, sin duda los acontecimientos estaban superando todas sus expectativas.
—Vengo a que me explique vuestra merced qué hacíais en el cementerio de los sirvientes desenterrando un cadáver cuando deberíais estar en la fiesta con el resto de invitados —dijo sin preámbulos.
—Es una historia muy larga —contestó don Fernando de Vinuesa mirando al infinito— Una historia que se remonta al tiempo en que una joven llamada doña María Eulalia de Zúñiga vivía en casa de sus tíos en la ciudad de Zafra, yo la conocí allí, me enamoré de ella desde el primer momento, era una muchacha muy hermosa que murió de fiebres maltas hace más de dos años, yo la quería pero no tuve valor para pretenderla...
En ese momento sintió como las manos del capitán le agarraban violentamente por el cuello y le empujaban hacia atrás, hasta golpear con la espalda en la pared.
—¡No tengo tiempo de monsergas! —dijo el capitán dejándose llevar por la ira— ¡Sois el asesino de las cortesanas y voy a haceros colgar de la torre mayor del Alcázar!. ¡Confesad vuestros crímenes sin dilación u os haré torturar en el potro hasta que no os quede un hueso unido en vuestro miserable cuerpo!.
Sonaron golpes en la puerta del calabozo. El capitán dejó de estrangular al conde y abrió violentamente. Fuera estaban los guardias que le acompañaban y otros dos más que tomaban aliento tras haber llegado a la carrera.
—Debéis seguirnos —dijo uno de ellos tras el saludo marcial obligado
— El Rey reclama vuestra presencia. Han encontrado el cuerpo de doña María Isabel de Tolosa.
Sin perder un minuto el capitán Ovando salió tras los guardias en dirección hacia la Casa de las Muñecas y desde allí hacia el abrevadero que había junto a las caballerizas reales, fuera del edificio del Alcázar, donde varios soldados custodiaban un cuerpo sin vida, sacado de las aguas apenas media hora antes, tras ser descubierto por un mulero que pretendía dar de beber a las bestias. Sus ojos estaban cerrados, su expresión carecía de vida y presentaba evidentes signos de descomposición en lo que alguna vez fue el rostro de una joven mujer. Sus ropajes empapados dejaban ver una herida mortal producida por un arma que nadie hasta entonces había encontrado y su rigidez dejaba constancia de las muchas horas que llevaba muerta.
Felipe IV se encontraba allí, frente al cadáver, visiblemente conmocionado por la visión de la muchacha.
—A su servicio majestad, ¿de quién se trata? —preguntó el capitán Ovando.
—Doña María Isabel de Tolosa —contestó en voz baja el Condestable, que se encontraba al lado del monarca— la doncella había desaparecido hacía varios días. Sus compañeras, pese a conocer su ausencia, no la habían denunciado porque creían que se había marchado de Palacio por alguna razón de amores.
Pero ahora, estaba allí, ante los presentes, con la cara descompuesta por los gusanos y los roedores, e invadiendo el aire con el hedor de la carne que comenzaba a pudrirse. Para todos los que la conocieron la visión resultó de una impactante violencia fantasmagórica, como si el ángel más hermoso hubiera sido convertido por una magia diabólica en el más repugnante de los seres.
El Rey se volvió y antes de desaparecer hacia sus aposentos juró con rabia que degollaría al culpable, pero sus palabras se perdieron entre la pertinaz lluvia que comenzó a arreciar. Junto a todos ellos, anónimo en el tumulto e inmóvil por el dolor, el enano Calabacillas lloraba amargamente.
Desde el descubrimiento de su amada haciendo el amor con el guardia la había evitado para intentar acallar sus sentimientos y, como todos, había creído que finalmente se había marchado del Alcázar antes de que el rey se enterase de sus amoríos, pero ahora la descubría allí, destrozada y medio descompuesta, y el dolor se le hacía insoportable.
Entre cuatro soldados sacaron el cadáver y lo trasladaron al tanatorio de Palacio. Mientras tanto, el nuevo Jefe de la “Guardia Amarilla” ordenó con palabras desesperadas que se extremara la vigilancia en los accesos a las estancias reales y que se detuviera a toda persona sospechosa que hubiera estado en el interior del Alcázar en los últimos dos días para interrogarlas personalmente.
El enano quedó solo, frente al abrevadero donde habían encontrado el cadáver, chorreando por la lluvia y llorando a lágrima viva, deshecho por la visión del cadáver que un día fue su único y gran amor.
—¡Dios, ¿por qué a ella?! —gritó a la oscuridad mientras arreciaba la tormenta y los truenos apenas dejaban oír sus palabras— ¡¿Por qué, por qué, era sólo una muchacha, una hermosa flor que apenas había empezado a vivir. Por qué no otra, Dios Mío. Por qué no otra de entre tantas mujeres y cortesanas?! —y cayó de rodillas ante el pozo, con las manos unidas, llorando amargamente bajo la tempestuosa lluvia que lo empapaba hasta los huesos y recitando aquella coplilla castellana sacada del Quijote, como si de una oración se tratase:
-Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir
porque el placer de morir
no me torne a dar la vida.
Durante más de una hora siguió allí, sin poder moverse, hasta que los tiritones por el frío le hicieron reaccionar y marchó a sus aposentos a cambiarse de ropas. Tenía una corazonada y por eso se dirigió hacia el taller de pintura de Velázquez, pero no halló allí al pintor. Después fue al tanatorio donde los soldados habían llevado el cuerpo de la víctima. Todos se habían marchado a dormir, probablemente para hacer la inspección médica a la luz del día y dentro de la sala mortuoria no había nadie. Penetró en silencio y haciéndose de un candil de aceite lo encendió y observó el cadáver intentando buscar alguna señal que delatase al asesino.
Comprobó con repugnancia que parte de su pómulo derecho estaba descarnado, al igual que varios dedos donde asomaban las falanges. El hedor a carne podrida era tan terrible que tuvo que taparse la nariz con un pañuelo mientras con la otra mano levantaba el candil con el que examinaba el cuerpo. Las heridas mortales del puñal se encontraban en el abdomen y en el pecho, donde al arma había penetrado al menos en dos ocasiones de forma imprecisa, “probablemente —pensó— porque el asesino la sujetó por la espalda tapándole la boca con una mano mientras la apuñalaba con la otra”, aunque no presentaba síntomas de haber sido forzada lo que descartaba el interés sexual de su matarife. Tenía también dos grandes moratones en la frente y en un hombro, y rozaduras en los pies. Entonces se
percató de que en la palma de su mano derecha tenía una herida frontal, rápidamente dio la vuelta al cadáver y comprobó que en el centro de su mano izquierda también presentaba la misma herida, “los estigmas de Cristo, tal vez —pensó— el asesino la había crucificado antes de darle muerte, o quizá pretendía inmolar a la hermosa muchacha en un diabólico sacrificio a Satanás, tal como hacían las brujas en sus secretos rituales”.
En esos momentos rechinó la puerta de madera que daba acceso al tanatorio y el bufón apenas tuvo tiempo para esconderse dentro del ataúd de madera que había junto a la pared, destinado al descanso final del cuerpo de doña María Isabel. Desde su escondite Calabacillas escuchó como el recién llegado se movía, al igual que hiciera él, con profundo sigilo, lo que le desveló que no se trataba de ninguno de los doctores ni de un Guardia de Palacio. El misterioso personaje mostraba especial cautela en sus movimientos y parecía estar imitando el examen del cadáver que él mismo había realizado hacía unos minutos. Un profundo escalofrío de terror le corrió por la médula al enano, imaginando que tal vez era el asesino, que había venido a deleitarse con la visión de su crimen, y a arrancar el corazón a su víctima para invocar con él a Lucifer.
En ese instante lo sintió de nuevo, en la oscuridad, el lento movimiento de las ocho patas al moverse por su brazo, los pelos de su nuca erizados por el terror, la parálisis del miedo que le impedía salir de aquella trampa mortal, los quelíceros de la bestia escondidos buscando su sangre y entonces, olvidando su situación y el peligro que corría, se revolvió sobre sí mismo y dio un manotazo sobre el punto de su brazo donde la pequeña araña había delatado su presencia.
De pronto escuchó un sonido muy cercano y vio como se movía la tapa del ataúd y la luz del candil iluminaba el interior dejándolo al descubierto.
La punta de una espada le pinchó el cuello y a duras penas pudo ver la cara de su atacante, dándose por muerto.
—Quedáis detenido como sospechoso del asesinato de doña María Isabel de Tolosa —dijo Álvaro de Ovando, y en un nuevo ataque de terror el enano se orinó encima.
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