Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xi
CAPÍTULO XI
HABÍA sido encontrada muerta muy cerca del cementerio de los sirvientes, apenas a unos metros del lugar donde fue hallada la segunda víctima, con una cuchillada a la altura del corazón que le había sido asestada de forma brutal, “probablemente después de que le golpearan en la cabeza con algo contundente —reflexionaba Calabacillas— El asesino tenía mucha prisa, porque en esta ocasión no colocó el cadáver como hizo con su segunda víctima, sino que dejó que cayera por su propio peso ante el temor de que alguien pudiera estar por los alrededores. Las ropas ensangrentadas y los ojos abiertos demostraban que murió en el acto y la puñalada le abrió una herida enorme”.
Tuvo ocasión de verla sólo unos minutos a la luz de una tea, mientras llegaba el Condestable de Castilla y ordenaba a los soldados de la guardia que diesen el toque de queda y detuviesen a todo varón mayor de edad que se encontrase en aquel momento en Palacio hasta que pudiese probar dónde había estado esa tarde.
“¡Esto obra del mismo demonio!, ¡Satanás se esconde en algún lugar de Palacio dispuesto a matarnos a todos!”, acertó a escuchar el enano al propio DON Fernando Borja momentos después de su llegada, en medio de una crisis nerviosa ante la impotencia de no saber qué hacer para conseguir parar aquella matanza de mujeres.
Con las primeras luces del alba el enano se presentó en el Cuerpo de la
“Guardia Amarilla” para conocer el santo y seña del día, pero el soldado de puerta no lo sabía aún.
—El oficial todavía no ha venido a informarnos, probablemente se haya quedado dormido ya que anoche estuvo hasta bien entrada la noche interrogando a los sirvientes. Si paran a vuestra merced, enseña la credencial, dile el santo de ayer y lo que te estoy diciendo. Por cierto,
¿sabes que tienes prohibida la salida de Palacio hasta que finalicen los interrogatorios? — Calabacillas asintió y se dirigió de nuevo hacia el cementerio de los sirvientes.
El lugar donde fue encontrado el cadáver de Encarnación Salazar tenía restos de sangre y de pisadas. En realidad sabía de antemano que allí no encontraría nada y tomó el camino hasta la entrada del cementerio. Abrió la puerta con sigilo, intentando hacer el menor ruido posible, aunque no avistó a nadie por los alrededores. Una vez dentro se dirigió con rapidez hasta la tumba de “la segedana”. Todo se encontraba exactamente igual que cuando la visitó el día anterior, sin embargo sobre la tierra húmeda había pisadas que no correspondían a su pie, pisadas que la fina lluvia había desdibujado pero cuyos contornos eran todavía visibles y correspondían a un pie grande.
El autor de las pisadas había bordeado la tumba de la joven, igual que hiciera él. No le extrañó descubrir un rastro de sangre en el oxidado hierro, al fin y al cabo sólo confirmaba sus sospechas de que, una vez más, el asesino había utilizado aquella cruz como un arma para golpear a su víctima, pero en esta ocasión se había tomado la molestia de devolverla a su sitio. Durante varios minutos le dio vueltas a la razón por la que el criminal había actuado de aquel modo, máxime cuando había llevado a cabo su ejecución rápidamente, evitando que alguien pudiera descubrirle, pero lejos de abandonar la cruz de hierro o colocarla en el cadáver como había hecho la otra vez, se había dirigido al cementerio y la había puesto en su sitio para que nadie la encontrase. “O tal vez sí —pensó— Tal vez lo que quería de verdad es que alguien indagase de nuevo en la tumba de María Eulalia y descubriese la cruz ensangrentada, relacionando las muertes con una venganza de la difunta contra sus anteriores compañeras”.
Examinó detenidamente el suelo. Recordó que le había costado mucho sacar la cruz. De nuevo agarró el hierro con ambas manos e intentó elevarla, pero no fue posible. El asesino no sólo la había devuelto a su lugar, sino que la había metido por el hueco y había pisoteado la tierra encima para dejarla
exactamente igual e impedir que nadie descubriera que la había utilizado para su macabro fin. “Lo que niega mi teoría de que desea que quiere dejar pistas sobre los instrumentos que utiliza en sus crímenes —meditó Calabacillas— Entonces ¿por qué esta cruz?, ¿por qué se mueve en el cementerio con tanta soltura?, ¿cuál es el móvil de los asesinatos?”.
En ese momento sonó la verja de la entrada al cementerio y antes de que tuviera tiempo para esconderse Calabacillas escuchó una voz ronca que le llamaba.
—¡Eh, qué hace ahí! —El enano se dirigió con calma hacia el hombre que le llamaba. Era un tipo grueso, tenía un ojo vacío y estaba un poco encorvado, llevaba una pala en la mano derecha y sus ropas estaban muy descuidadas y sucias. “Sin duda se trata del enterrador” —pensó Calabacillas mientras su cerebro buscaba a toda prisa una coartada con que explicar su presencia allí.
—Soy el bufón del Rey —se presentó sacando su credencial que mostró al recién llegado— Visitaba la tumba de María Eulalia, “la segedana” para rezar por su alma, no sé si llegasteis a conocerla, la pobre murió de fiebres maltas y yo era como su hermano.
—¿Es entonces vuestra merced quien deposita las flores cada semana?
—dijo el enterrador de malhumor.
—La mayoría de las veces, aunque otras las traen sus antiguas compañeras de servicio —contestó Calabacillas intentando evitar caer en la trampa que le había tendido el hombre.
—Las cortesanas. A ellas sí las había visto antes, pero no tenía noticias de vuestra merced —dijo dando la respuesta del enano por satisfactoria y mostrando una sonrisa desdentada carente de simpatía— Si siguen cayendo como moscas sólo vas a quedar tú para traer flores, y te costarán muchos jornales si decides traérselas a todas. Ayer murió otra, y ya es la tercera.
Con tanto trabajo me deberían subir la soldada, o al menos contratar a alguien que me ayudase en los oficios. En fin, voy a mi trabajo, tengo que enterrar a la última esta misma mañana, después de la misa de difuntos.
—Ya que le encuentro iba a preguntarle —dijo el enano en el momento justo en que el enterrador estaba dando la vuelta para dirigirse a cavar una nueva tumba— ¿quién elige los lugares donde realizáis los enterramientos?.
—Yo mismo —contestó el hombre apoyando su peso en la pala que utilizaba a modo de bastón— En realidad nadie suele poner peros sobre el lugar donde hago las tumbas. Antes las hacía pegadas al muro porque el suelo tiene caída hacia la entrada y así estaban más guarecidas de la lluvia, pero ahora voy llenando huecos entre las líneas porque de seguir así llenaremos el cementerio en pocos años y tendrán que ampliarlo.
—¿Y las cruces que utilizas, cuál es su procedencia? —prosiguió el enano viendo que el enterrador se había vuelto parlanchín, probablemente porque no tenía muchas visitas.
—Las hace el herrero de Palacio, generalmente tenemos cruces preparadas en el interior de la casa, yo mismo suelo tintarlas y repasarlas antes de los funerales —le indicó con la mirada el pabellón que había a la izquierda del cementerio.
—Lo digo porque me gusta mucho la que colocaste en la tumba de María Eulalia, tiene unas formas muy bonitas, sin duda el herrero hizo un buen trabajo —comentó el enano girándose para mirar la cruz.
—No la hicieron en Palacio —el enterrador tomó aliento como hacía para explicar una larga historia— Fue un regalo del Conde de Sástago a la difunta, al parecer había adornado anteriormente la entrada al viejo panteón de la familia Puebla y al realizar obras para engrandecerlo fue retirada, pero el Conde se empeñó en que la colocásemos tal como estaba, dijo que había sido forjada con hierros traídos de Santiago y a la difunta le hubiera gustado así. Recuerdo que llenó la tumba de flores, pero luego dejó de traerlas, sólo vuestra merced parece tenaz en el recuerdo de la difunta. Eso está bien. Los muertos merecen siempre el respeto de los vivos.
—Sólo una cosa más y disculpe que le entretenga en el trabajo —dijo cortésmente el enano— ¿Sabe si el Conde de Sástago ha mantenido su tradición y ha enviado nuevas cruces y flores al resto de las cortesanas fallecidas?.
—Que yo sepa no. Bueno, la mayor parte de las flores las ordena poner personalmente el Rey a través de fray Antonio de Sotomayor, aunque también han desfilado por aquí algunos criados de personas importantes portando crisantemos, rosas y azucenas para las recién muertas, sin duda eran muy queridas. No sois el único en Palacio que quedó prendado de su
belleza —finalizó el enterrador haciendo un guiño de complicidad al enano mientras esbozaba otra vez una media sonrisa que dejaba entrever grandes huecos en su fea dentadura.
Juan Martín Calabazas se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir giró la cabeza y comprobó que el enterrador se encontraba de espaldas, cavando afanosamente en la tierra la tumba que sería ocupada esa misma tarde por Encarnación Salazar, una vez terminadas las exequias. Por suerte la tierra estaba húmeda y la pala se abría paso con rapidez. Aprovechando el momento el enano se agachó y se perdió entre las tumbas en dirección hacia unas matas de adelfas, desde allí le fue fácil acceder al pabellón que se encontraba a la izquierda del recinto, donde el enterrador le había dicho que guardaban las cruces. Estaba cerrado con un candado, pero en la parte trasera había un ventanuco pequeño parecido a una leñera a la altura del suelo cerrado sólo por un pestillo, que le permitió colarse en el interior del oscuro edificio, cayendo de malos modos sobre un montón de leños que le magullaron todo el cuerpo. El olor era rancio y desagradable, como si algún gato muerto estuviera descomponiéndose en los alrededores. Entonces sus ojos se habituaron a la penumbra y descubrió con cierto asco que había caído encima no de leños, sino de huesos humanos, provenientes de la limpieza de tumbas viejas.
Como siempre aquellas eran gentes humildes, del servicio de Palacio, que tenían unos años de descanso en paz en la tierra y luego debían dejar su sitio a otros como ellos, mientras en el otro cementerio, el de los nobles y reyes, los panteones guardaban en ricos ataúdes los cuerpos de los grandes, los prohombres, los señores.
“El Dios de los hombres no es todo lo justo que debiera —pensó Calabacillas mientras salía de la estancia y dejaba atrás las montañas de huesos— porque mi padre, la mejor persona que ha existido jamás sobre la faz de la tierra, no tuvo siquiera una tumba temporal donde reposar en su viaje hacia los Cielos y muchos otros, que viven más holgadamente, sin mostrar jamás una pizca de la generosidad que él demostró, reposan en ricas tumbas y en féretros de oro, plata y maderas preciosas, como si sus podridos huesos fueran una reliquia para los futuros hombres. No, el Dios
de los hombres no es justo. La muerte sigue haciendo desigual a los hombres”.
En la habitación siguiente se amontonaban más restos de huesos, sin duda cada ciertos años sacaban los ataúdes de las tumbas más viejas y amontonaban los huesos en aquellas estancias echándolos por el hueco por el que él había entrado. Había tibias, cráneos de hombres y mujeres con largas cabelleras, brazos sueltos y hasta pies con botas. El olor allí era insoportable y tuvo que pegar la nariz a su manga para no vomitar por el asco que le produjo la carne en descomposición. Tropezó con algún cráneo y cayó estrepitosamente al suelo, y entonces escuchó un sonido que le puso los pelos de punta, un ruido que procedía de entre los montones de huesos.
Se incorporó, sin poder apenas moverse por el pánico, y vio como las osamentas se movían y caían para dejar paso a enormes ratas que se corrieron a su lado y desaparecieron por el pasillo para esconderse en otras estancias.
“Tengo que serenarme, son sólo huesos, los muertos no pueden volver del más allá. Tengo que guardar la calma” —se dijo mientras se persignaba una y otra vez y rezaba en voz baja para darse valor.
Al fondo encontró una escalera que le llevó a la primera planta donde había una especie de taller muy desordenado, con restos de ataúdes, herramientas y las cruces que el enterrador le había dicho. Todas tenían prácticamente la misma altura y filigranas muy parecidas, lo que demostraba que tenían idéntica procedencia. No había más de media docena, y estaban amontonadas y listas para ser usadas, como sin duda ocurriría esa misma tarde con una de ellas. Examinó todo intentando encontrar alguna pista pero nada llamó especialmente su atención. En la habitación contigua había un catre, tal vez donde descansaba el enterrador cuando el oficio se lo permitía, y un armario en cuyo interior había velas y ropajes sacerdotales, “probablemente utilizados por el arcipreste en oficios religiosos cuando el tiempo le apremiaba y no le permitía trasladarse hasta la iglesia”, pensó.
De allí pasó a la última estancia, había viejos y no muy afortunados óleos con motivos religiosos y una vasija con pinceles que habían sido usados para retocar las pinturas. Se acercó uno de los pinceles a la nariz y
aspiró fuerte para dejar de oler el rancio olor a carne putrefacta que dominaba el ambiente. Había sido usado mucho tiempo atrás, por eso probablemente lo dejaron en la vasija sin limpiarlo, pero quien fuese el pintor había estado muy ocupado y no volvió, por lo que la pintura se había resecado y el pincel estaba inservible.
No había encontrado nada que le llamase la atención y seguía sintiendo erizársele el vello por el miedo contenido, así que decidió salir cuanto antes de aquel tétrico lugar. Se dirigió entonces al portón que daba a las traseras y comprobó que estaba cerrada desde el interior. Justo en ese momento sonó la puerta de entrada al pabellón. Con el máximo cuidado se deslizó bajo el hueco de la escalera que había muy cerca de donde se encontraba, estaba muy oscuro pero no podía dejar que le descubriesen allí dentro porque no tendría justificación posible. Oyó un murmullo que se fue haciendo cada vez más cercano. Eran frases entrecortadas, emitidas siempre por la misma voz. Después hubo un sonido metálico y la voz se hizo más audible aunque no comprendía el significado. Parecía el enterrador hablando consigo mismo. Sus ojos descubrieron entonces horrorizados una sospechosa tela pegada en la esquina del hueco donde se escondía, y por ella vio, aterrado, incapaz de moverse, como avanzaba una enorme araña.
Los sonidos de la habitación cercana se fueron alejando y oyó perfectamente como la puerta principal del pabellón se cerraba de nuevo, así que escapó con rapidez dejando a la araña en su cubículo. Pasó a la habitación de la que había procedido el ruido y comprobó que efectivamente se habían llevado una de las cruces de hierro, probablemente había sido el enterrador, que se afanaba por dejar lista la tumba para el entierro de la tarde.
Entonces vio algo de lo que antes no se había percatado, había un viejo ataúd cerrado junto a las cruces, que habían acaparado toda su atención durante su primera visita. Dudó si debería o no levantar la tapa. Apenas tenía polvo encima lo que demostraba que había sido abierto no hacía demasiado tiempo. Lo que había dentro era evidente, pero tenía la corazonada de que era importante verlo. Por fin tomó aire y agarrando con ambas manos dio un tirón para provocar que se abriera la tapa y poder echarse hacia atrás. Al asomarse dentro de la caja el olor a carne putrefacta
invadió el ambiente y la visión del cadáver semidescompuesto de una mujer confirmó sus expectativas. De nuevo tuvo que taparse la nariz con la manga para no vomitar por el asco que le producía el insoportable olor, pero hizo un esfuerzo para no retirar la vista y poder observar el cadáver. “Quien la amortajó le tenía más que respeto porque se deshizo en colocarle joyas que la acompañasen en su último viaje” —pensó Calabacillas viendo los brazaletes que adornaban sus brazos, el rosario de cuentas de oro que colgaba de su cuello o los anillos que adornaban sus dedos. Uno de ellos, en forma de sello de oro, colocado en su dedo corazón izquierdo, presentaba el inconfundible escudo de los Zúñiga, lo cual no le sorprendió, pero sí el que portaba en el dedo anular, con una perla de nácar donde había un símbolo que no logró distinguir, teniendo que acercarse a escasos centímetros a pesar de su asco, vencido por la curiosidad, para descubrir el símbolo de la Casa de Sástago.
Era María Eulalia, la segedana, de eso no le cabía duda, “¿pero qué relación podía tener aquella mujer con las muertes de las demás cortesanas?
—pensó— ¿pudiera ser que su enamorado amante la hubiera sacado de la tumba para hacerla suya tras su muerte y ahora tomara venganza contra las que la habían envenenado por celos? ¿de verdad había muerto envenenada o fueron las fiebres maltas?, ¿o era la locura de su amante buscando responsables de una muerte natural que nunca había creído?”. Eran muchos los interrogantes, pero no cabía duda de que había en todo aquello un enigmático significado que estaba dispuesto a desentrañar.
Una idea cruzó por su mente. Sacó un pañuelo que llevaba en el bolsillo de su pequeña casaca para no tocar el cadáver y con la mano derecha intentó quitarle el anillo de los Sástago. El dedo descarnado dejó que la joya saliera limpiamente y después, la envolvió en el pañuelo y se la guardó.
Ahora debía regresar cuanto antes a Palacio, no sólo porque alguien pudiera descubrirle, sino también porque llevaba horas perdido y alguien podría haberle echado en falta.
No le fue difícil regresar a sus estancias. El enterrador seguía inmerso en su tarea cavando un hoyo tan grande que apenas dejaban ver su cabeza.
Sólo las paladas de tierra que emergían una y otra vez incrementando el montón junto a la tumba dejaban de manifiesto que el hombre realizaba con
eficacia su trabajo. Se escurrió tras las matas de adelfas, desandando lo andado, y llegó hasta la puerta, que se encontraba abierta y sin el candado echado. Después salió fuera y cruzó el patio hasta los jardines del sur para acceder a las estancias del servicio por la puerta de atrás. Allí recibió el alto de dos guardias que le pidieron su credencial y dio el santo y seña del día anterior manifestando lo que le habían dicho en el Cuerpo de Guardia.
—¡A estas horas ya deberías saberlo, quedas arrestado hasta que puedas demostrar dónde has estado! ¡Tenemos órdenes expresas del Condestable!
—le dijo uno de los guardias.
—Pero soy un bufón al servicio del Rey, no tenéis más que preguntar en Palacio. Sólo había salido a pasear esta mañana para desahogarme de la tensión que estamos viviendo y preparar nuevas chanzas e historias con las que entretener a su majestad —protestó Calabacillas.
—¡Todo el mundo en Palacio sabe que hay toque de queda desde la muerte de la doncella doña Encarnación!. Acompañadnos de buena gana o nos veremos obligados a llevaros por la fuerza.
El enano fue llevado entonces hasta el pabellón donde se encontraba el Cuerpo de Guardia, desde donde lo bajaron por unas escaleras hasta los calabozos, estancias que jamás había visitado antes. Una vez allí otros dos guardias se hicieron cargo de él, llevándole hasta una puerta de madera por un pasillo muy oscuro donde el eco de llantos lejanos hacía tiritar de terror a los recién llegados.
—Ahora quítate la ropa y ponte esto —dijo uno de los guardias entregando a Calabacillas un sayo que a todas luces le quedaría enorme.
—Pero no me valdrá, ¿no ves acaso mi estatura? —protestó el enano.
—Es lo mismo, son las órdenes, tenemos que registrarte y quitarte la ropa. Antes de desnudarte debes entregar todas tus pertenencias, que te serán confiscadas por orden del Rey hasta que salgas de nuevo —contestó el guardia atisbando como el enano realizaba sospechosos movimientos nerviosos que delataban su presunta culpabilidad.
Calabacillas sacó cinco monedas de uno de sus bolsillos y el pañuelo con el anillo del otro. Sabía que si encontraban la joya en su poder lo podía pasar muy mal, pero no estaba seguro de poder hacer lo único que le
salvaría. Sin decir palabra puso las monedas en una de sus manos, cerró el puño, la giró y sonrió mirando a los ojos al guardia.
—¿Cuántas monedas había? —le dijo.
—Cinco —contestó el guardia sin dudar, sabiendo que se trataba de uno de los trucos mágicos de los bufones.
—Calabacillas se llevó entonces las dos manos a la boca como si estuviera soplando sobre las monedas y abriendo las dos manos enseñó las cinco monedas.
—Pues tenías razón, se nota que no es fácil engañarte —dijo soltando una carcajada mientras a duras penas tragaba saliva para hacer bajar por su garganta el anillo de la Casa de Sástago.
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