Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 23 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Xxi

CAPÍTULO XXI

NO se habían vuelto a ver todos juntos desde su anterior encuentro en Zaragoza y si entonces la reunión había tenido carácter de urgencia, ahora se tornaba prácticamente desesperada. En el Salón de los Reinos del Real Alcázar la temperatura era cálida, debido a que las chimeneas estaban funcionando desde el alba para que la amplia estancia tuviera un ambiente acogedor. Llegaron todos poco antes del mediodía, para estar puntuales a lo que no dudaban suponía más que una reunión ordinaria de la Junta Grande de Reformación.

Al otro lado de la larga mesa de comensales, presidida por un cuadro ecuestre de Felipe IV, estaba el primer ministro, don Gaspar de Guzmán, flanqueado por Hernando de Salazar, su consejero económico, y por don Fernando de Borja, el Condestable de Castilla, siempre impecable bajo su atuendo carente de adornos. Junto a él se sentaba Miguel Santos de San Pedro, el presidente del Consejo de Castilla, cuyas canas le daban una apariencia aún de mayor edad de la que en verdad tenía. Más allá estaba el Marqués de Feria, que para la ocasión se había puesto una casaca burdeos con ribetes de oro sobre la camisa blanca de hilo bejarano, a su lado el Marqués de Camarasa y Carpio se alisaba con cuidadoso esmero el bigote mientras parecía reflexionar mirando a los cuadros que adornaban el lujoso salón. Siguiendo el lado izquierdo de la mesa se encontraba sentado el Duque de Medina de las Torres, con su aspecto huraño que se había acrecentado en los últimos tiempos debido a los fuertes dolores de espalda que sufría y que le hacían tener que valerse de un bastón para poder andar.

Junto a él se sentaba, el licenciado Berenguel Daoiz, consejero personal en asuntos de finanzas del Duque de Olivares que en los últimos tiempos parecía haber perdido el aprecio que se le presuponía, por asuntos nada claros. Más allá se encontraba el general Juan Cerbellón, cerrando el círculo de los representantes civiles y militares para dar paso a continuación, en un orden no estudiado pero siempre presente, al Cardenal de La Cueva, uno de los hombres de la Iglesia que tenía mayor influencia directa con Roma, el abad Scaglia, el poderoso Arzobispo de Toledo y el Inquisidor General Andrés Pacheco. Cerraban el círculo de la mesa otros consejeros de Olivares que habían sido invitados especialmente a la reunión, entre ellos José González, confidente del propio Conde-Duque tanto en asuntos de orden público como sociales, Jaime de Ortiz, asesor en asuntos financieros, que había tomado el relevo de Daoiz en los últimos tiempos y González de Alcántara, experto conocedor de la situación militar en Flandes a quien el Duque había utilizado en más de una ocasión como correo personal y hombre de confianza para asuntos de cierto calado. Habían excusado su presencia el siempre a tener en cuenta Duque de Alba, por encontrarse al parecer sufriendo un ataque de gota, y el Conde de Sástago y de Puebla, que rehuía cualquier acto social o político desde su aventura en el cementerio de Palacio.

Nadie había preguntado el motivo de la reunión. Al fin y al cabo de todos era conocido que el país estaba inmerso en una crisis generalizada.

Las continuas guerras, la corrupción y las levas para tantas campañas habían provocado el malestar interno de la población y la situación política española pasaba por una decadencia que a nadie era extraña. El comercio trasatlántico estaba sumido en una profunda crisis surgida a raíz de al captura de la flota de la plata por Piet Heyn y la confiscación decretada por la corona del millón de ducados que contenían los galeones llegados de La Habana a Sanlúcar. Pero no era sólo el comercio, las pobres cosechas de los últimos años en los campos castellanos habían sumido en la pobreza más absoluta a gran parte del campesinado, que moría de hambre o emigraba a otras tierras en busca de fortuna y algo que llevarse a la boca. La Junta de Población creía que la culpa era de los agricultores por plantar viñas en vez de trigo ante la idea de que les sería más rentable el vino que la harina, lo

que llevó a una situación de desabastecimiento de trigo en la Corte jamás antes conocida.

España estaba al borde de la bancarrota y eso suponía poder perder no sólo una, sino todas las guerras en las que se hallaba inmersa. No era una situación puntual, sino generalizada durante los años de gobierno del Conde-duque y, para paliar tal situación, hasta entonces se había decidido aplicar la forma más fácil y peligrosa de conseguir dinero, como era fabricarlo para uso interno. En realidad era una medida desastrosa para la economía nacional debido a la inestabilidad monetaria y a la peligrosa inflación que generaba. Otra de las medidas que habían sido tomadas por el gobierno de Olivares para conseguir dinero consistió en reducir mediante

“pragmática” los tipos de interés de “juros y censos”. De esta forma, no sólo se ahorraba el Estado importantes cantidades en el pago de las rentas de la deuda pública, sino que favorecía el que los particulares se decidieran a realizar inversiones más productivas en la industria o el comercio que aumentaran la riqueza nacional. Finalmente, el Ministro también consideró conveniente que, cuando se dieran situaciones excepcionales en las que peligraran los planes exteriores de la Monarquía —como fue el caso durante todos aquellos años de guerras interminables—, se realizaran incautaciones de parte de la plata de los particulares que llegaba con la flota de Indias anualmente a Sevilla. Tal medida dio lugar a una caída de las inversiones del empresario y fue provocando paulatinamente una crisis del comercio oficial español con América, al tiempo que aumentaba considerablemente el contrabando, que llegó a cotas realmente alarmantes. Era una situación económica extenuada e insostenible. El Duque de Olivares quería mantener sus guerras con un dinero que no poseía, mientras los tentáculos de Richelieu se extendían cada día como un gigantesco pulpo que fuese estrechando su cerco alrededor de su presa. Madrid era un nido de espías y de matasietes a sueldo, el país se convulsionaba ante la miseria y las ambiciones reales, el imperio se eclipsaba con la misma velocidad que el sol en un atardecer de invierno.

—Estimados caballeros, hombres de valor y lealtad demostrada, a ninguno de ustedes les es ajeno todo lo que está sucediendo con nuestras finanzas —dijo el Conde-Duque solemnemente mientras repasaba el rostro

de cada uno de los asistentes y terminaba fijando su mirada en el retrato del Rey— Si estáis aquí no es por casualidad, es una cuestión de Estado, su majestad os pide ahora más que nunca que demostréis vuestra lealtad y apoyo a La Corona y nos aconsejéis sobre la manera de aumentar las rentas y reducir los gastos de nuestras arcas, dado que la situación actual exige medidas drásticas por nuestra parte. Sabemos que todo lo que está ocurriendo no es casual, tal vez Dios Todopoderoso está anunciándonos algo y no sepamos entenderlo, pero en estos momentos más que nunca en toda su historia, nuestra nación pasa por momentos difíciles y es precisa vuestra disposición total. ¡Dios guarde al Rey muchos años!.

Todos contestaron con un ¡Dios guarde al Rey!, y después hubo un cuchicheo generalizado entre los asistentes a la reunión. Había un silencio premeditado ya que nadie quería opinar antes de saber realmente lo que tramaba el Ministro de su majestad. Todos lo conocían lo suficiente como para saber que el plural de modestia utilizado para hablar escondía en realidad su dictatorial poder en la toma de decisiones, pese a que nombrase reiteradamente la figura del Rey como ejecutor político. Pero además, intuían que aquella petición de apoyo y consejo no era sino un premeditado acto de cortesía antes de anunciarles medidas que ya estaban tomadas, para conocer el nivel de aceptación a que todos ellos estaban dispuestos.

Pasaron varios minutos donde el silencio fue la tónica general, después la tensión inicial dio paso a un ir y venir de frases entrecortadas de los asistentes. El Marqués de Feria incluso llegó a permitirse un discreto bostezo hábilmente disimulado con el pañuelo ante lo que se avecinaba, que no era ni más ni menos que el manido tema de los impuestos. El Marqués de Camarasa le hizo un guiño de complicidad al duque de Medina de las Torres, mientras el general Juan Cerbellón se acomodaba en su sillón para poder estirar la pierna gotosa que llevaba meses arrastrando.

Aquellos murmullos no parecieron gustar nada al Conde-Duque, quien tras esperar que alguien interviniese dio dos sonoros golpes sobre la mesa exigiendo la atención de todos.

—Creo caballeros que si algo tienen que decir deben hacerlo en alto para que el resto podamos opinar sobre ello —dijo con una gravedad que devolvió la tensión inicial a la reunión.

—Estimados caballeros, señor ministro —dijo tomando la palabra Fernando de Borja, el Condestable de Castilla— No es la primera ocasión en la que manifiesto que el sistema tributario actual es inadmisible, al hacer recaer sobre las regiones viticultoras y cerealistas de Castilla y Andalucía el peso de buena parte de los ingresos de la Corona. El campesinado se encuentra al borde de la sublevación y de no cambiar la situación nos veremos abocados en breves fechas a altercados públicos que deberíamos atajar antes de que se produzcan. Por ello sugiero la abolición del sistema tributario por uno distinto más equitativo y que afecte por igual a otras regiones y economías, retirando la losa que hasta la extenuación han soportado nuestros agricultores.

Todas las miradas se volvieron hacia el Conde-Duque. Aquella reivindicación no era novedosa, pero hasta entonces se había mantenido ya que las masas de los campesinos castellanos y andaluces estaban controladas y extender los tributos podía traer peligrosas consecuencias en regiones ya de por sí tendentes a los levantamientos como Cataluña, no sólo desde el pueblo, sino sobre todo por instigación de sus propios señores.

Pero tal como había expuesto el Condestable de Castilla la situación había llegado a un punto prácticamente insostenible que exigía soluciones inmediatas.

—No creáis que vuestras anteriores intervenciones habían caído en saco roto —dijo por fin Olivares dirigiéndose en tono afable y conciliador hacia Fernando de Borja— Habéis de saber que una de las decisiones al respecto que, bajo mi consejo, ha tomado su majestad ha sido la de implantar un impuesto sobre la sal para incrementar los ingresos y hacer más igualitaria y equitativa la presión de los impuestos sobre otras regiones, sin que tal presión suponga un trauma sobre ninguna de ellas especialmente.

Entendemos que de este modo podremos atender al gasto que nos supone una exigencia perentoria que tenemos que afrontar con urgencia, tal es el poder financiar el mantenimiento de las tropas en las fortalezas y presidios y disminuir en la medida de lo posible los reclutamientos forzosos.

Ante el anuncio de tales medidas hubo un murmullo generalizado de aprobación en la sala, más por el destino de los fondos que iban a lograrse del nuevo impuesto sobre la sal que por la creación del mismo. Con el

nuevo sistema el Duque de Olivares había anunciado el fin del reclutamiento de manos de los capitanes que había convertido el ejército en un nido de peligrosos buscavidas o forzados campesinos, saqueadores y delincuentes, generando el rechazo popular de todas las ciudades conquistadas por las continuas fechorías que llevaban a cabo impunemente las tropas españolas, y que contribuían a tener en contra a las poblaciones por los continuos saqueos, violaciones y robos sin tregua a que se veían sometidas. De este modo, a las sonadas victorias en Flandes en la toma de pueblos y ciudades proseguían días de delincuencia generalizada por parte de los ejércitos de Felipe IV, meses de enconada resistencia de la población a que dichos ejércitos mantuvieran sus posiciones, provocando su debilitación mediante atentados puntuales y, al final, la recuperación de las plazas de manos de los protestantes que les devolvían al menos su estabilidad en el gobierno y cierta seguridad para sus habitantes. Pero es que incluso en aquellas ciudades españolas donde se concentraban las tropas procedentes de levas y reclutamientos forzosos, preparadas para nuevas intervenciones, no eran infrecuentes la criminalidad y los robos bajo la más absoluta impunidad, lo que provocaba un profundo malestar en la población civil, que en nada apreciaba el renombre de los ejércitos del Rey.

—No creáis sin embargo que el nuevo impuesto soluciona el problema de nuestras finanzas —dijo el Conde-Duque tomando una vez más la palabra ante la falta de intervenciones— Necesitamos fuertes ingresos para poder afrontar los nuevos retos que se avecinan. No es preciso que os recuerde que antes o después tendremos que poner coto a los agravios a que nos somete Francia, y para ello es necesario que comencemos cuanto antes a prepararnos militarmente. Su majestad os pide nuevas medidas fiscales para conseguir fondos que llenen nuestras arcas sin provocar grandes descontentos a nuestras ciudades. Intentaremos hasta la saciedad firmar acuerdos para evitar que se produzca cualquier confrontación, pero como sabéis, esos acuerdos deben basarse en nuestra capacidad de reacción frente a una ingerencia en nuestras fronteras.

De nuevo el murmullo se hizo generalizado en la sala. Ahora no significaba la aprobación, sino que por los distintos tonos había dado lugar a opiniones contradictorias entre los presentes. Todos conocían la política

soterrada y violenta de Richelieu en el plano internacional, pero también sabían que las arcas de la Corona no podían pensar en sufragar los gastos de un nuevo frente, máxime si se trataba nada más y nada menos que contra la poderosa Francia de Luis XIII.

El murmullo siguió creciendo hasta alcanzar cotas tan altas que provocaron un indignado puñetazo de Olivares sobre la mesa, algo que no gustó a todos los presentes. El silencio volvió a reinar en Salón de los Reinos. Por fin Berenguel Daoiz intervino, concentrando sobre su elegante figura todas las miradas de los asistentes.

—Excelencia. Lo que nos pide su majestad no es nada fácil —comenzó diciendo antes de entrar en el fondo de la cuestión— en realidad es algo que nos preocupa a todos y para lo que no caben soluciones que no sean, digamos, traumáticas, dado el altísimo coste de los frentes que tenemos abiertos y cuyo sostenimiento debió ser previsto antes de iniciarlos.

Durante unos segundos el silencio se adueñó de la sala. La voz del Conde-Duque sonó profunda, como si esperara aquella intervención y hubiera meditado largamente cuál iba a ser la respuesta.

—No podíamos quedarnos de brazos cruzados ante los ataques sufridos contra nuestra religión por los seguidores de Lutero, ni dejar de afrontar nuestras responsabilidades internacionales en el marco de nuestras alianzas.

—Cierto, pero tampoco debimos abrir frentes que difícilmente podamos sostener en un futuro inmediato —Daoíz también parecía tener preparada su intervención— A mi entender y como ya os dije mediante correspondencia, la guerra de Mantua ha sido un grave error de insoportables consecuencias financieras.

—No os pedimos vuestra opinión sobre la política internacional de su majestad —contestó el Conde-Duque visiblemente ofendido y elevando esta vez su tono de voz— sino que pretendemos que nos aconsejéis sobre cómo elevar el nivel de ingresos de la mejor manera posible para sufragar las campañas militares que mantengan nuestras posiciones en la defensa de la Iglesia Católica en el mundo.

—Su excelencia es un hombre inteligente y sabe mejor que nadie que lo que pedís es un imposible —la voz de Daoíz mantenía un tono respetuoso pese a la rebeldía que mostraban sus palabras— ¿Cómo podéis plantearos

siquiera un nuevo frente si apenas podemos mantener los ya abiertos y la mitad de nuestras ciudades están al borde del levantamiento por la presión de los impuestos? —la pregunta retórica flotó sobre los asistentes sin esperar respuesta, era evidente que no hacía falta contestarla.

—Eso es lo que su majestad pretende que respondáis hombres tan sabios como vuestra merced si mantenéis la promesa de servirle bien —la frase resonó como un latigazo, estaba claro que al Duque de Olivares no le gustaban las críticas.

—Mi lealtad al Rey está fuera de toda duda y por eso mi preocupación en poderos aconsejar lo mejor que mi sabiduría y conciencia me permiten.

Pido disculpas a su majestad y a su excelencia si mis palabras han sido inoportunas o exacerbadas — dijo Berenguel Daoíz retrocediendo en sus posiciones ante lo que era una batalla perdida— En realidad he de confesar que han sido el resultado de no encontrar respuestas a vuestra pregunta.

Creo que elevar los impuestos pondrá en pie de guerra a nuestras propias ciudades y entonces, no sólo tendremos varios frentes abiertos en el exterior, la llama de la sublevación también incendiará nuestros propios campos y la nación se verá envuelta en un caos de difícil solución.

La mayoría de los asistentes aprobaron las palabras de Daoíz con un involuntario gesto. Todos eran conscientes de las grandes exigencias financieras que suponía una campaña militar y del derroche generalizado de los Administradores Generales cuyas cuentas se semejaban mucho a las famosas que el Gran Capitán presentara a los Reyes Católicos. Tampoco era un secreto que la nación estaba una vez más al borde de la bancarrota debido a la larga guerra contra los protestantes. Tal era la situación de las arcas del estado que José González, el confidente de Olivares, afirmaba en una carta enviada al Conde-Duque apenas una semana antes, que de los diez millones de ducados que aportaban cada año los castellanos, los gastos de Flandes se llevaban cinco y el rey sólo tres, dedicándose el resto a los funcionarios y diferentes gastos estatales.

—Creo que todos estamos de acuerdo en que, por ahora, lo más prudente es evitar la guerra —dijo entonces Miguel Santos de San Pedro, el presidente del Consejo de Castilla, mesándose las canas— Sería ciertamente oportuno el poder conseguir un pacto secreto de no agresión

con Luis XIII y retrasar en todo lo posible una confrontación armada, ya que es mejor un mal pacto que una nueva guerra que, por cierto, tiene difícil justificación ante nuestro pueblo, dado que al fin y al cabo el vecino francés profesa nuestra religión.

—Pero mucho cuidado con el pájaro del ministro Richelieu, con vuecencia —dijo el Conde de Sástago y Puebla dirigiendo una inclinación respetuosa a los representantes de la Iglesia que, en cualquier caso, tampoco tenían gran simpatía por el cardenal francés— ya que bien es sabido que por un lado extiende la mano y por el otro empuña el puñal, y si es verdad lo que se dice de él, es un hombre tan poderoso y peligroso que tiene en un puño al propio rey francés, usando el gobierno a su voluntad y con una crueldad contra los que no acatan sus opiniones muy impropia de un cristiano.

Las apreciaciones sobre la forma de gobernar de Richelieu no parecieron gustar demasiado el Conde-Duque, como tampoco el uso del poder por parte de los representantes de la Santa Inquisición, que con una leve tos parecieron indicar que aquellas palabras del Conde de Puebla eran cuanto menos desafortunadas al tomar derroteros ciertamente sinuosos. De todos era conocido que el famoso cardenal había manifestado en cierta ocasión que seis frases escritas de puño y letra de un hombre honrado podrían justificar su ejecución, pero tal demostración de carácter no era para muchos una debilidad, sino un símbolo de fortaleza necesario para mantener la grandeza de un estado.

—Por cierto que, según se dice, es responsable directo de los crímenes que acontecen en Palacio —intervino el general Juan Cerbellón que hasta entonces había permanecido como convidado de piedra.

—Tal cuestión nos tiene realmente preocupados, sobre todo porque nuestro Rey está en evidente peligro y ni siquiera el capitán Ovando, venido de La Habana especialmente para hacerse cargo del asunto, ha sido capaz de prender al culpable —comentó Miguel Santos, Presidente del Consejo de Castilla, dirigiéndose al Conde-Duque.

—En realidad como sabéis tales sucesos han provocado una profunda conmoción en el entorno de su majestad, pero nuestro Rey se halla perfectamente y ha preferido retirarse de la vida pública por un tiempo

hasta que tal cuestión sea resuelta —manifestó el Duque de Olivares sin dar importancia al asunto— lo que a mi entender no tardará mucho en ocurrir, dado que en la actualidad se ha hecho cargo del problema el inquisidor fray Jimeno Benítez, hombre de sobrada fama en solucionar con presteza y diligencia cuestiones de tal índole —dijo mientras miraba al Arzobispo de Toledo, quien asintió con una leve inclinación de cabeza.

—No dudamos de la eficacia que ha demostrado la Santa Inquisición en prender a herejes, adoradores del demonio, brujas, blasfemos y enemigos de la Iglesia, pero en el caso que nos ocupa tal vez se trate más de una actuación política tendente a desestabilizar nuestra nación y debilitarla hasta el extremo de hacerla fácilmente accesible para cualquier país que pretenda invadir sus territorios —intervino el Condestable de Castilla, que se mostraba visiblemente preocupado por aquel problema— Es más, si yo tuviera que declarar la guerra a nuestra nación la opción más inteligente sería atacar su cabeza y sumirla en la más profunda crisis para que no pudiera reaccionar a tiempo cuando tomase la iniciativa, y tales artimañas parecen sacadas de la cabeza de Richelieu, o del mismo Satanás.

Un fuerte murmullo se levantó en la sala provocado por las palabras de Fernando de Borja. La comparación del cardenal francés con el Príncipe de las Tinieblas no dejó indiferente a los responsables de la Iglesia, y la respuesta no se hizo esperar.

—Entendemos vuestro nerviosismo merced a los terribles acontecimientos que han ocurrido en Palacio —intervino el Arzobispo de Toledo en tono conciliador— pero como habéis escuchado al ministro, el caso se encuentra ya en nuestras manos como debía haber ocurrido mucho tiempo atrás ya que, de haber sido así, a estas alturas estaría solucionado.

Dad el beneficio de la duda a fray Jimeno y ya veréis como no os defraudará. En cuanto al Cardenal, habéis de saber que mantenemos comunicación directa con él a través de Roma y sabemos que no tiene intención alguna de invadir nuestros territorios, es más, estamos en trámite de poder mediar un acuerdo de respeto militar entre nuestros estados que impedirá en un futuro cualquier tipo de intervención armada, no puedo contaros más al respecto, pero el ministro sabe a qué me refiero y en breve

podrá informaros directamente del final de tales negociaciones que llevamos a cabo como mediadores por orden suya y del propio Rey.

—Ojalá sea así, lo que decís podría poner fin a la amenaza de una nueva guerra, a la necesidad de cobrar nuevos impuestos y a los crímenes en Palacio —contestó el Condestable con honesta convicción— pero si no fuera así y la crisis se mantuviera en el tiempo...

—Será así, mi buen don Fernando, no lo dudéis —terció el Conde-Duque para poner fin a una conversación que cabalgaba por peligrosos derroteros— ¿Quién puede dudar de la eficacia de la Santa Inquisición?.

Ninguno de los presentes osó opinar en voz alta lo que aquellas palabras les trajeron a la mente. Mucho más tarde alguno recordaría con sarcasmo la frase que Olivares dejó colgada en el ambiente, pero en aquellos momentos nadie se atrevió a contradecir la confianza que el Ministro había depositado en los inquisidores, al fin y al cabo, como había dicho Richelieu, “en seis frases escritas de puño y letra por un hombre honrado podían encontrarse razones suficientes para enviarlo al patíbulo”.

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